MARTÍN OLMOS MEDINA

El diablo repugnante de GG Allin

In Los raros on 31 de agosto de 2014 at 13:06

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS
Hasta Dee Dee Ramone le consideraba una mala compañía

“GG Allin es un artista con un mensaje para una sociedad enferma”
JOHN WAYNE GACY. Asesino en serie.

Al rock and roll, yeah, le adorna un mazo la insurrección y todo eso de vivir en la carretera y tal, y diñarla joven y mear en la moqueta de los hoteles, pero como que ya no se cree uno tanta insurgencia para que luego ande cagándose en la manta y exigiendo agua Evian de los manantiales de los Alpes y humidificadores de ozono. El rock and roll, yeah, se viste de anarquía molona y se niega la corbata, como los rojos de tres pesetas, y le saca el rendimiento al cultivo de la trasgresión de invernadero para que no le confundan con Mocedades. Los roqueros se construyen una propaganda de nómadas (Slash: “No tengo un hogar. No tengo un lugar donde almacenar mi mierda”), de borrachuzos (Alice Cooper: “Empecé a beber en 1979 y terminé en 1985, fue un trago muy largo”) y de amotinados (Jim Morrison: “Me interesa cualquier cosa que tenga que ver con las revueltas, el desorden y el caos”) que se la venden muy bien a los chavales de secundaria para que luego les compren camisetas con el dinero de sus viejos, que escuchan a Machín. La vía canalla es una salida de los pimpollos de la Disney para cuando se ponen mazorrales y no pueden seguir cantando pasteles: unos se quedan a verlas venir hasta que les sacan en un programa de viejas glorias enseñando el cartón y otros, que son más vivos, empiezan una carrera de rebeldes porque el mundo les ha hecho así y sacan cuernitos y mean en equilibrio a la salida de los Grammy para ver si hay suerte y les detienen los pasmas como al Kurt Cobain, qué pasada. Les quedan las cuarteladas un poquito impostadas, como de repetidor de octavo que fuma en el retrete, pero las van estirando hasta que pasan a la tercera fase, en la que dicen: buah, colega, pasé una temporada al borde del abismo. Luego se hacen ultracatólicos y dicen que Dios les salvó, aleluya, o acaban amenizando las cenas en el crucero del amor del capitán Stubing. Lo malo de la juventud es que no dura siempre. Lo malo de las revoluciones (también de las artísticas) es que se las acaba apuntando el ministerio; pasó con el jazz, con los prerrafaelistas y con el voto femenino. Frank Sinatra dijo en 1957 que el rock and roll era una farsa tocada por unos cretinos mentecatos, pero tres años después le pagó 125.000 dólares a Elvis Presley para que apareciera seis minutos en uno de sus programas de televisión.

Al rock and roll, yeah, le adorna mucho la autodestrucción, lo que pasa es que Mick Jagger ha cumplido setenta y uno. Los punkis de los setenta adoptaron el nihilismo del no hay futuro y el lema “vive rápido, muere joven y deja un bonito cadáver”, que en realidad es una frase de la película “Llamad a cualquier puerta”, dirigida por Nicholas Ray en 1949 con Humphrey Bogart y John Derek (con lo que seguramente fue una ocurrencia de los guionistas John Monks y Daniel Taradash). El punk mezcló las insignias nazis con las botas de quinto y las cremalleras y la rúbrica salvaje se la puso Sid Vicious, el bajista de los Sex Pistols, que recién salió del trullo por haber asesinado a su novia, la diñó de una sobredosis de heroína que le inyectó su propia madre. Los punkis de los ochenta se dividieron entre los que siguieron en la brecha montando follón, los que pretendieron arrimarse al ministerio para pedir agua Evian y humidificadores de ozono y el increíble hombre-pocilga GG Allin, el cerdo indecente de los conciertos de garaje. GG Allin fue un producto de la Biblia y las garrapatas, del travestismo, la bipolaridad y la adicción al laxante, al whisky Jim Bean, a las camorras, a la coprofagia, a la corriente nudista y al masoquismo. GG Allin grabó profusamente pero sin calidad y en sus conciertos en directo (que no solía finalizar porque los interrumpía la pasma o el hospital) ofrecía en comunión su carne, su sangre y sus fluidos a sus acólitos, porque consideraba que su cuerpo era el templo del rock an roll.

