MARTÍN OLMOS MEDINA

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El racista y el pornógrafo (y una gallina y un conejo)

In Lunáticos on 24 de noviembre de 2013 at 23:45

Un francotirador dejó parapléjico al magnate del porno Larry Flynt por publicar una foto de una relación interracial

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Me disparó a causa de una foto”
LARRY FLYNT

Larry Flynt se dedica al negocio de divulgar tetas y, sin embargo, arrancó prometiendo más pena que gloria y debutó en la equitación montando a una gallina. Tenía quince años y ganas, como todos, y unos chavales que estaban más vivos que él le dijeron que si no quería ir verde con una chavala lo mejor era ensayarle antes a un ave de corral. Larry Flynt mangó una gallina, le encontró la salida y atinó y, como se conoce que después le dio vergüenza, recién terminó la mató rompiéndole el cuello. Fue un asesinato innecesario, en realidad (y el final abrupto de una historia de amor), porque su padre era un borracho indecente, además de un hombre de mundo, al que le hubiera importado medio rábano que su hijo celebrase un matrimonio interracial. Con el tiempo a Larry Flynt las relaciones coloristas y las alegres mezcolanzas le trajeron la desgracia y por publicitarlas le pegaron un tiro en la médula que le condenó a una silla de ruedas.

Larry Flynt nació en noviembre de 1942 en el condado de Magoffin, en el húmedo estado de Kentucky, en el que destetan a los mamones con whisky de alambique y les duermen con nanas tocadas con un peine y un balde de latón. Poco después de su noviazgo con la gallina, Flynt mintió sobre su edad y se alistó en la marina, donde sirvió a bordo del mítico portaaviones USS Enterprise y aprendió a jugar al póquer. En los permisos traficaba con licor y se licenció honorablemente en 1964. Con las pagas atrasadas le compró a su madre el bar Keewee de Dayton, en Ohio, en el que trabajó en jornadas de veinte horas diarias sostenido por un régimen de anfetaminas que le hicieron polvo el tiesto y crió un trastorno bipolar. Larry Flynt echaba a los curdas personalmente inflándoles a hostias y empezó a coleccionar matrimonios, ordeñó la tasca hasta sacarle mil pavos a la semana y con los beneficios puso el Club Hustler, en el que había peleas por entrar porque las camareras ponían las copas enseñando los melones. El negocio le fue tan bien que puso franquicias de sus tinglados y se casó por cuarta vez con Althea Leasure, una bailarina de barra a la que la vida ya no le podía sorprender. Althea Leasure creció en un orfanato porque cuando tenía ocho años su padre se suicidó LARRY FLYNTdespués de liquidar a tiros a su madre, a su abuelo y a un tipo que estaba en casa tomando café. Althea conoció a Flynt cuando bailaba el parrús en uno de sus clubes y entre los dos levantaron la revista “Hustler”, un mensual de tetas que enseñaba primeros planos de vulvas y que dejó al Playboy en una hoja de parroquia. “Hustler” era para camioneros que iban al grano y no para los medias pichas que compraban revistas de chicas por los artículos. Sí, sí, y por los crucigramas. En el número de agosto de 1975  Flynt publicó fotos de Jacqueline Kennedy en cueros y se hizo millonario. “Hustler” prometía amarillismo y culos, cántaros y panochas y cada cierto tiempo pasaba por los tribunales por cargos de obscenidad. Larry Flynt salía de las ordalías de una pieza acogiéndose a la Primera Enmienda de la constitución y en 1977 vio a Dios durante un vuelo en su jet privado y se convirtió a la religión evangélica, pero dejó de mear pilas al año siguiente, cuando un supremacista blanco le pegó un tiro en la médula por haber publicado fotos porno en las que aparecía un hombre negro arrimado a una mujer rubia.

