MARTÍN OLMOS MEDINA

Vamos a preguntar a personajes relevantes de la cultura…

In Con buena letra on 5 de julio de 2014 at 19:56

Los libros de citas están llenos de aforismos moralistas de escritores como podían estar hechos con los suyos o los de su tío el de Cuenca y sostenerse con el mismo criterio

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOSjpg

“Por imbécil que sea un autor, siempre encuentra un lector que se le parece”
SAN JERÓNIMO DE ESTRIDÓN

Fueron los talleres literarios, Harold Bloom y el Círculo de Lectores los que solemnizaron el oficio del escritor hasta hacerle creer que es el administrador  de una sabiduría indiscutible y global con la que se va a ir haciendo una industria de opinador (manifestada con prodigalidad de adverbios) que, si tiene suerte y encuentra los mentideros adecuados para difundirla al precio del mercado, le va a completar el margen magro del diez por ciento que le deja la venta de su novela de templarios con la que no llega a fin de mes. El escritor, entonces, va a acabar de bacante en una mesa redonda tertuliando de lo que le echen, da igual que sea política o tauromaquia, con autoridad incontestable pero con un saludable escepticismo que es de mucho vestir y, a veces, hasta se va a inventar una cita de Moliere porque intuye que nadie la va a ir a comprobar. Lo bueno de inventarse citas es que te cuadran todas al caso como un guante, y si quedan bien igual le cuadran a otro y las recita y acaba Moliere diciendo lo que no dijo. Un autor publicado (mejor si fuma en pipa) adorna mucho un simposio como un futbolista apaña la inauguración de un discobar de ginfizzes con su pelo multicolor y su jamona y cada uno tiene su público y no se pisa el ministerio de gastos pagados y copas de gorra. Hay que vivir, amigo mío, y que Dios nos libre de juzgar, y un libro se compra una vez y lo leen siete y el octavo espera a que salga la peli, con que no renta para pagar la luz. Entonces el escritor, con su capital en tapas duras, se pone de discerniente de lo que le echen, da igual que sea política o tauromaquia, para sacarse las gordas y el popular le venera cierta ley porque no se da cuenta de que el hecho de escribir un libro y embaucar a alguien para que corra con los gastos de publicarlo no le otorga un juicio magistral. Han escrito libros Franco, Pat Garrett, el Vaquilla y, en fin, Belén.

El oficio del escritor y la industria del delincuente comparten comunidad (aunque al primero no le guste y al segundo le dé igual) y convergen en la nocturnidad (el escritor no madruga y el mangante busca el oscuro), en el camelo (que el primero le dice mixtificación) y en una forma informal de vestir (que uno le dice dandismo y el otro, según el caso,  disfraz o elegancia calé). Dashiell Hammett trabajó de detective para la agencia Pinkerton y llegó a dos sorprendentes conclusiones: que los griegos eran los tíos más difíciles de condenar por los tribunales por el aplomo con el que lo negaban todo y que no había ningún hombre capaz de hacer decentemente un trabajo honrado que  fuese un profesional del crimen. A un escritor le pasa lo mismo, que es generalmente incapaz de hacer nada a derechas y acaba de novelista para vergüenza de su familia. Lo que Miguel de Cervantes quería ser era soldado y acabó malviviendo de la cosa cuando le truncaron la carrera mancándole en Lepanto y pegándole un arcabuzazo en el pecho. Aún lisiado llevó a cabo misiones de inteligencia en Orán en 1581 con una soldada de cien escudos librada por el Tesorero General, Juan Fernández de Espinosa, a cuenta de “ciertas cosas al servicio de Su Majestad”. Y Raymond Chandler empezó a escribir cuando le echaron de su trabajo (muy bien pagado, por cierto) de vicepresidente de la compañía petrolífera Dabney Oil Syndicate por absentismo laboral, embriaguez y por pellizcar a las secretarias. Philip Marlowe y don Quijote, que se parecen bastante, guardan parentesco por venir de plumas que fueron la segunda opción de un ejecutivo borrachuzo y de un inválido para  la milicia. Luego llegó Walter Benjamin, Theodor Adorno, el Club del Libro y el Reader´s Digest (que en España se llamaba Selecciones) y los escritores se convirtieron en ponentes globales cuyos aforismos se tuvieron en cuenta obviando el hecho de que una buena parte de ellos suelen ser curdas, mentirosos y priápicos, cuando no definitivamente pervertidos sexuales.

