MARTÍN OLMOS MEDINA

Archive for 31 enero 2015|Monthly archive page

Mujeres con bigote

In Timadores y burlangas on 31 de enero de 2015 at 20:25

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS
La primera mujer que votó en California iba con pantalones y un parche en el ojo.

“Pero si el hábito no hace al monje, sí que hace al sexo, y ya dicen las viejas sabidurías que el que se finge fantasma acaba siéndolo”
FRANCISCO UMBRAL

El feminismo ha acabado con el tango y con los albañiles poetas que decían arriba del andamio: quién fuera el viento para acariciarte el pelo (los había quevedescos que ponderaban el nalgatorio y los bíblicos, más escasos, que recitaban el séptimo  capítulo del Cantar de Salomón: “Tu ombligo es un ánfora redonda en la que no falta el vino perfumado. Tu vientre un montón de trigo rodeado de lirios. Tus pechos como dos crías mellizas de gacela”). La presidenta del Observatorio de Violencia Doméstica y de Género del Consejo General del Poder Judicial, Ángeles Carmona, que es rubia, con perdón, ha dicho que hay que erradicar los piropos y quiere poner a los albañiles a hablar del tiempo. Van a acabar prohibiendo blasfemar en las cuestas arriba. En Suecia, en Japón y en Taiwan pretenden que los tíos meen sentados en vez de hacerlo a pie firme contra una tapia, silbando y embridando con una mano. Mientras tanto las mujeres alternan vino en el lóbrego bodegón con los codos en el pesebre y se tatúan el lomo como los lejías y los corsarios. Las mujeres lo que han querido siempre es mear de pie, que proporciona un alivio más inmediato,  hace sufrir menos a los muslos porque no se tienen que combar en equilibrio y reduce el riesgo de mojarse los talones. Las mujeres saben hacer dos cosas a la vez y hablan al revés y dicen no cuando quieren decir sí. Los hombres no las entienden porque se manejan mejor con la buena letra y cuando les dicen no, interpretan que no. Decía el moralista suizo Henri-Frédéric Amiel, escritor de diarios, que se entiende a las mujeres como se entiende el lenguaje de los pájaros: o por intuición o de ninguna manera. Las mujeres han preservado a la especie con su dolor y con el alimento de las crías mellizas de gacela que cantaba Salomón (una evidencia que no es machismo, sino biología) y los hombres se quedaron con la impresión de que eran accesorios pero fueron tirando una temporada porque salían de la cueva a cazar. Con la agricultura tuvieron que hacerse valer inventándose cosas importantes como la política y la guerra (y más tarde inventaron el fútbol). La guerra les entretenía mucho a las mujeres y seguían a los soldados como lavanderas, como furcias o como esposas a pesar de la advertencia que decían los sargentos de los Tercios españoles: “Quien se casa habiendo de andar tras una bandera vivirá lacerado”. Para no alentar los casamientos, se toleraba que a los Tercios les siguiese un contingente de putas que era de seis a ocho por compañía hasta que el archiduque Alberto de Austria, que era meapilas, lo redujo a dos y las obligó a vestirse de mujeres honradas. Sancho de Londoño, maestre de campo del Tercio Viejo de Lombardía, dejó escrito que “es preferible que no haya hombres casados, pero debe permitirse, para evitar mayores inconvenientes, que haya por cada ciento ocho mujeres, y que éstas sean comunes a todos los hombres”.

