MARTÍN OLMOS MEDINA

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Las aventuras de Smith el Jabonoso

In El Far West, Timadores y burlangas on 20 de enero de 2014 at 18:56

Jefferson R. Smith fue el trilero más notorio de la frontera

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Jefferson Smith nunca dejó de vestir con traje y corbata”
JAVIER REVERTE

Este es el memorial de las extraordinarias hazañas del infame ladrón Jefferson Ryolph Smith II el Jabonoso, que Dios le haya perdonado sus iniquidades si lo ha tenido a bien según su divino entendimiento, que nosotros no somos los que debemos juzgar Su voluntad porque sus razones se escapan a nuestra comprensión. Est humanum errare, divinum ignoscere, que quiere decir que el error es cosa nuestra y de Dios perdonarlo, y sin embargo no hay que tener por segura esta aseveración. El poeta Heinrich Heine dijo en su lecho de muerte, si hemos de creer a Johannes Fastenrath: “Dios me perdonará: es su oficio”. Nada más lejos, maese Heine: Isaías en el capítulo 55 nos dice que Dios es generoso en el perdón pero añade que sus caminos no son los nuestros, y por lo tanto se escapan a nuestro común discernimiento. El infame Jefferson Ryolph Smith II el Jabonoso buscó la fortuna en el oficio de los más procelosos menesteres que fueron, por mencionar los más notables, los de trilear el naipe con ventaja, chulear mastuerzas, aguar los licores, robar a los muertos, correr diamantes falsos y enredarse en riñas a tiros de las que por allá llamaban gunfights y en las que no era poco común que alguien terminara manco si tenía la suerte de vivir para contarlo. Jefferson Ryolph Smith II el Jabonoso dejó blasón en la azarosa frontera de tahúr y de organizador de raposos y murió a tiros en el que se conoció como el Combate del Muelle de Juneau, en la fría Alaska, el 8 de julio de 1898. El que vivió como un príncipe murió como un perro y su cuerpo se dejó toda la noche al sereno sin siquiera cubrirlo con una manta. Aequat omnes cinis, que quiere decir que la ceniza iguala a todos los hombres y lo dijo Séneca el cordobés.

Jefferson Ryolph Smith II nació en el condado de Coweta, en Georgia, al que llaman el Estado del Melocotón, el Día de los Difuntos de 1860. Su familia de pretéritos ingleses fue de postín que se arruinó con la guerra y perdió los algodonales, pero no obstante le brindó una educación esmerada que Jefferson Ryolph Smith II supo aprovechar y durante toda su vida fue capaz de recitar con gracia singular los hexámetros de Homero y los poemas de Shakespeare, además de ir siempre vestido con corbata. Los Smith emigraron a la ruidosa Texas para procurarse la fortuna y en Round Rock Jefferson Ryolph Smith II, que tenía a la sazón quince años, presenció la ejecución del bandido Sam Bass, notorio pistolero y atracador de bancos y diligencias. Si de aquella experiencia concluyó alguna moraleja es de suponer que pronto la olvidó. De bien joven, siendo su posterior mostacho negro apenas la sombra de un bozo, Jefferson Ryolph Smith II se fue de casa para cabalgar la riesgosa vida y condujo durante un tiempo ganado desde Texas hasta Kansas a través de la antigua ruta de Chisholm y asimismo comprendió bien pronto que ajerezarse los JEFFERSON SMITH EL JABONOSOriñones sobre un penco, comer judías y tocino y contemplar el horizonte escueto del culo de una vaca no iba con su natural emprendedor. Dejó, pues, el ingrato oficio de vaquero y se puso a correr el país entero vendiendo diamantes de cristal y quincallas tan falsas como un rumor debajo de una lona en la que se anunciaba como Johnny el Baratijas. De aquellas jornadas en la legua aprendió que abundaba en el camino el primo de pasto, que es más bien un rumiante que un  hombre hecho y derecho y se caracteriza por ser refractario al sentido común e intrínseco a la confianza en sus semejantes, que Dios le proteja, y en el exterior se le reconoce porque se abriga, en lugar de con vello y pellejo, con plumas que siempre lleva a disposición del que se las quiera pelar. Jefferson Ryolph Smith II aprendió a desplumar al primo cuando los notorios charlatanes Clubfoot Hall y “Old Man” Taylor le enseñaron a dominar el trile y el monte de dos cartas y él por su cuenta patentó el Timo del Jabón, que consistía en subastar pastillas de jabón en las que aseguraba meter en una de cada dos un premio oscilante entre el dólar y los cien pavos. Sus acólitos conseguían los premios amañados y los voceaban, y los primos pujaban por lo alto las jabonetas y las acababan pagando al precio del azafrán. Se le dijo desde entonces Smith el Jabonoso y se asentó en Colorado; primero en Denver, donde abrió el casino Tivoli bajo el lema “Caveat Emptor” (Que tenga precaución el comprador), y después en Creede, en donde puso el Orleans Club, una coima de fulleros cuya atracción principal era la exhibición de un cadáver momificado. Allá Smith el Jabonoso le robó el predio del hampa al infame Bob Ford, el traidor asesino de Jesse James, y organizó un sindicato de bribones que gestionaba un fondo de pensiones para pagar fianzas, atender a las madres de los que pagaban presidio y morder a los concejales. Formaron parte de aquella cofradía de bellacos el pistolero Texas Jack Vermillion, que cabalgó junto a los hermanos Earp; el Gran Ed Burns, asesino y especialista en el timo del lingote; el reverendo Charles Bowers, que se hacía pasar por masón; el juez Norman Van Horn y su licenciatura de Harvard y el ladrón Slim Jim Foster, que dominaba el arte de hacerse el tonto. Sin embargo llegó un día de 1897 en el que Smith el Jabonoso no ajustó el precio de un gobernador y la milicia le echó de Colorado.

