MARTÍN OLMOS MEDINA

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Los gauchos matreros

In Bandidos on 4 de mayo de 2015 at 21:01

GAUCHO de martin olmos

Dijo Borges que profesaron la antigua fe del coraje.

“Nunca dijo: Soy gaucho”
JORGE LUIS BORGES

Alonso Carrió de la Vandera escribió en el “Lazarillo de ciegos y caminantes” (1773) que el gaucho vivía en las compañías de Buenos Aires, Tucumán y Uruguay. Paul Groussac decía que era de origen uruguayo y que no se extendió por el llano hasta finales del XIX. La misma opinión tenían Félix de Azara y Rómulo Múniz, pero no, en cambio, Martiniano Leguizamón, que afirmaba su antiquísima existencia en la Argentina como resultado de la mezcla de criollos y mestizos que, desde la Asunción, bajaron a poblar las fundaciones de Santa Fe y Buenos Aires. Menéndez Pelayo se refería al gaucho como sinónimo de criollo y sostenía que los gauchos eran los campesinos andaluces y extremeños transplantados a América en los tiempos de la conquista y la colonización. Todas estas discusiones igual dan, en todo caso:

Al gaucho se lo inventaron José Hernández, Eduardo Gutiérrez y Ricardo Güiraldes, y Borges dijo que los hombres de la ciudad le fabricaron un dialecto y una poesía de metáforas rústicas. Al gaucho se lo inventaron Hilario Ascasubi y Bartolomé Hidalgo, y Borges dijo que los gauchos no habían oído jamás la palabra gaucho, o acaso la habrían oído como una injuria. Borges dijo que los gauchos fueron pastores de la hacienda brava, enlazadores, marcadores, troperos, capataces, hombres de la partida policial, alguna vez matreros, sufridos, castos y pobres y nunca ninguno de ellos fue un caudillo. Borges dijo que eran capaces de  ironía, a diferencia de otros campesinos, que morían y mataban con inocencia y que los había peones tigreros, que mataban pumas enfrentándolos con un cuchillo y un poncho. Borges dijo, quizá con razón, que el mito del gaucho lo produjo lentamente la vigilia y los sueños de Buenos Aires. El gaucho pasó de ser un jornalero campestre a ser un poema porteño y no le quedó más remedio que ser capaz de ironía y de decir con metáforas rústicas. No le quedó más remedio que morir y matar con inocencia. Le pasó como al vikingo, que se vio obligado a los cuernos después de que se los pintara Gustav Malstrom. El gaucho acabó identificándose, inevitablemente, con sus ficciones, como advierte Oscar Wilde que la naturaleza imita al arte.

El gaucho mítico es su pilcha, que es como llama a sus avíos, que son el sombrero chambergo de ala corta y copa baja; el pañuelo que se anudaba sobre la cabeza a la corsaria o debajo del mentón, a la serenera, y le protegía las trenzas; el cinto de rastras de monedas de plata engarzadas en cuero de ciervo o de lagarto; el poncho de lana de oveja criolla, que la decían oveja chilluda, y que una vez fue de cuero de potro sobado; las botas de vaca y las espuelas nazarenas de rodetes anchos y calados que el gaucho se despojaba por urbanidad en cuanto, extrañamente, echaba el pie en tierra y el facón terrible, el cuchillo verijero que decían que lo mismo servía para abrir un asao que para cerrar una discusión.

La gauchería
Gauchos matreros y bandidos fueron David Segundo Peralta, Felipe Pascual Pacheco y Guillermo Hoyo. David Segundo Peralta era de Monteros del Tucumán, le decían el Mate Cosido por un siete que le remendaron en la cabeza y se asoció con el bandolero anarquista Juan Bautista Bairoletto, santafesino de la Cañada de Gómez que se pegó un tiro en 1941, en la Colonia de San Pedro de Atuel, en Mendoza, para que no le prendiese la partida. A Felipe Pascual Pacheco le dijeron por bravo el Tigre de Quequén y mató a un vasco en Tres Arroyos, al sur de la provincia de Buenos Aires, y a otros trece hombres más y durante un tiempo peleó en la divisa del comandante Miguel Martínez de Hoz, juez de paz de Lobería. El Tigre de Quequén mató a los dos célebres cuchilleros Almirón y el Negro de los Olivos y cuentan que tuvo familia con sus propias hijas. A Guillermo Hoyo le dijeron la Hormiga Negra porque era recogido y pardo y mató al gaucho Pedro José Rodríguez, al bracero Santiago Andino, al matón Pedro Soria de notable cuchillo, a varios soldados que le siguieron y a un acordeonista de nombre Mariano Rivero para robarle el pulmón. Degolló a un niño para quitarle una pieza de queso y le dieron presidio, en cambio, por el asesinato a puñaladas de Lina Penza de Marzo, una italiana que vendía verduras en San Nicolás a la que mató, en realidad, un tal Martín Díaz por la deuda de un préstamo. La Hormiga Negra murió de viejito en 1918 superando los ochenta años y guardando su biografía escrita por Eduardo Gutiérrez, que cargó con resignación porque decía que el gaucho servía para todo y que después de ser el juguete de la policía le tomaban los literatos para contarle a la gente según sus ocurrencias. Disfrutó su leyenda más bien a la fuerza y una vez que los hermanos Podestá del Circo Criollo le quisieron representar, les amenazó con un facón y acabó con la función. Gauchos matreros fueron Juan Cuello, que fue fusilado en Santos Lugares por el general Rosas, Ernesto Ezquer el Gato Moro, Servando Cardoso el Calandria y los hermanos Barrientos.

El gaucho mítico fue Juan Moreira, que acaso nació en San José de Flores sin padre reconocido, que pudo ser un gallego de nombre Mateo Blanco o un sereno llamado Cirilo Moreira al que mandó fusilar el general Rosas. Moreira era recio y analfabeto y le prestaron de zagal a una hacienda en donde aprendió el oficio de resero y le tomó cuerda al juego de la taba y a los gallos. Además de a pelear aprendió a tocar la guitarra y se prometió con Vicenta Andrea Santillán, con la que engendró, con el tiempo, tres hijos. Durante una época fue cuchillero del gobernador Adolfo Alsina, que llegó a ser vicepresidente de la república durante el mandato de Sarmiento. Alsina se lo quiso llevar de guardaespaldas a Buenos Aires, pero Moreira prefirió el pasto y el gobernador le regaló un caballo y un puñal terrible de ochenta centímetros de hoja. Moreira fue gaucho derecho hasta que mató a cuchilladas a un pulpero genovés apellidado Sardetti por una deuda de diez mil pesos. Se echó al llano y vivió de matrear, generalmente a caballo, y guardó de únicas pertenencias el cuchillo de Alsina, dos pistolas y un perro al que le decía el Cacique y le vigilaba la vela. Juan Moreira se hizo fama de invulnerable en desafíos a puñal y de sus encuentros con la policía ganó una cicatriz en la cara y otra en la mano derecha. Al gaucho bravo Juan Moreira lo mató la policía federal el 30 de abril de 1874 en el patio del burdel La Estrella en la ciudad de Lobos, en la provincia de Buenos Aires. Moreira intentó librar una tapia para escapar a caballo pero recién la empezó a trepar con su cuchillo desnudo entre los dientes, el sargento Andrés Chirino le metió un bayonetazo en el costado que le clavó contra la pared. Moreira revolvió de pura rabia y le contestó al sargento un tiro en el pómulo que le dejó tuerto y una cuchillada que le cortó cuatro dedos de la mano izquierda. Después murió Moreira en el patio del boliche, probablemente rematado a tiros por el comandante Federico Bosch, capitán de la partida. El sargento Andrés Chirino reclamó la recompensa de cuarenta mil pesos y se la retrasaron hasta el olvido, le licenciaron de la milicia por medio manco y le dieron una portería en el 733 de la Avenida de Mayo, en Buenos Aires. Andrés Chirino murió con cien años.

A las afueras del coraje de Juan Moreira, el gaucho ruin y vil canalla fue Leonardo Condorí, caníbal y ultrajador. Leonardo Condorí tenía una risa de dientes negros, poca talla y orejas grandes, era analfabeto pero sabía contar hasta cien y llevaba un tajo en el cuello y otro en la cara de reyertas por hembras que perdió. En 1908 andaba en una yerra de reses en Jujuy y andaba sin vaciar porque de puro picio no gastaba mujer desde hacía años. Ya tenía el pretérito mancillado por haber estrangulado en Santo Domingo a una muda de quince años a la que quiso disfrutar. El uno de julio de 1908 salió de jornalear en la hacienda de Los Corralitos, allá en Jujuy, y se fue a procurar una medida de aguardiente cuando se encontró con Visitación Sivila, que le decían Almita, y la propuso yacer a cambio de veinte céntimos de peso. Almita le huyó y Leonardo Condorí la tentó pero no consumó y, rabioso, la apuñaló en el cuello y le cortó un trozo de muslo. También le robó un puño de cigarrillos de Villagrán y una bolsa de fideos. El trozo de muslo lo saló, lo secó en charque y se lo comió. A Leonardo Condorí le dieron presidio en Ushuaia, al lado del Faro del Fin del Mundo, y a la tumba de Almita Sivila fueron los jujeños a pedir milagros.

MARTÍN OLMOS

126 balas para Bonnie y Clyde

In Bandidos on 18 de noviembre de 2013 at 9:49

Pensaron que su juventud era incompatible con la muerte pero fueron acribillados en una emboscada

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Con permiso: he de decirles que Bonnie Parker era una perra”.
FRANK HAMER. RANGER DE TEXAS.

