MARTÍN OLMOS MEDINA

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Jazz gris

In Matones y camorristas on 29 de diciembre de 2013 at 20:36

A Jaco Pastorius, el mejor bajista de jazz del mundo, le mató de una paliza el gorila de un garito de Florida

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“El jazz es peligroso”
BORIS VIAN

Los negros tienen swing. Están poseídos por los demonios de la macumba. Tienen hambre. Los blancos tienen el protestantismo y el color de la vainilla. Los negros tienen swing. Son hotentotes caníbales. Son diablos morenos, son perros negros. Los blancos no tienen swing. No saben tocar con furia. Los negros suenan su música con lujuria. El jazz es pecado. El jazz es vudú y gallinas decapitadas. El jazz es un tugurio de putas y humo. Los negros paganos tocan su jazz lujurioso en los conventos mandingas y se comen a los misioneros. Los blancos miran y escuchan. Les fascina su barbarie. Julio Cortázar vio en el teatro de los Campos Elíseos de París a Trummy Young tocando el trombón como si sostuviera en sus brazos a una mujer desnuda y de miel y vio a Arvel Shaw tocando el contrabajo como si sostuviera en sus brazos a una mujer desnuda y de sombra y vio a Crazy Cole cernido sobre la batería como el Marqués de Sade sobre los traseros de ocho mujeres desnudas y fustigadas. A Louis Armstrong le importó media mierda que en aquel teatro de los Campos Elíseos de París pisara Nijinsky con sus zapatillas de ballet. Él tocó con zapatones amarillos. Los negratas observan su sastrería de chulos de putas y se ponen chaquetas rojas y bandas de guepardo en sus sombreros Panamá. Los blancos visten a la calvinista. A Nat King Cole le metieron de hostias los confederados de Alabama pero siempre pareció un negro domesticado. Un puto Tío Tom. Un negro de nariz chiquita, un Sidney Poitier, un Harry Belafonte. Un Obama. Un negrito medio wasp que a tu padre no le importa que le lleves a casa a cenar. Un negro que renunció al canibalismo y a la banda de guepardo en el sombrero Panamá y al orgullo watusi. Nat King Cole acabó cantando “Ansiedad” para que la bailasen al agarrao los blancos pensionados en los hoteles con buffet libre después del aquagym: “Ansiedad, de tenerte en mis brazos, musitando palabras de amoooor”.

La cabeza explosiva
Hay blancos sin domesticar que son zulúes descoloridos y tienen el orgullo watusi intacto. Son mandingas albinos de pelo liso. Jaco Pastorius no tenía las napias chatas. No tenía el pelo del búfalo. No tenía el tono tostado del corcho chamuscado. Jaco Pastorius era blanco y loco y tocaba con furia vehemente. Jaco Pastorius frecuentó a los pecadores y se ponía de cocaína. Se ponía de priva barata. Pasaba de los atenuantes. Nació en 1951 en Pennsylvania. No sabía que Dios le tenía preparada una jugada. Creció en Florida. Le destetaron los caimanes y la Corriente del Golfo. Mamó cumbia y bossa nova. Mamó los sones de los cubanos de Mariel. Empezó a tocar la batería, pero se jodió la muñeca jugando unas canastas y aprendió a tocar el bajo eléctrico por su cuenta, se deshizo de los trastes y acabó tocando en el grupo Weather Report dando volteretas de saltimbanqui por encima del amplificador. Le llamaron “La cabeza explosiva” y le poseyó el diablo de la macumba. Tenía pinta de hippie, greñudo y flaco, encontró el swing y practicó su música febril hecha con nervios a flor de piel. Sacó al bajo eléctrico del rincón del coro y le concedió las frases principales. Nadie sabía que eso se podía hacer. Era Jimmy Hendrix renacido. Se cernió sobre él la catástrofe. Era un genio con pinta de majorette.

El jazz fue puro mientras no le pusieron nombres. Dijo Oscar Wilde que definir es limitar. Limitaron el jazz con nombres y lo hicieron cubista. El jazz fue puro cuando lo hacían los caníbales de la selva. El jazz fue puro cuando lo hacían los apostatas. Robert Leroy Johnson, el Rey del Blues del Delta del Mississippi, vendió su alma al diablo en el cruce de la autopista 61 con la 49 en el condado de Coahoma. El diablo le enseñó a deslizar el cuello de una botella sobre el encordado de su guitarra. En 1938 le apioló un marido cornudo envenenándole el whisky. Charlie Parker era adicto a la heroína y su hija murió de neumonía porque su padre no tenía un chavo para ir a la farmacia. Billie Holiday fue puta de marineros y Thelonious Monk estaba loco de atar. Julio Cortázar pensaba que Thelonious Monk era un oso buscando una colmena. Django Reinhardt era un gitano belga que se llevó el jazz a Europa. Los gitanos tienen duende. Los negros tienen swing. Los blancos miran y escuchan y ponen nombres. Los franchutes pusieron nombres al jazz y lo ordenaron por corrientes. El jazz se puso bebop y cool y funky y fusión y smooth y salió de las iglesias y de los tugurios y se convirtió en una teoría. Se callaron las trompetas de Josué que derribaron los muros de Jericó. El jazz entró en la Sorbona. Los caníbales se hicieron vegetarianos.

