MARTÍN OLMOS MEDINA

El ejército de la señorita Pepis y el general Sangre y Pelotas

In Hazañas bélicas on 16 de mayo de 2014 at 22:08

Entre los brutales discursos de Patton y los paños calientes debe existir una forma intermedia de referirse al Ejército

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“No hay cincuenta maneras de combatir; solo hay una, vencer”
ANDRÉ MALRAUX

El fraile Juan Pérez de Pineda utilizó con precisión 16.000 palabras distintas en un solo libro y, sin embargo, escribió en sus “Diálogos familiares de la agricultura cristiana” (Salamanca, 1589): “Agora puedes decir lo que quieres, que no uso de circunferencia, antes hablo pan por pan y vino por vino, al uso de mi tierra”. Es difícil determinar cuándo empezamos por acá a hablar circunferencialmente, primero por no molestar y después para atar los perros con longaniza. Seguramente fue cuando principiaron los noventa y cayó el Telón de Acero, cuando empezó la era Clinton, que pretendió ser el nuevo Kennedy y se quedó en una felación para subir nota en el despacho del rector que no le hizo media sombra al lecho numeroso de JFK. Cuenta José María Iribarren que a los perros con longanizas los empezaron a atar las obreras del taller del choricero Constantino Rico, de Candelario, Salamanca, cuyos embutidos le gustaban tanto a Carlos IV que le encargó al maestro Ramón Bayeu, cuñado de Goya, un retrato del morcillero para colgarlo en la Sala de Embajadores de El Escorial. Hay que suponer, sin ser demasiado lince, que los perros del taller de Constantino Rico duraron más bien poco atados a la pata del tajo y se fueron a mear en los portales y a preñar de camadas a las podencas de la vecindad en vez de quedarse a vigilar la industria. Hablar en circunferencia tiene más de atar perros con longanizas que de amabilidad y no querer faltar y hasta tiene un poquito de paternalismo jesuítico que al final no trae más que disgustos. Construir un circunloquio para llamar a un cojo ya empieza por dar por supuesto el desmerecimiento del cojo, al que se le quiere proteger de la asunción natural de su pata corta y se le acaba haciendo creer que es Emil Zátopek. El cojo, y también el galgo, de lo que se tiene que proteger es de los imbéciles, que abundan y se apuntan a cualquier maña, confunden la ofensa con el adjetivo y le acaban diciendo al pan de otra forma para evitarle el monosílabo ramplón y ponerlo importante. Para que parezca otra cosa como si no fuera digno ser un pan.

Se puede disfrazar cualquier cosa, como a una mona con un vestido de seda, pero se le va a acabar viendo la goma de la careta como en la resaca de un carnaval. A la guerra la han intentado disfrazar de honorable con convenciones de Ginebra y poemas de Tennyson pero no han conseguido que sea otra cosa que la manera que tiene el hombre de invertir el curso de la naturaleza haciendo que los padres entierren a sus hijos. Una guerra es tan agradable como pisar una boñiga el día que vas a conocer a tus suegros y apareja un rabo de violaciones y hambrunas que le hacen los coros a las bajas por metralla de las granadas de fragmentación. En tiempos de paz los soldados visten los parques paseando las pecheras puntuadas de botones dorados y empujan los carritos de las criaditas para dar argumentos a las zarzuelas (a veces se dejan bigotes de puntas prusianas). En las trincheras se deja la moda en el perchero y se visten los quintos de hiedra para que les confundan con el paisaje y no los tumben a balazos. El ejército francés tuvo que prescindir al comienzo de la Primera Guerra Mundial del quepis rojo y azul y de los pantalones encarnados de su uniforme y los cambió por un paño gris para no divulgarse delante de los francotiradores. El ejército más que chulo tiene que ser fiero, por si hay que reñir, como el garrote con nudos que enseñan los tasqueros encima de la coñá para prevenir al gorrón, que hay que pensar que no están locos por irse a estacazos pero por si acaso. Pintarlo de lo contrario es atarle con longanizas y timarle al presupuesto. Ojalá se queden los soldados para vestir los parques y para dar argumentos a las zarzuelas, pero si un día hay que ponerlos a lo suyo mejor que los comande alguien al que no le dé vergüenza y piense que la Legión está para rescatar gatitos de un parterre y adornar las Semanas Santas.

