MARTÍN OLMOS MEDINA

El hijo del rey león

In Con buena letra on 13 de enero de 2015 at 19:12

ILUSTRACION  DE MARTIN OLMOS
El tercer hijo de Ernest Hemingway heredó de su padre la bipolaridad y murió en chirona vestido de Juana la Loca

“Ahora sabía que el muchacho no había valido nunca nada”
ERNEST HEMINGWAY

Ernest Hemingway se golpeaba el pecho hirsuto en lo alto de las montañas Virunga. Enseñaba el lomo plateado. Presentaba un marcado dimorfismo sexual. Vivía en macho puro y meaba contra la pared. Se rodeaba de iconografía varonil: cuernas en las paredes, rifles de repetición, balas en el escritorio, metralla en las piernas. Era el cromosoma Y. Era el cazador blanco. Un metro y noventa centímetros sobre dos piezazos grandes, pelo en pecho, curdas, peleas y matrimonios. Chaquetas de ante con refuerzo en el hombro para atenuar el retroceso del calibre diez. Turismo bélico. Verbo de burdel. Entendía de pichas. El pobre Scott Fitzgerald no aguantaba la priva y pensaba que la tenía pequeña. Scott Fitzgerald le invitó a Hemingway a almorzar en el restaurante Michaud, en la esquina de la rue des Saints-Péres con la Jacob, en los tiempos en los que París era una fiesta, y le dijo que su mujer se quejaba de su calibre y nunca se quedaba satisfecha. Hemingway se lo llevó al tigre y le pegó un vistazo a la bayoneta. Le echó un ojo profesional y desapasionado como de tío que sabe de qué va el rollo. Le dijo que no tenía una pinga deforme, pero que se la miraba desde arriba, en escorzo, y le recomendó comparársela con las de las estatuas del Louvre. Le dijo que era una cuestión de ángulo y le explicó el modo de utilizar una almohada. Le dijo que su parienta solo quería declararle en quiebra. Hemingway sabía lo que era que una buena colección de puercos miserables le quisieran declarar en quiebra porque era el macho de lomo plateado que se golpeaba el pecho hirsuto en lo alto de las montañas Virunga. Construyó su estilo a base de frases elementales unidas por conjunciones copulativas que escondían su incapacidad para las subordinadas. Afilaba los lápices con una navaja. Usaba White Label como loción para después del afeitado. Liberó el Ritz de París de los putos krautzs y le pidió al camarero setenta y dos martinis. Se paseó por España en guerra como quien se da un garbeo por el jardín de su casa de verano. Dominó la Corriente del Golfo y cazó al león africano. Su viejo se pegó un tiro porque era un calzonazos hijo de puta. Su madre le dijo si quería algo de recuerdo y Hemingway le pidió el revólver con el que se mató. Si alguien le hacía un favor, tenía los días contados en su círculo social. No quería estar en números rojos en el banco de nadie. Era duro, era atractivo, era desconfiado. Era el puto macho ancestral hecho de puros huevos y sangre y priva y tías y bichos muertos. Una vez escribió que la guerra concentra el máximo de material y acelera la acción y aporta todo aquello que normalmente se tarda toda una vida en reunir. Probablemente intuyó detrás de su pecho hirsuto y de su lomo plateado y de su picha grande y gorda una fragilidad catártica y una vulnerabilidad que no se la dijo a nadie para preservar su lugar en lo alto de las montañas Virunga. Su madre le vestía de niña cuando era pequeño. Nunca se lo perdonó a la maldita puta.

