MARTÍN OLMOS MEDINA

El tango del generalón y la mujer de las bragas de hierro

In Hazañas bélicas on 15 de febrero de 2014 at 13:50

Las Malvinas fueron un ejemplo de cómo una guerrita en las afueras distrae el hambre de casa

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Al alba, y con viento duro de levante…”  
FEDERICO TRILLO

De pura percha de guapo que engalanaba, el generalón Leopoldo Galtieri parecía un bacán de milonga, pero le calculó mal la meada a Margaret Thatcher y no descubrió a tiempo que se quitaba las bragas a pedos. Las bragas de Margaret Thatcher eran de nudo gordo de esparto, raspudas y fajeras hasta el riñón, unas buenas bragazas follosas de calzón a las que había que gastarles redaño de buena mata para bajárselas a vientos. Los vientos de Margaret Thatcher olían a imperio, a lavanda inglesa y a la carga de la brigada ligera y los cadenciaba melodiosamente sonando la música de Rule Britannia, “Britannia rule the waaaaves!” El generalón Leopoldo Galtieri  soltaba cuesquitos fulleros de bandoneón que se quedaban en la mera salva y le apuró a Margaret Thatcher empezándola por tangos a cuenta de un terrón de focas y acabó bailando una milonga con la más fea. El generalón Galtieri era el dictador favorito de Ronald Reagan y le pegaba al frasco, que acabó matándole, pero en esencia era un matón orillero que cuando era comandante del II Cuerpo del Ejército voló a unos cuantos subversivos de la guerrilla montonera que ya estaban detenidos tirándoles un cartucho de dinamita en el coche. Margaret Thatcher se soplaba la buena botella de whisky Bell´s en una noche y seguía un régimen de inyecciones de vitamina B-12 y cuarenta huevos a la semana, que le provocaban halitosis y estreñimiento, con lo que sus pedos zullones, además de a imperio, olían a hienda de boñigo. De tanto huevo puro, Margaret Thatcher dejó morir a Bobby Sands de hambre en la prisión de Long Kesh y se quedó sorda durante las huelgas mineras. Margaret Thatcher hizo una democracia para propietarios y se empezó a peinar con una tonelada de laca recién la parieron en Lincolnshire y el generalón Leopoldo Galtieri llegó al poder de golpe, escondió las urnas y acabó con la disidencia desapareciéndola en el sótano de la Quinta de Funes, en el municipio de Rosario, donde no había vecinos para quejarse de los gritos, y tirándola desde una avioneta al Río de la Plata para que se la comiesen las pirañas. El generalón y la señora de las bragas rudas tenían en común el whisky, a Reagan y  la alergia por el comunismo y pudieron bailar un candombe a media luz pero tenían, ay, un poquito a medias las islas Malvinas y allá torcieron el compadreo. El generalón Galtieri pudo decir lo del tango de Celedonio Flores y Carlitos Gardel: “ya no sos mi Margarita, ahora te llaman Margot”. El tango también decía: “Se te embroca desde lejos, pelandruna abacanada”. Le dicen los lunfardos embrocar a percibir y a Margot Thatcher, como a la del tango, se le percibía desde lejos que era mejor no andarle en bromas porque gastaba cojones de señor a pesar de ser una dama. La Guerra de las Malvinas le vino bien al principio al generalón y a la larga a la señora y a los que les vino fatal fue a los que la diñaron en una tundra de focas porque les enredaron en una riña de patio de colegio.

El capitán Cook no demoró diez minutos en las Malvinas por considerarlas una tierra de espesas nieblas, tormentas de nieve y frío intenso y sin embargo se las acabaron disputando los franceses, los ingleses y los españoles. En las Malvinas medran las focas y apenas el musgo para que lo pasten las ovejas y durante un tiempo abundó el zorro guará, que fue cazado hasta su extinción por los pastores ingleses. Las islas quedaron prácticamente desiertas durante una década desde que los españoles las abandonaron en 1811 hasta que los argentinos las ocuparon en 1820 y pusieron de gobernador a Luis María Vernet, descendiente de hugonotes y comerciante de pieles. En 1833 la fragata inglesa HMS Clio, artillada con dieciocho cañones, recuperó la posesión en nombre del rey Guillermo y ciento cincuenta años después al generalón Leopoldo Galtieri se le engordó la deuda externa a 36.000 millones de dólares y se le sublevó la muchachada pidiéndole pan y trabajo y el dictador entendió que lo mejor era mandar a los protestones a reñir una guerra en el culo de Dios que les diese la ilusión de quitarse el hambre a base de comer patria.