El ejército de Rousseau
Cuando José Bono era ministro de Defensa dijo en el Centro Woodrow Wilson de Washington que prefería que le matasen a matar como convicción moral personal. Su inclinación al martirio no era la actitud más apropiada para un tío que gestiona tres ejércitos y es posible que dos chusqueros o tres pensaran que también quería que les matasen a ellos, lo que es más bien un argumento descorazonador para la tropa. Cuenta Joaquín Leguina que la elección de Carmen Chacón como ministra de Defensa se decidió en una reunión de tíos molones para ver quién la decía más gorda. José Blanco anunció que Zapatero quería a una mujer para dar “un pelotazo mediático” en un ejercicio de carpintería política más bien poco funcional y Miguel Barroso propuso nombrar a su mujer, que además era catalana y estaba embarazada. Carmen Chacón acabó ordenando firmes a la infantería, queriendo quitarles el chapiri a los legionarios y diciendo que el Ejército Español era pacifista, como si le diese vergüenza mandar un estamento en el que se presentan armas, ar. Carmen Chacón terminó queriéndole circunferenciar el vocabulario al mando de la base Miguel de Cervantes de Marjayún, en El Líbano, recomendándole que no usase la palabra “combate” porque el ejército estaba movilizado en una misión de paz. Los anuncios de alistamiento parecieron ofertas de empleo para chavales con dominio del “office” que bailaban entre las buenas intenciones y el cinismo. El ejército de las chacones y los bonos pretendió pasar por algo entre Rousseau y la señorita Pepis -que fue la marca de botiquines de mentira de la juguetería Graines S.A. con la que jugaban a ser mayores las niñas de los setenta que querían ser polifacéticas- en vez de ser el perrazo del granjero que tiene que vigilar la huerta y, por lo menos, ladrar amenazadoramente.

Los discursos a la manera de la tierra de Juan Pérez de Pineda, que era Madrigal de las Altas Torres, la misma que la de Isabel la Católica, no llevan a engaño de lo que uno se va a encontrar y si son de leva ya lleva el quinto aprendido lo que le va a tocar y se deja la esponja en casa. Al general George S. Patton le llamaba la tropa el Viejo Sangre y Pelotas (Old Blood and Guts) y se conducía con la delicadeza de un pedo después de la comunión en la misa de doce. A Patton le gustaba una guerra como a un tonto pulsar los porteros automáticos y tuvo un perro que se llamaba “Tanque” y otro que se llamaba “Willie” en honor a Guillermo el Conquistador, y a ninguno de los dos los amarró con longaniza. En 1944 le dieron el mando del Tercer Ejército con la misión de tomar Bretaña y proteger el flanco aliado. El Tercer Ejército estaba formado por el VIII Cuerpo al mando de Troy Middleton, el XII de Gilbert Cook, el XV a las órdenes de Wade Haislip y el XX de Walton Walker, todos nutridos GEORGE S. PATTONfundamentalmente de reclutas que habían sido entrenados durante dos años por el general Walter Krueger pero que carecían de experiencia en combate. El 5 de junio de 1944 el Viejo Sangre y Pelotas les largó un discurso de pan por pan, a la manera del Madrigal,  que le salió entre  la épica y las instrucciones de uso. Patton les dijo, descriptivo: “No solo vamos a dispararles a los hijos de puta, vamos a destriparlos y a utilizar sus tripas para engrasar las cadenas de nuestros tanques”. Patton les dijo, adjetival: “Vamos a matar a esos hunos piojosos y engreídos”. Patton les dijo, aconsejador: “Rajadles la barriga, disparadles en las tripas”. Patton les dijo, aritmético: “Cuantos más alemanes matemos, menos de los nuestros morirán”. Y Patton les dijo, soñador: “Y cuando dentro de veinte años vuestro nieto os pregunte qué hicisteis en la gran Segunda Guerra Mundial, no tengáis que toser y decir: tu abuelito paleaba mierda en Louisiana. No señor. Podréis mirarle a los ojos y decirle: tu abuelo avanzó con el gran Tercer Ejército y un maldito hijo de puta llamado Georgie Patton”.

MARTÍN OLMOS

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