MARTÍN OLMOS MEDINA

Archive for the ‘Con buena letra’ Category

La violencia inherente de Norman Mailer

In Con buena letra on 13 de octubre de 2013 at 11:05

Norman Mailer practicó el pacifismo político y la violencia social

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Lo que me parece detestable en Norman Mailer es su afición por el asesinato”
GORE VIDAL

Norman Mailer era el aspirante. Era un judío de Brooklyn pequeño y duro. Esperaba en su esquina. Ensayaba fintas en el salón. Norman Mailer estaba en Méjico cuando Ernest Hemingway se voló la cabeza con una escopeta del calibre doce. Norman Mailer declaró que la muerte de Hemingway despertó secretas alegrías en el corazón de todos los chupatintas. Dijo que Hemingway era el muro del fortín. Dijo que era el hombre que había aportado la fuerza para creer que aún se podía echar abajo el pasillo del hospital y vivir junto al aliento de la bestia. Dijo que era el hombre que asumió la parte cotidiana del horror que le corresponde a cada uno. Hemingway dejó el campeonato vacante. Mailer saltó a la lona. Se deshizo de la piedad. Norman Mailer dijo de sí mismo que a veces tenía una vena fea, oscura y competitiva. La literatura europea es mendigar prólogos, escribir columnas y gorronear cafés. Las corrientes literarias norteamericanas se ordenan por idiosincrasias. Las categorías menores son las de los mariquitas sureños como Truman Capote y Tennessee Williams y las de los huidizos como Pynchon y Salinger. Los pesos pesados son los escritores priápicos que son borrachuzos y jodedores. Abusan del matrimonio y de las metáforas deportivas. Se pegan en los bares. Son machos, falocéntricos y ligeramente frívolos. Frecuentan los alrededores de la violencia. Derrochan pelo en el pecho y exhibicionismo. Hemingway fue el campeón de los escritores machos durante tres décadas. Practicó una masculinidad sin fisuras, hecha de guerras y tauromaquia. Cuando estampó su sesera en la pared dejó desierta la cima de la colina. Norman Mailer era exhibicionista y era hirsuto, aguantaba la priva en verticalidad, podía manejar la violencia y orbitaba alrededor de sus propios genitales. Era un buen jodedor de Brooklyn, un tipo duro que no bailaba. No era un chupatintas con alegrías secretas por la desaparición del macho. Podía echar abajo el pasillo del hospital. Norman Mailer dijo de sí mismo que tenía un aplomo duro como el diamante.

Norman Mailer disponía de ciertas garantías cuando se dispuso a coronar la colina de Hemingway. Había ganado las preliminares con su primera novela “Los desnudos y los muertos” (1948), basada en sus recuerdos de la Segunda Guerra Mundial, en la que combatió en Filipinas asignado a la 112 División de Caballería como topógrafo, francotirador y cocinero. Había peleado a la contra sus siguientes obras, había fajado los puñetazos que le dieron. Descubrió que no tenía cintura para la frustración. Era adicto al Seconal, al whisky, a la marihuana y al sexo. Era consciente de que podía traspasar los límites del decoro literario. Trabajaba el envoltorio y dijo que había aprendido a vivir en el sarcófago de su imagen. Trabajaba su cromosoma Y. Dijo que el miedo es una mano que te oprime a la altura del pecho y que o la apartas y avanzas o lo pagas el resto de tu vida. Se dio de hostias con cuatro macarras que se rieron de su caniche y acabó en el hospital. No obvió el insulto, respondió a la ofensa, peleó a puñetazos por su perrito. No lo pagó el resto de su vida. Sostenía que la violencia prevenía el cáncer. Le arrancó un trozo de oreja de un mordisco al actor Rip Torn mientras sus propios hijos lloraban viendo la grotesca pelea de dos hombrones rodando sobre una campa. Le pegó un cabezazo a Gore Vidal. Le tiró una copa a la cara. Gore Vidal dijo: Una vez más, Norman no ha encontrado las palabras adecuadas. En Provincetown tumbó a un pasma de un puñetazo y le abrieron una costura de quince puntos en la cresta a porrazos. En el club de jazz Birdland le detuvieron por montar una pelea por una cuenta de siete dólares y cincuenta centavos. Sostenía que la violencia prevenía el cáncer. Después de pegarle dos cuchilladas a su segunda esposa Adele, le dijo: “¿Es que no entiendes por qué lo hice? Porque te quiero y tenía que salvarte del cáncer”.

Adele Morales estudió interpretación en el Actor´s Studio y era una pintora decente pero poco aplicada. Orbitaba alrededor de los escritores beatniks. Fue la segunda de la copiosa legión de esposas de Norman Mailer. Se casaron en 1955. Las tarjetas de invitación tenían la forma de un pene que se estiraba a medida que se desdoblaba. Adele era una NORMAN MAILER Y ADELE MORALESbella a lo Rita Moreno y Mailer era el escritor del momento en el ambiente de porros y genios del Village de Nueva York. Eran guapos y salvajes y devastadores. Tuvieron dos hijas. Organizaban fiestas a las que acudían Capote, Burroughs y Balldwin. Mailer andaba a vueltas con su hombría. Desafió al novelista James Jones a hacer flexiones. Cabalgaba furcias y llegaba a casa con carmín en la camisa. Adele se despachaba la bodega. Adele quería saber los nombres de sus queridas. Norman se folló a un travesti. Adele le prohibió tocarla. Norman vivía en el sarcófago de su imagen. Sostuvieron el matrimonio a base de la mutua demolición.

La última fiesta
En 1962 Norman quiso presentar su candidatura para la alcaldía de Nueva York. Truman Capote dijo que solo perseguía una ración de publicidad por la cara. El 19 de noviembre organizó una fiesta de promoción en la que mezcló a la congregación de los drogotas de Times Square, a los gorrones de los bares (a los que consideraba sus votantes naturales) y a la izquierda chic del Village. Le pareció una metáfora social. Compró un perchero industrial, azumbres de priva y hierba jamaicana. Adele se puso un vestido negro y pensó que no se podía aferrar a nada. Unas horas antes de la fiesta, Norman Mailer se puso hasta arriba de whisky y porros de marihuana, intentó hacer un trío con un abogado y una actriz y llegó al festejo borracho. Se puso una camisa de torero. Adele acostó a las niñas y vio como se le llenaba la casa de gorrones. Tuvo una sensación de peligro. Bebió martinis. El editor George Plimpton se escabulló para que no le birlasen la cartera. Mailer le persiguió hasta la calle y le pegó con un periódico enrollado. Después se peleó con una cuadrilla de punkis y regresó a casa a las cuatro de la mañana, sangrando por la cabeza y con un ojo morado. En la fiesta solo quedaban Adele, que estaba borracha, un negro de la caterva de los gorrones y un tipo llamado Lester Blackiston, al que más tarde mataron en la cárcel. Mailer estaba como una cuba. Adele le enseñó un capote y le dijo: “¡Aja, toro, ajá! Vamos, mariquita, ¿dónde están tus cojones?”. Mailer encontró una navaja de siete centímetros. Más tarde dijo Adele que estaba sucia. Más tarde dijo Mailer que no estaba sucia. Mailer embistió y le pegó dos cuchilladas a Adele. Blackiston se largó. El negro intentó ayudar a Adele, pero Mailer le apartó y le dijo: deja que se muera la maldita puta. El negró tumbó a Mailer a hostias y sacó a Adele de la habitación. En el hospital le vieron dos puñaladas; una en el pecho que casi le tocó el corazón y le perforó el pericardio y otra menos profunda en la espalda. Los editores de Mailer le aconsejaron que dijera que se había caído sobre unos cristales rotos. La pasma no se lo tragó. Adele no presentó cargos. Norman Mailer pasó una temporada en el psiquiátrico de Bellevue, en el que le diagnosticaron esquizofrenia. Visitó a su mujer en el hospital y le dijo que la quería, que estaba hermosísima en la camilla y que le salvó del cáncer.

