MARTÍN OLMOS MEDINA

La guerra de los simios

In Bichos on 12 de abril de 2014 at 12:55

Cuando el mono se quita el circo y los platillos es mejor darle de comer aparte

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Los simios no son pacíficos. Pueden ser tan brutales y violentos como nosotros”
JANE GOODALL

El chimpancé es un primo nuestro que repitió curso y no se recuperó de Ibiza, y ahí anda en cueros y greñudo, pestilencial y tocándose las partes a todas horas para darle un capricho al cuerpo sin pensar que hay un mañana. Un niño no es más que un chimpancé pelón al que le va a acabar echando a perder la educación de los Maristas, que le dicen que se bañe y que se va a quedar ciego como siga investigándose. El adulto, en cambio, le huye a la idiosincrasia del mono cuando está en la edad de provecho y procura caminar lo más erguido que puede para que no le confundan, pero no se le acaban las ganas de disfrazar a los niños y a los chimpancés para hacer una gracia, ja, ja, qué risa: a los niños les viste de baturros o de legionarios con un fusil que dispara corchitos y a los chimpancés de botones de hotel, como Sacarino, y, a veces, les monta en un triciclo y les da un tambor pero ya no les pone a fumar porque se queja la Asociación del Orgullo Macaco (sin ánimo de lucro) y para qué quieres más. Un chimpancé fumador fue Charlie, que gorreaba pitillos a los paisanos que iban a verle al zoológico de Bloemfontein, en Sudáfrica, y se murió de viejo en 2010 con cincuenta y dos abriles y no de cáncer de pulmón. El hombre debería mirar al mono como si se mirase en un espejo de feria de esos que distorsionan y te enseñan bracilargo y cabezudo y darse cuenta de cómo estuvo a punto de ser y, sin embargo, le usa para arreglar los ratos muertos de las películas de chistes o de aventuras del África Negra. Un chimpancé que se llamaba Bonzo le salvó la carrera a Ronald Reagan (“Bedtime for Bonzo”, dirigida por Frederick de Cordova en 1951) y Clyde, un orangután pelirrojo, le robó dos pelis a Clint Eastwood repartiéndoles hostias a unos motoristas macarras (“Duro de pelar”, 1978, y “La gran pelea”, 1980). A Clyde le interpretaron varios híbridos de las especies de Sumatra y Borneo y el último de ellos no pudo recoger la renta de mono célebre y envejecer como una star porque su entrenador le mató a palos con el mango de un hacha porque no se aprendió una gracia. El más famoso de los micos comediantes fue la mona Chita de Tarzán, que en realidad era un chimpancé macho que se llamaba Jiggs y le construyeron una biografía a la medida en la que pintó cuadros con los pies, escribió sus memorias y murió con ochenta años batiendo el record de longevidad de los primates. Jiggs nació en Liberia en 1932 y llegó a Hollywood en avión, escondido en el abrigo de su cuidador, le dieron un premio en el Festival de Cine de Peñíscola y una estrella en el Paseo de la Fama, durante un tiempo fumó y bebió whisky sin moderación y la primatóloga Jane Goodall le cantó en su setenta y cinco cumpleaños. La verdad, sin embargo, es que Jiggs se murió de neumonía en la segunda película de Tarzán y a Chita la interpretaron en el resto de la saga quince chimpancés diferentes y un niño disfrazado.