Un francotirador medio ciego
A James Clayton Vaughn no le gusta el café con leche. James Clayton Vaughn es una basura blanca de Mobile, Alabama, cuyo padre le deslomaba a correazos cada vez que se entrompaba. Desarrolló un trastorno alimenticio y se convirtió en un saco de huesos, acudía con regularidad a la iglesia y cuando estaba en el instituto se metió un trompazo en bici y perdió la visión total del ojo derecho y parcialmente la del izquierdo. Por ver menos que un topo se libró de hacer la mili en Vietnam, pero se tatuó un águila de cabeza blanca en el brazo y tuvo la intuición de que Dios le había elegido para iniciar una guerra racial. Se arrimó a los capirotes del Klan y se cambió el nombre por el de Joseph Paul Franklin, en honor a Paul Joseph Goebbels, el ministro de propaganda de Hitler, y a Benjamin Franklin. Se hizo forajido y vivió nómada asaltando bancos disfrazado de vaquero de Marlboro y de ángel motorista. En julio de 1977 le pegó fuego a una sinagoga y en agosto mató a tiros a una pareja mestiza en Madison, Wisconsin. Le cogió gusto al gatillo y practicó el tiro al café con leche durante tres años a lo largo de diez estados. Intentó asesinar al presidente Jimmy Carter cuando anunció su política de compromiso para favorecer la incorporación de personal de color en JOSEPH PAUL FRANKLINpuestos de gobierno. Carter se tomó unas vacaciones en abril de 1980 y se fue de pesca a Plains, Georgia. Joseph Paul Franklin se apostó en el bosque con un rifle Remington del 30-06 y dominó el caladero del presidente. A pesar de no ver a tres en un burro con su único ojo en funciones era capaz de acertar a un blanco a ciento cincuenta metros. Eligió el 21 de abril para disparar pero el día anterior a Jimmy Carter le atacó un conejo de pantano (sylvilagus aquaticus) y decidió suspender la siguiente salida. El suceso apareció en el Washington Post con el titular “El presidente atacado por un conejo” y lo ilustraron con un dibujo como el del cartel de la película “Tiburón”. La vida es un puro disparate. Bugs Bunny salvó al presidente del maní. ¿Qué hay de nuevo, viejo? Franklin también intentó matar al reverendo Jesse Jackson y en abril de 1980 disparó contra el líder negro Vernon Jordan, que sobrevivió de milagro a un tiro que le entró por la espalda, le destrozó el intestino y le salió por el pecho.

Franklin leía la revista “Hustler”, puede que con una sola mano, y no tenía nada contra Larry Flynt hasta que vio una pareja mixta en la página de la grapa y decidió escarmentar al editor. El 6 de marzo de 1978 le disparó desde cuarenta metros con un rifle Remington 700 del calibre 44 y le seccionó la médula. Después se escapó en bicicleta. Larry Flynt no volvió a pasear y se hizo adicto a los analgésicos, le extirparon varios nervios para atenuarle el dolor y se acabó presentando a la presidencia de los Estados Unidos disputándole la silla a Ronald Reagan. Ofreció un millón de machacantes por cualquier información sobre escándalos sexuales de políticos, le acusaron de insalubre por rodar pelis porno con actores sin condón y una hija suya le acusó de cariñoso. En 2001 su patrimonio neto era de cuatrocientos millones de verdes, centavo arriba, centavo abajo. A Franklin le trincaron en 1980 y le condenaron a dos penas de muerte por el asesinato de quince personas, entre parejas mestizas, hombres negros y una prostituta blanca que atendía a clientela morena. En el juicio dijo que era lamentable que fuese ilegal matar judíos. En el patio del trullo cinco negratas le metieron cuarenta puñaladas con cuchillos hechos con latas de sopa pero sobrevivió y hoy está a la sombra en el Centro Correccional de Potosi, en Missouri, tachando los días en el calendario en el corredor de la muerte. El 20 de este mes tiene cita con el practicante para que le ponga la inyección de la risa. Larry Flynt anda, es un decir, intentando que revoquen su ejecución y ha dicho que un gobierno que prohíbe la muerte entre sus ciudadanos no debería dedicarse a matar gente.

MARTÍN OLMOS

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La guerra de Hassel

In Fuera de carta on 18 de noviembre de 2013 at 9:58

Ha muerto Sven Hassel, que cubrió la guerra de charcos de barro y la despojó de su romanticismo

SVEN HASSEL

Los soldados de las novelas de Sven Hassel son chusma de patíbulo, perros sin despiojar, flacos, malos, trileros y supervivientes de batallones de castigo que no tienen tiempo para la piedad. Observan la prioridad de aligerar de dientes de oro a los combatientes muertos, birlar raciones y largarse de los burdeles sin pagar. A la hora de la brega prefieren arrancar cabezas con una pala de cavar trincheras porque han descubierto, a la fuerza, que es más efectiva que la bayoneta de reglamento. Tienen frío en el corredor de Minsk y calor en Monte Cassino, hambre a todas horas y pretenden salir de la guerra de una pieza, dándoles un poco igual quién la gane. No aspiran a medallas, comen gatos y se acogen al derecho de espada PORTADA HASSEL 3robando todo lo que se pueda comer, beber o permutar. Nadie les preguntó si querían ver mundo, les movilizaron a la fuerza y son los hijos del proletariado alemán. Los profesores de literatura en sus cabales no recomendaban las obras de Sven Hassel pero los que las leían en las ediciones de Reno, de portadas abigarradas, llegaban a la conclusión de que Hemingway, Remarque y Boixcar eran un poco mariquitas. Sus catorce novelas se apoyan sobre un esquema casi inalterable que alterna la descripción de violentísimas batallas con periodos de trinchera plagados de ejecuciones de tapia y tiro de gracia, entradas y salidas de casas de putañear, diálogos absurdos y timbas de dados sobre una manta PORTADA HASSEL 1colonizada por los piojos. Sus personajes fijos son buscavidas que se mueven a lo largo de las más brutales carnicerías de la Segunda Guerra Mundial y su estilo confuso recuerda a la escritura urgente de Salgari, que es la interpretación literaria de la estrategia del general Patton: no sostener la posición, sino seguir avanzando.

