MARTÍN OLMOS MEDINA

La honorable esgrima del sable

In El cañí, Timadores y burlangas on 6 de junio de 2014 at 10:49

El gorroneo es profesión vinculada a las letras que permite tomar el vermú de mogollón

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“…y les parece que debemos andar como solicitadores o hechos estudiantes capigorristas, enlutados y con gualdrapas”  
MATEO ALEMÁN

Al sablista hay que tener la precaución de saludarle desde lejos, como a la mujer bigotuda, y prevenirle el discurso de cercanía como si tuviera halitosis, porque en cinco minutos te enreda y te toca la petaca. El sablazo es cañí como un par de castañuelas y es industria de estudiantes y de periodistas que no hay que confundir con la comisión, que es manejo de sujetos menos imaginativos y de más elevación social que han derivado en la trapaza por enchufe y sin vocación. El comisionista vil prospera sin mérito porque ceba la bolsa sin sudarla y le llueve del cielo el matute que va aparejado al cargo, al que ha trepado doblando la bisagra delante de la gerencia y poniéndose a los pies de su señora. El sablista, en cambio, está obligado a procurarse la ganancia inventándose un hilo argumental, con lo que por lo menos es narrativo, y es neoclásico porque procede de la tradición picaresca del Siglo de Oro. Los antiguos estudiantes de Salamanca vestían de capa negra y gorro del mismo color, que embozaba más la mierda,  y como siempre andaban a la cuarta pregunta comían de mogollón colándose en los bautizos y Quevedo les escribió de “susto de los banquetes y cáncer de las ollas”. Les llamaban capigorristas o capigorrones y lo fueron Tácito y Andronio en la comedia “El laberinto de amor” de Cervantes. El presbítero José María Sharbi y Osuna sostenía que la cuarta pregunta a la que estaban los carpantas, que la decían también la última, era la que terminaba la serie de inquisiciones que les hacían los estudiantes a sus nuevos camaradas para descubrir si tenían salud, talento, amores y posibles. Como eran bachilleres las decían en latín: “¿Salutem habemus? ¿ingenium habemus? ¿amores habemus? ¿pecunian habemus?”. Los novicios asentían las tres primeras pero enseñaban la bolsa pelona para negar la cuarta y arrimarse a la cofradía de los gorreros y aprenderse los pesebres del puntapié donde almorzar al trote.

La diferencia entre el sablista y el gorrón es que el primero acecha rapaz, industria por barrios triangulándolos como predios de caza observando la precaución de agostarlos por temporadas para no yermarlos y después pergeña y procede con determinación porque es, en el fondo, un hombre de acción, mientras que el segundo es pasivo y oportunista, parasitario, y su mérito procede del estoicismo y de la paciencia para esperar que el rumboso pague la ronda de gambas inmutable como una esfinge, como el que otorga callando. Al gorrón le dicen también guagüero y sopista, y le dicen rozavillón y tifus, y tiene el estómago elástico, como el de los calés. Un sablista legendario fue el poeta Pedro Luis de Gálvez, anarquista y escritor de sonetos, que llegó a pasear por los cafés a un hijo que le nació muerto metido dentro de una caja de zapatos para arrimarse los duros del supuesto entierro y escribió el tratado “El sable. Arte y modos de sablear”, en el que incluyó un listado de primaveras entre los que anotó al torero Nicanor Villalta, a Carlos Arniches y a don Jacinto Benavente, que, a lo que parece, eran rotos de petaca. A veces alquilaba la lista a otros sablistas por diez pesetas y una comisión sobre el resultante. Pedro Luis de Gálvez llegó a hacerse pasar por muerto para sacarle diez duros al cura que fue a darle la extremaunción y una vez empeñó a su gato en el Monte de Piedad y en 1940 le fusilaron los vencedores de la guerra en la cárcel de Porlier acusándole de haber asesinado a doce monjas.

