MARTÍN OLMOS MEDINA

La violencia inherente de Norman Mailer

In Con buena letra on 13 de octubre de 2013 at 11:05

Norman Mailer practicó el pacifismo político y la violencia social

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Lo que me parece detestable en Norman Mailer es su afición por el asesinato”
GORE VIDAL

Norman Mailer era el aspirante. Era un judío de Brooklyn pequeño y duro. Esperaba en su esquina. Ensayaba fintas en el salón. Norman Mailer estaba en Méjico cuando Ernest Hemingway se voló la cabeza con una escopeta del calibre doce. Norman Mailer declaró que la muerte de Hemingway despertó secretas alegrías en el corazón de todos los chupatintas. Dijo que Hemingway era el muro del fortín. Dijo que era el hombre que había aportado la fuerza para creer que aún se podía echar abajo el pasillo del hospital y vivir junto al aliento de la bestia. Dijo que era el hombre que asumió la parte cotidiana del horror que le corresponde a cada uno. Hemingway dejó el campeonato vacante. Mailer saltó a la lona. Se deshizo de la piedad. Norman Mailer dijo de sí mismo que a veces tenía una vena fea, oscura y competitiva. La literatura europea es mendigar prólogos, escribir columnas y gorronear cafés. Las corrientes literarias norteamericanas se ordenan por idiosincrasias. Las categorías menores son las de los mariquitas sureños como Truman Capote y Tennessee Williams y las de los huidizos como Pynchon y Salinger. Los pesos pesados son los escritores priápicos que son borrachuzos y jodedores. Abusan del matrimonio y de las metáforas deportivas. Se pegan en los bares. Son machos, falocéntricos y ligeramente frívolos. Frecuentan los alrededores de la violencia. Derrochan pelo en el pecho y exhibicionismo. Hemingway fue el campeón de los escritores machos durante tres décadas. Practicó una masculinidad sin fisuras, hecha de guerras y tauromaquia. Cuando estampó su sesera en la pared dejó desierta la cima de la colina. Norman Mailer era exhibicionista y era hirsuto, aguantaba la priva en verticalidad, podía manejar la violencia y orbitaba alrededor de sus propios genitales. Era un buen jodedor de Brooklyn, un tipo duro que no bailaba. No era un chupatintas con alegrías secretas por la desaparición del macho. Podía echar abajo el pasillo del hospital. Norman Mailer dijo de sí mismo que tenía un aplomo duro como el diamante.

Norman Mailer disponía de ciertas garantías cuando se dispuso a coronar la colina de Hemingway. Había ganado las preliminares con su primera novela “Los desnudos y los muertos” (1948), basada en sus recuerdos de la Segunda Guerra Mundial, en la que combatió en Filipinas asignado a la 112 División de Caballería como topógrafo, francotirador y cocinero. Había peleado a la contra sus siguientes obras, había fajado los puñetazos que le dieron. Descubrió que no tenía cintura para la frustración. Era adicto al Seconal, al whisky, a la marihuana y al sexo. Era consciente de que podía traspasar los límites del decoro literario. Trabajaba el envoltorio y dijo que había aprendido a vivir en el sarcófago de su imagen. Trabajaba su cromosoma Y. Dijo que el miedo es una mano que te oprime a la altura del pecho y que o la apartas y avanzas o lo pagas el resto de tu vida. Se dio de hostias con cuatro macarras que se rieron de su caniche y acabó en el hospital. No obvió el insulto, respondió a la ofensa, peleó a puñetazos por su perrito. No lo pagó el resto de su vida. Sostenía que la violencia prevenía el cáncer. Le arrancó un trozo de oreja de un mordisco al actor Rip Torn mientras sus propios hijos lloraban viendo la grotesca pelea de dos hombrones rodando sobre una campa. Le pegó un cabezazo a Gore Vidal. Le tiró una copa a la cara. Gore Vidal dijo: Una vez más, Norman no ha encontrado las palabras adecuadas. En Provincetown tumbó a un pasma de un puñetazo y le abrieron una costura de quince puntos en la cresta a porrazos. En el club de jazz Birdland le detuvieron por montar una pelea por una cuenta de siete dólares y cincuenta centavos. Sostenía que la violencia prevenía el cáncer. Después de pegarle dos cuchilladas a su segunda esposa Adele, le dijo: “¿Es que no entiendes por qué lo hice? Porque te quiero y tenía que salvarte del cáncer”.

