MARTÍN OLMOS MEDINA

El séptimo hijo de doña Benilda

In Vilezas on 17 de abril de 2014 at 23:58

Puede que siga vivo el infame Pedro Alonso López, que ostenta la marca mundial de asesinato de niñas

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“En estos tiempos, el diablo está tan cansado que prefiere dejar las cosas en manos de los hombres, más eficaces que él”
LEONARDO SCIASCIA

Mataron a Jorge Eliécer Gaitán en la Carrera Séptima de Bogotá y Colombia sucumbió a las balaceras. Mientras tanto, doña Benilda López, puta de profesión, paría abundantemente y sin necesidad. Más que parir, doña Benilda López, puta de profesión, demografiaba de vientre con soltura y vehementemente, sin practicantes y a las sentadillas y cagó trece meones a los que alimentó lo justo con el rendimiento del oficio. Doña Benilda López, puta de profesión, recibía detrás de una jarapa y los chiquillos escuchaban los lances y se imaginaban que aquello era amor. Poco a poco se fueron desengañando. A Jorge Eliécer Gaitán, candidato del Partido Liberal,  le mataron el 9 de abril de 1948 a la una de la tarde de tres tiros –dos en la espalda y uno en la nuca- a la salida de su oficina del Edificio Agustín Nieto, en la Carrera Séptima, cuando iba a coger la vía del Hotel Continental, en donde tenía reserva para almorzar. Le disparó Juan Roa Sierra, un tapujo medio raro que frecuentaba a los echadores de cartas y se creía la reencarnación de don Gonzalo Jiménez de Quesada, fundador de Bogotá. Roa Sierra consiguió un revólver Iver Johnson del calibre treinta y dos de los que les decían en Colombia “lechuceros” por el grabado de un búho que ostentaban en la parte superior de las cachas. Recién le mató, a Roa le trincó la turba y le arrastró por la calle atado con unas corbatas. En la Plaza de Bolívar le aplastaron la cara con un ladrillo, le pusieron en cueros, respetándole solo los calzoncillos y la corbata, y le mataron a palos. Dejaron su cadáver mutilado frente al Palacio Presidencial, al pie de un mástil en el que enarbolaron sus pantalones manchados de sangre. Seis meses después, doña Benilda López, puta de profesión, contribuyó a infamar este mundo pariendo a Pedro Alonso López, que fue el séptimo de la camada,  en la aldea de Santa Isabel, en el departamento de Tolima, en los Andes colombianos. El asesinato de Gaitán desembocó en el decenio que los colombianos llamaron La Violencia, para no buscarle una metáfora, en el que la guerra entre los partidarios de los liberales y los conservadores dejó medio millón de muertos y a la quinta parte de la población en la emigración. En el campesino, los comunistas se armaron para defenderse de las matanzas del presidente conservador Mariano Ospina, se agruparon en repúblicas independientes y ensayaron la crisálida de las FARC. Colombia dejó que sus hijos se matasen con desahogo. Doña Benilda López, como era puta de profesión, aprovechaba las quimas de cualquier mata y no anotaba los linajes, pero recordó que el padre de Pedro Alonso López fue Megdardo Reyes, al que mataron a balazos los liberales cinco meses antes de que naciera su hijo.

Pedro Alonso López medró sin padre y con la madre repartida entre los hermanos de la recua y los comensales que venían al menú y cuando tenía ocho años se llevó a su hermana pequeña detrás de la jarapa y le tocó el juego de tazas. Irguió el pendejo y quiso estrenar pero le sorprendió doña Benilda López y le sacó a palos de la barraca y le echó al mundo a que se procurase la suerte por su cuenta. El niño Pedro tuvo que hozar en las basuras y dormir al sereno como una alimaña y un viejo le apiadó, le acarició la cabeza y le prometió techo y comida, pero cuando le confió le apretó uno por la retaguardia y le rompió el cagón. Le tuvo de huésped a la fuerza en un chamizo costroso amándole por el  revés y cuando se cansó le devolvió a la vía, medio roto, de vuelta a hozar en las basuras y a dormir al sereno como una alimaña. Pedro Alonso López llegó a Bogotá con nueve años y se juntó con los gamines a fumar la escoria de la cocaína, que la dicen “basuko”, y a pelear a cuchillo por un portal. Una pareja de gringos le adoptó y le dio techo y un pupitre y durante tres años conoció el sosiego, pero una tarde en la escuela un profesor le intuyó cedido de fondo y le violó. Pedro Alonso López robó cuatro cuartos de la secretaría y por no alborotar volvió a la calle. Vivió del robo escuálido y aprendió a mangar coches hasta que a los dieciocho años le metieron en el trullo. En la cárcel demoró las noches mirando pornografía y tres presos le vieron casadero y le dieron sodomía en el retrete. Unos días más tarde los mató a cuchilladas y decidió ser más malo que una fiera.

