MARTÍN OLMOS MEDINA

La desdichada vida y la época extraordinaria de Joseph Carey Merrick, monstruo

In Los raros on 6 de junio de 2015 at 17:12

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOSJOSEPH MERRICK

El Hombre Elefante vivió en un mundo de pícaros.

  “Joseph Merrick era la personificación de la soledad”

DOCTOR FREDERICK TREVERS

 

El 29 de diciembre de 1861 se casaron en la iglesia parroquial de Thurmaston, en Leicestershire, el señor Joseph Rockley Merrick, de veinticuatro años, postillón de un coche “brougham” de punto y almacenero en una fábrica de algodón, y la señorita, que lo fue hasta ese momento (aunque se verá que no tanto), Mary Jane Potterton, de veinticinco, nacida en Evington de padres rurales que jamás supieron escribir su nombre y sirvienta de profesión. El joven matrimonio puso casa en el número cincuenta de Lee Street, en Leicester, a la vera del indócil río Soar, una sentina inmunda que cada año crecía de medio metro a uno entero de altura y se abría camino por la comarca divulgando la viruela. A principios de mayo de 1862, la señora Mary Jane Merrick, de soltera Potterton, preñada, visitó la feria de Humberstongate en la que se estrenó en la plaza el circo de caballos Croueste´s y se exhibió a un grupo de gigantes descendientes de los bíblicos Anakim, a un cerdo monstruoso y a una vaca de cinco patas cuya extremidad adicional, informó el dueño de la res a un del “Leicester Journal”, tenía la misión expresa de permitirle rascarse la nariz. En dicha feria de Humberstonegate, que se levantaba a la vera del mercado de ganado y quesos, fue sin embargo la atracción principal la célebre casa de fieras del señor George Wombwell. George Wombwell, antiguo zapatero del Soho, se convirtió en el más famoso exhibidor de animales salvajes de toda Inglaterra y en tres ocasiones actuó ante la reina Victoria. Para unos, Wombwell fue un empresario emprendedor, y para otros un granuja y el escritor satírico William Hone le describió como un hombre mezquino, astuto y de sentimientos pervertidos por la avaricia que, además, era un notorio borracho. En una ocasión, en Warwick, a orillas del río Avon, el señor George Wombwell exhibió una lucha entre una jauría de seis perros bulldog contra sus dos leones Nerón y Wallace. George Wombwell se jactaba fundadamente de llevar elefantes en sus espectáculos y tuvo uno de Siam que era capaz de descorchar botellas y decir vivas al rey. En otra ocasión reventó a un elefante al obligarle a cubrir esforzadamente los cuatrocientos kilómetros que distaban desde Newcastle-on-Tyne hasta Londres y aún así no perdió la oportunidad de negocio y enseñó el cadáver del animal en las fiestas de san Bartolomé anunciándolo como “el único elefante muerto de la feria”. No obstante, en la feria de Humberstonegate de 1862 a la que acudió preñada la señora Mary Jane Merrick, de soltera Potterton, no pudo ir el señor Wombwell en persona por la circunstancia de que llevaba doce años difunto, pero su circo de fieras salvajes lo gestionaba su viuda y empezó la parada con un desfile de elefantes. La señora Mary Jane Merrick resbaló delante de uno de ellos y a punto estuvo de morir aplastada debajo de sus patas pero, por fortuna, el suceso se quedó en un susto que no mereció blasón en la prensa y que, sin embargo, tuvo ulteriores consecuencias en el embrión que guardaba en el claustro. Inveteradas supersticiones señalaban que una vez efectuada la concepción, ciertas impresiones recibidas por la madre durante el embarazo afectarían al hijo por nacer: se sabía de un hombre de Cambridgeshire que nació con las dos manos deformes porque un perro se abalanzó sobre su madre poco antes de su nacimiento posándole las patas en el estómago.

Lo que salió de un susto

La señora Mary Jane Merrick parió a su primer hijo el cinco de agosto de 1862, con lo que cualquier ciudadano que fuese capaz de sumar cifras sencillas pudo concluir que no compareció doncella ante el altar. Puso a la criatura dos nombres que fueron: Joseph por el padre y Carey por el misionero William Carey , que, entre otros méritos prodigiosos, tradujo el Nuevo Testamento al idioma bengalí. La señora Mary Jane Merrick, baptista, juró sobre una Biblia santa que el niño vino al mundo sollozando como era su deber, dueño de unas medidas antropomórficas regulares y lo suficientemente robusto como para vencer al año escaso una epidemia de viruela que asoló la región de Leicester. Sin embargo, al afrontar el tiempo, se desarrolló desordenadamente y le creció la cabeza con desmesura hasta rodear una circunferencia de más de noventa centímetros que le remataba el tiesto por delante con una protuberancia que le cegaba un ojo y por detrás por otra que parecía una coliflor parda, le salió una masa carnosa de cien gramos desde debajo del labio superior, se le cubrieron las piernas de piel gruesa y bultos grises y se le hinchó el brazo derecho hasta alcanzar un grosor de muñeca de treinta centímetros y doce y medio alrededor de uno de sus dedos. Además se quedó medio tapujo y no alzó más arriba del metro y medio, las deformaciones de la boca le impedían hacerse entender en un inglés articulado y se rompió la cadera izquierda quedándose renco y condenado a un bastón. No obstante, aprendió a leer. No obstante, su madre le amó como a un niño querubín. Mary Jane Merrick asoció la desgracia de su hijo al susto del elefante de la feria de Humberstonegate.