Norman Mailer se convirtió en el autor de la segunda mitad del siglo veinte, sostuvo la posición sobre la colina de Hemingway, puso rosas en las bocas de los fusiles de los soldados durante la guerra de Vietnam, practicó el pacifismo político y la violencia social, se casó seis veces, una de sus mujeres le acusó de trigamia, ganó dos premios Pulitzer, tuvo nueve hijos y acabó pagando tantas pensiones que se vio obligado a convertirse en una factoría literaria. Adele cicatrizó sus costuras, se metió en Alcohólicos Anónimos y se pasó años leyendo como Norman firmaba contratos millonarios y se casaba con otras mujeres. Pensó que eran las ganancias de Fausto. Se encontraron en la boda de una de sus hijas veintiocho años después. Norman le dijo: “Adele, lamento haberte arruinado la vida”.

MARTÍN OLMOS

El culto al coraje

In Con buena letra on 23 de julio de 2013 at 21:52

Jorge Luis Borges admiró a los cuchilleros porteños, que profesaban el culto al valor y a la violencia

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“El barrio lo admira. Cultor del coraje,
conquistó a la larga renombre de osado;
se impuso en cien riñas entre el compadraje
y de las prisiones salió consagrado.”
EVARISTO CARRIEGO.

A Borges le fascinaban los espejos, los tigres, los laberintos y los cuchillos. Dijo: “Soy fácilmente monótono”. Del cuchillo decía que era más que una estructura hecha de metales, que los hombres lo pensaron para un fin muy preciso y que era de algún modo eterno, siempre el mismo puñal, el que anoche mató a un hombre en Tacuarembó y los que mataron a César. Borges guardaba un puñal en un cajón de su escritorio, durmiendo, decía, su sencillo sueño de tigre, estaba forjado en Toledo en el siglo XIX, fue un regalo que el jurista Luis Melián Lafinur le hizo a su padre, que se lo trajo del Uruguay. Las visitas que lo veían tenían que jugar un rato con él y Borges presentía que hacía tiempo que lo buscaban y en cada contacto  la hoja presentía, a su vez, al homicida para quien lo crearon los hombres. Le fascinaban a Borges los cuchillos corajudos y los hombres que los manejaban en riñas orilleras, a muerte, generalmente, por causas de un honor de incierta memoria o por pruebas de hombría o por la profesión de la violencia. Borges recogió el culto al coraje del poeta Evaristo Carriego, un hombre tenue, moreno y tísico, que escribía con la urgencia del que sentía el aliento frío de la muerte joven. Carriego descubrió la vertiente patética y literaria del suburbio porteño y de sus casas de lujuriar, con sus flamencas polacas, de las cuchilladas en el bailecito y de los guapos de esquina que mandaban la parroquia. Les dicen guapos en Buenos Aires a los bravos que viven del puñal y de la pelea y le dicen guapear a no arrugar en la riña y a provocarla por oficio o por devoción. El guapo porteño es, en realidad, un matón de barrio con música de tango, o mejor de milonga, que es menos quejumbrosa y sentimental. El tango nació en el burdel y fue derivando con el tiempo hacia el tema de la pobre costurerita que dio un mal paso, pero la milonga era callejera y anónima y cantaba de duelos y sangre. Cantaba el desafío, para ver quién lo recogía. Decía una: “Yo soy del barrio del Alto, / soy del barrio del Retiro. / Yo soy aquel que no miro / con quién tengo que pelear.” Decía otra: “Soy del barrio de Montserrat, / donde relumbra el acero, / lo que digo con el pico / lo sostengo con el cuero.” A Carriego le cuadró su presentimiento y la tuberculosis le llevó sin cumplir los treinta, pero por el camino les puso versos a los guapos orilleros que mandaban por esgrima de cuchillo arrabalero y a Borges, miope y frágil, le quedó la admiración por el valor ancestral de los bravos del  boliche.

El guapo
El guapo no era chulo de magdalenas, aunque las frecuentase, ni chorizo de mamaos, el guapo compadreaba con el malevaje pero venía de un oficio, que generalmente era el de carrero, el de matarife o el de amansador de caballos. El guapo alquilaba su esgrima y su “incapacidad perfecta de miedo” (Borges) a los patrones parroquiales que dictaban la ley del barrio. Servía para apaciguar el baile de peleas de curdas y para intimidar a los que cuestionaban la legitimidad del jefe, para influir en el voto municipal y para cobrar las trampas. Vivía de su coraje y de su fama brava y sabía que a veces la tenía que sostener delante de un gallo nuevo. Solía redondear la ganancia en las timbas en las que se jugaba al truco, que es un juego valenciano de baraja española y señas, y apostando a “los burros” en el hipódromo del barrio de Palermo. Se dejaba ver en los chigres de beber pero no se tomaba y no pagaba el trago porque le convidaban los atorrantes para hacerle la merced. El guapo profesaba la religión de la palabra y no la faltaba. La policía lo sabía y no le llevaba arrestado cuando se mezclaba en un desorden delante de su compadraje. El guapo se comprometía a responder en la comisaría más tarde y sin auditorio  y cumplía, porque tenía empeñado el verbo. Tenía su código el bravo y lo seguía, y tenía su estampa, que no era ostentosa como la del cafishio de portal. Le dice cafishio el porteño al proxeneta de hembras y le dice fariñera al cuchillo que llevaba el guapo al riñón y en el que confiaba su suerte.

La daga caprichosa
Guapos célebres los hubo como el Gaucho Juan Moreira, que venía de la llanura y al que Evaristo Carriego rimó con devoción. Llevaba escritos en la cara los refrendos de su bravura y Carriego le dedicó estos versos: “Le cruzan el rostro, de estigmas violentos, / hondas cicatrices, y quizá le halaga / llevar imborrables adornos sangrientos: / caprichos de hembra que tuvo la daga.” Estaba Luis García el Payador, que ceceaba al hablar pero nadie se reía y presumía de llevar incrustada en el hombro una bala que los médicos no fueron capaces de sacar. Y estaba Juan Muraña y Romualdo Suárez el Chileno, hombres de cuchillo valiente. Una vez que salieron juntos del penal después de cumplir condena se fueron a un antro a celebrarlo y por el camino el Chileno le preguntó a Muraña que dónde quería el tajo, pero Muraña se adelantó y le cortó la cara con un puñal que sacó de la sisa de su chaleco. Al Chileno una muesca más le dio lo mismo e igual siguió el jolgorio con la herida manando sangre. Le decían “vistear” los guapos al pelear con cuchillo, porque se vigilaban la mirada para acertar el movimiento de la mano. En Uruguay le dicen “barajar”. Muraña tuvo una muerte indigna de un guapo y se desnucó cuando se cayó borracho del pescante de un carretón. Juan Muraña y Nicolás Paredes detuvieron una manifestación de cien hombres del Partido Radical con la única exhibición de su prestigio matón. No sacaron el cuchillo ni por demostrar que lo llevaban, se acercaron a la turba y con amabilidad les recomendaron que se fueran a sus casas. Los cien hombres, ante dos, plegaron las pancartas y se dieron la vuelta por no reñir con el par de guapos. A Nicolás Paredes le trató Borges cuando ya se había retirado, fue en 1922, cuando se lo presentó Felix Lima, escritor de lunfardo. Paredes fue criollo bigotudo, de pecho de toro, habilidoso cuchillero y jugador de naipe. Borges le conoció ya anciano, viviendo humildemente de su renta y ocupado en echar a los borrachos en un night club. Paredes le enseñó a jugar al truco y le regaló una naranja, porque de su casa nadie salía con las manos vacías. Como todos los guapos de precio, Paredes no era valentón de tasca y voz en grito sino que al contrario, se manejaba con cortesía y párrafo suave. Una vez le vio en la labor en el night club, le tocó desalojar a tres curdas y les enseñó el camino de salida conduciéndose con amabilidad, sin el áspero ademán del matón joven. Los curdelas  aflojaron, por no pelear, Paredes exhibía, dijo Borges, la “seguridad absoluta” y no ponía la agresividad en el gesto ni en el verbo y la guardaba para el cuchillo, cuando era menester. Don Nicolás Paredes le dijo a Borges un día que había dos cosas que un hombre no debe permitir. La primera es amenazar y la segunda, dejarse amenazar. Cuando Borges no quiso colgar un retrato de Juan Domingo Perón en la pared de la Biblioteca Nacional, un peronista amenazó a su madre, doña Leonor Acevedo, con matarla a ella y a su hijo.  “En cuanto a mi hijo, sale todos los días a las diez de la mañana, no tiene más que esperarlo y matarlo”, le contestó. “En cuanto a mí, he cumplido los ochenta, así que no pierda el tiempo amenazando porque si no se apura, me le muero antes”.

