MARTÍN OLMOS MEDINA

Mick Jagger vio la sangre y dejó de tener simpatía por el diablo

In Matones y camorristas on 6 de abril de 2015 at 11:02

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS
Los Rolling Stones contrataron a los Ángeles del Infierno para la seguridad de un concierto que acabó a puñaladas

“Hasta diciembre de 1969, la contracultura no aceptaba que entre sus filas pudieran anidar las serpientes”
DIEGO A. MANRIQUE

Mick Jagger es un tío chungo que te cagas si se desenvuelve en esa clase de ambientes en los que un menda pasa por matón por fumarse un petardo de mandanga en el retrete del instituto, pero cuando quiso jugar en las Grandes Ligas Chungas se le arrugaron las pelotas y aflojó. Cuando se manejó con los tíos chungos de cojones salió un melenitas de Kent con los morros como un par de limacos que no tenía media hostia. A las stars del rock les mola ir del rollo maligno y van y se trincan las botellitas del minibar soplándoselas a gollete, que guay. Lo cantó Loquillo: “Hay compañeros de profesión/ portavoces de su generación,/ creen que la marginación/ vive en su barrio, que ilusión”. En diciembre de 1969, Jagger y los Rolling Stones culminaron su gira norteamericana, llamada premonitoriamente “Déjalo sangrar” (Let it Bleed), con un concierto gratuito en una pista de carreras abandonada en Altamont, en el norte de California, para emular a la concentración legendaria de Woodstock. Fueron de teloneros Santana, los Flying Burrito Brothers, Jefferson Airplane, Crosby, Stills, Nash y Young y los Grateful Dead que caldearon la movida para que al anochecer tocaran los Stones delante de una peña puesta hasta arriba de anfetas. Aquel fue el año de Flower Power y todo el camelo, de las protestas contra la guerra de Vietnam y el año de Charles Manson y su banda de jipis carniceros. Era la Época del Acuario y el ácido lisérgico y todos querían ir de contraculturales. El representante de los Stones Sam Cutler, o tal vez Emmett Grogan y los tíos de Grateful Dead, pensaron que era una idea buena de cojones contratar a los Ángeles del Infierno para la seguridad del concierto y Mick Jagger aceptó porque la marginación vivía en su barrio, que emoción. En el rollo contracultural no quedaban bien pasmas de una agencia con tíos que seguramente se quedaron a medio camino de ser bofias. La gente de los Stones se puso en contacto con Pete Knell, el baranda de los Ángeles del Infierno de San Francisco, y cerró el trato, que consistió en que los motoristas mantuviesen a raya a las groupies y a los majaras a cambio de quinientos pavos en birras. Knell avisó a su colega Sonny Barger, de los Ángeles de Oakland, y toda la banda pilló las burras y se puso en marcha para pasar una noche de puta madre al pie del escenario, parando los pies a cuatro jipis y soplando por la jeta. Barger tenía experiencia con los piojosos del Flower Power porque ya los había hostiado en las movilizaciones contra la guerra del Vietnam en el campus de la universidad de Berkeley. Barger escribió al presidente Lyndon B. Johnson ofreciendo a los Ángeles del Infierno como grupo de choque para machacar comunistas de limón en la selva y Lyndon B. Johnson le mandó a tomar por saco y le contestó que si querían combatir tenían que alistarse, cosa que era imposible para ellos porque cargaban más antecedentes penales que Barrabás. La paz y el amor, hermanos, no iba con los Ángeles. A ellos les iba echar polvos y buscar camorra. El concierto se adelantó al domingo 6 de diciembre y nada podía salir mal porque, al fin y al cabo, era una reunión de melenudos puestos de LSD, moteros con ganas de zurrar badanas, chavalas con las peras al aire y rockeros de buen rollito. Mick Jagger no se acordó que Lao-Tsé dijo que el que cabalga sobre el tigre no desmonta cuando quiere. Todo fue supercontracultural, colega.

