MARTÍN OLMOS MEDINA

Archive for the ‘Caníbales’ Category

La muerte vagabunda

In Caníbales, El cañí on 4 de octubre de 2013 at 23:41

Francisco García Escalero cortejaba novias muertas, oía voces y apiolaba mendigos

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“…en las noches sin luz cuando quema el rocío/ una estrella que pasa me llama mendigo”
VICTOR MANUEL

Al mendigo le hizo una canción Victor Manuel como de cantar en la catequesis que se venía abajo en la primera estrofa, que decía así (un, dos, tres, todos conmigo): “A mi puerta llamó sonriente un mendigo…” Los mendigos no sonríen porque no tienen motivo. El mendigo de Victor Manuel es un filósofo inverosímil que parece un abuelito que está pasando una mala racha y no se lo cree nadie, tiene a la luna de compañera de sus sueños, es libre como la flor del campo, ha aprendido a buscar los quejidos de una vieja guitarra que vive con él y se siente muy rico con los sueños más pequeños. El sueño del mendigo es que no le peguen fuego unos chavales que vienen curdas de la litrona y que no le birlen el abrigo.

El mendigo abunda y afea la calle con su carita sucia y su ambre sin hache escrita en un cartón. El hambre con hache y con caligrafía implicaría una formación en humanidades que si el mendigo no ha sabido aprovechar pues que se joda. Que hubiese ido por ciencias, que tienen más salida. El mendigo nos gusta en su sitio: en la puerta de la iglesia, analfabeto y nacional, o como mucho portugués. Al mendigo le sacamos el rendimiento poniéndoselo de ejemplo al niño para que nos estudie y echándole una peseta en el plato para mitigarnos la conciencia recién nos bajamos un vermú con gambas. Al mendigo se le ha tenido por aquí como mobiliario urbano inevitable que se desatornilla de la acera cuando nos dejan organizar un Mundial y entonces le metemos en un almacén del consistorio, con las serpentinas de navidad y los conos de las obras. Al mendigo le hacemos a veces adornos y nos sale la canción de Victor Manuel o una de Tom Waits. Le ponemos a quemar escoria en un bidón debajo del puente de Brooklyn o a caminar la vereda rural con un zurrón y un perro, curándose los dolores con cataplasmas de  romero. El mendigo sin adornar tiene, en cambio, una ictericia como una mano de pintura y a veces lleva navaja no para el sirle, sino para defender la manta, el hueco en la sucursal de la caja de ahorros y el cartón de vino del carrefour. Es el vestigio del paleolítico, el hombre que vive sin la protección de la cueva y duerme con un ojo abierto con el que vigila a los depredadores. Al mendigo lo vienen matando en la calle los hombrones de la ultra y los joveznos que salen de noche parda. El mendigo molesta la calle GARCIA ESCALEROcomercial y no ayuda al negocio con su lamento limosnero y en Brasil los tenderos arrimaban escote para subvencionar a los Escuadrones de la Muerte, formados por pasmas chungos y por la sicariada que cobraba 500 dólares por la cabeza de un pobre. En Recife mataron a más de mil indigentes en cinco años y en Goiania, a doscientos kilómetros de Brasilia, a veintisiete en ocho meses. Dos chicas rusas trompas de vodka decapitaron a un mendigo en Moscú y jugaron con su cabeza un partido de fútbol y en Barcelona tres chavales abrasaron con disolvente a una pordiosera de cincuenta años que se refugiaba de los cinco grados de noche negra y terrible dentro del cajero de un banco. El mendigo es inherente a la violencia porque sabe que no le suelen despertar el sueño para darle chocolate y las buenas noches y lleva la perica en la ropa por si tiene que pelear la vida.

Nacido para sufrir
El mendigo Escalero amaba a las muertas guapas y frías, se escribía la piel a falta de otras memorias, oía voces en su cabeza y asesinaba con agravantes de antropofagia a sus compañeros de intemperie. Al mendigo Escalero le zurró su padre brea de hebilla sin concesión porque pensó que así enderezaba al niño que le había salido tonto. Escalero humillaba el melón y exponía el pescuezo porque le gustaba que le solfearan  caponazos. Puede que tuviese algo de mártir. El niño Escalero se colaba en los velatorios y cuando la familia se retiraba se tumbaba al lado del muerto y le imitaba el gesto poniendo las manitas cruzadas sobre el pecho y los ojitos cerrados. Había días en los que quería ser él el difunto y se exponía en las autovías para ver si le llevaba por delante un coche. Francisco García Escalero nació el 24 de mayo de 1954 en Madrid, en una chabola de lata que levantó su padre, que había desertado del campo zamorano por hacer una peseta en la obra y se quedó a la par. Izó el chamizo torcido en la calle de Marcelino Roa, a doscientos metros del cementerio de la Almudena y el niño Escalero crió viendo cipreses y escuchando a las almas en pena. Le salieron aficiones lóbregas -hoy le dirían gótico- y algunas noches saltaba la tapia del cementerio para enamorarse de las fotos de las muertas que anunciaban los nichos. A veces rompía la pared de uno y sacaba a la difunta a bailar a la luz de la luna. Qué daño hacía el niño Escalero por rumbear valses con las muertitas despertándolas de la eternidad para besarles la mano a la sombra de los mausoleos. Con catorce años se bebía un litro de vino cada mañana, espiaba a las parejas en faena y se fue de casa para vivir en la selva. Con quince mangó una moto y le metieron en un reformatorio y cuando salió tenía diecinueve, violó a una chica y le dieron once años de presidio. Hizo turismo de talego y cumplió en El Dueso, en Ocaña, en Cáceres y en Alcalá-Meco, donde tuvo de mascota a un pájaro muerto metido en una jaula. Se escribió la piel de caprichos de tinta y se tatuó un tigre en la espalda, una cruz en el pecho, un Cristo en una pierna y en la otra una tumba con la inscripción “Naciste para sufrir”. Salió en 1984 con treinta años y se puso de limosnero en la iglesia del Cristo del Amparo, en la Ciudad Lineal, pero riñó con los feligreses, amenazó con matar al párroco José Paz y le pegó un bofetón a una mujer que le dio poca propina. Rendía sus jornadas yendo a tocar muertas al depósito del hospital Gregorio Marañón. Empezó a entrar y salir de los psiquiátricos, le diagnosticaron esquizofrenia y se metió cócteles de benzodiazepina y whisky, escuchó voces en su cabeza y se procuró un puñal. Se dejó barbas de profeta.