El soldado o el farsante
La obra de Hassel la difundió en España Mario Lacruz cuando dirigía para Plaza y Janés la colección Reno, que se llegó a vender en expositores giratorios en los supermercados y publicó a Mika Waltari, a Thomas Mann y a Giovanni Guareschi, que parió al cura Don Camilo. Lacruz escribía novelas policíacas y no tenía el barniz intelectual, izquierdista y divino,  de Carlos Barral y los libros de bolsillo de Reno se podían permitir portadas al agua que recordaban a las de las novelas de tiros de Estefanía. Hassel vendió tiradas como churros después de una verbena y cultivó el cartel de veterano de los escenarios más duros de la guerra, medio ciego de la fiebre caucásica que contrajo en el frente oriental y condecorado con dos Cruces de Hierro, de 1ª y 2ª clase, con la medalla de Mannerheim y con la Cruz Militar Italiana. Nació en Frederiksborg, en Dinamarca, en 1917 y surcó el mar en un carguero por necesidad. Cuando dejó el salitre se alistó en el ejército alemán y entró en Polonia con una división Panzer. Desertó con los galones de cabo, pero fue capturado y le agregaron al 27º regimiento de Carros de Combate, un batallón disciplinario con el que se batió en todos los frentes del escenario europeo. Se rindió al ruso Iván en Berlín, en el Parque Tiergarten, ostentando hombrera de teniente y quincalla en la solapa, se alistó en la Legión Extranjera, como Beau Geste, y publicó su primera novela, “La legión de los condenados”, en 1958.

Sin embargo, el periodista danés Erik Haaest se dedicó durante una década a desmentir su biografía bélica de héroe a la fuerza y aseguró que Hassel se pasó la guerra en Dinamarca, mangando bicicletas y  pegando timos de segunda, vestido con un uniforme de las Waffen-SS que había birlado con el que conseguía cartillas de racionamiento con las que negociaba en las trastiendas y alardeando de medallas de hojalata tan falsas como la sonrisa de una hiena. Haaest le desmontó incluso su tinglado literario y dijo que las novelas se las escribía su mujer Dorthe Jensen, inventándose las atrocidades que Hassel disfrazaba de recuerdos.

Hassel se instaló en Barcelona, en Castelldefels, en 1964, quizá porque había oído que en España vivía Otto Skorzeny, PORTADA HASSEL 2el libertador de Mussolini, y aquí se ha dejado coger por la muerte el pasado día 21 de septiembre, a los 95 años de edad. Hace poco, la editorial Inédita volvió a difundir su obra en su colección de bolsillo. Ha guardado bien sus secretos, le gustaba el cochinillo de Cándido, en donde se exhibía hasta hace poco una foto suya, y coleccionaba recuerdos militares junto a sus medallas obtenidas en combate o en un rastrillo de quincallas de Dinamarca.

BIBLIOGRAFÍA DE SVEN HASSEL:
“La legión de los condenados” (1953)
“Los Panzers de la muerte” (1958)
“Camaradas del frente” (1960)
“Batallón de castigo” (1962)
“Monte Cassino” (1963)
“Gestapo” (1963)
“¡Liquidad París!” (1967)
“General SS” (1969)
“Comando Reichsfürer Himmler” (1971)
“Los vi morir” (1975)
“La ruta sangrienta” (1977)
“Ejecución” (1979)
“Prisión GPU” (1981)
“El comisario” (1985)

MARTÍN OLMOS

Publicado el 27 de septiembre de 2012 en el diario El Correo

126 balas para Bonnie y Clyde

In Bandidos on 18 de noviembre de 2013 at 9:49

Pensaron que su juventud era incompatible con la muerte pero fueron acribillados en una emboscada

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Con permiso: he de decirles que Bonnie Parker era una perra”.
FRANK HAMER. RANGER DE TEXAS.