El conflicto de las Malvinas empezó el 19 de marzo de 1982 cuando los argentinos desembarcaron en Georgia del Sur y se convirtió en una mezcla de guerra de Charlot y de concurso de meadas. El generalón Galtieri reconoció más tarde que nunca imaginó que Thatcher iba a dar pelea y la señora de las bragas de hierro aceptó en sus memorias que las Malvinas eran “una causa de guerra improbable en el siglo veinte”.  Oriana Fallaci le preguntó al generalón si el interés por aquellos yermos era el oro, el petróleo o la posición estratégica en caso de que se cerrase el Canal de Panamá y el generalón le dijo que la causa era el sentimiento argentino. También le dijo que en su dictadura se GENERAL GALTIERIhablaba más que en muchas democracias, lo que viniendo de un argentino no era decir nada. Margaret Thatcher envió el rompehielos HMS Endurance y anunció que le estaba sacando brillo al portaviones “Invencible”. El generalón Galtieri largó un discurso en la Plaza de Mayo, se llenó la boca de Malvinas y dijo: “Si quieren venir que vengan, les daremos batalla”. La barra del Boca sacó pancartas patrioteras y se olvidó de los parientes que recibieron descargas eléctricas en los huevos en la Quinta de Funes. El generalón Galtieri mandó a defender las islas de Georgia del Sur al comandante Alfredo Astiz, al que le decían el Ángel Rubio de la Muerte. Alfredo Astiz era un veterano de la Escuela de Mecánica de la Armada, el siniestro centro clandestino de detención, tortura y exterminio dirigido por el capitán Jorge Acosta el Tigre. Alfredo Astiz presumía hazañas notables como hacer desaparecer a dos monjas francesas vinculadas a las Madres de la Plaza de Mayo y tirar al mar a la adolescente sueca Dagmar Hagelin, que tenía tratos montoneros. A Alfredo Astiz, en cambio, no se le dio tan bien pelear a soldados con las dos manos sin atar. Resistió un par de bombardeos al frente de su grupo de comandos Los Lagartos y se rindió con ferocidad sin disparar un solo tiro. Margaret Thatcher mandó todo lo gordo al asador. Mandó treinta mil hombres, veinticinco naves de combate, cinco submarinos y veinte aviones. Mandó al príncipe Andrés vestidito con un casco de Top Gun y mandó a los feroces gurkas nepaleses. Los caseros de Leeds se quedaron encantados de perderles de vista porque cocinaban sobre el piso haciendo hogueras de campamento. Los gurkas desollaron vivos a los quintos de reemplazo argentinos con sus cuchillos kukris y se llevaron a casa sus orejas de trofeo. La mitad de las bombas argentinas no explotaron porque las dejaban caer desde una altura demasiado baja y no les daba tiempo de armarse en el aire. Los argentinos hundieron los buques ingleses Ardent, Antelope y el Atlantic Conveyor, que transportaba casi todos los helicópteros Chinook de la Armada Británica. Los ingleses hundieron el crucero General Belgrano, en el que murieron la mitad de las bajas argentinas de la guerra. El General Belgrano era una reliquia de Pearl Harbour que los americanos habían vendido a la armada argentina en 1951 a precio de saldo. Las únicas víctimas civiles fueron un puñado de isleños de origen británico de Port Stanley a los que habían recomendado permanecer en los sótanos de sus viviendas pero salieron en manifestación contra el estado de sitio impuesto por la autoridad militar argentina y les cayó encima el fuego amigo de la Armada Real. La guerra se zanjó en setenta días y la ganó Margot al enseñar la picha más larga. Sus compatriotas la vitorearon como si fuese el almirante Nelson. A los ingleses, después de una pinta de birra tibia y un juego de tacitas horteras con la cara de Lady Di, lo que más les gusta es una guerra en las colonias, aunque en ésta hubo muy poco Kipling. Tres días después de la rendición el generalón Galtieri renunció a su cargo y se dedicó a pelearse con su páncreas metiéndole una paliza sin objeciones a base de alcoholismo crónico. Cuatro años después Argentina eliminó a Inglaterra en los cuartos de final de la Copa del Mundo con un gol que metió Maradona con la mano. Jorge Valdano dijo: “Aquel triunfo atenuó el dolor por el tema de las Malvinas”.

MARTÍN OLMOS

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  1. cómo siempre, es un placer leerle!

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