MARTÍN OLMOS MEDINA

Gestión política de la caza del oso

In Bichos on 17 de junio de 2015 at 23:48

 

ILUSTRACION THEODORE ROOSEVELTEn política no se puede ir disparando con alegría.

“Se necesitaría, Roosevelt, ser, por Dios mismo,/

el Riflero terrible y el fuerte Cazador”

RUBÉN DARÍO

 

Winston Churchill dijo: “Un oso en un bosque es un buen tema de especulación; un oso en un zoo es adecuado para la curiosidad pública; un oso en la cama de tu esposa es un asunto de la máxima preocupación”. El oso al que se refería Churchill era Stalin, pero una vez superado el contexto, uno concluye que, desnuda de metáfora, la advertencia no hay que ignorarla y un oso rondando a tu mujer es una presencia inquietante. Al oso hay que prevenirle como a una colmena de abejas o a una señora bigotuda y así uno ahorra en disgustos. Los hombres y los osos (que cuanto más feos más hermosos) han sabido quedarse cada uno en su casa sin buscar mucha vecindad y se han cruzado cuando no ha quedado más remedio y con consecuencias trágicas para alguno de los dos. Al oso le vemos simpático por las prosopopeyas de Disney y por el cuento aquel de Ricitos de Oro que escribió Robert Southey y hasta compramos uno de trapo para que se nos duerma el niño mamón. Los osos de trapo los pusieron de moda Morris y Rose Michtom, emigrantes judíos en América, para celebrar al presidente Roosevelt. Theodore Roosevelt combatió el asma haciéndose vaquero en Dakota y llegó a la presidencia cuando a McKinley le retiró un balazo a quemarropa del anarquista León Czolgosz que le cruzó el estómago, el colon y un riñón. Roosevelt cabalgó al frente de los Rough Riders en la guerra de Cuba y en política exterior practicó la Doctrina del Garrote, una vez vio un Bigfoot, que es un primo del Yeti del Himalaya, y le pegaron un tiro en Milwaukee en 1912 y se empeñó en largar un discurso de una hora antes de que le sacasen la bala del pecho, que se había llevado por delante una costilla. A Roosevelt le hizo un poema Rubén Darío y era gafoso, fantasmón y republicano.

En noviembre de 1902, el gobernador de Mississippi, Andrew Longino, invitó a Roosevelt a una cacería de osos en el norte de Vicksburg con la intención de ganarle la mano a su oponente James K. Vardaman, que se estaba metiendo en el bolsillo los votos de los pequeños propietarios blancos a base de prometerles linchamientos de negros. Vardaman opinaba que educar a un negro era la mejor manera de estropear una buena mano de obra. Andrew Longino organizó una cacería preberlangiana con prensa y notables para hacerse la propaganda y Theodore Roosevelt manifestó sus deseos de matar a un oso macho. A Roosevelt le encantaba exhibirse en proezas físicas como si fuera un forzudo de circo y cabalgaba al alba, nadaba ríos y practicaba el box. Se había hecho de roca sudando la gota gorda, porque nació neoyorquino, rico, asmático y medio cegato. Después cultivó su imagen de vaquero y se hizo fotos con el sheriff Pat Garrett, el hombre que mató a Billy el Niño. The Pall Mall Gazette le consideraba la personificación del deporte americano. Andrew Longino contrató de guía de la expedición al mejor rastreador de osos del delta del Mississippi, que era el negro Holt Collier, el único moreno que está enterrado debajo de una bandera de la Confederación. Holt Coltier nació en 1846 en la plantación Plum Ridge de Mississippi, dentro de la tercera generación de esclavos del general Thomas Hinds. Su amo le quiso dar educación, pero Coltier prefería rastrear caza y a los diez años mató a su primer oso. Coltier fue negro en conformidad, un ilota contento porque le daba buen trato el dueño y le vestía de caballerito blanco para enseñarle la puntería en el vecindario. Holt Coltier tenía un rifle y el lomo sin escribir y andaba la selva matando bestias en vez de agacharse a desfibrar el algodón. Cuando estalló la Guerra de Secesión acompañó a los amos al frente y se alistó de gris en el Noveno de Caballería de Texas, peleó en Shiloh a las órdenes del general Albert Sidney Johnston y rastreó para Nathan Bedford Forrest, el Carnicero de Fort Pillow, que crucificó en Tennessee a esclavos liberados y fundó el Ku Klux Klan. Cuando acabó la guerra mató a un yanqui llamado James King en Vicksburg, por defender al amo en un riña en la que surgió un cuchillo, y puso tierra de por medio para que no le colgasen y asentó durante un tiempo en Texas en el oficio de desbravador de caballos mesteños en el rancho de su antiguo comandante, el general Lawrence Sullivan Ross, futuro gobernador del estado. Holt Coltier fue negro bien acompañado y orbitó alrededor del galpón cuando le manumitieron, lloró la muerte de su amo Howell Hinds y se convirtió en cazador legendario, rastreador de osos con cuerda de perros y tirador infalible.