MARTÍN OLMOS

La aquiescencia de los mudos

In Con buena letra on 19 de julio de 2013 at 13:06

Don Miguel de Unamuno se enfrentó a los legionarios de Millán Astray en el paraninfo de la Universidad de Salamanca

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Unamuno tuvo un humillante conato con Millán Astray, en Salamanca, y no volvió a salir de casa. Era el precio que pagaba Franco a los indecisos”
FRANCISCO UMBRAL

Unamuno dijo que a veces el silencio es la peor mentira. El silencio es interpretable al gusto del consumidor; para Francis Bacon era la virtud de los tontos y según Fernando de Rojas encubría la falta de ingenio. Para Gracián era el santuario de la prudencia y para el popular otorga. El silencio en Sicilia se dice “omertá” y te mantiene alejado de la posta lobera y de la tumba en la zanja y todo el mundo con una legua de camino andada entiende que en boca cerrada no entran moscas. Se está más guapo calladito y sentado en una esquina sin molestar. Uno de los tres monos sabios del santuario de Toshogu es mudo, se llama Iwazaru y se tapa la boca con las manos. Hablar a destiempo echa a perder un chiste o una boda y callar te hace pasar por un tío reflexivo y dueño de una vida interior cuando en realidad puede que solo seas un cagón. Para hablar hay que tener algo que decir y para callarse una razón y uno se calla delante del jefe para no decirle lo que piensa realmente de él un segundo antes de recoger las cosas de la mesa y marcharse a casa a explicarles a los niños que no habrá juguetes en navidad. Uno se calla delante del jefe y del fisco y de la bofia y de la parienta. Uno se calla, casi siempre, delante de los matones, que generalmente no tienen nada que decir. Por acá sabemos un poco de callarnos cuando los matones pelan las barbas del vecino.

Los actos de valor que se recuerdan son los de la torería, que son acciones físicas de mamporros y tiros, con lo que parece que el valiente tiene que estar en una relativa buena forma y, por lo tanto, el coraje no es virtud de los enclenques gafosos. Sin embargo, se puede ser bravo sin músculo y hablarle al ogro lleva aparejado el mismo riesgo que cargar a sable contra una batería de artillería. Unamuno dijo que a veces el silencio es la peor mentira y le habló al ogro con insolencia, que estaba guardado por legionarios con pistolas. Se puso desarmado a los pies de una turba que era dada al linchamiento y salió con la antropometría completa porque le salvaron las gentes a las que despreciaba. Unamuno era bilbaíno de la calle Ronda, vasco españolista según Sabino Arana, paseante de Madrid con la costumbre de hablar solo, casto como un cuáquero según Umbral, lector de Kierkegaard, que es una cosa que se leía antes, antipático, egocéntrico y devoto del Cristo sin bendecir de Velázquez al que le iba a rezar al Prado. Unamuno practicó el pensamiento de ida y vuelta, fue socialista a ratos, preso en las Chafarinas durante la Dictadura de Primo de Rivera, y proclamó la República desde el balcón del ayuntamiento de Salamanca el 14 de abril de 1931. Después se le esquinó Azaña, la Reforma Agraria y la candela a los conventos y apoyó el levantamiento rebelde de 1936. La tía Algadefina de Umbral decía que Unamuno era un beato barroquizado de contradicciones que lo que más le decidió por Franco fue que tenía consigo a los obispos. Franco le mantuvo de rector de la Universidad de Salamanca pero fusiló a sus amigos: al alcalde Prieto Carrasco y al diputado socialista Andrés y Manso los asesinaron los falangistas de Francisco Bravo simulando una corrida de toros y al arabista Salvador Vila Hernández le fusilaron y a su mujer Gerda Leimdörfer, que era judía, la sacó del pelotón la intercesión de Manuel de Falla, que hizo que la bautizaran por la fuerza.

Vencer sin convencer
Unamuno había tenido la ilusión de mantener fuera de su predio la barbarie y cuando presidió en nombre de Franco la Fiesta de la Raza, el 12 de octubre de 1936, le habló al ogro y manifestó su arrepentimiento por haber apoyado la sublevación en mitad de la cueva de las serpientes. Llevaba en su bolsillo la carta que le había escrito Enriqueta Carbonell recordándole que su marido Atilano Coco, pastor protestante y masón, estaba en la prisión de Salamanca esperando la vez en la tapia del cementerio. El sentido común le inclinó a adoptar la posición del mono Iwazaru pero sin embargo dijo y se puso delante de las pistolas. Dijo que vencer no era convencer, que aquella no era una guerra en defensa de la civilización cristiana sino una riña incivil y que el odio no dejaba lugar a la compasión. El general Millán Astray, vocero excéntrico de la causa, tuerto del ojo derecho y manco del brazo izquierdo, le interrumpió gritando: “¡Muera la inteligencia!”. Fue una mañana cómica que no tuvo una pizca de gracia. José MILLÁN ASTRAYMaría Pemán hizo un retruécano para salvar la feria y dijo: “¡No! ¡Viva la inteligencia! ¡Mueran los malos intelectuales!”. Los legionarios sacaron las pistolas. Unamuno llamó inválido a Millán Astray y le dijo que pretendía una España mutilada y entre el cardenal Pla i Deniel y doña Carmen Polo de Franco le sacaron del paraninfo del brazo, sin mucho entusiasmo, para que no le hostiasen hasta matarlo. Al pasar al lado de Millán, Unamuno tropezó, de nervios o de canguelo o de vejez, y el general, bronco de tasca de cuartel, macheó como en una tángana de verbena y por quedar matón delante de la muchachada le dijo con el pecho inflón: “¡Dele usted el brazo a la señora!”, que es lo mismo que decir que si no es por ella te rompo la madre a trancadas, cagón, que son cosas que dicen los torvos en los futbolines.

Unamuno dijo que el silencio puede interpretarse como aquiescencia. Después del incidente se pasó dos meses en arresto domiciliario en su casa rectoral de la calle Bordadores. El 31 de diciembre de 1936 le fue a visitar el falangista Bartolomé Aragón, que por complacerle no compareció con la camisa azul. Charlaron sobre un brasero, a Unamuno se le quemó una zapatilla y murió de un derrame cerebral. Bartolomé Aragón tendió el cuerpo en un sofá, llamó a la criada y salió pitando diciendo: “¡Yo no lo he matado! ¡Yo no lo he matado!” Unos días antes había escrito que el odio que se estaba instalando en España se manifestaba en invertidos, sifilíticos y eunucos masturbadores. A Pemán ya no le lee nadie, y a Unamuno dos o tres y su discurso hoy se lo habría corregido el talibanerío del lenguaje formalito, que no puede usted, don Miguel, llamar inválido al pobrecito Millán, tan mutiladito como está, que le faltan trozos como a una muñeca de hace tres navidades. La tara no ennoblece, ni da virtud, pero queda feo mencionarla. Dicen en Extremadura que no hay falto bueno y que los sordos tienen mala virgen. De todo habrá, que han estado por aquí Long John Silver y el Cojo Manteca, el ciego Pew, que era heraldo de la Mota Negra, y Ricardo III, que era jorobón y esquinao y cualquiera le pasaba el número por la chepa. Se ha llevado más ser mudo e interpretar la aquiescencia, callarse y seguir comiendo, que por aquí se come muy bien. Unamuno tuvo su mañana brava en la que dio faena en una plaza de pueblo sin alcalde y señoras con collares, cardenales gordinflones y legionarios desmontables. Le hicieron un entierro falangista con escolta de camisas azules porque con los muertos uno hace lo que quiere porque ya no se pueden quejar. A Atilano Coco, pastor protestante y masón, le pegaron un tiro en la orilla de un sendero del monte de La Orbada, en la carretera de Valladolid.

