MARTÍN OLMOS MEDINA

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Regicidios, desmembramientos y la cabeza de Enrique IV

In Ejecuciones y linchamientos, Reyes y caudillos on 21 de febrero de 2014 at 19:05

El primer Borbón que reinó en Francia fue asesinado por un místico pelirrojo que fue ejecutado con verónicas en la plaza de la Grêve

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“París bien vale una misa”
ENRIQUE IV

François Ravaillac enloqueció de Cristo y de hambre, afanó un puñal en un hospicio y le pegó dos cuchilladas al rey Enrique IV de Francia, que hasta entonces había demostrado un notable talento para salir vivo de una docena de atentados y para cambiar de confesión según las circunstancias. A Enrique IV París le costó una misa, y puede que también un rosario, contribuyó a la demografía con once hijos bastardos y se pasó la vida rezando en latín o por Calvino dependiendo de la estación del año. Durante su reinado (1589-1610) los protestantes hugonotes pelearon a la Liga Católica de la casa de los Duques de Guisa y se rebanaron pescuezos con desahogo en el nombre de Dios. Enrique IV tuvo que gobernar como Damocles, expuesto a la daga de los jesuitas que pendía sobre su cabeza sujeta por una crin de caballo, y aprendió a soplar frío y caliente con el mismo aliento y a echarse las siestas con un ojo abierto mirando detrás de las cortinas. A su antecesor en el armiño, su cuñado Enrique III, se lo madrugó por la teológica un clérigo dominico llamado Jacques Clément pegándole una puñalada en el vientre. El jesuita Jean Guignard llamó a Enrique III sardanápalo por no llamarle maricón porque el monarca se pintaba los ojos y sacaba mozos de paseo por París. A Jacques Clément le destriparon   a alabardazos y le desmembraron después de muerto atando sus extremidades a cuatro caballos al galope, quemaron sus restos y sus despojos se los dieron de comer a los cerdos. El jesuita Jean Guignard dijo que a Jacques Clément le inspiró el Espíritu Santo, llamó zorro a Enrique IV y acabó asado en una hoguera por llamar a la ejecución de los príncipes herejes.

A Enrique IV le quisieron mandar al purgatorio los de la Liga Católica contratando a un ballestero italiano que al final no tuvo puntería y a la alquimista Nicole Mignon, que era medio bruja y pretendió impregnar el lecho del monarca con un líquido venenoso de su invención. En la Matanza de San Bartolomé (1572) estuvieron a punto de afeitarle a la altura de la corbata y una vez que cruzaba a caballo el Puente Nuevo de París, un loco llamado Jacques des Isles le tiró de la montura agarrándole por la capa. Jacques des Isles decía descender del primer rey francés Faramond y acabó pudriéndose en La Bastilla. El rey se escapó de los atentados de Jean Guesdon, Señor de Haut-Plessis, que fue ENRIQUE IV DE FRANCIAquemado en la Plaza de Grêve, y de los monjes capuchinos Ridicoul y Langlois, a los que les dieron el suplicio de la rueda. En 1594 el joven Jean Châtel le atacó con un cuchillo en mitad de un baile en la casa de su amante Gabrielle de Estreés y le cortó el labio superior y le rompió un diente. Jean Châtel era hijo de un vendedor de telas, había sido educado por los jesuitas y era medio bujarrón. El padre Guéret de la iglesia de Saint André des Arts le bendijo la daga y le dijo que Dios le cuadraría las sodomías en el balance del Juicio Final a cambio de la vida del rey. A Jean Châtel le amputaron la mano derecha, le despellejaron con tenazas al rojo y le descuartizaron atándole a las grupas de cuatro caballos, después le dieron fuego y aventaron sus cenizas en una encrucijada.