Las mujeres que querían combatir tenían que vestirse de hombre, como le pasó a Catalina de Erauso, que le dijeron la Monja Alférez. De Catalina de Erauso supone José Luis Hernández Garvi que era bollera y la acabó reconociendo el grado que ganó en la batalla de Valdivia Felipe IV y el papa Urbano VIII le otorgó la dispensa de vestir de macho a pesar de que una vez en La Paz robó una hostia consagrada. Catalina de Erauso dejó plantadas en el altar a dos doncellas en Tucumán: una era una huérfana mestiza y la otra la hija de un canónigo. En Piscobamba mató a un tío en una timba y en Saña, en Perú, dio fin a un tal Reyes porque se sentó delante de ella en una comedia y con su sombrero no la dejaba ver. Mató también a su hermano en un duelo, a un auditor del rey y a un número indeterminado de indios en las matanzas de Chuncos y dijeron que murió en el pico de Orizaba, en Méjico, conduciendo una reata de burros. Otra que meó contra la pared fue Loretta Velásquez, cubana que decía bajar del linaje del pintor, y que se alistó con un bigote postizo bajo el nombre de Harry T. Buford para combatir en la guerra de Secesión en el bando confederado. Velásquez peleó en las batallas de Bull Run, Ball´s Bluff y en la del fuerte Donelson, conoció a Lincoln, al profeta Brigham Young el de los cien lechos y se casó cuatro veces, una de ellas con un metodista. En Shiloh le pegaron un tiro mientras enterraba muertos y en el hospital de campaña le vieron el contorno y tuvo que escapar a Nueva Orleáns a pesar de ostentar el grado de teniente. Loretta Velásquez escribió sus memorias con copiosidad y le salieron seiscientas páginas en las que dijo que odiaba a los malditos yanquis porque le robaron a su padre unas tierras de pasto en San Luis de Potosí, pero más adelante, el general confederado Jubal Anderson Early, veterano de Bull Run y comandante de las fuerzas sureñas en el Valle de Shenandoah,  aseguró que el libro era una patraña desde el prólogo hasta el punto final. A Hannah Snell, nacida en Worcester en 1723, le abandonó su marido, que era un notorio borracho que acabó en la horca por asesino, y ella se puso la ropa de su cuñado y se alistó en la Marina Real con el nombre de James Gray, entró dos veces en combate y recibió una docena de heridas, once de ellas en las piernas y una en la ingle. Cuando se retiró recibió una pensión militar y puso un bar que se llamó La Guerrera.

Sufragio femenino
A la política llegaron las mujeres a costa de que a las primeras sufragistas les diesen brea y plumas y votar, si se quiere mirar por ahí, es masculino por lo que tiene de inserción, pero sobre esto ya hicieron una canción los de La Trinca (“Por primera vez”). La democracia, como el vinagre de Módena, está un poquito sobrevalorada y Churchill decía que es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás, pero por el camino crea una ilusión de participación. Bukowski la diferenciaba de la dictadura por el hecho de poder votar antes de obedecer las órdenes y el periodista Dutton Peabody consideró que a veces se llevaba muy lejos cuando se enteró de que no se podía echar un trago en el colegio electoral. Las mujeres no pudieron votar en California hasta 1911 (que fue anteayer), pero una lo hizo cuarenta años antes y era una tuerta blasfema que mascaba tabaco negro como la pez. Charlotte Parkhurst nació en New Hampshire en 1812, se quedó huérfana de padre y madre y se crió en un orfanato del que se escapó para irse a trabajar a los establos del señor Ebenezer Balch, de Worcester, Massachusetts, en el que aprendió a mandar carros de seis caballos. Por ser hembra, cobraba menos que los demás postillones y se marchó a Providence, en Rhode Island, se cortó el pelo, se vendó la proa y empezó a trabajar en pantalones conduciendo diligencias con el nombre de Charley Parkhurst disimulando el tamaño de sus manos con unos guantes de piel de gamo sin curtir que no se quitaba ni en verano. Después emigró a California durante la fiebre del oro y encontró un asiento de pescante en los coches de la California Stage Company, juró como los de su profesión, empinó el codo con los matones y perdió un ojo de una coz que le pegó una mula. Se puso un parche negro y varonil, se lavó poco y una vez espantó a tiros de escopeta del diez al bandido Black Bart, que le decían el Ladrón Poeta porque era sonetista, inglés y el más notorio asaltante de diligencias del norte de California y el sur de Oregón. Se sabe que, por lo menos, mató a un rufián. En 1868 se instaló en Soquel, California, y vio el nombre de Charley Parkhurst en el censo de las elecciones presidenciales que disputaron Ulysses S. Grant por los republicanos y Horatio Seymour por los demócratas. Charley Parkhurst, que le decían Látigo y el Tuerto, votó, pero no se sabe a quién, y cuando dejó los carros porque estaba medio tullido por el reúma puso un negocio de cría de pollos y murió en Watsonville, California, de un cáncer de lengua en 1879. Cuando le fueron a embalsamar para darle tierra en el Cementerio de los Pioneros descubrieron que Látigo Charley Parkhurst no era un tío, sino una tuerta como la Princesa de Éboli y unos años después los bomberos voluntarios de Soquel le pusieron una placa conmemorando a la primera mujer que votó en el estado.

