MARTÍN OLMOS MEDINA

Una vieja, una ventana y un rumor

In Ejecuciones y linchamientos on 15 de noviembre de 2014 at 12:18

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

Como es más fácil buscar un culpable que una solución, de la peste de Milán de 1630 tuvo la culpa un barbero como la tuvo del sida Rock Hudson.

“La crisis del ébola ha enseñado las enaguas de un Estado vulnerable y la paranoia de una sociedad inflamable”
RUBÉN AMÓN

 

Fisiología de la virtud en términos de parangón: las armerías de Baton Rouge, en Luisiana, pasaron de vender veinte armas de fuego al día a un millar inmediatamente después del huracán Katrina. Los paletos sureños se atrincheraron en sus Álamos particulares con una garrafa, una Biblia y un cacharro y esperaron a los saqueadores que se imaginaron que llegarían desde Nueva Orleáns, a cien kilómetros de distancia, para recibirlos a tiros y que no les birlasen el agua, los nabos y la tele. Escondieron a sus hijas en el sótano. Conjugación de la solidaridad en cuanto a compromiso común en términos de adagio tradicional: los buenos vecinos se hacen con muros altos. Enseñanzas paternas de la ley natural en forma de los consejos a un hijo que escribió Ernest Hemingway en 1931: nunca confíes en un hombre blanco, nunca te rasques la urticaria, pon siempre papel en el asiento, nunca te cases con las putas, nunca pagues a un chantajista. Actualización de los mismos con variación de género, tomen lápiz y papel: hija, no enseñes las peras en el internés, no sueltes la copa en la verbena o te echarán la burundanga y amanecerás de segunda mano, no te acerques a un negro que estornuda, jesús, porque no es probable que tenga alergia al polen. Principio elemental del boxeo para bloquear un jab de zurda: papá, el negro es guapo y bailón. Contestar gancheando con la buena manteniendo la barbilla pegada al pecho: hija, el mandingo estornuda, jesús, y trae en su aliento la ira de Dios. Nadie le pidió que viniese. Terapéutica básica para afrontar la ira de Dios durante el periodo en el que se reúne una comisión: primero, buscar un culpable, que lo encontrará aquel que no es capaz de verse las pestañas con sus propios ojos. Segundo, cirugía preventiva: disparar a un perro, disparar a una enfermera, disparar a un cura medio muerto. Interludio hampón que puede utilizarse, si se tiene la intención adecuada y cierta compenetración, como modelo primordial del efecto de acción y reacción ante la génesis de una emergencia: durante los años cuarenta, el triunvirato de los bajos fondos de Nueva York lo formaron Charlie “Lucky” Luciano, que era el cerebro, Meyer Lansky, que era el contable, y Benjamín Siegel la Sanguijuela, que era el músculo atávico. Cuando el balance no cuadraba, Luciano pensaba, Lansky contaba y Siegel la Sanguijuela echaba mano de la cacharra y decía: voy a salir a la calle a matar a alguien. Luciano le respondía que no tenían aún una visión de conjunto y le preguntaba: ¿y a quién vas a matar? Siegel respondía: no lo sé, a alguien. Hay que hacer caso a la Sanguijuela y siempre hay que disparar a alguien. Del sur viene el hambre y la ira de Dios y sus hijos a los que no sacó a tiempo del horno. Del sureste vino el huracán Katrina, desde las Bahamas. Tesis de la misantropía verbalizada en forma de dicho de la vieja: por la caridad entra la peste. Y una pausa publicitaria de nuestro patrocinador Prosegur: cierre las puertas a cal y canto. Hay que disparar al sur porque las balas alcanzan más velocidad por la propia fuerza de la gravedad ¿no? Es pura física.