Adele Morales estudió interpretación en el Actor´s Studio y era una pintora decente pero poco aplicada. Orbitaba alrededor de los escritores beatniks. Fue la segunda de la copiosa legión de esposas de Norman Mailer. Se casaron en 1955. Las tarjetas de invitación tenían la forma de un pene que se estiraba a medida que se desdoblaba. Adele era una NORMAN MAILER Y ADELE MORALESbella a lo Rita Moreno y Mailer era el escritor del momento en el ambiente de porros y genios del Village de Nueva York. Eran guapos y salvajes y devastadores. Tuvieron dos hijas. Organizaban fiestas a las que acudían Capote, Burroughs y Balldwin. Mailer andaba a vueltas con su hombría. Desafió al novelista James Jones a hacer flexiones. Cabalgaba furcias y llegaba a casa con carmín en la camisa. Adele se despachaba la bodega. Adele quería saber los nombres de sus queridas. Norman se folló a un travesti. Adele le prohibió tocarla. Norman vivía en el sarcófago de su imagen. Sostuvieron el matrimonio a base de la mutua demolición.

La última fiesta
En 1962 Norman quiso presentar su candidatura para la alcaldía de Nueva York. Truman Capote dijo que solo perseguía una ración de publicidad por la cara. El 19 de noviembre organizó una fiesta de promoción en la que mezcló a la congregación de los drogotas de Times Square, a los gorrones de los bares (a los que consideraba sus votantes naturales) y a la izquierda chic del Village. Le pareció una metáfora social. Compró un perchero industrial, azumbres de priva y hierba jamaicana. Adele se puso un vestido negro y pensó que no se podía aferrar a nada. Unas horas antes de la fiesta, Norman Mailer se puso hasta arriba de whisky y porros de marihuana, intentó hacer un trío con un abogado y una actriz y llegó al festejo borracho. Se puso una camisa de torero. Adele acostó a las niñas y vio como se le llenaba la casa de gorrones. Tuvo una sensación de peligro. Bebió martinis. El editor George Plimpton se escabulló para que no le birlasen la cartera. Mailer le persiguió hasta la calle y le pegó con un periódico enrollado. Después se peleó con una cuadrilla de punkis y regresó a casa a las cuatro de la mañana, sangrando por la cabeza y con un ojo morado. En la fiesta solo quedaban Adele, que estaba borracha, un negro de la caterva de los gorrones y un tipo llamado Lester Blackiston, al que más tarde mataron en la cárcel. Mailer estaba como una cuba. Adele le enseñó un capote y le dijo: “¡Aja, toro, ajá! Vamos, mariquita, ¿dónde están tus cojones?”. Mailer encontró una navaja de siete centímetros. Más tarde dijo Adele que estaba sucia. Más tarde dijo Mailer que no estaba sucia. Mailer embistió y le pegó dos cuchilladas a Adele. Blackiston se largó. El negro intentó ayudar a Adele, pero Mailer le apartó y le dijo: deja que se muera la maldita puta. El negró tumbó a Mailer a hostias y sacó a Adele de la habitación. En el hospital le vieron dos puñaladas; una en el pecho que casi le tocó el corazón y le perforó el pericardio y otra menos profunda en la espalda. Los editores de Mailer le aconsejaron que dijera que se había caído sobre unos cristales rotos. La pasma no se lo tragó. Adele no presentó cargos. Norman Mailer pasó una temporada en el psiquiátrico de Bellevue, en el que le diagnosticaron esquizofrenia. Visitó a su mujer en el hospital y le dijo que la quería, que estaba hermosísima en la camilla y que le salvó del cáncer.

Norman Mailer se convirtió en el autor de la segunda mitad del siglo veinte, sostuvo la posición sobre la colina de Hemingway, puso rosas en las bocas de los fusiles de los soldados durante la guerra de Vietnam, practicó el pacifismo político y la violencia social, se casó seis veces, una de sus mujeres le acusó de trigamia, ganó dos premios Pulitzer, tuvo nueve hijos y acabó pagando tantas pensiones que se vio obligado a convertirse en una factoría literaria. Adele cicatrizó sus costuras, se metió en Alcohólicos Anónimos y se pasó años leyendo como Norman firmaba contratos millonarios y se casaba con otras mujeres. Pensó que eran las ganancias de Fausto. Se encontraron en la boda de una de sus hijas veintiocho años después. Norman le dijo: “Adele, lamento haberte arruinado la vida”.

MARTÍN OLMOS

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