MARTÍN OLMOS MEDINA

A la pata coja

In Los raros, Matones y camorristas on 22 de diciembre de 2013 at 10:35

Los cojos han dejado una caterva de rebeldes desde Timur el Conquistador hasta Jon Manteca

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Pata palo es un pirata malo/ que come pulpo crudo/ y bebe agua del mar”
KIKO VENENO

El cojo maldice su suerte negra porque no les puede bailar el cumbé a las muchachas y de tanto calentar el banco en el candombe va macerando un carácter hostil y pendenciero que le hace tomar torcidas las guasas y contestarlas con camorra. Al cojo es mejor prevenirle como a una gripe y hacerle pocas chuflas porque gasta el sentido del humor justito para ir tirando. Al cojo le dicen renco y patachula y le dicen estropiao y su patrón es san Tirso, pero otros dicen que es san Caralampio, que también es el patrón de los borrachos. Los cojos y los borrachos andan ambos renqueando, jugando con los equilibrios, con su particular concepto de la gravedad y su inquietante idiosincrasia. San Caralampio hacía florecer troncos secos y sufrió martirio cuando tenía ciento siete años, lo que son ganas de enredar, porque era cuestión de cinco minutos que la diñase por su cuenta. San Caralampio tiene levantada una ermita en la Isla de la Toja cuyos muros están cubiertos por conchas de vieiras. Al cojo le dicen también Zátopek y le dicen que tiene la pata galana y el cojo, claro, no pesca la ironía y se embravece. El cojo bravo le riñe al que haga falta sin importarle el tamaño y suelta coces con las manos. Al cojo los valentones le menosprecian por falto y luego reciben lo suyo, por listos, porque el cojo es vigoroso y a base de sujetarse al puro pulso en el muletaje saca unos brazos pelotudos que no es saludable menospreciar. Lord Byron era cojo por haber nacido con un tendón contraído en el pie derecho y sin embargo cruzó a nado el estrecho de los Dardanelos y fue un boxeador notable que recibió entrenamiento del campeón John Jackson el Caballero. El Caballero John Jackson venció en 1795 al legendario Dan Mendoza en Hornchurch, Essex, pegándole mordiscos y estirándole del pelo. El cojo, por lo demás, corre más que un mentiroso y no soporta las escaleras, los zapatos italianos y el juego del truquemé y como sale de paseo con un basto va por el mundo predispuesto a pelear. No obstante, el cojo es expansivo e inventador  y tiene ratos de inmensa dicha. Luis Carandell cuenta de un rector de universidad que tenía una pierna de madera y que usaba las chinchetas del tablón de anuncios para sujetarse el calcetín.

Pata de palo
El cojo de mar es el más belicoso y se inclina a la piratería. El cojo de mar se balancea lo mismo a bordo que en tierra firme por razones que no es necesario explicar y se desenvuelve bien en los abordajes. Al corsario francés Francois Le Clerc le llamaban “Jambe de Bois”, el Pata de Palo, porque perdió una pierna peleando a los ingleses en Guernsey, en el Canal de la Mancha. El Pata de Palo saqueó en 1553 Santa Cruz de La Palma y murió en 1563 en las Azores, persiguiendo barcos españoles. El capitán bucanero Cornelius Jol también tenía un jamón de madera y tomó Campeche en compañía del renegado Diego Martín el Mulato en 1633. Al almirante Blas de Lezo le amputaron la pierna izquierda por debajo de la rodilla después de que le acertasen con una bala de cañón en la batalla de Vélez-Málaga en 1704. Dos años después perdió un ojo de un esquirlazo de metralla en la fortaleza de Santa Catalina de Tolón y más tarde se quedó manco del brazo derecho de un tiro de mosquete en Barcelona. A Blas de Lezo, que era de Pasajes, le llamaron el Mediohombre por las piezas que le faltaban, pero los péndulos los tuvo en su sitio cuando mandó de vuelta a su casa al almirante Edward Vernon en Cartagena de Indias. La Armada Inglesa solía reclutar de cocineros de a bordo a los pensionistas del Hospital de Greenwich, que eran generalmente marineros lisiados que, como escribió Ned Ward, fueron sujetos capaces en la última guerra. A los tullidos en batalla en España, que es más desagradecida,  les quedaba mendigar y la sopa boba del convento. En el Barrio de los Embajadores de Madrid, entre Toledo y la Arganzuela, estaba la calle que decían de los Cojos porque en ella se juntaban cinco mutilados que frecuentaban el albergue de San Lorenzo. Contaba Jaime Campmany que dos eran lisiados de la batalla de Lepanto amigos de Cervantes y los otros tres albañiles que se troncharon en la construcción de El Escorial.