El Gold Rush
Al año siguiente, que fue uno después de que se encontrase oro en el Yukón, Smith el Jabonoso desembarcó en Skagway, en Alaska, un campamento minero en mitad de la ruta de los argonautas. Reunió a su cuadrilla y abrió el Soapy Smith´s Parlor, limpió a un misionero en el trile, engrasó a dos periodistas para que le propagasen, estableció una comisión del cincuenta por ciento por cada asalto en la calle y participó con entusiasmo en la recuperación de los cadáveres de sesenta hombres que murieron al ser sepultados por un alud en el Camino de Chilkoot y antes de enterrarlos les robó las prótesis dentales. Entre otras cosas, vendió acciones de explotaciones mineras que no existían, montó una oficina de telégrafos falsa, le puso un sueldo al oficial de la policía y entabló tratos con Wyatt Earp, notorio proxeneta, para abrir una casa de tertulias. En poco tiempo tuvo el sombrero boca arriba en unas cincuenta casas de juego y se nombró a sí mismo capitán del Primer Regimiento de la Guardia Nacional de Alaska, una milicia de voluntarios que pretendían ir a Cuba a pelear contra España. El primero de mayo de 1898 desfiló con su tropa montando un caballo gris y el reverendo John Sinclair, fotógrafo aficionado, le tiró un retrato. Los ciudadanos que aún pensaban que el Gran Norte podía ser un lugar decente formaron el Comité de los 101, liderado por el audaz Frank Reid, ingeniero, camarero y antiguo teniente del ejército, y Smith el Jabonoso respondió armando a una hueste de matones y, amparándose en su condición de capitán, proclamando la ley marcial. El 7 de julio de 1898 un minero llamado J. D. Stewart llegó a Skagway con treinta mil dólares en pepitas de oro que le duraron un suspiro cuando los bellacos de Smith se los  birlaron. El Comité de los 101 exigió al Jabonoso la devolución del botín y éste les amenazó con cortarles las orejas. A la mañana siguiente Frank Reid y Smith el Jabonoso se emplazaron en el Muelle de Juneau y el trilero compareció en la reunión ostensiblemente borracho con un rifle Winchester 30-30, una pistola Remington escondida en la manga y un Colt 45 en el cinturón. Ambos hombres parlamentaron con el plomo y a una distancia tan corta que se podían oler los alientos respectivos se dispararon hasta matarse. Smith el Jabonoso recibió un tiro en la pierna izquierda y otro en el corazón y murió en el acto y Frank Reid cogió un balazo en el vientre, a la altura de la pelvis, que le llevó a la tumba doce días después. Nadie consideró conveniente recoger el cuerpo difunto de Smith el Jabonoso y el rocío le hizo la mortaja durante la noche entera. Le enterraron una semana después en el comienzo del camino del White Pass y acaso mereció un responso más conciliador que el que le hizo el reverendo John Sinclair, ministro presbiteriano y fotógrafo aficionado, que dijo: “Lamentamos que en la carrera de uno que vivió entre nosotros haya muy poco que podamos mirar como bueno”.