Sangre y heces
GG ALLINAllin nació en 1956 en Lancaster, en el estado de New Hampshire, creció en una cabaña de madera sin electricidad ni agua corriente y a los doce años las garrapatas le infectaron de borreliosis. Su padre, Colby Allin, estaba como una cabra y le puso de nombre Jesucristo porque había tenido la visión de que su hijo iba a ser el Mesías. Colby Allin interpretaba la Biblia con dramatismo y preparó un pacto de suicidio con su familia, por lo que cavó cuatro tumbas en el sótano de la cabaña, pero su mujer, Arleta Gunther, cogió a sus dos hijos y puso pies en polvorosa. Arleta le cambió el nombre al pequeño Jesucristo para que no se riesen de él en la escuela y le puso el de Kevin Michael, pero siempre le llamaron GG. GG Allin no encajó en el instituto, quizá por su costumbre de ir a clase vestido de mujer, pero se graduó milagrosamente en 1975 en la Escuela Secundaría de Concord y montó la banda “Negligencia” con su hermano mayor Merle, que le introdujo en el mundo de la droga metiéndole ácido en un donut. Merle y GG Allin fundaron varias bandas hasta llegar a los Murder Junkies en 1990, en la que enrolaron al batería Dino Sex, un melenudo que tocaba desnudo, creía que era inmortal y había pasado una temporada en el trullo por enseñarle el pijo a una niña. GG Allin encontró su voz cantando las mismas mierdas nihilistas de siempre (“Fui un feto infectado, hijo de puta, estoy sobre un puente que se quema”) y montando cristos en sus conciertos en directo en pocilgas ínfimas. Salía al escenario trompa y desnudo, después de haberse bebido una botella de Jim Bean y otra de laxante. Se ponía a cantar, se cagaba, se comía sus propias heces y se daba de hostias con el público. Una vez se rompió seis dientes pegándose él mismo con el micrófono y en un concierto en Texas le partieron el brazo quince seguidores a patada limpia. En otra ocasión se cayó por las escaleras antes de cantar la primera canción y el público le rompió botellas de cerveza en la cabeza. Generalmente le arrestaban a la mitad del concierto y se hizo íntimo amigo de John Wayne Gacy, alias el Payaso Pogo, un asesino en serie que mató a treinta chaperos entre 1975 y 1978. En un experimento contracultural le invitaron a dar una charla en la Universidad de Nueva York que consistió en aparecer en pelotas en el estrado y meterse un plátano por el culo: cinco minutos después le echaron a patadas los de seguridad. Dee Dee Ramone estuvo una semana escasa en su banda, pero la dejó cuando GG le mezcló en una bronca tirando botellas de cerveza a unas putas desde una furgoneta en marcha.

Inevitablemente le entrullaron durante dos años por violar a una chica en Michigan y cuando salió se saltó la libertad condicional yéndose de gira y rodando el documental “Hated: GG Allin and the Murder Junkies”, dirigido por Todd Phillips. El 28 de junio de 1993, cuando iba a cumplir treinta y siete años,  dio su último concierto en una estación de gasolina abandonada en Nueva York. Se puso hasta arriba de coca y se cargó el equipo de sonido pegándose hostias con el micrófono. Pegó a alguien del público, se cagó encima y salpicó de mierda a la concurrencia. Le tiraron botellas de cerveza y se armaron peleas. GG Allin abandonó el escenario, salió a la calle sangrando y detuvo un autobús a botellazos. Llegó la pasma. Allin pescó un taxi en el que subió en pelotas y se largó a un hotel. De madrugada se fue a una fiesta, le pegó al Jim Bean, a la birra y a la coca y se murió vestido con una chupa, una minifalda y un casco nazi. Sus compadres de festejo pensaron que estaba roncando y se hicieron fotos con él. Cuando la poli llegó a la mañana siguiente dijo: ¿qué clase de imbécil se hace fotos con un cadáver?

Merle Allin prohibió al forense lavar el cadáver y velaron a GG con olor a mierda, hinchado y vestido con su chupa negra y unos calzoncillos marcadores sobre los que habían escrito: cómeme. Se los bajaron y le movieron el pajarito para ver si arbolaba y después le metieron en el ataúd bolsitas de coca, un micrófono, dos botellas de Jim Bean, unas bragas y un walkman en el que sonaba su disco “Suicide Sessions”.

MARTÍN OLMOS

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