MARTÍN OLMOS MEDINA

Las aventuras extraordinarias de Alexander Selkirk

In Con buena letra on 11 de junio de 2014 at 13:29

…que inspiraron a Defoe el personaje de Robinson Crusoe

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Lo que Robinson añora, lo que le falta, lo que ya nunca llegará es…otro naufragio”
 FERNANDO SAVATER

Alexander Selcraig nació en 1676 en Lower Largo, al norte del estuario del río Forth, en Escocia, y cuando tuvo edad de entendimiento aprendió a blasfemar y pronunció juramentos renegados dentro de la iglesia y fue reprendido por los ancianos. Fue el séptimo hijo de la camada extensa de varones de Euphan Mackie y su marido John, zapatero de profesión, presbiteriano y hombre temeroso de Dios. Alexander Selcraig sorteó el pupitre para vagar el muelle y se juntó con los bribones y antes de los veinte años robó el sagrado en una iglesia presbiteriana y para huirle a la consecuencia se hizo a la mar a bordo de un barco holandés de la Compañía de Escocia con rumbo a las Indias Occidentales. Regresó al de seis años con una magra fortuna consistente en una pistola de segunda mano y el cabo de una vela. Durante los dos años que pasó en tierra no empeñó un solo día en el rendimiento de un trabajo honrado, contó historias de la mar cuando le inspiraba la jarra y estuvo a punto de matar a su hermano Andrew, que era mongólico, pegándole en la cabeza con un bastón, por lo que riñó con su padre y decidió abandonar Lower Largo y ganar al puerto de Londres para embarcarse en una de las expediciones del capitán William Dampier en busca del oro abundante de los  galeones españoles. Nadie en Lower Largo, al norte del estuario del río Forth, demoró un gramo de cordialidad cuando vieron la espalda de Alexander Selcraig y, sin embargo, ciento ochenta años después le perpetuaron en una estatua que colocaron en una hornacina de la finca que se levantó sobre lo que un día fue su casa. La estatua es de piedra gris y la verdeó el aire de la mar y la sufragó mister David Gillies, fabricante de redes.

El capitán William Dampier besó una vez la mano del rey Guillermo y era un notable botánico y, sin embargo, era un bucanero y un granuja que había sido sometido a un consejo de guerra por azotar a un grumete de catorce años al que dejó los huesos a la inclemencia a puros trallazos. En 1702 consiguió financiación particular para navegar en corso prometiendo a sus valedores el oro español de Perú y en septiembre del año siguiente partió del puerto de Kinsale, en Irlanda, en una expedición formada por los galeones St George, de 26 cañones y una tripulación de ciento veinte hombres, y el Cinque Ports, de dieciséis cañones y tripulación de sesenta y tres.  A bordo del segundo sentó plaza de piloto Alexander Selcraig, que disimuló su apellido por el de Selkirk para no adornarlo con el oprobio de la piratería. Un año después había reñido con Dampier y le había dudado la navegación a su inmediato superior, el teniente Thomas Stradling, y comandó un motín de cuarenta hombres que fue sofocado con la promesa del oro. En septiembre de 1704 el Cinque Ports, después de combatir al viento cruzando el cabo de Hornos,  arribó en el islote Más a Tierra, en el archipiélago de Juan Fernández, a 670 kilómetros de Valparaíso, para reparar la arboladura y proveerse de agua potable y Alexander Selkirk cuestionó la seguridad del barco y exigió quedarse en tierra pensando que le iban a seguir cincuenta partidarios que a la última rajaron y prefirieron quedarse a bordo. Selkirk fue arriado en un lanchón y abandonado a su suerte en el islote con unas mantas, una tetera, una pipa y unas pocas libras de tabaco, un hacha, un cuchillo, un trozo de pedernal de yesca, un fusil de chispa, munición y una bolsa de pólvora y una Biblia. Vestía una camisa de lino, zahones de marinero, unas medias largas de lana y un par de zapatos de hebilla. Recién desembarcó en la playa se arrepintió y clamó porque le regresaran pero el teniente Thomas Stradling se burló de él desde el puente y ordenó izar el ancla. El Cinque Ports, sin embargo, encalló unos meses después en la costa de Colombia cuando iba rumbo a Panamá y su tripulación fue capturada por el español. Al teniente Thomas Stradling le dieron presidio en Lima.