Dicen que el joven Clyde Barrow escondía la mansedumbre jugando con pistolones, que en las alcobas le quedaban las faenas de poco adorno y las chavalas que tumbaba se quedaban como antes de empezar. Dicen que por flojo le echaban al corral y que por eso exhibía el macherío bronco de ladearse el ala del sombrero y amenazar con una escopeta grande y así compensaba, pero eso solo lo pudo confirmar Bonnie Parker, la chica pizpireta y asesina que compartió sus noches de escapada, pero prefirió llevarse  la intimidad a la tumba y a los que les tranquilizan las interpretaciones freudianas les dejó con las ganas. El joven Clyde Barrow penó condena en el presidio de Huntsville en 1930 por asaltar una gasolinera,  y como estaba recién crecido los nefandarios viejos de la trena le tiraban piropos, le  quisieron de bardaje y le hicieron la estancia arrastrada. Para no cavar en el tajo forzoso, con el grillo en la bota y en lo alto el sol picón de Texas, se cortó dos dedos del pie derecho y acabó de rendir la cuenta en la enfermería. Salió en 1932 con dos muletas y tres determinaciones: no volver, no cavar y no dejarse coger vivo.

Bonnie Parker era chiquita y nerviosa, medía metro y medio y pesaba 45 kilos, de pequeña imitaba a Shirley Temple y se moría por salir en las revistas de variedades. Se casó con dieciséis años con el peor tipo que encontró, se llamaba Roy Thornton y unas veces iba a cenar y otras no. Cuando conoció a Clyde Barrow tenía el nombre del legítimo tatuado en el muslo y al legítimo en su totalidad cumpliendo cadena perpetua en la trena, trabajaba de camarera en un bar de pueblerinos en Rowena, Texas, y se pintaba de amarillo las uñas de los pies. Clyde le contó cómo era el hambre y le dio un garbeo en un buga birlado, le enseñó su pie tullido al que sobraba calcetín, le dijo que la carretera no tenía final y se la llevó a asaltar una ferretería. Ambos tenían apenas los veinte años y pensaron que su juventud era incompatible con la muerte, pisaron hasta donde daba y no volvieron atrás, su aventura corta y sangrienta se hizo balada porque era la época de la sopa floja de la beneficencia y las colas de parados y los héroes eran John Dillinger, Cara de Niño Nelson y George “Machine Gun” Kelly, los que no suplicaban un tajo pagado con miseria porque  sacaban la de escupir y se llevaban la caja fuerte. Cuando son malos tiempos y la tierra no prende, los hombres que cuentan las costillas de sus BONNIE Y CLYDEhijos sin necesidad de pasearlas con los dedos tienden a mirar con simpatía a los forajidos, eso nadie lo puede censurar, pero Bonnie y Clyde no pasaron de chorizos nómadas con el gatillo al pelo que atracaban bancos de pueblo y colmados rurales. Vivían en el camino, robaban Fords de ocho cilindros y disparaban a la primera, en los dos años escasos que duró su viaje sin meta, desde el 32 al 34, asesinaron a doce hombres, nueve de ellos polis. Clyde era bajito y tenía mordida de ratón, tiesaba al andar para parecer más largo pero no pestañeaba, su primera pieza fue un tendero viejo a las afueras de Hillsboro, en Texas, no fue un gran trofeo, se llamaba J. W. Bucher, tenía sesenta años y fiaba a los paisanos. Bonnie escribía largos poemas que enviaba a los periódicos y tenía los ojos azules, se bautizó en las montañas de Alma, en Arkansas, donde disparó a quemarropa al oficial H. D. Humphries con una escopeta del doce y le dejó para el cura. Se hacían fotografías en las que posaban chuletas, Bonnie mascando un puro camionero y Clyde exhibiendo su ajuar artillero, se hacían fotografías pegándose el lote después de una hazaña y criaron cartel romántico, eran desafiantes y jóvenes y tenían poco futuro.

En julio de 1933 cayó Buck Barrow, el hermano mayor de Clyde, le acribilló la policía en un tiroteo en Platte City, Missouri, y su mujer Blanche, que nunca se había acostumbrado a la carretera y soñaba con un hogar de cortinas de flores y un horno para tartas, fue encarcelada. Clyde y Bonnie, junto a un compinche llamado Henry Methvin, emprendieron la huida atizándose jornadas de mil kilómetros al volante pero sin salir de un triangulo formado por el sur de Missouri, Oklahoma, Texas, Arkansas y Lousiana. Como las alimañas territoriales, se encontraban incómodos lejos de sus querencias y tendían a regresar a los pagos conocidos, a pesar de tener México cerca nunca acariciaron la idea de cruzar la raya y lo más lejos que llegaron fue una vez que se alejaron hasta Carolina del Norte para visitar una fábrica de cigarros. El padre de Henry Methvin comprendió que si su hijo seguía caminando la senda de Bonnie y Clyde lo mejor que le podía esperar era una bala en un pulmón, así que acudió al capitán de los Rangers Frank Hamer y negoció su indulto a cambio de entregar a la pareja. El viejo les dio cobijo en su granja de Arcadia, en Lousiana, y los hombres de Hamer tomaron posiciones. Eran seis y no llevaron ganas de dar oportunidades. El 23 de mayo de 1934, a las nueve y diez de la mañana,  Bonnie y Clyde regresaban a la granja en un Ford de ocho caballos. Aminoraron para coger un montículo a la altura de Shreveport y los hombres de Hamer les frieron sin avisar. Ciento veintiséis balas impactaron en el coche y cinco se clavaron en un árbol del camino, Clyde recibió más de cuarenta y la pequeña Bonnie Parker otras tantas. Cuando Hamer se acercó a los cuerpos un hombre de su grupo que se llamaba Gault le advirtió: “¡Cuidado Capitán! Puede que no estén muertos”. Siempre hay un tipo que sale a pasear con un paraguas la tarde más despejada del año.

