MARTÍN OLMOS MEDINA

Quizá fue la guerra

In Matanzas on 25 de julio de 2015 at 0:03

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

Howard B. Unruh, veterano de guerra, mató a trece personas en doce minutos.

“Los hombres no pueden sencillamente ignorar sus experiencias en combate al regresar a la vida civil”

JOANNA BOURKE.

Un mal día lo tiene cualquiera.

La noche del 5 de septiembre de 1949, Howard Barton Unruh, veterano de la Segunda Guerra Mundial de 28 años, se fue al Teatro Familiar de la calle Market de Filadelfia y vio en la sesión doble las películas “I Cheated the Law”, dirigida por Edward L. Cahn con Tom Conway, y “The Lady Gambles”, dirigida por Michael Gordon con Barbara Stanwyck. Regresó a las tres de la madrugada del día siguiente a su apartamento de tres habitaciones del bloque 3200 del cruce de la calle 32 con River Road, en Candem Este, Nueva Jersey, donde vivía con su madre Freda Vollmer, de cincuenta años, empleada de empaquetadora en la fábrica de jabón Evanson Company. Howard Barton Unruh había tenido discrepancia con su vecino Maurice J. Cohen, farmacéutico de cuarenta años, a cuenta del volumen de la radio y del uso común de la puerta que separaba sus patios traseros. Howard Barton Unruh creía que los comerciantes del barrio le llamaban marica. Anotó los agravios en una agenda en la que guardaba una lista de los ofensores con apuntes marginales en los que determinaba si merecían escarmiento. Si era así, escribía junto al nombre la palabra “represalia”. Howard Barton Unruh medía metro ochenta, era delgado y tenía la punta de la nariz ligeramente levantada, el labio superior carnoso y el pelo rizado. En 1945 le licenciaron con honores por su servicio en una división de artillería pesada en la Batalla de las Ardenas y en los frentes de Austria y Bélgica. Su madre pensaba que no era el mismo desde que regresó de la guerra. Pensaba que le brillaba la mirada de un modo inquietante y le preocupaba que no moviese un dedo para buscarse un empleo. En su habitación guardaba bayonetas alemanas, cargadores para carabinas del 30-30, fotografías de tanques Panzer, un cenicero hecho con un obús, una pistola de juguete del vaquero Roy Rogers, un dispensador de gas lacrimógeno, un cuchillo de quince centímetros de hoja, dos manuales de tiro, un ejemplar del Nuevo Testamento señalado por el pasaje de San Mateo en el que Jesucristo dijo: “¿Veis todo esto? En verdad os digo que no quedará aquí piedra sobre piedra que no sea destruida” (24, 2) y una pistola Luger P08 del calibre nueve con dos cargadores de ocho balas y dieciséis cartuchos sueltos. Howard Barton Unruh pasó una lista mental de agravios, repasó la agenda, decidió matar al sastre, al zapatero, al barbero y al farmacéutico y se acostó.