Truman Capote dijo que cuando Dios le entrega a uno un don, le da también un látigo para autoflagelarse. Dios le concedió a Jaco Pastorius el don de la música y le pidió a cambio su cordura. Jaco Pastorius se volvió loco. Dijo: “La música es lo único que mantiene al planeta en conjunto”. Era el mejor bajista del mundo y estaba descontrolado. Era imprevisible como un cable pelado sobre un charco. Subía y bajaba como una noria. Le diagnosticaron un cuadro de manía depresiva y le recetaron pastillitas. Le recetaron la magia del hombre blanco. Dios es blanco. Moisés es Charlton Heston. Judas es negro en “Jesucristo Superstar”. Machín cantaba: “…pero nunca te acordaste de pintar un ángel negro”. Dios se la preparó a Jaco Pastorius y le repartió una mano de naipes que no podía combinar JACO PASTORIUSrazonablemente. La medicación le aletargaba y no le dejaba concentrarse para componer. La medicación  le dormía los dedos y no podía tocar a velocidad vertiginosa. ¿Para qué quieres un galgo dormido? En una mano tenía el swing y en la otra la paz y eligió el swing. Pasó de medicarse y se dedicó a la coca, a la priva y a la selva. Se juntó con los desesperados, dormía en la puta calle, mangó un buga y lo puso a cien en una pista de atletismo, le birlaron su guitarra Fender Jazz Bass mientras echaba unas canastas con los negratas y le enchironaron por alborotar. Tenía swing. No tenía paz. No era un galgo dormido. Era un perro con las pupilas dilatadas. Era un perro febril. Estaba a punto de que lo matasen a hostias.

La noche del 11 de septiembre de 1987 en Fort Lauderdale, en Florida. Caimanes y la Corriente del Golfo. Garitos de son cubano. Jaco Pastorius salió a armarla como un espantapájaros con pantalones sucios de pana. Mangaba las propinas. Estaba trompa. Intentó interrumpir un concierto de Carlos Santana y le largaron a patadas. Hizo una ronda de clubes insultando a la parroquia y le sacaron a trompadas. Intentó colarse en el Midnight Bottle Club, un changarro de cuarta, y se lo impidió el portero Luc Havan. Luc Havan tenía el cinturón negro de kárate y era un cachas tumbaborrachos. Luc Havan sacó a Pastorius a la calle y le pegó una paliza en el  callejón. Quedó fetén delante de alguna chavala: mira como le zumbo al drogota. Soy un menda duro que te cagas. Hay que pegarle a alguien una tunda de miedo para que la diñe. Hay que extenuarse dándole leña, negarle la tregua cuando esté en el suelo, despojarse de la compasión y seguir pateando, obviar la sangre, obviar el desmadejo, ignorar la piedad. Luc Havan le rompió a Pastorius toda la cara y el brazo zurdo. Pastorius llegó al hospital con la visión del ojo derecho perdida sin remedio y el tiesto en ruinas. Estuvo nueve días en coma y murió de un derrame cerebral. Al mejor bajista del mundo le mató a hostias un kung-fú de boliche. A Luc Havan le condenaron a cinco años. Cumplió cuatro meses. Alegó que estaba haciendo su trabajo y joder que si lo hizo. Era un gorila macho. Era un empleado ejemplar.

MARTÍN OLMOS

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A la pata coja

In Los raros, Matones y camorristas on 22 de diciembre de 2013 at 10:35

Los cojos han dejado una caterva de rebeldes desde Timur el Conquistador hasta Jon Manteca

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Pata palo es un pirata malo/ que come pulpo crudo/ y bebe agua del mar”
KIKO VENENO

El cojo maldice su suerte negra porque no les puede bailar el cumbé a las muchachas y de tanto calentar el banco en el candombe va macerando un carácter hostil y pendenciero que le hace tomar torcidas las guasas y contestarlas con camorra. Al cojo es mejor prevenirle como a una gripe y hacerle pocas chuflas porque gasta el sentido del humor justito para ir tirando. Al cojo le dicen renco y patachula y le dicen estropiao y su patrón es san Tirso, pero otros dicen que es san Caralampio, que también es el patrón de los borrachos. Los cojos y los borrachos andan ambos renqueando, jugando con los equilibrios, con su particular concepto de la gravedad y su inquietante idiosincrasia. San Caralampio hacía florecer troncos secos y sufrió martirio cuando tenía ciento siete años, lo que son ganas de enredar, porque era cuestión de cinco minutos que la diñase por su cuenta. San Caralampio tiene levantada una ermita en la Isla de la Toja cuyos muros están cubiertos por conchas de vieiras. Al cojo le dicen también Zátopek y le dicen que tiene la pata galana y el cojo, claro, no pesca la ironía y se embravece. El cojo bravo le riñe al que haga falta sin importarle el tamaño y suelta coces con las manos. Al cojo los valentones le menosprecian por falto y luego reciben lo suyo, por listos, porque el cojo es vigoroso y a base de sujetarse al puro pulso en el muletaje saca unos brazos pelotudos que no es saludable menospreciar. Lord Byron era cojo por haber nacido con un tendón contraído en el pie derecho y sin embargo cruzó a nado el estrecho de los Dardanelos y fue un boxeador notable que recibió entrenamiento del campeón John Jackson el Caballero. El Caballero John Jackson venció en 1795 al legendario Dan Mendoza en Hornchurch, Essex, pegándole mordiscos y estirándole del pelo. El cojo, por lo demás, corre más que un mentiroso y no soporta las escaleras, los zapatos italianos y el juego del truquemé y como sale de paseo con un basto va por el mundo predispuesto a pelear. No obstante, el cojo es expansivo e inventador  y tiene ratos de inmensa dicha. Luis Carandell cuenta de un rector de universidad que tenía una pierna de madera y que usaba las chinchetas del tablón de anuncios para sujetarse el calcetín.

