MARTÍN OLMOS MEDINA

Los crímenes del cerro del Otero

In El cañí on 16 de marzo de 2015 at 20:44

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS
Resulta que es oficio peligroso el de sereno de la ermita de Santo Toribio

“Como no hay dos sin tres, han optado por no poner ermitaño en el lugar, no sea que la tragedia se repita”
FRANCISCO PÉREZ CABALLERO.

Santo Toribio mandaba el cauce del río Carrión pero no mandaba la voluntad de los hombres villanos. Santo Toribio fue a Palencia en el año 447 a predicar contra los herejes del obispo Prisciliano y los palentinos le corrieron a pedradas hasta el cerro del Otero, en donde se escondió en una gruta e hizo que el río Carrión se desbordase e inundara la ciudad. Los palentinos mojados subieron al cerro y le pidieron perdón y santo Toribio devolvió las aguas del río a su cauce y los secó. Los palentinos abandonaron la herejía priscilianista y volvieron a la órbita de Roma y a la Trinidad y, en adelante, subieron en peregrinación a la gruta del cerro a pedir buenas cosechas. Santo Toribio fue capaz de detener a la peste negra pero no pudo, en cambio, influir en la voluntad torcida de los hombres villanos. Cuando en el siglo XIV la peste asoló Castilla, los palentinos subieron al cerro del Otero a pedir al santo y el santo detuvo la peste y le levantaron una ermita hipogea y le celebraron cada 16 de abril. A los hombres villanos que salen de noche con merced de matar no les detiene el santo Toribio ni Dios siquiera, porque se mandan al libre albedrío que les otorgó el Todopoderoso y las cuentas se las rendirán a san Pedro.  La inclinación de los seres humanos a conducirse como si no lo fueran es la base de la paradoja de Epicuro que dice que si Dios quiere evitar el mal y no puede no es omnipotente, y si puede y no quiere no es benevolente. Y si ni quiere ni puede prevenir la maldad entonces es canalla e impotente y por lo tanto no es Dios. Epicuro, en todo caso, se murió de piedras en el riñón.

Ni santo Toribio ni Dios siquiera evitaron que en la nochevieja de 1468 dos jaques desalmados entraran a robar a la ermita del Otero, que estaba guardada por un sereno que vivía con su mujer y sus dos hijas niñas y como quiera que una de las chiquillas reconoció a uno de los golfos y le dijera en alto por su nombre, los dos hombres degollaron a la familia sin misericordia y se escaparon con las limosnas. Para refrendar con desahogo a Epicuro, que murió de piedras en el riñón, volvió el crimen a sus anchas a industriar en la ermita del Otero cuatrocientos años después por un botín de mil doscientas pesetas y las ofrendas de los indianos devotos que eran meras promesas. El segundo crimen de la ermita del Otero lo recuerdan los papeles viejos y una canción de ciego que empieza así: “Reparen con atención/ en la lista de sucesos/ y vean lo que ha pasado/ en el Cristo del Otero.”

