MARTÍN OLMOS MEDINA

Emasculación y lucha de clases

In Ejecuciones y linchamientos on 24 de julio de 2014 at 0:25

Los sindicalistas norteamericanos de principios del siglo pasado se dejaron los huevos en las reivindicaciones laborales

ILUSTRACION DE MARTÍN OLMOS

“Luché por la democracia en Francia y voy a luchar por ella aquí también”
WESLEY EVEREST

El miedo cuida la huerta. Los cuervos agostan un bonizal en una jornada de hambre y dejan al colono sin mazorcas. En el año 2012, los cuervos anidaron en una castañeda al lado de los maizales de Verdicio, en Asturias, y arrasaron hasta los esquejes de cuarenta hectáreas de cultivo. Los cuervos aprenden que un espantapájaros es un hombre de mentira y le acaban perdiendo el respeto, como los niños al maestro asambleísta.  En la cordillera de los Apalaches no confían la cosecha al espantapájaros (que solo quiere que Dorothy le baje del palo y le lleve a la tierra de Oz a buscarse un cerebro) y cuelgan de un poste un cuervo muerto que disuade a los demás. Los cuervos distinguen a un cuervo muerto y no le equivocan con un hombre de mentira ni con un maestro comicial y dejan el grano para mejor ocasión. Los espantapájaros parecen hombres crucificados. Después de que Craso derrotase a los esclavos rebelados de Espartaco en la batalla del río Silario, mandó crucificar a seis mil prisioneros a lo largo de la Vía Apia separando diez metros de distancia cada cruz para que durante sesenta kilómetros del camino entre Capua y Roma diesen sombra, olor y ejemplo. Los hombres crucificados parecieron espantapájaros, pero los cuervos les comieron los ojos. El emperador bizantino Basilio II de Moscú capturó catorce mil prisioneros búlgaros en la batalla de Belasica y ordenó que les sacasen los dos ojos a trece mil ochocientos de ellos y a los doscientos que quedaban les dejó tuertos para que guiasen a sus camaradas ciegos en el camino de vuelta y difundiesen el terror. La exhibición de los cuerpos empalados de los nobles boyardos ejecutados por el príncipe Vlad de Valaquia presidiendo las cenas con los diplomáticos, los bodegones de cabezas cortadas junto a los que se fotografiaban los soldados turcos durante la revolución macedonia y la difusión por radio del general Queipo de Llano de la talla de la insaciable arboladura de la morisma de Mohammed ben Mizzian, hambrona de milicianas morenas, son los cuervos colgados de los postes de los Apalaches y son el miedo que cuida la huerta. La divulgación del terror distingue a la guerra de un deporte de contacto con lesiones irrevocables. El general von Clausewitz dijo que la guerra es la continuación de la política por otros medios. Dijo que su finalidad es la destrucción de las fuerzas físicas enemigas y, necesariamente, también de las morales. El miedo cuida la huerta.

Los pobres agostan un bonizal en una jornada de hambre. Los pobres piden pan y trabajo y, si no se les para a tiempo, acaban pidiendo un crucero por el Báltico como Ignacio Fernández Toxo y terminan por confundir las elementales fronteras estamentales que ordenan el mundo como Dios manda. Al pobre le ha enredado la propaganda marxista que clama pan, trabajo y libertad y no se ha dado cuenta de que los dos últimos supuestos entran en contradicción. En verano de 1976, Javier Verdejo, estudiante de Biología y militante maoísta, fue a escribir sobre el muro del balneario de San Miguel, en Almería, la frase “Pan, Trabajo y Libertad”, pero solo pintó “Pan, T” y le acabó la Guardia Civil a tiros de subfusil Z-62 del nueve Parabellum, pero no colgaron su cuerpo en la tapia como si fuera un cuervo en un maizal. Los cuervos y los pobres guardan en común el color y el hambre y también que son monógamos y a veces se les puede enseñar a hablar. Durante las guerras de los sindicatos de los Estados Unidos en el primer cuarto del siglo pasado, los barones colgaron a los sindicalistas capados de los postes del camino para salvar la huerta.