Un cojo de monte fue Thomas “Pata de Palo” Smith, que fue un trampero y comerciante de pieles de castor al que le faltaba la pierna derecha que le amputaron después de que los navajos le dispararan en Nuevo México. “Pata de Palo” Smith se dedicó a secuestrar niños apaches para venderlos de peones en las haciendas mejicanas y en 1840 robó una reata de doscientos caballos cerca de la Sierra Nevada, en California. El gangster Dion O´Banion, que le disputó a Capone el negocio de la sed en la Guerra de los Embotelladores de Chicago, era cojo de la zurda porque de pequeño le atropelló un tranvía y el ministro de propaganda de Hitler, Joseph Goebbels, tenía una pierna más corta que la otra porque de niño tuvo osteomielitis. Al último gran conquistador mongol Timur le llamaban el Cojo y Lope de Aguirre el Loco, que se hizo marañón y se rebeló contra Dios y contra el rey, era chepudo, tenía una mano medio quemada por la pólvora y le dejaron cojitranco de dos arcabuzazos en Perú. A Antonio Martín Escudero le dijeron el Cojo de Málaga porque era renco de la derecha, pero en realidad era cacereño. Se hizo anarquista y empezó la guerra del 36 por la revolución pero la acabó por su cuenta y se hizo rico con el estraperlo y extorsionando a los alcaldes de los pueblos de la frontera de los Pirineos. El Cojo de Málaga y sus bandoleros mataron a más de treinta hombres y fueron abatidos en Bellver por un contingente popular. Hubo otro Cojo de Málaga que fue un gitano cantaor del palo de la taranta. Antonio Sánchez el Tato fue un torero sevillano, yerno de Curro Cúchares, al que en 1896, en la plaza de Madrid, el toro Peregrino, de la ganadería de Vicente Martínez, le pegó una cornada fea en la pierna derecha que se le puso más tarde negra de la gangrena y hubo que amputársela. Dicen que se fumó un puro en la operación y su pierna disecada la exhibieron en el escaparate de una farmacia de Madrid.  En 1871 se presentó en la plaza de Badajoz con una prótesis ortopédica pero no pudo lidiar y se sentó en el estribo de la barrera llorando como un chaval y acabó trabajando en el matadero de Sevilla.

Pero el cojo legendario fue el Manteca, que era nihilista y de Mondragón. Jon Manteca nació en 1967 y cuando tenía quince años se subió a un poste eléctrico, recibió una descarga y se la pegó, abriéndose la cabeza y perdiendo la pierna derecha. El Cojo Manteca se hizo vagabundo y punk y se soplaba litronas, dormía al sereno, fumaba tebas de pitillo EL COJO MANTECAtropezón y llevaba una vida de alegre gorrión. Corría la vía en trashumancia, como un perro sin collar y ladraba a la luna y a la autoridad municipal. En 1987 estaba en Madrid, pidiendo duros en la calle de Alcalá, cuando se unió a una manifestación de estudiantes por el puro gusto por la camorra y destrozó con su muleta el reloj del Banco de España, un cartel del metro y una cabina telefónica que se levantaba al lado del Ministerio de Educación. El Cojo Manteca tenía un siete en el melón, una chatarra en la oreja, los ojitos caídos y el hablar perezoso y cuando fue glorioso dijo: “Paso de estudiantes. Lo mío es tirar piedras”. Fue el heredero natural de Long John Silver y le convirtieron en un icono rebelde y a él como que le dio un poco por el saco. Le entrevistó el Loco Quintero inflándole a cubalibres y el maestro Alcántara le dedicó una columna. La fama le trajo pleitos con la pasma y con los pelones del skin, una vez interrumpió un concierto de la Banda Municipal de Bilbao tocándose la huevada y el respetable le quiso tirar a la ría y en Valencia un cura se cagó en su padre y él dos veces en Dios y le detuvieron por escándalo público. Al Cojo Manteca le salió un imitador en Mallorca y murió de sida en Alicante sin llegar a la treintena.

MARTÍN OLMOS

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