MARTÍN OLMOS MEDINA

Tercio de varas

In El cañí on 1 de diciembre de 2013 at 18:09

La Guerra Civil y la tauromaquia se relacionaron no siempre metafóricamente

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS
“Pepe el Algabeño lideraba un grupo de toreros que se habían puesto a las órdenes de Queipo de Llano”
PAUL PRESTON

Al toro hay que arrimarse y ligarle la faena en una tarde de sol y claveles y lo demás son recortes portugueses, que confunden el rito serio de la muerte con una cosa como de volatineros de estadio. A los toros hay que ir en condiciones: las mujeres con mantilla y los hombres con un veguero torcido en Cuba. Hay que ir con seriedad solemne y la camisa planchada y no como quien va a ver disputar el balompié, con una bufanda de punto, media cogorza y un bombo. A Manolo Escobar, que en paz descanse, no le gustaba que a los toros se fuese con minifalda, pero se hace la excepción con los extranjeros para propiciar que se dejen las divisas y se les permite ir a la plaza en sandalias y guayabera. A los extranjeros les desvisten los reventas y en el segundo morlaco se aburren porque los pobres esperaban ver una cosa como de gladiadores de circo romano y se quedan un poco decepcionaditos de que no aparezca Victor Mature rompiéndole el cuello a un toro agarrándole por los cuernos. Al turista del norte hay que darle lo que viene a buscar, que es salvajismo mediterráneo, vino indecente y bandoleros y desde que se les armó de peto a los caballos ya no ve destripamientos y se desengaña. El gringo viene aquí a desmayarse y no a ver demócratas que toman el café con sacarina, que para eso se queda en Zúrich oyendo llover. El español, en cambio, va a los toros a comprender sus pretéritos y don José de Campillo, ministro de Felipe V, comprobó que los hombres de Zaragoza empeñaban sus camisas para ir a la plaza. Ortega dijo que no se puede comprender bien la historia de España sin construir la historia de las corridas de toros. Ortega el filósofo le hizo un epílogo a Domingo Ortega el matador para su libro “El arte del toreo”. Domingo Ortega tenía que haber lidiado al toro Granadino el 11 de agosto de 1934 en la plaza de Manzanares de Ciudad Real, pero en su lugar toreó Ignacio Sánchez Mejías, que cogió una cornada en el muslo derecho que le llevó a la tumba. Ignacio Sánchez Mejías era torero señorito, jugador de polo, aviador y presidente del Betis y García Lorca le hizo la esquela: “Dile a la luna que venga,/ que no quiero ver la sangre/ de Ignacio sobre la arena.” García Lorca dijo que el toreo era la mayor riqueza poética y vital de España. Lorca era zurdo de política y de tálamo porque salió trucha y librepensador y, sin embargo, a la tauromaquia le han querido ver querencia de derecha los que piensan que la izquierda es salir a la calle sin peinarse.

Alrededor del toro convive el malcomido que deja el vareo de la aceituna para irse de maletilla y el señorito de Sevilla. Lo que pasa es que los toros se los arrimó Franco como se arrimó el gol de Zarra y las lluvias de abril. El torerito con cara de peón fue El Cordobés, que venía de la carpanta y de robar melones, pero el Caudillo le birló el cartel de símbolo proletario llevándoselo a cazar a los montes de Jaén. El Cordobés acabó bailando flamenco delante de don Francisco y el rojerío se decepcionó. Años después los socialistas le quisieron expropiar una finca y El Cordobés se encerró con ellos y les amenazó con pegarles fuego.

