MARTÍN OLMOS MEDINA

Babiecas y Rocinantes

In Bichos on 25 de julio de 2015 at 0:30

ILUSTRACION de MARTIN OLMOS

Cuatro o cinco cosas de caballos y de hombres.

“¡Mi reino por un caballo!”

WILLIAM SHAKESPEARE

El caballo de Espartero no es manso sino orquítico y arrastra dos cojonazos como dos satélites. Los cojonazos son de bronce y tremebundos y se los colgó debajo del culo Pablo Gilbert Roig no se sabe porqué, igual por inflar la factura del material. Pablo Gilbert Roig le esculpió dos estatuas al general Espartero, una en Madrid, en Alcalá con O´Donnell, y otra en Logroño, en el Espolón, y en las dos le dio al caballo abundante provisión. Al caballo de la estatua de Espartero le pasa lo que a aquel mosquito extremeño que le andaban pesando los huevos: “Por la sierra de Pela/ viene un mosquito:/ le llegan las gandumbas/ a Don Benito”. Las estatuas de Espartero dan sombra al paseante y han propiciado el dicho ponderativo que no quiso desmerecer cien años después el alcalde de Granátula de Calatrava, el pueblo donde nació el general, que le encargó a José Lillo Galiani un tercer monumento con la recomendación de que le pusiese al caballo los huevos bien grandes. Al general Espartero le quitaron la calle que tenía en Bilbao y se la dieron a Juan de Ajuriaguerra, pero a Espartero no le importó porque montaba un caballo con cojonazos, que era como penderlos él por poderes. Un caballo bravo engrandece al caballero que lo monta y los de la infantería nos jodemos y vamos en alpargatas en el coche de san Fernando. Un caballo huevudo fue el de Atila, que se llamaba Othar y por donde pisaba no volvía a crecer la hierba. Atila se murió cabalgando a su última esposa Ildico, que era goda, cuando el galope le produjo una hemorragia nasal y se ahogó. El caballo de Pancho Villa se llamaba Siete Leguas y mató de una coz a un soldado federal y el de Emiliano Zapata el As de Oros, un alazán que le regaló el coronel Jesús Guajardo para ganarse su confianza y atraerlo a Chinameca para matarlo a tiros. En la emboscada de Chinameca murió Emiliano Zapata y el As de Oros cogió siete tiros pero salió vivo y lo recuperó Jesús Chávez Carrera, que más tarde se lo regaló al general Francisco Mendoza Palma, que le decían el Checo. Pancho Villa tuvo otros caballos que fueron el Prieto, el Grano de Oro y el Dorado, pero a Siete Leguas le hicieron corrido que decía: “Siete Leguas el caballo/ que Villa más estimaba/ cuando oía pitar los trenes/ se paraba y relinchaba”. El bandido Jesse James tuvo una yegua castaña que se llamaba Katie y Billy el Niño tuvo un caballo alazán de nombre Dandy Rock y una yegua baya que dio mucho que hablar y provocó pleitos. Billy le vendió aquella yegua al abogado Edgar Caypless cuando estaba esperando juicio en la cárcel de Santa Fe a cambio de sus servicios, pero resulta que antes ya se la había regalado a un tal Frank Stewart, miembro de la partida mandada por Pat Garrett que le capturó. Frank Stewart, a su vez, se la regaló a la señora Mary Moore para corresponder a su marido, el señor W. Scott Moore, que le había obsequiado un revólver Colt Frontier del calibre 44-40 grabado en fábrica de un valor de sesenta dólares. El abogado Caypless demandó a W. Scott Moore por apropiación indebida de bienes y recuperó la posesión de la yegua después de un juicio que duró siete meses y Billy tuvo que salir de la cárcel por su cuenta.