François Ravaillac era pelirrojo como decían que fue Judas y probablemente epiléptico. Nació en Angulema en 1578 y de niño vio como los hugonotes usaron la pila del agua bendita de la catedral de San Pedro como abrevadero de sus monturas. Ravaillac era un mazorral roblizo que podía enderezar la duela de un barril a pulso que sin embargo no anduvo en faldas por ser virtuoso y un poquito manso de astil. Propendía al éxtasis y unas veces veía a Jesucristo coronado de espinas y otras al demonio en forma de búho.   Durante un tiempo fue monje bernardino en el convento de Saint Honoré y enseñó el catecismo a los niños, pero generalmente vivió de la mendicidad, dormía en un pajar y acumuló deudas que le llevaron a prisión. Viajó a París pidiendo en los caminos y trató de entrevistarse con el rey para recomendarle combatir a los herejes, pero le acabaron echando de la plaza del Louvre por lunático. En un hospicio birló un cuchillo desmangado, le puso unas cachas de palo y el 14 de mayo de 1610 consiguió acercarse al carruaje real en la calle de la Ferronnerie, en el camino del Cementerio de los Inocentes. Escaló al estribo del coche y le pegó dos puñaladas al rey: la primera le hirió superficialmente el pecho y la segunda se la hundió hasta el mango en el pulmón y le seccionó la aorta y la vena cava matándole en el acto. Después  se dejó prender por el gentilhombre de Courson, que le pegó en la cara con el pomo de su espada.

La ejecución
A Ravaillac le encontraron un relicario en forma de corazón y monedas chicas, le llevaron preso a la Torre de Montgomery en la Conciergerie y con una cuña de madera y un mazo de carpintero le rompieron los pulgares, los tobillos y las rodillas. El 27 de mayo de 1610 le condujeron a la plaza de la Grêve sobre un carro de desperdicios vestido con una camisa vieja y sujetando un cirio encendido de dos libras de peso. La muchedumbre le quiso linchar por el camino y se negó a cantar con él el Salve Regina. El padre Filesac no quiso confesarle. En el cadalso le FRANÇOIS RAVAILLACsumergieron la mano derecha en un cubo de azufre fundido y le abrieron con tenazas al rojo tajos en los pezones, los brazos y las pantorrillas sobre los que vertieron plomo fundido, pez blanca ardiendo y cera en ebullición. Después le ataron a cuatro caballos y los fustigaron para descuartizarlo. Los cuatro pencos tiraron durante media hora rompiéndole los huesos pero no consiguieron desmadejarlo y los ciudadanos ofrecieron sus propias monturas para sustituirlos. Ravaillac sostuvo que actuó solo pero probablemente fue un precedente meapilas de Lee Harvey Oswald y un primo para el martirio de un oscuro complot. El cronista del rey L´Estoile aseguró que antes de diñarla dijo: “Se burlaron de mí cuando quisieron convencerme de que el acto que iba a cometer sería bien recibido por el pueblo, que ahora ofrece sus caballos para que me descuarticen”. Arrearon durante más de una hora a los caballos frescos que al final le desmembraron y de Ravaillac solo quedó el torso decapitado, que fue desgarrado por el popular con cuchillos de cocina y quemado en una plaza. Algunos aldeanos se llevaron despojos a sus pueblos para asarlos con los paisanos y los mercenarios de la Guardia Suiza quemaron un trozo debajo del balcón de la reina María de Medici. El alguacil de la villa de Angulema desterró del reino a la madre de Ravaillac prohibiéndole el regreso bajo la pena de estrangularla, derribó su casa natal y obligó al resto de su familia a renunciar a su apellido. No obstante, durante un tiempo se les llamó “ravaillacs” a los pelirrojos.

Enrique IV fue momificado por unos embalsamadores italianos y le enterraron en la basílica de Saint-Denis. En 1793 la chusma de Robespierre profanó su tumba y como el despojo estaba en buenas condiciones lo apoyaron en un pilar para que fuese abofeteado por el popular, que encendido por el entusiasmo lo decapitó. Su cabeza desapareció hasta que un anticuario la compró en 1919 por tres francos y se la dejó de herencia a su hermana, que la vendió a un hombre llamado Jacques Bellanger en 1955. Bellanguer la cedió al forense Phillippe Charlier en 2010, que certificó su autenticidad, y se la regaló a Luis Alfonso de Borbón, al que los monárquicos franceses consideran el legítimo heredero del trono de Francia (Luis XX), que desde entonces es su custodio y ha recomendado que sea devuelta a la cripta de Saint-Denis junto con un pulgar que se conserva del rey en un museo de Pontoise.