Huelgas mineras
En 1914, los mineros del carbón de Ludlow, en Colorado, al pie de las Montañas Rocosas, se declararon en huelga para forzar la jornada de ocho horas, una garantía de las balanzas del pesaje del mineral extraído (y que era el baremo por el que cobraban, renunciando al trabajo improductivo como el de la separación del carbón impuro)  y el derecho a comprar en almacenes independientes en vez de en los economatos de la Colorado Fuel and Iron Company de John D. Rockefeller, que era también el dueño de las minas. Pidieron un crucero por el Báltico con desayuno de bufé. Rockefeller respondió a las reivindicaciones enviando a una legión de detectives de la agencia Baldwin-Felts con un camión blindado armado con una ametralladora Colt Browning M1895 (que le decían la Cosechadora de Patatas y la Muerte Especial y cadenciaba cuatrocientos disparos por minuto) con la que acribillaron el campamento de los huelguistas dejando veinte muertos, entre ellos once niños y dos mujeres. El líder de la revuelta, Louis Tikas, que tenía la cabeza abierta de un culatazo que le dio el teniente de la Guardia Nacional Karl Liderfelt, apareció muerto de dos disparos en las caderas y uno en la espalda, pero no enseñaron su cadáver pendido de  un poste. El cuerpo de Frank Little, en cambio, lo exhibieron colgado y castrado sobre un caballete de ferrocarril en Butte, en el condado de Silver Bow, en Montana. Frank Little era medio indio cheroqui y miembro del consejo del sindicato IWW (Industrial Workers of the World), a cuyos afiliados decían “wobblies”, y había combatido en México al dictador Porfirio Díaz al lado de Joe Hill, anarquista, ferroviario y acordeonista al que más tarde fusilaron en Utah. Frank Little siempre estuvo en la barricada  y en 1917 organizó una huelga de los trabajadores de la Compañía Minera Anaconda Cooper de Butte y los patrones contrataron a la división rompehuelgas de la agencia de detectives Pinkerton y ofrecieron cinco mil machacantes por callarlo. A las tres y cinco de la madrugada del uno de agosto, seis hombres enmascarados le sacaron de la habitación 32 de la casa de huéspedes de la señora Nora Byrne y le arrastraron por la calle atado al parachoques de un coche, le cortaron las pelotas y le colgaron de un caballete del tren con una nota de advertencia a los huelguistas prendida con alfileres de sus calzoncillos manchados. Un mes más tarde, sin embargo, L. O. Evans, abogado y consejero de las minas Anaconda, dijo en la Cámara de Comercio que “los wobblies gruñen sus blasfemias en un lenguaje soez y abogan por el desacato de la ley, por la falta de respeto a los derechos de la propiedad y por la destrucción de los principios que salvaguardan la sociedad”. Cinco años antes, vigilantes privados de los propietarios de San Diego secuestraron a Ben Reitman (socialista, médico de los vagabundos, abortista militante, combatiente de la sífilis, reformador y autor de la novela clásica “Boxcar Bertha”, que llevó al cine Martin Scorsese en 1972 y que ha recuperado este año la editorial Pepitas de Calabaza) y le metieron una paliza, le emplumaron con brea y matas de artemisia, le sodomizaron con una lata, le grabaron en el culo las iniciales de la IWW con un cigarro, le obligaron a cantar el himno y casi lo capan por el procedimiento de empuñarle la huevada y darle vueltas a la bolsa.

La tienta de los huevos sindicales fue la manera de hacer política por otros medios de los barones industriales norteamericanos y WESLEY EVERESTla destrucción de las fuerzas morales del enemigo de la que hablaba Clausewitz; la difusión del miedo primigenio del hombre a perder el macho a navajazos de barbería  con el que vigilaron la huerta. La castración de los revoltosos fue el cuervo colgado del poste, el camino de cruces de la Vía Apia y la articulación en forma de tajo de la inanidad de los cojones del asalariado en el ámbito de las relaciones laborales. En 1919, en Centralia, en Washington, los industriales madereros alentaron la enemistad entre los veteranos de guerra  de la Legión Estadounidense y los “wobblies”, que fueron contrarios a la intervención norteamericana en Europa, que desembocó en una matanza con cuatro muertos por la que fue detenido el sindicalista Wesley Everest, miembro de la IWW (y, sin embargo, excombatiente de Francia). La noche del once de noviembre, los guardianes entregaron a Everest a la turba, que le rompió los dientes a culatazos, le castró y le ahorcó tres veces en tres localidades distintas celebrando una turné violenta que culminó con su enterramiento en una fosa común a la vera del río Chehalis. Las autoridades determinaron, sin embargo, que la causa de su muerte fue el suicidio.

MARTÍN OLMOS

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