Pata de palo
El cojo de mar es el más belicoso y se inclina a la piratería. El cojo de mar se balancea lo mismo a bordo que en tierra firme por razones que no es necesario explicar y se desenvuelve bien en los abordajes. Al corsario francés Francois Le Clerc le llamaban “Jambe de Bois”, el Pata de Palo, porque perdió una pierna peleando a los ingleses en Guernsey, en el Canal de la Mancha. El Pata de Palo saqueó en 1553 Santa Cruz de La Palma y murió en 1563 en las Azores, persiguiendo barcos españoles. El capitán bucanero Cornelius Jol también tenía un jamón de madera y tomó Campeche en compañía del renegado Diego Martín el Mulato en 1633. Al almirante Blas de Lezo le amputaron la pierna izquierda por debajo de la rodilla después de que le acertasen con una bala de cañón en la batalla de Vélez-Málaga en 1704. Dos años después perdió un ojo de un esquirlazo de metralla en la fortaleza de Santa Catalina de Tolón y más tarde se quedó manco del brazo derecho de un tiro de mosquete en Barcelona. A Blas de Lezo, que era de Pasajes, le llamaron el Mediohombre por las piezas que le faltaban, pero los péndulos los tuvo en su sitio cuando mandó de vuelta a su casa al almirante Edward Vernon en Cartagena de Indias. La Armada Inglesa solía reclutar de cocineros de a bordo a los pensionistas del Hospital de Greenwich, que eran generalmente marineros lisiados que, como escribió Ned Ward, fueron sujetos capaces en la última guerra. A los tullidos en batalla en España, que es más desagradecida,  les quedaba mendigar y la sopa boba del convento. En el Barrio de los Embajadores de Madrid, entre Toledo y la Arganzuela, estaba la calle que decían de los Cojos porque en ella se juntaban cinco mutilados que frecuentaban el albergue de San Lorenzo. Contaba Jaime Campmany que dos eran lisiados de la batalla de Lepanto amigos de Cervantes y los otros tres albañiles que se troncharon en la construcción de El Escorial.

Un cojo de monte fue Thomas “Pata de Palo” Smith, que fue un trampero y comerciante de pieles de castor al que le faltaba la pierna derecha que le amputaron después de que los navajos le dispararan en Nuevo México. “Pata de Palo” Smith se dedicó a secuestrar niños apaches para venderlos de peones en las haciendas mejicanas y en 1840 robó una reata de doscientos caballos cerca de la Sierra Nevada, en California. El gangster Dion O´Banion, que le disputó a Capone el negocio de la sed en la Guerra de los Embotelladores de Chicago, era cojo de la zurda porque de pequeño le atropelló un tranvía y el ministro de propaganda de Hitler, Joseph Goebbels, tenía una pierna más corta que la otra porque de niño tuvo osteomielitis. Al último gran conquistador mongol Timur le llamaban el Cojo y Lope de Aguirre el Loco, que se hizo marañón y se rebeló contra Dios y contra el rey, era chepudo, tenía una mano medio quemada por la pólvora y le dejaron cojitranco de dos arcabuzazos en Perú. A Antonio Martín Escudero le dijeron el Cojo de Málaga porque era renco de la derecha, pero en realidad era cacereño. Se hizo anarquista y empezó la guerra del 36 por la revolución pero la acabó por su cuenta y se hizo rico con el estraperlo y extorsionando a los alcaldes de los pueblos de la frontera de los Pirineos. El Cojo de Málaga y sus bandoleros mataron a más de treinta hombres y fueron abatidos en Bellver por un contingente popular. Hubo otro Cojo de Málaga que fue un gitano cantaor del palo de la taranta. Antonio Sánchez el Tato fue un torero sevillano, yerno de Curro Cúchares, al que en 1896, en la plaza de Madrid, el toro Peregrino, de la ganadería de Vicente Martínez, le pegó una cornada fea en la pierna derecha que se le puso más tarde negra de la gangrena y hubo que amputársela. Dicen que se fumó un puro en la operación y su pierna disecada la exhibieron en el escaparate de una farmacia de Madrid.  En 1871 se presentó en la plaza de Badajoz con una prótesis ortopédica pero no pudo lidiar y se sentó en el estribo de la barrera llorando como un chaval y acabó trabajando en el matadero de Sevilla.