MARTÍN OLMOS

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El tango del generalón y la mujer de las bragas de hierro

In Hazañas bélicas on 15 de febrero de 2014 at 13:50

Las Malvinas fueron un ejemplo de cómo una guerrita en las afueras distrae el hambre de casa

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Al alba, y con viento duro de levante…”  
FEDERICO TRILLO

De pura percha de guapo que engalanaba, el generalón Leopoldo Galtieri parecía un bacán de milonga, pero le calculó mal la meada a Margaret Thatcher y no descubrió a tiempo que se quitaba las bragas a pedos. Las bragas de Margaret Thatcher eran de nudo gordo de esparto, raspudas y fajeras hasta el riñón, unas buenas bragazas follosas de calzón a las que había que gastarles redaño de buena mata para bajárselas a vientos. Los vientos de Margaret Thatcher olían a imperio, a lavanda inglesa y a la carga de la brigada ligera y los cadenciaba melodiosamente sonando la música de Rule Britannia, “Britannia rule the waaaaves!” El generalón Leopoldo Galtieri  soltaba cuesquitos fulleros de bandoneón que se quedaban en la mera salva y le apuró a Margaret Thatcher empezándola por tangos a cuenta de un terrón de focas y acabó bailando una milonga con la más fea. El generalón Galtieri era el dictador favorito de Ronald Reagan y le pegaba al frasco, que acabó matándole, pero en esencia era un matón orillero que cuando era comandante del II Cuerpo del Ejército voló a unos cuantos subversivos de la guerrilla montonera que ya estaban detenidos tirándoles un cartucho de dinamita en el coche. Margaret Thatcher se soplaba la buena botella de whisky Bell´s en una noche y seguía un régimen de inyecciones de vitamina B-12 y cuarenta huevos a la semana, que le provocaban halitosis y estreñimiento, con lo que sus pedos zullones, además de a imperio, olían a hienda de boñigo. De tanto huevo puro, Margaret Thatcher dejó morir a Bobby Sands de hambre en la prisión de Long Kesh y se quedó sorda durante las huelgas mineras. Margaret Thatcher hizo una democracia para propietarios y se empezó a peinar con una tonelada de laca recién la parieron en Lincolnshire y el generalón Leopoldo Galtieri llegó al poder de golpe, escondió las urnas y acabó con la disidencia desapareciéndola en el sótano de la Quinta de Funes, en el municipio de Rosario, donde no había vecinos para quejarse de los gritos, y tirándola desde una avioneta al Río de la Plata para que se la comiesen las pirañas. El generalón y la señora de las bragas rudas tenían en común el whisky, a Reagan y  la alergia por el comunismo y pudieron bailar un candombe a media luz pero tenían, ay, un poquito a medias las islas Malvinas y allá torcieron el compadreo. El generalón Galtieri pudo decir lo del tango de Celedonio Flores y Carlitos Gardel: “ya no sos mi Margarita, ahora te llaman Margot”. El tango también decía: “Se te embroca desde lejos, pelandruna abacanada”. Le dicen los lunfardos embrocar a percibir y a Margot Thatcher, como a la del tango, se le percibía desde lejos que era mejor no andarle en bromas porque gastaba cojones de señor a pesar de ser una dama. La Guerra de las Malvinas le vino bien al principio al generalón y a la larga a la señora y a los que les vino fatal fue a los que la diñaron en una tundra de focas porque les enredaron en una riña de patio de colegio.

El capitán Cook no demoró diez minutos en las Malvinas por considerarlas una tierra de espesas nieblas, tormentas de nieve y frío intenso y sin embargo se las acabaron disputando los franceses, los ingleses y los españoles. En las Malvinas medran las focas y apenas el musgo para que lo pasten las ovejas y durante un tiempo abundó el zorro guará, que fue cazado hasta su extinción por los pastores ingleses. Las islas quedaron prácticamente desiertas durante una década desde que los españoles las abandonaron en 1811 hasta que los argentinos las ocuparon en 1820 y pusieron de gobernador a Luis María Vernet, descendiente de hugonotes y comerciante de pieles. En 1833 la fragata inglesa HMS Clio, artillada con dieciocho cañones, recuperó la posesión en nombre del rey Guillermo y ciento cincuenta años después al generalón Leopoldo Galtieri se le engordó la deuda externa a 36.000 millones de dólares y se le sublevó la muchachada pidiéndole pan y trabajo y el dictador entendió que lo mejor era mandar a los protestones a reñir una guerra en el culo de Dios que les diese la ilusión de quitarse el hambre a base de comer patria.

