MARTÍN OLMOS MEDINA

Dos maneras de ser presunto o la venganza del cuñado

In El cañí, Timadores y burlangas on 29 de marzo de 2015 at 19:47

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS
Estéticamente, Bárcenas hace mejor villano que Urdangarín

“Si uno vive en la impostura/ y otro roba en su ambición/ da lo mismo que si es cura,/ colchonero, rey de bastos,/ caradura o polizón”
ENRIQUE SANTOS DISCÉPOLO.

Al jamón le dicen presunto los portugueses y par acá les hacemos el chiste de que comen presunto jamón. Por acá somos chisposos de la puñeta cuando nos ponemos a inventar gracias. Los portugueses, sin embargo, curan un buen jamón con el cerdo alentejano y con el de pata blanca de Chaves. Por acá pensamos que los portugueses se pasan las tardes cantando fados trágicos y vendiendo toallas en mercadillo, los pobres, y los franceses piensan que nosotros nos pasamos el día cortejando a Carmen con los huevos prietos dentro de una taleguilla de toreador. Los alemanes piensan que los franceses difundieron la sífilis por besarse en sitios raros y los polacos se ponen nerviosos cuando escuchan música de Wagner. Los franceses le dicen “jambon” al jamón y los alemanes le dicen “schinken”, que hay que joderse, y vete a saber cómo le dicen los polacos, pero se sabe que lo ahuman. Los portugueses le dicen al jamón presunto y al presunto le dicen alegado y por acá, como somos pueblo de Dios, al jamón le llamamos jamón y al sospechoso presunto, cuya forma adverbial se ha convertido en una fórmula periodística para difundir reputaciones sin tener que abonar la dolorosa. Por acá ya no llevamos la huevada prieta dentro de la taleguilla de toreador y cortejamos a Vanessa y, sin embargo, andamos todos de presuntos de algo, como siempre. El presunto, si es vocacional, tiene que conducirse como la mujer del César y además de serlo, tiene que parecerlo. El presunto sin ganas desmerece y no tiene gracia y acaba haciendo un sospechoso menestral de horario de oficina.

Dedos y abrigos
Ahora tenemos el paisaje adornado por dos presuntos célebres que exhiben índoles distintas: Iñaki Urdangarín es un alegado sin gracia que le viene grande el personaje y no lo ha sabido gestionar y José Luis Bárcenas tiene la actitud y el traje y se va a esquiar. Bárcenas gasta hebras de plata en las sienes patricias, como Stewart Granger en Las Minas del Rey Salomón, abrigo Chesterfield de cuello de terciopelo negro y el dedo medio beligerante y un poco macarra, avisador y esgrimista. Urdangarín gasta nomás zancada larga de galgo y zinga que te cagas echando carreras  por las calles de Washington y uno piensa que si corre es que algo habrá hecho. Bárcenas no corre, que suda y sudar es de gañanes, y cita en torería haciendo desplantes y amenazando con estocadas frascuelinas que se clavan hasta el puño. Urdangarín ha hecho un torito maulón que enseñaba estampa en la dehesa pero en el ruedo se ha puesto manso, un toro albahío y descepado que no va a dar lidia, de los que dicen huidos los entendidos porque esquivan las suertes y rehuyen el engaño. Bárcenas hace toro cárdeno y un poco probón, que es como dicen los de la afición al animal que amenaza con embestir y se queda a la expectativa queriendo descubrir donde está el cuerpo del matador. El abrigo Chesterfield de Bárcenas va para icono pop, como el puro de Churchill, y lo emparientan con el que sacaba Robert de Niro haciendo de Al Capone en “Los intocables” de Brian de Palma, con vestuario de Giorgio Armani. El abrigo Chesterfield lo puso de moda George Stanhope (1805-1866), sexto duque de Chesterfield y criador de caballos de carreras y el cuello de terciopelo negro proviene de los ribetes de  luto que se cosieron los nobles franceses en la ropa para mostrar el duelo por la ejecución de Luis XVI. A uno le cae bien un abrigo si culmina cierta estatura porque la prenda requiere zancas y si no se tienen se acaba pareciendo una marioneta de manopla. Bárcenas debería ir de abrigo hasta en verano como gasta Indiana Jones la misma chaqueta en el Nepal con un frío del carajo y en Egipto con la calor. Bárcenas, más que a un Capone de Armani, se parece a John Gotti, el Don Apuesto de la familia Gambino que vestía de trajes de Brioni de dos mil pavos y calcetines con iniciales. Gotti era un matón de Brooklyn que acabó saliendo en revistas de moda y se vestía de hampón chuleta porque si no para qué quieres ser un mafioso. A Bárcenas le llamaban Tarzán porque dicen que llegó a la sede de Alianza Popular en taparrabos, con los zapatos rotos, por lo que es normal que ahora no quiera prescindir del Chesterfield ni de las cenas de lujo en Carcassonne. En el trullo se arregló fetén jugando al mus con los chorizos y librando dos pleitos o tres con los pasmas y como los toros probones, amaga con los papeles que tienen pinta de Macguffin de Hitchcock, porque Bárcenas es cine de sesión continua.