Dicen que el joven Clyde Barrow escondía la mansedumbre jugando con pistolones, que en las alcobas le quedaban las faenas de poco adorno y las chavalas que tumbaba se quedaban como antes de empezar. Dicen que por flojo le echaban al corral y que por eso exhibía el macherío bronco de ladearse el ala del sombrero y amenazar con una escopeta grande y así compensaba, pero eso solo lo pudo confirmar Bonnie Parker, la chica pizpireta y asesina que compartió sus noches de escapada, pero prefirió llevarse  la intimidad a la tumba y a los que les tranquilizan las interpretaciones freudianas les dejó con las ganas. El joven Clyde Barrow penó condena en el presidio de Huntsville en 1930 por asaltar una gasolinera,  y como estaba recién crecido los nefandarios viejos de la trena le tiraban piropos, le  quisieron de bardaje y le hicieron la estancia arrastrada. Para no cavar en el tajo forzoso, con el grillo en la bota y en lo alto el sol picón de Texas, se cortó dos dedos del pie derecho y acabó de rendir la cuenta en la enfermería. Salió en 1932 con dos muletas y tres determinaciones: no volver, no cavar y no dejarse coger vivo.

Bonnie Parker era chiquita y nerviosa, medía metro y medio y pesaba 45 kilos, de pequeña imitaba a Shirley Temple y se moría por salir en las revistas de variedades. Se casó con dieciséis años con el peor tipo que encontró, se llamaba Roy Thornton y unas veces iba a cenar y otras no. Cuando conoció a Clyde Barrow tenía el nombre del legítimo tatuado en el muslo y al legítimo en su totalidad cumpliendo cadena perpetua en la trena, trabajaba de camarera en un bar de pueblerinos en Rowena, Texas, y se pintaba de amarillo las uñas de los pies. Clyde le contó cómo era el hambre y le dio un garbeo en un buga birlado, le enseñó su pie tullido al que sobraba calcetín, le dijo que la carretera no tenía final y se la llevó a asaltar una ferretería. Ambos tenían apenas los veinte años y pensaron que su juventud era incompatible con la muerte, pisaron hasta donde daba y no volvieron atrás, su aventura corta y sangrienta se hizo balada porque era la época de la sopa floja de la beneficencia y las colas de parados y los héroes eran John Dillinger, Cara de Niño Nelson y George “Machine Gun” Kelly, los que no suplicaban un tajo pagado con miseria porque  sacaban la de escupir y se llevaban la caja fuerte. Cuando son malos tiempos y la tierra no prende, los hombres que cuentan las costillas de sus BONNIE Y CLYDEhijos sin necesidad de pasearlas con los dedos tienden a mirar con simpatía a los forajidos, eso nadie lo puede censurar, pero Bonnie y Clyde no pasaron de chorizos nómadas con el gatillo al pelo que atracaban bancos de pueblo y colmados rurales. Vivían en el camino, robaban Fords de ocho cilindros y disparaban a la primera, en los dos años escasos que duró su viaje sin meta, desde el 32 al 34, asesinaron a doce hombres, nueve de ellos polis. Clyde era bajito y tenía mordida de ratón, tiesaba al andar para parecer más largo pero no pestañeaba, su primera pieza fue un tendero viejo a las afueras de Hillsboro, en Texas, no fue un gran trofeo, se llamaba J. W. Bucher, tenía sesenta años y fiaba a los paisanos. Bonnie escribía largos poemas que enviaba a los periódicos y tenía los ojos azules, se bautizó en las montañas de Alma, en Arkansas, donde disparó a quemarropa al oficial H. D. Humphries con una escopeta del doce y le dejó para el cura. Se hacían fotografías en las que posaban chuletas, Bonnie mascando un puro camionero y Clyde exhibiendo su ajuar artillero, se hacían fotografías pegándose el lote después de una hazaña y criaron cartel romántico, eran desafiantes y jóvenes y tenían poco futuro.

En julio de 1933 cayó Buck Barrow, el hermano mayor de Clyde, le acribilló la policía en un tiroteo en Platte City, Missouri, y su mujer Blanche, que nunca se había acostumbrado a la carretera y soñaba con un hogar de cortinas de flores y un horno para tartas, fue encarcelada. Clyde y Bonnie, junto a un compinche llamado Henry Methvin, emprendieron la huida atizándose jornadas de mil kilómetros al volante pero sin salir de un triangulo formado por el sur de Missouri, Oklahoma, Texas, Arkansas y Lousiana. Como las alimañas territoriales, se encontraban incómodos lejos de sus querencias y tendían a regresar a los pagos conocidos, a pesar de tener México cerca nunca acariciaron la idea de cruzar la raya y lo más lejos que llegaron fue una vez que se alejaron hasta Carolina del Norte para visitar una fábrica de cigarros. El padre de Henry Methvin comprendió que si su hijo seguía caminando la senda de Bonnie y Clyde lo mejor que le podía esperar era una bala en un pulmón, así que acudió al capitán de los Rangers Frank Hamer y negoció su indulto a cambio de entregar a la pareja. El viejo les dio cobijo en su granja de Arcadia, en Lousiana, y los hombres de Hamer tomaron posiciones. Eran seis y no llevaron ganas de dar oportunidades. El 23 de mayo de 1934, a las nueve y diez de la mañana,  Bonnie y Clyde regresaban a la granja en un Ford de ocho caballos. Aminoraron para coger un montículo a la altura de Shreveport y los hombres de Hamer les frieron sin avisar. Ciento veintiséis balas impactaron en el coche y cinco se clavaron en un árbol del camino, Clyde recibió más de cuarenta y la pequeña Bonnie Parker otras tantas. Cuando Hamer se acercó a los cuerpos un hombre de su grupo que se llamaba Gault le advirtió: “¡Cuidado Capitán! Puede que no estén muertos”. Siempre hay un tipo que sale a pasear con un paraguas la tarde más despejada del año.

Clyde Barrow tenía los lóbulos de las orejas pegados a la parte superior de la mandíbula, lo que para el profesor Mauricio Xandro, del Instituto de Fisiognomía Helioda de Suiza, evidencia malos instintos. Bonnie Parker tenía los pómulos salientes, que indican, según Mauricio Xandro, señales de crueldad. El profesor Mauricio Xandro, que también es miembro de la Sociedad de Grafología de París,  ya conocía la biografía sangrienta de Bonnie y Clyde cuando les juzgó las jetas, con lo que salió a la palestra resabiado. Así cualquiera. Bonnie y Clyde murieron con menos de veinticinco años, con las caras sin madurar. Cuando acercaron sus restos a Arcadia para que los recogieran las autoridades el pueblo se llenó de periodistas y la cerveza subió de quince a veinticinco centavos la botella.

MARTÍN OLMOS

El último bandido de Ronda

In Bandidos on 29 de abril de 2013 at 23:20

Nadie sabe cómo murió el furtivo Pasos Largos, el último rebelde de la sierra

PASOS LARGOS POR MARTIN OLMOS

“Pasos Largos, el último de los bandoleros andaluces, no podía vivir sin la sierra”.
MANUEL MORENO ALONSO. Historiador.

Los muertos, como las visitas, al tercer día apestan. Y al contrario que las visitas, los fiambres hablan poco y llenan la habitación de silencios incómodos. Juan Mingolla Gallardo, el Pasos Largos, era de los que hablaba lo justo hasta cuando estaba vivo. El 18 de marzo de 1934 le bajaron muerto de la montaña y le enseñaron en un carretón, le andaban rondando las moscas parias y estaba tieso como un difunto de anteayer. En el vientre llevaba un tiro y en el pecho otro más, y la cabeza partida que dijeron los guardias que se la abrió al caer. El Pasos Largos tenía gloria de bandido fiero y para darle la caza en la sierra había subido el tricornerío entero de cinco cuarteles con sus galas de matar: los capotes, los fusiles Mauser del 7,57 y las mulas de montar,  que ofrecen más confianza que las yeguas que no son buenas para montañear. Salieron los guardias de los cantones de Arriate, de Serrato, de Igualeja, de El Burgo y de las Cuevas del Becerro, nadie quiso faltar a la verbena. Fue mucha ley para un viejo que se iba quedando cegato, pero en la República no cabían los bandoleros de Merimée, que traen peteneras de guitarra y levantan las ganas de rebelión. Le encontraron en la cueva del Solpalmillo, en la Sierra de las Nieves, en el occidente de Málaga, el Pasos Largos tenía sesenta años de intemperie y tuberculosis, una manta y una escopeta lobera que había afanado en el cortijo de Paco Vela, en el camino de Lifa. Llevaba de poco ajuar perdigón, el justo, pan duro, la yesca de la lumbre, un puño de esparto para la alpargata y la petaca del lío negra de sobar. Llevaba las ganas de morir  a la serrana, que es que si no te matan hoy, te matan mañana. La cueva del Solpalmillo hoy está derrumbada y la frecuentan las cabras. Un cabo le avisó de que o se entregaba o le mataban y luego dijeron que el Pasos Largos respondió: “Pos máteme”, y salió con la escopeta. Recién se puso a tiro le acertaron el del pecho y el del vientre y murió callando y montañero, igual que como había vivido.

En El Burgo, a la sombra de la sierra, cerca de la ermita de San Sebastián, donde decía la autoridad el recado al toque de arrebato,  posaron el cuerpo del bandolero y el vecino Pepe Mora dijo que olía a muerto viejo. Un cabo le ordenó chitón y para que no fuese largando le dieron una fanega de pan. Juan Mingolla Gallardo era paisano y se dijo el rumor de que le finó de una pedrada en la cabeza un furtivo de cepo que le disputaba el campo, le decían el Arajillo, era rondeño y traicionero pero arrugó y corrió a los guardias, que pergeñaron carnaval para ofrecerlo en Madrid, en donde los flecos del bandidaje antiguo molestaban por cañís. Al par de días los guardias subieron a lo seguro y urdieron tiroteo, mataron al muerto quieto y ganaron la palma de implacables. El andaluz siempre ha observado el culto apasionado al contrabandista de la raya y a su bulto y al bandolero de calañés, percal en la bota y patilla rizada. El gobierno de Lerroux, por dar noticia de orden (estaba la sangre sin secar de la revuelta anarquista de Casas Viejas), prefirió la versión benemérita en vez de dejar ver que entre ceperos zanjaban sus leyes de trampería sin intermedio de la autoridad y se dio por bien gastada la fanega de pan, que es con la que se calla al pobre.