El conflicto de las Malvinas empezó el 19 de marzo de 1982 cuando los argentinos desembarcaron en Georgia del Sur y se convirtió en una mezcla de guerra de Charlot y de concurso de meadas. El generalón Galtieri reconoció más tarde que nunca imaginó que Thatcher iba a dar pelea y la señora de las bragas de hierro aceptó en sus memorias que las Malvinas eran “una causa de guerra improbable en el siglo veinte”.  Oriana Fallaci le preguntó al generalón si el interés por aquellos yermos era el oro, el petróleo o la posición estratégica en caso de que se cerrase el Canal de Panamá y el generalón le dijo que la causa era el sentimiento argentino. También le dijo que en su dictadura se GENERAL GALTIERIhablaba más que en muchas democracias, lo que viniendo de un argentino no era decir nada. Margaret Thatcher envió el rompehielos HMS Endurance y anunció que le estaba sacando brillo al portaviones “Invencible”. El generalón Galtieri largó un discurso en la Plaza de Mayo, se llenó la boca de Malvinas y dijo: “Si quieren venir que vengan, les daremos batalla”. La barra del Boca sacó pancartas patrioteras y se olvidó de los parientes que recibieron descargas eléctricas en los huevos en la Quinta de Funes. El generalón Galtieri mandó a defender las islas de Georgia del Sur al comandante Alfredo Astiz, al que le decían el Ángel Rubio de la Muerte. Alfredo Astiz era un veterano de la Escuela de Mecánica de la Armada, el siniestro centro clandestino de detención, tortura y exterminio dirigido por el capitán Jorge Acosta el Tigre. Alfredo Astiz presumía hazañas notables como hacer desaparecer a dos monjas francesas vinculadas a las Madres de la Plaza de Mayo y tirar al mar a la adolescente sueca Dagmar Hagelin, que tenía tratos montoneros. A Alfredo Astiz, en cambio, no se le dio tan bien pelear a soldados con las dos manos sin atar. Resistió un par de bombardeos al frente de su grupo de comandos Los Lagartos y se rindió con ferocidad sin disparar un solo tiro. Margaret Thatcher mandó todo lo gordo al asador. Mandó treinta mil hombres, veinticinco naves de combate, cinco submarinos y veinte aviones. Mandó al príncipe Andrés vestidito con un casco de Top Gun y mandó a los feroces gurkas nepaleses. Los caseros de Leeds se quedaron encantados de perderles de vista porque cocinaban sobre el piso haciendo hogueras de campamento. Los gurkas desollaron vivos a los quintos de reemplazo argentinos con sus cuchillos kukris y se llevaron a casa sus orejas de trofeo. La mitad de las bombas argentinas no explotaron porque las dejaban caer desde una altura demasiado baja y no les daba tiempo de armarse en el aire. Los argentinos hundieron los buques ingleses Ardent, Antelope y el Atlantic Conveyor, que transportaba casi todos los helicópteros Chinook de la Armada Británica. Los ingleses hundieron el crucero General Belgrano, en el que murieron la mitad de las bajas argentinas de la guerra. El General Belgrano era una reliquia de Pearl Harbour que los americanos habían vendido a la armada argentina en 1951 a precio de saldo. Las únicas víctimas civiles fueron un puñado de isleños de origen británico de Port Stanley a los que habían recomendado permanecer en los sótanos de sus viviendas pero salieron en manifestación contra el estado de sitio impuesto por la autoridad militar argentina y les cayó encima el fuego amigo de la Armada Real. La guerra se zanjó en setenta días y la ganó Margot al enseñar la picha más larga. Sus compatriotas la vitorearon como si fuese el almirante Nelson. A los ingleses, después de una pinta de birra tibia y un juego de tacitas horteras con la cara de Lady Di, lo que más les gusta es una guerra en las colonias, aunque en ésta hubo muy poco Kipling. Tres días después de la rendición el generalón Galtieri renunció a su cargo y se dedicó a pelearse con su páncreas metiéndole una paliza sin objeciones a base de alcoholismo crónico. Cuatro años después Argentina eliminó a Inglaterra en los cuartos de final de la Copa del Mundo con un gol que metió Maradona con la mano. Jorge Valdano dijo: “Aquel triunfo atenuó el dolor por el tema de las Malvinas”.