El Monstruo de los Andes
Pedro Alonso López salió del penal en 1978 con la determinación de no volver a ser la piel del tambor y corrió los Andes dándose al instinto como un animal. En Perú asesinó a más de cien niñas después de violarlas en el territorio de los indios ayacuchos. Después las enterraba en la selva y esperaba que las fieras hicieran su parte. Los ayacuchos le capturaron cuando intentó llevarse a una de nueve años y le enterraron vivo hasta la cabeza, que se la untaron  de jalea para que las hormigas le comiesen los ojos. Una misionera gringa que aún creía en la redención convenció a los indios para que le soltasen y prometió entregarle a la ley, pero por el camino le liberó en la frontera de Colombia. La gringa era pelleja para el gusto de Pedro Alonso y por eso se salvó. Las mujeres hechas le desconcertaban porque se acordaba de doña Benilda López, puta de profesión. Las PEDRO ALONSO LOPEZblancas le prevenían porque andaban más vigiladas y prefería a las mestizas porque iban sueltas y los pasmas no las ponían atención. Pedro Alonso López asesinó a otras doscientas niñas en Ecuador y Colombia haciéndose pasar por buhonero y engañándolas con baratos. A veces volvía a hablar con las muertitas y les contaba sus cosas. En 1980, una riada en San Juan de Ambato, en la provincia de Tungurahua del Ecuador, dejó al aire a sus doncellas muertas y le trincaron cuando le andaba detrás a la niña Carvina  Poveda, una indita de nueve años que le salió desconfiada y pidió socorro. El capitán Córdoba Gudino se hizo pasar por cura y le sacó la confesión y encontraron sesenta cadáveres medio enterrados en los yermos que empezaban la selva. Pedro Alonso López pasó quince años de presidio en el Penal García Moreno grabando la cara del diablo en las cruces de las monedas con un punzón y evitando el solecito del patio para que no le partieran en dos. Cuando cumplió le detuvieron por indocumentado y le deportaron a Colombia, en donde le metieron en un sanatorio para darle inyecciones. Le dieron por sano en 1998 y le dejaron en libertad. La tele echó su excarcelación a la hora del  culebrón. La poli le sacó en furgón para que no le linchasen y se fue a visitar a su madre, doña Benilda López, puta de profesión, que ya no estaba para recibir detrás de la jarapa y tuvo que vender la cama para darle al hijo célebre dos cuartos y quitárselo de casa, en donde no hacía más que dar tertulia a las vecinas, ustedes verán. Los familiares de las víctimas reunieron un escote de 25.000 dólares y los prometieron por su cabeza. Pedro Alonso López cogió los cuartos de la vieja y desapareció. Tiene cara de peladito de cafetal y la napia doblada ligeramente hacia el oeste, seguramente de un puñetazo, el pelo de mata gruesa y los ojos pequeños. Es flaco y juncal y magrito de mal comer como un cholito de cumbia que anda corto a final de mes. Pertenece a la clase de rufianes que cuando se ven publicados se creen Moriarty y dijo: “Soy el Hombre del Siglo. Nadie podrá olvidarme”, y lo que pasa es que a nadie le importan las indias que van descalzas y se cuidó bien de no seguir rubias del turismo. Puede que lo hayan matado. Otros dicen que lo han visto caminando los Andes. Estará viejito, de seguir vivo. Carraco y yendo para setentón.

MARTÍN OLMOS

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