Pero el cojo legendario fue el Manteca, que era nihilista y de Mondragón. Jon Manteca nació en 1967 y cuando tenía quince años se subió a un poste eléctrico, recibió una descarga y se la pegó, abriéndose la cabeza y perdiendo la pierna derecha. El Cojo Manteca se hizo vagabundo y punk y se soplaba litronas, dormía al sereno, fumaba tebas de pitillo EL COJO MANTECAtropezón y llevaba una vida de alegre gorrión. Corría la vía en trashumancia, como un perro sin collar y ladraba a la luna y a la autoridad municipal. En 1987 estaba en Madrid, pidiendo duros en la calle de Alcalá, cuando se unió a una manifestación de estudiantes por el puro gusto por la camorra y destrozó con su muleta el reloj del Banco de España, un cartel del metro y una cabina telefónica que se levantaba al lado del Ministerio de Educación. El Cojo Manteca tenía un siete en el melón, una chatarra en la oreja, los ojitos caídos y el hablar perezoso y cuando fue glorioso dijo: “Paso de estudiantes. Lo mío es tirar piedras”. Fue el heredero natural de Long John Silver y le convirtieron en un icono rebelde y a él como que le dio un poco por el saco. Le entrevistó el Loco Quintero inflándole a cubalibres y el maestro Alcántara le dedicó una columna. La fama le trajo pleitos con la pasma y con los pelones del skin, una vez interrumpió un concierto de la Banda Municipal de Bilbao tocándose la huevada y el respetable le quiso tirar a la ría y en Valencia un cura se cagó en su padre y él dos veces en Dios y le detuvieron por escándalo público. Al Cojo Manteca le salió un imitador en Mallorca y murió de sida en Alicante sin llegar a la treintena.

MARTÍN OLMOS

La Magnani que no pudo ser

In El cañí on 15 de diciembre de 2013 at 21:03

Neus Soldevila pudo ser un personaje de dramón italiano y se quedó en secundaria de sobremesa

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Juan Vila había dicho a su esposa que después de comer quería follar”
JOSÉ MARTÍ GÓMEZ.

Neus la Dulce, con su apodo de pilingui de whiskería de carretera general, no fue capaz de sostener el personaje, qué pena, con lo bien que le hubiese quedado. Neus Soldevila intentó un autorretrato de esposa mártir y madre corajuda pero se le acabaron viendo las costuras y los queridos y se le acabaron viendo dos dedos de raíz negra debajo del rubio de bote y aquel ojo que tenía medio cabrón, el derecho, artero y berrueco, como de lumi que te echa el beleño en el gin-fizz para que amanezcas pelao. Neus, la Dulce Neus, siempre gastó gabardina de mujer con trastienda y se echó a los bolos de provincias cuando podía haber hecho una Anna Magnani de teleculebra sudaca, qué pena, qué pena.

A la Dulce Neus le sobraba el legítimo, que no era ni azul ni príncipe y era un tío flaco y pegón. Juan Vila Carbonell era catalán de Vic, de la añada del 34, rígido de brazo y militante de Fuerza Nueva, suertudo en el negocio, emprendedor, esquinao, medio ágrafo y jodedor capaz de simiente solvente que le hizo seis hijos a su mujer Neus Soldevila Bartrina, natural de Torelló, a la que le llevaba una ventaja de diez años y con la que casó en septiembre de 1962. Juan Vila Carbonell la diñó en calzoncillos de un tiro en la nuca después de consolarse un alivio frugal. No fue mala muerte, si te pones a pensarlo: Juan Vila almorzó dos platos, postre y café, le meneó un casquete a la parienta y se echó a dormir una siesta de señor, al fresquito y suelto de huevos, desahogados dentro de sus elásticos de Abanderado, y ni se enteró de que le volaron la cabeza. Peor es que te fusilen, que lo ves venir y te sale en las tripas una murria que no te deja estar. Juan Vila era magro de árbol y tenía cara de vinagre, no rindió el bachillerato y pensaba que ni falta que le hizo, abrió un restaurante y después medró en la construcción y juntó una fortuna de trescientos millones de pesetas. Juan Vila tenía amigos de la Falange y una pistola Star modelo 1922 del nueve corto sin legalizar, tenía el puño cerrado a la hora de rumbosear y la mano larga en el doméstico, en donde era partidario de dar la educación con una correa, de mandar a los niños a la cama sin cenar y de calentarle a la parienta para que no se le olvidase el escalafón. Juan Vila tragaba una mezcla de whisky y tranquilizantes y pensaba, como todos, que era la medida del universo. Mirándose a sí mismo comprendió que sus hijos lo que tenían que hacer era madrugar y ponerse al tajo, ducharse con agua fría y aprender menos latín. Juan Vila era desabrido como el invierno frío, brutal y zurrador, y aunque no lo sabía, era un poquito cabrón.

Neus, la Dulce Neus, gastó por lo menos tres queridos. Neus, la Dulce Neus, iba tiesa por la plaza pero en casa arrugaba para no recibir. Pasaba por bella a primera vista pero a la segunda enseñaba el tinte, la boca apenas dibujada y fría y el ojito cabrón. La Dulce Neus tenía que estirar las pesetas que le daba el marido con cuentagotas para el pan y la leche y al final se las fundía en caprichos de El Corte Inglés. Se puso a vender cosméticos por las NEUS SOLDEVILApuertas e inició negocios inmobiliarios que le rentaron un cañón de quince millones con los prestamistas. Se metió en el atolladero. Reunió a sus hijos en el bar El Cisne de Montmeló y les dijo: el problema es papá. 1981 fue el Año de la Colza, en el que se vendió aceite de batería para freír huevos y empezaron a diñarla los pobres. En 1981 Juan Vila sacó a su hija Nieves de la facultad de Empresariales conforme a su convicción de que se prosperaba hincándola y puso a sus hijos a doblar la espina en sus fincas en jornadas extenuantes. A uno que flaqueó le encerró en una casa de aperos y le metió una tunda con la hebilla del cinturón. Neus y su camada pactaron el concilio de apiolar a papá y le pusieron cerillas machacadas en el café, pero Juan Vila no murió. Compraron éter en una droguería de Granollers y pensaron en dormirle y matarle a palos y pensaron en manipularle los frenos del coche para que se estampase en una zanja.