Juan Mingolla Gallardo nació en 1870 en la Venta de los Empedrados, a la entrada de El Burgo por el camino de Ronda, y lo único que heredó de la familia fue el nombre de Pasos Largos, que se lo pusieron a su padre por ganar buen trecho al zanquear. Creció sin letras y anduvo de jornalero de la mies y en el olivo, engañando al hambre, que como es vieja es difícil de despistar, con sopas de pan negro y pucheros de raspa. Por quitarse la carpanta se fue a perder una guerra a Cuba y regresó en 1898 con tuberculosis y pocas ganas de sociedad. De vuelta al pago se echó a la sierra a cazar en el furtivo y se aprendió las veredas del Puerto de los Vientos, se guindó una paralela de carga perdigonera y veló las noches en las cuevas del Clavelito, de Lifa y de Solpalmillo, hacía lumbre en las recogidas y bajaba a los corrales por hacer la permuta de unas liebres por tabaco, por pólvora negra y un capote. En Cuba le pellizcó el naipe y a veces iba a Ronda, al café Sibajas, en la calle de la Bola, a timbear al guiñote o al truco y generalmente a palmar y a coger trampa y en esas noches se hizo peleón de navaja y transeúnte de la reja. Le prendieron los civiles cuando andaba en el furtivo en el cortijo de El Chopo; el capataz, que le decían el Tribunero, largó el soplo a los mosquetones y el Pasos Largos penó condena. Salió en 1910 con hambre de sierra y desquite. Se cruzó con el hijo del Tribunero, que se iba a la mies, le pegó dos tiros y le remató con una hoz de segar, que abajo le dicen calabozo, y se fue a por el padre. Le mató en el campo con la hoz del hijo y encaminó el monte con cuentas de sangre y la vida sin remediar. Se hizo bandido secuestrador y sacó los 10.000 reales por el rescate del cortijero Diego Villarejo, de las Cuevas del Becerro, y jaqueó al mismo alcalde de Ronda, don Juan Peinado Vallejo, al que limpió de duros para burlárselos en el naipe del mesón. En agosto de 1916 le acertaron los civiles con un tiro de mosquetón pero huyó desbarrancándose en una torrentera. Se acercó a Ronda herido y se entregó a la autoridad en el café Sibajas, la parroquia le hizo el jaleo y salió con los grillos puestos y las palmas de la concurrencia. Le dieron la perpetua en el penal de Figueras, en donde se le puso brava la tuberculosis, y en 1932 le mandaron a morir al presidio del Puerto de Santa María.

Por moribundo y por manso, el gobierno de la República le perdonó la pena y con más de los sesenta regresó a El Burgo, en donde le dieron tajo de guardés de una finca, pero el Pasos Largos miraba a la sierra y una tarde cogió la escopeta de Paco Vela y se echó a la montaña. Robó lo justo para tirar, cabos de vela y picadura de fumar, y cazó al cepo porque estaba cegato para afinar con el cartucho. Prefirió vivir perseguido que madrugando y a jornal.  Se le vio en el pueblo por última vez la semana antes de morir, bajó en la sombra  por echar café con los paisanos, invitó a tabaco y le regaló ocho cepos a Joaquín Mora, el hermano pequeño de Pepe Mora, el que se calló el olor  a muerto viejo por una fanega de pan. A la boca de la cueva del Solpalmillo hace tiempo que la calló el viento serrano y en sus afueras hoy rumian las cabras. El rumor de la muerte incierta del bandido Pasos Largos no lo pudo callar nadie, ni el viento ni el tiempo ni la fanega de pan.

MARTÍN OLMOS

La pistola y el hada verde

In Bandidos on 20 de marzo de 2013 at 12:35

Pierre Loutrel fue ladrón, soldado a la fuerza, traidor, héroe y atracador

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Nacida entre la sangre, la historia de la banda de la Tracción Delantera acaba tal como empezó: rodeada de demencia y asesinatos”.
LAURENT MARÉCHAUX.

La absenta es la bebida de los poetas y el plomo el argumento de los que no manejan mucho vocabulario. Ambos recursos son elocuentes pero históricamente reñidos con la razón y cuando se mezclan engendran al monstruo. La absenta se compone de la Hierba Santa de Artemisa, de la flor del hinojo y de la esencia del anís y los franceses la llamaban la “Fée Verte”, el Hada Verde, y decían que robaba a los hombres su voluntad. El Hada Verde llevó a la tumba a Modigliani y convenció a Van Gogh para que se cortase la oreja en la que generalmente se lleva apoyado el lápiz para regalársela a una pupila de nombre Raquel que atendía en una casa de tratos de Arles. El plomo es el sofisma perfecto, el razonamiento que demuestra sin fisuras que es verdadero lo que es falso; el plomo le dibuja ángulos rectos a un círculo sin despeinarse y le gana una discusión de física a Einstein y otra de fútbol a Di Stéfano. Por goleada. Oscar Wilde decía que la absenta es como el ocaso, y la boca negra de una pistola es oscura como la noche y cuando dice no admite réplica.  Pierre Loutrel conoció al Hada Verde en el puerto de Marsella y jamás dejó de pasear de su brazo. El Hada Verde le hablaba al oído.  El atajo del plomo y la violencia se lo enseñaron en los terribles batallones de castigo de la infantería ligera de África, en los “Bat´d´Af” (Bataillon d´infanterie d´Afrique) destacados en Túnez y Argelia y a cuyos fortines en el desierto los llamaban las Sucursales del Infierno.

Pierre Loutrel nació en 1916 en Château du Loir, en el departamento de Sarthe, cerca de Le Mans, en donde faltaban siete años para que se corriesen los campeonatos de resistencia. Su familia tenía hacienda granjera, se levantaba con el canto del gallo y vivía en la decencia de la burguesía pueblerina pero Pierre no amaba la tierra y prefirió el mar. Con quince años se embarcó de grumete en una línea de cabotaje y vio el mundo, que no se sabe si le gustó, y cuando recaló en el puerto de Marsella conoció en un tugurio al Hada Verde, que le quitó las ganas de sal. En tierra firme empezó a vivir del robo y del porcentaje de las descarriadas y se acostumbró a la sombra y al puñal hasta que, inevitablemente, acabó entre rejas en el penal de Baumettes. Terminó la condena en Tatauine, en el sur de Túnez, alistado a la fuerza en los Batallones de Infantería Ligera de África a donde iban a parar los militares refractarios a la disciplina y los presos que no habían hecho la milicia. Allí aprendió a no arrugarse en las pendencias a cuchillo y a no observar piedad con el vencido y se ganó la fidelidad eterna del boxeador Jo Attia, que tenía sangre mora. Comprendió también la razón incontestable que  otorga situarse en la parte saludable de una pistola.

Traidor y héroe
Cuando se licenció puso un hotel nimio en París que era fonda de peristas y se amancebó con Marinette Chadefaux, que había hecho la farola y era adicta a la morfina. Una tarde vio desfilar a los alemanes por los Campos Elíseos al paso de la oca y consiguió que le alistasen en la “Carlingue”, la Gestapo francesa, que se nutría de hampones locales para usarlos como policías auxiliares, un eufemismo  para designar a una brigada de matones, oportunistas y soplones al servicio del Tercer Reich. Hasta el diablo se sirve de los parias para que le barran el patio. Durante dos años vivió de la traición a bordo de un Citroën de quince caballos descapotable y abusó del plomo y de la absenta, dirigió el mercado negro en los burdeles de Pigalle y apioló a tiros de Walther P 38 a los que le estorbaban la calle diciendo que eran miembros de la Resistencia. Cuando los aliados desembarcaron en Normandía comprendió que el baile lo iba a tocar otra orquesta y se trasladó a Toulouse, en donde puso su pistola al servicio de la red Morhange, de la Francia Libre, se hizo llamar Teniente de Héricourt y se aprendió La Marsellesa. Por conveniencia dejó de ser Judas para ponerse el gorro frigio de Marianne y acabó la guerra vestido de héroe de la “Résistance”. Sin embargo seguía siendo un ladrón y un asesino y el Hada Verde le dijo que era inmortal.

En 1946 organizó un grupo de veteranos de los “Bat´d´Af” entre los que estaba su viejo compadre de Tatauine, el boxeador moro Jo Attia, y formó la Banda de la Tracción Delantera, que se especializó en golpes relámpago y huidas vertiginosas a bordo de coches preparados. Se llevaron tres millones de francos de un furgón blindado del Crédit Lyonnais, ocho de un coche correo en la estación de Lyon y siete de la Compañía del Gas de Niza. Loutrel alcanzó celebridad canalla y no se sujetó a un plan de pensión,  derrochaba la ganancia en los tinglados de Pigalle, en bellas del cabaret y noches de champán. Una noche en París sedujo a Martine Carol, que iba camino de convertirse en la musa del cine francés, la amó en un hotel de lujo de los Campos Elíseos y le regaló rosas cuando se fue. Empezó a vivir en una borrachera perpetua, sin intermedios de resaca, mató a un hombre en Marsella durante un atraco que no debió tener final siniestro y le empezaron a llamar Pierrot el Loco. Descuidó la planificación de los golpes y se confió a la pistola violenta, el Hada Verde estaba con él, pero su cuadrilla le abandonó por loco. Le guardaron fidelidad el moro Attia, Henri Fefeu y Boucheseiche, camaradas de África. Loutrel nunca le dijo a Attia que había servido a la Gestapo, Attia había pasado por el campo de concentración de Mauthausen. A Henri Fefeu le cogieron los gendarmes y le dieron lo suyo pero no cantó y en la enfermería le lamió los esputos a un tuberculoso y contrajo la tisis. Así eludió la guillotina, mantuvo la cabeza sobre los hombros y murió escupiendo sangre. Pierrot el Loco conducía trompa, veía doble y era inmortal, el Hada Verde se lo había dicho al oído pero le engañó.

