MARTÍN OLMOS MEDINA

La guerra de Hassel

In Fuera de carta on 18 de noviembre de 2013 at 9:58

Ha muerto Sven Hassel, que cubrió la guerra de charcos de barro y la despojó de su romanticismo

SVEN HASSEL

Los soldados de las novelas de Sven Hassel son chusma de patíbulo, perros sin despiojar, flacos, malos, trileros y supervivientes de batallones de castigo que no tienen tiempo para la piedad. Observan la prioridad de aligerar de dientes de oro a los combatientes muertos, birlar raciones y largarse de los burdeles sin pagar. A la hora de la brega prefieren arrancar cabezas con una pala de cavar trincheras porque han descubierto, a la fuerza, que es más efectiva que la bayoneta de reglamento. Tienen frío en el corredor de Minsk y calor en Monte Cassino, hambre a todas horas y pretenden salir de la guerra de una pieza, dándoles un poco igual quién la gane. No aspiran a medallas, comen gatos y se acogen al derecho de espada PORTADA HASSEL 3robando todo lo que se pueda comer, beber o permutar. Nadie les preguntó si querían ver mundo, les movilizaron a la fuerza y son los hijos del proletariado alemán. Los profesores de literatura en sus cabales no recomendaban las obras de Sven Hassel pero los que las leían en las ediciones de Reno, de portadas abigarradas, llegaban a la conclusión de que Hemingway, Remarque y Boixcar eran un poco mariquitas. Sus catorce novelas se apoyan sobre un esquema casi inalterable que alterna la descripción de violentísimas batallas con periodos de trinchera plagados de ejecuciones de tapia y tiro de gracia, entradas y salidas de casas de putañear, diálogos absurdos y timbas de dados sobre una manta PORTADA HASSEL 1colonizada por los piojos. Sus personajes fijos son buscavidas que se mueven a lo largo de las más brutales carnicerías de la Segunda Guerra Mundial y su estilo confuso recuerda a la escritura urgente de Salgari, que es la interpretación literaria de la estrategia del general Patton: no sostener la posición, sino seguir avanzando.

El soldado o el farsante
La obra de Hassel la difundió en España Mario Lacruz cuando dirigía para Plaza y Janés la colección Reno, que se llegó a vender en expositores giratorios en los supermercados y publicó a Mika Waltari, a Thomas Mann y a Giovanni Guareschi, que parió al cura Don Camilo. Lacruz escribía novelas policíacas y no tenía el barniz intelectual, izquierdista y divino,  de Carlos Barral y los libros de bolsillo de Reno se podían permitir portadas al agua que recordaban a las de las novelas de tiros de Estefanía. Hassel vendió tiradas como churros después de una verbena y cultivó el cartel de veterano de los escenarios más duros de la guerra, medio ciego de la fiebre caucásica que contrajo en el frente oriental y condecorado con dos Cruces de Hierro, de 1ª y 2ª clase, con la medalla de Mannerheim y con la Cruz Militar Italiana. Nació en Frederiksborg, en Dinamarca, en 1917 y surcó el mar en un carguero por necesidad. Cuando dejó el salitre se alistó en el ejército alemán y entró en Polonia con una división Panzer. Desertó con los galones de cabo, pero fue capturado y le agregaron al 27º regimiento de Carros de Combate, un batallón disciplinario con el que se batió en todos los frentes del escenario europeo. Se rindió al ruso Iván en Berlín, en el Parque Tiergarten, ostentando hombrera de teniente y quincalla en la solapa, se alistó en la Legión Extranjera, como Beau Geste, y publicó su primera novela, “La legión de los condenados”, en 1958.