MARTÍN OLMOS

El circo, el diablo y el merodeador de la noche

In Lunáticos on 8 de febrero de 2014 at 21:38

Richard Ramírez asesinó a catorce personas y entendió la conveniencia de hacerse seguidor de Satán

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Ramírez era la personificación del fantasma asesino que entra en un hogar cuando estamos durmiendo”
VICENTE GARRIDO

Al diablo le meten en chismes sin preguntarle y al final acaba recibiendo, qué culpa tendrá él, si ya tiene bastante con llevar la cuerna al aire y que le digan castrón. El diablo empezó poniéndole mucha vocación, queriéndose comer a Dios y a Cristo y haciendo triles con las bichas, lagarto, lagarto, pero le pasó lo que a los ciclistas impacientes que amanecen correosos, se escapan recién empezada la etapa y luego se desinflan en la primera cuneta. Con el tiempo, el diablo, que tuvo pero no ha sabido retener, se ha quedado el pobre en una especie de pariente tonto, que es una figura de mucho recurso para echarle la culpa cuando se rompe un plato. Al diablo ya no se lo cree ni el padre Karras y como mucho se ha puesto moderno y ahora está en el rollo de las bandas metálicas, en la onda de Black Sabbath y Alice Cooper, pero se ha quedado para excusa de los tarados que después de la masacre pintan con sangre de pollo  un pentagrama en la pared y dicen que la culpa ha sido de él. Un asesinato con la ronda de Satanás da para mucha novela y deja en prosa al criminal común que apiola por unos cuernos o por cuatro perras. El lunático ordinario se cree Napoleón pero el loco sanguinario enseguida se junta a Belcebú para que le den reclusión con pastillitas y sin negrazos en la ducha comunal y, si tiene suerte, empieza carrera en el circo y acaba diseñando camisetas. Y lo que viene después es espectáculo: una docena de adolescentes le escriben cartas a la trena y un menda que suele peinar perilla sale por la tele largando sobre la Iglesia de Satán de Anton LaVey y sobre Zugarramurdi. Pero a poco que se monde la peladura aparece el camino trillado de una iniquidad, no más, y el diablo Belcebú dice que le dejen en paz. Anton LaVey fue un charlatán que trabajó de prestidigitador y de pianista de un burdel antes de verle recorrido al demonio y decía que nació con una vértebra de más que le hacía de rabo que acabó desapareciendo durante la adolescencia.  En 1984 Ricky Kasso, un drogota chorizo de Northport, en Long Island, mató de cuarenta cuchilladas a su colega Gary Lauwers. Unas veinte mojadas se las dio en la cara y le sacó los dos ojos. A Ricky Kasso le gustaban los AC/DC, le llamaban el Rey del Ácido porque siempre iba de alucinógenos y una vez le detuvieron por mangar un cráneo de un cementerio. Ricky Kasso dijo que el diablo en forma de cuervo le ordenó el asesinato pero durante la investigación se descubrió que Gary Lauwers le había robado diez papelinas de fenciclidina y en la mayor parte de los pueblos con campanario dos más dos son cuatro.