Pierrot el Loco
En noviembre de 1946 Loutrel asaltó una joyería en la calle Boissière de París, entró con dos pistolas y una tajada de campeonato y le pegó un tiro en la barriga al propietario. Mucho ruido para un poco de quincalla. Attia conducía y Boucheseiche cubría la zaga y Loutrel, como una cuba, se pegó un tiro a sí mismo al meterse en el cinturón su pistola Browning del 11, 43. La bala le entró por la vejiga y le salió por el trasero. Sus compadres consiguieron que le cosiese un veterinario por el camino y robaron una ambulancia pero Pierrot el Loco murió antes de llegar a su refugio de Porcheville. Attia y Boucheseiche le dieron tierra en una cuneta, puede que uno de los dos dijera unas palabras sobre los viejos tiempos, sobre los ocasos rojos de Túnez, o puede que no dijeran ni pío. La policía tardó cuatro años en encontrar el cadáver y lo identificaron comparando su calavera con las fotos de su ficha. Antes, solo su vieja novia Marinette Chadefaux, que había hecho la farola y era adicta a la morfina, se interesó por su salud. Corrió los tugurios de Pigalle diciendo que fueron sus propios compañeros los que finaron a Pierrot el Loco. Una noche la fue a buscar Boucheseiche y le dijo que la llevaría a ver la tumba de su amado. Por el camino le contó la historia del último atraco torcido. Marinette no se la creyó y le llamó asesino. Boucheseiche la apeó en un arcén y la mató de un tiro en la nuca. A la pobre Marinette Chadefaux, que había hecho la farola y era adicta a la morfina y amó, hasta el último día, a Pierrot el Inmortal.

MARTÍN OLMOS

La banda de Mamá Barker

In Bandidos on 27 de enero de 2013 at 20:23

Probablemente Kate Mamá Barker no fue una vieja que fumaba puros y disparaba metralletas Thompson

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“La historia más ridícula de los anales del crimen es la de que Ma Barker fue el cerebro que estaba detrás de la banda Karpis-Barker”
ALVIN KARPIS. Autónomo.

Madre no hay más que una (y a ti te encontré en la calle) y la de Herman, Lloyd, Arthur y Fred Barker era de las de armas tomar, o por lo menos eso le pareció conveniente divulgar a John Edgar Hoover después de que sus agentes la acribillasen a balazos en una casa de Ocklawaha, en Florida, desde la que se veía el lago Weir en el que nadaban los caimanes. Los fieros bandidos no son capaces de parirse solos y sus madres se desvelan y les cantan nanas cuando son mamones y cuando barban y se tuercen los quieren igual, aunque les hayan salido bizcos. Los hermanos Barker eran delincuentes de la legua, al principio de calderilla pero que repecharon con el tiempo hasta el atraco de bancos y el secuestro y formaron parte de la generación de los Enemigos Públicos de la época de la Depresión, que fueron forajidos rurales que oficiaban en el nomadismo, no se encontraban cómodos en los grandes núcleos urbanos y ostentaron cierta aureola mítica de bandidos sociales cuando generalmente fueron pistoleros sanguinarios. El tiempo les sostuvo bien la leyenda porque tuvieron propensión a caer como pichones en una mañana de montería y rara vez se morían en la cama: a Herman Lamm el Barón le pareció mejor volarse la cabeza antes que entregarse a los federales en Sidell, Illinois; Floyd el Guapo, Cara de Niño Nelson, Harry Pierpoint y Homer van Meter fueron abatidos a  balazos; a Dillinger le cazaron en Chicago, cuando salía del cine de ver una de gangsters y a Bonnie y Clyde les metieron 127 tiros  en un andurrial de Luisiana. John Edgar Hoover hizo su carrera colgando las cabezas de los Enemigos Públicos en su comedor, cuando eran, como ha escrito Eric Hobsbawm, “figuras más bien menores y marginales en el escenario de la criminalidad norteamericana” y sus atracos tenían algo de anarquía campera en comparación con el gangsterismo organizado que surgió de la Prohibición. Hoover tenía cara de perro, dirigió el F.B.I. durante cuarenta años gestionándolo como un virreinato, en la intimidad se ponía medias de encaje de blondina y zapatitos de tacón porque era un poco sarasa y acabó mirando a través del ojo de la cerradura del dormitorio de Kennedy, que solía estar tan concurrido como una estación de cercanías. Se lo debió pasar en grande. Sin embargo, manejó la propaganda como nadie y cuando Mamá Barker terminó hecha un colador intuyó que apiolar viejitas con delantal no estaba bien visto y le cosió un traje de cerebro criminal que no se creyó nadie porque solo fue una señora que esperaba levantada a que sus hijos regresaran del tajo para ponerles un plato de sopa caliente y arroparles en sus camitas.

La banda Barker-Karpis
Kate “Mamá” Barker nació en 1873 en un agujero llamado Ash Grove, en Missouri, y cuando era una niña se alimentó de mazorcas de maíz y versículos del Eclesiastés. Se bañaba un sábado de cada tres, en una palangana, su verdadero nombre era Arizona Donnie Clark y cuando alcanzó merecimiento se casó con George Barker, que fue un borrachuzo de garrafa que le tenía alergia a la azada y que le cultivó cuatro hijos que salieron torcidos. A Mamá Barker no le sobraba la paciencia y un día echó a patadas a su marido y emprendió en solitario la educación de los  chicos, que crecieron interiorizando un sentimiento más bien laxo acerca del derecho a la propiedad privada. Empezaron robando gallinas, hicieron la gira de los reformatorios y acabaron secuestrando MAMÁ BARKERciudadanos y atracando bancos a tiros de metralleta Thompson. La prensa les llamó Los Sangrientos Barker. El primero en caer fue Herman, el mayor, que se pegó un tiro en la cabeza después de sostener una balacera con la policía en un granero de Wichita, en Kansas, en agosto de 1927. A Lloyd, el segundo de la camada, le llamaban el Rojo y le trincaron en junio de 1928 por el asalto a un camión correo en Baxter Springs, Kansas, y le condenaron a veinticinco años de toldo en el penal de Leavenworth. Arthur, que le decían Doc, y Fred Barker se asociaron con Alvin Karpis el Horroroso, un notorio expoliador que había hecho la carretera con John Dillinger, y formaron una banda en la que participaron ocasionalmente granujas de solvencia como George “Escopeta” Ziegler, veterano de las guerras de licoreros de Chicago,  y Harvey Bailey, conocido como el Decano de los Ladrones de Bancos.

Mamá Barker acompañaba a los chicos a la puerta de la fábrica, llevándoles la merienda, participaba del botín y conocía su conducta, pero se quedaba en el motel y cuando Karpis y los Barker planeaban un golpe la mandaban a otra habitación a escuchar por la radio música hillbilly, que es la que tocan los blancos mugrientos de los Apalaches con un banjo y soplando un peine para celebrar que han cazado una zarigüeya. En junio de 1933, la banda Karpis-Barker secuestró a William Hamm, un industrial cervecero por el que sacaron cien mil dólares, y en enero de 1934 raptaron en St. Paul, Minnesota, a Edward Bremer, presidente del Banco Comercial del Estado por el que pidieron doscientos mil machacantes. Los federales de Hoover se les pusieron detrás. El agente Melvin Purvis el Nervioso, que había cazado a Dillinger, detuvo a Doc Barker en Chicago en enero de 1935. Le preguntó que dónde estaba su revólver y Doc le contestó: “en casa, y ese no es su sitio”. Una semana después, los federales sitiaron a Fred y a Mamá Barker en una casa de Ocklawaha, en Florida, en la orilla del lago Weir, donde nadaba el Viejo Joe, un gigantesco caimán que era una celebridad local. Fred llamó la atención de los paisanos la tarde que acribilló al bicho de una ráfaga de metralleta y lo dejó convertido en piel para zapatos. Los federales iniciaron un tiroteo con el jirón de la banda Barker que duró cuatro horas y se pulieron el presupuesto de plomo de un año. Los Barker, madre e hijo, acabaron llenos de agujeros y Hoover declaró que Mamá murió empuñando un fusil semiautomático Thompson. Además les inventariaron dos automáticas del 45, una del 38, dos escopetas del doce, un rifle Winchester y quince mil pavos en efectivo.

Mamá Barker tenía sesenta y dos primaveras cuando murió, con lo que es más que probable que el retroceso de una ráfaga de ALVIN KARPISThompson le hubiera hecho cisco la cadera. Hoover, en cambio, la difundió de arpía y de villana y aseguró que era ella el cerebro de la banda. Harvey Bailey, el Decano de los Ladrones de Bancos, declaró desde la cárcel que difícilmente Mamá Barker podría planificar un golpe cuando era incapaz de preparar un desayuno. Sin embargo la leyenda se sostuvo gracias a la novela de James Hadley Chase “El secuestro de miss Blandish” ( en la que Mamá Barker se convirtió en Ma Grisson) y a la película de Corman “Bloody Mama”, en la que Shelley Winters, cuando ya se estaba poniendo gorda, hizo una matriarca completamente tarada y desenfrenada en el sexo. Doc Barker murió a tiros en enero de 1939 cuando intentaba fugarse de la prisión de Alcatraz. Lloyd Barker el Rojo fue liberado bajo palabra del penal de Leavenworth y trabajó de cocinero en el campo de prisioneros de Fuerte Custer, en Michigan, durante la Segunda Guerra Mundial. Después encontró un trabajo de encargado en un asador en Denver, se casó, enmendó su biografía y en 1949 fue asesinado por su mujer, que acabó en un manicomio. Alvin Karpis el Horroroso cumplió 26 años de condena en Alcatraz, en donde le regaló una guitarra a Charles Manson, salió bajo palabra, fue deportado a Canadá y en 1972 se vino a tomar el sol a España, se instaló en Torremolinos y vivió como un sultán diciendo que había hecho negocio con el cambio de moneda. Murió en 1979 de un infarto y está enterrado en el cementerio de San Miguel de Málaga.