Banderillas y esvásticas
Durante la Guerra Civil los toreros postineros se alinearon con los rebeldes y los matadores de segunda con los leales, como si se juntasen a bando según la salud de sus posibles. De los toros se hizo política y cuando Manolete tomó la alternativa en la Maestranza de Sevilla el 2 de julio de 1939 le cambiaron el nombre a un toro de la ganadería de Clemente Tassara y se le anunció como “Mirador” cuando en realidad se llamaba “Comunista”. Al Reichsführer Heinrich Himmler le invitó Franco a una corrida en las Ventas el 19 de octubre de 1940 en la que torearon Gallito, Marcial Lalanda y Pepe Luis Vázquez. Imprimieron la esvástica hitleriana en el cartel y Himmler vomitó, se conoce que porque no lidiaron a seis judíos. En el otro extremo cuenta Mijail Koltsov que presenció una corrida en la que se cambiaron los pasodobles por La Internacional, los matadores llevaban gorras milicianas en lugar de monteras y brindaron la faena a La Pasionaria. En la brega combatió por la República la 96 Brigada Mixta del Ejército Popular, que la dijeron la Brigada de los Toreros, y de la que formaron parte Litri II, que cuando acabó la guerra puso dos tascas en Madrid y ofició de banderillero en la cuadrilla de Antonio Bienvenida; Silvino Zafón “El Niño de la Estrella”; Juan Mazquiarán “Fortuna Chico” y “El León Navarro” Saturio Torón, que murió por la explosión de una granada en el frente de Somosaguas. Melchor Rodríguez García, que le dijeron el Ángel Rojo, dejó el ruedo por el sindicalismo y consiguió detener las ejecuciones sin juicio de los prisioneros fascistas en Madrid. Rodríguez fue hospiciano y calderero, debutó de novillero en Sanlúcar de Barrameda en 1915 y tres años después un toro de Montoya le pegó una cornada en el ano. Cuando se cortó la coleta se afilió a la C.N.T. y durante la guerra fue Delegado General de Prisiones del gobierno republicano y se enfrentó a una turba miliciana en Alcalá de Henares que pretendía linchar a los presos falangistas. Cuando cayó Madrid pudo cambiarse la chaqueta auspiciado por las referencias de Muñoz Grandes y Ramón Serrano Súñer, pero prefirió malvivir de vender seguros y escribir letras de cuplés.

Toreros de la Falange fueron Joaquín Miranda, novillero de Triana que aparece en el Cossío vestido de camisa azul, y Marcial Lalanda, al que los rojos mataron a dos hermanos en la finca de El Puncal, en Toledo. Victoriano Roger, Valencia II, fue célebre por arrimarse al morlaco y condecorarse de costuras y por dedicarles a los taxistas una faena en Las Ventas agarrándose, retador, los huevos. A Valencia II le cogió la guerra en Madrid y se escondió en la casa de su querida, que le vendió por un reloj y los milicianos le pasearon en Hortaleza. El torero fascistón fue José García el Algabeño, que practicó el señoritismo andaluz de zahón y latifundio, de casino y farra de jerez. El Algabeño tomó la PEPE EL ALGABEÑOalternativa en Valencia en 1923 de manos de Rafael Gómez el Gallo y cuando asentó cartel toreó cagón faenas de aliño. Hemingway dijo que era el peor embaucador de la historia del toreo y Cossío le apunta más hazañas en el colchón que en las tardes de agosto. Era hombrón y caballista, jinete de rejón y de rameras, era un matón de Sevilla que participó en el asesinato de cuatro obreros en 1931 en el Parque de María Luisa. Los anarquistas le tirotearon en Málaga y le hicieron cisco el hombro y le pegaron fuego a su finca de El Alamillo. Durante la guerra se hizo pretoriano de Queipo de Llano, que oraba trompa sus alocuciones radiofónicas llamando al moro a violar milicianas, y voló a unos mineros prendiéndoles cartuchos de dinamita atados al cinturón. Formó un grupo campero de rurales que perseguían a caballo a los braceros sospechados de rojos alanceándoles con las garrochas, como a las reses bravas, y murió de un balazo en la batalla de Lopera, en Jaén, durante la toma del Cerro de San Cristóbal. Se rumorearon corridas de comunistas con picadores en el bando nacional en las que se dijo que participó Manolete, lo que es poco probable porque el diestro se pasó la guerra de soldado raso en el frente de Córdoba. Sin embargo, Julián Marías cuenta que cuando entraron los rebeldes en Ronda se llevaron al monte a fusilar a tres presos. Les obligaron a cavar sus propias tumbas y uno de ellos, Emilio Mares, se negó y dijo: “Me podréis matar, pero a mí no me toreáis”. Uno de los valentones le tomó la palabra, seguramente torcido por el vino y la canalla, se fue a por los trastos y le lidiaron. Le picaron las varas en el morrillo desde el techo de una camioneta, le pusieron banderillas y le mataron de una estocada cruzada en el corazón. Después le cortaron una oreja y se garbearon un paseíllo obligando a los otros dos prisioneros a gritarles olés.

MARTÍN OLMOS

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  1. Está todo tomado de Wikanda y Wikipedia (citarlo)

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