Soledad
Alexander Selkirk pasó en soledad cuatro años y cuatro meses en la isla Más a Tierra. Durante las primeras semanas hirvió mariscos y comió tortugas, hizo fuego con ramas de pimentero y no se alejó de la playa y sucumbió a la enfermedad de la melancolía que le condujo a acariciar la idea de quitarse la vida. Con el tiempo, en cambio, exploró el interior y leyó la Biblia y aprendió a cazar a los feroces leones marinos, cuya carne encontró tan sabrosa como el cordero inglés y su grasa óptima para usarla como mantequilla, reunió un rebaño de cabras silvestres y a algunas las amputó una pata para guardarlas para el porvenir (a otras les hizo una marca en la oreja y treinta años después las encontró el comodoro George Anson cuando recaló en Más a Tierra durante un crucero alrededor del mundo), se construyó un refugio y combatió una plaga de ratas amaestrando gatos salvajes. Descubrió que la isla daba calabazas, berros y nabos y una especie de pimienta que se llamaba malagita que resultaba excelente para ventear las digestiones. Por las noches cantaba salmos a voz en grito y bailaba con sus gatos melodías que tenía en su cabeza y solo Dios sabe por qué no enloqueció.

En enero de 1709, los buques Duke y Duchess, al mando del capitán Woodes Rogers, le encontraron vestido con pieles de cabra cosidas con trozos de tripa y desnudo de pies cuyas plantas eran tan duras como el cuero. Selkirk contó su peripecia a duras ESTATUA DE SELKIRK EN LOWER LARGOpenas porque había perdido vocabulario por no pronunciarlo y se apostó con el capitán a que podía correr más velozmente que su perro bullgdog detrás de una cabra. Selkirk se embarcó en el Duke y eludió el ron pero no volvió a ver Inglaterra hasta octubre de 1711 y mientras tanto participó en corso en el saqueo  de Guayaquil, en Perú, obteniendo 800 libras de botín y fue ascendido a piloto de una nave capturada a la que pusieron de nombre  Batchelor. En Londres, Alexander Selkirk, el Gobernador de Juan Fernández, se hizo notable al difundirse su historia en las bitácoras del capitán Rogers y en el periódico The Englishman, editado por el parlamentario sir Richard Steele, y le invitaron a beber jerez en los salones. Volvió Selkirk al ron y a las peleas y en 1714 regresó a Lower Largo vestido con una levita con adornos de oro y como era domingo visitó la iglesia. Vivió en la casa de su hermano pero prefirió los paseos en soledad y amaestrar gatos, quizás añoró la isla, y en una ocasión apaleó a un vecino. Dos años después se escapó a Londres con Sophia Bruce, sobrina de un ministro presbiteriano, pero no la casó y vivió con ella en un apartamento del Pall Mall. Se volvió a embarcar en el H.M.S. Enterprise y cuando regresó en 1719 se encontró con que Daniel Defoe le había otorgado veinticinco años más de soledad en su isla, un loro y un criado negro en “La vida y aventuras extrañas y sorprendentes de Robinson Crusoe, de York, marino”, que se publicó un año antes en un volumen en octavo. Defoe conoció la picota y siempre le debió dinero a alguien y de él dijeron sus enemigos que era “una vil y mercenaria prostituta, un charlatán estatal, escritor de alquiler, pluma escandalosa, mestizo malhablado, autor que escribe para vivir y vive de la difamación”. No se sabe si Selkirk leyó la novela pero se sabe que se volvió a embarcar en el H.M.S. Weymouth con grado de teniente, que en una escala en Plymouth olvidó a Sophia Bruce, se emborrachó y se casó con la viuda Frances Candish, propietaria de una taberna, y que murió de la fiebre amarilla en la costa occidental de África el 13 de diciembre de 1720 dejando de herencia un fusil de chispa con una foca grabada en la culata y para la posteridad un poema de Borges que dice: “Cinco años padecí mirando eternas cosas de soledad y de infinito, que ahora son esa historia que repito, ya como una obsesión, en las tabernas. Dios me ha devuelto al mundo de los hombres, a espejos, puertas, números y nombres, y ya no soy aquel que eternamente miraba el mar y su profunda estepa”.

MARTÍN OLMOS

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  1. Brillante, Martín, como siempre. Mi primer libro antiguo fue una biografía sobre Selkirk, una edición de 1860. Lo compré por dos duros en los encantes de Barcelona y me fascinó.

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