MARTÍN OLMOS

El pistolero popular

In Bandidos on 11 de enero de 2013 at 13:52

John Dillinger fue un atracador de bancos de pueblo con el gatillo ligero al que su época disfrazó de bandido social

ILUSTRACION by martín olmos

“En plena Gran Depresión, Dillinger mutó a héroe del pueblo”
MICHAEL MANN. Director de cine

Cuando acaba la fiesta hay que pagar a los músicos y barrer las serpentinas. Hay que recoger los cristales rotos de las copas que chocaron celebrando la amistad y echar a los borrachos. Cuando acaba la fiesta, hermano, queda el carmín tatuado en el cuello de la camisa y viene el dolor de tiesto, el aliento de alimaña y sentarse a echar el balance, que no cuadra, y manda  empeñar las joyas de la abuela para abonar la dolorosa. Cuando acabó la fiesta loca de los felices años veinte, cuando los negritos dejaron de tocar el ragtime y las chicas que enseñaban descaradas las rodillas se cansaron de bailar el foxtrot, no quedó un chavo en el bolsillo de nadie y todo el mundo se compró un punzón para hacerle otro agujero al cinturón. Papá perdió el empleo, el abuelo vendió la vaca y mamá tuvo que estirar un menú para dos para que comiesen veintidós. El miércoles que siguió al Martes Negro del 29 de octubre de 1929 dejó de entrar el café en casa y empezaron los desayunos de agua sucia de achicoria sin terrón de azúcar ni bollos para mojar y  la música de las tripas, que no obedece a compás, calló al charlestón. Tom Joad metió en el coche a la familia y se fue a buscar las inciertas uvas de la ira y los peces gordos de Wall Street  despidieron a sus secretarias con un beso casto en la mejilla y se tiraron por la ventana. Descubrieron que no sabían volar. En los años treinta se acabó la suerte y el parné y, sin embargo, John Dillinger se paseaba por los caminos llevando 50.000 dólares debajo del sombrero, pagaderos a la entrega de su cabeza, disecada o en ejercicio, y el crédito a interés perdido que le concedían sus pistolones de saquear y su oficio forajido.

El hijo del tendero
John Herbert Dillinger fue el héroe de la época sin fe, el campeón del obrero que estaba hambriento de tajo y jornal, el tío que hacía lo que el resto no se atrevía, que era entrar bravo a un banco, decir arriba las manos y salir con los bolsillos llenos. Sin humillar la cabeza ni quitarse el sombrero y sin enseñar aval. En los tiempos flacos la talla del héroe se democratiza y sirve para la tarea cualquiera que no obedezca unas reglas que no se acaban de comprender. John Dillinger no tenía vocación de revolución porque iba para chorizo en cualquier caso, pero la época de la Depresión le adornó el gesto. Dillinger nació en 1903 en Indianápolis y se crió sin madre. Su padre tenía una tienda de clavos, leía la Biblia sin tamizar las metáforas y temblaba ante la palabra de Dios, se mantenía alejado de los licores fuertes y de la cerveza y creía que la educación de los hijos se llevaba a cabo con un cinturón. Johnny echó posaderas de acero y frecuentó los billares, las peleas de matón y las muchachas de la germanía, con lo que no le quedó tiempo para el pupitre. Se hizo capitán de una banda peleadora que se llamaba La Docena Sangrienta. Le estaba creciendo el bozo cuando empezó a mangar coches para pasear a las novias el sábado por la noche, era chuleta y jaquetón y con veinte años se alistó en el ejército, pero se le dio mal obedecer y desertó. Se casó con su novia de siempre, que se llamaba Beryl Ethel Hovious y le prometió un porvenir, una casa con porche y una vajilla de diario y otra para los domingos, pero se le dio mal la monogamia y se fue a por tabaco. Encontró un trabajo honrado en un taller de coches, se le daban bien las bujías y se le daba mal madrugar y le dijo al patrón que hasta la vista. Cogió la calle del medio y asaltó una tienda, tenía veintiuno y le trincaron. Le metieron cinco años en el penal de Indiana. En la enfermería vieron que tenía gonorrea.

Héroe de circunstancias
En la trena le dieron tres comidas diarias y sábanas limpias una vez a la semana, le dejaban jugar al béisbol en el patio y le impartieron la inexorable docencia del hampa. Compartió celda con Oklahoma Jack Clark, John Hamilton el Pelirrojo y Walter Dietrich, que eran veteranos de la banda de Herman Lamm, el Barón, un desertor del ejército prusiano, alemán de Kassel, que había cabalgado con el Grupo Salvaje de Butch Cassidy y Sundance Kid. Lamm había convertido el atraco de bancos en un arte y sus secuaces le enseñaron el oficio al joven Dillinger, de probada vocación de mangante pero de método indefinido. Lamm el Barón murió en 1930, en Sidell, Illinois, se pegó un tiro en el paladar cuando estaba cercado en un granero por un batallón de doscientos policías. Dillinger salió de la cárcel en 1933 con una sólida formación profesional refrendada por la universidad del trullo, formó banda y se puso a la labor. El 17 de julio se llevó 3.500 dólares de la sucursal del Banco Comercial de Daleville, en Indiana, y a partir de ahí empezó su peripecia violenta que duró un año escaso.

La banda de Dillinger asaltó una docena de bancos pequeños del Medio Oeste y un arsenal del ejército y dejó once bofias acribillados en tiroteos de escapada. A Dillinger le prendieron dos veces y dos veces se fugó, una de ellas haciendo pasar por buena una pistola tallada en una pastilla de jabón pintada con betún. Nunca fue un justiciero y observó la solidaridad justa con el JOHN DILLINGERdesgraciado, que abundaba, y sin embargo cultivó el cartel heroico que le endosó la opinión popular porque coincidieron dos circunstancias: en primer lugar el país, aunque  estaba altamente industrializado, conservaba enormes espacios rurales que recordaban con nostalgia un pasado mítico (generalmente imaginario) que simbolizaba el pasado de conquista. Dillinger, como Cara de Niño Nelson, Bonnie y Clyde y la banda de Mamá Baker, estaba más cerca del bandido legendario del Oeste que del gangster organizado de Chicago. Solo había acortado el ala del sombrero y había cambiado el caballo mesteño por el Ford T. En segundo lugar Dillinger golpeaba a los bancos, es decir, a la institución económica que ejecutaba las hipotecas que dejaban a los que les había cogido la mala sombra durmiendo debajo de las estrellas, con unas botas con suelas de cartón y por manta el diario de anteayer. Cada dólar que robaba atenuaba lo que Eric Hobsbawm llamó “el resentimiento privado de los débiles”.

Muerte en Chicago
La carrera de Dillinger duró poco, de un verano hasta el siguiente, lo que tarda un año en rendir. El 22 de julio de 1934 le acribillaron a tiros cuando salía de ver una película de gangsters en el cine Biograph, en el 2.433 de la avenida Lincoln de Chicago. Le vendió una del oficio horizontal que se llamaba Anna Cumpanas, rumana de nacimiento y alcahueta de un cortijo. Dillinger paraba en la ciudad porque quería ver un partido de los Cups, se hacía llamar Jimmy Lawrence y había cambiado de pinta. Se había dejado bigote fino, se había teñido el pelo y se había puesto una funda sobre un diente frontal que le hacía sonreír con mella. Treinta agentes federales al mando del oficial Melvin Purvis, que le decían el Nervioso, le rodearon en la calle y cuando le vieron acercar la mano al bolsillo le pegaron cuatro tiros en la cabeza y en el corazón. Murió en el acto, con su sonrisa nueva porque los héroes son siempre bonitos. Las mujeres mojaron sus pañuelos en su sangre. Los bancos siguieron ejecutando las hipotecas, inexorables como el invierno. La mala fama no se la han quitado porque ya dijo Bertolt Bretch que es difícil discernir quién es más criminal, si el que atraca un banco o el que lo funda. Y las fiestas, ya sabemos, terminan, y lo que ayer eran risas y jerez hoy son navidades sin juguetes y los bolsillos vacíos de esperanza para gastar en héroes de pacotilla.

MARTÍN OLMOS

El talante del pedernal

In Bandidos on 11 de enero de 2013 at 13:45

El Pernales fue un asesino implacable al que el pueblo le cantó romances de hambre que no se mereció

ILUSTRACION BY MARTIN OLMOS

“Pero sin duda el más famoso de los bandidos terminales fue el estepeño Francisco Ríos González, alias Pernales”.
LORENZO SILVA

En el sur cuentan las cosas más rápido por el sistema de merendarse las sílabas para no perder el tiempo pronunciándolas y les ponen reseñas a los paisanos para no demorarse en aprenderse sus apellidos. O para asemejarlos a los reyes. Según tengan el día les calzan a la fuerza la ejecutoria y unas veces les sale el mote descriptivo y otras del revés, con lo que al feo del pueblo le toca que le digan o el Susto o el Piropo. A Francisco Ríos González le adjudicaron nombre gráfico y le dijeron el Pedernales, por ser crudo de carácter, que después le abreviaron en Pernales y le acertaron, porque gastaba humor tan bronco que cuando sus hijas le interrumpían  la siesta porque lloraban de hambre les quemaba la piel con la brasa de un cigarro para que se quejasen por motivo. El cigarro estaba torcido en Gibraltar y era del contrabando, porque el macho tenía para fumar aunque faltase el pan a la camada. En el sur también se hace canción de todo, porque abundan las guitarras, y cuando los tricornios mataron al Pernales en la Sierra de Alcaraz el pueblo le celebró con un romance mentiroso que acababa diciendo: “Pernales en toda su vida/ no ha matado a ningún hombre/ que el dinero que robaba/ lo repartía entre los pobres.” El Pernales tenía apuntadas muertes por explicar en las cuentas del San Pedro y si no robó al pobre es porque entendió que era echar la jornada de vacío y más que repartir lo que hacía era dar propina para galanear y pagar alcahuetes. Los versos hermosearon sus gestos, como les suele pasar a los bandidos de la sierra, pero Francisco Ríos González, que le decían Pernales por ser moleño y malacara, practicó el asesinato navajero y el ultraje a la mujer, el secuestro de niños, el robo de cortijo y de camino y la vida de monte del que tiene que huirle al guardia y dormir guardando bajo el serón el cuchillo de afeitar.

