MARTÍN OLMOS MEDINA

Una bruja con tacón de aguja, un cerdo vietnamita y un cipote de Castellón

In Timadores y burlangas on 6 de junio de 2015 at 17:42

ILUSTRACION  DE MARTIN OLMOS FILTROS DE AMOR

En estos tiempos descreídos aún quedan hombres que buscan el amor.

“Lo que se hace por amor está más allá del bien y del mal”

FRIEDRICH NIETZSCHE

 

El menda: José Laparra, tonto de mal perder, sentimental y neoclásico, casi medieval. La viva: Lucía Martín, trabajadora autónoma del abracadabra (pata de cabra) que con el rendimiento de los primos se compró un cerdo vietnamita y le puso de nombre Valentino. Digresión sobre el cerdo vietnamita: es un cerdo con plus por vietnamita, mundano y cosmopolita, que recibe trato diferente del cerdo común que caduca en San Martín. Lo puso de moda George Clooney junto a las cafeteras Nespresso (what else?) y las ventas se dispararon. El cerdo vietnamita adulto deja de ser gracioso y puede pesar sus setenta kilos, por lo que se le abandona en una campa y se hace silvestre, depreda los nidos de perdiz y se ha llegado a cruzar con el jabalí de monte. El cerdo en general, vietnamita o de Badajoz, es el único animal que tiene en común con el hombre el padecimiento de la ansiedad y se puede morir de estrés. Además del cerdito Valentino, Lucía Martín se gastaba las rentas en zapatos de Manolo Blahnik y en bolsos de Louis Vuitton. Lucía Martín es hechicera sin verruga ni caldero ni lechuza y con complementos de presumir y, como la de Tino Casal, es bruja con tacón de aguja. José Laparra, tonto neoclásico y sentimental, no fue siempre tonto y, muy al contrario, antes estuvo muy vivo. José Laparra es empresario inmobiliario y fue durante seis años presidente del Club Deportivo Castellón, que juega en Tercera, y le acusaron de desviar cinco millones de pavos procedentes de subvenciones públicas. José Laparra no es doncel ni maduro resultón y tiene ojitos pequeños, quizá soñadores, alopecia y trompa chatunga. José Laparra está, ay, enamorado y le dan al pobre calabazas. Pretende a una secretaria -ya dijimos que es neoclásico- que se llama Sandra y no tiene ojos para él. Es improbable que José Laparra haya leído a Shakespeare (y por su devenir, es posible que no haya leído nada) y, sin embargo, concluye como el poeta que el amor no prospera en corazones que se amedrentan de las sombras. José Laparra enamorado se adentró en las sombras.

Apuntes sobre el tonto romántico: es un tonto de circunstancias y no de nacimiento, lo que le convierte en un tonto imprevisible. El tonto romántico echa el día suspirando y mira la luna llena, luna lunera y cascabelera, y demora el tiempo escuchando cantar al ruiseñor. El tonto romántico es empático al principio pero aburre a medio plazo porque es monotemático y siempre está hablando de su julieta. A veces se suicida, como un héroe de Goethe, y es dado al soneto, que no le reporta razón, porque ya expresó Camilo José Cela que a la hembra contemporánea ya no se la conquista con versos sino invitándola a gambas y vermú. El tonto romántico, si no es buen rimador, no tiene rubor en plagiar a Bécquer. El tonto romántico, si tiene posibles, los pone a disposición de su pasión y mueve la economía y a su alrededor florece una industria de floristas y mariachis, con lo que el tonto romántico no carece, entonces, de cierta utilidad. El tonto romántico, como el cerdo, puede morir de estrés.