MARTÍN OLMOS

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Verdades, parábolas y el tinglado de la antigua farsa

In Los chicos de la prensa on 13 de enero de 2014 at 18:20

Janet Cooke, la promesa del Washington Post, tuvo que devolver el Premio Pulitzer cuando se descubrió que se había inventado el reportaje

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

 “Lo malo es que en periodismo un solo dato falso desvirtúa sin remedio a los otros datos verídicos”
GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ

Un redactor jefe del Chicago Tribune le dijo a un reportero: Si tu madre te dice que te quiere, verifícalo. Tom Wolfe ha dicho que leer periódicos de papel ya no es cool. Ahora cualquier menda con un móvil con cámara, un pulso decente y una noche de suerte graba a dos chavales zurrándose una tunda a la salida de un after, lo cuelga en el internés y se cree que es Leguineche. Luego lo miran un millón de tíos y se convierte en trending nosequé, que es la pera, lo que se puede ver en cualquier fiesta de la vendimia de un pueblo de campestres cuando a los mozos se les calienta la pitarra al final de la verbena. Henry Fielding dijo que un periódico siempre tiene el mismo número de palabras, haya noticias o no. Siempre hay un par de agropecuarios trompa que discuten por una vaca y se abren la cabeza a palos después del zurracapote. Una vaca es una vaca. Enrique Meneses dijo que el periodismo es ir, escuchar, ver, volver y contarlo. Si uno no va, no escucha y no ve, no tiene que volver y sin embargo puede contarlo si es capaz de manejarse con la gramática. El Nuevo Periodismo se lo inventó Stephen Crane en 1893 cuando escribió “Maggie: Una chica de la calle” y pescó la tuberculosis visitando los infames “flophouses”, los dormideros de quince céntimos para los que no tenían dónde caerse muertos. El periodismo ápodo se lo inventaron los columnistas para no tener que salir de casa en los días de lluvia, con la que está cayendo. Voltaire dijo que los periodistas son los últimos de los escritores inútiles, la canalla que critica con insolencia lo que no entiende. Mark Twain dijo que desembarcó en el periodismo cuando fracasó en todos los demás oficios. García Márquez ha dicho que el periodismo es el mejor oficio del mundo.