Casta bandolera
El Pernales nació el 23 de julio de 1879 en Estepa de Sevilla sin un pan debajo del brazo y le bautizaron como Francisco de Paula José Ríos González en la parroquia de  Santa María la Mayor de la Asunción. En Estepa, Micaela Ruiz, que le decían la Colchonera, se inventó los polvorones cuando se le ocurrió secar las tortas de manteca del Convento de Santa Clara para que su hombre, que era carretero, las vendiera en el camino. Entre hornos de mantecados y a la sombra del olivo en Estepa se da bien la crianza de bandidos y de allí era la partida del Vizcaya, la banda del Perdigón, el Niño de la Gloria y el Marcao, que llevaba escrita la quijada.  De Estepa era el Lero Juan Caballero, que cabalgó la sierra con el Tempranillo y se murió de un flemón, y Joaquín Camargo el Vivillo, que después de cuatrero fue picador de toros. En casa del Pernales había cazuela magra y frío en invierno y su padre andaba en los tajos temporeros y en el furtivo, cazando a cepo porque no tenía para escopeta. Por parte de madre, sus tíos el Chorizo y el Soniche eran cuatreros de reses y le daban ejemplo al niño. A su padre le mató un guardia civil de un culatazo de mosquetón una tarde que le cogieron robando una huerta y a sus tíos los envenenó un gitano de nombre Macareno que les puso ponzoña en una paella con conejo. El Pernales se fue pronto de casa y se puso de pastor de los rebaños de otros, pero dejó pronto el pasto para caminar el monte y formó banda de forajidos con Antonio López Martín, que le decían el Niño de la Gloria, y con caballistas de la antigua banda del  Vivillo, que había huido a Argentina. Le siguieron Juan Muñoz el Canuto, Antonio Sánchez el Reverte y Pedro Ceballos el Pepino. Dieron su primer golpe en Cazalla, en donde robaron a un cortijero, le zurraron una tunda que le dejó en la raya del eterno y delante de sus narices rotas le violaron a la mujer. Después se echaron al camino, a robar en las cruces, y se hicieron cartel de violencia y de no gastar misericordia y con razón, porque se dieron al ultraje de las hembras y a deslomar a palos a los renuentes.

Los falsos romances
Pernales llevaba la jeta pintada de pecas, era rubio de pelo y tapón de talla, de apenas el metro y medio. Sin embargo era ancho de pecho y fuerte de remos y buen caballista de yeguas. Se buscó una mujer dócil y la casó, la hizo dos niñas y las tres le importaron el carajo y le acabaron abandonando cansadas de coger cinto cuando el Pernales llegaba húmedo de anís. Descubrió que a otros sí les importaba la familia y se dedicó al secuestro y para que no le tomaran a la ligera rebanó el pescuezo al niño de un cortijero que fue tardón en aflojar. En las veredas soltaban la bolsa los viajeros sin rechistar por haberle escuchado la fama y una vez le robó mil pesetas al gobernador de Córdoba. Al pobre que se encontraba le daba un duro para que le olvidase el rastro y, como solo robaba al que tenía, el pueblo le cantó romances que no se mereció. Al jornalero que tuerce la espina en la campa del amo le suele tocar perder y cuando le ve palmar al amo, y temblar delante de la navaja, le sale la simpatía por el bandido, aunque sea un canalla, y le hace un cantar. Detrás de las canciones el Pernales era sanguinario y en La Roda de Albacete, en el cortijo de los Hoyos, se encontró con el gitano Macareno, el que envenenó a sus tíos Soniche y el Chorizo con una paella con liebre, y le pidió la deuda. Lo sacó de la finca y le amarró a un olivo, le rompió la cara a puñetazos y le mató a cuchilladas que le fue hincando con paciencia, asestándoselas en las zonas que no eran mortales para alargarle el trámite.

En 1907, en Villanueva de Córdoba, la Guardia Civil cercó a la cuadrilla del Pernales y en el tiroteo murió el Niño de la Gloria. Poco después capturaron al Pepino y al Reverte y Pernales escapó con plomo en el cuero y de milagro. En la huida robó un cortijo en El Arahal, en Sevilla, y un bracero de la finca que le decían el Pardo le vio más porvenir a la vida bandolera que al servicio en el PERNALES Y EL NIÑO DEL ARAHAL MUERTOScampo y le siguió. Se llamaba Antonio Jiménez y era flaco como un junco y le dijeron a partir de entonces el Niño del Arahal. El Pernales le había cogido prudencia al tricornio y se había echado hembra, que se llamaba Conchita Fernández Pino, era de El Rubio y estaba preñada, y planeó llegar al puerto de Valencia para embarcarse para Argentina y empezar vida nueva. Cruzó Jaén con el Niño, robando por el camino, y en la Sierra de Alcaraz, en el suroeste de Albacete, le preguntaron al guarda forestal Gregorio Romero por una senda por la que atajar y le dieron un duro por el recado. Romero había sido tricornio y le había quedado el olfato, sospechó de los dos hombres armados, montados en un macho castaño uno y en una yegua clara el otro, y dio el aviso al cuartel. El 31 de agosto de 1907, en el cerro de Las Morricas, el teniente Haro y una dotación de cuatro guardias les entablaron tiroteo y los finaron a tiros. Exhibieron sus cuerpos en el pueblo de Villaverde, desmadejados como quedan los muertos, y en el inventario del Pernales le apuntaron escopeta de cazar y revólver de seis tiros, mojosa de muelles bien afilada, trescientas pesetas y un reloj Roskopf con una cadena de un kilo. El romance cantó más tarde que “el pueblo entero lloraba/ con mucha pena y dolor/ de ver a los dos bandidos/ cruzados en un serón”. Los aldeanos de Villaverde miraron con curiosidad a los dos difuntos forasteros que les dijeron que fueron malos cuando respiraban y se fueron a lo suyo, al tajo a sudar, a doblar la raspa y a palmar, como siempre.

MARTÍN OLMOS

El bandido Tragabuches

In Bandidos on 30 de noviembre de 2012 at 10:51

El gitano José Ulloa fue mataor de toros y de jembras torcías y un mal amor le llevó a bandolear la sierra

TRAGABUCHES by martin olmos

“Por los alcores del Viso/ siete bandoleros bajan./ Tragabuches, Juan Repiso/ Satanás y Mala Facha/ José Cándido, el Cencerro/ y el capitán Luis de Vargas.”
FERNANDO VILLALÓN

Mediando una apuesta de las que se cruzan cuando se han bajado los dos o tres pellejos de pitarra, un paisano de Arcos de la Frontera perdió una bolsa de reales por menospreciar el estómago de un gitano, que, como todo el mundo sabe, lo diseñó Dios sin costuras. Del que palmó no ha quedado el nombre, ni si le hizo gracia perder (que es de suponer que ni pizca), el gitano era el maestro Ulloa, chalán de caballerías y padre del futuro bandolero, que se embolsó la plata por merendarse la cría de un asno en adobo,  desde la crin del rabo hasta el hocico, arreos a parte, mojándolo con un azumbre de vino de pelea.  Además de los parneses, aquella tarde de hazaña, el gitano Ulloa se ganó también el nombre de Tragabuches, porque en las riberas del Guadalete le dicen buche al pollino, y el apodo se quedó en la familia y lo heredó, a falta de otros posibles, su hijo José, que nació en 1781. No se sabe si heredó también el apetito vigoroso del padre (no se le conoció  ninguna gesta de Pantagruel y parece que gastó el tragar decente pero no ciclópeo) pero si la responsabilidad de llevar el apellido Ulloa con decoro porque era de castellano nuevo –el original paterno era Balcázar-  y la familia lo había abrazado cuando el niño tenía tres años al acogerse a la Pragmática promulgada por Carlos III en 1783  que permitía a los gitanos elegir un nombre y ser ciudadanos de derecho a condición de renunciar al idioma caló, a la vida nómada de oso y carretera y a decir la buenaventura en los recodos de los jardines moros, es decir, a condición de renunciar a ser gitanos. En cualquier caso nació José zaíno y ojinegro, y con el alias ganado,  en Arcos, en la provincia de Cádiz, pero le hicieron la crianza en Ronda, en donde le apadrinó Bartolomé Romero, de la estirpe de los toreros rondeños que había fundado don Francisco Romero y Acevedo, inventor de la lidia a pie. Viendo el hombre que al muchacho le iba más el albero y la chaquetilla de alamares que el catón y las cuentas le metió en la escuela de tauromaquia de la Real Maestranza de Caballería y le recomendó al maestro Pedro Romero, que le enseñó un toreo severo y formal, sin jolgorios para el tendido, un toreo de faenar con seriedad y calma. A los veinte años empezó de banderillero en la cuadrilla de Gaspar Romero y en seguida llegó a sobresaliente y a ganar duros con el arte, y en 1802 tomó la alternativa en la plaza de Salamanca. Ya de matador se hizo gitano pinturero, invitador de mesón y aficionado al cigarro colonial y a las chaquetillas con adornos de barbotina y caireles y se amancebó con María “La Nena”, la hembra más guapa de Ronda, que además era flamenca y cantaora. A José no le faltaban los duros para convidar porque los que no ganaba en la plaza los conseguía en el contrabando de paños de Gibraltar que La Nena chalaneaba con las comadres. La vida le iba rodada al gitano Tragabuches, con tardes de claveles en la arena y noches de guitarra y venencia en el bodegón,  pero la fortuna, que decide el porvenir de los hombres, juega con naipes sin marcar y lo mismo levanta un rey de oros que el as de palos y a José Ulloa le salió la yegua tropezona, la mujer puta y la navaja madrugadora, y con esa timba se tuvo que quitar de la mesa y coger el monte bandolero. Los rasgaos de la guitarra cantan, en las noches de fogata, por jornadas que amanecieron torcidas y pusieron a hombres buenos a la merced del camino.