Clyde Barrow tenía los lóbulos de las orejas pegados a la parte superior de la mandíbula, lo que para el profesor Mauricio Xandro, del Instituto de Fisiognomía Helioda de Suiza, evidencia malos instintos. Bonnie Parker tenía los pómulos salientes, que indican, según Mauricio Xandro, señales de crueldad. El profesor Mauricio Xandro, que también es miembro de la Sociedad de Grafología de París,  ya conocía la biografía sangrienta de Bonnie y Clyde cuando les juzgó las jetas, con lo que salió a la palestra resabiado. Así cualquiera. Bonnie y Clyde murieron con menos de veinticinco años, con las caras sin madurar. Cuando acercaron sus restos a Arcadia para que los recogieran las autoridades el pueblo se llenó de periodistas y la cerveza subió de quince a veinticinco centavos la botella.

MARTÍN OLMOS

41 disparos (o más)

In Ejecuciones y linchamientos on 11 de noviembre de 2013 at 20:56

En un mundo imperfecto, la diferencia está en una pistola

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Será una pistola, será un cuchillo,/ será una billetera, esta es tu vida”
BRUCE SPRINGSTEEN

Proposición primera para la gestión de la lucha contra el crimen: los pasmas no llevan cacharra. Salen desnudos a la selva. Encomiendan su autoridad a llevar un bigote victoriano y un uniforme chulo, puede que amenazador, y a tener pelotas en un enfrentamiento cuerpo a cuerpo. Encomiendan su autoridad a un silbato: piiiiiiiiii. Al pito del sereno. Pierden la capacidad coercitiva del plomo. Consecuencia plausible: los malevos les vacilan. Los polis sin chisme están expuestos a la compasión. Los polis ingleses no llevan chisme. Nota de cultura general: les llaman Bobbies en honor a sir Robert Peel, el ministro del interior británico que fundó en 1829 la Policía Metropolitana de Londres, crisálida de Scotland Yard. Hasta entonces la observación del orden público la regulaba el ejército a tiros de fusil a demanda. Sir Robert Peel vistió a sus polis de azul en lugar del rojo de las casacas de la infantería y los desarmó para evidenciar que su obligación primaria era para con la comunidad, más que para el estado. Nota de sucesos: área de Manchester, 18 de septiembre de 2012. Las agentes Fiona Bone y Nicola Hugues recibieron un aviso de un posible robo con escalo en Abbey Gardens. Les recibió Dale Cregan, un camello de drogotas lo suficientemente duro como para seguir en el negocio después de que unos competidores le sacaran el ojo izquierdo por una discrepancia territorial sobre predios de cocaína. Cregan el Tuerto  se había despachado a dos mendas en un año. Fiona Bone y Nicola Hughes no llevaban armas para refrendar la autoridad de la ley. Cregan las mató de treinta tiros con una pistola Glock. No tuvieron oportunidad. Se reabrió el debate sobre armar a los bobbies. El Jefe de la Policía de Manchester, sir Peter Fahy, dijo: “Sabemos por la experiencia en Estados Unidos y otros países, cuyos oficiales están armados, que eso no significa que no los maten”. Dijo: “Nos apasiona el estilo británico”. El Estilo Británico: sombreros raros en el hipódromo, birra tibia, conducir por la izquierda, pasmas sin chisme a merced de la clemencia de las fieras.

Nota de sucesos: Capbreton, en Las Landas francesas, uno de diciembre de 2007. Dos agentes de la Guardia Civil, Fernando Trapero y Raúl Centeno, fueron asesinados a tiros por un comando etarra a la salida de una cafetería. Iban desarmados. No tuvieron oportunidad. Probablemente no la hubieran tenido en cualquier caso, porque les cogieron sentados en el coche, en una posición difícil para sacar y responder a un tiroteo. Hasta entonces los polis españoles tenían que recorrer un proceloso camino burocrático para acarrear un plomo en suelo francés. Los compañeros de los agentes le hicieron pasar una tarde dura a Alfredo Pérez Rubalcaba, entonces ministro del interior: querían jugar con todo el mazo de la baraja, sin quitar los comodines. Consecuencia: un mes después, Zapatero y Sarkozy firmaron un acuerdo que incluía una variación en el protocolo sobre el porte de armas en Francia, que a partir de ese momento se pudo tramitar en 24 horas sin necesidad de una autorización judicial.