Autopista al Infierno
A Richard Leyva Ramírez también le gustaban los AC/DC y, como a Ricky Kasso, le guardaban en los cuartelillos una biografía larga como un mes y era de esa clase de puercos que nacen para carne de cañón. Ramírez fue casi bisiesto y nació el 28 de febrero de 1960 en El Paso, Texas. A los dos años se le cayó un armario en la cabeza y le pusieron treinta grapas, a los cinco se quedó medio frito cuando se resbaló de un columpio, a los siete le diagnosticaron epilepsia y a los diez ya había pasado por un correccional por apandar en las tiendas. Su padre era un cholo de Juárez que se fue a la emigración y su modelo en la vida era su primo Miguel, un veterano de los Boinas Verdes que le enseñó a fumar marihuana y le contó como violaba chinas en el Vietnam. Miguel Ramírez  era un esquizofrénico con fatiga de combate que acabó matando a su mujer de un tiro en la cara con un revólver del 38 delante de Richard, que tenía trece años. El primo Miguel consiguió que le exonerasen por orate y se pasó cuatro años en un psiquiátrico y cuando salió continuó influyendo en la educación de Richard enseñándole instantáneas de Polaroid de guerrilleras del RICHARD RAMÍREZvietcong destripadas a bayonetazos. Con quince años Richard se fue a vivir con su hermana mayor Ruth, cuyo marido Roberto era un pervertido mirón que se llevaba al chaval a sus rondas autocomplacientes por las cunetas a media luz y le enseñó a sacarle provecho a un buen paisaje. Para entonces ya le daba al ácido lisérgico, tenía la costumbre de dormir en los cementerios, no aparecía por el instituto y se hacía cisco dándole a la manivela en extenuantes jornadas de amor propio en las que tomaba de referencia un imaginario de mujeres atadas y violadas. Encontró un empleo de botones en un Holiday Inn y le pusieron en la calle cuando le pescaron intentando abusar de una huésped. Cuando a los veinte años se instaló en Los Ángeles, Richard Ramírez era un perchero de piel y huesos que se alimentaba de chocolatinas, robaba coches y tenía los dientes podridos y una halitosis de hiena.

Richard Ramírez comenzó de chorizo marginal que derivó en un profesional del escalo para afanar sortijas y pagarse la coca y acabó sacando a la bestia sin que el diablo tuviese intermedio. En junio de 1984 mató por primera vez a una anciana a cuchilladas y en los meses sucesivos asesinó a otras trece personas a tiros, a palos y a puñaladas. A una chica le sacó los ojos con una cuchara, violó a varios menores y a Virginia Petersen, de veintisiete años, la pegó un tiro en el ojo izquierdo y la bala le atravesó el paladar, se llevó por delante la garganta y salió por la nuca dejándola viva, muda y desfigurada. Richard Ramírez empezó a pintar pentagramas en las paredes y a invocar a Satanás y le llamaron el Merodeador Nocturno. Escuchaba “Highway to Hell” de AC/DC en unos walkman chorados y no se le ocurrió borrar las huellas. Los pasmas empezaron a buscar a un hispano flaco con olor a acequia y le terminaron por identificar, llenaron la calle con pasquines con su jeta y el 30 de agosto de 1985 sus propios carnales mejicanos le reconocieron y le pegaron una paliza de muerte. En el juicio montó el circo, dijo que estaba más allá del bien y del mal, se grabó un pentagrama en la palma de la mano izquierda y le dio vivas a Satán como un padrino en un bautizo. Descubrió que gustaba a las mujeres y les ponía ojitos en las vistas y alguna de ellas se desataba dos botones para enseñarle el canal que le separaba los melones. Le acusaron de catorce asesinatos, nueve violaciones, tres de ellas a menores, dos secuestros, cuatro actos de sodomía y dos felaciones forzadas. Le condenaron a morir en la cámara de gas y cuando escuchó la sentencia dijo: “La muerte es mi territorio, nos veremos en Disneylandia”. Ramírez apeló constantemente retrasando la ejecución y se arregló los dientes, diseñó camisetas y llegó a tener una página web en la que correspondía a sus fanáticos, que generalmente eran mocosos con indigestión de “El Exorcista”. Los familiares de una víctima denunciaron a los AC/DC por inducción y Angus Young tuvo que decir que no eran miembros de ninguna sociedad satánica. La Autopista del Infierno era la carretera de Canning, en Perth, Australia, que llevaba a la tasca preferida del vocalista Bon Scott. Doreen Lioy, una editora independiente con una licenciatura en inglés y un coeficiente intelectual de 152 (lo que le hacía casi una superdotada) le escribió cien cartas a Ramírez y en 1989 se casaron en la Prisión de San Quintín. Lioy conservó la virginidad para concedérsela al hombre que la mereciese y es de suponer que aún anda sin estrenar porque la ley de California no permite revolcones a los condenados a muerte. Al diablo le volvieron a amargar la jubilación y le metieron en chismes como si no tuviera lo suyo. Como si no tuviera los cuernos y el rabito y las patas de chivo como para que le anden en líos de drogotas, de parias y de miserables que le quieren aprovechar para diseñar camisetas. A Ramírez no le salvó Belcebú de que le metieran gas y le libró la madre naturaleza, que se lo llevó el 7 de junio de 2013 a causa de una insuficiencia hepática.