El día que al Tragabuches le cambió la suerte se despertó pintando de gloria, era primavera de 1814 y Ulloa tenía contrato para torear un mano a mano con su compadre Pachón en una de las tres corridas que se iban a celebrar en Málaga para festejar el regreso a España del rey Fernando VII. A la buena mañana ensilló su yegua, que era castaña parveña, se cruzó al hombro la manta serrana y cinchó en la alforja los trastos de matar, se calzó calañés y polaina de becerro y salió de Ronda con la rienda larga para rendir más rápido el viaje. Cabalgadas dos leguas la montura se encabritó y se puso de manos y el jinete dio con el lomo en el TRAGABUCHES GRABADOcamino y se mancó el brazo izquierdo. A duras penas subió de nuevo a la silla y se le quitaron las ganas de torear, volvió grupas y regresó a Ronda. Se sabe por San Pablo que caerse de un caballo cambia la idiosincrasia, pero llegar a casa antes de tiempo y sin avisar acarrea consecuencias imprevisibles y es más conveniente anunciarle a la parienta que se llega antes para que el barragán se escape por la ventana y que todos duerman  tranquilos. El Tragabuches entró en su casa sin llamar, iba buscando consuelo y se encontró a la Nena nerviosa, la cama revuelta y al sacristán escondido. Dentro de una tinaja en la que guardaban el agua de beber se ocultaba el acólito de la parroquia, un chaval que le decían Pepe el Listillo, que hacía los oficios de la misa, el honor al apellido y confesiones a domicilio, a lo que parece. Ulloa le sacó del flequillo, con el calzón a medio poner,  y le rebanó la corbata con una navaja de cachicuerna y hoja de rejón. Después, con el brazo bueno, tiró a María la Nena por el balcón y la mujer murió en el acto al abrirse la cabeza contra el empedrado de la calle. Cogió el gitano pan duro y tasajo, para el viaje, dos escopetas de cazar y una camisa limpia y bajó a ordenar la ropa del cadáver de su mujer para que el vecindario no le viese los cueros, le besó la frente fría y se echó a la sierra, a robar, para que no le diesen horca.

Los Siete Niños de Écija no eran siete, que a veces fueron el medio centenar, solo cuatro eran de Écija y no eran niños porque ya tallaban ropa de hombre, empezaron de guerrilleros contra el francés y derivaron en el bandolerismo de camino. Desde 1812 hasta 1818 dominaron la carretera entre Córdoba y Sevilla y eran generosos de pólvora y escarmiento de puñal, dejaban muertos en la vereda y no se paraban en chicas. Su primer capitán con cartel fue Pablo Aroca el Ojitos y el Tragabuches se juntó a su cuadrilla recién subido a la sierra. El gitano sabía sacarle los quejidos a la guitarra y dicen que cantaba en la cueva una copla que decía: “Una mujer fue la causa/ de mi perdición primera./ No hay ningún mal de los hombres/ que de mujeres no venga.” Los escopeteros del rey acabaron con la cuadrilla en 1818 y los que quedaron con vida aseguraron que el gitano Tragabuches era el más sanguinario de la banda, y sin embargo, nunca fue detenido y su rastro se perdió con el viento de la sierra. Su entrada en “Los Toros” de Cossío la escribió Miguel Hernández pero su final, por misterioso, se puede novelar con desparpajo  e inventarle una huída a Las Indias, una mujer en Portugal o una muerte, de tantas, en una riña de mesón, una noche de vinazo y zapateado.

MARTÍN OLMOS

La samba de María Bonita

In Bandidos on 22 de noviembre de 2012 at 13:24

Lampiao repartía fotos firmadas y tenía un rifle bendito, para unos fue un bandolero y para otros un rebelde campesino

“Tras las gafas de Lampiao se esconde un pensador. Sus bastas sandalias pisan una tierra sagrada”.
RUBÉN BRAGA.

De lindes de mala traza se llenan los camposantos. Un palmo de campa arriba o abajo no le da igual al rústico y saca la lobera del doce y cuadra la huerta a tiros. En el urbano se mata por parné y en el agrario por pleitos viejos en los que generalmente hay una linde mal escrita, un pasto sobre el que no hay acuerdo,  la tierra casi siempre, sin escrituras de notario, que decía Emiliano Zapata que es para quien la trabaja. Al padre de Virgulino Ferreira da Silva le mató un vecino por un cochino palmo de sertón, que viene de desiertón, y es tierra del nordeste brasileiro en la que apenas crece el árbol del marañón. Allá brotan los arbustos de la caatinga, que son raquíticos y pinchudos, pero es tierra, o terronazo reseco, y exige su abono de sangre. El pleito venía de lejos por la colocación de una cerca, disputaban José Ferreira, el padre de Virgulino, y su vecino Zé Saturnino, que era protegido de la familia Nogueira. Virgulino tenía quince años, antiparras de miope y carita de sacristán, pero era buen domador de burros y participó en la riña matando a un jornalero de los Nogueira por una discusión sobre la propiedad de unos cencerros de vaca. Cencerrones de cobre vil y badajo de palo, no gran cosa para que acabe un cristiano cosido a puñaladas. En aquella tierra nordestina del brasileiro no regía la ley del litoral, que quedaba lejos, y mandaban los fazendeiros, los hacendados que escribían las reglas con paternalismo o con mano dura, según las complicaciones, y pagaban ejércitos privados de escopeteros para amansar a los que les crecían las ganas de protestar. Los Nogueira tenían a sueldo a la banda de José Lucena, que les arreglaba los litigios para los que ya se habían gastado las palabras, y en octubre de 1917 mataron a José Ferreira en una vuelta del camino, cerca de un sendero que decían la Rua de Mata Grande. Persiguieron después a su estirpe y Virgulino y sus ocho hermanos se echaron a la quebrada para huirle a la venganza. Virgulino se gastó las últimas platas en la ciudad de Sâo Francisco en una daga larga y en un rifle de repetición, se cruzó al pecho un escapulario de balas doradas y subió a la Serra Vermelha para hacerse  bandido cangaçeiro, que era el camino del fugitivo que no tenía  la protección de un coronel.

Os cangaçeiros
La canga o el cangazo es la yunta de los bueyes que les esclaviza al arado y les decían cangaçeiros a los bandidos norteños porque llevaban la ristra de balas colgadas del cuello y cruzadas al pecho, como una yugada. Los forajidos del cangaço solían ser campesinaje que había perdido la tierra en algún reajuste entre coroneles, hombres que se sintieron maltratados y se echaron a la mata para vivir según su ley y  matar el hambre. Asaltaban aldeas entrando a saqueo y pedían tributo a los fazendeiros, y a los que no pagaban les daban la extremaunción clavándoles entre el cuello y la clavícula su largo puñal, que le decían la peixeira porque era en origen un cuchillo pescadero. A veces cumplían mandados de sicarios si la paga era buena y trabajaban para un patrón y sus relaciones con el pueblo bailaban con la irregularidad de las circunstancias. Si los aldeanos les abrigaban de fuego y rancho, les repartían la limosna y les hacían una fiesta de samba, y si, al contrario, les recibían con renuencia o adivinaban una traición, pasaban a machete a los hombres y violaban a las hembras sin observar miramiento. La primera banda grande de cangaçeiros fue la de Antonio Silvino, pernambucano que acabó preso en Recife, y bandidos célebres fueron Adolfo Meia-Noite, Jesuíno Brilhante, que murió en combate con la policía, el Dioguinho Rocha Figueira y Lucas da Feira, de Bahía, que entregó su alma en la horca. Los cangaçeiros no bailaban la macumba de los negros (que venía de la religión umbanda que llevaron al Brasil los esclavos africanos), porque eran devotos de Jesucristo y les gustaba llevar sus rifles bendecidos por los santones que predicaban en el sertón la palabra de Dios sin el consentimiento de la iglesia; aquel fue un país de orates. El bandido del cangaço era también su vestido y se adornaba con medallas de la virgen, insignias robadas de pechos militares, trabajos de cuentas y monedas de plata, guarnicionería de piel curtida, anillos en los dedos y jaeces de quincalla. Se vestían de locos los bandidos del cangaço, con sus rifles benditos y sus galas chamarileras.

La lámpara
Vigulino Ferreira era flojo de carne y gafudo, carecía de planta de audaz pero vivió violentamente por el plomo y el puñal. Recién escapado del clan de los Nogueira se unió a la banda de Sinho Pereira e hizo que su rifle se lo bendijera el padre Cicerón, el Mesías de Juazeiro, un santón loco que llamaba a los campesinos a no pagar los impuestos y predicaba el milenarismo. Pronto formó su propio grupo y se hizo llamar Lampiao, que quiere decir lámpara y hacía referencia a los fogonazos de su rifle que iluminaban el sertón. Lampiao se atavió con los realces cangaçeiros y adornó su sombrero con seis estrellas de Salomón y dos medallones de oro con la inscripción “Que el Señor te guíe”. De su mauser del ejército, modelo 1908, colgó una bandolera con siete coronas de plata de acuñación imperial y al mango de su peixeira de rebanar le incrustó tres anillos de oro puro. Se anudó al cuello un pañuelo de seda roja bordada, se colgó dos alforjas de viajero recamadas con finura y se cosió en la bocamanga inmerecidos galones de capitán. Lampiao fue el rey del monte seco durante casi veinte años y participó en más de doscientos combates a muerte con los regimientos volantes de la policía del estado, recordaba haber matado a un sargento en Pernambuco y a tres oficiales en Paraíba pero tenía perdida la cuenta de los civiles que tumbó su rifle bendito. Fue herido en cuatro ocasiones, dos de ellas de gravedad, y con el tiempo fue adquiriendo una conciencia mesiánica que le hacía creer que su puntería acertaba si Dios quería y si no quería, marraba. Introdujo en el cangaço la tradición de la música y la compañía de las mujeres. Lampiao tocaba el acordeón de ocho bajos y la guitarra, bailaba la danza del xaxado, que imita el rasgueo de la sandalia contra la roca,  y en honor a su abuela, que le decían la Tía Jacosa, compuso la canción “Mulher rendeira”, que convirtió en himno de batalla. Sus hombres la cantaron cuando tomaron en 1922 la ciudad de Mossoró, en el Río Grande del Norte. En 1930 se subió a las quebradas a su mujer María Déa, que le decían la María Bonita, y permitió que a sus hombres les acompañasen sus esposas, que adoptaron los usos cangaçeiros y el fusil, llevaron a los campamentos máquinas de coser Singer para bordar cruces de Sâo Jorge en las cananas de las balas y obligaron a sus maridos a combatir la falta de agua con perjúmenes de la Francia que robaban de las haciendas. Lampiao prohibió la profanación de lugares sagrados y la violación de mujeres y adquirió tanta fama que se hizo fotografiar por Eronildes Carvalho y repartía copias autografiadas del retrato en las aldeas que conquistaba. En 1938 un campesino le vendió por unas monedas de oro, que no se sabe si fueron doce, y el teniente Joao Bezerra le sorprendió en una cueva de una sola entrada en el Porto da Folha. Una partida de la policía pernambucana de Nazaré mató al cristo del sertón, a María Bonita y a nueve cangaçeiros que les acompañaban a tiros de ametralladora. María se estaba peinando, los hombres del regimiento destrozaron la cara de Lampiao a golpes de culatón. Después les cortaron las cabezas y las expusieron formando un bodegón, con sus galas bandoleras, en la plaza de Maceió, para que se creyesen sus muertes los paisanos. Las cabezas legendarias se han ido pudriendo poco a poco en el Instituto Criminológico Nina Rodrigues, de Salvador de Bahía, metidas dentro de frascos de queroseno.