Fondas del sopapo y cafés de poetas
El gorrón desprecia a la hormiga de Samaniego y es fumador de petaca ajena (a veces pone la lumbre) y en la primera mitad del siglo del cambalache frecuentó las pensiones y los cafés, y como siempre andaba sin una gorda no podía aliviarse en el putañal y se tumbaba lo que podía. El guionista Rafael Azcona contaba que se alojó una temporada en una pensión de la calle del Carmen colonizada por opositores a Correos cuyo dueño era un marica que se llamaba Paquito y en la que trabajaban una cocinera calva y una criada enana que siempre andaba en hospitales curándose los desgarros de vagina que le producían los estudiantes cuando se ponían belicosos por la contemplación de unas modistas que vivían en el piso de abajo. Azcona mantenía que los cafés se llenaban porque en las casas no había calefacción central y él frecuentó el Varela, en cuyos servicios se afeitaban los habituales porque había agua caliente y un otorrino pasaba consulta en una mesa. En el Varela se celebraban veladas poéticas y cuando uno participaba en ellas conseguía el derecho de sentarse en una mesa sin consumir y hasta le daban una jarra de agua. La pluma y el sable son parientes y antes de que en el periodismo se pusiesen de moda las tertulias y las columnas con foto, el de gacetillero era un oficio en el que había que ir saltando la mata y previniéndose de la autoridad municipal. Alejandro Sawa, que inspiró a Valle su Max Estrella, tenía por costumbre sacarle a Alfredo Vicenti, director de El Liberal, cinco duros de adelanto por artículos que no había escrito (ni pensaba hacerlo) y Felipe Navarro, Yale, pensó que se podía escribir sin comer pero se equivocó y alternó el oficio con el estraperlo de tabaco y la venta de condones. A Yale le echaron de la pensión y dormía sobre un colchón entre dos coches en un garaje, una vez robó un reloj en una piscina y lo mercó por quince duros que se gastó en comer una paella de doce pesetas con guarnición de moscas y le pretextaba entrevistas a la actriz Ana Mariscal para que le invitara a pastas en el Hotel Gran Vía. Frecuentaba la Bodega Bohemia en la que recitaba en un tablao el romance “El hijo de la Volantes” para que le convidasen a un café con leche y a una ensaimada y en una ocasión iba tan tieso que no tenía ni las tres pesetas que costaba un menú de caldo, tripas de gallina y una mandarina que daban en un restaurante de la calle Wifredo y aún así cenó, se levantó y najó sin abonar andando despacito porque era poliomelítico, pero se arrugó recién salió y se metió en un portal, y como el sereno no le vio, cerró con llave y tuvo que rendir la noche en la escalera hasta que le sacaron a las siete de la mañana del día siguiente. Hoy el periodista es un intelectual que a veces llega a fin de mes y se puede enseñar la cartera en el bolsillo culero del pantalón cuando se entra en una redacción y con suerte salir con ella (hay casos documentados).

Un sablista del profesional fue el dibujante Manolo Vázquez, el creador del agente secreto Anacleto, las hermanas Gilda y la familia Cebolleta. Vázquez era putero y anarquista, decía que su abuelo había sido el sastre de la Familia Real y tuvo once hijos con siete mujeres distintas. Era moroso por devoción y mató a su padre dos veces para conseguir adelantos para el entierro y EL TÍO VÁZQUEZquiere la leyenda que fuese el inquilino de la buhardilla de la 13 rue del Percebe, de Ibáñez, que hacía que su mujer sacase un loro al alfeizar de la ventana para avisarle de que había acreedores en la puerta. Vázquez trabajó en régimen de galeote para la editorial Bruguera en unos tiempos en los que los dibujantes de tebeos  no conservaban los derechos de sus personajes y ganaban dos gordas (Josep Coll dejó el lápiz porque le rentaba más ser albañil de obra y se suicidó en la bañera con un secador de pelo) y estuvo tres veces en el trullo, dos por deudas y una por bigamia. Fue un sablista artístico que descubrió que el truhán cae simpático y acabó dibujándose a sí mismo huyendo de los sastres en la serie “Los cuentos del tío Vázquez”. Sostenía don Camilo José Cela que hay tres cosas que un hombre no debe negar: un sopapo a un impertinente, un revolcón a una señora que lo demande y un pitillo a un mendicante.

MARTÍN OLMOS

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  1. Martin como siempre tu literatura es genial

  2. siempre tu forma de escribir es una maravilla

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