Doce minutos de furia

Se levantó a las ocho de la mañana y desayunó cereales y dos huevos fritos. Se afeitó y se vistió con un traje liviano de lino marrón, una camisa blanca limpia y una pajarita de rayas. No se puso sombrero. Escuchó la radio hasta las nueve y cuarto y su madre le sobresaltó. Instintivamente cogió una llave inglesa y la amenazó. Freda Vollmer le dijo a su hijo: “Howard, no puedes hacerme esto”. Howard dejó la llave inglesa. Cogió la pistola Luger P08 y la cebó con un cargador de ocho balas. Se metió en el bolsillo la otra petaca llena y dieciséis cartuchos sueltos, el dispensador de gas lacrimógeno y el cuchillo de quince centímetros de hoja. Salió de casa a las nueve y veinte. A las nueve y media llegó a la zapatería de John Pilarchik, de veintisiete años, que estaba en la misma acera de su casa, y le pegó un tiro en el pecho y otro en la cabeza. Después fue a la sastrería de Thomas Zegrino, en el 3214 de River Road, y no le encontró. Su esposa Helga, de veintiocho años, le vio la Luger en la mano y dijo: no, no, no. Howard Barton Unruh le disparó y la mató. Salió de la zapatería y llegó a la barbería de Clark Hoover, en el 3210 de la misma calle, que tenía en el medio de la salaHOWARD B. UNRUH. un caballito blanco de tiovivo para entretener a los niños en el que estaba subido Orris Smith, que le decían sus padres Brux, de seis años. Howard Unruh le voló la cabeza a Orris Smith delante de su madre y le pegó un tiro a Clark Hoover, el barbero. Después se dirigió al bar de Frank Engel y disparó contra la puerta. Frank Engel la cerró a cal y canto y subió al piso de arriba a por su revólver del calibre 38. Howard Unruh regresó a la calle y disparó contra una ventana abierta del 3208 de River Road y le acertó en la cabeza al niño de dos años Tommy Hamilton. Recargó la Luger P08 con la petaca cebada, se cruzó con el coche de Alvin Day, técnico de reparación de televisiones, y le pegó un tiro a través de la ventanilla. Frank Engel, desde el segundo piso que se levantaba sobre su bar, disparó a Unruh con su revólver del 38 y le alcanzó en la pierna izquierda. Unruh, en medio de la calle, disparó al corredor de seguros James Hutton, de cuarenta y cinco años, en el cuerpo y en la cabeza, y se encaminó a la farmacia de Maurice Cohen. Cohen se acordó de la puerta que tenía en común con Unruh en el patio trasero, corrió a su apartamento y ordenó a su familia que se escondiese. Su mujer, Rose, de treinta y ocho años, metió a su hijo Charlie, de catorce, en un armario y ella se encerró en otro. Su madre Minnie, de sesenta y tres, buscó el teléfono de la poli. Maurice Cohen salió por la ventana y alcanzó un tejadillo. Howard Unruh irrumpió en el apartamento y disparó a Maurice en la espalda desde la ventana. Luego acribilló el armario en el que estaba encerrada Rose Cohen sin abrir la puerta y le pegó un tiro en la cara a Minnie Cohen, que tenía el teléfono en la mano. Volvió a la calle, recargó la Luger y disparó sobre un coche que estaba parado delante de un semáforo en rojo matando a sus tres ocupantes: Emma Matlack, de sesenta y seis años, su hija Helen, de cuarenta y tres, y su nieto John Wilson, de doce, al que atravesó el cuello de un balazo. Luego disparó en las piernas a Charlie Peterson, que estaba atendiendo a uno de los heridos de la calle, y en las manos a Armand Harrie, un chaval de dieciséis años, en una tienda de la calle 32. Su garbeo por el barrio duró doce minutos y cuando se quedó sin balas volvió a su apartamento y escuchó las sirenas.

Los polis rodearon su ventana con ametralladoras y el agente Edward Joslin, de la patrulla motorizada, le lanzó una granada de gas lacrimógeno. A las diez de la mañana, el periodista Philip W. Buxton, redactor del vespertino de Candem, consiguió el teléfono de Unruh (4-2490W) y le llamó. Unruh cogió. Buxton le preguntó que a cuántos había matado y Unruh le dijo que no sabía, pero que estaba ocupado y tendrían que hablar más tarde. Después se asomó a la ventana y dijo que se rendía. Dejó la Luger seca sobre una mesa y salió a la calle con los brazos levantados. El sargento Wright le esposó y le preguntó: ¿qué te pasa, tío? ¿estás loco? Unruh le contestó: No, estoy bien de la cabeza. Le interrogaron durante más de dos horas y no manifestó dolor. Los polis se dieron cuenta de que tenía un balazo en la pierna izquierda cuando se levantó y vieron la silla manchada de sangre. El trastorno de estrés postraumático se reconoció oficialmente en 1980, cuando fue incluido en la tercera revisión del Manual de Diagnosis y Estadística de los Desórdenes Mentales. Durante la Segunda Guerra Mundial se le conocía popularmente como “fatiga de combate” y entre los médicos como “neurosis de guerra”. A Howard Unruh le gustaban las listas y en el frente europeo llevó una pormenorizando cada alemán que mató. En su Paseo de la Ira mató a trece personas en menos de doce minutos disparando treinta y dos balas. Algunos de sus blancos estaban en su agenda de represalias y a otros no los había visto en su vida. Le encerraron en el Hospital Psiquiátrico de Trenton, donde coleccionó sellos y no habló con nadie hasta que murió el 19 de octubre de 2009.

MARTÍN OLMOS

 

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