MARTÍN OLMOS MEDINA

Los lanceros bengalíes

In Timadores y burlangas on 11 de diciembre de 2014 at 11:47

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS
Los libros de autoayuda recomiendan cambiar de vida si la que tienes no te gusta

“La vida no debe ser una novela que se nos impone, sino una novela que inventamos”
FRIEDRICH LEOPOLD VON HARDEMBERG, NOVALIS.

“Tres lanceros bengalíes” es una película de Henry Hathaway de 1935, de aventuras exóticas con Gary Cooper, en la que salen emires de Gopal y el malvado Mohammed Khan, torturas asiáticas y una astuta espía rusa, acciones heroicas y una Cruz Victoria prendida en la silla del caballo de un teniente muerto al volar un arsenal enemigo para salvar, con el sacrificio de su vida, a su regimiento de lanceros.

Dejad en paz al Pequeño Nicolás con su carita de niño un poquito trucha y su mentón en fuga de mal peleador, que usted también soñó un día con ser bombero, torero o lancero bengalí. El Pequeño Nicolás, con su apodo de zarevich hemofílico, solo quiere jugar a ser un Santiago Matamoros escrito por Graham Greene y en su saga de intrigas internacionales ha cabido, como no podía ser de otra forma, una Dulcinea jamona a la que le hemos puesto un nombre vanguardista. Otros niños juegan a ser Harry Potter. Los niños son jodones y arruinan las cenas porque les tienes que sacar a los toboganes, y el Pequeño Nicolás ha jodido bien en las moquetas y ha gritado, con su par de compañones, que el rey está desnudo. Les dicen compañones a los cojones de los perros. Al Pequeño Nicolás le tienen que hacer un serial con un actor lesbiano de la Disney o le tienen que poner una máscara de hierro y encerrarle en la Bastilla custodiado por Benigno de Saint-Mars y un criado sordomudo para que luego le escriba Dumas. Para que un día le salven los tres mosqueteros. Dejad en paz al Pequeño Nicolás con su carita de niño un poquito trucha y su cabellera prerrafaelista de retrato de camafeo y que siga jugando a ser el Conde Duque de Olivares, que usted también soñó un día, que quizá ya haya olvidado, con ser corsario, santo o aviador.

Permítanme que hable un poco de mí: una selección de estas crónicas criminales con las que sombreo las mañanas de sus domingos merecieron, generosamente, el premio literario del Café Bretón-Bodegas Olarra y de la impresión del volumen, con una portada de José Guadalupe Posada, se hizo cargo la editorial riojana Pepitas de Calabaza (son quince euros, oiga). El editor don Julián Lacalle me pidió para ennoblecer la solapa un apunte biográfico de un servidor, que quedó breve pero no dos veces bueno,  y se saldó con mi escueta epopeya escrita nada más que en quince palabras que decían así: nació en Bilbao en 1966 y lleva cinco años contando crímenes en el periódico El Correo. En esta frase no hay economía de medios sino ausencia de navegación, y lo que me hubiese gustado es escribir que boxeé en el peso medio en los circuitos profesionales, que sufragué mis estudios de egiptología en la Sorbona traficando con tabaco en Pigalle y que seduje a una condesa húngara en el Transiberiano y cuando la abandoné se colgó con sus medias de seda en el vagón restaurante, encima de una langosta al Termidor. Soñé un día con ser lancero bengalí, ya ven, pero por lo visto no di la talla. El impostor, en cambio, materializa su sueño pero sin pasar por la cocina, que es como empezar la casa por el tejado, y es un novelista autobiográfico que tiene un proyecto de vida y se toma un atajo. Shakespeare (que quizá fue también un farsante que aprovechó el rédito de Christopher Marlowe) recomendaba decir siempre la verdad para avergonzar al diablo, pero lo que suele hacer la verdad sin adorno es aburrir soberanamente y, al final, todos somos el Pequeño Nicolás y le tenemos que poner a la vida un par de trolas o tres como nos ponemos pantalones que nos suben el culo que parece una tabla.