Ben Bradlee tuvo una corazonada y les dio una oportunidad a los mocosos Woodward y Bernstein y el gobierno de Nixon se fue al diablo. Ben Bradlee ha dicho que el fundamento del periodismo es buscar la verdad y contarla. Ben Bradlee tuvo otra corazonada a finales de los setenta y contrató de reportera del Washington Post a Janet Cooke, una chica negra, guapa y nerviosa que había estudiado un año en la Sorbona, se había graduado con sobresaliente cum laude en Vassar y hablaba cuatro idiomas. Janet Cooke escribía bien y con ella Bradlee podía ocupar tres sillas con un mismo culo, porque el Washington Post andaba rezagado en el porcentaje de mujeres y minorías raciales en la redacción en los tiempos de los Colores Unidos de Benetton. En ocho meses Janet Cooke firmó cincuenta artículos. En 1980 llovía sobre Washington el polvo de la región de la Media Luna Dorada, formada por Irán, Pakistán y Afganistán, el opio talibán para los descreídos más barato que la harina de los narcocholos. En 1980 Janet Cooke le dijo a su editor que había oído decir de un chaval de ocho años que estaba enganchado a la heroína. Hay infancias que no salen en el canal Disney. A Andrea Sin Apellidos la violaron en un portal, se quedó preñada  y su vida se puso difícil. Mangó en menudo y al tirón y se enganchó. Dijo que la droga le daba sus únicos momentos de paz. Marie Ebner-Eschenbach dijo: “Solamente puedes tener paz si tú la proporcionas”. Andrea Sin Apellidos parió a Jimmy. Elvis cantó: “Mientras cae la nieve un pobre niño nace en el gueto”. Andrea se buscó la vida. Un tío que se llamaba Ron vino del sur y la cameló. Elvis cantó: “Y su mamá llora porque si hay una cosa que no necesita es otra boca hambrienta que alimentar en el gueto”. Ron era un vivo. Andrea pensó que a Jimmy le vendría bien tener a un maromo cerca. Ron cocía el polvo de los talibanes en la cocina y recibía al personal a la hora del desayuno de los campeones. Pinchó por primera vez a Jimmy cuando tenía cinco años. A los ocho le dijo: esto vas a tener que aprender a hacerlo por tu cuenta. Jimmy era un chaval despierto con el pelo de color arena, los ojos castaños y la cara redonda. A Jimmy le gustaban las zapatillas de marca, las camisetas Izod y los Orioles de Baltimore. De mayor quería ser camello en Condon Terrace para comprarse un pastor alemán, una bici y un balón de basket.

La parábola
“El mundo de Jimmy”, de Janet Cooke, salió en la primera página del Washington Post el 28 de septiembre de 1980 y hubo gente que, snif, lloró. Ben Bradlee presentó el reportaje al Premio Pulitzer y Janet Cooke lo ganó. La chavala guapa y políglota bajó a la cloaca en tacones de fiesta y regresó con el gordo sin necesidad de pescarse una JANET COOKEtuberculosis. Los acontecimientos se precipitaron en una vorágine. Llegaron cartas al periódico informando de casos similares al de Jimmy. Los pasmas de Washington buscaron al chaval para entregarlo a la asistencia social. No había fotos de Jimmy, solo una ilustración de Michael Gnatek en la que salía un puño haciéndole un torniquete al brazo de un crío negro. Janet Cooke no reveló su fuente y dijo que había recibido amenazas de muerte de los camellos. El alcalde de Washington Marion Barry arrugó la nariz. El jefe de la poli Burtell Jefferson no encontró al niño drogota y amenazó al Post con exigir legalmente la identificación de las fuentes. Bradlee se amparó en la Primera Enmienda y en los pelos de su nuca se podía colgar un jamón. Encerró a Janet Cooke en una sala y la asó a preguntas durante diez horas. Janet Cooke no sabía cuatro idiomas ni había estado en Vassar y Jimmy, Andrea, Ron y su clientela de yonquis eran tan reales como el Espíritu Santo. Tuvo que devolver el Pulitzer y el editor ejecutivo del Post Donald Graham pidió perdón a los lectores del periódico. Según se mire Janet Cooke escribió una sarta de embustes o una parábola, porque existen los niños enganchados y las mujeres sin esperanza y los tíos vivos como Ron, que vienen del sur. Según se mire el Nuevo Testamento es periodismo con línea editorial. A Janet Cooke la pusieron en la calle y quince años después se casó con un diplomático, se fue a vivir a París y vendió su historia al cine por un millón de machacantes reales como la gripe y no parabólicos. Tom Wolfe ha dicho que leer los periódicos de papel ya no es cool. Un periódico vale un euro y pico, unos cuarenta duros al cambio, lo que no es suficiente para comprarle un peine a un charlatán de feria. Si lo administras bien te dura el día completo y un café con leche sale medio pavo más caro y veinte pitillos cinco veces más y te dejan olor a fogata en la gabardina. El periódico de papel trae un crucigrama para matar un rato, la cartelera del cine, lo que echan en la tele, las esquelas, el balompié, las ofertas inmobiliarias y el precio del colorao, por si andas en un apuro, y decía el difunto Umbral que mantiene a los ciudadanos avisados, a las putas advertidas y al gobierno inquieto. Por un euro y pico, oiga, no sea tan cool, que es una tendencia que le va a obligar a pedir café “ristretto” en vez de un carajillo, y no pretenda que por ese precio todo lo que le contemos sea verdad.

