MARTÍN OLMOS MEDINA

Los gauchos matreros

In Bandidos on 4 de mayo de 2015 at 21:01

GAUCHO de martin olmos

Dijo Borges que profesaron la antigua fe del coraje.

“Nunca dijo: Soy gaucho”
JORGE LUIS BORGES

Alonso Carrió de la Vandera escribió en el “Lazarillo de ciegos y caminantes” (1773) que el gaucho vivía en las compañías de Buenos Aires, Tucumán y Uruguay. Paul Groussac decía que era de origen uruguayo y que no se extendió por el llano hasta finales del XIX. La misma opinión tenían Félix de Azara y Rómulo Múniz, pero no, en cambio, Martiniano Leguizamón, que afirmaba su antiquísima existencia en la Argentina como resultado de la mezcla de criollos y mestizos que, desde la Asunción, bajaron a poblar las fundaciones de Santa Fe y Buenos Aires. Menéndez Pelayo se refería al gaucho como sinónimo de criollo y sostenía que los gauchos eran los campesinos andaluces y extremeños transplantados a América en los tiempos de la conquista y la colonización. Todas estas discusiones igual dan, en todo caso:

Al gaucho se lo inventaron José Hernández, Eduardo Gutiérrez y Ricardo Güiraldes, y Borges dijo que los hombres de la ciudad le fabricaron un dialecto y una poesía de metáforas rústicas. Al gaucho se lo inventaron Hilario Ascasubi y Bartolomé Hidalgo, y Borges dijo que los gauchos no habían oído jamás la palabra gaucho, o acaso la habrían oído como una injuria. Borges dijo que los gauchos fueron pastores de la hacienda brava, enlazadores, marcadores, troperos, capataces, hombres de la partida policial, alguna vez matreros, sufridos, castos y pobres y nunca ninguno de ellos fue un caudillo. Borges dijo que eran capaces de  ironía, a diferencia de otros campesinos, que morían y mataban con inocencia y que los había peones tigreros, que mataban pumas enfrentándolos con un cuchillo y un poncho. Borges dijo, quizá con razón, que el mito del gaucho lo produjo lentamente la vigilia y los sueños de Buenos Aires. El gaucho pasó de ser un jornalero campestre a ser un poema porteño y no le quedó más remedio que ser capaz de ironía y de decir con metáforas rústicas. No le quedó más remedio que morir y matar con inocencia. Le pasó como al vikingo, que se vio obligado a los cuernos después de que se los pintara Gustav Malstrom. El gaucho acabó identificándose, inevitablemente, con sus ficciones, como advierte Oscar Wilde que la naturaleza imita al arte.

El gaucho mítico es su pilcha, que es como llama a sus avíos, que son el sombrero chambergo de ala corta y copa baja; el pañuelo que se anudaba sobre la cabeza a la corsaria o debajo del mentón, a la serenera, y le protegía las trenzas; el cinto de rastras de monedas de plata engarzadas en cuero de ciervo o de lagarto; el poncho de lana de oveja criolla, que la decían oveja chilluda, y que una vez fue de cuero de potro sobado; las botas de vaca y las espuelas nazarenas de rodetes anchos y calados que el gaucho se despojaba por urbanidad en cuanto, extrañamente, echaba el pie en tierra y el facón terrible, el cuchillo verijero que decían que lo mismo servía para abrir un asao que para cerrar una discusión.

La gauchería
Gauchos matreros y bandidos fueron David Segundo Peralta, Felipe Pascual Pacheco y Guillermo Hoyo. David Segundo Peralta era de Monteros del Tucumán, le decían el Mate Cosido por un siete que le remendaron en la cabeza y se asoció con el bandolero anarquista Juan Bautista Bairoletto, santafesino de la Cañada de Gómez que se pegó un tiro en 1941, en la Colonia de San Pedro de Atuel, en Mendoza, para que no le prendiese la partida. A Felipe Pascual Pacheco le dijeron por bravo el Tigre de Quequén y mató a un vasco en Tres Arroyos, al sur de la provincia de Buenos Aires, y a otros trece hombres más y durante un tiempo peleó en la divisa del comandante Miguel Martínez de Hoz, juez de paz de Lobería. El Tigre de Quequén mató a los dos célebres cuchilleros Almirón y el Negro de los Olivos y cuentan que tuvo familia con sus propias hijas. A Guillermo Hoyo le dijeron la Hormiga Negra porque era recogido y pardo y mató al gaucho Pedro José Rodríguez, al bracero Santiago Andino, al matón Pedro Soria de notable cuchillo, a varios soldados que le siguieron y a un acordeonista de nombre Mariano Rivero para robarle el pulmón. Degolló a un niño para quitarle una pieza de queso y le dieron presidio, en cambio, por el asesinato a puñaladas de Lina Penza de Marzo, una italiana que vendía verduras en San Nicolás a la que mató, en realidad, un tal Martín Díaz por la deuda de un préstamo. La Hormiga Negra murió de viejito en 1918 superando los ochenta años y guardando su biografía escrita por Eduardo Gutiérrez, que cargó con resignación porque decía que el gaucho servía para todo y que después de ser el juguete de la policía le tomaban los literatos para contarle a la gente según sus ocurrencias. Disfrutó su leyenda más bien a la fuerza y una vez que los hermanos Podestá del Circo Criollo le quisieron representar, les amenazó con un facón y acabó con la función. Gauchos matreros fueron Juan Cuello, que fue fusilado en Santos Lugares por el general Rosas, Ernesto Ezquer el Gato Moro, Servando Cardoso el Calandria y los hermanos Barrientos.