Crimen en familia
El 28 de junio de 1981 salió canícula de tostar y después de comer Juan Vila demandó el uso de su legítima en un polvo sin boleros. La Dulce Neus le concedió el alivio y Juan Vila, bien comido, bien bebido y consolao, se quedó frito en gayumbos. La Dulce Neus se levantó y mandó a las dos hijas pequeñas a pasear con la sirvienta Inés Carazo, cogió la pistola Star del nueve y se la dio a su hija Marisol, de catorce años, para que llevara a cabo el oficio. Marisol le pegó un tiro a papá en la nuca a una distancia de veinticinco centímetros y Juan Vila la entregó sin darse cuenta, soñando lo que quiera que sueñen los hombres cafres. Neus llamó a la Guardia Civil de Binéfar y les dijo que unos encapuchados del GRAPO habían disparado a su marido. Fuerza Nueva montó una mesa de urgencia para investigar si el crimen había sido cosa del rojerío. La poli arrugó la napia y le siguió la pista a un seguro de vida. Neus se compró un descapotable y se mudó a un apartamento doble que adornó con ocho palmeras y una yuca y le regaló a su hija Nieves un Ford Fiesta y a los mayores una Derbi C-4 y una Vespa. La poli desconfió de su ojo chungo. Presionó a la criada Inés Carazo y la mujer cantó el parricidio y salió con una multa de veinte mil duros por encubrimiento. A Neus Soldevila la condenaron a veintiocho años de trullo por inducción al asesinato con alevosía y a sus hijos mayores les metieron la docena por complicidad. La niña Marisol se libró por menor. La prensa le puso a Neus la Dulce porque hablaba suavito y la mujer ensayó su papelón de Magnani desgarrada pero se puso en manos de una colección de abogados de disparate. La defendieron Emilio Rodríguez Menéndez y el Lute y entre todos y sin querer echaron abajo el trampantojo. Cuatro años después Neus salió en régimen abierto, se procuró un pasaporte ful, cobró tres entrevistas en Portugal y se fugó al Ecuador, donde le pegaron una cuchillada por traficar con esmeraldas falsas. La detuvieron en Quito y la extraditaron a España a donde llegó como una estrella del chungo a la que no se creía nadie.

Neus, la Dulce Neus, rindió condena y se puso en la farándula, se casó otra vez de blanco y con pamela y su boda salió en el “Hola”, enseñó las tetas en el Interviú, en el número 544, y su hija Dolores fue a “La Máquina de la Verdad” de Julián Lago. Dolores también salió en cueros en el Interviú, en el número 690, y dijo que su padre, al final, no era tan cabrón. Neus dejó de hablarse con los hijos y se quedó sin blanca, enviudó por lo natural en 2005 y demandó a los productores de la película “Crimen en Familia” (Santiago San Miguel, 1985), basada en su caso y en la que le puso cara Charo López, que solo por eso no debería quejarse. Escribió tres libros que vendió en los restaurantes por 900 pesetas, como quien vende mecheros. Uno era de poemas que decían:  “Esta pena que yo tengo/ la tengo porque yo quiero/ me la perfuman la luna/ y el romero”. Los cobraba en negro porque tenía deudas con el ayuntamiento de Granollers.

MARTÍN OLMOS

Lombroso, el anarquista Ravachol y un loro de Pontevedra

In Bichos, La revolución on 8 de diciembre de 2013 at 18:20

En esta historia singular se mezclan con alegría piratas del mar Caribe, tatuajes de instituto, un anarquista, un positivista y un loro

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“A Ravachol le echaron el guante porque siempre andaba enredando y tramando perrerías y cuando lo atraparon le juzgaron y le condenaron a muerte”
MIGUEL DELIBES

Francois Claudius Koënigstein, que le decían Ravachol, fue para algunos un mártir de la revolución libertaria, para otros un facineroso del común, asesino de ancianos y saqueador de tumbas, y en Pontevedra fue un loro de ultramar, mancebo de botica, que una vez, cuenta Manuel Jabois, insultó a la condesa Emilia Pardo Bazán llamándola puta.