MARTÍN OLMOS

Cicatrices (scars)

In La Cosa Nostra, Matones y camorristas on 4 de enero de 2014 at 13:10

A Al Capone le alteraron el perfil de tres cuchilladas cuando trabajaba tumbando borrachos

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Le cruzan el rostro, de estigmas violentos, hondas cicatrices…”
 EVARISTO CARRIEGO

El escenario es una tambarria del dos con una barra de seis metros sobre la que se acodan los valentones. La parroquia es patulea italiana requetepeinada para la ocasión, porque es noche de baile. Los bebedores llevan planchado el pelo con aceite de oliva y navajas en los calcetines. La época es 1917, cuando se pelean los hombres por motivos que quizás no son tan diferentes en las trincheras de Europa y en los pasadizos del Bowery de Nueva York. La tambarria se llama Harvard Inn y está en el paseo marítimo de Coney Island, que aún es huérfana de noria. Coney Island tiene un pasado de balneario pero ahora está llena de putas y de fulleros. Los italianos han echado a perder Coney Island con sus garitos que hieden a ajo. El primer italiano llegó a Nueva York en 1635, se llamaba Pietro Cesare Alberti y se dedicó al cultivo del tabaco. El último recién está llegando de huirle al hambre de Nápoles, con piojos y los bolsillos vacíos y una esperanza de porvenir honrado que se torcerá cuando encuentre el cabo de una tubería y un callejón. El Harvard Inn es un changarro del tres al cuarto que a duras penas le hace la competencia al College Inn. El College Inn reúne más parroquia que va a escuchar al pianista Jimmy Durante y a ver bailar el charlestón a George Raft. Con el tiempo George Raft va a ir a Hollywood a trabajar en las películas. Con el tiempo va a salir en una que se va a titular “Scarface”. Con el tiempo va a ser una estrella. A George Raft le gustan los hampones. Una vez le guardó a Dutch Schultz una cacharra. Una vez fue amigo de Owney Madden el Asesino, el príncipe del gang de los Gophers de Hell´s Kitchen. Una vez le detuvo la bofia en Broadway, en una coima de dados de Arnold Rothstein el Barajador. Con el tiempo van a matar a tiros a Dutch Schultz en el retrete del restaurante Chophouse Palace. Con el tiempo Owney Madden el Asesino va a regentar el Cotton Club. Con el tiempo Arnold Rothstein el Barajador va a amañar los partidos de la Serie Mundial de béisbol y le van a pegar un balazo en la barriga en la habitación 349 del Hotel Central Park. Y antes de que todo eso ocurra la patulea italiana se acoda en la barra de seis metros del Harvard Inn, en Coney Island, en una noche de baile de 1917. La patulea italiana lleva el pelo planchado con aceite de oliva y navajas en los calcetines.