No nos toquéis las burras
Y todo salió como el culo desde el principio. El escenario levantaba apenas un metro sobre la concurrencia y no hubo tiempo para montar retretes públicos ni carpas con paramédicos. El sistema de sonido no estuvo a punto y los Ángeles del Infierno formaron una barrera con sus motos para contener a los fanáticos. Advirtieron: no nos toquéis las burras. Llevaban pipas y tacos de billar. Se soplaron las birras. Ruló la mandanga. Los Stones llegaron en un helicóptero y según Jagger puso los pies en el suelo un menda le zumbó una hostia y le dijo que le iba a matar. Jagger el chungo se escapó a una caravana. Santana abrió el concierto y los mendas que no oían tiraron botellas de cerveza al escenario. Los Ángeles del Infierno contuvieron a los protestones a hostias. Tocaron los de Jefferson Airplane y los Ángeles zurraron a un negrata. Marty Balin, el cantante de los Jefferson, les dijo: eh, tíos, ¿de qué vais? Un Ángel al que llamaban el Animal le dejó frito de un puñetazo en mitad del escenario. Mick Jagger esperaba en la caravana intuyendo al tigre desmandado. Los Grateful Dead decidieron no tocar. Un menda se encaramó al sillín de una moto y los muelles contactaron con la batería y provocó un cortocircuito. No nos toquéis las putas burras. Unos cuantos Ángeles repartieron estopa con las cadenas de las motos. Se soltaron trancazos con tacos de billar. Sonny Barger dijo más tarde que le pareció extraño que los chicos atizasen con ellos porque se rompen a la primera y que eran más partidarios de zurrar con un bate de béisbol o con el mango de un hacha.

Los Stones se hicieron esperar y salieron cuando cayó la noche y la peña estaba majareta. Pidieron una guardia pretoriana de motoristas y Sonny Barger les mandó a paseo. Una gorda con las tetas al aire se subió al escenario y cinco Ángeles intentaron bajarla. Keith Richards le preguntó a Sonny Barger si eran necesarios tantos tiarrones duros para espantar a una pava. Sonny Barger se subió al escenario, le soltó una patada en la cabeza a la gorda y le dijo a Richards si así le parecía bien. Keith Richards dijo que no iba a seguir tocando. Sonny Barger le puso una cacharra en el costillar y le dijo que tocase como un cabrón. Paz y amor y hostias a mansalva en la platea. A Denise Jewkes, que estaba embarazada y tocaba en una banda local, le abrieron la cabeza de un botellazo. Los Stones tocaron “Simpatía por el Diablo” y un negrata hizo el notas. El negrata iba con el pelo afro y una chaqueta verde y dos Ángeles le zurraron. Le jodió recibir delante de su novia blanca. El negrata se llamaba Meredith Hunter y le decían Murdock, era estudiante de arte en Berkeley, tenía dieciocho años y estaba hasta arriba de anfetaminas. Tenía una pipa del 22 e intentó subir al escenario cuando los Stones tocaban “Under my Thumb”. Blandió la cacharra y Rock Scully, manager de los Grateful Dead, pensó que quería matar a Jagger. Los Ángeles le trincaron en enjambre y uno de ellos llamado Alan Passaro le metió cinco cuchilladas en la espalda, en la frente y en el cuello. Los demás le patearon en el suelo. El negrata la diñó y los Stones salieron a la carrera y se subieron a un helicóptero encaramándose a una escala de soga. Era como Vietnam, dijo Keith Richards, qué sabría él. Jagger puso cara de pasmarote cuando le pusieron una filmación del apuñalamiento y salió el chaval de Kent vestido con capita que no era tan chungo. Descabalgó al tigre cuando el tigre quiso. Simpatía por el diablo: “Al igual que cada poli es un criminal y todos los pecadores santos, lo mismo da cara que cruz, llámame simplemente Lucifer” y una mierda. No le hizo ilusión que la marginación viviese en su barrio y salió pitando a que treinta años después le nombraran caballero de la Orden del Imperio Británico.

A Alan Passaro le absolvieron por defensa propia porque Meredith Hunter sacó una pipa y en el análisis forense le detectaron un caudal de anfetas en el torrente sanguíneo. El concierto de Altamont acabó con otras tres bajas por un par de accidentes de tráfico y un menda que se ahogó en un canal. Alan Passaro apareció muerto en 1985 en el lago Anderson del condado de Santa Clara con un fajo de billetes en el bolsillo. Por lo visto, no sabía nadar. Los pasmas pensaron que tampoco sabía guardar la ropa pero no husmearon más de lo conveniente. Algunos pensaron que el concierto de Altamont supuso el final de la Era de Acuario pero Sonny Barger dijo que aquello era una pura pijada y que la culpa la tuvieron los Stones por ir del rollo de prima donna. Jagger,  el Lucifer de trapo, se pasó una temporada cagado de miedo pensando que los Ángeles del Infierno iban a ir a Inglaterra para cortarle en rebanadas.

MARTÍN OLMOS

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