MARTÍN OLMOS MEDINA

Baltasar en Harlem

In Con buena letra on 12 de julio de 2014 at 17:50

A Chester Himes, negro y expresidiario, le llamaron el Balzac de Harlem

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Os doy todo Hemingway, Dos Passos y Fitzgerald a cambio de Chester Himes”
JEAN GIONO

Nos hemos hecho al negro de tanto verle en la manta vendiendo cedeses del Melendi y carteras del ful Vuitton, pero no hace mucho un moreno nos era exótico porque solo había uno en cada capital de provincia, que venía generalmente de la Guinea y hacía en las cabalgatas del rey Baltasar. El negro predemocrático de España era Pepe Legrá, que le decían el Puma de Baracoa, el futbolista Didí, que jugó en el Real Madrid de Puskás, y el del África tropical que cultivando cantaba la canción del Cola Cao. En España se le dijo al negro etiope y prieto y nos pareció negro sin matiz, como la rosa de Gertrude Stein. Los esquimales diferencian treinta tonalidades de blanco y los negros pueden ser, atendiendo a la gradación, cuarterones, zambaigos, mulatos u ochavones, pero por la noche todos son pardos. En 1969 se instaló en Moraira, en Alicante, un negro pardo que llevaba sobre sus hombros el pecado mortal del lecho de la mujer blanca y el pasado feroz del mandinga patibulario lleno de trenas, priva y violencia. El negro era Chester Himes y pensaba que los españoles eran racistas y tenían malas carreteras, pero se compró una casa en la urbanización Plá del Mar con los francos gabachones que la editorial Gallimard le pagó por inventarse un Harlem desproporcionado de putas, predicadores y pasmas. Chester Himes fue negro de reojo, a veces soez, desconfiado, curdela y pegón de mujeres al que no le pidieron en Moraira que se vistiese de Baltasar porque no se daba en sociedad y andaba medio contrecho de la espalda porque de joven se cayó por el hueco de un ascensor. Himes vivió sus últimos quince años mirando el Mediterráneo que siempre le fue extraño, pero se fue a operar de la próstata a Inglaterra, con lo que se comportó como un gringo con posibles que desconfiaba de la medicina local y entonces no pareció un negro fiero. La vejez le atenuó la jungla y al final, medio renco por una hemiplejía y artrítico, dejó de ser cimarrón y ya no paseó con un cuchillo en el bolsillo mirando las esquinas ni se consoló con las putas y pidió perdón por su salvajismo.

Chester Himes nació en 1909 en Jefferson City, en Missouri, en donde los negros limpiaban las botas a los paletos. Su abuelo fue el esclavo de un judío y sus padres observaban su negritud de dos formas distintas. Su padre Joseph era canijo y maestro de escuela, descendía de generaciones de hambre, capitulaba ante el hombre blanco y respetaba la jerarquía cromática; su madre Estela tenía un ancestro pálido que fue capataz de esclavos y fecundó a una negra, estaba orgullosa de ser cuarterona más que cafre y pellizcaba a sus hijos el puente de la nariz para que no les creciese chata. A veces pasaba por blanca, escribía poemas y despreciaba a su marido por servilón y una vez le abrió la cabeza con una plancha. Cuando Chester Himes tenía doce años, a su hermano mayor Joseph le explotó en la cara un barrilete de pólvora durante un experimento escolar y se quedó ciego. Los médicos blancos se negaron a atenderle en Urgencias y su padre suplicó y lloró. Su madre buscó algo en el bolso que Chester rezó para que fuese una pistola, pero fue un pañuelo con el que enjuagar lágrimas negras.