MARTÍN OLMOS

Puñetazos como coces de percherón

In Las doce cuerdas on 1 de febrero de 2014 at 13:14

Luis Resto acabó con la carrera pugilística de Billy Collins Junior dándole una paliza con guantes sin relleno

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Billy Collins ha sido vapuleado durante diez asaltos a puño limpio”
HILARIO PEÑA.

Los blancos de mediana edad llevan a sus queridas al boxeo y se hacen los macarras. La mayoría de ellos no se han pegado a puñetazos desde el parvulario y, sin embargo, parece que lo saben todo. En realidad no son capaces de distinguir un crochet de un accidente de tráfico. El boxeo es el predio de los machos. Los blancos de mediana edad sacan su machismo intrínseco de paseo en las noches de velada y quieren impresionar a las queridas saludando a un tío con la nariz unidimensional llamándole campeón. Es como conocer a los gángsters. Es como ser Steve McQueen.

El antiguo Madison Square Garden levantaba una réplica de la Giralda de Sevilla. La diseñó el arquitecto Stanford White, al que le gustaba taparse el hocico con un bigote palermitano, beber champán francés y amancebarse con suripantas de coro. Stanford White fue amante de la actriz Evelyn Nesbit. A Evelyn Nesbit la pretendió John Barrymore, frecuentó los quirófanos abortistas y se casó con el millonario Harry Kendall Thaw, de los Thaw del carbón de Pittsburgh. En 1906 Harry Kendall Thaw le pegó tres tiros a Stanford White durante el estreno de “Mademoiselle Champagne” en el Madison y lo dejó para el cura. En el antiguo Madison Square Garden peleó Jess Willard y Jack Dempsey. Jess Willard medía el par de metros sin zapatos y decía que de joven había desbravado potros en Oklahoma, pero también corrió el rumor de que era  navarro de Tafalla y se llamaba Jesús Villar. Jess Willard tumbó a Jack Johnson, el negro de los dientes de oro. A Jess Willard le dio lo suyo Jack Dempsey en Toledo, Ohio, en 1919. Jack Dempsey, el Martilleador de Manassa, le tiró al suelo siete veces en el primer asalto, le rompió dos costillas, varios dientes y la nariz. Años más tarde Jack Dempsey reconoció que aquella noche aceró sus vendajes con yeso endurecido y por eso zumbó como una mula.

Un puñetazo es intuitivo y veloz. Un boxeador decente puede lanzar su puño a diez metros por segundo. Un puñetazo es energía cinética, que es la combinación de la masa con la que se impacta y la velocidad con la que se pega. El mejor puñetazo es a la contra porque suma las velocidades del pegador y del encajador. El mejor puñetazo es el que se zumba con los dos nudillos más cercanos al pulgar, alineados con el hombro. Los boxeadores no tienen manos de BILLY COLLINS JUNIORviolinista. Se provocan pequeñas roturas en los nudillos que cuando cicatrizan sacan microscópicos nódulos óseos que engordan el hueso haciendo que los puños ganen rigidez. Un puño rígido no se deforma al golpear y multiplica la energía cinética. En las peleas sucias se empuñan objetos cilíndricos para doblar la rigidez de la mano. Puede usarse un tubo de monedas, un mechero o una navaja cerrada. Los vendajes de yeso endurecido triplican la rigidez. Jack Dempsey pegó puñetazos como coces de un percherón en Toledo, Ohio. Los boxeadores no razonan los puñetazos y los lanzan por instinto. Los blancos de mediana edad que juegan a ser machos las noches de velada tienen que intelectualizar un puñetazo y lo convierten en un proceso leeeento. Los blancos de mediana edad se hacen un poquito los macarras cuando llevan a sus queridas al boxeo y se comportan como James Cagney. El nuevo Madison Square Garden era la Meca del Boxeo antes de que Don King se llevase las peleas a Las Vegas. En Las Vegas puedes llevar corbatas que no llevarías en ninguna otra parte. El 16 de junio de 1983 los blancos de mediana edad colgaron en la ofi los balances de contabilidad y se llevaron a sus chavalas al Madison haciéndose los chuletas. El combate principal medía a Roberto “Mano de Piedra” Durán contra Davey Moore por el campeonato del superwélter. La pelea de fondo era la de Billy Collins Junior contra Luis Resto en el peso de los 65 kilos.

