MARTÍN OLMOS MEDINA

Mujeres con bigote

In Timadores y burlangas on 31 de enero de 2015 at 20:25

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS
La primera mujer que votó en California iba con pantalones y un parche en el ojo.

“Pero si el hábito no hace al monje, sí que hace al sexo, y ya dicen las viejas sabidurías que el que se finge fantasma acaba siéndolo”
FRANCISCO UMBRAL

El feminismo ha acabado con el tango y con los albañiles poetas que decían arriba del andamio: quién fuera el viento para acariciarte el pelo (los había quevedescos que ponderaban el nalgatorio y los bíblicos, más escasos, que recitaban el séptimo  capítulo del Cantar de Salomón: “Tu ombligo es un ánfora redonda en la que no falta el vino perfumado. Tu vientre un montón de trigo rodeado de lirios. Tus pechos como dos crías mellizas de gacela”). La presidenta del Observatorio de Violencia Doméstica y de Género del Consejo General del Poder Judicial, Ángeles Carmona, que es rubia, con perdón, ha dicho que hay que erradicar los piropos y quiere poner a los albañiles a hablar del tiempo. Van a acabar prohibiendo blasfemar en las cuestas arriba. En Suecia, en Japón y en Taiwan pretenden que los tíos meen sentados en vez de hacerlo a pie firme contra una tapia, silbando y embridando con una mano. Mientras tanto las mujeres alternan vino en el lóbrego bodegón con los codos en el pesebre y se tatúan el lomo como los lejías y los corsarios. Las mujeres lo que han querido siempre es mear de pie, que proporciona un alivio más inmediato,  hace sufrir menos a los muslos porque no se tienen que combar en equilibrio y reduce el riesgo de mojarse los talones. Las mujeres saben hacer dos cosas a la vez y hablan al revés y dicen no cuando quieren decir sí. Los hombres no las entienden porque se manejan mejor con la buena letra y cuando les dicen no, interpretan que no. Decía el moralista suizo Henri-Frédéric Amiel, escritor de diarios, que se entiende a las mujeres como se entiende el lenguaje de los pájaros: o por intuición o de ninguna manera. Las mujeres han preservado a la especie con su dolor y con el alimento de las crías mellizas de gacela que cantaba Salomón (una evidencia que no es machismo, sino biología) y los hombres se quedaron con la impresión de que eran accesorios pero fueron tirando una temporada porque salían de la cueva a cazar. Con la agricultura tuvieron que hacerse valer inventándose cosas importantes como la política y la guerra (y más tarde inventaron el fútbol). La guerra les entretenía mucho a las mujeres y seguían a los soldados como lavanderas, como furcias o como esposas a pesar de la advertencia que decían los sargentos de los Tercios españoles: “Quien se casa habiendo de andar tras una bandera vivirá lacerado”. Para no alentar los casamientos, se toleraba que a los Tercios les siguiese un contingente de putas que era de seis a ocho por compañía hasta que el archiduque Alberto de Austria, que era meapilas, lo redujo a dos y las obligó a vestirse de mujeres honradas. Sancho de Londoño, maestre de campo del Tercio Viejo de Lombardía, dejó escrito que “es preferible que no haya hombres casados, pero debe permitirse, para evitar mayores inconvenientes, que haya por cada ciento ocho mujeres, y que éstas sean comunes a todos los hombres”.