Sin embargo, el periodista danés Erik Haaest se dedicó durante una década a desmentir su biografía bélica de héroe a la fuerza y aseguró que Hassel se pasó la guerra en Dinamarca, mangando bicicletas y  pegando timos de segunda, vestido con un uniforme de las Waffen-SS que había birlado con el que conseguía cartillas de racionamiento con las que negociaba en las trastiendas y alardeando de medallas de hojalata tan falsas como la sonrisa de una hiena. Haaest le desmontó incluso su tinglado literario y dijo que las novelas se las escribía su mujer Dorthe Jensen, inventándose las atrocidades que Hassel disfrazaba de recuerdos.

Hassel se instaló en Barcelona, en Castelldefels, en 1964, quizá porque había oído que en España vivía Otto Skorzeny, PORTADA HASSEL 2el libertador de Mussolini, y aquí se ha dejado coger por la muerte el pasado día 21 de septiembre, a los 95 años de edad. Hace poco, la editorial Inédita volvió a difundir su obra en su colección de bolsillo. Ha guardado bien sus secretos, le gustaba el cochinillo de Cándido, en donde se exhibía hasta hace poco una foto suya, y coleccionaba recuerdos militares junto a sus medallas obtenidas en combate o en un rastrillo de quincallas de Dinamarca.

BIBLIOGRAFÍA DE SVEN HASSEL:
“La legión de los condenados” (1953)
“Los Panzers de la muerte” (1958)
“Camaradas del frente” (1960)
“Batallón de castigo” (1962)
“Monte Cassino” (1963)
“Gestapo” (1963)
“¡Liquidad París!” (1967)
“General SS” (1969)
“Comando Reichsfürer Himmler” (1971)
“Los vi morir” (1975)
“La ruta sangrienta” (1977)
“Ejecución” (1979)
“Prisión GPU” (1981)
“El comisario” (1985)

MARTÍN OLMOS

Publicado el 27 de septiembre de 2012 en el diario El Correo

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  1. Recibí Batallón de Castigo de regalo cuando cumplí 20, me atrajo su descripción “desde adentro” de la guerra del ejército alemán y la crueldad de sus personajes, luego, escaso de fondos y con poca oferta de libros sobre el conflicto en las librerías locales, fui comprando las otras novelas en las librerías de viejo, la mayoría en esas ediciones del reno. Como aficionado a la segunda guerra mundial las incoherencias en lugares, armamento, unidades citadas eran incoherentes desde el principio así como en los personajes (un soldado negro en la Wehrmacht, o un noruego ¡de baja estatura! anteojos muy gruesos y muy torpe con las armas, un auténtico nerd, sirviendo en la Waffen SS). Por aquel entonces me convencí que La Legión de los Condenados, y quizás, Los Panzers de la Muerte eran las más autobiográficas (aunque con un amplio grado de invención) y las demás adaptaciones donde se tomaban batallas o campañas icónicas de la guerra (Monte Cassino, Normandía, Operación Barbarroja, Stalingrado, la insurrección de Varsovia) y las mezclaba con sus experiencias personales y algunas escenas tomadas de películas, series de tv u otras novelas de folletín (persecuciones de gangsters, peleas clandestinas de boxeadores dentro de una jaula, panteras y gatos monteses sueltos entre la retaguardia alemana).

    Hasta que di con el sitio de Haaest e indignado por sentirme víctima de un timo, quemé o entregué a los cartoneros todas las novelas que compré, sólo se salvó la primera, Batallón de Castigo, la única que me regalaron. No me arrepiento de la decisión y he tratado de leer testimonios más realistas de soldados alemanes (como “Perros,¿queréis vivir eternamente” de Fritz Wöse, publicado por Bruguera). Respecto a Haaest, nunca me pareció de extrema derecha o apologista del nacionalsocialismo, incluso le escribí en 2006 y me prometió de vuelta “más revelaciones sobre el fraude de Sven Hassel” que nunca llegaron, y ahora sé que no llegarán más porque el periodista también pasó a mejor vida poco tiempo después que Sven Hassel/ Vily Borge Pedersen o quien sea que haya sido realmente.

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