MARTÍN OLMOS MEDINA

La misericordia del púgil del arco iris

In Las doce cuerdas on 3 de noviembre de 2013 at 10:55

El boxeador Emile Griffith mató a un hombre porque le llamó maricón y en su mundo de machos no le perdonaron su sexualidad ambigua.
(Dedicado al Marqués de Cubaslibres, a un tal Gómez y a Perroantonio)

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“La gente aplaude al que me mata/El referee no dice break/ Que mi mujer no sepa nada…/ Mi nombre es Benny Kid Paret”
NICOMEDES SANTA CRUZ

El boxeo es violencia regulada, estimula la testosterona, es estoicismo y es pura próstata. Es la revisión de Roma. El boxeo es bailar ballet en una situación límite y requiere un estado de ánimo que no está al alcance de todos los hombres. El boxeo posee una complejidad que está ausente en cualquier otro deporte y exige intelectualizar movimientos automáticos, devolver el dolor con dolor y mantener una conversación corporal en los tiempos de la palabra y del eufemismo. El boxeo no es: una riña de chulos, zumbarse de hostias hasta que te den por el saco. No necesita la coartada mística de las artes marciales. Exige hombres que abandonan la cautela ante el tormento y que manejan una voluntad rocosa, que son indiferentes a la corrupción de la carne y capaces de cumplimentar una esgrima violenta y exacta con la frecuencia cardiaca desbocada y los vasos sanguíneos contraídos. El boxeo es macho y testicular, como el brandy y como la guerra. Joyce Carol Oates dijo: “El boxeo es una celebración de la religión perdida de la masculinidad”. Emile Griffith cultivó la liturgia masculina con ambigüedad y el lecho ecléctico del que lo mismo almuerza pez que filete y peleó un boxeo que fue primero iracundo y que después, condicionado por el hito incontestable de haber matado a un hombre que le llamó maricón, se hizo misericordioso. Entonces perdió la crueldad instintiva del gladiador. En la pared de una escuela de gladiadores se encontró escrita una recomendación: “Ut quis quem vicerit occidat” (degüella al vencido, sea quien sea). Emile Griffith, tres veces campeón del mundo del peso welter y dos del peso medio,  perdió la gracia de la barbarie y fue piadoso y sarasa en un mundo de machos hiperbólicos y en un tiempo de armarios cerrados a cal y canto y, como no sabía hacer otra cosa que reñir a puñetazos, se condenó a sí mismo a la derrota por pegar con atenuantes. Emile Griffith tuvo compasión y vivió en el desconcierto del hombre que camina por senderos que no le son familiares.

Emile Griffith nació en 1938 en Santo Tomás, en las Islas Vírgenes,  y de mozo es posible que demorase en la contemplación de los cuerpos endrinos de los muchachos que buceaban el Caribe en busca de langostas. Griffith trabajó en una fábrica de sombreros de señora y a veces, por bromear, se los probaba sobre su cabeza de pelo de búfalo. Le gustaba cantar, que no es de machos, y se vestía camisas fulgentes. Relucía de negro guapo y le sospechaban de mariposón. Un día se quitó la camisa en la fábrica para trabajar desnudo y fresco y enseñó su cuerpo espartano de músculos trazados en ébano. Quizá tuvo el gesto exhibición. Quizá quiso saberse contemplado como los narcisos que buceaban el Caribe y que le inquietaban. El dueño de la fábrica, que había sido boxeador aficionado, reparó en su porte de peleador y le recomendó al entrenador Gil Clancy, que había trabajado con el Tigre Ralph Jones, con Jerry Quarry, el Bombardero de Bellflower, y con Rodrigo Valdés, campeón del peso medio. Clancy descubrió la furia de Griffith y le enseñó a exteriorizarla con la derecha demoledora. En 1958 ganó el campeonato amateur de los Guantes de Oro de Nueva York en la categoría de los 67 kilos derrotando a Osvaldo Marcano y al año siguiente estaba peleando de profesional en el Madison mítico, midiéndose con otros negros bellos e implacables. Griffith era un golpeador natural y Norman Mailer le incluyó en su listado de boxeadores que eran hombres de una pieza, como George Chuvalo, Ringo Bonavena y Rocky Marciano, que combatían alimentados por la savia de su orgullo viril y estaban hechos de una sustancia parecida a la roca. Griffith ganó el campeonato mundial del peso welter el primero de abril de 1961 derrotando por KO en el capítulo decimotercero a Benny el Kid Paret. Griffith era furioso en el reñidero y fuera de él era un hombre desguarnecido que el lunes le gustaban las chicas, el martes los chicos y un miércoles se hizo omnívoro. Frecuentó los conventos de maricas del sórdido para tertuliar a media luz. Le comentaron de bujarrón en los gyms machos pero no se lo pronunciaban de frente por no entablarle diálogo. El 30 de septiembre  Benny Paret recuperó la corona venciéndole a los puntos  y pactaron una revancha legendaria para el 24 de marzo de 1962. La pelea la retransmitió la cadena de televisión ABC y durante el pesaje Benny Paret sonrió sus dientes santaclareños de Cuba delante de un Griffith aspirante y grave que mantenía la boca cerrada. Benny Paret le palpó una nalga y le dijo en español maricón. Griffith conocía el término de habérselo escuchado a los boxeadores puertorriqueños del gimnasio de Gil Clancy. A poco que se zumbaron recién se apearon de la balanza. No eran tiempos comprensivos para que se supiese que un boxeador se equivocaba de lado en la alcoba. Joyce Carol Oates dijo: “La diferencia obvia entre el boxeo y la pornografía es que el boxeo, a diferencia de la pornografía, no es teatral”.