Billy Collins Junior era medio irlandés e hijo de un boxeador profesional que una vez luchó contra el campeón Curtis Cokes. Era un producto de la clase obrera duro como el pedernal que había ganado sus primeras catorce peleas como profesional, once de ellas por K.O. Decían que podía aspirar al título contra Harold Brazier. Luis Resto era un puertorriqueño del Bronx que cuando tenía diez años se pasó seis meses en una clínica psiquiátrica por romperle la nariz de un codazo a su profesor de matemáticas. Intuyó que solo le iba a hacer falta llevar la cuenta hasta diez. Resto había ganado veinte de treinta peleas contra púgiles medio decentes, pero había perdido las importantes. No le conocía nadie fuera de Nueva York. El preparador de Resto era Panamá Lewis, un perro viejo de los gimnasios que había estado en las esquinas de “Mano de Piedra” Durán y de Aaron Pryor. Billy Collins era el favorito. Muhammad Alí se paseó por las filas del ring. Los blancos de mediana edad le saludaron. Alí les ensayó unos golpes de pega. Uno, dos. Ellos le llamaron campeón como si hubieran cenado con él la noche anterior y se pusieron en guardia metiendo tripa y crecieron un buen palmo de alto delante de sus chavalas. Las chavalas se preguntaron quién diablos era aquel negro. Así es la gloria de efímera, como la espuma de una cerveza que lleva un buen rato en el mostrador.

Billy Collins peleó con calzones verdes del color del trébol de Irlanda. Luis Resto los vistió azules con una franja blanca y adornó su nuca con una coletita estrecha como una lombriz. Pactaron la pelea a diez asaltos y Luis Resto soltó puñetazos como coces de un percherón. Collins pensó que dolían como el cemento. Panamá Lewis le gritaba a su chaval: “¡Mátalo ahora!” El árbitro Tany Pérez estaba en Babia. Billy Collins aguantó de media pieza pero no hincó y pensó que los guantes no tenían relleno. En el último asalto combatió con los dos ojos cerrados porque tenía los iris desgarrados. Los jueces dieron el veredicto de vencedor a Luis Resto por unanimidad y las apuestas se fueron por el sumidero. El padre de Billy Collins estrechó los guantes de Resto al final de la pelea y palpó sus nudillos mondos. Los guantes de Resto estaban desnudos de onzas. Resto se zafó del apretón. Hubo barullo en la lona. Panamá Lewis sacó a Resto del alboroto. Sacó al chico del follón. Collins parecía el Hombre Elefante. Luis Resto le besó. La Comisión de Boxeo de Nueva York incautó los guantes de Resto y comprobó que no tenían relleno. Resto le zurró a Collins puñetazos con los puños desnudos durante diez asaltos. Después reconoció que Panamá Lewis endureció sus vendajes con yeso seco y le administró un medicamento para asmáticos en el agua para proporcionarle más resuello durantes los últimos rounds. Un menda con los huesos de paja había apostado por él en tercera persona en connivencia con Panamá Lewis. Se anuló el combate y no recogieron la ganancia del tramposo. Panamá Lewis y Luis Resto pasaron tres años a la sombra y fueron expulsados del boxeo. Billy Collins perdió gran parte de la visión de sus dos ojos y tuvo que dejar de pelear. Se deprimió a la irlandesa y se echó al trago y seis meses después se mató en una cuneta cuando iba conduciendo trompa. Quince años más tarde Luis Resto le puso flores en la tumba. Después arrastró los pies por los gimnasios contando mentiras y pidiendo disculpas y acabó viviendo en el sótano de uno al lado de un balón de punch. Intentó volver a pelear pero la Comisión le negó la parte de la lona en la que se combate y le concedió la esquina de la escoria, en donde pudo sujetarles la banqueta a púgiles de cuarta. Un tajo para el que no tenía que saber contar hasta once.

Los blancos de mediana edad se fueron a sus casas a repasar los balances y dejaron de ser machotes. Se fueron a criar barriga y a recortar los parterres y dijeron que eran colegas de Muhammad Alí.

MARTÍN OLMOS

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