A Mary Jane Merrick se la llevó el buen Dios al alba del jueves 19 de mayo de 1873 por el intermedio de una bronconeumonía y dejó huérfano a su hijo Joseph Carey a la edad de once años. Joseph Rockley Merrick, su padre, volvió a casar con la viuda Emma Wood Antill en la capilla baptista de Archdeacon Lane. Emma Wood Antill aportó al matrimonio camada propia, ninguna intención de atender al deforme y ciertos aires de superioridad que cultivaba porque decía que era hija de un caballero. Joseph Carey JOSEPH MERRICKMerrick dejó la escuela Board de la calle Syston a los doce años y se puso a vender mercerías de buhonero. Durante un tiempo encontró trabajo en la fábrica Freeman´s de tabacos, en el nueve de Lower Hill Street, hasta que le despidieron porque el crecimiento de su mano derecha le impidió torcer cigarros. Volvió al ambulante hasta que los ropavejeros consiguieron que le despojasen de su licencia de venta pública por feo. Su padre, al verle desvalido, le dio una soberana paliza. El pobre Joseph Carey Merrick acabó en el hospicio de Leicester al amparo de la beneficencia, en donde vistió uniforme de sarga parda y desató estopa de cáñamo para ganarse el rancho de puré de avena. Para entonces, la protuberancia de su labio inferior medía sus buenos veinte centímetros y le impedía comer con decoro y pronunciar de manera concebible. En la enfermería del hospicio, el doctor cirujano Charles Marriott le despojó de cien gramos de la trompa, pero el joven Merrick pretendía una vida normal y ganarse la vida como un inglés cabal y comprendió que debía hacer oficio de ser monstruo. El 3 de agosto de 1884 abandonó por voluntad propia el hospicio y la sarga gris y se puso al amparo del feriante Tom Norman, antiguo carnicero de Sussex, aficionado a palmar en los caballos y exhibidor de fenómenos de barraca que en cierta ocasión presentó por zulúes salvajes a una cuadrilla de marineros jubilados de Rattcliffe Highway borrachos como obispos y pintados con corcho quemado. Tom Norman solía vestir sombrero hongo torcido, monedas de plata cosidas a su chaleco y sortijas sobre guantes blancos. Norman enseñó a Joseph Carey Merrick en las casetas de Whitechapel y en giras provincianas a través de las Tierras Medias, en conventillos de carpa que levantaba al lado de las tabernas. En Whitechapel Road, en un antiguo museo de figuras de cera, el doctor Frederick Trevers pagó un chelín por contemplar a Merrick, al que consideró un retrasado mental porque no era capaz de entenderle, le llevó al London Hospital para que sus colegas le midieran y le devolvió a la feria regalándole una tarjeta de visita. De aquellos años de circo, Merrick ahorró cincuenta libras y después fue cedido a un barraquero austriaco que le llevó al continente, le birló la pasta y le dejó abandonado en Bruselas. Regresó el monstruo por sus medios a Londres, embozándose la cabeza en medio saco, y por no volver al hospicio, se dirigió al London Hospital con el pasaporte de la tarjeta del doctor Trevers, que le acogió y descubrió que no era idiota, que podía llorar pero no sonreír, que había leído la Biblia, el Libro de las Plegarias y las novelas de Jane Austen, que sucumbió en un desgarrador sollozo cuando una mujer le cogió la mano y que conocía de memoria los versos del reverendo Isaac Watts que decían: “Si fuese tan alto como para llegar al mástil,/ o abarcar el océano con mis brazos,/ sería medido por el alma,/ pues la mente es la pauta del hombre”. Una navidad le pidió al doctor Trevers un estuche de tocador para caballeros con un peine con montura de plata y un par de navajas de mango de marfil. El doctor se lo regaló pero eludió incluir un espejo. El viernes 11 de abril de 1890 murió a la edad de veintisiete años desnucado por el peso desmesurado de su cabeza.

  MARTÍN OLMOS

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