 

Agua de flores y tierra de sepultura

José Laparra, tonto sentimental y neoclásico, agotó los versos sin rendimiento y acudió a Lucía Martín, bruja de tacón de aguja, para pedirle un filtro de amor. Lucía Martín disfrazaba su industria detrás de un gabinete psicológico y vendía magdalenas por internet. Lucía Martín le recomendó bañarse con el agua en la habían estado sumergidas unas flores durante cuarenta días y frotarse el cuerpo con la tierra de un cementerio y le cobró 165.000 euros por la consulta. José Laparra, untado de flores y camposanto, recibió calabazas como ayer y le salió el mal perder y para no quedar por primo formó una patrulla de recuperación compuesta por una mujer con una pistola de pega, dos cristianos que se hicieron pasar por pasmas y un morito del Rif que entraron a la fuerza a la casa de la pitonisa y retuvieron a su padre con la intención de que le devolviesen al enamorado los machacantes del elixir. Lucía Martín se escondió debajo de un colchón y el cerdito Valentino no ladró. Comparecieron los picoletos avisados por el follón y detuvieron a los usurpadores y a José Laparra, tonto romántico y neoclásico e intruso del amateur, le van a caer seis meses de trullo y 1.500 euros de pena pecuniaria por los delitos de allanamiento de morada, amenazas con arma de fuego, extorsión y pertenencia a cuadrilla criminal. Nadie se ha preocupado, en cambio, del cerdito Valentino, que puede que presente un cuadro de estrés.

Este suceso singular adornó la prensa recién andaba rindiéndose este mayo enrarecido de política municipal y algunos lo vieron fleco de tiempos oscurantistas de piojo verde y bálsamo de Fierabrás, pero a los tontos sentimentales nos entraron ganas de gritar en la calle que viva el amor (en primavera). Este suceso singular recoge clasicismo a baldes y contiene el eco de La Celestina y del Elixir de Amor de Donizetti, con don José haciendo de Nemorino y Lucía Martín del doctor Dulcamara, e introduce el detalle imprescindible de la tierra de cementerio como ingrediente del hechizo, porque la brujería tiene en común con la alta cocina el uso de condimentos difíciles de encontrar: ni los ungüentos ni las recetas de los grandes chefs se hacen con pan de molde y jamón york y hay que ponerles cuernos de unicornio. Es como el gusto por usar palabras raras de los profesionales de oficios especializados (medicina y mecánica del automóvil). Para hacerse amar por una mujer recomendaba San Cipriano de Antioquia machacar en un almirez la cabeza de una culebra que se hubiera tragado el corazón de una paloma virgen y, una vez reducida a polvo, mezclarla con unas gotas de láudano, y el licenciado Amador Velasco hacía un filtro con el espinazo seco de una rana devorada por las hormigas dentro de un tintero. Hubo un curandero llamado John M. Crous que le vendió al ayuntamiento de Nueva York un remedio contra la rabia (el amor no deja de ser una enfermedad transitoria) compuesto por la quijada pulverizada de un perro, la lengua seca de un potro recién nacido y las limaduras de cobre de una moneda de un penique que debía estar forzosamente acuñada durante el reinado del rey Jorge I. A San Cipriano de Antioquia le decapitó Diocleciano y al licenciado Amador Velasco le dieron destierro en un auto de fe celebrado en la plaza de Zocodover de Toledo que presenció el Greco. A Lucía Martín no le va a pasar nada, pero dejó en entredicho su oficio al no vaticinar la visita de su cliente y tener que esconderse debajo de un colchón poniéndole al suceso el intermedio cómico de chiste de Eugenio (un tío llama a la puerta de un adivino, pom, pom, y el adivino pregunta quién es y el tío dice: vaya mierda de adivino). José Laparra, tonto sentimental y neoclásico, ha enriquecido el catálogo de cipotes que hacen país, como aquel célebre Bartolín, artista y concejal de deportes de La Carolina de Jaén que se secuestró a sí mismo y se escapó tirándose por un terraplén. A José Laparra hay que perdonarle la multa por romántico y que salga con una reprimenda, decirle que, venga hombre, que será porque no hay mujeres, y reconocerle el valor de no amedrentarse de las sombras como recomendaba Shakespeare, al que probablemente no ha leído pero lo intuyó. Tampoco parece que haya escuchado a Serrat, que en su canción “Receta para un filtro de amor infalible” recomendaba para conquistar a la amada un bebedizo hecho a base de borra de ombligo, leña de flechas de Cupido y polvo de una estrella fugaz y si acaso le fallara “haga la prueba con materias tangibles./ Cubrirla de brillantes o montarle un piso/ son buenos ingredientes para infalibles/ filtros de amor”.

MARTÍN OLMOS

 

 

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