Las mujeres que querían combatir tenían que vestirse de hombre, como le pasó a Catalina de Erauso, que le dijeron la Monja Alférez. De Catalina de Erauso supone José Luis Hernández Garvi que era bollera y la acabó reconociendo el grado que ganó en la batalla de Valdivia Felipe IV y el papa Urbano VIII le otorgó la dispensa de vestir de macho a pesar de que una vez en La Paz robó una hostia consagrada. Catalina de Erauso dejó plantadas en el altar a dos doncellas en Tucumán: una era una huérfana mestiza y la otra la hija de un canónigo. En Piscobamba mató a un tío en una timba y en Saña, en Perú, dio fin a un tal Reyes porque se sentó delante de ella en una comedia y con su sombrero no la dejaba ver. Mató también a su hermano en un duelo, a un auditor del rey y a un número indeterminado de indios en las matanzas de Chuncos y dijeron que murió en el pico de Orizaba, en Méjico, conduciendo una reata de burros. Otra que meó contra la pared fue Loretta Velásquez, cubana que decía bajar del linaje del pintor, y que se alistó con un bigote postizo bajo el nombre de Harry T. Buford para combatir en la guerra de Secesión en el bando confederado. Velásquez peleó en las batallas de Bull Run, Ball´s Bluff y en la del fuerte Donelson, conoció a Lincoln, al profeta Brigham Young el de los cien lechos y se casó cuatro veces, una de ellas con un metodista. En Shiloh le pegaron un tiro mientras enterraba muertos y en el hospital de campaña le vieron el contorno y tuvo que escapar a Nueva Orleáns a pesar de ostentar el grado de teniente. Loretta Velásquez escribió sus memorias con copiosidad y le salieron seiscientas páginas en las que dijo que odiaba a los malditos yanquis porque le robaron a su padre unas tierras de pasto en San Luis de Potosí, pero más adelante, el general confederado Jubal Anderson Early, veterano de Bull Run y comandante de las fuerzas sureñas en el Valle de Shenandoah,  aseguró que el libro era una patraña desde el prólogo hasta el punto final. A Hannah Snell, nacida en Worcester en 1723, le abandonó su marido, que era un notorio borracho que acabó en la horca por asesino, y ella se puso la ropa de su cuñado y se alistó en la Marina Real con el nombre de James Gray, entró dos veces en combate y recibió una docena de heridas, once de ellas en las piernas y una en la ingle. Cuando se retiró recibió una pensión militar y puso un bar que se llamó La Guerrera.

Sufragio femenino
A la política llegaron las mujeres a costa de que a las primeras sufragistas les diesen brea y plumas y votar, si se quiere mirar por ahí, es masculino por lo que tiene de inserción, pero sobre esto ya hicieron una canción los de La Trinca (“Por primera vez”). La democracia, como el vinagre de Módena, está un poquito sobrevalorada y Churchill decía que es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás, pero por el camino crea una ilusión de participación. Bukowski la diferenciaba de la dictadura por el hecho de poder votar antes de obedecer las órdenes y el periodista Dutton Peabody consideró que a veces se llevaba muy lejos cuando se enteró de que no se podía echar un trago en el colegio electoral. Las mujeres no pudieron votar en California hasta 1911 (que fue anteayer), pero una lo hizo cuarenta años antes y era una tuerta blasfema que mascaba tabaco negro como la pez. Charlotte Parkhurst nació en New Hampshire en 1812, se quedó huérfana de padre y madre y se crió en un orfanato del que se escapó para irse a trabajar a los establos del señor Ebenezer Balch, de Worcester, Massachusetts, en el que aprendió a mandar carros de seis caballos. Por ser hembra, cobraba menos que los demás postillones y se marchó a Providence, en Rhode Island, se cortó el pelo, se vendó la proa y empezó a trabajar en pantalones conduciendo diligencias con el nombre de Charley Parkhurst disimulando el tamaño de sus manos con unos guantes de piel de gamo sin curtir que no se quitaba ni en verano. Después emigró a California durante la fiebre del oro y encontró un asiento de pescante en los coches de la California Stage Company, juró como los de su profesión, empinó el codo con los matones y perdió un ojo de una coz que le pegó una mula. Se puso un parche negro y varonil, se lavó poco y una vez espantó a tiros de escopeta del diez al bandido Black Bart, que le decían el Ladrón Poeta porque era sonetista, inglés y el más notorio asaltante de diligencias del norte de California y el sur de Oregón. Se sabe que, por lo menos, mató a un rufián. En 1868 se instaló en Soquel, California, y vio el nombre de Charley Parkhurst en el censo de las elecciones presidenciales que disputaron Ulysses S. Grant por los republicanos y Horatio Seymour por los demócratas. Charley Parkhurst, que le decían Látigo y el Tuerto, votó, pero no se sabe a quién, y cuando dejó los carros porque estaba medio tullido por el reúma puso un negocio de cría de pollos y murió en Watsonville, California, de un cáncer de lengua en 1879. Cuando le fueron a embalsamar para darle tierra en el Cementerio de los Pioneros descubrieron que Látigo Charley Parkhurst no era un tío, sino una tuerta como la Princesa de Éboli y unos años después los bomberos voluntarios de Soquel le pusieron una placa conmemorando a la primera mujer que votó en el estado.

MARTÍN OLMOS

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