Escalero empezó a matar a sus compadres de banco e intemperie en verano de 1986 porque las voces le animaban. Se iba a beber con ellos de peleón y techo de luna y les bajaba a pedradas, les cosía a puñaladas y les prendía fuego. Asesinó a catorce compañeros de vía con adornos de verónicas: a Julio Santiesteban  le cortó un tercio del pene y se lo metió en la boca, a Ángel Heredero le arrancó los pulpejos de los dedos y a Mariano Torrecilla le serró un dedo para guindarle un anillo. A una prostituta de la calle Manuel Becerra la decapitó, metió su cabeza en una bolsa y amó al resto de su cuerpo frío y a un mendigo de nombre Juan le convidó a tres litros de vino y le abrió el pecho a machetazos, le sacó el corazón y lo mordió. A Escalero le trincaron en 1993 porque tertuliaba de sus andanzas en los psiquiátricos y una enfermera del Ramón y Cajal dio el recado a la poli. Le diagnosticaron las obras completas de la psicopatía y le encerraron en la loquera de Fontcalent, en Alicante, donde recibió la visita de Paul Naschy, que le quiso hacer una película. Hoy el mendigo se lleva de la Rumanía y trabaja con un encargado de obra que le mide la jornada laboral (puede que tenga convenio con pausa para el café) y Escalero pasea el manicomio vestidito con un chandal, pero no le dejan tener un pájaro muerto en una jaula ni salir a añorar a sus novias de la Almudena, que tenían poca charla pero se dejaban quitar sin reticencias el sudario con docilidad, como si estuvieran enamoradas.

MARTÍN OLMOS

Gastronomía japonesa

In Caníbales on 6 de septiembre de 2013 at 12:08

Issei Sagawa consideraba que su amiga Renée Hartevelt estaba muy buena en el sentido gastronómico de la expresión

ILUSTRACION IDE MARTIN OLMOS

“El caníbal es un gastrónomo de la vieja escuela, que conserva los gustos simples y la dieta natural de la época pre-porcina”
AMBROSE BIERCE

Le llaman sashimi los japoneses a comerse un pez crudo porque no le saben hacer una salsa de pil pil y le llaman los finolis cocina de fusión a freír un huevo sin puntilla y con la yema como una piedra pero poniéndole al lado una filigranita de vinagre de Módena, que ni es vinagre ni es nada. También le dicen minimalismo a no tener un puerco real para poner una alfombra en el salón comedor y el que no se consuela es porque no quiere. Los japoneses se comen los peces crudos porque se perdieron un capítulo de la civilización y no se han enterado de que los boquerones se albardan. Los japoneses miran en cinemascope y plantan árboles que no dan sombra. El hombre como es debido se avergüenza de su animalismo y adorna sus instintos primarios poniéndole ligas al sexo y una salsa  au poivre al lomo de ternera para diferenciarse del mono de la cueva, que irrumpía en la hembra por el sur cuando la veía agachada en una campa y se comía la carne cruda. Los japoneses refinan el sexo vendándoles en constricción los pies a sus señoras para que no gasten más allá de un treinta y cinco y colgándolas del techo atadas en posturitas de la disciplina del shibari pero en el culinario prefieren el plato sin hacer y  sacan a la mesa el atún rojo recién pescadito de la mar. Luego te lo sirven con wasabi y una alga y un cacito de arroz viudo igual que el del hospital, te hacen un número como de lanzacuchillos de circo y te atizan una dolorosa que te tiemblan por lo que no deja de ser la comida del gato. Brillat-Savarin decía que los predestinados para la gastronomía eran, por lo general, de estatura mediana, cara redonda, ojos brillantes, frente pequeña, nariz corta, labios carnudos y barba redonda. El gastrónomo japonés es, en cambio, melancólico y samurai y tiene añoranza de horno con el que somarrar un cabrito.

Issei Sagawa hoy es un gastrónomo ilustre con columna en las revistas manducatorias pero ayer fue vanguardista y se comió a una novia holandesa que tuvo en grado de tentativa. Issei Sawaga es un japonés con voz de pito, medio enano y cojo de estribor. Nació el 26 de abril de 1949 en Kobe, en donde les dan masajes y cerveza a los bueyes de la matanza, y de pequeño soñó pesadillas en las que le cocían en una marmita con hojas de laurel y daditos de caldo concentrado. En secundaria le sospecharon de marica pero a él le gustaba Grace Kelly y la quería morder. Al canijo le gustaban las chicas vikingas que no le hacían el menor caso porque tenían que arriarse su buen medio metro para mirarle a los ojos. Cuando estaba estudiando Literatura Inglesa en la Universidad de Wako, en Tokio, se coló en la habitación de una profesora de ISSEI SAGAWAlengua alemana y la intentó matar clavándole un paraguas, pero tuvo que poner los pies en polvorosa. Su padre era un ejecutivo ricachón de la multinacional Kurita Water Industries y en 1977 le financió los estudios de literatura moderna en el instituto Censier de la Universidad de la Sorbona de París. Issei Sagawa fue estudiante talludo y vanguardista, casi un rentista como de novela de Evelyn Waugh pero en tono limón, y exhibía notables conocimientos de arte y afición por los tebeos manga. Sagawa se compró un rifle del calibre 22 para protegerse de los apaches de Pigalle, que visten jerseys de rayas marineras y viven a la luz de las farolas,  y frecuentó la compañía de Renée Hartevelt, una estudiante holandesa de literatura comparada que tenía veinticinco años y que hacía el honor a las trigueñas anatomías de su patria. Rotundas y frescas como de comer margarina y oler a tulipán. Pasearon juntos bordeando el Sena y Sagawa le invitó a las exposiciones de los modernos y a conciertos de tuba. Una vez la invitó a su casa y cuando se fue lamió la silla en la que se había sentado para alimentarse de su calor cotidiano. Grabó su voz en un magnetofón, le envió cartas de amor y pensó en comérsela. Estaba enamorado y tenía hambre, dos circunstancias que los demás seres humanos manejan en autonomía, pero Sagawa pensaba, como Georges Bataille, que un beso es el prólogo del canibalismo. Hirvió arroz de asilo y se compró cuchillos iwaki para el sushi.

Tertulia y cena para uno
El 11 de julio de 1981 la invitó a su casa a cenar sujiyaki y a tertuliar de libros la sobremesa. Más tarde dijo que cuando Renée se lavó las manos, él se la imagino limpiándose el esplendor en el bidet. Le declaró su amor y ella le dijo que no podía ser, pero que quería ser su amiga. Cuando una mujer ofrece amistad cuando le están demandando amor está diciendo en eufemística: ni sueñes que te vas a encaramar a mi grupa, cojo enano. El cojo enano Issei Sagawa se retiró a su habitación, cargó el rifle del 22 y regresó al comedor. Disparó a Renée en la base del cuello y la mató. Después intentó comerse una nalga pero no pudo rasgar la piel con los dientes y tuvo que acceder a la carne roja separando con un cuchillo eléctrico la grasa, que le pareció del color del maíz. Encontró la cena mollar y más delicada que el filete de res y siguió comiéndose un trozo de la nariz, el pezón izquierdo, las caderas y un muslo. Cuando se hartó acumuló despensa en la nevera y se acostó con el despojo. A la mañana siguiente se merendó un brazo, el otro muslo y la lengua. Al tercer día el menú era carroña y llegaron las moscas en tropel y Sagawa comprendió que la fiesta había terminado, despedazó los restos, los metió en un par de maletas y los abandonó en el Bosque de Boulogne, a los pies de una morera.

