MARTÍN OLMOS MEDINA

Sangre y entrañas a todo color

In Los chicos de la prensa on 23 de agosto de 2014 at 19:59

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOSLa reportera Christine Chubbuck se voló la cabeza en directo durante un programa de televisión matinal

 

“Odio la televisión. La odio como a los cacahuetes. Pero no puedo dejar de comer cacahuetes”
ORSON WELLES

György Faludy, húngaro, poeta, preso de Stalin y traductor de Villon, dijo que la mayoría de las cadenas de televisión norteamericanas reproducen en una noche lo que un romano habría visto en el Coliseo durante todo el reinado de Nerón. Christine Chubbuck estaba pasando una mala racha. Iba para vestir santos y le habían extirpado el ovario derecho. Los médicos le dijeron: Christine, no podrás ser mamá. Christine Chubbuck: una mezcla de Pocahontas y de morena de Julio Romero de Torres. Treinta años y virgen; había tenido dos citas en toda su vida. Los tíos no le cumplían las expectativas. Christine Chubbuck: visitaba a un loquero, tomaba píldoras para combatir la depre. Se intentó suicidar en 1970 intoxicándose con medicamentos: perdió la conciencia, se le colapsó el sistema nervioso, sobrevivió. Le gustaba hablar del intento. Amaba a su madre Peg. Amaba a su hermano mayor Tim. Amaba a su hermano menor Greg. Amaba a los niños con enfermedades mentales  del Hospital Sarasota Memorial y les montaba espectáculos de títeres que ella misma construía. Pinochos para los niños locos. Vivía en la casa familiar de Cayo Siesta, en Florida. Trabajaba de reportera en la cadena de televisión WXLT, en el canal cuarenta. Presentaba un programa matinal de interés local. Quería ser la voz de los borrachos, de los solitarios y de los yonquis. Fue la voz de los árboles del distrito de Bradenton-Sarasota. Le estaban a punto de dar un premio de reconocimiento forestal y estaba a punto de volarse la sesera. A veces sacaba los títeres en el programa. Los llevaba en una bolsa de punto que acomodaba en su regazo. Pinochos para la audiencia. Christine Chubbuck creía que la televisión era un medio. Ernie Kovaks, actor, cómico, parásito de Jerry Lewis e insumiso fiscal, dijo que la televisión es un medio porque ni está cruda ni tampoco bien hecha.

Pausa para la publicidad
En 1911, Jack London escribió el cuento “Semper Idem”, en el que un hombre en un asilo se corta el cuello de oreja a oreja con una navaja de afeitar. Ejecuta la operación de pie, con la cabeza inclinada hacia delante para poder contemplar la fotografía de una mujer que tiene apoyada en el cabo de una vela. Se corta la tráquea y la yugular, pero el servicio de ambulancias municipal actúa con presteza y llega vivo al hospital, donde el doctor Bricknell, milagrosamente, le remienda y le devuelve a la vida.

CHRISTINE CHUBBUCKChristine Chubbuck en 1974: guapa, morena y triste, manejaba los títeres. Refractaria a los halagos. Le incomodaban los abrazos. Se sentía mejor con las marionetas. Le hablaba a mamá de cuando se zampó las pastillas. Visitaba a un loquero. Mamá no le dijo a la gerencia del canal cuarenta las tendencias suicidas de su hija: a nadie le gustan los depres. Echan a perder las fiestas. Crean un mal rollo que te cagas. Les acaban despidiendo porque son un coñazo. Según los expertos, en los Estados Unidos un programa de televisión necesita una audiencia  mínima de doce millones de espectadores para que sea económicamente viable. El dueño de la cadena WXLT, Robert Nelson, pidió a sus redactores que se concentrasen en las historias policiales de “sangre y entrañas”. Christine Chubbuck se enamoró de su compañero George Peter Ryan y le hizo un pastel de cumpleaños. George Peter Ryan tenía un romance con la reportera de deportes. Las reporteras de deportes son las plusmarquistas del morbo, colega. Tienen acceso al vestuario de los futbolistas. Trabajan en un ambiente de testosterona y de olor a pinreles. Los hombres respondemos a unos estímulos fetichistas básicos: una tía subida en una Harley, una maestra de primaria que suelta tacos, una reportera de deportes tuteando a machotes en toallitas. Christine Chubbuck jugaba con títeres. Jugaba en la segunda división. Estaba pasando una mala racha. Le gustaba echarse por tierra. Le propuso a su director hacer un reportaje de investigación sobre el suicidio. Le dieron vía. Era buena en su trabajo. Era concienzuda.