MARTÍN OLMOS

El cheroqui ario

In Con buena letra on 3 de junio de 2013 at 18:25

Clint Eastwood adaptó una de las novelas de Forrest Carter, que se las daba de piel roja pero era del Ku Klux Klan

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Forrest Carter era un hombre sin ningún tipo de educación, ni siquiera la más elemental. Se había hecho a sí mismo y era famoso como narrador dentro de su ámbito”
CLINT EASTWOOD

Generalmente a nadie le importa tres cuartos de un chavo si el tío que le va a arreglar el coche fue en su juventud lanzador de cuchillos en un circo, violinista en un burdel o, por el contrario, un marido decente y cumplidor. Lo que le importa es que le apañe la tapa de la delco y, si es posible, con piezas del desguace,  para que no tenga que sacar al abuelo a pegar tirones para pagar la dolorosa. El mecánico suele rascarse la nuca sin soltar el trapo, mirando el arcano motor, y se le da bien decir que este ruido no me gusta y prolongar la incertidumbre, pero no te suele contar su vida y ni falta que te hace. Como mucho te suelta que tiene al mayor en la universidad y que al pequeño, en cambio, le va a tener que meter en el taller porque le ha salido flojo de codos. Pero buen chaval. El mecánico suele ser del atleti de Madrid y a su hijo mayor, el lince,  le acabas pagando el primer curso de la carrera pero cuando sales del taller no tienes ni idea de si al menda le atenaza una inquietud. Y otros tres cuartos de chavo que te importa. Sin embargo, cuando uno emprende la lectura de un libro adquiere de paso la peripecia de su autor y le tranquiliza que esté adornada de imponderables mitológicos. Si es un ensayista prefiere que sea profesor emérito del Birkbeck College, si es poeta se le antoja que sufra mal de amores, sea pálido o un poquito sarasa y si es novelista le gusta que haya sido de joven cazador de fieras, aviador o comunista. Los escritores son mentirosos por naturaleza y por oficio, como los chalanes de burros, y además de inventarse la trama les conviene inventarse a sí mismos al gusto del consumidor para vestir decentemente las solapas de sus libros. Pero han de ser cuidadosos como un carterista para que no les trinquen en un farol y se les caiga el andamiaje, porque a los lectores les gusta que la mujer del césar lo sea y lo parezca. Bukowski tenía que entromparse casi por convenio pero no solía airear que durante décadas tuvo un trabajo de nueve a cinco en Correos y Camilo José Cela estaba obligado por su cartel a soltar frescas de vez en cuando, o a disparar un cuesco de salva, pero no le apetecía recordar que en un tiempo se ganó los duros de censor. Te puede operar el menisco el doctor Mengele, que si te lo deja nuevo le mandarás un jamón por navidad, pero acabas por no leer a Günter Grass cuando te enteras de que perteneció a las Waffen-SS.

Mentira más, mentira menos
Los escritores suelen tener una relación intrigante con sus biografías y cuando una parte de ellas les estorba la borran como borraba Stalin de las fotos a los que antes había borrado del mapa. C.W. Ceram, el divulgador de la arqueología que escribió el clásico “Dioses, tumbas y sabios” (1949), se cambió el nombre para que no se supiese que era en realidad Kurt Wilhem Marek, propagandista del III Reich, y Arthur Miller escondió a su hijo con síndrome de Down en un asilo y practicó esforzadamente la ignorancia de su existencia. Una vez que Hemingway  y John Huston estaban contándose batallitas vieron que estaban cargando las tintas y el primero dijo: “Nosotros no exageramos, soltamos trolas directamente”. El propio Hemingway adornó durante un tiempo las circunstancias en las que fue herido en el frente italiano durante la Primera Guerra Mundial, sacándose de la chistera a un soldado medio muerto  al que acarreó sobre sus hombros, cuando en realidad le alcanzó la metralla de un obús mientras iba en bici repartiendo chocolatinas. Un auténtico virtuoso a la hora de inventarse la biografía fue Emilio Salgari, que sostuvo que navegó los siete mares peleando tifones y piratas con los galones de capitán mercante, cuando en toda su vida solo mantuvo su trasero sobre la cubierta de un barco de cabotaje durante un periplo de pasajero por el apacible Adriático que duró menos de una semana y no sabemos si se mareó. No obstante, cuando el periodista Giuseppe Biasoli le señaló el desliz, le desafió a duelo y se batieron. Sven Hassel refrendaba su saga sobre la Segunda Guerra Mundial asegurando haber combatido en el frente oriental alistado en una batallón de castigo de la Wehrmacht, pero se sospecha que nunca pisó una trinchera y se pasó la guerra viviendo del estraperlo en Dinamarca. Hoy se duda si Percival C. Wren, el autor de “Beau Gest”, estuvo alistado en la brutal Legión Extranjera Francesa y se sabe a ciencia cierta que Lobsang Rampa no fue un lama, sino el hijo de un fontanero de Liverpool que no había visto el Tibet ni en una postal. En los años sesenta todos los jipis que buscaban el karma en vez de procurarse un empleo decente leyeron su obra “El Tercer Ojo” (1956), en la que contaba su educación en el monasterio de Chakpori, en donde vio al Yeti, pero se acabó descubriendo que en realidad se llamaba Cyril Henry Hoskin y era de Devon. Más tarde dijo que sus obras se las dictó su gato por telepatía.

En 1975, el mestizo cherokee Forrest Carter envió su novela “Gone to Texas” a Robert Daley, supervisor de guiones de la productora Malpaso de Clint Eastwood. A partir de ella, Eastwood rodó su segundo western como director, que se tituló “El fuera de la ley Josey Wales”(1976), una violenta película que cuenta la huida de un renegado sureño que no acata la rendición de la Confederación. El mismo año del estreno Forrest Carter publicó su autobiografía, “Montañas como islas”, una exaltación de la vida salvaje que le colocó en el tope de los libros más vendidos. Se suponía que Carter era un medio piel roja, prácticamente analfabeto, que inventaba historias y alguien las transcribía literalmente, pero en realidad era un licenciado en periodismo de Alabama que no era partidario de mezclar las gamas cromáticas. Asa Earl Carter nació en 1925 en Anniston, Alabama, no era cherokee, se alistó en la marina durante la Segunda Guerra Mundial y cuando regresó a casa se licenció en periodismo por la Universidad de Colorado. FORREST CARTERSe casó con Thelma Walker, tuvo cuatro hijos y le echaron de su primer trabajo en una emisora de radio por predicar sermones fascistas. Se afilió al Ku Klux Klan y le ponía nervioso ver a un negrito que no estuviese recogiendo algodón. Le enchironaron por pegarse con la poli y fundó un grupo paramilitar escindido del Klan al que llamó la Confederación, que se uniformaba con túnicas grises en vez de blancas y le dieron una paliza al cantante de color Nat King Cole en Birmingham, Alabama, en 1956. Al año siguiente el Clan de la Confederación secuestró a un obrero negro llamado Edward Aaron, le castraron, le rociaron las pelotas con aguarrás y le abandonaron desangrado en una cuneta. Carter acabó escribiéndole los discursos al político ultraderechista Edward Wallace, gobernador de Alabama, metido en un despacho con una máquina de escribir, una botella de whisky, diez paquetes de pitillos Pall Mall y una pistola. Le regaló la frase: “Segregación hoy, segregación mañana y segregación siempre”. En los setenta se divorció, se fue a vivir a Texas, se dejó crecer el bigote y se puso un sombrero de vaquero, se cambió el nombre por el de Forrest (en honor al general sudista Nathan Bedford Forrest) y escribió “Gone to Texas”. Se hizo pasar por medio cherokee y predicó al buen salvaje. Impostó una temporada pero le reconocieron en la tele cuando recogía la fama de su segundo libro y un primo suyo dijo que era un psicópata. Forrest Carter no era de los tipos que se mueren de un catarro y el siete de junio de 1979 la diñó en Abilane, Texas, ahogándose en su propio vómito, borracho perdido después de liarse a puñetazos con uno de sus hijos.