La escopeta nacional

A la cacería del oso del delta del Mississippi de 1902 fueron los periodistas, una cuerda de cincuenta perros y un muestrario de ilustres con ganas de arrimarse a una buena hoguera entre los que estaban, a falta del marqués de Leguineche, Stuyvesant Fish, presidente del ferrocarril de Illinois; John McIlhenny, dueño de la fábrica de la salsa de Tabasco; el futuro gobernador de Luisiana John M. Parker; Huger Lee Foote, senador, antiguo sheriff del condado de Sharkey y mal jugador de póquer que perdió la plantación familiar palmándola en el tapete del Club del Alce y el honorable LeRoy Percy, senador en Washington. Roosevelt manifestó su deseo de cazar al oso negro y el gobernador Longino encomendó a Coltier rastrearle un buen macho y arrinconárselo al presidente para ponérselo al pelo. El negro Coltier batió un ejemplar viejo de ciento diez kilos y lo corrió durante tres horas con la traílla de perros hasta que lo estancó en un pantano y le echó la jauría. El oso mató al perro Jocko, el sabueso principal del negro Coltier, y se defendió hasta donde pudo. Coltier le laceó desde la orilla y le amansó rompiéndole la culata de un rifle en la cabeza, después lo arrastró hacia el firme y lo amarró a un tocón dejándolo medio muerto. Tocó el cuerno llamando a los tiradores y llegó Roosevelt a caballo con los ilustres y la prensa. Acábelo, le dijo el Negro Coltier y la corte del presidente preparó el aplauso, pero Roosevelt miró a la prensa y dejó el gatillo en vigilia y dijo que juzgaba antideportivo matar al oso indefenso. Roosevelt intuyó la política como espectáculo y fue el precedente del gesto como capital ideológico. Le sacó partido a la guerra contra España cabalgando con los Rough Riders, que no era más que un regimiento de pijos de Harvard jugando a ser Custer en las Guásimas (más adelante reconoció que la guerra de Cuba no fue una buena guerra, pero que no tenía otra a mano) y le sacó rendimiento a perdonarle el pellejo a un oso viejo. Unos días después, el caricaturista del Washington Post Clifford Berryman publicó un dibujo mostrando el gesto compasivo de Roosevelt indultando al animal indefenso y el país se rindió ante el presidente sportman.

Las políticas de gesticulación se siguen practicando con buen rédito y la teatralidad cifra en caja y salen candidatos haciendo el chorra sobre una bici como los chavales de Verano Azul, dejándose coleta y enseñándose como Adán, medio en cueros como un bombero de despedida de soltera esperando que le cuelguen veinte pavos en la gomita del slip. En política se tienen que gestionar con buena cintura hasta los pedos, o bien aguantárselos y liberarlos domiciliarios y que hieda a mierda en familia. Por acá, en cambio, no se nos da bien gestionar políticamente la caza del oso (quizá porque uno nos liquidó a Favila, el hijo de don Pelayo) y al rey Juan Carlos le dejamos de ver campechano y le juzgamos ventajista cuando nos enteramos que fusiló en una batida en Rusia al oso Mitrofán, plantígrado manso y sociable borrachín que compareció ante los cartuchos trompa perdido de vodka y miel. El oso de Roosevelt no duró mucho y cuando se fue el dibujante lo remataron a cuchilladas entre John Parker y el negro Coltier. Coltier murió con noventa años, después de haber matado tres mil osos, y Roosevelt le regaló una carabina Winchester y Andrew Longino no fue reelegido a pesar de pagar la batida y las copas y le ganó la mano James Vardaman, el Gran Jefe Blanco, que después de cenar con Roosevelt dijo que la Casa Blanca apestaba tanto a negro que las ratas se habían refugiado en los establos. Morris y Rose Michtom, un matrimonio de judíos rusos que vendían regaliz en el 404 de la avenida Tompkins de Nueva York, se pusieron a fabricar osos de trapo a los que pusieron de nombre Teddy (diminutivo del Theodore de Roosevelt) y los vendieron como paraguas en un chaparrón y hoy seguimos acostando a los mamones con ellos sin la oposición de los pediatras, que no recomiendan en cambio el chupete porque causa problemas de maloclusión dental como si acostarse con un oso no inclinase a la zoofilia. Roosevelt murió de una embolia en su casa de la Bahía de las Ostras, en una habitación llena de trofeos de caza que impresionó mucho a Julio Camba. Murió, escribió Manuel Leguineche, “como lo que había sido toda su vida, un bluffer, un farolero populista, un cazador de leones de África”.

MARTÍN OLMOS

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