Impostores ha habido siempre y se ordenan por gremios y se clasifican según la gracia que tengan. Ha habido impostores mendicantes y napoleónicos, pretendientes al armiño, prosistas, en verso y mutilados de guerra. Un impostor de salitre fue Emilio Salgari, que se inventó una biografía de viajes por mar y casi no salió de su pueblo, y una de sangre azul Anna Anderson, que pretendió ser la Gran Duquesa Anastasia de Rusia porque no le gustaba ser Franziska Schanzkowska, una obrera polaca más bien cortita de entendederas. Tania Head se cansó de ser gordita e invisible y se anunció de superviviente del holocausto del 11-S pero cargó un poquitín las tintas con detalles románticos y le salió la chica del Titanic:  contó que ese día iba a casarse con su novio, que murió en la torre norte, que fue salvada por un misterioso hombre con un pañuelo rojo y que un moribundo le entregó su anillo de boda para que se lo devolviese a su viuda. Le faltó nada más que la canción de Céline Dion (Near,…Far…Whereeeeever you are) y que DiCaprio la pintase en cueros mientras los aviones se estrellaban y, sin embargo, le vendió el camelo al alcalde Rudolph Giuliani durante seis años hasta que se descubrió que no estuvo aquel día en el piso 78 de la torre sur, que no tenía novio y que era en realidad Alicia Esteve, una catalana con familiares fulastres que habían merendado trullo por endosar pagarés falsos.

Louis de Rougemont
El impostor aventurero fue suizo, como los bollos, se llamaba Henri Louis Grin y antes de convertirse en el fabuloso Louis de Rougemont se dedicó a criado de la actriz inglesa Fanny Kemble, a curandero, fotógrafo de fantasmas y emprendedor de negocios con epílogo ruinoso. Como no prosperaba según sus expectativas, emigró a Australia, se cambió de nombre y en 1898 empezó a publicar sus memorias en el semanario inglés “The Wilde World Magazine”, en el que contó cómo participó en banquetes caníbales y cómo los salvajes del interior de  Nueva Guinea le tomaron por un dios. Contó que cabalgó sobre una tortuga y vio volar a un wombat, que es un marsupial subterráneo, y que envió mensajes en intrincados dialectos locales por medio de pelícanos carteros y que se curó de las fiebres durmiendo dentro de un búfalo destripado que aún conservaba el calor de las entrañas. Louis de Rougemont llegó a escribir el libro “Treinta años entre los caníbales de Australia” y aseguró haber encontrado el despojo de la expedición de Alfred Gibson, que desapareció en 1874 mientras cruzaba de este a oeste el desierto occidental de Australia. Cuando le examinaron en la Real Sociedad Geográfica, eludió dar detalles cartográficos forzado por un contrato de confidencialidad que decía que había firmado con una empresa minera para la que trabajó buscando oro. Cuando descubrieron su sarta de patrañas emigró a Sudáfrica y montó un tinglado de vodevil en el que se anunciaba como “El más grande embustero del mundo”, que cosechó ovaciones cerradas excepto en su tour australiano, en 1901, donde le recibieron a pitidos y le tiraron una silla de tijera. Murió pobre como un mendigo en Londres, el nueve de junio de 1921.

Al Pequeño Nicolás, con su carita de niño un poquito trucha y su papadita de lector yacente, aún le queda carrete y cuando se le derrita el trampantojo puede iniciar la industria del último Rougemont y vivir del cuento en los platoses, que son más cómodos que las caravanas de feriantes, y entonces será dueño legítimo de una biografía en condiciones y no de una cosa escueta de nada más de quince palabras huérfanas de navegación, que es la que hasta ahora puede enseñar un servidor que va para cincuentón. Qué decepción, que ustedes creían que mis copiosas sapiencias del alrededor del hampa me venían de haber sido pasma de antivicio en Brooklyn. Y lancero bengalí.

MARTÍN OLMOS

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  1. No sea modesto, maestro. Maneja usted con gran pericia la navaja de abanico y le saca tinta artística al boli bic. Muchos quisieran.

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