MARTÍN OLMOS MEDINA

Un hombre tocando la gaita en una playa de Normandía

In Hazañas bélicas on 1 de junio de 2014 at 18:21

Bill Millin, gaitero personal de Lord Lovat, vigésimo cuarto jefe del clan Fraser, desembarcó en Sword Beach en el Día D tocando “The road to the isles”

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Con el agua hasta la cintura, Millin se llevó el soplete a los labios, y mientras chapoteaba en el oleaje se oyó el plañidero sonido de la gaita”  
CORNELIUS RYAN

Después de perder la batalla de Bannockburn contra los escoceses de Robert Bruce (1314), los ingleses de la Pérfida Albión tomaron la costumbre de salir a reñir detrás de un regimiento de gaiteros de las Highlands para que les quedasen guerras vistosas con lores, casacas rojas y vigorosos poemas de Kipling. “Cuando te hieran y te abandonen en las llanuras de Afganistán,/ y las mujeres vengan a cortar en pedazos lo que queda de ti,/ solo toma el fusil y vuélate los sesos/ para ir donde tu dios como un soldado,/ ir, ir, ir como un soldado/ como un soldado de la Reina” (El joven soldado británico). La gaita bélica es una excentricidad tan inglesa como llevar sombreros raros al hipódromo,  porque no se toca como el tambor, para marcar el paso, ni como la trompeta, para emitir órdenes, y además los gaiteros se presentan a reñir sueltos de huevada debajo de sus faldas de cuadros y vestidos de montañeros aunque combatan en el valle. Cuando en 1809 el legendario Regimiento nº 71 de Highlanders fue incorporado como primer batallón de la Infantería Ligera del ejército británico, el general William Wynyard autorizó a la tropa a conservar sus gaitas, “así como la indumentaria de las Tierras Altas para los gaiteros y, por supuesto, les será permitido usar capas”. En 1840 la reina Victoria influyó en la decisión del Ministerio de la Guerra de que cada batallón escocés tuviera un gaitero mayor y cinco gaiteros más, que podían ampliarse fuera del presupuesto sostenidos por el fondo del comedor de oficiales.  En los tiempos de la artillería, en cambio, un hombre abriendo el frente de batalla sujetando debajo del sobaco una tripa de piel de oveja sobre la que crecen  tres roncones de hueso, que además hacía ruido para delatar su posición, enseñaba las rodillas y generalmente era pelirrojo, por lo menos ofrecía un blanco vistoso y le acababan acertando, si no era a la primera, seguro que a la segunda. Durante la Primera Guerra Mundial cayeron tantos gaiteros bajo el fuego enemigo que el alto mando inglés abandonó en 1915 la costumbre de conducirse detrás de ellos. Sin embargo, durante la batalla de Somme, un año después, James Richardson, un escocés de veinte años enrolado en un batallón de infantería de la 16ª Fuerza Expedicionaria del ejército canadiense guió el asalto a un foso erizado de alambre de espino tocando la gaita. El batallón ocupó la posición y Richardson perdió la gaita, pidió permiso a su sargento mayor para recuperarla y fue abatido por el enemigo para que le condecoraran póstumamente con la Cruz de la Victoria.

En la Segunda Guerra Mundial hubo gaiteros con Montgomery en El Alemein y en el desembarco de Dieppe. El Loco Jack Churchill, que combatía al alemán con un arco de madera de tejo español y una espada escocesa “claymore” de doble filo, dos kilos de peso y metro y medio de longitud, tocó con su gaita “La marcha de los hombres de Cameron” antes de asaltar la fortaleza de la isla de Maaloy, en Noruega, y fue hecho prisionero en Yugoslavia cuando le tiraron una granada mientras tocaba “No volverás otra vez”. Jack Churchill nació en Surrey en 1906, sirvió en Birmania en la Primera Guerra Mundial, salió haciendo de arquero en la película “El ladrón de Bagdad” con Douglas Fairbanks y representó a Inglaterra en el Campeonato Mundial de Tiro con Arco en Oslo, en 1939. Inmediatamente después de la invasión de Polonia se alistó en el regimiento Manchester de la Armada Británica y en mayo de 1940 fue el único combatiente de la Segunda Guerra Mundial que abatió a un enemigo de un flechazo. Fue en L´Epinette, en Francia, y le atravesó a un sargento alemán el cuello con una flecha disparada a treinta metros. A Churchill le dijeron el Loco y el Peleón, participó en la evacuación de Dunkerque y en operaciones de comando en Noruega, se escapó dos veces del campo de concentración de Sachsenhausen, ganó dos cruces militares, capturó a ciento treinta prisioneros en Piegoletti armado solo con su espada “claymore” y le pareció que la guerra acabó demasiado pronto. Se lo estaba pasando en grande y dijo: “Si esos malditos yanquis no se hubieran metido en la guerra, podríamos haberla alargado unos diez años más”. Después sirvió en Palestina en una unidad de paracaidistas de la Seaforth Highlanders y participó en la evacuación de ochocientos judíos después de la masacre de Hadassah. Se licenció del ejército en 1959 con el grado de teniente coronel, se hizo surfista y sus vecinos de Surrey le denunciaron por tocar la gaita a las tres de la mañana la víspera de una jornada de labor.

