MARTÍN OLMOS MEDINA

El indio macho

In Esto es Hollywood on 17 de mayo de 2015 at 18:41

ILUSTRACION EL INDIO FERNANDEZ

El director de cine mejicano Emilio Fernández sembró bastardos en Coyoacán y mató a un mono, a una perra y dicen que a siete hombres.

“Mi padre no era golpeador; él mataba”
ADELA FERNÁNDEZ

Don Luis Buñuel, ateo gracias a Dios, se quedó medio teniente por pegar tiros dentro de su despacho disparando sobre una caja metálica que colocaba sobre la biblioteca. Don Luis Buñuel llegó a poseer sesenta y cinco revólveres y fusiles y media docena de bastones con estoque, y en cambio, le sorprendió la frecuente presencia del chumbo del cuarenta y cinco entre los ajuares de los machos mejicanos. Don Luis contó en sus memorias que cuando rodaba en Méjico “La vida criminal de Archibaldo de la Cruz”, el sindicato le obligó a introducir una banda sonora que tocaron treinta músicos que se sacaron las chaquetas porque en el auditorio hacía calor y veinte de ellos enseñaron sus pistolones que cargaban en fundas de sobaco. En otra ocasión vio a Chano Urueta dirigir una película con un Colt pendiéndole del cinto porque “nunca se sabe lo que puede pasar”. Chano Urueta hizo la revolución cabalgando en un regimiento de Pancho Villa y pensaba que las monjas y los bizcos traían mala suerte. Buñuel les ponía barrunto, en cambio, a los ciegos. En Méjico se cultiva la afición a pegarle candela a la pólvora, la exhibición del coraje y el compadreo con la muerte, que la dicen la Chingada, la Calva y la Dientuda y la dicen la Pelona, la Tiznada y la Patas de Catre. A la Chingada la frecuentan los machos charros con familiaridad como quien merienda con un primo y contaba Buñuel que cuando tomaban los tequilas se apostaban el cuero jugando a la ruleta mejicana, que consistía en tirar un revólver amartillado al aire arriesgando que al caer se disparase a la buena de Dios y le acertase a alguien. John Huston, que en su temprana juventud corrió Méjico mientras decidía qué hacer con su vida, se enredó en timbas con los milicos que celebraban las buenas manos estampando los revólveres montados al pelo contra el techo con la luz apagada para ver a quién le tocaba el balazo. El pintor Diego Rivera le pegó un tiro una vez a un autobús.

El hombre mejicano es macho sin charco que cuelga huevazos sudones en exhibición, lo que a primera vista puede parecer una evidencia común con el resto del género, pero no se da, es un decir, en el monsieur francés, que desciende del rey Enrique III de la Casa de Valois, que le decían el Hermafrodita y puso de moda los pendientes de aro turcos. El macho mejicano viene del español y contaba una leyenda franquista que cuando el charro Jorge Negrete visitó España en 1948, las mujeres se le echaron encima en el aeropuerto de Barajas y Negrete preguntó si es que no había hombres en el país y un ministro del Régimen le acomodó una hostia para sacarle de la duda. Chano Urueta, que se precavía de las monjas y de los bizcos y dirigía películas con un Colt al cinto porque nunca se sabe lo que puede pasar, era ateo como Buñuel, aviador y catedrático de Filosofía, hablaba siete idiomas y su nieto fue el célebre luchador enmascarado Blue Demon Jr. El Chano Urueta formó parte del elenco mejicano de la película “Grupo Salvaje”, de Sam Peckimpah, interpretando a Don José. A Peckimpah le habló de Urueta el Indio Emilio Fernández, cineasta macho y mestizo del que cuentan que mató a siete hombres, a un mono y a una perra que le salió puta. El Indio hizo del general Mapache en “Grupo Salvaje” y le sugirió a Peckimpah la idea de empezar la película pegándole fuego a un escorpión.