A Sagawa le metieron en el manicomio de Paul Guiraud con la intención de tirar la llave pero se puso malito y le diagnosticaron una encefalitis avanzada con toda la pinta de que iba a llevarle a la tumba en donde solo había una inflamación intestinal y su padre consiguió que le trasladaran al hospital psiquiátrico de Matsuzawa, en Tokio, donde se puso sano como una pera y salió en libertad en quince meses. Escribió una novela de la que vendió 200.000 ejemplares, salió en la tele en programas de recetas y recuperó su vocación de artista esculpiendo nalgas de mujeres blancas. Durante un tiempo recogió el pis de una amiga en botellas y se lo bebía, pero cuando la fuente se preñó encontró que la orina sabía a maternidad y abandonó el hábito. Dibujó tebeos manga y salió en una película porno, los Rolling Stones le dedicaron una canción y hoy escribe una columna en una revista gastronómica. El que era un enano de metro y medio con una pata renqueante y comedor de culos sin metáforas tiene ahora club de fans y recomienda despreciar la carne de las plantas de los pies y el clítoris en el periodo de la menstruación y aconseja reposar las tajadas un par de días antes de hincarlas el tenedor porque así adquieren dulzor. Tiene pinta de japonés al que le birlan la cartera en el metro de Barcelona camino de ir a tirarle fotos a la Sagrada Familia y ha manifestado en alguna ocasión su voluntad de cerrar el círculo dejándose ahogar con la saliva de una mujer hermosa. No obstante, ha declarado que comer excrementos es ir demasiado lejos. A su manera, no deja de ser un filántropo que guarda esperanzas en el ser humano y que contradijo al aforista polaco Stanislaw Jercy Lec, que escribió que como el hombre está asqueado del hombre, preveía la desaparición del canibalismo.

MARTÍN OLMOS

Cristianos a la marinera

In Caníbales on 4 de enero de 2013 at 0:43

La Costumbre del Mar permitía enriquecer el menú de una barca a la deriva con el sacrificio de un tripulante

ILUSTRACION BY MARTIN OLMOS

“¿Qué hace toda esa gente mirando el mar?”
HERMAN MELVILLE

El mar enseña imponderables que los hombres que pisamos tierra firme no acabamos de entender: exige  que el capitán sea el último en abandonar el puente cuando el barco se va a pique, recomienda no atender a los cantos de las sirenas y permite la antropofagia en casos de deriva. El mar enamora a los que les toca la lotería y se compran un balandro para pasear a las gachisas sin perder de vista la costa, con un jersey de rayas con botones de ancla en el hombro, pero  los que tienen que trabajarlo conocen el rigor de las noches de guardia y se cagan en la mar salada. El mar quiere locos y solteros y es oficio tan duro que hasta 1970 en la Marina Inglesa era perceptiva una ración de grog en la dieta diaria de la tripulación, que era la medida de una jarra de pichel con ron negro, una cucharadita de azúcar, jugo de lima y agua hirviendo. El estómago marinero es común al del gitano de carro y al vientre de una gaita y durante mucho tiempo estuvo hecho a la digestión de las galletas de barco, que eran unas aglomeraciones rotundas de harina y agua que cumplían también el oficio de calzar el mueble escritorio del capitán a las que llamaban “tachuelas”, por lo tiesas que estaban, o “las damas virtuosas” porque generalmente estaban infectadas del bicho gorgojo y había que comérselas con el candil apagado, como cuando se yace a una mujer vergonzosa. Y cuando se acababan, los marineros se comían sus propias botas, porque al hambre no hay pan duro, y en 1670 los bucaneros del capitán Henry Morgan se zamparon sus bolsas de viaje cuando se quedaron sin provisiones. Eran mochilas de cuero sin desbastar que remojaron, frotaron a la piedra para ablandarlas, rasuraron de pelo y se las tragaron en trozos pequeños bajándoselos con mucha agua. Hoy los barcos llevan cámaras frigoríficas y uno puede navegar el ancho mar sin preocuparse por el escorbuto y desayunando bollos suizos y yogures de aloe vera, que son muy buenos para la flora intestinal, pero en los tiempos de la vela, los filetes duraban lo que duraba la vaca viva y después había que improvisar y hacer la marmita con las sobras, como hace mamá al día siguiente de nochebuena.

La Costumbre del Mar
La ley inexorable del océano permitía poner en salazón el par de ínfulas de un polizón paseándoselas por todo lo largo de la quilla, abandonar a un amotinado en un islote de dos palmos con un cabo de vela, una carga de mosquete y un loro y permitía que los supervivientes de un bote a la deriva se jugaran a la menor a quién le tocaba invitar al almuerzo. Cuando se daban las circunstancias, los tribunales de tierra atendían a la Costumbre del Mar, conforme a la que prevalecía el interés común a costa del sacrificio particular y solo exigían que el sorteo hubiese sido limpio. En el secano, el concepto tomista del “bonum comunne” inclina a concebir cierta esperanza en el género humano, pero en el ámbito escueto de una balsa a la deriva, en la que no hay espacio para fundar una autonomía, termina con un benefactor poniendo sus perniles a disposición de la sociedad y al que le toca, que generalmente no ha leído a Tomás de Aquino, le hace más bien poca gracia la perpetuación de la especie. Una de las primeras referencias de los caníbales del mar fue la tragedia de los náufragos de la fragata francesa La Medusa, que se fue a pique el 5 de julio de 1816 a 50 millas de la costa de Mauritania por la ineptitud de su almirante, el marqués de Chaumareys. 147 náufragos se quedaron sin pasaje en los botes salvavidas y tuvieron que improvisar una balsa construida con los restos de la arboladura en la que aparejaron una frágil vela y se hicieron a la mar con un saco de bizcochos y cinco barriles de vino tinto. La primera noche 18 hombres murieron ahogados y ocho se suicidaron y la segunda se entromparon, se dieron a la riña y murieron otros 65 arrojados por la borda y acuchillados. Durante la tercera jornada se merendaron a los cadáveres cortándolos en tiras y resecándolos al sol y se bebieron su propio pis. Los más débiles fueron asesinados para compensar la despensa y después de trece días a la deriva solo quedaron quince hombres vivos. “Quince hombres van en el cofre del muerto”. Hoy se perpetúan en una pared del Louvre, en el cuadro “La balsa de La Medusa”, de Théodore Géricault, que se pasó sus últimos años retratando a los lunáticos del manicomio de Jean-Etienne Esquirol.  El bergantín L´Argus los encontró, quemó el pecio y los llevó a la colonia de San Luis de Senegal, en donde cinco de ellos perdieron el juicio y murieron.