El gaucho mítico fue Juan Moreira, que acaso nació en San José de Flores sin padre reconocido, que pudo ser un gallego de nombre Mateo Blanco o un sereno llamado Cirilo Moreira al que mandó fusilar el general Rosas. Moreira era recio y analfabeto y le prestaron de zagal a una hacienda en donde aprendió el oficio de resero y le tomó cuerda al juego de la taba y a los gallos. Además de a pelear aprendió a tocar la guitarra y se prometió con Vicenta Andrea Santillán, con la que engendró, con el tiempo, tres hijos. Durante una época fue cuchillero del gobernador Adolfo Alsina, que llegó a ser vicepresidente de la república durante el mandato de Sarmiento. Alsina se lo quiso llevar de guardaespaldas a Buenos Aires, pero Moreira prefirió el pasto y el gobernador le regaló un caballo y un puñal terrible de ochenta centímetros de hoja. Moreira fue gaucho derecho hasta que mató a cuchilladas a un pulpero genovés apellidado Sardetti por una deuda de diez mil pesos. Se echó al llano y vivió de matrear, generalmente a caballo, y guardó de únicas pertenencias el cuchillo de Alsina, dos pistolas y un perro al que le decía el Cacique y le vigilaba la vela. Juan Moreira se hizo fama de invulnerable en desafíos a puñal y de sus encuentros con la policía ganó una cicatriz en la cara y otra en la mano derecha. Al gaucho bravo Juan Moreira lo mató la policía federal el 30 de abril de 1874 en el patio del burdel La Estrella en la ciudad de Lobos, en la provincia de Buenos Aires. Moreira intentó librar una tapia para escapar a caballo pero recién la empezó a trepar con su cuchillo desnudo entre los dientes, el sargento Andrés Chirino le metió un bayonetazo en el costado que le clavó contra la pared. Moreira revolvió de pura rabia y le contestó al sargento un tiro en el pómulo que le dejó tuerto y una cuchillada que le cortó cuatro dedos de la mano izquierda. Después murió Moreira en el patio del boliche, probablemente rematado a tiros por el comandante Federico Bosch, capitán de la partida. El sargento Andrés Chirino reclamó la recompensa de cuarenta mil pesos y se la retrasaron hasta el olvido, le licenciaron de la milicia por medio manco y le dieron una portería en el 733 de la Avenida de Mayo, en Buenos Aires. Andrés Chirino murió con cien años.

A las afueras del coraje de Juan Moreira, el gaucho ruin y vil canalla fue Leonardo Condorí, caníbal y ultrajador. Leonardo Condorí tenía una risa de dientes negros, poca talla y orejas grandes, era analfabeto pero sabía contar hasta cien y llevaba un tajo en el cuello y otro en la cara de reyertas por hembras que perdió. En 1908 andaba en una yerra de reses en Jujuy y andaba sin vaciar porque de puro picio no gastaba mujer desde hacía años. Ya tenía el pretérito mancillado por haber estrangulado en Santo Domingo a una muda de quince años a la que quiso disfrutar. El uno de julio de 1908 salió de jornalear en la hacienda de Los Corralitos, allá en Jujuy, y se fue a procurar una medida de aguardiente cuando se encontró con Visitación Sivila, que le decían Almita, y la propuso yacer a cambio de veinte céntimos de peso. Almita le huyó y Leonardo Condorí la tentó pero no consumó y, rabioso, la apuñaló en el cuello y le cortó un trozo de muslo. También le robó un puño de cigarrillos de Villagrán y una bolsa de fideos. El trozo de muslo lo saló, lo secó en charque y se lo comió. A Leonardo Condorí le dieron presidio en Ushuaia, al lado del Faro del Fin del Mundo, y a la tumba de Almita Sivila fueron los jujeños a pedir milagros.

MARTÍN OLMOS

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  1. Que fuerte! yo soy Leonardo Condori

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