Las armas de la ley
Proposición segunda para la gestión de la lucha contra el crimen: los pasmas llevan pistolón. Grande y negro y conminatorio. Acarrean la capacidad coercitiva del plomo. Se dejan de autoridades morales y bigotes victorianos. Consecuencia plausible: a los malevos se les corta el vacilón. Tronco, el madero tiene una fusca. Dan un miedo que te cagas. El miedo cuida la huerta. Nota antropológica: un pasma con un pistolón es un ser humano con un pistolón, y por lo tanto está sujeto a las veleidades propias de la especie. Hay tantos tipos de pasmas como tipos de hombres. Hay pasmas decentes y manchados, templados y nervioooosos, hay pasmas mediterráneos y falleros que se vuelven locos por una traca final. Pim, pam, pum. Hay pasmas con un mal día. Apunte técnico: los tiradores son cada vez más precisos (lo mismo que las armas). Hasta finales de los años 50 se disparaba una pistola con una sola mano, o bien extendiendo el brazo y apuntando o bien de manera instintiva. A veces aparecía la bala en Brasil. Desde 1958 se generalizó la posición Weaver (más tarde perfeccionada por el coronel Jeff Cooper), en la que se dispara sujetando el chisme con las dos manos, formando con los brazos un triángulo isósceles. Se multiplicó el tino. Casi se equiparó al de una carabina. Pueden comprobarlo en el cine: Bogart y los clásicos disparaban con una mano, Bruce Willis y los contemporáneos con las dos (no tengan en cuenta las pelis de Tarantino en las que se tira de medio lado. Un día se van a dar en un pie). Apunte psicológico: disparar es como una claque violenta, es contagioso, como la risa y el estornudo. Jesús. Está demostrado que cuando un miembro de un grupo abre fuego contra un blanco induce al resto a disparar también en la misma dirección, aunque ignoren el motivo. Apunte psicológico: está demostrado que se dispara antes contra alguien que parece que ha dormido con la ropa puesta. Está demostrado que se dispara antes contra los morenos. Consejo: lo decía tu mamá, como te ven te tratan. Vístete como si fueses a pagar una multa. Sé pálido.

Nota de sucesos: 22 de octubre de 2013, condado de Sonoma, California. Andy López Cruz, de trece años, tocaba la trompeta en su instituto. Jugaba en la calle con una réplica de un fusil AK-47. Tres pasmas le encañonaron y le dijeron que tirara el arma. No sabían que era un juguete. Andy estaba de espaldas. No tiró el juguete. Sus padres vivían en una caravana. Le dispararon siete veces y le mataron. Se abrió una investigación. El teniente Denis O´Leary salió en la tele enseñando un AK-47 de verdad y una réplica de balines. Todos los gatos son pardos.

Nota de sucesos: el Bronx neoyorquino, la selva, 4 de septiembre de 1999. Amadou Diallo era un betún guineano que se buscaba la vida. Vendía calcetines en la calle. Cuatro polis le confundieron con un violador en busca y captura. Un AMADOU DIALLOnegro es un negro. Le dieron el alto en un porche con poca luz. Amadou Diallo metió la mano en el bolsillo buscando su cartera negra. Un poli se tropezó y se le disparó la cacharra. La bala se incrustó en el suelo. Se produjo el contagio. Los cuatro polis dispararon. Le pegaron 41 tiros. Le acertaron 19. Un 46 por ciento de blancos sobre el negro. Acertijo: ¿en qué se parece una cartera negra a un pistolón? Las pistolas producen terror, como los payasos a medianoche. Cuando a alguien le apuntan con una en la cabeza suele taparse la cara con las manos. Es una reacción parecida a meterse debajo de una manta cuando vienen los fantasmas. En situaciones de estrés la razón deja paso a la reacción. A Amadou Diallo le hizo una canción Springsteen (“American Skin. 41 Shots”). En la pared sobre la que le acribillaron hoy hay un graffiti junto al que se tiran fotos los turistas. Sonríe. Mira al pajarito.