"LA BALSA DE LA MEDUSA", DE GÉRICAULT

Moby Dick
El 20 de noviembre de 1820, entre las islas Hawai y las Galápagos, un gigantesco cachalote blanco al que llamaban Mocha Dick hundió de dos embestidas el ballenero Essex, arbolado en Nantucket. La tripulación consiguió cargar en los botes arponeros un mosquete, una pistola, un saco de pan, pólvora y un barril de clavos y decidió intentar alcanzar el continente en lugar de dejarse llevar por los alisios hasta las Islas Marquesas, en las que habían oído que habitaban tribus caníbales. Al principio subsistieron administrando los víveres escasos y agostando los recursos del islote de Henderson, en el archipiélago de las Pitcairn, y dieron sepultura en el mar a sus muertos. Un mes después, sin embargo, se comieron a los cuatro negros de la tripulación. Cuando solo quedaron filetes blancos se echaron a suertes quién convidaba el festejo y le tocó al grumete Owen Coffin, primo hermano del capitán George Pollard. A Coffin le pegó un tiro el marinero de primera Charlie Ramsdell y se lo comieron. Cien días después del naufragio, los supervivientes fueron recogidos por el ballenero Dauphin y trasladados a Valparaíso. Los tribunales consideraron la necesidad de fuerza mayor y el sorteo justo y no hubo consecuencias legales y el primer oficial Owen Chase escribió las memorias de la tragedia y acabó sus días almacenando comida en su sótano. La historia se divulgó en los barcos balleneros y Herman Melville la escuchó a bordo del “Acushnet”, en el que estaba enrolado, y utilizó el ataque del cachalote en la novela “Moby Dick”, en la que se ahorró los pasajes culinarios, al contrario que Julio Verne, cuya novela “El Chancellor” está inspirada en los sucesos de La Medusa.

Los festines marineros a cuenta del prójimo dejaron de ser juzgados con dispensa a partir del drama del yate Mignonette, que zarpó de Falmouth, en el sur de Cornualles, el 19 de mayo de 1884 con destino a Sidney. El 5 de julio se fue a pique a la altura del cabo de Buena Esperanza y sus cuatro tripulantes se encontraron a la deriva a 2.000 millas de la costa con la única provisión de una lata de nabos. Quince días después el grumete Richard Parker empezó a beber agua del mar, se deshidrató, perdió el juicio y entró en coma. El capitán Tom Dudley decidió que el muchacho no tenía remedio ni cargas familiares, por lo que le pasaron a cuchillo, se bebieron su sangre y se lo comieron. Apenas cinco días después fueron rescatados por el carguero Moctezuma y juzgados en Exeter por el honorable John Walter Huddleston, que ignoró el atenuante del interés común, entendió que no había mediado un sorteo justo y condenó a los supervivientes, que se salvaron de la horca por la intercesión de la reina Victoria. El capitán Tom Dudley murió en 1900 de peste bubónica, exonerado por la familia del grumete Parker, que consideró que su hijo había servido para algo. El honorable John Walter Huddleston sentó jurisprudencia con su sentencia, se casó con la hija del duque de Saint Albans, se sentó en el parlamento y contribuyó al folclore legislativo con su costumbre de ponerse guantes negros cuando juzgaba un asesinato, blancos en los pleitos civiles y lavanda en las rupturas matrimoniales.

MARTÍN OLMOS

El hombre gris

In Caníbales, Destripadores y sacamantecas on 6 de diciembre de 2012 at 21:40

Albert Fish, uno de los hombres más perversos del mundo, gastaba la pinta de un vendedor de enciclopedias en horas bajas

EL HOMBRE GRIS POR MARTIN OLMOS

“En medio de sus éxtasis masoquistas, en los que se clavaba agujas en los testículos, Albert Fish gritaba: “¡Soy Cristo, soy Cristo!”.
JESÚS PALACIOS.

Tres de las más notables aportaciones de Satanás a este mundo pícaro han sido las resacas, los contratos de aprendizaje, que son un disfraz de las galeras, y el despreciable Albert Fish, que fue, y no por este orden, castrador de negritos del arrabal, ladrón y estafador, devoto del dolor -tanto de otorgarlo con sadismo como  de sufrirlo  con delectación-, violador y mentiroso compulsivo, comedor de carne humana, precursor del piercing genital, escritor de correspondencia lasciva con faltas de ortografía, polígamo y asesino de niños. Aparte de esto y sin embargo, salió de un vientre humano. Albert Fish nació en 1870 en Washington D.C. dentro de una familia que frecuentaba la demencia: dos de sus tíos murieron en habitaciones acolchadas, uno de ellos perseguido por una manía religiosa, su madre oía voces y tenía alucinaciones, uno de sus hermanos murió de hidrocefalia y otro era un borracho sin remedio y un  incansable cuentista al que le encantaba presumir de haber vivido con una tribu de caníbales en las islas de Java con los que compartió la gastronomía de la región. Su padre, el señor Randall Fish, había sido piloto de un barco de palas en el río Potomac y tenía cuarenta años más que su mujer, así que el matrimonio nunca compartió temas comunes de conversación y practicó una convivencia fundamentada en el ayuntamiento desordenado y los monosílabos. El viejo murió cuando se le rompió el corazón en la estación de Pensilvania y dejó a la familia sin un centavo, Albert tenía cinco años y su madre le envió a un orfanato para que pudiese disfrutar de una escudilla de sopa de tropiezos escasos y una manta limpia.

La juventud excéntrica de Albert Fish
En el Refugio de San Juan las monjitas eran partidarias del concepto educacional de la vara de eucalipto sobre las nalgas de los revoltosos, a los que antes dejaban en cueros para que a la paliza se le uniese la humillación pública delante de sus compañeros. Albert Fish era meón nocturno, ladrón de comida y escapista de cierta eficacia, con lo que tomó lo suyo con frecuencia y descubrió que el dolor le producía satisfacción. Las monjas observaron con turbación que el trasto del muchacho se ponía belicoso con cada flagelación y decidieron que era un ser sin posibilidades de redención. En una ocasión, impregnó de queroseno la cola de una mula y la prendió fuego y las largas noches huérfanas las gastó perfeccionando el ejercicio sedante de la masturbación. Cuando su madre encontró un trabajo decente le reclamó y el chico volvió al hogar humilde y al baldío y un día se cayó de un árbol y el golpe le dejó de por vida vértigos, jaquecas y tartamudez. A los doce años se echó un novio telegrafista que le introdujo en la práctica de la coprofagia, que es la merienda de heces humanas para la obtención de satisfacción sexual. Su romance fue bonito mientras duró, y la parejita frecuentaba a las lumias de pago para pedirles jarras de sangre del menstruo y salía a cazar a los niños negros del gueto para castrarles con una navaja de afeitar. Cuando Albert talló, inevitablemente derivó a la prostitución homosexual en los meaderos de Washington y Nueva York. En 1890 violó a su primer niño y en 1910 asesinó a un amante ocasional.

