MARTÍN OLMOS MEDINA

Riña de café con resultado de mutilación

In Con buena letra on 9 de agosto de 2014 at 10:41

…o cómo Valle-Inclán perdió el brazo izquierdo de un bastonazo

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Al llegar a Madrid, en el otoño de 1899, volví a reunirme con la gente literaria. Los tipos de las reuniones eran los mismos. Allí estaba Valle-Inclán, a quien ahora le faltaba el brazo”
PÍO BAROJA

Umbral le heredó el dandismo a Valle-Inclán y el estado de ánimo que dicen los franceses “vivir en escritor”. Valle hizo un dandi de capa, bohemia e intemperie, y de botines blancos de piqué que acababan la jornada, sin embargo, impecables después de pisar “la arena vieja, meada y numerosa de las plazas sin luz” (Umbral). Antes que su obra, Valle se hizo una biografía de heráldicas falsas y de cigarrillos egipcios; de barbas de chivo que se peinaba con las manos, de heroicidad económica, de riñas de ateneo y de carlismo estético (que le aprovechó la derecha), cuando el que le quitó el hambre fue Azaña, que le arregló un cargo de director del Instituto de España en Roma para que comiese caliente (“es un puesto sin problemas, bueno para Ramón, pero los problemas ya se los creará él”, escribió Azaña en su diario). Valle-Inclán no se subió jamás a un metro, consideraba que cecear era elegante y una vez le fue a desafiar al rey Alfonso XIII al Palacio Real llamándole austriaco y usurpador. Otra vez, le pegó una patada en el culo a la primera actriz del teatro de Lara, en Malasaña, que le decían la Bombonera de San Pablo. Valle-Inclán se construyó la biografía en estado de simulacro y según su conveniencia y se inventó hasta su nombre, que era, en realidad, Ramón Valle y Peña. La vida se la acabó escribiendo Ramón Gómez de la Serna apuntándole un duelo con un cacique indio en el Méjico inolvidable y la doma de un caimán, al que rindió metiéndole los pulgares en los ojos.

Valle fue bravío, pero no le acompañó el cuero, que apenas le abrigaba la raspa porque no engordaba de hambre duradera y de observar un régimen vegetariano que solo se saltaba cuando comía carne  de toro, pero en una ocasión acometió a bastonazos a una cuadrilla de mozos convenientemente comidos partidarios del dictador Primo de Rivera. Y en otra, se pegó un tiro en su propio pie cuando cabalgaba las minas de Almadén con Ricardo Baroja buscando un yacimiento de plata. Umbral le intuyó a Valle la víspera del marketing moderno, el lanzamiento del personaje antes que el de la obra. Umbral más tarde lanzó su personaje de dandi de la Movida y se vistió de melenas, de pañuelo de Jean-Paul Gaultier y de verbo abismal, “nublando su pasado” e inventándose que fue bautizado en la misma pila que Larra. Como Valle, también se inventó su nombre (que era Francisco Pérez Martínez), y sufrió la mutilación: Valle perdió un brazo y Umbral fue manco de hijo, del niño Pincho que murió de leucemia con seis años.

Opiniones sobre un duelo
Valle-Inclán dejó Galicia para robarle Madrid a Pérez Galdós y se lo disputó en los cafés, paseando la capa y trasnochando. Valle se caminaba por las tardes la ronda de las tertulias, en las que se pedía un café con leche, decía poesías de Espronceda y reñía. En el Café de la Montaña de la Puerta del Sol perdió el brazo izquierdo por faltón y por dandi. Por faltón porque le dijo majadero al periodista Manuel Bueno Bengoechea y le quiso dar un botellazo en la molondra y por dandi porque gastaba gemelos de botón. El Café de la Montaña lo frecuentó el torero Frascuelo y tenía mesas de billar francés y quince puertas de salida, por lo que le decían el Café Pulmonía. En la tarde del 24 de julio de 1899 sostuvieron tertulia los habituales a cuenta de un duelo que debían solventar el dibujante portugués Tomás Julio Leal da Câmara y una crisálida de poeta que se apellidaba López del Castillo, señorito granadino al que llamaban “Le poisson du Chateau” y era protegido de Jacinto Benavente. Parece ser que unos días antes los dos hombres riñeron una discusión de patrias en un chigre de Recoletos, bien mamados de pitarra. López del Castillo dijo que los portugueses eran cagones y que su país se podía invadir en una tarde con un regimiento de tambores y Leal da Câmara le ofreció partirle la cara. Manuel Bueno Bengoechea, periodista bohemio, derechón y de Bilbao (que nació en Pau porque le salió de los cojones), se prestó de padrino del granadino y Leal da Câmara se apresuró a tomar clases de esgrima de un capitán cubano porque en su vida había muñequeado un florete.