MARTÍN OLMOS

El bandido de hojalata

In Bandidos on 19 de octubre de 2012 at 11:36

El forajido Ned Kelly, como Don Quijote, se calzó un yelmo para combatir a los gigantes

“Allí aún cabalga el bandido y batidor de bosques Ned Kelly, una figura fantasmagórica, amenazante y frágil en su armadura de fabricación casera”
ERIC HOBSBAWN.

Les decían “bushrangers”, los que caminan la mata, a los forajidos australianos que se escapaban de las colonias penitenciarias de la Tierra de Van Diemen, la antigua Tasmania, para vivir del pillaje en los jarales del interior de aquella tierra grande que, como Dios pobló de animales incomprensibles, la tuvo que poner en el revés de la tierra. Generalmente eran hijos de la Verde Erín que llegaron cruzando océanos con el tobillo abrazado a un grillete a bordo de bodegas que olían a pis y a idiosincrasia. En sus escuetos petates de trapo llevaban una flor de trébol, un deshonor y ganas de pendenciar.

 El fajín verde
Uno de aquellos irlandeses con deudas de ley era John Kelly, que le decían el Rojo y gustaba de anunciarse de sedicioso contra la corona inglesa aunque acarreaba la cadena por el robo prosaico  de dos cerdos de Yorkshire, una camisa de sarga roja y un saco de patatas. El Rojo Kelly abonó siete años en el penal de Port Arthur y cuando salió se asentó en Beveridge, en el estado de Victoria, al norte de Melbourne,  en donde casó con la señorita Ellen Quinn y crió camada de siete cachorros que crecieron sin conocer una cena en condiciones. Al mayor de sus varones le pusieron Edward pero le dijeron Ned, por abreviar, le bautizó el cura agustino Charles O´Shea y de niño conoció la responsabilidad de ser un héroe. Fue en 1864, cuando tenía nueve años y arriesgó su peladura al zambullirse en un río proceloso para salvar al pequeño Dick Shelton de morir ahogado. Las autoridades de Beveridge le dieron un discurso en el que le pusieron de ejemplo cristiano y le regalaron un fajín de tela verde de tabí, que es la que lleva labores que forman aguas. El fajín verde lo conservó durante toda su vida proscrita y lo ciñó,  orgulloso, el día que le colgaron en Melbourne por cuatrero y asesino.

Las baladas del “bush”
Es difícil llevar vida heroica cuando se tiene al padre en el trullo de Kilmore por robar un becerro y el estómago sin amueblar, así que al joven Kelly se le puso cuesta arriba hacerle el honor al fajín verde de tabí y se dio a la delincuencia. A los catorce años le arrestaron por darle una paliza a un chino llamado Fook y birlarle un cerdo, a los quince andaba con el cuatrero Henry Johnson, notorio ladrón de caballos, y a los dieciséis descalabró a palos al vendedor Jeremías McCormack y le envió a su mujer una carta en la que le rogaba que no declarase contra él acompañada de los testículos de un ternero. Kelly tenía cartel de maleante en la policía, que sabía que afanaba pencos a los que borraba la marca y participaba en peleas ilegales con los puños desnudos. Los ocios los gastaba en el bebedero, emborrachándose de whisky de jara y escuchando las baladas del “bush”, las Canciones de la Mata que decían las hazañas legendarias de los bandidos John  César “el Negro” y Jack Donahue “el Intrépido”, caballeros de Irlanda que se vieron en la obligación de matar el hambre en el país de los canguros interpretando con laxitud las leyes de los ingleses. Kelly hizo banda con sus hermanos Dan y Jim, con Joe Byrne, que estaba dominado por el opio y hablaba la lengua china de Cantón, y con Steve Hart, un antiguo jockey que había sido campeón del Racing de Benalla montando a la mujeriega para dar ventaja.

La hermana del bandolero
El alguacil Alexander Fitzpatrick se tenía por galán, con su uniforme gerifalte, su potro del gobierno y su soldada para invitar y pretendió a Ellen Kelly, la hermana de Ned, que era moza de apetecer. El 15 de abril de 1878, estando Kelly en la escapada, visitó a la familia con la excusa de interrogar a Dan por el robo de una montura. Iba con mamancia bronca y valentona y le hizo el requiebro zafio a la niña, que se lo agradeció zurrándole en la muñeca con una pala de carbón. Los hombres que había en la casa le echaron  al suelo y lo largaron a patadas y Fitzpatrick contó en la comisaría que Ned Kelly y su banda le habían intentado finar a tiros. La ley formó partida caballista para capturar a la banda y a Ned Kelly le negaron la enmienda. Libraron encuentro en Stringybark Creek, en una cabaña de buscadores de oro al norte de Mansfield, en Victoria, donde acampó el grupo formado por el sargento Kennedy y los alguaciles McIntire, Lonigan y Scanlon. Entablaron tiroteo con los Kelly, con Hart y con John Byrne y cayeron el sargento y dos de sus hombres muertos a tiros.  El alguacil McIntire consiguió escapar al galope y Ned Kelly despojó al sargento Kennedy de su reloj de oro porque entendió que a un muerto no le servía de nada guardar puntualidad. Más tarde, cuando la purria irlandesa le cantó himnos,  lo devolvió a su familia para no echar cartel de saqueador de cadáveres.

Dos meses más tarde la banda asaltó el banco de Euroa, a medio camino entre Melbourne y Albury, por el medio de retener rehenes, a los que para entretener la espera Kelly les hizo una exhibición de equitación que arrancó el aplauso de los prisioneros. A cambio, éstos le invitaron a cenar y la banda salió de la comunidad sin haber gastado plomo y con 2.260 libras en las alforjas. Mientras tanto, el parlamento de Victoria había aprobado la “Ley de Aprehensión de Delincuentes”, por la que permitía a cualquier ciudadano disparar contra los miembros del gang sin intermedio de la autoridad competente.  La cabeza de Kelly se puso golosa, como la melaza para un oso que estrena la primavera, los soplones abundaron y a un par de ellos los despacharon Byrne y Hart a tiros de mosquetón en noches de emboscada. El ocho de febrero de 1879 Kelly tomó el pueblo de Jerilderie, en Nueva Gales del Sur, encerró a la autoridad y tomó sesenta rehenes con los que compartió tristes baladas y el licor de la comarca. Robó 2.414 libras del banco y quemó las hipotecas que ahogaban a sus propietarios. En la espera le dictó a Joe Byrne una carta de 56 folios en los que denunciaba el trato al que eran sometidos los católicos irlandeses y llamaba a la independencia. Las autoridades la ocultaron hasta que fue publicada en 1930 por el Herald de Melbourne. Hoy se puede ver en la Biblioteca del Estado de Victoria, junto a la bitácora del capitán Cook,  y está considerada un clásico de la literatura australiana.

El caballero de la armadura
Una vez Ned Kelly vio un vitral en el que se representaba a un caballero con armadura combatiendo a un dragón. Puede que fuese San Jorge. Australia era tierra de dragones en donde se podía ver al horrendo moloch, que le decían el Diablo Espinoso, o al varano gigante, un lagarto que puede pesar los veinte kilos. O puede que fuese Don Quijote, que peleó batallas perdidas. Kelly y Byrne construyeron cuatro armaduras de hierro fundido formadas por una coraza, un yelmo y un faldón, y protegidos por ellas desafiaron a la policía a un torneo a muerte en Glenrowan, a doscientos kilómetros al norte de Melbourne. El 28 de junio de 1880 un ejército de cincuenta hombres les cercó y decidió no darles cuartel. Steve Hart y Dan Kelly fueron sitiados en un hotel y se envenenaron antes de morir quemados y Joe Byrne fue abatido de un tiro que le perforó la femoral y murió desangrado. Ned Kelly salió a campo abierto con su armadura de cuarenta kilos y dio batalla, hirió en la muñeca a un policía y fue acribillado en las piernas, que las llevaba desprotegidas. Llegó vivo al patíbulo y fue colgado en  la cárcel de Melbourne el 11 de noviembre de 1880. El día antes se dejó fotografiar para la posteridad, se cardó la barba con una lendrera para ir a la muerte sin picores y pidió ceñir en el cadalso el fajín verde de tabí de cuando fue un buen  héroe cristiano.

MARTÍN OLMOS

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