Tener un loro es una cosa de señoras que se han quedado para vestir santos y de piratas del mar Caribe. Las señoras que visten santos asientan a sus loros sobre una percha y les dan de comer pipas de girasol. El loro del pirata lo divulgó Stevenson, que lo tomó de Defoe, pero se sabe por los diarios del capitán William Dampier, que convivió con los bucaneros de la bahía de Campeche en 1676, y del corsario Woodes Rogers, que fue nombrado gobernador de las Bahamas en 1718, que los marinos filibusteros capturaban loros porque eran más fáciles de cuidar a bordo que los monos y podían venderlos a muy buen precio en los mercados de aves exóticas de Londres. En el número de septiembre de 1717 del semanario The Post-Man, el caballero David Randall encargó un anuncio en el que declaraba vender en la Hospedería de Porter, en Charing Cross, “loros que hablan inglés, holandés, francés y español y silban cuando se les da una orden”. Los loros, como los niños pequeños, son capaces de repetir palabras sin conocerles el sentido y, por lo tanto, no pueden mantener conversaciones ni contestar réplicas ponderadas. Tampoco pueden aconsejar en época de tribulación. Una de las gratificaciones más apreciadas por los adultos que han echado su vida a perder es enseñarle a un niño o a un loro a decirle puta a una señora, que encima se ve en la obligación de aplaudirle la gracia en vez de romperle la cara. Los loros extienden la psitacosis y son alérgicos al chocolate. Cristobal Colón le regaló a la reina Isabel dos loros de Cuba y Winston Churchill tuvo uno que se llamaba Charlie, insultaba a Hitler y vivió más de ciento cuatro años. Los piratas del Caribe también eran dados a horadarse las orejas con aretes de plata y a pintarse la dermatológica con tatuajes que representaban sirenas. Antes los tatuajes refrendaban  una biografía canalla o el abrazo del  tercio pero ahora se los ponen las chiquillas de diecisiete en la escápula y molan los de letras chinas que están difundiendo una generación de chicas que no saben si anuncian el amor por el novio o el bazar de Li, en el que se liberan móviles.

Cesare Lombroso (1835-1909) asociaba los tatuajes a los delincuentes natos, que eran seres involucionados parientes cercanos del mandril y dueños de unas características físicas circenses que se manifestaban en una acusada prominencia de los arcos ciliares que recuerdan la cresta suborbital de los monos antropoides, rostro asimétrico, prognatismo, orejas desmesuradas, pilosidad y tendencia a la zurdera, a la bisoja, a la orgía y a la observación de religiones animistas. Lombroso estudió los tatuajes de los soldados cuando ofició de médico militar en el Ejército del Piamonte y fue director del manicomio de Passaro. Lombroso emparentó a los anarquistas con los criminales atávicos en su librito “Gli anarchici” (1894), que conoció una edición en español en la Biblioteca Júcar de Política en 1978. En su opúsculo sostiene que “los autores más activos de la idea anárquica (salvo poquísimas excepciones como Ibsen, Reclus y Kropotkin) son locos o criminales, y muchas veces ambas cosas a la vez”. Recogió la declaración del juez Spingardi, que aseguraba no haber conocido a ningún anarquista que no fuese imperfecto o jorobado o que tuviese la cara simétrica. Los anarquistas de Lombroso están a un minuto de la subnormalidad y largan en jerga, se tatúan anclas en el dorso de la mano y se manejan dentro de una absoluta ausencia de sentido ético. Del dinamitero Ravachol comenta que su psicología corresponde a sus lesiones anatómicas y que lo que más marcadamente se revela de su fisonomía es la brutalidad. Lombroso describe a Ravachol con la cara extraordinariamente irregular, la región temporal estrecha, los arcos supraciliares exagerados, la nariz desviada a la derecha, las orejas en forma de asa y colocadas a diferentes alturas y la mandíbula inferior  enormemente grande, cuadrada y saliente. Lombroso concede a Ravachol los caracteres típicos del delincuente nato y observa, además, que tenía un defecto de pronunciación “que muchos alienistas consideran como signo frecuente de degeneración”.

El petardista
Francois Claudius Koënigstein, conocido como Ravachol, nació en octubre de 1859 en el departamento del Loira y no disfrutó de su abuelito por la vía paterna pero oyó de sus hazañas y de su triste final en el cadalso, al que subió por incendiario y salteador de caminos. Hasta los quince años Ravachol perdió el tiempo en la escuela elemental, pero no consiguió aprenderse el alfabeto y empezó a trabajar de cartonero y acordeonista hasta que le vio más rentabilidad a RAVACHOLtraficar con moneda falsa. Intentó matar a su madre y abusar de su hermana, desenterró un cadáver para limpiarle de joyas y en 1891 asesinó a un hombre de 93 años para robarle 15.000 francos. Por esta hazaña conoció el blasón en las gacetillas de sucesos y por lustrarse de pensador se arrimó a la causa anarquista como quien se mezcla en una tángana y puso tres bombas en la casa de un juez, en la de un procurador y en un restaurante de clase media, que causaron destrozos pero ninguna víctima mortal. Los libertarios no le tomaron en serio porque pensaron que pretendía justificar sus felonías con una pátina ideológica que jamás llegó a entender y Ravachol volvía en ómnibus al lugar de los hechos para solazarse en la contemplación del caos. Le trincaron en marzo de 1892 porque le identificó un mesero de una casa de condumios y le guillotinaron el 11 de junio en la prisión de Montbrison. Se dijo que el piquete le despertó a las tres de la mañana y Ravachol se dio la media vuelta en el catre, se quejó del madrugón, hizo del cuerpo delante de los guardianes y le llamó cuervo a un cura. Compareció en el cadalso con buen estado de ánimo y recién peinado y gritó dos vivas a la república popular: una cuando bajó la cuchilla y otra cuando ya tenía la cabeza cortada en el cesto.