Grafitis en el retrete
Creció orgulloso y reventón, novilleando el pupitre y mezclándose en peleas y se puso a trabajar de botones en un hotel hasta que se cayó doce metros abajo por el hueco de un ascensor y se le arrugó la columna vertebral. Tuvo que ceñirse un corsé y percibió una pensión de invalidez con la que se compró un abrigo de piel de mapache, un sombrero Panamá y un Ford Roadster de dos puertas y se matriculó en la Universidad Estatal de Ohio, de la que le expulsaron por vestir de chulo y sacar CHESTER HIMES Y SU GATO GRIOTporcentaje en los burdeles a los que llevaba a los estudiantes blancos a hozar en el África Negra. A partir de entonces se agenció una pistola y frecuentó broncas de callejón, mangó coches,  endosó cheques falsos y robó en una armería. Le trincaron a los diecinueve años por atracar a unos viejos a punta de pistola y birlarles un anillo de casamiento y no más de trescientos pavos. Los pasmas le zumbaron una paliza. Le condenaron a veinte años de trabajos forzados en la Penitenciaría de Ohio y es posible que le abusara el decanato, que le miró con ternura. Himes empezó a escribir en la trena, probablemente para apartarse de los romances de machos, y publicó sus primeros relatos en revistas para negros de las que se avergonzó más tarde, cuando le editaron en “Esquire”. En la Penitenciaría de Ohio pensaban que donde comían once, comían ciento once y en 1930 se quemó y se abrasaron trescientos presos. Himes sobrevivió y acumuló rencor duradero que repartió entre los pasmas, los maricas y los judíos. Salió del trullo en 1936 y le despojaron de la pensión de tullido. Se casó con Jean Lucinda, a la que dio palizas y barbecho cuando la cambiaba por las putas, siguió escribiendo y bebiendo, trabajó en una fábrica de armas y frecuentó brevemente el Partido Comunista; publicó dos novelas que nadie leyó, se fue al diablo su matrimonio de zurras y priva y vivió una temporada en Harlem a base de tajos de negros, dados y borracheras. Comía patas de gallina con salsa picante. Escribió novelas de protesta. No se llevaba bien con la intelectualidad morena. No encontró asiento ni en el rojo ni en el negro ni en el blanco; fue una gama amplia del gris. Los críticos dijeron que escribía grafitis en la pared de un retrete.

En 1956 se instaló en París y encadenó queridas blancas: la alcohólica Vandy Haygood, a la que dio una paliza de muerte, Willa, que le invitó a ostras en Arcachon, y Regine Fischer, que era alemana y aspirante a actriz. Frecuentó morosamente a James Baldwin y a Richard Wright y paseaba Pigalle con un cuchillo en el bolsillo. Richard Wright prefería alternar con Sartre y con Camus. Chester Himes estaba medio paranoico. Le detuvieron por conducir trompa. Estampó un coche contra una zanja. En 1957 Marcel Duhamel, que dirigía la “serie noir” de la editorial Gallimard, le encargó una colección de novelas policíacas a destajo y Himes aceptó el recado porque estaba sin blanca y escribió el ciclo de Harlem, protagonizado por los pasmas negratas Sepulturero Jones y Ataúd Johnson (que uno podía matar a una piedra y el otro enterrarla) intuyendo que los franceses querían leer barbarie gringa siempre que fuese atroz. Himes les dio lo suyo y disfrazó de naturalismo la reinvención de un Harlem desmesurado y violento, a veces tragicómico, lleno de ciegos con pistolas, motoristas decapitados, chulos, timadores travestidos de monjas que venden entradas para el cielo, tíos corriendo con un cuchillo clavado en la cabeza y Cadillacs de oro puro. La primera novela del ciclo (The Five Cornered Square) es un vodevil violento del que Jean Cocteau dijo que era “una prodigiosa obra maestra, y perdonadme el pleonasmo” y recibió el Grand Prix de Littérature Policière. Himes se casó con Lesley Packard, inglesa, rubia y enfermera, y se fue a vivir a Moraira, al barrio de Teulada, no tanto por el Mediterráneo como por la ventaja del cambio de moneda, y tuvo la delicadeza de afirmar que los españoles eran una pandilla de zánganos que no eran capaces de fabricar comida para perros. Fue el negrito del norte de Alicante que no hizo de Baltasar y empezó a ser reconocido en su país. Una parálisis cerebral le tumbó medio cuerpo y el declive le atenuó el furor. Dejó el cuchillo y el rencor y lloraba, al final, cuando veía una reseña de su obra en una revista literaria. Pidió perdón por sus pecados. Le fallaron las piernas y pasó los últimos años sentado en una silla de ruedas. Se le complicó una tromboflebitis y murió el doce de noviembre de 1984 clamando dos veces a Dios (Oh Lord, Oh Lord). Le enterraron en el nicho 56 del cementerio nuevo de Benissa, en Alicante, en una ceremonia escueta que adornó de reconocimiento consistorial el alcalde de Teulada, don Miguel Martínez Llobell, del Partido Popular.

MARTÍN OLMOS

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