MARTÍN OLMOS

Página de sucesos

In Con buena letra, Los chicos de la prensa on 24 de febrero de 2013 at 23:42

El crimen se cantó en verso, se vendió en pliego y se convirtió en el acompañante canalla de la crónica de sociedad

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Agosto, con luna llena y luz rojiza es el ambiente más propicio para que los psicópatas disparen”
MARGARITA LANDI

La crónica de sucesos nació para solaz del pueblo llanazo porque la aristocracia ya tenía la caza para entretener sus ocios y no consideraba pasatiempo de buen gusto gastar la tertulia con mujeres estranguladitas. Con las pastas finas y el oporto no marida bien comentar al sacamantecas, otra cosa es en el zaguán, a la fresca, después de la faena, en donde los cuentos sanguinarios de bandoleros y robaniños animan la patata viuda, la servilleta de manga y el porrón de la pitarra. Desde que el Génesis dio la noticia del crimen de Caín, la crónica de sociedad ha guardado un rincón del almanaque a los landrús,  destripadores y al capones para ver si Dios se daba cuenta de lo torcida que le salió la humanidad. Y como hasta las infamias se tienen que decir con gracia, tuvieron que salir juglares que las diesen referencia y que el popular no perdiese ripio de las cuchilladas que se administraban en el vecindario.

El periodismo de sucesos nació en el siglo XVII en métrica romance y cantado por los ciegos, que hoy venden sueños y ayer decían  las pesadillas. Los copleros mendigos describían con lujo de truculencias los crímenes sanguinarios en la plaza, atendidos por un auditorio ágrafo, y a veces les ponían música de zanfonía, que le decían en Zamora la gaita del pobre, y era un violín de manubrio que hacía melodías monótonas. Las posibilidades narrativas del suceso, y los detalles que el recitador se inventaba sobre la marcha, determinaban la extensión del romance, de versos octosílabos de rima asonante los pares y libres los impares, y al final solían  dictar catecismo, una moraleja para adoctrinar virtud al público que, según se mire, era una especie de editorial. “Recuerda pues el refrán,/ Para evitar igual suerte:/ A hierro acaba muriendo/ Quien a hierro da la muerte.” Los rimadores parias ponían la cazuela para que les echasen la voluntad y predicaban a los asesinos, los que contaban mejor recogían mayor cosecha y con el tiempo se agruparon en la Cofradía de Ciegos, a cuyo Hermano Mayor la  Sala de Alcaldes de Casa y Corte enviaba un extracto de los procesos célebres para que los líricos las hiciesen rapsodias bárbaras y sus afiliados las dijeran en la calle. Las canciones más famosas se imprimían en pliegos de una hoja, que doblada dos veces formaba un cuaderno de ocho páginas sin guillotinar, se adornaban con xilografías grabadas a buril sobre una matriz de madera y se vendían por dos chavos en tendederos de cuerda, por lo que se llamaron pliegos de cordel. Uno de los últimos que se distribuyó en España fue con motivo del ajusticiamiento de Juan Díaz de Garayo, el Sacamantecas de Vitoria, en 1881.  Tenía sesenta y un versos y llevaba rimado el precio: “Y aquí se acaba el romance/ Que en pliego escrito va,/ Solo dos céntimos cuesta/ A quien lo quiera llevar.” Como los periódicos actuales, a la mañana siguiente servían para envolver los arenques del almuerzo del tajo.

Los pliegos cordeleros desaparecieron a finales del XIX arrinconados por el abaratamiento de la prensa general, pero las gacetas no perdieron la querencia por la sangre derramada en el callejón. Los editores de periódicos reconocieron que un crimen sañudo, los violentos celos y los dramas de puñal convocaban auditorio si se destacaban con la tipografía  adecuada e ilustraciones al guaché. William T. Stead, director del Pall Mall Gazette, unió el sensacionalismo informativo con la investigación de los hechos al seriar su cruzada contra la prostitución infantil en Londres en 1885. Stead pasó una temporada en la prisión de Holloway  por organizar la compra de una niña de trece años, hija de un deshollinador, para demostrar que el siniestro comercio existía en los tugurios del Támesis y sus artículos promovieron la aprobación de la Ley de Reforma Penal. Stead murió en el Titanic, cuando iba a los Estados Unidos a participar en una conferencia de paz en el Carnegie Hall invitado por el presidente Taft. En 1888 diarios como el “Illustrated Police News” blasonaron las hazañas de Jack el Destripador, asesino de golfas, y seguramente  obligaron a la ley a conceder importancia a unos hechos que eran desgraciadamente prosaicos alrededor de los bebederos de fulanas y valentones de la parte ruin de Londres. El sanguinario Jack, quien quiera que fuese, comprendió la importancia del bramido de la prensa, a la que escribía cartas manchadas de sangre “desde el infierno”, convirtiéndose en el primer asesino mediático.

El crimen de la calle Fuencarral, en 1888,  desató el auge de la crónica negra en el periodismo español y también la discusión sobre si los diarios sobrepasaban la función informativa para tomar parte activa en la instrucción del proceso. Pérez Galdós denunció que los reporteros de El Liberal, que dobló su tirada, construían fantaseada y novelesca la historia del espantoso drama, que acabó con la doméstica Higinia Balaguer en el garrote, pero reconoció que contribuyeron a señalar el camino de la verdad.  También en el París de los campos de pluma, el Petit Journal, con una tirada de un millón de ejemplares, dedicaba en 1913 el doce por ciento de su espacio a noticiar carnicerías y riñas pandilleras  en Montmartre.

Durante la dictadura franquista, la página de sucesos se volvió escueta por obligación,  porque en el nuevo régimen todo ocurría por decreto y, según el Ministerio de Propaganda, “en la Nueva España no cabían las indignidades”. Los periódicos solo publicaban las notas breves de la Dirección General de la Policía hasta que llegó el semanario El Caso, fundado en 1952 por EL CASO PORTADA 4Eugenio Suárez, veterano del diario Madrid. El Caso bailaba con la censura a la luz de la luna y a veces la dejaba plantada en mitad de la canción, tiraba 40.000 ejemplares en los tiempos del Jarabo y del Lute y tenía por norma escribir sobre un solo asesinato español por número. Sus portadas a la acuarela, en tonos negros y rojos, espantaban a los finolis, que lo llamaban “el diario de las porteras” porque se conoce que ellos solo leían a Plutarco. En su plantilla escribieron Enrique Rubio, maño y experto en timos, y Margarita Landi, “la rubia del deportivo”. Landi se llamaba en realidad Encarnación Margarita Isabel Verdugo, nació en Madrid en 1918 y su abuelo escribía crónicas taurinas en verso. Enviudó joven y trabajó en las revistas femeninas “Ventanal” y “La moda de España” hasta que la fichó Eugenio Suárez y la soltó en el callejón  de la canalla. Landi pasó de frecuentar a las marquesas a rozarse el percal con los guirlocheros chungos, los espadistas de gancho,  los pasmas de la BIC y los tricornios del andurrial, y como Don Juan Tenorio, “a los palacios subió y a las cabañas bajó”. A  Landi le llamaban los maderos de la chapa el “Inspector Pedrito”, conducía un Karman-Guía negro descapotable, fumaba en pipa y decían que llevaba un revólver en el bolso. De joven fue rubia aventurera y con la edad acabó cultivando un personaje como de señorita Marple con mucha legua caminada. El Caso cerró la persiana en 1980 y Landi murió en 2004, en Gijón, después de renquear dos años derrotada por una operación de cadera. Ha llovido mucho, y no al gusto de todos, desde las rimas ciegas con música de gaita pobre  hasta la tele y sus evidencias y, sin embargo, el ser humano no  ha perdido la constancia en conducirse como si no lo fuera y el cronista de la iniquidad solo tiene que sentarse a esperar la próxima, contarla y que con sus insomnios, mañana, envuelvan el arenque para el almuerzo del tajo.