Conclusión: no hay conclusión. En un mundo perfecto puedes dejar la puerta de casa abierta. En un mundo imperfecto hay que tomar precauciones: camina por calles iluminadas, si te para la poli muévete des-pa-cio. Como si tuvieses los huesos de cristal. Alguien le hará una canción a Andy López Cruz. Nadie le hizo una canción a Fiona Bone ni a Nicola Hughes ni a Fernando Trapero ni a Raúl Centeno. Si una banda de tíos que hablan raro usan un soplete para sacarte la clave de la visa puedes jurar que preferirás ver aparecer a un escuadrón de maderos con chismes grandes y negros. Si un poli te confunde con el Lute rezas para que tenga un talante dialogador. Para que se haya dejado el alicate en casa. En un mundo perfecto puedes tener a la suegra trompa y el porrón lleno. En este no.

MARTÍN OLMOS

La misericordia del púgil del arco iris

In Las doce cuerdas on 3 de noviembre de 2013 at 10:55

El boxeador Emile Griffith mató a un hombre porque le llamó maricón y en su mundo de machos no le perdonaron su sexualidad ambigua.
(Dedicado al Marqués de Cubaslibres, a un tal Gómez y a Perroantonio)

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“La gente aplaude al que me mata/El referee no dice break/ Que mi mujer no sepa nada…/ Mi nombre es Benny Kid Paret”
NICOMEDES SANTA CRUZ

El boxeo es violencia regulada, estimula la testosterona, es estoicismo y es pura próstata. Es la revisión de Roma. El boxeo es bailar ballet en una situación límite y requiere un estado de ánimo que no está al alcance de todos los hombres. El boxeo posee una complejidad que está ausente en cualquier otro deporte y exige intelectualizar movimientos automáticos, devolver el dolor con dolor y mantener una conversación corporal en los tiempos de la palabra y del eufemismo. El boxeo no es: una riña de chulos, zumbarse de hostias hasta que te den por el saco. No necesita la coartada mística de las artes marciales. Exige hombres que abandonan la cautela ante el tormento y que manejan una voluntad rocosa, que son indiferentes a la corrupción de la carne y capaces de cumplimentar una esgrima violenta y exacta con la frecuencia cardiaca desbocada y los vasos sanguíneos contraídos. El boxeo es macho y testicular, como el brandy y como la guerra. Joyce Carol Oates dijo: “El boxeo es una celebración de la religión perdida de la masculinidad”. Emile Griffith cultivó la liturgia masculina con ambigüedad y el lecho ecléctico del que lo mismo almuerza pez que filete y peleó un boxeo que fue primero iracundo y que después, condicionado por el hito incontestable de haber matado a un hombre que le llamó maricón, se hizo misericordioso. Entonces perdió la crueldad instintiva del gladiador. En la pared de una escuela de gladiadores se encontró escrita una recomendación: “Ut quis quem vicerit occidat” (degüella al vencido, sea quien sea). Emile Griffith, tres veces campeón del mundo del peso welter y dos del peso medio,  perdió la gracia de la barbarie y fue piadoso y sarasa en un mundo de machos hiperbólicos y en un tiempo de armarios cerrados a cal y canto y, como no sabía hacer otra cosa que reñir a puñetazos, se condenó a sí mismo a la derrota por pegar con atenuantes. Emile Griffith tuvo compasión y vivió en el desconcierto del hombre que camina por senderos que no le son familiares.

Emile Griffith nació en 1938 en Santo Tomás, en las Islas Vírgenes,  y de mozo es posible que demorase en la contemplación de los cuerpos endrinos de los muchachos que buceaban el Caribe en busca de langostas. Griffith trabajó en una fábrica de sombreros de señora y a veces, por bromear, se los probaba sobre su cabeza de pelo de búfalo. Le gustaba cantar, que no es de machos, y se vestía camisas fulgentes. Relucía de negro guapo y le sospechaban de mariposón. Un día se quitó la camisa en la fábrica para trabajar desnudo y fresco y enseñó su cuerpo espartano de músculos trazados en ébano. Quizá tuvo el gesto exhibición. Quizá quiso saberse contemplado como los narcisos que buceaban el Caribe y que le inquietaban. El dueño de la fábrica, que había sido boxeador aficionado, reparó en su porte de peleador y le recomendó al entrenador Gil Clancy, que había trabajado con el Tigre Ralph Jones, con Jerry Quarry, el Bombardero de Bellflower, y con Rodrigo Valdés, campeón del peso medio. Clancy descubrió la furia de Griffith y le enseñó a exteriorizarla con la derecha demoledora. En 1958 ganó el campeonato amateur de los Guantes de Oro de Nueva York en la categoría de los 67 kilos derrotando a Osvaldo Marcano y al año siguiente estaba peleando de profesional en el Madison mítico, midiéndose con otros negros bellos e implacables. Griffith era un golpeador natural y Norman Mailer le incluyó en su listado de boxeadores que eran hombres de una pieza, como George Chuvalo, Ringo Bonavena y Rocky Marciano, que combatían alimentados por la savia de su orgullo viril y estaban hechos de una sustancia parecida a la roca. Griffith ganó el campeonato mundial del peso welter el primero de abril de 1961 derrotando por KO en el capítulo decimotercero a Benny el Kid Paret. Griffith era furioso en el reñidero y fuera de él era un hombre desguarnecido que el lunes le gustaban las chicas, el martes los chicos y un miércoles se hizo omnívoro. Frecuentó los conventos de maricas del sórdido para tertuliar a media luz. Le comentaron de bujarrón en los gyms machos pero no se lo pronunciaban de frente por no entablarle diálogo. El 30 de septiembre  Benny Paret recuperó la corona venciéndole a los puntos  y pactaron una revancha legendaria para el 24 de marzo de 1962. La pelea la retransmitió la cadena de televisión ABC y durante el pesaje Benny Paret sonrió sus dientes santaclareños de Cuba delante de un Griffith aspirante y grave que mantenía la boca cerrada. Benny Paret le palpó una nalga y le dijo en español maricón. Griffith conocía el término de habérselo escuchado a los boxeadores puertorriqueños del gimnasio de Gil Clancy. A poco que se zumbaron recién se apearon de la balanza. No eran tiempos comprensivos para que se supiese que un boxeador se equivocaba de lado en la alcoba. Joyce Carol Oates dijo: “La diferencia obvia entre el boxeo y la pornografía es que el boxeo, a diferencia de la pornografía, no es teatral”.