Urdangarín no tiene papeles sino correos con chistes malos. Le trincaron uno en el que firmaba como el Duque Empalmado y uno se lo imagina escribiéndolo con una mano y con la otra haciendo el gesto de balancear los dedos índice y medio como hacía Milikito cuando soltaba una gracia de doble sentido para que estuviésemos atentos para pescarla. La salida es como de chaval de BUP que se ha fumado un pito en los billares. Urdangarín va de tonos pastel y carrera de gamo y ha desmejorado mucho y se pone a conducir un Volkswagen Polo verde de diecisiete años para pasar por prieto, pero nadie se lo cree. Urdangarín ostenta zancas largas para llevar abrigo, pero las usa, sin embargo, para zingar que te cagas delante de la pobre Paloma García Pelayo que, claro, no le pescó, usted verá. A Bárcenas le merece un George Sanders con hebras de plata en las sienes, como Stewart Granger, aunque por el momento solo ha llegado a ser personaje de Ibañez en un tebeo de Mortadelo (“El tesorero”, abril de 2015), pero al pobre Urdangarín como mucho le va a hacer un guaperas de teleculebrón tipo Fernando Carrillo. Bárcenas le pega vuelta y media a Urdangarín como villano de escaparate porque además es alpinista (en 1987 coronó el Everest y pretendió haber abierto la Ruta de los Españoles, que fue puesta en tela de juicio por un comité de expertos que sospechó que rindiese la cima) y cuando sale de la trena se va a esquiar a Baqueira en vez de subirse a un Polo para impostar a un mileurista. Uno acaba echando de menos la villanía vocacional de capa negra y voz de barítono en un andurrial en el que todos queremos pasar por monaguillos que vamos con la verdad por delante. Urdangarín, como el profeta velado del Jorasán, escondía la lepra detrás de la seda, pero Bárcenas avisaba por puro somatotipo, le llamaban el Cabrón y solo le faltaba el monóculo de Rupert de Hentzau.

Urdangarín ha hecho un presunto de asco que solo ha servido para elevar la figura un poco trágica del duque de Lugo y, por el camino, enderezar el cartel ominoso del cuñado pobre. El español que no lleva la huevada prieta dentro de una taleguilla porque ya no le quedan cármenes anda de presunto de algo casi siempre y también de cuñado pobre. El cuñado siempre es más listo que tú y a él no se la pega nadie. Rafael Azcona se preguntaba si los cuñados eran de alguna utilidad y proponía la solución de que el servicio militar se nutriese exclusivamente de ellos para que en la paz estuvieran guardados en los cuarteles y en caso de guerra los aniquilasen. A don Jaime de Marichalar le tocó ser el cuñado dudoso al lado del vigoroso Urdangarín de ojos azules y rubiales, grande y deportista. Don Jaime tenía pinta de Oscar Wilde tardío y primaveral y se ponía pantalones con estampados de paramecios, combinaba rayas y lunares y se paseaba en patín y uno se lo imagina apestadito en la cena de navidad en la que le ignoraba el suegro porque prefería hablar de fútbol y de gachises con su cuñado. Don Jaime también sufrió la presunción de farlopero después de que le dejase medio patón una isquemia cerebral y andaba, medio renco y con capa, en desfiles de París con Nati Abascal en vez de irse a librar regatas extenuantes y varoniles. Todos nos reíamos un poco de Marichalar, pero todos éramos él en las cenas de nochebuena cuando nos teníamos que someter a la ordalía de la comparación con el marido de nuestra hermana, que le iba tan bien en la vida. Cuando a Urdangarín le salieron los naipes de la bocamanga se dignificaron los pantalones con estampados de paramecios y quedamos compensados los cuñados, que pudimos por fin cenar tiesos como si hubiésemos invitado nosotros, que fumamos de lo nuestro.

MARTÍN OLMOS

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  1. Magnífica columna de Martin Olmos. Un placer leerle.

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