Una cena a la luz de una vela
Lo que pasó, vean, en la ermita del Cristo del Otero, que los palentinos levantaron al honor del santo Toribio que mandaba en los ríos y en la peste pero no en la voluntad de los hombres villanos, fue que en 1907 la guardaba el ermitaño Mariano Rey del Río, hombrón de cincuenta y dos años que decía poco, y la vieja Isabel Arroyo Pérez, de setenta y seis, que decía por los dos. Las viejas tienen que hablar y si no revientan de guardar tanto verbo dentro. La vieja Isabel, que de muda no reventó, iba diciendo que Mariano Rey apretaba fuerte el puño y que de tanto guardar tenía una caja de lata colmada de duros de plata que estaban cogiendo azul de estarse quietos. En la ermita también dejaban prendas los indianos para agradecerle al santo Toribio la semilla de la palmera que se habían traído de Cuba. La roñosería de Mariano Rey y la promesa de la caja de lata de duros azules de puro quietos llegó a las orejas de la banda de Santos Collado Ortega, que le decían el Quincallero y era de Ademud de Valencia. Con el Quincallero iban Mariano Monzón de la Rúa, que le decían el Moraíta y era jornalero en Dueñas, Cipriano González Fraile, que le decían el Chato por narigón y era panadero en Valladolid, y Gervasio Abia Brizuela, que le decían el Chivero por su oficio de pastor de cabras y andaba en tribunales por robar una gallina. La noche del 25 de noviembre de 1907 llegaron al cerro del Otero montados en yeguas bayas el Quincallero, el Moraíta, el Chato y el Chivero llevando armas de capea, que eran pistolones, navajas y una escopeta de cazar,  y la intención de ganarse los duros azules y las devociones de los indianos. Tocaron la puerta en plena noche oscura pidiendo un vaso de agua y cuando entraron en la ermita amarraron a la vieja a un pilar y atropellaron a Mariano Rey a patadas preguntándole por la caja de lata. A pesar de ser hombrón, Mariano Rey contra cuatro tenía las de perder, pero como era magro de verbo y además tacaño calló y los rufianes le tumbaron a palos, le escaldaron con agua hirviendo, le pusieron en cueros y le sentaron sobre un brasero encendido  quemándole el culo. Después le torcieron los cojones con unas tenazas de herrar que le volvieron palabrista y les señaló, ustedes verán, el quicio de una ventana en donde guardaba la lata que tenía mil doscientas pesetas. Los jaques trincaron los duros y le tumbaron al ermitaño boca abajo con la cara en una almohada y le clavaron en el intersticio del culo un cirio encendido con cuya luz se alumbraron una cena de pan y chorizo. Mariano Rey, escaldado, medio capón y candelabro, se murió asfixiado y no le libró el santo Toribio ni Dios siquiera y los cuatro villanos saquearon el sagrado y afanaron dos cálices, una corona y un rosario.

Al Quincallero le detuvo en Almazán el sargento Castrillo, del puesto de la Guardia Civil de Frechilla, y después cayeron los otros tres y les carearon con la vieja en el cuartel de Calabazanos. A la vieja la llevaron los guardias al reconocimiento montada en un burro y durante un tiempo estuvo sospechada de cómplice, pero salió ilesa a contar el suceso en la fuente, porque de muda no reventó. El cuento lo recogieron los ciegos para decirlo por un duro en pregón: “A un pobrecito ermitaño/ que vivía santamente,/ entre cuatro criminales/ le prepararon la muerte”. Al Moraíta, al Chivero, al Chato y al Quincallero les juzgaron en la Audiencia de Palencia el once de marzo de 1909 y les condenaron al garrote por robo y homicidio con los agravantes de ensañamiento, nocturnidad, cuadrilla, sacrilegio y despoblado. El Chivero se escapó cuando le trasladaron a la cárcel Modelo de Madrid para juzgarle por el robo de la gallina y huyó a la Argentina y los otros tres esperaron en la prisión provincial de Palencia a que les rompiesen el espinazo. Los abogados interpusieron un recurso para cambiar la condena de muerte por la de prisión amparándose en que la justicia no tenía nada que ver con la venganza y el 26 de marzo de 1910 el rey Alfonso XIII, para celebrar el Viernes Santo, les conmutó la pena y el alcalde de Palencia Tomás Alonso se lo comunicó a los reos en el patio de la prisión, se hizo una foto con ellos y les regaló tres cigarros habanos. “Moraíta toca la gaita,/ Chivero toca el tambor,/ el Chato toca los platos,/ Quincallero el director”.

Santo Toribio mandó el cauce del río Carrión y detuvo a la peste negra pero no influyó en la voluntad de los hombres villanos y cada 16 de abril le celebran los palentinos en una romería a los pies del cerro en la que se comen caracoles y avellanas y recuerdan que le corrieron a pedradas los priscilianistas tirando a la concurrencia bolsas de pan y queso. En 1930, el escultor Victorio Macho levantó en el cerro del Otero un Cristo de cemento de veinte metros, blanco y medio cubista que se parece un poco al marcianito de Roswell y Epicuro se murió de piedras en el riñón sin descubrir si Dios es omnipotente o benevolente o ni siquiera es dios.

MARTÍN OLMOS

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