MARTÍN OLMOS MEDINA

126 balas para Bonnie y Clyde

In Bandidos on 18 de noviembre de 2013 at 9:49

Pensaron que su juventud era incompatible con la muerte pero fueron acribillados en una emboscada

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Con permiso: he de decirles que Bonnie Parker era una perra”.
FRANK HAMER. RANGER DE TEXAS.

Dicen que el joven Clyde Barrow escondía la mansedumbre jugando con pistolones, que en las alcobas le quedaban las faenas de poco adorno y las chavalas que tumbaba se quedaban como antes de empezar. Dicen que por flojo le echaban al corral y que por eso exhibía el macherío bronco de ladearse el ala del sombrero y amenazar con una escopeta grande y así compensaba, pero eso solo lo pudo confirmar Bonnie Parker, la chica pizpireta y asesina que compartió sus noches de escapada, pero prefirió llevarse  la intimidad a la tumba y a los que les tranquilizan las interpretaciones freudianas les dejó con las ganas. El joven Clyde Barrow penó condena en el presidio de Huntsville en 1930 por asaltar una gasolinera,  y como estaba recién crecido los nefandarios viejos de la trena le tiraban piropos, le  quisieron de bardaje y le hicieron la estancia arrastrada. Para no cavar en el tajo forzoso, con el grillo en la bota y en lo alto el sol picón de Texas, se cortó dos dedos del pie derecho y acabó de rendir la cuenta en la enfermería. Salió en 1932 con dos muletas y tres determinaciones: no volver, no cavar y no dejarse coger vivo.

Bonnie Parker era chiquita y nerviosa, medía metro y medio y pesaba 45 kilos, de pequeña imitaba a Shirley Temple y se moría por salir en las revistas de variedades. Se casó con dieciséis años con el peor tipo que encontró, se llamaba Roy Thornton y unas veces iba a cenar y otras no. Cuando conoció a Clyde Barrow tenía el nombre del legítimo tatuado en el muslo y al legítimo en su totalidad cumpliendo cadena perpetua en la trena, trabajaba de camarera en un bar de pueblerinos en Rowena, Texas, y se pintaba de amarillo las uñas de los pies. Clyde le contó cómo era el hambre y le dio un garbeo en un buga birlado, le enseñó su pie tullido al que sobraba calcetín, le dijo que la carretera no tenía final y se la llevó a asaltar una ferretería. Ambos tenían apenas los veinte años y pensaron que su juventud era incompatible con la muerte, pisaron hasta donde daba y no volvieron atrás, su aventura corta y sangrienta se hizo balada porque era la época de la sopa floja de la beneficencia y las colas de parados y los héroes eran John Dillinger, Cara de Niño Nelson y George “Machine Gun” Kelly, los que no suplicaban un tajo pagado con miseria porque  sacaban la de escupir y se llevaban la caja fuerte. Cuando son malos tiempos y la tierra no prende, los hombres que cuentan las costillas de sus BONNIE Y CLYDEhijos sin necesidad de pasearlas con los dedos tienden a mirar con simpatía a los forajidos, eso nadie lo puede censurar, pero Bonnie y Clyde no pasaron de chorizos nómadas con el gatillo al pelo que atracaban bancos de pueblo y colmados rurales. Vivían en el camino, robaban Fords de ocho cilindros y disparaban a la primera, en los dos años escasos que duró su viaje sin meta, desde el 32 al 34, asesinaron a doce hombres, nueve de ellos polis. Clyde era bajito y tenía mordida de ratón, tiesaba al andar para parecer más largo pero no pestañeaba, su primera pieza fue un tendero viejo a las afueras de Hillsboro, en Texas, no fue un gran trofeo, se llamaba J. W. Bucher, tenía sesenta años y fiaba a los paisanos. Bonnie escribía largos poemas que enviaba a los periódicos y tenía los ojos azules, se bautizó en las montañas de Alma, en Arkansas, donde disparó a quemarropa al oficial H. D. Humphries con una escopeta del doce y le dejó para el cura. Se hacían fotografías en las que posaban chuletas, Bonnie mascando un puro camionero y Clyde exhibiendo su ajuar artillero, se hacían fotografías pegándose el lote después de una hazaña y criaron cartel romántico, eran desafiantes y jóvenes y tenían poco futuro.

En julio de 1933 cayó Buck Barrow, el hermano mayor de Clyde, le acribilló la policía en un tiroteo en Platte City, Missouri, y su mujer Blanche, que nunca se había acostumbrado a la carretera y soñaba con un hogar de cortinas de flores y un horno para tartas, fue encarcelada. Clyde y Bonnie, junto a un compinche llamado Henry Methvin, emprendieron la huida atizándose jornadas de mil kilómetros al volante pero sin salir de un triangulo formado por el sur de Missouri, Oklahoma, Texas, Arkansas y Lousiana. Como las alimañas territoriales, se encontraban incómodos lejos de sus querencias y tendían a regresar a los pagos conocidos, a pesar de tener México cerca nunca acariciaron la idea de cruzar la raya y lo más lejos que llegaron fue una vez que se alejaron hasta Carolina del Norte para visitar una fábrica de cigarros. El padre de Henry Methvin comprendió que si su hijo seguía caminando la senda de Bonnie y Clyde lo mejor que le podía esperar era una bala en un pulmón, así que acudió al capitán de los Rangers Frank Hamer y negoció su indulto a cambio de entregar a la pareja. El viejo les dio cobijo en su granja de Arcadia, en Lousiana, y los hombres de Hamer tomaron posiciones. Eran seis y no llevaron ganas de dar oportunidades. El 23 de mayo de 1934, a las nueve y diez de la mañana,  Bonnie y Clyde regresaban a la granja en un Ford de ocho caballos. Aminoraron para coger un montículo a la altura de Shreveport y los hombres de Hamer les frieron sin avisar. Ciento veintiséis balas impactaron en el coche y cinco se clavaron en un árbol del camino, Clyde recibió más de cuarenta y la pequeña Bonnie Parker otras tantas. Cuando Hamer se acercó a los cuerpos un hombre de su grupo que se llamaba Gault le advirtió: “¡Cuidado Capitán! Puede que no estén muertos”. Siempre hay un tipo que sale a pasear con un paraguas la tarde más despejada del año.

Clyde Barrow tenía los lóbulos de las orejas pegados a la parte superior de la mandíbula, lo que para el profesor Mauricio Xandro, del Instituto de Fisiognomía Helioda de Suiza, evidencia malos instintos. Bonnie Parker tenía los pómulos salientes, que indican, según Mauricio Xandro, señales de crueldad. El profesor Mauricio Xandro, que también es miembro de la Sociedad de Grafología de París,  ya conocía la biografía sangrienta de Bonnie y Clyde cuando les juzgó las jetas, con lo que salió a la palestra resabiado. Así cualquiera. Bonnie y Clyde murieron con menos de veinticinco años, con las caras sin madurar. Cuando acercaron sus restos a Arcadia para que los recogieran las autoridades el pueblo se llenó de periodistas y la cerveza subió de quince a veinticinco centavos la botella.

MARTÍN OLMOS

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