MARTÍN OLMOS MEDINA

Jazz gris

In Matones y camorristas on 29 de diciembre de 2013 at 20:36

A Jaco Pastorius, el mejor bajista de jazz del mundo, le mató de una paliza el gorila de un garito de Florida

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“El jazz es peligroso”
BORIS VIAN

Los negros tienen swing. Están poseídos por los demonios de la macumba. Tienen hambre. Los blancos tienen el protestantismo y el color de la vainilla. Los negros tienen swing. Son hotentotes caníbales. Son diablos morenos, son perros negros. Los blancos no tienen swing. No saben tocar con furia. Los negros suenan su música con lujuria. El jazz es pecado. El jazz es vudú y gallinas decapitadas. El jazz es un tugurio de putas y humo. Los negros paganos tocan su jazz lujurioso en los conventos mandingas y se comen a los misioneros. Los blancos miran y escuchan. Les fascina su barbarie. Julio Cortázar vio en el teatro de los Campos Elíseos de París a Trummy Young tocando el trombón como si sostuviera en sus brazos a una mujer desnuda y de miel y vio a Arvel Shaw tocando el contrabajo como si sostuviera en sus brazos a una mujer desnuda y de sombra y vio a Crazy Cole cernido sobre la batería como el Marqués de Sade sobre los traseros de ocho mujeres desnudas y fustigadas. A Louis Armstrong le importó media mierda que en aquel teatro de los Campos Elíseos de París pisara Nijinsky con sus zapatillas de ballet. Él tocó con zapatones amarillos. Los negratas observan su sastrería de chulos de putas y se ponen chaquetas rojas y bandas de guepardo en sus sombreros Panamá. Los blancos visten a la calvinista. A Nat King Cole le metieron de hostias los confederados de Alabama pero siempre pareció un negro domesticado. Un puto Tío Tom. Un negro de nariz chiquita, un Sidney Poitier, un Harry Belafonte. Un Obama. Un negrito medio wasp que a tu padre no le importa que le lleves a casa a cenar. Un negro que renunció al canibalismo y a la banda de guepardo en el sombrero Panamá y al orgullo watusi. Nat King Cole acabó cantando “Ansiedad” para que la bailasen al agarrao los blancos pensionados en los hoteles con buffet libre después del aquagym: “Ansiedad, de tenerte en mis brazos, musitando palabras de amoooor”.

La cabeza explosiva
Hay blancos sin domesticar que son zulúes descoloridos y tienen el orgullo watusi intacto. Son mandingas albinos de pelo liso. Jaco Pastorius no tenía las napias chatas. No tenía el pelo del búfalo. No tenía el tono tostado del corcho chamuscado. Jaco Pastorius era blanco y loco y tocaba con furia vehemente. Jaco Pastorius frecuentó a los pecadores y se ponía de cocaína. Se ponía de priva barata. Pasaba de los atenuantes. Nació en 1951 en Pennsylvania. No sabía que Dios le tenía preparada una jugada. Creció en Florida. Le destetaron los caimanes y la Corriente del Golfo. Mamó cumbia y bossa nova. Mamó los sones de los cubanos de Mariel. Empezó a tocar la batería, pero se jodió la muñeca jugando unas canastas y aprendió a tocar el bajo eléctrico por su cuenta, se deshizo de los trastes y acabó tocando en el grupo Weather Report dando volteretas de saltimbanqui por encima del amplificador. Le llamaron “La cabeza explosiva” y le poseyó el diablo de la macumba. Tenía pinta de hippie, greñudo y flaco, encontró el swing y practicó su música febril hecha con nervios a flor de piel. Sacó al bajo eléctrico del rincón del coro y le concedió las frases principales. Nadie sabía que eso se podía hacer. Era Jimmy Hendrix renacido. Se cernió sobre él la catástrofe. Era un genio con pinta de majorette.