Emilio Fernández Romo nació en 1904 en Mineral del Hondo, en el estado de Coahuila, que linda por el norte con Texas y el Río Bravo, y le dijeron el Indio porque era hijo de una indígena kikapú y de un general de Pancho Villa. Cuando tenía nueve años, su madre le apartó un hueco en la piltra a un terrateniente local mientras su padre andaba a caballo sirviendo a la Revolución. El Indito Emilio los descubrió y nomás limpió la traición matando a tiros al terrratenientito. Los carnales del difunto mataron después a la madre y el Indio tuvo que escapar y se alistó en el ejército, participó en la rebelión delahuertista contra el presidente Obregón y sufrió penal, del que se fugó para cruzar la frontera del norte y acabó ganándose la vida en Hollywood haciendo de bailarín de huapangos. En 1928 posó en cueros para Cedric Gibbons para ser el modelo de la estatuilla del Oscar, conoció a Eisenstein y a John Ford y cuando regresó a su país contribuyó a consolidar la edad de oro del cine mejicano, asociándose con los actores Pedro Armendariz y Dolores del Río y con el fotógrafo Gabriel Figueroa, que culminó cuando ganó la Palma de Oro de Cannes en 1946 con la película “María Candelaria”, cuyo guión escribió en una sola noche de tequila y farra sobre una resma de servilletas de papel.

El mono Macario y la perra golfa
El Indio calzaba espuelas nazarenas que le abrazaban el talón de sus botines, peinaba bigote e hizo un oficio de ser macho. Tomaba indistintamente mezcal y tequila y a veces brandy y dirimía a tiros cuando era menester. A un técnico le baleó porque le arruinó una toma tosiendo y le pegó un tiro a un periodista que le contradijo en el hotel Excelsior. Buñuel contó que zanjó una discrepancia con un crítico de cine a cuenta de la importancia de un premio pegándole un tiro en el pecho y con setenta años, rodando “Traedme la cabeza de Alfredo García”, de Sam Peckimpah, se enredó en una fiesta de barra libre en un changarro llamado el Tlaque-Paque, que era propiedad de un hombre al que decían el Macho, y a la salida le embistieron tres matones, le sacaron de la carretera tirándole a una zanja y rompiéndole dos costillas y el Indio les espantó a balazos con un chumbo que guardaba debajo del asiento. El Indio se hizo construir una casa fortaleza en Coyoacán a la que iban Juan Rulfo y el muralista Diego Rivera a tequilear. A Diego Rivera le llamaba su mujer Frida Kalho el Panzudito. Frida Kalho no pasaba más allá de la verja de la casaEMILIO EL INDIO FERNANDEZ de Coyoacán porque decía que era una cueva de machos y llamaba al Panzudito a gritos desde la calle para regresarlo a dormirla. En Coyoacán tenía el Indio una perrita que se escapó una noche a callear y volvió preñada y el Indio agarró el fierro y le pegó un tiro por puta. También mandó fusilar a un mono. Le dio dos mil pesos a su hija Adela para pagarle unas tortitas a una viejita y la señora dijo que ella no le cobraba al Indio porque le tenía veneración. Adela se compró un monito con el dinero y le puso de nombre Macario y cuando el Indio se enteró dijo que nomás era frivolidad cambiar el dinero del pobre por un capricho, sacó a Macario al patio y lo terminó a tiros contra un paredón. El Indio macho era también jodedor de afueras y calzó a tantas doñas que su hija Adela se prometió no echarse novio de Coyoacán por no arriesgar la posibilidad de que fuese su hermano. A la niña Adela la crió el Indio dándole trocitos de carne cruda mojados en tequila y chile. Le daba un trocito a ella y otro a su gallo de pelea. La niña Adela se hizo lesbiana con el tiempo y el Indio corrió su desgracia a la prensa diciendo que le había salido la hija machorra. A la hija del Indio la llamó García Márquez “la oscura y tristísima Adela Fernández” y ella, quizá por rencor, dijo que su padre pintaba de hombrón pero que ella le veía bien joto porque se perfumaba con colonia “Havanita”, que se hacía traer de Cuba y olía a gardenia y vainilla, y se untaba de cacao para que los piecitos le aromasen a chocolate. El Indio macho gastaba calcetines de seda. Joto o derecho, el Indio siguió dando pelea de pellejo y con setenta y dos años mató a tiros en Coahuila a un campesino de nombre Javier Aldecoa en medio de un pleito de cantina. Le dieron presidio en El Torreón y salió aflojando una fianza de 150.000 pesos. El Indio tenía cuatrocientos pares de zapatos que dejó sin estrenar cuando le cogió la muerte con ochenta años el seis de agosto de 1986.

MARTÍN OLMOS

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