El caballo engorda con el ojo del amo y no hay que mirarle el diente cuando te lo regalan. Tiene en común con la pluma y la parienta que no hay dejarlo en préstamo y tiene en común con el golf y el agua Evian el gusto que le toman los dictadores y los nuevos ricos. El emperador Calígula tuvo un caballo español de nombre Incitatus al que nombró cónsul de Bitinia. Incitatus vivía en una villa atendida por dieciocho sirvientes y tenía un pesebre de marfil, bebía vino en la cena y se casó con una mujer llamada Penélope. El dictador boliviano Mariano Melgarejo, que era analfabeto, alcohólico y una vez le pegó una paliza al embajador de Inglaterra, nombró general a su caballo Holofernes, que bebía cerveza en el palacio presidencial y se meaba encima de los invitados. Franco tuvo a Zegrí, un caballo tordo y demasiado alto para él, que también era tordo (patas flacas y culo gordo), y para montarlo en las cacerías del Cerrón del Castillo de Prim, en los montes de Toledo, necesitaba que un guarda le sujetase el ronzal, un mozo de cuadra le aupase y dos guardias civiles vigilasen cada lado de la montura para que no se fuese al suelo por el impulso. A Mussolinni, en cambio, le daban miedo los caballos, pero como era un chuleta se hacía fotos ecuestres mientras un edecán le sujetaba la brida y luego le borraban del retrato. El último emperador español Jesús Gil también enriqueció su Gilópolis de vestales pechugonas con el caballo Imperioso, al que nombró asesor deportivo del atleti de Madrid. Imperioso fue macho semental que llegó a cubrir a cincuenta yeguas en un año y se fue en cólicos intestinales dos años después de la muerte del emperador.

Hemingway decía que ningún caballo llamado Morboso ganó jamás carrera alguna y Carlos IX sostenía que los caballos y los poetas deben ser alimentados, pero no cebados. Chicho Sánchez Ferlosio decía que el jefe va a caballo. Churchill decía que no se puede dar por perdida ninguna hora de la vida que se pase en la silla de montar. Churchill tuvo un caballo de carreras llamado Colonist II que le sugirieron que lo destinase a semental. Churchill se negó para que no se dijera que el primer ministro de Gran Bretaña vivía de las ganancias inmorales de un caballo. A un caballo se le puede montar a la brida o a la jineta, con el estribo más corto, o se le puede montar por debajo del maslo de la cola que es por el ano, que es el culo en castellano, y eso hizo Gumaro de Dios Arias, un medio indio tabasqueño que era esquizofrénico y violó a una yegua. Gumaro de Dios Arias principió con esas y se acabó comiendo a un albañil en el Yucatán. Murió de sida, el pobre, en un hospital para locos. Kenneth Pinyan prefería tomar, sin embargo. Pinyan era ingeniero aeronáutico, tenía dos hijos y un buen empleo en la compañía Boeing y le gustaba ir por las noches a una granja de Enumclaw, en Washington, a que le cubriesen los caballos sementales mientras su amigo James M. Tait le grababa en video. El dos de julio de 2005 le montó un semental árabe al que llamaban el Gran Chisme y le perforó el colon. Pinyan murió en la sala de espera del hospital y propició que se aprobase una ley que castigaba la bestialidad en el estado de Washington. Del comercio entre hombre y yegua sale el centauro, del que decía Ambrose Bierce que era recomendable que uniese la sabiduría y las virtudes del caballo con la rapidez del hombre. El centauro, sostenía Bierce, es anterior a la idea de división del trabajo.

Saladino le regaló un caballo a Ricardo Corazón de León, que era pelirrojo, imprevisible y notorio maricón, y como se conoce que es costumbre de la morería, Gadafi le regaló otro a José María Aznar. El regalo de Gadafi fue un macho rojo de la raza berberisca llamado Al-Naher-Al-Jaled, que quiere decir el Rayo del Líder, que Aznar prometió montar con respeto y placer, pero que lo endosó al Escuadrón de Caballería de la Guardia Civil de Valdemoro y allí sigue en su establo y sin que sepan muy bien qué hacer con él, porque alza tapujo por debajo del metro y medio y no sirve para salir a preservar el orden público. Todos los caballos pura sangre árabes provienen de Kohailan, una de las cinco yeguas que domesticó Mahoma en un oasis en el camino de La Meca a Medina. Jesucristo, en cambio, entró en Jerusalén montado en una burra: “Mira que viene a ti tu rey lleno de mansedumbre, sentado sobre una asna y su pollino, hijo de la que está acostumbrada al yugo” (Mateo 21, 5).

MARTÍN OLMOS

 

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