El rey león tuvo estirpe de tres machos. Uno con su primera parienta Hadley y los otros dos con la segunda, Pauline Pfeiffer. Ernest Hemingway chuleó un poquito a Pauline Pfeiffer y se fue a cazar leones melenudos con la pasta del tío de ella. A la vez, censuró a Archibal MacLeish por buscarse un empleo en una revista porque no podía mantener a su familia con la poesía y dijo a quien quisiera oírle que él estaba por encima de esos compromisos mierderos y conservaba la integridad artística. Se miraba las contradicciones en escorzo y se las veía pequeñas.  Se cinceló el personaje como afilaba el lápiz a navajazos. Lo construyó de frases elementales unidas con conjunciones copulativas. Lo construyó a base de glándulas de Cowper, concursos de meadas y polisíndeton. Al chaval pequeño le pusieron de nombre Gregory y le llamaron Gigi y el rey león tuvo a su Simba y se lo presentó a los monicacos. Gigi era una versión pequeñaja de su padre: granítico, rocoso y musculoso como un toro eral. El niño progresó en el atletismo. El niño disparaba de cojones. Con doce años le acertó a un pichón en vuelo y le atravesó con un segundo tiro antes de que cayese al suelo. Escribió un cuento condenadamente bueno y Hemingway pensó que nadie podía escribir tan bien a su edad, pero también pensaba que nadie podía disparar como él lo hacía y, sin embargo, vio sus dos disparos al pichón. Cinco años más tarde descubrió que había copiado el cuento de un escritor irlandés palabra por palabra y que ni siquiera le cambió el título. Hemingway se separó de la madre de Gigi y siguió coleccionando casorios. Gigi empezó a ponerse las medias de mamá. Sus dos hermanos mayores eran unos tíos. Le mangó a la cuarta esposa de su padre ropita de tocador y echaron a la criada. Había que preservar la figura mítica del padre león y su virilidad hereditaria. Hemingway llamó a su hijo enfermo y buitre y Gigi llamó a su padre mierda egocéntrica y borracho y le agoró la muerte en soledad. Hemingway le montó un cristo a Pauline Pfeiffer por teléfono sin ahorrarse la propina. La declaró en quiebra. Pauline Pfeiffer murió poco después. Hemingway acusó a su hijo de haberla matado del disgusto. Años más tarde, Gigi descubrió que su madre padecía un tumor en la médula suprarrenal y concluyó que la bronca de Hemingway le hizo segregar una cantidad excesiva de adrenalina que le provocó un violento cambio de presión arterial que le llevó a la tumba. Escondieron el cadáver debajo de la alfombra. Gigi no volvió a ver a su padre en persona. Cuando a Hemingway le dieron el Premio Nobel, su hijo le escribió felicitándole y Hemingway le devolvió la carta con cinco mil pavos. Construyeron su relación a base de ausencias y de cheques. Hemingway pensaba que su hijo tenía la complexión de un barco de guerra en miniatura y pensaba que tenía una faceta oscura y que había nacido para ser malo. Pensaba que su vileza venía de una enfermedad.

Greg y Gloria
Gigi prefirió que le llamasen Greg cuando creció e intentó ser el hijo del mono grande y cojonudo. Estudió medicina y pasó por el ejército –por la 82ª Aerotransportada-, cazó profesionalmente en Tanganika hasta que le echaron por borracho y se casó cuatro veces. Tuvo siete hijos y pensó que el asidero que le mantenía cuerdo era el travestismo doméstico. Se sometió a tratamientos de electrochoques y destrozaba los muebles. Guardaba sus bragas de encaje en la guantera. Le detuvieron por entrar al retrete de un cine vestido de tía. Dijo que se llamaba Gloria. Tenía una faceta oscura que puede que solo entendiese su padre, el rey de la jungla. Papá se pegó un tiro en el paladar con una escopeta del calibre doce. Estaba solo en la cocina. Apretó el gatillo con el dedo gordo del pie. Se voló todo lo que había al norte de su mandíbula. La índole de papá era complicada como un arroyo con meandros copiosos y no como una sucesión de frases elementales unidas por conjunciones copulativas. En 1995 Greg Hemingway se sometió a una operación de cambio de sexo, no rindió el postoperatorio y tuvo hemorragias. Más tarde se subió a un autobús en Florida vestido de Gloria y le rompió una fila de dientes al conductor a puñetazo limpio. Pegaba duro con su complexión de barco de guerra en miniatura. En octubre de 2001 se paseó en bragas al lado del acuario de Miami, delante de los niños que iban a ver a las rayas de mar. Le enchironaron por escándalo público y murió de un infarto cinco días después en el centro correccional de mujeres de Deade rodeado de putas y de chorizas. Se llevó en la barca sus meandros inexplicables y dejó una historia triste con final de muerte como las que escribía su padre, el rey de la colina.

MARTÍN OLMOS

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  1. Impresionante retrato y magnífica ilustración.

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