El duodécimo round
Paret salió a defender su cinto. Era un pegador antillano. Griffith salió a consolidar su hombría. No hubo atisbo de teatro, puro teatro. Fue una pelea a muerte sin metáfora. Riñeron hasta la extenuación. En el sexto asalto a Griffith le salvó la campana. El duodécimo lo empezaron transidos pero no derrotados y se abrazaron en clinch para recuperar resuello. EMILE GRIFFITHParet era cristiano devoto, Griffith omnívoro y letal. A los dos minutos del asalto Griffith le acertó un crochet de derecha preciso como un mazazo y Paret retrocedió hasta apoyarse en el cordal. Griffith comprendió con su pragmático raciocinio que no le podía dejar recuperarse y le atacó depredadoramente zurrándole en los flancos, en el rostro y en el estómago. Aún no conocía la piedad. Lanzó treinta golpes consecutivos de los que le acertó diecisiete. Paret no podía caer porque tenía las cuerdas detrás y la cabeza fuera de ellas, moviéndose como un balón de punch, y a Griffith delante, culminando su furia. “Ut quis quem vicerit occidat”.  Norman Mailer dijo que Paret esbozó una media sonrisa de lástima que parecía decir: “No sabía que fuera a morir tan pronto”. El árbitro Ruby Goldstein le apartó de la bestia. Paret perdió el sentido y fue cayendo lentamente hasta quedarse sentado, el brazo derecho se le enganchó en la tercera cuerda y después la nuca se apoyó en la primera. Los segundos le tumbaron sobre la lona y le quitaron el bocado. Norman Mailer dijo que el sonido de los golpes de Griffith hacía eco en la mente, como un hacha pesada que a lo lejos hiende un tronco mojado. Benny Paret entró en coma y murió diez días después. Ruby Goldstein nunca volvió a arbitrar peleas. La cadena NBC dejó de transmitir combates y el gobernador de Nueva York Nelson Rockefeller creó una comisión para investigar el boxeo. Emile Griffith perdió la furia. Desde entonces peleó sacando el jab de izquierda para mantener a distancia al oponente pero embridó en corto el gancho demoledor y las secuencias de puñetazos. En las habitaciones de los hoteles le llamaban bujarrón a través de la puerta y Griffith se escondía en otra habitación. Se casó en 1971 con la bailarina Sadie Donastrog. Quería diseñar sombreros de mujer, pero solo sabía pelear. Perdió contra otros hombres que ignoraban la piedad, con Huracán Carter, que penó trullo por homicidio, y con el Indio Carlos Monzón, que mató a su mujer tirándola por la ventana. Solo ganó nueve de sus últimas veintitrés peleas. En 1991 unos hombres como Dios manda le metieron una paliza a la salida de un club gay cerca de la Terminal de Autobuses de la Autoridad Portuaria de Manhattan. Se pasó cuatro meses en el hospital. Terminó por reconocer su bisexualidad en la revista “Sports Illustrated”. Dijo: “Mato a un hombre y la mayoría de la gente lo comprende y disculpa. Sin embargo, amo a un hombre y esa misma gente lo considera un pecado imperdonable”. Emile Griffith, el guerrero misericordioso del balano bífido, murió el 23 de julio de 2013 sin un chavo y medio tonto por la demencia pugilística provocada por las conmociones que sufrió en su carrera de macho de una pieza.

MARTÍN OLMOS

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