Otra pausa, enseguida volvemos
En el cuento de Jack London, el hombre que se cortó el cuello se repone pero no dice una palabra. El doctor Bricknell le da el alta y le pone una mano en el hombro. Después le dice que la mejor manera de decapitarse con rapidez y limpieza es mantener la barbilla en alto, con la cabeza hacia atrás y el cuello en tensión.

Christine Chubbuck era buena en su trabajo. Era concienzuda, Preparó el reportaje sobre el suicidio con minuciosidad. Se entrevistó con un oficial del departamento del sheriff y le preguntó por métodos de suicidio. El oficial le dijo que la gente creía que la mejor manera de volarse la sesera era disparándose en la sien, pero que era mucho más efectivo, limpio y rápido pegarse un tiro en la parte posterior de la cabeza, detrás de la oreja, con una bala con la punta perforada del calibre 38. Balas con la punta perforada: las llamaban “frenahombres” en la Primera Guerra Mundial porque tumbaban a un boche de buen tamaño a la primera en los combates a corta distancia de las trincheras. Una semana antes del 15 de julio de 1974, Christine Chubbuck, guapa, morena y triste, le dijo a su compañero Robert Smith, editor del informativo nocturno, que se había comprado una pipa y le estaba dando vueltas a volarse la cabeza en directo riguroso. El dueño de la cadena WXLT, Robert Nelson, quería historias de “sangre y entrañas”. Christine Chubbuck estaba pasando una mala racha. Guardó en su bolsa de punto los pinochos de los niños locos, un cacharrón negro del 38 y ninguna esperanza. Otto Preminger, dos veces nominado a los Oscar,  no comprendía por qué en la televisión se excusan las interrupciones pero nunca la programación normal.

Excusen la interrupción
El doctor Bricknell del cuento de Jack London termina su jornada poniéndole en su sitio la clavícula a un trapero y, justo antes de largarse a casa, le anuncian el regreso del hombre del cuello cortado con los deberes hechos. Se ha rebanado el pescuezo siguiendo sus pautas incontestables, con la barbilla alta, el cuello en tensión y la cabeza echada hacia atrás y se muere sin remedio.

El 15 de julio de 1974 Christine Chubbuck llegó al canal 40 a las nueve de la mañana en su Volkswagen amarillo con un vestido blanco y negro. Su programa empezaba en media hora. Estaba bronceada. Iba a entrevistar a un tío del departamento forestal, pero la escaleta se cayó porque la noche anterior unos imbéciles se habían pegado de balazos en el restaurante Beef and Bootle, cerca del aeropuerto de Sarasota. Había imágenes. Sangre y entrañas. Hubo un problema técnico y no pudieron emitirse. Christine Chubbuck rindió ocho minutos de programa y después improvisó. Dijo: «Siguiendo  la política del Canal 40 de brindarles lo último en sangre y entrañas a todo color, están a punto de ver una primicia: un intento de suicidio».  Sacó el revólver del 38 y se disparó una bala perforada detrás de la oreja derecha, evitando la sien. El revólver voló de su mano y su pelo negro se movió y su cabeza se derrumbó hacia delante. Un cámara pensó que era una broma. Algunos espectadores llamaron a Emergencias. El regidor ordenó un fundido en negro. Llevaron a Christine al Hospital Sarasota Memorial y certificaron su muerte quince horas después. No hubo títeres para los niños locos. Suspendieron su programa y lo cambiaron por una serie de un chaval  que se hacía amigo de un oso pardo.

En la tele sale un skin zurrando a un chino en el metro y las domingas de Sabrina y unos oligofrénicos follando encerrados en una casa y diciendo: qué fuerte, tía, es todo tan intenso. En junio de 2011 la BBC echó un reportaje en el que se veía al millonario Peter Smedley suicidándose con un cóctel de barbitúricos, pero no enganchó audiencia. Días después del asesinato de Kennedy, el New York Times dijo que fue a causa de la violencia televisiva, pero a Kennedy no le disparó una tele. Christine Chubbuck hizo Nuevo Periodismo y que se joda Hunter S. Thompson y sus reportajes gonzos en los que fumaba porros y hacía el chorra con los Ángeles del Infierno. Federico Fellini, italiano de Rimini, neorrealista, director melancólico y cultor de las tetas grandes, dijo: “Condenar la televisión sería tan ridículo como excomulgar la electricidad o la teoría de la gravedad”.

MARTÍN OLMOS

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