MARTÍN OLMOS

Obituario del maestro Suárez

In Los chicos de la prensa on 13 de enero de 2015 at 19:19

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS
Murió el fundador de El Caso de rondón, como cuando se colaba en los cabaréts.

“Suárez fue el periodista más expedientado y sancionado del país”
JUAN S. RADA.

Eugenio Suárez se murió, por joder, la víspera de un día sin periódicos para no hacer un titular necrófilo, porque ya se sabe que la prensa no contempla el anteayer. Se conoce que quiso tener una jornada de ventaja para gestionarse de exclusiva, porque ya se sabe, también, que los periodistas comparten el pan como hermanos, pero las noticias como gitanos. Ay, que ya no se puede decir gitanos como no se puede regalar una caja de puros a un asesino confeso para agradecerle la contribución a multiplicar la tirada. Eugenio Suárez se murió de noventa y cinco años, jodón como vivió, el día de nochevieja del año pasado para que le sacasen obituarios atenuados por la resaca y ser una noticia de anteayer. Eugenio Suárez intuyó un periodismo hecho de viáticos a los porteros de finca y noches de comisaría, de rifas de cocodrilos y tiros en la redacción, y llegó a la conclusión de que jamás había que fiarse de un policía abstemio. Premonitoriamente, de chaval fue putero de bayú, que es como decían en la época a la reunión indecente, y frecuentó el Kussaal de la calle Magdalena, la Cigale Parisienne y el Edén Concert, en donde vio a una señora coger un duro con el parrús. Entraba de medio rondón con los pantalones largos que le prestaba un primo suyo y que se los tenía que cinchar desde el sobaco y a la Cigale le llevó una tarde a Tierno Galván, que ya entonces le pareció viejo. Los jóvenes, en cambio, se afiliaban a la Falange por la fascinación icónica de José Antonio y a Eugenio Suárez le detuvieron por alborotar de camisa azul cuando aún no había rendido el bachillerato y le encerraron en la Cárcel Modelo. Le metieron con los comunes y se aprendió el himno del trullo, que decía el menú del rancho: “Arroz, judías y patatas,/ unos trocitos de sebo/ con la carne de un ratón,/ servido en una negra lata/ con más mierda que el retrete/ que hay en nuestra habitación”.

Eugenio Suárez empezó a fumar a los nueve años pitillos de anís que compraba en el Retiro y luego se pasó al rubio americano, a los perfumados ingleses y a los Abdullah turcos. Su padre consideró que la edad tolerada para fumar era la de la rendición del bachillerato y cuando lo obtuvo a los quince años le regaló una pitillera de alpaca. Cuando salió de la cárcel se fue a Berlín de corresponsal de prensa arropado por la Falange y cuando estalló la guerra española le pusieron a vigilar la embajada con una pistola F N del 7´65 con la que le pegó un tiro en la pierna a un tío que pretendió subir las escaleras que él custodiaba. Regresó a España y se alistó con los rebeldes en la 2ª Bandera de Castilla y en las trincheras de la carretera de Extremadura, a la salida de Madrid, los combatientes de ambos bandos confraternizaban de puro aburrimiento y pactaron una tregua para que José María de Vega, amigo íntimo de Suárez, accediese al convento que servía de refugio a los milicianos para interpretar al piano canciones de Quintero, León y Quiroga. El piano estaba lleno de agujeros de bala y José María de Vega solo había estudiado dos años escasos de solfeo, con lo que Suárez comprendió que la guerra estaba provocada, realmente, por “la acerba crítica que expresaban los oyentes adversarios”. Una vez vio como el cadáver de un portugués expulsaba los algodones que taponaban sus fosas nasales por los gases provocados por la descomposición con un ruido que pareció un cañonazo.