El jazz fue puro mientras no le pusieron nombres. Dijo Oscar Wilde que definir es limitar. Limitaron el jazz con nombres y lo hicieron cubista. El jazz fue puro cuando lo hacían los caníbales de la selva. El jazz fue puro cuando lo hacían los apostatas. Robert Leroy Johnson, el Rey del Blues del Delta del Mississippi, vendió su alma al diablo en el cruce de la autopista 61 con la 49 en el condado de Coahoma. El diablo le enseñó a deslizar el cuello de una botella sobre el encordado de su guitarra. En 1938 le apioló un marido cornudo envenenándole el whisky. Charlie Parker era adicto a la heroína y su hija murió de neumonía porque su padre no tenía un chavo para ir a la farmacia. Billie Holiday fue puta de marineros y Thelonious Monk estaba loco de atar. Julio Cortázar pensaba que Thelonious Monk era un oso buscando una colmena. Django Reinhardt era un gitano belga que se llevó el jazz a Europa. Los gitanos tienen duende. Los negros tienen swing. Los blancos miran y escuchan y ponen nombres. Los franchutes pusieron nombres al jazz y lo ordenaron por corrientes. El jazz se puso bebop y cool y funky y fusión y smooth y salió de las iglesias y de los tugurios y se convirtió en una teoría. Se callaron las trompetas de Josué que derribaron los muros de Jericó. El jazz entró en la Sorbona. Los caníbales se hicieron vegetarianos.

Truman Capote dijo que cuando Dios le entrega a uno un don, le da también un látigo para autoflagelarse. Dios le concedió a Jaco Pastorius el don de la música y le pidió a cambio su cordura. Jaco Pastorius se volvió loco. Dijo: “La música es lo único que mantiene al planeta en conjunto”. Era el mejor bajista del mundo y estaba descontrolado. Era imprevisible como un cable pelado sobre un charco. Subía y bajaba como una noria. Le diagnosticaron un cuadro de manía depresiva y le recetaron pastillitas. Le recetaron la magia del hombre blanco. Dios es blanco. Moisés es Charlton Heston. Judas es negro en “Jesucristo Superstar”. Machín cantaba: “…pero nunca te acordaste de pintar un ángel negro”. Dios se la preparó a Jaco Pastorius y le repartió una mano de naipes que no podía combinar JACO PASTORIUSrazonablemente. La medicación le aletargaba y no le dejaba concentrarse para componer. La medicación  le dormía los dedos y no podía tocar a velocidad vertiginosa. ¿Para qué quieres un galgo dormido? En una mano tenía el swing y en la otra la paz y eligió el swing. Pasó de medicarse y se dedicó a la coca, a la priva y a la selva. Se juntó con los desesperados, dormía en la puta calle, mangó un buga y lo puso a cien en una pista de atletismo, le birlaron su guitarra Fender Jazz Bass mientras echaba unas canastas con los negratas y le enchironaron por alborotar. Tenía swing. No tenía paz. No era un galgo dormido. Era un perro con las pupilas dilatadas. Era un perro febril. Estaba a punto de que lo matasen a hostias.

La noche del 11 de septiembre de 1987 en Fort Lauderdale, en Florida. Caimanes y la Corriente del Golfo. Garitos de son cubano. Jaco Pastorius salió a armarla como un espantapájaros con pantalones sucios de pana. Mangaba las propinas. Estaba trompa. Intentó interrumpir un concierto de Carlos Santana y le largaron a patadas. Hizo una ronda de clubes insultando a la parroquia y le sacaron a trompadas. Intentó colarse en el Midnight Bottle Club, un changarro de cuarta, y se lo impidió el portero Luc Havan. Luc Havan tenía el cinturón negro de kárate y era un cachas tumbaborrachos. Luc Havan sacó a Pastorius a la calle y le pegó una paliza en el  callejón. Quedó fetén delante de alguna chavala: mira como le zumbo al drogota. Soy un menda duro que te cagas. Hay que pegarle a alguien una tunda de miedo para que la diñe. Hay que extenuarse dándole leña, negarle la tregua cuando esté en el suelo, despojarse de la compasión y seguir pateando, obviar la sangre, obviar el desmadejo, ignorar la piedad. Luc Havan le rompió a Pastorius toda la cara y el brazo zurdo. Pastorius llegó al hospital con la visión del ojo derecho perdida sin remedio y el tiesto en ruinas. Estuvo nueve días en coma y murió de un derrame cerebral. Al mejor bajista del mundo le mató a hostias un kung-fú de boliche. A Luc Havan le condenaron a cinco años. Cumplió cuatro meses. Alegó que estaba haciendo su trabajo y joder que si lo hizo. Era un gorila macho. Era un empleado ejemplar.

MARTÍN OLMOS

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  1. Estimado; de casualidad encontré la nota. Excelente, finísmo lo suyo. Un saludo.

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