Navajazos
El Harvard Inn es propiedad de Frankie Yale, que en realidad se llama Francesco Ioele y es un calabrés de Longobucco. Frankie Yale es uno de los espaguetis que están arruinando Coney Island, que aún es huérfana de noria. Con el tiempo a Frankie Yale le van a dejar hecho un cedazo a tiros de metralleta Thompson en la calle 44. En el Harvard Inn trabaja Alphonse Capone de gorila y de mesero y sus obligaciones son las siguientes, por este orden: primero, zurrar a las putas para que renten; segundo, fregar los platos; tercero, echar a palos a los bolingas. Alphonse Capone es un peleador musculoso que con el tiempo se va a poner mostrenco. Ha estado en el gang de los Five Points y se ha abierto paso cobrando quince dólares por cortar una oreja y veinticinco por dar una mojada de puñal. Alphonse Capone saca conclusiones extraordinarias con notable clarividencia y una de ellas es que no puede echarse del Harvard Inn a sí mismo. Semejante suposición hace que se tome un trago en el trabajo. Alphonse Capone se hace llamar a veces Al Brown. Quizás ya tenga sífilis. Quizás ya intuye que con el tiempo va a ser un emperador. Hoy apenas es nadie y está trompa y puede que tenga sífilis y ve entrar en el Harvard Inn a Frank Galluccio y a una beldad morena con ojos de carbón. La beldad morena con los ojos de carbón es la hermana de Frank Galluccio y su nombre no va a ser recordado. Frank Galluccio maneja industrias misteriosas y tiene un amigo que se llama Albert Altierri que orbita alrededor de Salvatore Lucania, que con el tiempo le van a decir Luciano el Suertudo. Luciano el Suertudo ha estudiado con Alphonse Capone en la escuela pública de la calle Adams, en Brooklyn. Han peleado juntos en las guerras de los Five Points. Alphonse Capone interpreta que la beldad morena con ojos de carbón le mira y la va a requebrar. Lo hace sin gusto, como un patán, le pondera el culo y la ofende. Frank Galluccio se levanta y le zumba un puñetazo y Alphonse Capone lo coge con la jeta. La parroquia levanta porque hay bulla. El matón de la tambarria del Harvard Inn se dispone a pelear. Frank Galluccio saca una navaja de diez centímetros de hoja y le taja tres veces el rostro. Queda el piso regado de sangre. Queda el tablaje desierto de almas. Queda la mejilla izquierda de Alphonse Capone señalada con tres heridas que son: una de diez centímetros que recorre desde la oreja hasta la mandíbula; otra de cinco que le surca la quijada; otra, la más pequeña, debajo de la oreja. Con el tiempo le van a decir a Alphonse Capone el “Scarface”, el Cara Cortada y va a ser un blasón que le avergüenza. Va a decir, con el tiempo, que son heridas que se hizo en la Primera Guerra Mundial, en la que no compareció. Con el tiempo se va a poner pomadas de color carne en las muescas para atenuarlas y va a procurar posar desde la derecha para que no se las retraten. CAPONE

El escenario vuelve a ser la tambarria del Harvard Inn y la época la misma, pero han pasado unos días desde la riña. Se ha echado la persiana y se ha ido la parroquia. Alphonse Capone ha estado exigiendo satisfacción. Frank Galluccio ha hablado con Albert Altierri y Albert Altierri ha hablado con Salvatore Lucania y Salvatore Lucania ha hablado con Frankie Yale y Frankie Yale ha hablado con Alphonse Capone. En la barra de seis metros del Harvard Inn no se acodan los bebedores y en una mesa se dirime el pleito entre paisanos sin que intermedie la ley de los protestantes. Lucania le pide a Capone que repare la ofensa soez a la hermana de Galluccio y le ordena que no desquite represalia prometiéndole, de lo contrario, la muerte. Capone barbecha la navaja para mejor ocasión, aunque es un hombre de rencores duraderos. A partir de hoy le va a recordar el espejo la esgrima feroz de Galluccio. Con el tiempo el espejo  va a olvidar recordarle que es mortal.

Alphonse Capone no sabe aún que se va a ir a Chicago y va a gobernar la ciudad como un zar. Ni sabe que va a iniciar una guerra a muerte con los irlandeses del North Side y que se va a sacar fotos con Jack Dempsey y con Xavier Cugat y con Gabby Hartnett, receptor de los Chicago Cubs, y con el aviador Francesco De Pinedo, el as de Mussolini. Con el tiempo le va a hacer una película Howard Hughes, piloto, millonario y priápico, que se va a llamar “Scarface” y en ella va a salir Paul Muni y George Raft, el bailarín del College Inn de Coney Island. Con el tiempo van a plantar una noria en Coney Island. Con el tiempo George Raft va a perder sus oportunidades y va a acabar dirigiendo el Club Colony en Londres y el gobierno británico le va a expulsar del país por asociarse con miserables. Con el tiempo Howard Hughes se va a volver loco y se va a dejar de cortar las uñas. Y con el tiempo a Alphonse Capone le van a meter en la roca de Alcatraz los contables y va a acabar tirándose excrementos con otro preso porque la sífilis le ha enloquecido y se va a morir completamente idiota. Hoy, en cambio, Capone se toca los tajos y barbecha la navaja para mejor ocasión y acaso intuye que va a ser el gángster más famoso del mundo.

MARTÍN OLMOS

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