En la tertulia del Café de la Montaña del 24 de julio se sentaron seguro el dibujante Francisco Sancha Lengo, malagueño y colaborador del “Blanco y Negro”, el historiador taurino Tomás Orts Ramos, el futuro editor José Ruiz Castillo y el dramaturgo Gregorio Martínez Sierra, del que se sospechaba que le escribía las obras su mujer, María de la O Lejárraga. Valle llegó el penúltimo desde su cuarto pobre de la calle de San Bernardo (en el que tenía un clavo por perchero y un cajón de mesa de noche), ordenó un café con leche y disertó con erudición sobre los antiguos códigos del duelo acotados por Diego de Valera sosteniendo que Leal da Câmara no podía batirse por ser menor de edad.  El último en comparecer fue Manuel Bueno Bengoechea, que defendió la necesidad de que se celebrase el quite y Valle se acaloró y le llamó majadero. Bueno movió el bastón y Valle le atacó con una botella de agua que sostuvo por el cuello. Salpicó a la concurrencia pero marró el golpe que le dirigió a la cabeza. Bueno le dio un bastonazo en la cresta que le desgarró el cuero cabelludo y otro en la muñeca izquierda que le astilló el hueso y le clavó un gemelo en la carne. Valle sangró en abundancia y los bacantes apaciguaron la tángana y Tomás Orts pasó la gorra, no para recoger el rendimiento del espectáculo (que probablemente mereció el gasto), sino para recaudar unos duros para pagarle al gallego el dispensario. A Valle le pusieron en la muñeca una tirita de tafetán en la casa de socorro de la calle Concepción Gerónima y a la mañana siguiente amaneció con el brazo negro e hinchado como un odre de vino. La herida se le infectó extensamente y principió la gangrena y veinte días después el doctor Manuel Barragán, más tarde célebre urólogo, le tuvo que amputar el brazo en la Casa de Salud Santa Teresa del siete del Paseo de la Castellana. Valle afirmó que se lo cortaron sin anestesia mientras se fumaba un cigarro habano y que pidió que le afeitasen la parte izquierda de la barba para seguir la operación, pero don Jacinto Benavente contó que rindió el trance dormido y cuando despertó le dijo: “Me duele este brazo”. Benavente le contestó: “Ese ya no, Ramón”.

Valle hizo un manco distinguido y trolero y adornó el muñón con historias disparatadas: dijo que perdió el brazo porque se lo comió un león, por una pelea a navajazos con un indio mejicano y porque quería estrecharle la mano al escritor Barbey d´Aurevilly en París, y al no tener posibles para el viaje, le envió el brazo por correo. Dijo que se le perdió entre las barbas. Se acabó midiendo, por manco, con Cervantes y Jacinto Benavente le tuvo que recordar que la riña en el café no fue Lepanto. A Manuel Bueno le acabó estrechando la mano que le quedaba y le dijo que no se preocupase, que aún guardaba el brazo de escribir. A Manuel Bueno Bengoechea, que era de Bilbao y nació en Pau porque le salió de los cojones, le mataron los milicianos en Montjuich en agosto de 1936 por derechón y antiguo diputado conservador. Gastaba, decían, bastón de estoque, que era más pesado que uno de madroño por esconder el ánima de acero y era arma prohibida. Valle murió siete meses antes de un cáncer de vejiga cuyo tormento combatió fumando cáñamo en una pipa de kif. Le enterraron el día de Reyes de 1936 en el cementerio de Boisaca, en Santiago de Compostela, con una ceremonia civil en la que había dicho que no quería “ni cura discreto, ni fraile humilde, ni jesuita sabiondo”. A los falangistas les molestó el anticlericalismo del sepelio, en el que un joven arrancó el crucifijo que adornaba la tapa del ataúd, y un dirigente al que decían Víctor el Alemán organizó el enterramiento de un perro al lado de la tumba del escritor y paseó al animal muerto sobre una tabla por las calles de Santiago.

MARTÍN OLMOS

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