Los untadores
Estribillo con letra de Cicerón que cantan los profesores de historia en la fiesta de san Herodoto para que sus cátedras sigan de pie en la época en la que lo que se lleva es estudiar para ser Personal Shopper: los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla. La mañana del 21 de junio de 1630, hacia las cuatro y media, una mujeruca llamada Caterina Rosa se encontraba, por desgracia, en una ventana del puente que por entonces había al principio de la calle de la Vetra dei Cittandini, en la ciudad de Milán. La viejuca vio a un hombre con capa negra y los ojos escondidos debajo de un sombrero frotando sus manos contra un muro. En Milán habitaba la peste, que había venido detrás de los soldados alemanes que habían vendido sus zapatos a los ropavejeros, del calor, de la hambruna y del éxodo de los campesinos famélicos que le huían a la mala cosecha. Los milaneses no hicieron caso a Prosegur y relajaron las medidas terapéuticas durante el carnaval y tuvieron que enterrar a 60.000 muertos sobre una población de 130.000. Meyer Lansky echó las cuentas. Siegel la Sanguijuela salió a matar a alguien. ¿A quién? No lo sé, a alguien. Se propagaron los chismes sobre los “untadores” que extendían la plaga manchando los muros de la ciudad con la pestilencia. Se consolidó la crisálida del miedo a la guerra bacteriológica en la era prebacteriológica (diga esto rápido y sin equivocarse) y se persiguió a los extranjeros. Los franceses Paul D´Ethieu y Jean Suffert se sentaron en un banco manchado y se limpiaron la inmundicia contra un muro y una vieja les gritó: ¡Untadori!, y tuvieron suerte y solo se llevaron una paliza. Caterina Rosa dijo que apareció una sustancia pegajosa sobre el muro por el que había demorado la mano el misterioso hombre de la capa negra. Las autoridades le buscaron y resultó ser Guglielmo Piazza, un antiguo lanero que trabajaba de comisario de la Sanidad. Piazza dijo que solo se limpió las manos de tinta y el tribunal de Milán exhibió músculo y le dio el tormento de la maroma, que consistía en penderle del techo a tres metros del suelo con las manos atadas a la espalda hasta descoyuntarle los brazos. Antes le vistieron con los hábitos de la curia, le pelaron el melón y le dieron un purgante porque se pensaba que los reos sometidos a tortura eran capaces de soportarla por medio de amuletos diabólicos que escondían en la ropa, el pelo o los intestinos. Después le rompieron las manos. Piazza huyó del dolor insoportable cantando un chisme que se inventó en el que aseguró que un barbero llamado Gian Giacomo Mora le proporcionó el unto venenoso para propagarlo por la ciudad. Al pobre Mora le dieron el tratamiento y confesó a la fuerza, pelón y cagado como el anterior, y ambos fueron ejecutados el uno de agosto después de ser paseados en un carretón hasta donde hoy se levanta la plaza Vetra. Les mutilaron con unas tenazas al rojo, les cortaron la mano derecha y les dieron el tormento de la rueda, que consistía en romperles todas las articulaciones del cuerpo a golpes con una barra de hierro manteniendo intacta la cabeza y llevando el cuidado de no matarlos de una hemorragia interna para después amarrarles descoyuntados a una rueda de carro con los tobillos tocando la cabeza y esperar a que muriesen lentamente por asfixia al tener las costillas rotas. Al de seis horas los degollaron, quemaron sus cuerpos y los dieron a un arroyo.

La ciudad de Milán enseñó durante la peste “las enaguas de un Estado vulnerable y la paranoia de una sociedad inflamable” y celebró el suceso erigiendo una columna escrita en latín para oprobio de Piazza y Mora que vio Joseph Addison en 1700.  Con el tiempo fue derruida por una posteridad, cuenta Leonardo Sciascia, “avergonzada de la necia ferocidad de sus mayores”.  A la peste se la llevó la lluvia y una cosecha decente. Como siempre, lo que hubo que matar fue el hambre y no a un perro, a una enfermera o a un cura medio muerto, ni a un negro que estornuda, jesús, ni a Rock Hudson, ni a un barbero infeliz ni a un comisario de la Sanidad que tenía una capa negra y pasó debajo de la ventana de una vieja. Enseñanzas paternas de la ley natural en forma de los consejos a un hijo que escribió Ernest Hemingway en 1931 con una adenda apócrifa: nunca confíes en un hombre blanco, nunca te rasques la urticaria, pon siempre papel en el asiento, nunca te cases con las putas, nunca pagues a un chantajista y líbrate de la combinación de una ventana, una vieja y su ocio.

MARTÍN OLMOS

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