El gaitero Bill Millin
Es tradición del british tomarse la guerra como sport en vez de vivirla en tragedia y los que se van a reñir como quien se va a cazar al zorro tienden al anacronismo y a la laxitud en la uniformidad y se marchan de campaña en mocasines y pantalones de golf como quien va a volver a cenar a casa. Es incómodo, pero adorna las biografías. Simon Fraser, decimoséptimo lord Lovat y vigésimo cuarto jefe del clan Fraser, empezó la Segunda Guerra Mundial de capitán de un regimiento de su propiedad, los Lovat Scouts, creado por su padre a principios de siglo para combatir al boer y formado por paisanos de las Scottish Lowlands acostumbrados a la caza. Después se incorporó a una unidad de comandos y desembarcó en las playas de Normandía como general de brigada al mando de 2.000 efectivos llevando consigo a su gaitero personal Billy Millin, de los Cameron Highlanders, y despreciando el casco reglamentario y el fusil de campaña por una boina escocesa y un rifle Winchester 45-70 de caza mayor. El gaitero Billy Mullin, escocés nacido en Canadá e hijo de un poli,  encaró Sword Beach, entre Ouistreham y Saint-Aubin-sur-Mer,  en la proa del buque de desembarco que transportaba a la 1ª Brigada de Servicio Especial tocando “The road to the isles”. Las tripulaciones de los destructores que les acompañaban se contagiaron y emprendieron por los altavoces ESTATUA DE BILLY MILLIN“A-hunting we will go” y “La Marsellesa”. Billy Mullin desembarcó vestido con su falda “kilt” y armado únicamente con su cuchillo de caza escocés sgian dubh de mango de roble negro metido en el calcetín y, mientras avanzaba esforzadamente a través de las olas rompiendo, tocó con su gaita “Highland Laddie”, la canción tradicional de la Guardia Escocesa. Cuando ganó la playa, Lord Lovat le ordenó que la recorriese de arriba abajo tocando “The road of the isles” para acompañar el desembarco del resto de las unidades. Millin le recordó que era contrario a las ordenanzas tocar la gaita en combate y Lovat le respondió que podía ignorar las leyes inglesas por ser escocés. Billy Millin y su gaita desfilaron varias veces a través de los ocho kilómetros de Sword Beach y los francotiradores alemanes no le dispararon porque le tomaron por un loco. Anthony Beevor reconoce que elevó la moral de la tropa, si bien desquició a un par o tres de soldados heridos que esperaban a un médico en lugar de a un gaitero. Billy Millin siguió a Lord Lovat en su avance hacia los puentes de Bénouville tocando “Blue bonnets over the border” mientras su jefe ordenaba recuperar los cuerpos de los nazis que abatía con su Winchester 45-70 como si fueran trofeos de caza. Un tercio de la brigada de Lord Lovat cayó en combate y él mismo fue herido de gravedad quince días después del desembarco quedando inútil para el servicio. Después de la guerra, el gaitero Billy Millin trabajó en las fincas de su señor y después se ganó la vida de enfermero en un psiquiátrico. Una de sus gaitas se exhibe en el Museo Conmemorativo del Puente Pegasus en Ranville, Francia, y en el año 2013 más de quinientos gaiteros tocaron en la inauguración de una estatua en su honor esculpida por Gaetan Ader que se levantó en Coleville, al lado de Sword Beach. Billy Millin no la llegó a ver porque murió diez años antes de un derrame cerebral en el hospital de Torbay a los 88 años.

MARTÍN OLMOS

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