El Caso
Cuando acabó la guerra se casó y tuvo una hija, y en 1940 consiguió un empleo precario (con sueldo de 500 pesetas) de censor del turno nocturno en la Dirección General de Prensa, donde su jefe, Antonio Heredero, se pasaba las noches en el café Comercial de la glorieta de Bilbao y le recomendaba que se atuviese a las consignas del “pincho” y que tachara lo que le pareciera oportuno. En el cargo le sucedió Camilo José Cela. Al año siguiente se alistó en el banderín de enganche de la División Azul para ir a combatir a Rusia: con veinte paisanos salió de la Estación del Norte y cambió de tren en Hendaya, en donde fue desinfectado de piojos, y cuando llegaron a Karlsruhe, las chicas de la Juventudes Hitlerianas les recibieron con café pero se confundieron y les cantaron el Himno de Riego. Recibió entrenamiento en el campo de Graffenwöhr, en la Selva Negra, pero le enchufó de asistente un cuñado de Milans del Bosch, más tarde célebre revoltoso. Cuando iba a iniciar la Gran Marcha a la Unión Soviética pescó la hepatitis y le repatriaron sin disparar un solo tiro. A su regreso, arrastró los pies por el Café Gijón y le dio la tabarra a Juan Aparicio, delegado nacional de Prensa, que por quitárselo de encima le envió dos años de corresponsal y agregado cultural a Budapest. A la vuelta cobró su primer artículo en el Diario Vasco y acabó en el diario Madrid de Juan Pujol, que una tarde de 1951 le encargó que cubriese el crimen del Monchito porque no tenía a nadie más a mano. El Monchito era Ramón Oliva Márquez, de veinte años y  tonto de premio, que como tenía preñada a la novia (porque los tontos riegan con solvencia) le pidió un adelanto de 500 pesetas a su jefe y como se las negó, apuñaló treinta estocadas a su mujer, envolvió la ganancia en una funda de almohada y se compró un acordeón. En el garrote preguntó cómo estaba la señora, que imagínense, y rellenó una quiniela la noche antes de que le rompiesen la médula. Eugenio Suárez escribió una crónica larga con cebos para la censura, que milagrosamente la dejó casi intacta, y se hizo compadre del inspector Antonio Viqueira Hinojosa, que le compartió noches ociosas en la comisaría diciéndole de los hampones. Suárez intuyó el género e inauguró una sección en el diario que se llamaba “El caso de…”, cuyo título copió del serial de Perry Mason, en la que contaba crímenes viejos que ya llevaban el final escrito. Después fundó El Caso por su cuenta, sostenido por las 15.000 pesetas que le procuraron los hermanos Zehr, fabricantes del reloj suizo Buren, y la publicidad contratada por Galerías Preciados, Wagon-Lits y la Paella Riscal.

El Caso revolucionó la crónica de sucesos franquista, que era escueta por obligación y basada en mondas notas de prensa de la BIC, y propició la primera publicación que mostraba, saliéndose del cinturón, la realidad de un país que, debajo del vítor sobre el que se alzaba el generalito africano y meapilas, era miserable, violento y analfabeto. Lo leyeron los maulas del taller y los serenos, y lo leyeron Graves, Cela y Goytisolo, y lo leyó el generalito, al que igual le vino bien la divulgación de los navajazos y de los platillos volantes y lo permitió, como escribió Umbral, “porque pensaba que la población, distraída con el crimen de la portera, la gata con alas o el hongo milagroso, se iba a despolitizar, como así fue”.

El Caso dobló su tirada con los asesinatos de Jarabo y Suárez le envío a la prisión una caja de puros habanos María Guerrero a través del pasma que le interrogó, Sebastián Fernández, con una nota de reconocimiento a su infausta contribución al fulminante éxito de ventas. El Lute aprendió a leer con El Caso y le prometió a Suárez sus memorias, pero cuando se ilustró le pidió mucha pasta y prefirió irse de pasante con Tierno Galván. Eugenio Suárez también intuyó el periódico como tómbola y rifó un contador Geiger y un cocodrilo, que al ganador le pareció un premio excesivo y el bicho se quedó de mascota de la redacción, le pusieron de nombre Leopoldo y le metieron en un acuario del que le sacaban al retrete cuando dos funcionarios del zoo venían a limpiarlo. Leopoldo quiso morder una vez a un ministro y Eugenio Suárez ponía orden en la redacción pegando tiros al techo con su pistola de la 2ª Bandera de Castilla. Eugenio Suárez se bandeó con los ilustres y se iba a almorzar con Juan Caño al Zalacaín, pero le decía que pidiese el plato del día. Combatió a Franco desde el Decreto de Unificación que marginó a los falangistas y Jorge Semprún no le dejó afiliarse al Partido Comunista. Al general le dejó de combatir cuando murió porque no quería ser antifranquista a moro muerto.