Los ancestros del loro Ravachol eran coloniales que sobrevivieron al hundimiento de la flota española en la batalla de Rande en 1702, ya dentro de la Ensenada de San Simón, en la Ría de Vigo. Los papagayos tuvieron descendencia y uno de ellos asentó en el cuartel del regimiento de infantería de Guillarei-Tui, en donde los quintos le enseñaron la procacidad y las marchas militares. El director de la banda del regimiento, don Martín Fayes, lo recogió en 1891 y se lo regaló al farmacéutico Perfecto Feijoo, que le decían en el gallufo Perfeuto, que le hizo un sitio en la rebotica de su negocio en la calle de la Oliva de Pontevedra. El loro hablaba gallego y era faltón y anticlerical y les buscaba la camorra a los curas de la Iglesia de la Peregrina chafándoles el sermón y haciendo la imitación de un cuervo. Como era un pájaro peleón, don Perfecto le puso Ravachol y el loro le hizo el honor al bautizo y una vez fue detenido por aterrorizar a un sereno. Ravachol llamaba putas a las señoras y, además de a Emilia Pardo Bazán, insultó a Emilio Castelar y a Eugenio Montero Ríos, al que llamó “larpeiro”, que es como le dicen en el celta al tragón de aldabas. También solía avisar a la concurrencia gritando que “¡aquí non se fía!” para que no albergasen esperanza de comprar boticas a cañón y le ahorraba a don Perfecto el azulejo.  El loro Ravachol murió el 26 de enero de 1913 por un empacho de bizcochos mojados en vino y fue enterrado en la finca de O Padronelo, una propiedad que tenía don Perfecto en Mourente. Cuenta Manuel Jabois que su cortejo fúnebre lo abrieron doce jinetes con faroles encendidos y fue acompañado por un regimiento de gaiteros, el orfeón de la Sociedad de Artistas de Pontevedra y la banda municipal.

MARTÍN OLMOS

Tercio de varas

In El cañí on 1 de diciembre de 2013 at 18:09

La Guerra Civil y la tauromaquia se relacionaron no siempre metafóricamente

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS
“Pepe el Algabeño lideraba un grupo de toreros que se habían puesto a las órdenes de Queipo de Llano”
PAUL PRESTON

Al toro hay que arrimarse y ligarle la faena en una tarde de sol y claveles y lo demás son recortes portugueses, que confunden el rito serio de la muerte con una cosa como de volatineros de estadio. A los toros hay que ir en condiciones: las mujeres con mantilla y los hombres con un veguero torcido en Cuba. Hay que ir con seriedad solemne y la camisa planchada y no como quien va a ver disputar el balompié, con una bufanda de punto, media cogorza y un bombo. A Manolo Escobar, que en paz descanse, no le gustaba que a los toros se fuese con minifalda, pero se hace la excepción con los extranjeros para propiciar que se dejen las divisas y se les permite ir a la plaza en sandalias y guayabera. A los extranjeros les desvisten los reventas y en el segundo morlaco se aburren porque los pobres esperaban ver una cosa como de gladiadores de circo romano y se quedan un poco decepcionaditos de que no aparezca Victor Mature rompiéndole el cuello a un toro agarrándole por los cuernos. Al turista del norte hay que darle lo que viene a buscar, que es salvajismo mediterráneo, vino indecente y bandoleros y desde que se les armó de peto a los caballos ya no ve destripamientos y se desengaña. El gringo viene aquí a desmayarse y no a ver demócratas que toman el café con sacarina, que para eso se queda en Zúrich oyendo llover. El español, en cambio, va a los toros a comprender sus pretéritos y don José de Campillo, ministro de Felipe V, comprobó que los hombres de Zaragoza empeñaban sus camisas para ir a la plaza. Ortega dijo que no se puede comprender bien la historia de España sin construir la historia de las corridas de toros. Ortega el filósofo le hizo un epílogo a Domingo Ortega el matador para su libro “El arte del toreo”. Domingo Ortega tenía que haber lidiado al toro Granadino el 11 de agosto de 1934 en la plaza de Manzanares de Ciudad Real, pero en su lugar toreó Ignacio Sánchez Mejías, que cogió una cornada en el muslo derecho que le llevó a la tumba. Ignacio Sánchez Mejías era torero señorito, jugador de polo, aviador y presidente del Betis y García Lorca le hizo la esquela: “Dile a la luna que venga,/ que no quiero ver la sangre/ de Ignacio sobre la arena.” García Lorca dijo que el toreo era la mayor riqueza poética y vital de España. Lorca era zurdo de política y de tálamo porque salió trucha y librepensador y, sin embargo, a la tauromaquia le han querido ver querencia de derecha los que piensan que la izquierda es salir a la calle sin peinarse.

Alrededor del toro convive el malcomido que deja el vareo de la aceituna para irse de maletilla y el señorito de Sevilla. Lo que pasa es que los toros se los arrimó Franco como se arrimó el gol de Zarra y las lluvias de abril. El torerito con cara de peón fue El Cordobés, que venía de la carpanta y de robar melones, pero el Caudillo le birló el cartel de símbolo proletario llevándoselo a cazar a los montes de Jaén. El Cordobés acabó bailando flamenco delante de don Francisco y el rojerío se decepcionó. Años después los socialistas le quisieron expropiar una finca y El Cordobés se encerró con ellos y les amenazó con pegarles fuego.