MARTÍN OLMOS

Muerte al alba

In Con buena letra, Fuera de carta on 9 de febrero de 2013 at 12:57

Hace cincuenta años que Ernest Hemingway atajó su dolor por el camino más corto.

ILUSTRACION de MARTIN OLMOS

“Pocos americanos han producido mayor impacto de emociones y actividades sobre el pueblo americano, que Ernest Hemingway”
JOHN F. KENNEDY

“Hemingway es mi escritor favorito”
FIDEL CASTRO

“¿Suicidio? ¿Y quién no dice que quisieron eliminarle?”
GREGORIO FUENTES. Antiguo patrón del barco de pesca de Hemingway.

El doctor Clarence Edmonds Hemingway tenía una consulta en un barrio de posibles a las afueras de Chicago, “en donde acaban las tabernas y empiezan las iglesias”, y tenía dos acres de tierra en la orilla del lago Walloon, que le decían el Lago de los Osos,  en los bosques de Michigan, cerca de un campamento de indios chipewa. El doctor Clarence Edmonds Hemingway enseñó a su hijo Ernest a encontrar el norte observando de qué lado del árbol crecía el musgo y le enseñó el nombre en latín de todas las aves de la selva. También le enseñó a no pescar más de lo que podía comer y a disparar a los pajaritos con una escopeta del calibre doce. A Ernest le gustaba acompañar a su padre al campamento chipewa porque a todos los niños les gustan los indios y los piratas.

La señora del doctor Hemingway, de soltera Grace Ernestine Hall, había querido ser cantante de ópera y llegó a debutar en el HEMINGWAY-ESCOPETA 1Madison Square Garden de Nueva York, pero las luces del proscenio le dañaban las pupilas. Tenía voz de contralto y siempre pensó que se perdió un mundo más ancho al casarse con el médico montañero. La señora Hemingway, de soltera Grace Ernestine Hall, quería que su hijo Ernest tocase el violoncello y le ponía vestiditos rosas de chiquilla. Decía que cuando el niño vino al mundo, los petirrojos cantaron sus canciones más dulces para darle la bienvenida.

El doctor Clarence Edmonds Hemingway era capaz de seguir el rastro de un gato montés a través de las pistas del bosque. Grace Ernestine Hall llevaba los pantalones en casa.

Ernest creció y se fue convirtiendo en Hemingway, no aprendió a tocar el violoncello, pescó más de lo que podía comer y renunció a la universidad para irse a la guerra, a conducir ambulancias al frente del Piave. Cuando volvió a Chicago tenía una recomendación para la medalla italiana al valor y metralla en las dos piernas. Su madre, Grace Ernestine Hall, se cansó de verle fardar con el uniforme de “sotto tenente” de la Cruz Roja, de beber vino y de no buscarse un empleo decente y le echó de casa. El doctor Clarence Edmonds Hemingway no dijo nada.

En 1923, en París, cuando Ernest ya era definitivamente Hemingway, se publicó su primer libro, “Tres cuentos y diez poemas”. Se editó una tirada de trescientos ejemplares. Media docena de ellos se los envió a su padre. Esperó su bendición. El doctor Clarence Edmonds Hemingway se los devolvió con una carta en la que le decía que un caballero solo habla de enfermedades venéreas en la consulta de su médico.

En el nombre del padre.
En 1928 el doctor Clarence Edmonds Hemingway estaba enfermo. Tenía diabetes y una angina de pecho. Había invertido en tierras en Florida, esperando que se revalorizasen con la explosión demográfica, pero los precios habían bajado y ahora no valían un chavo. El seis de diciembre pasó consulta por la mañana y por la tarde quemó sus papeles personales en un horno, se encerró en su dormitorio y se pegó un tiro detrás de la oreja.

Ernest Hemingway se enteró de la noticia cuando iba de camino desde Nueva York a Key West, en Florida. Para variar, estaba sin blanca. Le sableó cien dólares a Scott Fitzgerald, que por aquel entonces aún era su amigo, y compró un billete para Chicago. El HEMINGWAY-ESCOPETA 4doctor Clarence Edmonds Hemingway había sido diácono de la Primera Iglesia Congregacional de Oak Park y su suicidio le había deshonrado. Tenía un seguro de vida que proporcionó a los herederos 25.000 dólares de los cuales se fueron 15.000 en el levantamiento de la hipoteca de la casa familiar, 600 en impuestos y lo que quedaba en deudas. Hemingway le dijo a su hermano pequeño Leicester que no quería lloros en el funeral, le dijo que los demás eran un hatajo de paganos que deberían avergonzarse de sí mismos y que rezase para que el alma de su padre saliese del purgatorio. Luego se llevó de recuerdo el revólver con el que se disparó, un Smith y Wesson del calibre 32 que había pertenecido a su abuelo, y regresó a los Cayos de Florida, a pescar peces que no se podía comer.

Doce años después escribió: “Nunca olvidaré lo miserable que me pareció la primera vez que me di cuenta de que mi padre era un cobarde.”

…y del hijo.
En 1961 Ernest Hemingway iba a cumplir 62 años, cinco más de los que tenía su padre cuando tomó el atajo. Durante su vida había coleccionado esposas, guerras y cabezas de bichos colgadas en la pared. Aún ceñía el cinturón de campeón de las letras americanas y porque pensaba que todos los tiempos eran los viejos tiempos quería seguir viviendo como una mezcla de estrella de Hollywood, cazador blanco de leones barbudos y general de brigada. Y sin embargo, como al final de todas las buenas cenas, le llegó la dolorosa. Hemingway padecía diabetes, hipertensión y tenía los niveles de colesterol por las nubes, tenía el hígado disuelto en whisky y los riñones cumplían unas veces sí y otras no tanto. Es probable que también sufriese una hemocromatosis, un trastorno metabólico congénito que provoca una acumulación de hierro que afecta al corazón de forma irreversible.

Su último verano español había sido un desastre. En el restaurante Mayte de Madrid armó una pelea porque decía que los comensales de la mesa de al lado eran agentes del F.B.I. que le espiaban y en la finca malagueña de “La Cónsula”, donde pasó unos días con Antonio Ordoñez, hablaba solo y quiso atizar a un invitado porque le tocó la nuca. En “La Cónsula” trabajaba de doncella una niña de dieciséis años que se llamaba María Isabel Carabante, que era de Coín, y a la que aquel hombrón barbudo se le parecía a Cristo. Hemingway dejó escrito que España no era tierra para morir, sino para vivir intensamente, y como los elefantes heridos regresó a su pago a cumplir con la que él llamaba la Puta, la Eterna Puta y, a veces,  la Señora.

Su último hogar estuvo en Ketchum, Idaho, a la sombra del Monte Baldy, al lado de la Reserva Forestal del río Wood en donde en verano pastaban las ovejas que cuidaban los pastores vascos de los Pirineos. Hemingway veía federales en cada esquina y tenía miedo de ir al trullo por evasión de impuestos. No había declarado 4.000 dólares que ganó apostando en el boxeo y pedía constantemente extractos bancarios. El hombre sin miedo a los obuses de las guerras de los demás tenía miedo a la cartera seca. El Gran Cazador Blanco ya no podía encarar el rifle. El amante no conseguía izar la bandera. El escritor dejó de encontrar la frase verdadera. Empezó a verle el lado bueno al lado malo de la escopeta. Su cuarta mujer, Mary Welsh, logró internarlo en la Clínica Mayo, en donde le aplicaron electrochoques dos veces por semana y le administraron reserpina, un medicamento para la hipertensión entre cuyos efectos secundarios estaba la depresión.

La noche del 1 de julio de 1961 Hemingway le dijo a su mujer que le iba a hacer un regalo. Le cantó una canción italiana que había aprendido en Cortina. La canción decía: “Tutti mi chiamano bionda, ma bionda io non soro: porto i capelli neri”. Al alba del día siguiente se levantó sin hacer ruido. Se puso una bata roja. Solía decir que había visto todos los amaneceres de su vida. Vio aquel. Cogió una escopeta Boss de dos cañones que usaba para el pichón y se disparó en la cabeza. Su mujer dijo que sonó como cuando un cajón se cierra de golpe.