Eugenio Suárez fundó más semanarios y se terminó arruinando y viviendo de la caridad de Polanco y se murió en nochevieja de noventa y cinco años de pura juventud en los que practicó un periodismo de inmediatez y de propina al sereno a medio camino entre el folletín y la investigación en unos tiempos en los que tu padre, con dos cojones,  te regalaba una petaca de alpaca para que fumases bachiller y se podía decir gitano y mandarle puros al artista.

MARTÍN OLMOS

El hijo del rey león

In Con buena letra on 13 de enero de 2015 at 19:12

ILUSTRACION  DE MARTIN OLMOS
El tercer hijo de Ernest Hemingway heredó de su padre la bipolaridad y murió en chirona vestido de Juana la Loca

“Ahora sabía que el muchacho no había valido nunca nada”
ERNEST HEMINGWAY

Ernest Hemingway se golpeaba el pecho hirsuto en lo alto de las montañas Virunga. Enseñaba el lomo plateado. Presentaba un marcado dimorfismo sexual. Vivía en macho puro y meaba contra la pared. Se rodeaba de iconografía varonil: cuernas en las paredes, rifles de repetición, balas en el escritorio, metralla en las piernas. Era el cromosoma Y. Era el cazador blanco. Un metro y noventa centímetros sobre dos piezazos grandes, pelo en pecho, curdas, peleas y matrimonios. Chaquetas de ante con refuerzo en el hombro para atenuar el retroceso del calibre diez. Turismo bélico. Verbo de burdel. Entendía de pichas. El pobre Scott Fitzgerald no aguantaba la priva y pensaba que la tenía pequeña. Scott Fitzgerald le invitó a Hemingway a almorzar en el restaurante Michaud, en la esquina de la rue des Saints-Péres con la Jacob, en los tiempos en los que París era una fiesta, y le dijo que su mujer se quejaba de su calibre y nunca se quedaba satisfecha. Hemingway se lo llevó al tigre y le pegó un vistazo a la bayoneta. Le echó un ojo profesional y desapasionado como de tío que sabe de qué va el rollo. Le dijo que no tenía una pinga deforme, pero que se la miraba desde arriba, en escorzo, y le recomendó comparársela con las de las estatuas del Louvre. Le dijo que era una cuestión de ángulo y le explicó el modo de utilizar una almohada. Le dijo que su parienta solo quería declararle en quiebra. Hemingway sabía lo que era que una buena colección de puercos miserables le quisieran declarar en quiebra porque era el macho de lomo plateado que se golpeaba el pecho hirsuto en lo alto de las montañas Virunga. Construyó su estilo a base de frases elementales unidas por conjunciones copulativas que escondían su incapacidad para las subordinadas. Afilaba los lápices con una navaja. Usaba White Label como loción para después del afeitado. Liberó el Ritz de París de los putos krautzs y le pidió al camarero setenta y dos martinis. Se paseó por España en guerra como quien se da un garbeo por el jardín de su casa de verano. Dominó la Corriente del Golfo y cazó al león africano. Su viejo se pegó un tiro porque era un calzonazos hijo de puta. Su madre le dijo si quería algo de recuerdo y Hemingway le pidió el revólver con el que se mató. Si alguien le hacía un favor, tenía los días contados en su círculo social. No quería estar en números rojos en el banco de nadie. Era duro, era atractivo, era desconfiado. Era el puto macho ancestral hecho de puros huevos y sangre y priva y tías y bichos muertos. Una vez escribió que la guerra concentra el máximo de material y acelera la acción y aporta todo aquello que normalmente se tarda toda una vida en reunir. Probablemente intuyó detrás de su pecho hirsuto y de su lomo plateado y de su picha grande y gorda una fragilidad catártica y una vulnerabilidad que no se la dijo a nadie para preservar su lugar en lo alto de las montañas Virunga. Su madre le vestía de niña cuando era pequeño. Nunca se lo perdonó a la maldita puta.