Poe y el Antiguo Testamento
Al contrario que los librepensadores, que se entregan con fruición a la lectura desordenada de cualquier agrupación encuadernada de frases impresas en letras de molde, Fish únicamente frecuentó la parte del Génesis en la que se relata el sacrificio de Isaac y el relato de Poe “El pozo y el péndulo”, que es la larga descripción de una tortura. Además, coleccionaba semanarios de sucesos, ALBERT FISHespecialmente los que contaban los crímenes del asesino caníbal Fritz Haarmann, el Carnicero de Hannover. Se instaló en Nueva York y encontró trabajo de pintor de brocha gorda, se casó con una mujer diez años más joven que él y la concedió seis hijos y una vida desgraciada. De vez en cuando pasó por el trullo por endosar cheques falsos y en el penal de Sing Sing se convirtió en el preso más popular de los retretes. Para entonces ya estaba más loco que una cabra. A veces se introducía en el ano una bola de algodón impregnada de gasolina y se la prendía fuego y se pasaba días envuelto en una alfombra porque decía que así se lo había ordenado el arcángel San Gabriel. También le gustaba clavarse agujas de tejer en el escroto y en la base del pene y las tardes del domingo se ponía en cueros y  obligaba a sus hijos a azotarle en el salón. Su mujer le abandonó por considerar sus costumbres excéntricas cuando menos y Fish empezó a escuchar en su cabeza la voz del Apóstol Juan, multiplicó los merodeos alrededor de los patios donde jugaban los niños y en Georgetown asesinó a un muchacho corto de entendimiento al que atrajo a un erial para abusarlo. En las noches de luna llena sentía apetito de carne cruda.

Cortocircuito
En 1928 al mundo le quedaba un año para declararse en bancarrota, Albert Fish tenía 58 primaveras, se había vuelto a casar tres veces sin pasar por el registro y había asesinado a cinco niñas en Brooklyn por las que había pagado con su pellejo un vagabundo negro que tenía la cara pasmada de los que siempre han sido sospechosos de algo. La familia Budd, pobre pero honrada (una combinación que recomienda la iglesia pero a la que todavía no se ha encontrado rendimiento en el terrenal), andaba escasa de liquidez y el hermano mayor Edward puso un anuncio en el New York World en el que se ofrecía para el tajo del campo. Contestó Albert Fish, que se hizo pasar por el hacendado Frank Howard, granjero de Farmingdale, y se presentó en el hogar de los Budd con una tarta de queso y fresas. Prometió contratar al joven y sentó en sus rodillas a la pequeña Grace, de diez años; dijo que le encantaban los niños, escondió al diablo detrás de un traje gris. El encantador señor Howard le adelantó al muchacho una semana de sueldo y consiguió que le dejasen llevarse de paseo a la niña Grace, que no tenía muchas oportunidades de que la invitasen a regaliz. La metió en un tren y se la llevó al condado de Westchester, a una casa vieja que se sostenía de milagro, no la invitó a regaliz ni a bastones de caramelo. Se desnudó delante de ella y cuando la chiquilla lloró la estranguló, la descuartizó y se la comió. A lo largo de nueve días se zampó su antebrazo cocido con cebollas y zanahorias y las nalgas cortadas en juliana, asadas al horno con láminas de panceta. La madre de Grace Budd padeció durante seis años el martirio de no saber que fue de su hija, hasta que en 1934 recibió una carta del señor Howard en la que le detallaba sin ahorrarse truculencias el último día de la pequeña. El matasellos del sobre condujo al jefe de detectives William King al cuarto de alquiler de  Albert Fish, que le recibió blandiendo una cuchilla de afeitar de cinco céntimos la media docena. El vejestorio que se sentó ante el tribunal no tenía cuernos ni rabo, así que no podía ser el diablo, el traje le quedaba grande, era llorón y tartamudo y parecía el dependiente jubilado del ultramarinos. Los periódicos le llamaron el Hombre Gris. Le condenaron a morir en la silla eléctrica y Fish reconoció sentirse excitado ante el último chispazo. Le ejecutaron el 16 de enero de 1936 al segundo intento. El primero marró porque llevaba incrustadas en el escroto veintisiete agujas de marinero que provocaron un cortocircuito. Estaban infectadas y herrumbrosas, algunas cerca del colon. Llevaban allí veinte años.

MARTÍN OLMOS

Tragicomedia caníbal

In Caníbales on 25 de octubre de 2012 at 17:29

Jeffrey Dahmer quería tener un novio zombi y dos policías pensaron que era normal que un laosiano corriese desnudo y esposado por las calles de Milwaukee

“Dahmer era un enfermo mental, aunque a veces pareciera estar en su sano juicio y racionalizara su conducta”
ROBERT RESSLER. Criminólogo.

Como en el tablao de la farsa, en la biografía macabra del caníbal Jeffrey Dahmer coincidió el disparate con el horror y al final, cuando solo quedaron los despojos de la carnicería, puso el circo su feria y todo el mundo quiso sacarle al monstruo su rendimiento.

El pobrecito Jeffrey Dahmer nació en 1960 en Milwaukee, Wisconsin, y enseguida comprendió que no tenía nada que decir y se mantuvo calladito mientras sus padres rompían la vajilla. Su madre practicaba la autocompasión y su padre la química y el niño se daba garbeos desamparados con carita de pena, solito y sin decir nada, y los vecinos le dedicaban una ración de compasión que, si la gestionaban correctamente, les servía para pasar la semana como buenos cristianos. La principal función de la compasión es dulcificar las digestiones de los que la padecen, lo que no les obliga a levantarse de la mesa y echar una mano a fregar los platos. Milwaukee es la ciudad de los Estados Unidos en la que más se empina el codo y durante décadas ha sostenido a las cuatro mayores productoras cerveceras del mundo. A Jeffrey Dahmer le operaron de una hernia a los siete años y a los ocho mató a los gatos de su callejón, los desmembró y guardó sus huesos en un tarro de melocotones que rellenó con formol. A los diez clavó la cabeza de un perro en una estaca, a los doce bebía como un sargento de regulares y a los trece estaba definitivamente alcoholizado, lo que era  una precocidad incluso para Milwaukee.