Amén.
Se celebró el funeral católico el 6 de julio de 1961. El padre Robert J. Waldmann leyó en latín y en inglés los versículos tres, cuatro y cinco del Eclesiastés: “¿Qué saca el hombre de todo el trabajo con que se afana debajo de la capa del sol? Pasa una generación, y le sucede otra; más la tierra permanece. Nace el sol y se pone, y vuelve a su lugar; y de allí nace.” Uno de los monaguillos se desmayó por el calor y se cayó sobre una cruz de flores blancas. Se rezaron tres Avemarías y tres Padrenuestros. Mary Welsh dijo a la prensa que su marido se había disparado por accidente  al limpiar el arma pero nadie se lo creyó. En 1966, en una entrevista con Oriana Fallaci, seguía manteniendo esa versión.

El 11 de julio Antonio Ordoñez sufragó una misa por su alma en la capilla de San Fermín, en la Iglesia de San Lorenzo, a la que asistió Orson Welles, Deborah Kerr y el alcalde de Pamplona, don Miguel Javier Urmeneta. Se mezcló el luto negro con el pañuelo rojo. A Ketchum llegaron necrológicas de la Casa Blanca, del Kremlin y del Vaticano. María Isabel Carabante, la doncella de “La Cónsula”, lloró cuando se enteró de su muerte. Hace unos años vivía en Algete y tenía una foto de Hemingway en el salón. Nunca leyó un libro suyo, pero una vez vio una película sobre un viejo que pescaba solo en un mar de tiburones. García Márquez estaba en México cuando se enteró y escribió una crónica en la que decía que la noticia había conmovido “a sus mozos de café, a sus guías de cazadores, a sus aprendices de torero, a sus chóferes de taxi, a unos cuantos boxeadores venidos a menos y a algún pistolero retirado”. A Norman Mailer la muerte de Hemingway “le esposó con el horror” y aseguró que muchos chupatintas se sintieron secretamente alegres porque Hemingway era el muro del fortín y después de él se creyeron más fuertes. Borges, en cambio, dijo que se suicidó cuando descubrió que era un mal escritor.

En invierno la tumba de Hemingway se cubre de nieve blanca y el periodista Hunter S. Thompson observó que en verano los turistas se llevaban la tierra a puñados. Hemingway escribió que cuando nacemos le debemos una muerte a Dios. Escribió que todas las historias verdaderas acaban con la muerte. Hemingway escribió: “Y ahora él duerme con esa vieja ramera, la Muerte…¿Aceptas a esta vieja ramera Muerte como la mujer legítima?”.

EL HIJO RARO DEL MACHO ALFA.

GREGORY HEMINGWAY
En las verdes colinas de África Ernest Hemingway abatió al león melenudo y en la Corriente del Golfo pescó al tiburón. Ernest Hemingway se paseó por tres guerras como si lo hiciese por la salita de estar de la casa de su abuela y tenía pelo en el pecho. A su hijo pequeño Gregory le llamaba Gigi, lo que no es un buen comienzo para alguien que tenía el decreto de observar la masculinidad. Cuando tenía diez años Gigi le acertó a un pichón en vuelo con una escopeta más grande que él. Fue un tiro de primera. Con doce escribió un relato impecable. Su padre descubrió más tarde que lo había copiado al pie de la letra de un cuento de Turgenev y el tiro ya no le pareció tan bueno. Hemingway dijo que el chico había nacido para ser malo.  Gigi creció y se hizo anestesista, se casó cuatro veces, tuvo siete hijos y corrió maratones. Se atizó el hígado. No conservó ningún empleo. Le gustaba ponerse medias de seda y camisones de satén de color salmón. Después de su último divorcio se hizo una operación de cambio de sexo. Gregory dejó de ser Gigi y fue Gloria. Perdió los estribos. Gloria era mala. Le arrestaban frecuentemente por escándalo público. Una vez le partió la cara a un conductor de autobuses. En octubre de 2001 tenía 69 años y le detuvieron por pasearse en cueros por el bulevar de Crandon, en Cayo Vizcaíno, en Miami. Murió cinco días después, en el Centro de Detención para Mujeres de Miami-Dade, de un ataque al corazón.

MARTÍN OLMOS

(PUBLICADO EN EL CORREO EL 25 DE JUNIO DE 2011)

El auténtico Sherlock Holmes

In Con buena letra on 13 de diciembre de 2012 at 13:50

Las milagrosas deducciones del detective de Baker Street estaban inspiradas en el método del doctor Joseph Bell

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Hay una sola cosa que me preocupa. ¿Podría ser Sherlock Holmes mi viejo amigo Joe Bell?”
ROBERT LOUIS STEVENSON

Decía Borges, en cuartetos alejandrinos, que Sherlock Holmes estaba hecho de azar, sin la contribución de la progenie, como Don Quijote y Adán. Decía que pensar en él de tarde en tarde es una de las buenas costumbres que nos quedan. Otras son la muerte, la siesta, convalecer en un jardín o mirar la luna. Se equivocó, sin embargo, al afirmar que “lo soñó un irlandés, que no lo quiso nunca”, porque Arthur Conan Doyle era escocés de Edimburgo y le soñó apenas. Le soñó el celibato, el esforzado violín, la solución al siete por ciento de cocaína y el evangelista asombrado. No le soñó la gorra de cazador de doble visera, que fue aportación del dibujante Sidney Paget, ni la pipa “meerschaum”, de espuma de mar, que le otorgó el actor William Gillette porque pensó que le afilaba el perfil. Tampoco le soñó las deducciones prodigiosas sino que las tomó del método del doctor Joseph Bell, que se fundaba en la observación de las nimiedades. El doctor Bell era capaz de descubrir por un golpe de vista si un hombre era del mar o del sequedal, si era soldado, capellán de parroquia, tahúr de la fullería o zapatero remendón y sostenía que la importancia de lo infinitamente pequeño es incalculable y que los hombres, que son idénticos en sus rasgos generales, se distinguían por las pequeñas diferencias.

Elemental
El doctor Joseph Bell era el resultado de cinco generaciones de médicos ilustres (su tío abuelo sir Charles Bell identificó la parálisis facial periférica) y el tipo de británico victoriano que practicaba la diversidad de disciplinas: era un ornitólogo notable, leía a Byron, jugaba al cricket, era un hábil pugilista y tiraba esgrima de florete como Scaramouche. Además, estudiaba estrategia militar y analizaba los pormenores de los crímenes execrables en los semanarios amarillos como si fueran jeroglíficos intelectuales, componía versos y jugaba al tenis. Se licenció en medicina con apenas veinte años y trabajó con el doctor Joseph Lister, que desarrolló la asepsia en la práctica quirúrgica para evitar que los pacientes la diñasen por lo que pescaban en la camilla. Después empezó a dictar clases en la Enfermería Real de la Universidad de Edimburgo, donde perfeccionó su método de deducción basado en la observación de las particularidades: concluyó que los hombres, a los que Dios hace iguales (a parte de ciertas diferencias de cálculo en gramaje y estatura), van por su cuenta amanerando sus rasgos determinados por sus biografías. El doctor Bell era capaz de identificar a un zapatero remendón por el desgaste de su pantalón a la altura de la parte interior de la rodilla, que era donde apoyaba la piedra de batir el cuero,  o inferir que una vieja fumaba en pipa por una úlcera en el labio inferior. En una ocasión, un hombre entró en el dispensario y Bell le adivinó la marcialidad, el acento de las Tierras Altas y cierta disposición de su cadera a cargar una gaita, lo que unido a su escasa estatura (que le hacía tapón para la infantería) le inclinó a identificarle como un soldado de un regimiento de Escocia al que habían destinado a la banda. El paciente, sin embargo, dijo que era un zapatero que jamás había pisado un cuartel. Cuando se desnudó para el reconocimiento dejó al descubierto una “d” tatuada debajo de su pecho izquierdo, que era la marca que grababan a los desertores, y no le quedó más remedio que reconocer que había pertenecido a la banda de un regimiento de Highlanders durante la Guerra de Crimea. Las exhibiciones del doctor Bell parecían trucos de magia que él mismo se ocupaba de dramatizar apoyándose en su imponente delgadez, su perfil ascético y sus profundos ojos grises, pero cuando explicaba el proceso de análisis reconocía que los resultados eran “elementales”.