Banderillas y esvásticas
Durante la Guerra Civil los toreros postineros se alinearon con los rebeldes y los matadores de segunda con los leales, como si se juntasen a bando según la salud de sus posibles. De los toros se hizo política y cuando Manolete tomó la alternativa en la Maestranza de Sevilla el 2 de julio de 1939 le cambiaron el nombre a un toro de la ganadería de Clemente Tassara y se le anunció como “Mirador” cuando en realidad se llamaba “Comunista”. Al Reichsführer Heinrich Himmler le invitó Franco a una corrida en las Ventas el 19 de octubre de 1940 en la que torearon Gallito, Marcial Lalanda y Pepe Luis Vázquez. Imprimieron la esvástica hitleriana en el cartel y Himmler vomitó, se conoce que porque no lidiaron a seis judíos. En el otro extremo cuenta Mijail Koltsov que presenció una corrida en la que se cambiaron los pasodobles por La Internacional, los matadores llevaban gorras milicianas en lugar de monteras y brindaron la faena a La Pasionaria. En la brega combatió por la República la 96 Brigada Mixta del Ejército Popular, que la dijeron la Brigada de los Toreros, y de la que formaron parte Litri II, que cuando acabó la guerra puso dos tascas en Madrid y ofició de banderillero en la cuadrilla de Antonio Bienvenida; Silvino Zafón “El Niño de la Estrella”; Juan Mazquiarán “Fortuna Chico” y “El León Navarro” Saturio Torón, que murió por la explosión de una granada en el frente de Somosaguas. Melchor Rodríguez García, que le dijeron el Ángel Rojo, dejó el ruedo por el sindicalismo y consiguió detener las ejecuciones sin juicio de los prisioneros fascistas en Madrid. Rodríguez fue hospiciano y calderero, debutó de novillero en Sanlúcar de Barrameda en 1915 y tres años después un toro de Montoya le pegó una cornada en el ano. Cuando se cortó la coleta se afilió a la C.N.T. y durante la guerra fue Delegado General de Prisiones del gobierno republicano y se enfrentó a una turba miliciana en Alcalá de Henares que pretendía linchar a los presos falangistas. Cuando cayó Madrid pudo cambiarse la chaqueta auspiciado por las referencias de Muñoz Grandes y Ramón Serrano Súñer, pero prefirió malvivir de vender seguros y escribir letras de cuplés.

Toreros de la Falange fueron Joaquín Miranda, novillero de Triana que aparece en el Cossío vestido de camisa azul, y Marcial Lalanda, al que los rojos mataron a dos hermanos en la finca de El Puncal, en Toledo. Victoriano Roger, Valencia II, fue célebre por arrimarse al morlaco y condecorarse de costuras y por dedicarles a los taxistas una faena en Las Ventas agarrándose, retador, los huevos. A Valencia II le cogió la guerra en Madrid y se escondió en la casa de su querida, que le vendió por un reloj y los milicianos le pasearon en Hortaleza. El torero fascistón fue José García el Algabeño, que practicó el señoritismo andaluz de zahón y latifundio, de casino y farra de jerez. El Algabeño tomó la PEPE EL ALGABEÑOalternativa en Valencia en 1923 de manos de Rafael Gómez el Gallo y cuando asentó cartel toreó cagón faenas de aliño. Hemingway dijo que era el peor embaucador de la historia del toreo y Cossío le apunta más hazañas en el colchón que en las tardes de agosto. Era hombrón y caballista, jinete de rejón y de rameras, era un matón de Sevilla que participó en el asesinato de cuatro obreros en 1931 en el Parque de María Luisa. Los anarquistas le tirotearon en Málaga y le hicieron cisco el hombro y le pegaron fuego a su finca de El Alamillo. Durante la guerra se hizo pretoriano de Queipo de Llano, que oraba trompa sus alocuciones radiofónicas llamando al moro a violar milicianas, y voló a unos mineros prendiéndoles cartuchos de dinamita atados al cinturón. Formó un grupo campero de rurales que perseguían a caballo a los braceros sospechados de rojos alanceándoles con las garrochas, como a las reses bravas, y murió de un balazo en la batalla de Lopera, en Jaén, durante la toma del Cerro de San Cristóbal. Se rumorearon corridas de comunistas con picadores en el bando nacional en las que se dijo que participó Manolete, lo que es poco probable porque el diestro se pasó la guerra de soldado raso en el frente de Córdoba. Sin embargo, Julián Marías cuenta que cuando entraron los rebeldes en Ronda se llevaron al monte a fusilar a tres presos. Les obligaron a cavar sus propias tumbas y uno de ellos, Emilio Mares, se negó y dijo: “Me podréis matar, pero a mí no me toreáis”. Uno de los valentones le tomó la palabra, seguramente torcido por el vino y la canalla, se fue a por los trastos y le lidiaron. Le picaron las varas en el morrillo desde el techo de una camioneta, le pusieron banderillas y le mataron de una estocada cruzada en el corazón. Después le cortaron una oreja y se garbearon un paseíllo obligando a los otros dos prisioneros a gritarles olés.

MARTÍN OLMOS

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