La pasma en Babia
A los diecisiete años su padre cogió las de Villadiego y su madre se merendó un tubo de pastillas para roncar y acabó meando por una sonda. Jeffrey terminó el instituto, entró en la universidad por la puerta principal y salió por la de atrás después de pasarse trompa un semestre entero. En los infrecuentes interludios de serenidad se iba a ver los entrenamientos de los machos del rugby, que sudaban con ostentación. Calibró cuál era la pierna que le cojeaba y comprendió que era lo que en fino dicen un nefandario y en los billares un bujarrón. Cuando tuvo dieciocho años recogió a un chaval en autostop, se llamaba Steven Hicks, y quiso ver en su compañía el rojizo amanecer. Hicks era diestro de costumbres y le dio calabazas, y Jeffrey le mató rompiéndole la cabeza con una pesa de mancuerna y le hizo el responso haciéndose un consuelo que el muchacho no estuvo en condiciones de agradecer.  Después le troceó con un cuchillo montañero, guardó los despojos en tres bolsas de basura y las metió en el maletero. Iba a tirarlas en un vertedero cuando le paró la poli por pisar la línea continua. Los pasmas le endosaron una multa y le preguntaron por las bolsas, pero como olían mal no miraron lo que tenían dentro. Jeffrey regresó a casa y las escondió en una tubería. Pagó la multa y se alistó en el ejército, le destinaron a una base en Alemania y le dieron la licencia por borracho. Volvió a Milwaukee y alquiló un apartamento, mangó un maniquí y le preparó los desayunos, vivió con él un idilio y después empezó a frecuentar los bares en los que ponían a Village People y ligó con jóvenes de tez morena. El maniquí se puso triste. Le gustaban los negritos, le gustaban los chinitos, él era el blanco rubio anglosajón y perseguía el dominio. Se llevaba a los chicos a su apartamento y les drogaba la bebida y cuando estaban fritos los estrangulaba, les disfrutaba antes de que se pusieran tiesos y después los descuartizaba. Sacaba fotos de la carnicería y hervía sus cabezas para quedarse con los cráneos pelados, que pintaba con aerosol de maquetas de color azul y los ponía sobre una balda, sujetando los libros. Los genitales los guardaba en tarros con formol, las partes blandas se las zampaba y el resto lo diluía en ácido dentro de  un bidón que echaba pestes. Dahmer buscaba el novio perfecto, que estuviese dispuesto para la lidia pero que no diese mucha conversación y que no se fuese al amanecer. Quiso crear zombis por el sistema de trepanarles el cráneo e inyectarles ácido en el cerebro pero sus proyectos la diñaban y luego se los tenía que comer. En mayo de 1991 se llevó a casa a Konerak Sinthasomphone, un laosiano de catorce años que apenas hablaba inglés, le drogó, le esposó y le hizo un agujero en la cresta con un taladro de bricolaje. Antes de acabarlo, Dahmer se agarró una curda y Konerak se escapó más muerto que vivo. Los agentes de policía Joseph Gabrish y John Balcerzak le interceptaron en la calle. El chico estaba en cueros, esposado, hablaba raro y le sangraba la cabeza. Les llevó al apartamento de Dahmer y éste les dijo que era su novio, que estaban de juerga loca y que se habían peleado. A Gabrish y a Balcerzak les pareció una riña de sarasas. Debían ser hombres de mundo y no les extrañó la pared manchada de sangre, las fotos de descuartizamientos, las calaveras sujetando los libros y el olor a sumidero. Quién no se ha encontrado alguna vez a un chino desnudo, esposado  y con un agujero en la cabeza. Dejaron al muchacho en el matadero y se fueron a comer donuts. Dahmer se lo zampó. Hay polis sagaces, polis del montón y Gabrish y Balcerzak, que eran unos linces.

El caníbal pop
Un mes después, a Dahmer se le volvió a escapar un novio. Tracy Edwards salió pitando de su apartamento desnudo y con las esposas puestas. Ese día no estaba Charlot patrullando el barrio. Un poli que tenía dos dedos de frente detuvo a Dahmer. Como no tenía tanto mundo como Gabrish y Balcerzak le pareció sospechoso encontrarse una cabeza humana en la nevera. Es lo malo de un poli paleto, que no sabe lo que es el art decó. A Dahmer le juzgaron por diecisiete asesinatos y nadie puso en duda que estaba como una cabra, pero le condenaron como si estuviese cuerdo y le sentenciaron a mil años de trullo. Se salvó de la parrilla porque en Wisconsin no hay pena de muerte. Como era rubio y guapo le salió un club de fans que le escribió cartas de amor. Un estampador de camisetas vendió delantales con su cara y una asociación de vecinos con iniciativa comercial compró en una subasta el bidón del ácido, las fotos y los trastos de matar para exhibirlos en un museo de los horrores. Tracy Edwards quiso hacer agosto y salió en la tele dando por hecho que su condición de víctima le convertía en un hombre justo, pero resultó que fue reconocido por una chica a la que violó y le metieron en la cárcel. Una fábrica de taladros refrendó la calidad de su género poniendo la cara de Dahmer en la publicidad. Dahmer no percibió dividendos. Se convirtió en un recurso económico local, en el caníbal pop, y salió en un episodio de “South Park”. Le mantenían aislado en la prisión de Portage, en el condado de Columbia, y pidió que le dejaran salir al patio para socializarse con los demás presos. En 1994, Christopher Scarver, un recluso esquizofrénico, le socializó la cabeza con una barra de pesas y le mandó al otro barrio. En la prisión de Portage prohibieron la halterofilia. Se murió el caníbal pero no el negocio. Sus padres, que estaban divorciados, se pelearon por su cerebro: papá quería enterrarlo sin ruido y mamá vendérselo a un hospital psiquiátrico. Sacaron tajada los abogados. Como siempre.

MARTÍN OLMOS

Alfred Packer, argonauta y antropófago

In Caníbales on 24 de agosto de 2012 at 22:16

Seis hombres subieron a la montaña de San Juan en busca de oro y aprendieron que cuando falta el pan, son buenas las tortas

“Solo la antropofagia nos une”
OSWALD DE ANDRADE. Escritor.

Según el saber popular, el cerdo agridulce del Palacio Shangai son las nalgas de Confucio, que se murió de añoranza de la Gran Muralla. Al chino se le sospecha por chino, porque nunca hemos acabado de entender sus analogías taoístas y porque, al comer con palillos, saca en el plato el filete en rompecabezas, en vez de poner en la mesa el gurriato de una pieza, como en Cándido. Dicta el derecho que el desconocimiento de la ley no exime de su cumplimiento,  pero te puedes zampar a un cristiano sin responsabilidad penal si te han metido gato por liebre. Te conviertes, entonces, sin beberlo pero comiéndolo, en el colaborador involuntario de la desaparición de un cadáver, pero si transitas con decencia, Dios mediante, no conservas mucho tiempo la evidencia encima. En los años veinte, Carl Grossman, asesino de mujeres y hostelero, concilió su devoción por destripar pimpollas con la optimización del margen comercial haciendo salchichas con los restos de sus víctimas, que después vendía en su carrito de  la estación de Silesia y ningún comensal se quejó. Comer es ponerse, como rascarse las pulgas, y el condumio se puede disfrazar en morcón, en morteruelo o en botillo, solo hace falta una trituradora y pimentón. La ignorancia es una de las razones del canibalismo, qué culpa tendrá uno si pide carne de res y se la dan de su primo. Las otras son la religión, la aberración y el hambre desesperada. Por religión los indios guaraníes del Amazonas se comían a sus enemigos para asumir su poder y por religión se come el católico el cuerpo de Cristo en forma de pan; por aberración se cena el lunático a su novia, como hizo el estudiante Issei Sagawa, que encontró el sabor de la holandesa Renée Hartevelt suave y sin olor, como el atún.

El hambre desesperada, la famélica, no tiene nada que ver con  las ganas de merendar y condujo a Charlot a comerse las suelas de sus zapatos. Decía Cela que la higiene es lujo de ricos que el hambriento no acaba de entender y contaba que hace algunos años, en los tiempos de la carpanta, se ordenó quemar los cadáveres de los cerdos con triquina para que no se los comiesen los gitanos. Cuando hay hambre no hay pan duro y los pobres de Peixinhos, en el estado de Pernambuco, se comían los restos humanos de los hospitales de Recife, que se amontonaban en un vertedero sin incinerar. En casos de gazuza rematada lo que se recomienda es comerse a un pariente, del que por lo menos se conoce la ceba y uno se queda más tranquilo. Durante el sitio de Leningrado, en la Segunda Guerra Mundial, el hambre se hizo tan insoportable que se organizó un mercado negro de cadáveres y los supervivientes del accidente aéreo de los Andes de 1972 se dieron a la antropofagia para conservar las fuerzas y ponerse a caminar a cuarenta grados bajo cero. Eran apenas muchachos, miembros de un equipo de rugby, y tuvieron el juicio de no mencionar los nombres de los que se comieron. Cada cual hizo la digestión a su manera y con el tiempo unos entendieron que aquello fue una comunión entre los vivos y los muertos, como la Última Cena, otros no le dieron  más vueltas que las necesarias y mantuvieron que fue comer o morir y todos se pusieron a dar conferencias. El dilema del canibalismo por necesidad pasa de ser gastronómico a judicial dependiendo de lo que se mueva la cena antes de hincarle el diente. Una cosa es ser carroñero y otra hacerle tajadas a un prójimo que aún respira.

La expedición de los novatos
Alfred Packer, el Caníbal de Colorado, fue antropófago y asesino, pero no recordaba en qué orden. Nació en el condado de Allegheny, en Pensilvania, en 1842, y nunca tuvo suerte en la vida. Abrazó la causa de la Unión cuando estalló la guerra civil y se alistó en un regimiento de infantería de Iowa para ser un héroe pero no llegó a entrar en combate porque le licenciaron cuando descubrieron que era epiléptico. Hasta entonces había pensado que a veces le visitaba el diablo con ganas de bailar. Ni siquiera usó su nombre con corrección porque una noche que estaba trompa se lo hizo tatuar en el brazo por un artista disléxico que alteró el orden de las letras y desde entonces le llamaron “Alferd”, para no contradecir a su piel. “Alferd” Packer vagó el país sin perspectivas, con su nombre cambiado y su mala sombra, y como todos los hombres desesperados,  persiguió el sueño del oro. Oyó hablar de un yacimiento en Breckenridge, en Colorado, en las montañas de San Juan, en donde las pepitas abundaban como las liendres en el cuero de un perro. Formó una asociación de conveniencia con otros cinco argonautas que fueron Shannon Bell, que tenía la mirada torva, Jim Humphrey, Frank Miller, que le decían el Rojo, George Noon, que le llamaban California, y el viejo Israel Swan. Compraron carne en tasajo, café y latas de melocotones, yesca, una criba y azadas raederas, mantas, pólvora, cabos de vela y tabaco de Virginia y partieron con seis pencos y una mula a principios del año 1874. Ninguno de aquellos hombres tenía experiencia montañera y los indios ute les desaconsejaron empezar el viaje en pleno invierno pero los soñadores no atendieron a prudencias y, dos meses después, solo uno de ellos regresó.

Alfred Packer bajó de la montaña en primavera, tan pobre como subió, barbudo como un profeta, descalzo y cubierto por el puro jirón, llevaba en el cinto un cuchillo de desollar y contó que sus compañeros habían muerto de inanición y, sin embargo, él no enseñaba los estigmas de la desnutrición. Una expedición de rescate encontró los cinco cuerpos despellejados y a medio comer, cuatro de ellos muertos a hachazos y el otro de un tiro en la pelvis. Packer confesó que se perdieron en medio de una tormenta y la mula con el pertrecho se les escapó. Al principio sobrevivieron comiéndose el forraje de los caballos y después se zamparon a los caballos mismos. Intentaron comerse las sillas de montar pero el cuero mojado era imposible de masticar. Primero murió el viejo Israel Swan, según Packer de hambre, y se lo comieron también. Después les tocó el turno a Jim Humphrey, a Frank Miller el Rojo y a California George Noon y de tanto comulgar Shannon Bell se volvió loco y atacó a Packer con un hacha, que en defensa propia le tumbó de un tiro en el estómago. Su historia de supervivencia, narrada vigorosamente, no conmovió al juez y le condenó a morir en la horca por haberse merendado a cinco demócratas. Más tarde le conmutaron la sentencia por cuarenta años de prisión, de los que cumplió apenas la mitad, y se convirtió en una celebridad local que ganó 1.500 dólares vendiendo bridas trenzadas con su pelo. Recuperó la libertad en 1891 y se fue a vivir a Denver, Colorado, en donde encontró trabajo de conserje en la oficina de correos, se hizo vegetariano y murió en la paz de Dios en 1907. En sus últimos años era tan famoso como el indio Gerónimo y como los niños le seguían por la calle le llamaron el Flautista de Hamelin. En 1971, en la cafetería de la universidad de Boulder, en Colorado, servían un almuerzo tan indecente que los estudiantes rebautizaron el comedero y lo llamaron La Parrilla de Alfred Packer, que se hizo muy popular con el eslogan “Traiga a un amigo a cenar”.

MARTÍN OLMOS

El caníbal ruso

In Caníbales on 31 de julio de 2012 at 19:07

En la clasificación mundial de miserables, Andrei Chikatilo, el Carnicero de Rostov, ocupa la tercera posición en número de víctimas, después de Harold Shipman y Javed Iqbal

“Chikatilo era un cero a la izquierda”
MIGUEL ÁNGEL LINARES. Escritor.