El duodécimo round
Paret salió a defender su cinto. Era un pegador antillano. Griffith salió a consolidar su hombría. No hubo atisbo de teatro, puro teatro. Fue una pelea a muerte sin metáfora. Riñeron hasta la extenuación. En el sexto asalto a Griffith le salvó la campana. El duodécimo lo empezaron transidos pero no derrotados y se abrazaron en clinch para recuperar resuello. EMILE GRIFFITHParet era cristiano devoto, Griffith omnívoro y letal. A los dos minutos del asalto Griffith le acertó un crochet de derecha preciso como un mazazo y Paret retrocedió hasta apoyarse en el cordal. Griffith comprendió con su pragmático raciocinio que no le podía dejar recuperarse y le atacó depredadoramente zurrándole en los flancos, en el rostro y en el estómago. Aún no conocía la piedad. Lanzó treinta golpes consecutivos de los que le acertó diecisiete. Paret no podía caer porque tenía las cuerdas detrás y la cabeza fuera de ellas, moviéndose como un balón de punch, y a Griffith delante, culminando su furia. “Ut quis quem vicerit occidat”.  Norman Mailer dijo que Paret esbozó una media sonrisa de lástima que parecía decir: “No sabía que fuera a morir tan pronto”. El árbitro Ruby Goldstein le apartó de la bestia. Paret perdió el sentido y fue cayendo lentamente hasta quedarse sentado, el brazo derecho se le enganchó en la tercera cuerda y después la nuca se apoyó en la primera. Los segundos le tumbaron sobre la lona y le quitaron el bocado. Norman Mailer dijo que el sonido de los golpes de Griffith hacía eco en la mente, como un hacha pesada que a lo lejos hiende un tronco mojado. Benny Paret entró en coma y murió diez días después. Ruby Goldstein nunca volvió a arbitrar peleas. La cadena NBC dejó de transmitir combates y el gobernador de Nueva York Nelson Rockefeller creó una comisión para investigar el boxeo. Emile Griffith perdió la furia. Desde entonces peleó sacando el jab de izquierda para mantener a distancia al oponente pero embridó en corto el gancho demoledor y las secuencias de puñetazos. En las habitaciones de los hoteles le llamaban bujarrón a través de la puerta y Griffith se escondía en otra habitación. Se casó en 1971 con la bailarina Sadie Donastrog. Quería diseñar sombreros de mujer, pero solo sabía pelear. Perdió contra otros hombres que ignoraban la piedad, con Huracán Carter, que penó trullo por homicidio, y con el Indio Carlos Monzón, que mató a su mujer tirándola por la ventana. Solo ganó nueve de sus últimas veintitrés peleas. En 1991 unos hombres como Dios manda le metieron una paliza a la salida de un club gay cerca de la Terminal de Autobuses de la Autoridad Portuaria de Manhattan. Se pasó cuatro meses en el hospital. Terminó por reconocer su bisexualidad en la revista “Sports Illustrated”. Dijo: “Mato a un hombre y la mayoría de la gente lo comprende y disculpa. Sin embargo, amo a un hombre y esa misma gente lo considera un pecado imperdonable”. Emile Griffith, el guerrero misericordioso del balano bífido, murió el 23 de julio de 2013 sin un chavo y medio tonto por la demencia pugilística provocada por las conmociones que sufrió en su carrera de macho de una pieza.

MARTÍN OLMOS

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