El rey león tuvo estirpe de tres machos. Uno con su primera parienta Hadley y los otros dos con la segunda, Pauline Pfeiffer. Ernest Hemingway chuleó un poquito a Pauline Pfeiffer y se fue a cazar leones melenudos con la pasta del tío de ella. A la vez, censuró a Archibal MacLeish por buscarse un empleo en una revista porque no podía mantener a su familia con la poesía y dijo a quien quisiera oírle que él estaba por encima de esos compromisos mierderos y conservaba la integridad artística. Se miraba las contradicciones en escorzo y se las veía pequeñas.  Se cinceló el personaje como afilaba el lápiz a navajazos. Lo construyó de frases elementales unidas con conjunciones copulativas. Lo construyó a base de glándulas de Cowper, concursos de meadas y polisíndeton. Al chaval pequeño le pusieron de nombre Gregory y le llamaron Gigi y el rey león tuvo a su Simba y se lo presentó a los monicacos. Gigi era una versión pequeñaja de su padre: granítico, rocoso y musculoso como un toro eral. El niño progresó en el atletismo. El niño disparaba de cojones. Con doce años le acertó a un pichón en vuelo y le atravesó con un segundo tiro antes de que cayese al suelo. Escribió un cuento condenadamente bueno y Hemingway pensó que nadie podía escribir tan bien a su edad, pero también pensaba que nadie podía disparar como él lo hacía y, sin embargo, vio sus dos disparos al pichón. Cinco años más tarde descubrió que había copiado el cuento de un escritor irlandés palabra por palabra y que ni siquiera le cambió el título. Hemingway se separó de la madre de Gigi y siguió coleccionando casorios. Gigi empezó a ponerse las medias de mamá. Sus dos hermanos mayores eran unos tíos. Le mangó a la cuarta esposa de su padre ropita de tocador y echaron a la criada. Había que preservar la figura mítica del padre león y su virilidad hereditaria. Hemingway llamó a su hijo enfermo y buitre y Gigi llamó a su padre mierda egocéntrica y borracho y le agoró la muerte en soledad. Hemingway le montó un cristo a Pauline Pfeiffer por teléfono sin ahorrarse la propina. La declaró en quiebra. Pauline Pfeiffer murió poco después. Hemingway acusó a su hijo de haberla matado del disgusto. Años más tarde, Gigi descubrió que su madre padecía un tumor en la médula suprarrenal y concluyó que la bronca de Hemingway le hizo segregar una cantidad excesiva de adrenalina que le provocó un violento cambio de presión arterial que le llevó a la tumba. Escondieron el cadáver debajo de la alfombra. Gigi no volvió a ver a su padre en persona. Cuando a Hemingway le dieron el Premio Nobel, su hijo le escribió felicitándole y Hemingway le devolvió la carta con cinco mil pavos. Construyeron su relación a base de ausencias y de cheques. Hemingway pensaba que su hijo tenía la complexión de un barco de guerra en miniatura y pensaba que tenía una faceta oscura y que había nacido para ser malo. Pensaba que su vileza venía de una enfermedad.

Greg y Gloria
Gigi prefirió que le llamasen Greg cuando creció e intentó ser el hijo del mono grande y cojonudo. Estudió medicina y pasó por el ejército –por la 82ª Aerotransportada-, cazó profesionalmente en Tanganika hasta que le echaron por borracho y se casó cuatro veces. Tuvo siete hijos y pensó que el asidero que le mantenía cuerdo era el travestismo doméstico. Se sometió a tratamientos de electrochoques y destrozaba los muebles. Guardaba sus bragas de encaje en la guantera. Le detuvieron por entrar al retrete de un cine vestido de tía. Dijo que se llamaba Gloria. Tenía una faceta oscura que puede que solo entendiese su padre, el rey de la jungla. Papá se pegó un tiro en el paladar con una escopeta del calibre doce. Estaba solo en la cocina. Apretó el gatillo con el dedo gordo del pie. Se voló todo lo que había al norte de su mandíbula. La índole de papá era complicada como un arroyo con meandros copiosos y no como una sucesión de frases elementales unidas por conjunciones copulativas. En 1995 Greg Hemingway se sometió a una operación de cambio de sexo, no rindió el postoperatorio y tuvo hemorragias. Más tarde se subió a un autobús en Florida vestido de Gloria y le rompió una fila de dientes al conductor a puñetazo limpio. Pegaba duro con su complexión de barco de guerra en miniatura. En octubre de 2001 se paseó en bragas al lado del acuario de Miami, delante de los niños que iban a ver a las rayas de mar. Le enchironaron por escándalo público y murió de un infarto cinco días después en el centro correccional de mujeres de Deade rodeado de putas y de chorizas. Se llevó en la barca sus meandros inexplicables y dejó una historia triste con final de muerte como las que escribía su padre, el rey de la colina.

MARTÍN OLMOS

A %d blogueros les gusta esto: