MARTÍN OLMOS MEDINA

El párroco y el monaguillo

In El cañí, La cruz y la media luna on 26 de octubre de 2013 at 10:28

En 1971, en el Puerto de Sagunto, un cura asesinó a un monaguillo para abusarlo y después de unos años de retiro siguió diciendo misa

ILUSTRACION  DE MARTIN OLMOS

“Naturalmente, entonces no era fácil reseñar un suceso de tal naturaleza, y si se publicó fue porque se trató con mucha delicadeza”
MARGARITA LANDI

Como buen católico, el español, que siempre que puede quema un convento, practica solo en bautizos y funerales y le guarda recelo a la iglesia porque en los tiempos de la carpanta recuerda haber visto al obispo cebón. Los curas, que conocen la inclinación de su rebaño, instauraron por lo tanto el paseo publicitario del cepillo, contradiciendo al evangelista San Mateo (6, 3) que recomendaba que cuando hagas dádivas de misericordia, no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha. A un español con auditorio le sale la hidalguía vieja y entonces va y echa cien duros a la cesta para pasar por rumboso delante del vecino, que es un muerto de hambre, pero en su fuero interno no le convence ni Dios de que el óbolo no se lo va a gastar el cura en una capa en vez del negrito del Domund en unas alpargatas. El español alimenta una inmanente desconfianza hacia el incienso y en los tiempos en los que la iglesia disfrutaba de un respeto institucional hacía las gracias a costa del cura en el oscuro, debajo de una manta, como cuando escuchaba radios francesas. El cura de los chistes primigenios era gorrón de almuerzos, pedigüeño y a veces burdelario. La democracia y su laxitud llevó las chanzas al mosén a la taberna y a la sobremesa de las bodas, en donde las decía el padrino en alto cuando se entrompaba,  y la influencia irlandesa acuñó al cura menorero, que le dio mucho discurso anticlerical al pensador liberal.

A pesar de lo que dijo Jesucristo en Marcos X, 14 (consulten una Biblia, no se lo vamos a dar todo hecho), del binomio de un cura y un niño desconfían los papás, que prefieren que sus hijos salgan truchimanes y tiren piedras a los gorriones a que se metan monaguillos. Otros binomios de escaso crédito son el de un gitano y un melón y el de una bailarina y un caballero de mediana edad. Tradicionalmente el niño le ha huido al fraile por no saberse el catecismo y escapar del sopapo doctrinario y si en ocasiones se ha decidido a oficiar de acólito en la misa ha sido por meter la mano en el cepillo y soplarse el vino sacramental, que suele ser aterciopelado y medicinal, como el que ponen con un barquillo los baturros en las ferias. Los niños que frecuentan sacristías crían una reputación inquietante y los demás chavales les ignoran en el descampado, donde van echando la hombría a base de pedradas. Se dice que al papa Benedicto IX le gustaban los niños y también las cabras.  Un cura sale pederasta como puede salir del mismo pelaje un tranviario, porque la inclinación es una cosa de la índole de cada cual que no tiene relación comprobada con vestir sotana, pero el cura tocón forma escándalo y se le publicita para que escarmiente. En otros tiempos, en cambio, se tapaban los pecados del clero para no dar pienso a los iconoclastas que abundan en las gacetas.

El cura de Sagunto
Principiando los años setenta, al niño Francisco Calero Navalón, monaguillo de nueve años,  le mató el padre José Prat Balaguer, de la orden de los Paúles, párroco en funciones de Nuestra Señora de Begoña del Puerto de Sagunto, en la provincia de Valencia. El padre José Prat era mallorquín de Inca, nació en 1917, estudió farmacia y combatió en la guerra, de la que recordaba las mutilaciones de la morería y las jaranas con putas de la oficialidad, se ordenó sacerdote en 1951 y ejerció su ministerio en La Habana, en Tegucigalpa y en una parroquia del barrio de Brooklyn de Nueva York. Desde enero de  1971, a causa de la muerte del titular, oficiaba de párroco en funciones en Nuestra Señora de Begoña del Puerto de Sagunto, donde no manifestó inclinaciones lujuriosas y, más bien al contrario, guardaba la cautela con las niñas que cantaban en el coro, que le tenían por torvo. Sin embargo mostró querencia por el niño Paquito Calero, que era guapo como un sol, y le daba las propinas de los bautizos. Paquito Calero era guapo sin querer y huérfano de padre, que se había muerto de silicosis, y su madre, Isabel Navalón, sacaba adelante la casa como podía, vendiendo a la voz en la playa y limpiando en la compañía minera de Sierra Menera. Paquito era el mediano entre dos hermanas y su madre pensó que si demoraba en la iglesia no iba a aprender golferías en la plaza de la Alameda. El 2 de marzo de 1971, un poco antes de la misa de siete, el padre José Prat llamó a Paquito a la sacristía, le zurró en la cabeza con un cenicero de hierro, le abusó mientras intentó estrangularle y le pegó sesenta puñaladas con un abrecartas en forma de espadín con el que le seccionó la carótida. Después le tiró por las escaleras e intentó arrojar el cuerpo a un pozo ciego, pero fue interrumpido por otro sacerdote y se peinó a la raya, se cambió de ropa, se perfumó con loción de bálsamo  y se entregó a la Guardia Civil. El niño Paquito llegó desangrado al hospital de los Altos Hornos y le enterraron en una cajita blanca y a don José le juzgaron el 10 de noviembre en Valencia, a puerta cerrada y con poquita luz, y le condenaron a diecisiete años de prisión menor, con prohibición de volver al término municipal de Sagunto durante treinta años, inhabilitación absoluta durante el tiempo de la pena y el pago de las costas procesales y de una indemnización a la madre de la víctima. Durante la vista, el padre José dijo que el niño era demasiado guapo para estar en este mundo.

Al suceso le hizo el mutis la prensa por la categoría del asesino y solo apareció en el semanario El Caso, que mandó de corresponsal a Margarita Landi y al fotógrafo Enrique Guerrero. El capitán de la Guardia Civil de Sagunto les recibió en batín de estar y les invitó a un cafelito pero no les soltó prenda, pero la Landi consiguió el testimonio de un brigada, comandante de puesto en el Puerto, que por ser padre de familia se mostró más locuaz. Los vecinos del Puerto contestaron el crimen no dejando salir ninguna procesión de la iglesia de Nuestra Señora de Begoña pero a la familia del niño Paquito siempre le quedó la duda de que el padre José rindiese entera la pena (parece que pasó unos años preso en Zamora), aunque dio por sentada su excomunión. El padre José murió en Vallvidrera el primero de mayo de 2002 a los ochenta y cinco abriles y dos años después fue glosado con honores por el sacerdote Josep Barceló Morey, de la congregación de los Paúles, en su libro “121 mallorquines”, en el que recorría las biografías de misioneros ejemplares que fueron testimonio de la fe cristiana. Sobre su peripecia en el Puerto de Sagunto, el padre Morey recogió únicamente que don José Prat tuvo “un problema muy grave que asumió con fortaleza y humildad” y reconoció que acabó su ministerio en ejercicio como vicario de la parroquia de La Bordeta de Lérida. Parece que la iglesia juzgó con menos inquisición a su siervo, que se murió en la paz de Dios y en el anónimo, dando misas con comunión y vete a saber si escuchando confesión. En 2007 condenaron a una multa de 696 euros a una vecina de el Puerto por hacer una pintada en la iglesia recordando el asesinato del niño Paquito y en 2012 se recuperaron las procesiones y sacaron al Cristo Crucificado de la Hermandad del Santo Sepulcro de la parroquia de Nuestra Señora de Begoña. Hoy se pregona sin miramiento al cura lascivo para que se muera de la vergüenza y no pueda esconderse en las catacumbas y con el tiempo hasta nos atreveremos con el ayatolá, que tiene mal perder y como no encaje la gracia te quema una embajada.

MARTÍN OLMOS

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