No están enfermos, son creativos
Ernest Hemingway se midió el pitilín con Scott Fitzgerald en el tigre de un café de París. A Scott Fitzgerald le volvían loco los pies de las chicas, como a Victor Hugo y a Dostoievski, que le escribió a Anna Snitkina: “ansío besar todos los dedos de tus pies y verás que conseguiré mi propósito”. Dostoievski también era burlanga y medio menorero y se sospechó que trató con una prostituta infantil en una bañera. A Mark Twain y a Lewis Carroll también les iban las niñas. Lewis Carroll, sin embargo, murió virgen. Scott Fitzgerald se presentó en pijama en una fiesta en la que recomendaban vestimenta informal y Hemingway llegó a la conclusión de que si mantenía relaciones sexuales frecuentes  podía comer fresas sin que le saliese urticaria, a pesar de que las tenía alergia. Una vez se acostó con una puta cubana que se llamaba Xenofobia. A James Joyce le gustaban los culos gordos, las bragas sucias y el olor a pedo y una vez se masturbó mirando a una coja en la playa de Sandymount. En Zúrich, un admirador quiso besar la mano que había escrito “Ulises” y Joyce le dijo: “Yo que usted no lo haría, con esta mano hago otras cosas”. A James Ellroy también le gustaban las bragas en ejercicio y las mangaba de los tendederos en la época en la que se entrompaba con whisky y Listerine. Jack Kerouac prefería el vino barato de la marca “Thunderbird”, que era tan malo que los palurdos lo usaban para dar friegas a las mulas,  y J.D. Salinger bebía pis porque decía que tenía propiedades medicinales y blanqueaba los dientes. Practicaba la acupuntura con sus hijos con astillas de madera y les decía que tenían muy bajo el umbral del dolor. A Yukio Mishima le gustaban los pelos del sobaco de los marineros y Arthur Miller, tan zurdo y chic,  ocultó que tenía un hijo retrasado mental. A Tolkien y a Cela era más saludable no encontrárselos en la carretera: el primero solía conducir con prisa y pensaba que si embestías a los demás coches se apartaban, y Cela sostenía que era una cuestión científica que cuanto más deprisa se pasa por un cruce, menos tiempo se permanece en él y, por lo tanto, se minimiza el riesgo de chocar contra alguien y practicaba su teoría saltándose las señales de stop a ciento cincuenta kilómetros por hora. Cela tuvo un Seiscientos verde y un Jaguar y dejó de conducir cuando se quiso comprar un Morgan descapotable y comprobó que no cabía en el asiento. Verlaine se ponía ciego de absenta y le pegó un tiro a Rimbaud, que dejó la poesía por el tráfico de armas. Burroughs dormía con un revólver debajo de su almohada y se cargó a su mujer, Norman Mailer acuchilló a la suya y Bukowsky se entrompó con dos botellas de vino en un programa de la televisión francesa y le sacó una navaja al crítico Bernard Pivot. Cela le pegó un puñetazo al periodista Jesús Mariñas y le quiso tirar a una piscina, Mailer le zumbó un cabezazo a Gore Vidal, Vargas Llosa le puso un ojo negro a García Márquez y Valle-Inclán perdió el brazo izquierdo de un bastonazo que le pegó Manuel Bueno en el Café de la Montaña de la Puerta del Sol. Y Dickens se pasaba las tardes en la morgue y Chester Himes estuvo en el trullo y Defoe en la picota y William Butler Yeats fue un fascista mussoliniano que hablaba con los espíritus. Y Thoreau se bañaba más bien poco y Anthony Burgess encontró un empleo de crítico literario y los libros que le facilitaban las editoriales los vendía en un mercadillo y las últimas palabras de Dylan Thomas antes de diñarla fueron: “Acabo de tomarme dieciocho whiskies. Creo que es mi récord. Es mi único logro en treinta y nueve años”.

Estos caballeros singulares, con sus saberes y su cotidiano, comerían hoy un poco mejor alimentando con sus ponencias los cursos de verano y sus criterios tendrían el crédito de la zarza ardiente, igual da que disertasen de política o de tauromaquia, por la razón de que un día escribieron una novela de catedrales o un memorial, o un poema conceptual o una nouvau roman o un cuento chino.

MARTÍN OLMOS

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