Al hermano de Andrei Chikatilo, que se llamaba Stepan, se lo zamparon los vecinos durante la gran hambruna de Ucrania. Aquello fue hambre y lo demás son ganas de comer. Los ucranianos concluyeron que cuando falta el pan para eso están los parientes y se merendaron unos a otros en la época en la que Stalin especuló con el grano y les mandó a la cama sin cenar. Chikatilo comprendió que la infancia, sobre todo por la parte de las nalgas, es tierna. La suya en cambio se le atragantó porque se meaba en la cama y no veía a tres en un burro y, sin embargo, no se puso gafas hasta los treinta años porque calculó que le salía más barato que le partiesen la cara –una vez al día, en el patio de la escuela- que las antiparras. Chikatilo acabó la secundaria anotando sopapos como una estera y señalado de meón y quiso celebrar la mancebía inaugurándose de macho, alquiló veinte minutos del tiempo de una fulana pero con uno escaso le sobró y recién la abrazó se le disparó la salva con los pantalones aún puestos y la golfa se rió de él por instantáneo. Fue pregonado de buey en el vecindario, la reputación se le puso a reptar y hasta la familia, además de comestible, le salió sin linaje y un día que echó la cuenta descubrió que mientras su padre combatía en el frente al alemán su madre se quedó preñada, con lo que o papá cultivaba por carta o con su hermana tuvo algo que ver la infantería de la Wehrmacht.

El pobre Andrei Romanovich Chikatilo, que se le reía la ramería en su cara de estera por mansurrón, que era medio ciego y meón, entendió que no podía enmendar el cartel en su pueblo de Yablochnoye, en Ucrania, y en 1955 se fue a levantar cabeza a Rostov del Don, donde no le conocía nadie.

El Ganso
Lo mismo que era flojo de apero salió concienzudo de codos y obtuvo tres licenciaturas universitarias -en lengua, ingeniería y literatura rusa- y, a pesar de tener poca gracia para el cortejo, en 1963 se casó con la hija de un minero que se llamaba Fayina y estaba dispuesta a conformarse con un marido que no llegase trompa a casa aunque no le diese noches cosacas. La suerte natural no le salía, porque arrugaba, pero era en cambio capaz de eyacular y por medio de un sistema de masturbación e inseminación la dio dos hijos. Con el tiempo se compró unas gafas, se afilió al Partido Comunista y sentó plaza de profesor en un instituto en el que los chavales le empezaron a llamar el Ganso, por cuellilargo, y terminaron por echarle una manta sobre la cabeza, darle una zurra y sacarle de la clase a patadas. Chikatilo les cogió tanto miedo a sus alumnos que empezó a llevar un cuchillo al trabajo. Al mismo tiempo se colaba en los vestuarios de las niñas y les hablaba con familiaridad mientras se metía las manos en los bolsillos. Las chiquillas le parecían tiernas como la carne de las nalgas de su difunto hermano Stepan, menú del día, y no se reían de su aparato estropeado ni de sus gafas de búho. Le acabaron poniendo de patitas en la calle por menorero.

…el carnicero
A Chikatilo se le despertó la bestia a los 42 años, cuando el resto de los hombres, generalmente, empiezan a perder interés por sus aficiones. En 1978 adecentó una cabaña vieja en un yermo forestal al lado del río Grushevka y consiguió un chicle, casi una excentricidad en la infancia de los niños soviéticos. Con él engatusó a una niña de nueve años que se llamaba Yelena Zakotnova y en su cueva la intentó abusar pero, como siempre, la infantería no se le puso firme y la acuchilló hasta matarla. El cadáver apareció unos días después cerca de un asilo para lunáticos y la policía llamó al suceso el Crimen de los Tontos y se puso a buscar a uno. Le tocó pasar por caja a Alexander Kravchenko, un medio lerdo de veinticinco años con antecedentes por agresiones sexuales, que confesó después de que le dieran lo suyo y acabó en el paredón.

Chikatilo encontró un trabajo de supervisor de suministros, que era un oficio de segunda para un intelectual con tres licenciaturas que leía a Dostoievski a través de sus gafas de búho, pero que le permitía visitar las empresas sin ceñirse a ningún control horario. Durante doce años madrugó, besó a Fayina en la frente y salió a depredar las estaciones de autobuses de los alrededores de Rostov para encontrar borrachuzas a las que engatusar con vodka, niños que querían chicles y putas de cinco rublos. Cuando conseguía la compañía la llevaba al bosque silencioso, la tumbaba a golpes y emprendía la carnicería. Descubrió que solo con la sensación de dominio su alfil alcanzaba renombre y no se iba al banquillo recién comenzaba el partido. Consumaba las violaciones, unas veces por sí mismo y otras con una estaca, y se daba al canibalismo, arrancaba los pezones de las mujeres a mordiscos y les despojaba del útero a cuchilladas para después comérselo porque lo encontraba, según dijo, tierno y rosa. Después volvía a casa y al lecho desbravado de Fayina, a hacer de buen marido y a dormir con los pies fríos. Chikatilo mató a 53 personas entre mujeres y niños pequeños y a una buena parte de ellas las sacó los ojos porque pensaba que sus retinas guardaban la última imagen que habían visto.

…y el circo
En 1990 le detuvieron por lascivia pública cuando le trincaron metiéndole mano a una del oficio en una estación de autobuses. Guardaba en su maletín un lazo de cuerda, un bote de vaselina y un cuchillo y llevaba el dedo vendado con las marcas de un mordisco que coincidieron con la dentadura de Svetlana Korostik, la última mujer a la que mató y a la que había arrancado a dentelladas los pezones y la lengua. Tenía cincuenta y cinco años que parecían diez más y se quejó de que tratasen así a un hombre de su edad. El juicio a Chikatilo no se celebró en el oscuro soviético del millón de funcionarios sino que lo echaron por la tele y se hizo circo. Compareció en la sala metido en una jaula de acero para que los familiares de las víctimas no le mataran a palos, le raparon la cabeza al cero para despiojarle y le pusieron una camisa horrorosa de las olimpiadas de Moscú en la que aparecía estampado el osito Misha. La Rusia roja iba cambiando de color y ya tenía su asesino en serie, que es cosa capitalista abundante en California; después llegaría el glásnost y los McDonald´s. Chikatilo se pasó las sesiones poniendo cara de loco y leyendo revistas pornográficas y echó la culpa a las circunstancias, a Stalin, a su grupo sanguíneo, al hambre y a las películas indecentes. En un lance del espectáculo se bajó los pantalones y agitó su cacharrito, que pendía como un jirón, casi como una lágrima, y le dijo a la concurrencia: “Mirad mi cosa inútil, ¿qué creéis que podía hacer con esto?”. El juez tardó dos días en leer la lista de acusaciones y le condenó a muerte. Chikatilo escuchó la sentencia y habló durante dos horas en las que dijo que era un error de la naturaleza, una bestia enfadada y un hombre al que le habían robado sus genitales. En febrero de 1994 le ejecutaron sin gastar mucho protocolo, le metieron en una celda privada y le pegaron un tiro en la nuca.

MARTÍN OLMOS

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