La llamada de la selva
El mono da igual que se vista de seda y tiene el doble de la proporción de masa muscular en los brazos que un hombre, puede aprender doscientas palabras del lenguaje de los sordomudos y es capaz de recordar y de  manifestar tristeza, felicidad, miedo y desilusión. El mono es gracioso cuando se rasca la cabeza con los pies y porque es procaz y pajillero, como un tío solterón,  pero cuando se esquina es mejor prevenirle porque derrocha mala virgen. Al mono hay que enseñarle lo justo, como a los pendejos que salen torcidos y frecuentan los futbolines. El zoólogo Vitus Dröscher recogió la historia del chimpancé John, del zoológico de Chicago, al que le pusieron a ver películas violentas en una tele y aparentemente no las prestó mucha atención y siguió jugando sobre un columpio. Sin embargo, a la mañana siguiente se escondió cuando entró su cuidador, le pegó en la cresta con un palo y se escapó de la jaula. Y el chimpancé Santino, del zoo de Furuvik en Estocolmo, le cogió gusto a apedrear a los visitantes y aprendió a esconder la munición debajo del heno y a hacerse el sueco (¡qué bueno!) disimulando para coger por sorpresa a sus dianas, que solían salir de una pieza porque el mono era incapaz de acertarle a una huerta. Los machos langures indios, considerados la encarnación del dios Hánuman, matan a los hijos de las hembras de su harén que no han sido concebidos por ellos y las siembran de nuevo para asegurarse su propia estirpe, como si fueran reyes. Al mono le sale la selva de improviso, igual que a nosotros en las noches de machos: el chimpancé Travis, que había hecho anuncios de Coca Cola, era la mascota doméstica de Sandra Herold, una viejita de Nueva York, y era un mono burgués que cenaba con vino, se cepillaba los dientes después del almuerzo y navegaba por el internet. Travis sacó la jungla una tarde de febrero de 2009 y atacó a una visita dejándola a las puertas de la muerte a golpes y mordiscos y después acometió a un coche de la pasma rompiéndole el retrovisor hasta que le frieron a tiros. En abril de 2006, treinta chimpancés se fugaron del Santuario Tacugama de Sierra Leona como los bravos de Gerónimo de la Reserva de San Carlos y atacaron a tres turistas norteamericanos y a un taxista local, al que descuartizaron a mordiscos. A otro nativo le arrancaron una mano.

En el Parque Nacional de Gombe, en Tanzania, en enero de 1974, la doctora Jane Goodall observó la primera guerra de los chimpancés por expandir su territorio, que se desató con el asesinato del macho Godi. Dos años antes, siete machos jóvenes se separaron del clan del valle de Kasekela y formaron su propio grupo en la planicie de Kahama. El nuevo clan comenzó a atacar en escaramuzas a sus antiguos compañeros hasta que el siete de enero de 1974 una patrulla de ocho chimpancés del grupo escindido avanzó sigilosamente en fila india hasta que sorprendió a Godi, un macho joven del clan de Kasekela que se había apartado de la manada para comer en solitario. La partida de ataque la formaron seis machos jóvenes, un varón viejo y una hembra. Los jóvenes atacaron a Godi, se sentaron sobre su cabeza y le golpearon durante diez minutos. La hembra jaleaba. Le retorcieron una pierna. Lo remató el macho viejo aplastándole el cráneo con una piedra de dos kilos. Durante los tres años siguientes se libró la guerra por el territorio que acabó cuando el clan de Kahama asesinó al último macho del valle de Kasekela, al que le abrieron la cabeza y un enemigo formó un cuenco con las manos debajo de su barbilla y se bebió su sangre que le manaba desde la frente. Los chimpancés del grupo de Kahama llegaron a practicar el canibalismo y se comieron a las crías del clan enemigo. Los chimpancés del Parque de Gombe eran aprovisionados de comida por los cuidadores, con lo que la guerra no la desató el hambre sino la expansión territorial y el dominio de sus vecinos. Los monos nazis de Gombe invadieron Polonia. Caín puede que fuese un mono que quería tener más sitio y Abel otro que se llevó la peor parte. Caín puede que fuese un pajillero procaz que se rascaba la cabeza con los pies y le hacía mucha gracia a Dios hasta que sacó la mala leche. Malcom de Chazal escribió que los monos son superiores a los hombres porque cuando se miran en un espejo solo ven monos.

MARTÍN OLMOS

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