Por las clases de Bell pasaron Robert Louis Stevenson, sir James Barrie y Arthur Conan Doyle, que compartió con su profesor la afición al pugilismo y a las novelas de Walter Scott. Doyle se graduó en medicina en 1881 y puso consulta en Southsea, en EL DOCTOR JOSEPH BELLPortsmouth, donde los vientos recios del Canal de la Mancha hacían que sus habitantes estuviesen como robles y no pescasen ni un triste catarro. El joven doctor tuvo que empeñar su reloj para pagar el alquiler y mató las horas escribiendo novelas de misterio al estilo de Poe y Gaboriau. Sherlock Holmes nació de la salud de los paisanos de Southsea, que se iban al pub a soplarse pintas y a cantar baladas del mar en vez de dejarse caer por la consulta a que les pusiesen el termómetro, y Doyle usó de modelo a su antiguo profesor calcándole sus intuiciones asombrosas, su perfil de halcón y sus métodos de percepción. Cuando difundió su servidumbre, el buzón del pobre doctor Bell se llenó de cartas de lunáticos que le pedían que encontrase a su tía Edna, que se fugó con un marinero.

El doctor Joseph Bell murió en 1911, viudo, abstemio y cojo por un accidente de caza. En su funeral tocaron la gaita los Seaforth Highlanders y la tierra se estremeció. Fue distinguido por la reina Victoria por su actuación durante la epidemia de difteria, cultivó la amistad con Florence Nightingale y contribuyó decisivamente a la dignificación del oficio de enfermera, que durante sus años de juventud era la parada de una manada de borrachas que echaban a los pacientes de sus camillas para ocuparlas ellas en dormir la mona. Participó activamente en la investigación de los crímenes del Destripador y envió al cadalso al siniestro asesino francés Eugene Chantrelle, que cuando afrontó la horca se fumó un puro y, con gran presencia de ánimo, le dijo al verdugo: “Felicite a Joe Bell de mi parte, hizo un trabajo perfecto para enviarme al patíbulo”. Veinte años después murió Arthur Conan Doyle, que acabó odiando a Sherlock Holmes, poniendo los cuernos a su mujer y hablando con fantasmas. Llegó a refrendar la existencia de las hadas, le timaron los echadores de cartas de las ferias  y predicó el espiritismo, traicionando el método científico de su detective, lo que no se le puede reprochar teniendo en cuenta que sobrevivió a su hijo Kingsley, que murió a causa de una neumonía que contrajo en las trincheras de la Primera Guerra Mundial. Después de un acontecimiento tan antinatural, a uno le queda afrontar sus noches agarrándose a la botella, a la desesperación o a los espectros. Las tres cosas sirven, como sirve la fe en la resurrección del alma o un tiro en la cabeza.

MARTÍN OLMOS

Flores para mamá

In Con buena letra on 16 de septiembre de 2012 at 22:18

A James Ellroy le llaman el Perro Rabioso de la Literatura Norteamericana. A su madre, Jean Hilliker, la estrangularon en una noche de juerga torcida

“Mi madre creía que yo habría de convertirme en un tipo débil, perezoso y mentiroso como mi padre”
JAMES ELLROY

Cuando James Ellroy viene a Europa a promocionar un libro se deja los cuartos en ponerle conferencias transoceánicas  a su perro. Se desconoce si el perro descuelga por sus medios o alguien, presumiblemente bípedo, le pone el auricular en la oreja. James Ellroy le gruñe, grrrr, y le ladra, guau, guau, y sostiene una animada charla con el animal en términos que le entienda, en el lenguaje ancestral de los dogos. A veces se le olvida que está en el vestíbulo de un hotel decente y se rasca la oreja con el talón. James Ellroy alza el tamaño intimidante de un defensa de rugby, tiene el cráneo mondo y lirondo y se acomoda las partes sin rubor delante de las jefas de prensa. Sonríe poco, levanta ciento cincuenta kilos en la banca de pecho y habla con Dios. Una vez mató a un dóberman a golpes con un tubo de cañería. Un acontecimiento poco común, porque James Ellroy generalmente muerde.  Es el macho de la novela negra norteamericana, el jefe de los monos, el baranda del rollo y dice de sí mismo que tiene un gran talento, una gran diligencia y una meticulosidad sobrehumana. Ha dicho: “Yo soy el más grande escritor vivo de género negro”. Ahora va de puta redimida y no permite que se fume en su presencia, no empina el codo, no se coloca y no come carne. Hace yoga. Oooom. Bebe té. Tiene insomnio. A veces le va a visitar el perro de su ex. Hablan de sus cosas. Grrrr y guau. Vende libros como sombrillas en una tarde soleada y el cine le ama. No siempre la vida le trató tan bien. Ahora es excéntrico. Antes era raro. No es lo mismo.

Lee Erle Ellroy nació en Los Ángeles en 1948. Su madre era un poco golfa y su padre un menda que vivía de mogollón. El viejo Armand Ellroy hacía de recadero de las estrellas y le contó a su hijo que una vez le pegó un revolcón a Rita Hayworth. El viejo Armand Ellroy llamaba a su hijo James porque consideraba que Lee Erle era un nombre de chulo de putas negro. El pequeño James aprendió a leer con tres años y pensaba que su padre era un tío. El matrimonio Ellroy se fue al carajo en 1954 y James manejó mal su complejo de Edipo: tenía fantasías con mamá, quería estar con papá, mamá llevaba a casa a los marineros y papá le dejaba ver porno. Con nueve años se fumó un petardo de marihuana con dos chavales mejicanos y dio por hecho que iba a ser un adicto. Su madre no quería de su padre ni el apellido y volvió a usar su nombre de soltera, Jean Hilliker; los ligues le duraban una noche de farra gozosa, una salva de verbena, pim, pam, pum, fugaz como un trueno, y caducaban con el alba. Era bella, era pelirroja, era enfermera. James hacía vida de sociedad en el desayuno, conocía a los amiguitos de mami, que eran tíos de una pieza que no eran papi. Cuando James cumplió diez años su madre le regaló un cachorro de sabueso beagle y le preguntó con quién le gustaría vivir. James dijo que con su padre. Mamá le pegó un guantazo y James la llamó golfa y borracha. Mamá le volvió a pegar. James odiaba a su madre para demostrar que amaba a su padre. Un día le vio el melonar en la bañera. Le faltaba el pezón derecho. Se le infectó después de parir y se lo tuvieron que extirpar. El pezón izquierdo estaba tieso por el frío, como el cuerno de un unicornio.

En junio de 1958 a Jean Hilliker se le acabó la suerte. Conoció al tipo equivocado. Conoció al depredador. Unos chavales que jugaban al béisbol se la encontraron tiesa en el barrio de El Monte, que le decía el popular el Retrete de Los Ángeles. Llevaba un vestido azul de crayón generoso de escote subido por encima de las caderas y estaba tapada por un gabán. No llevaba zapatos, ni medias, ni bragas y el rocío le había cubierto la espalda. Tenía magulladuras en la cara, raspaduras en la parte interna del muslo y un cordón de persiana atado en el cuello. El forense determinó que tenía la menstruación, que había cenado fríjoles mejicanos, que había tenido relaciones sexuales y que murió por asfixia debido a un estrangulamiento con ligaduras. El asesinato de Jean Hilliker apenas mereció blasón en los periódicos porque coincidió con el de Johnnie Stompanato, un guaperas de la mafia que era amante de Lana Turner y murió acuchillado por su hijastra. Jean Hilliker murió de segunda. James tenía diez años, odiaba a su madre y derramó lágrimas de cocodrilo en el funeral. Vivió del cuento. Descubrió que impostando el dolor podía manejar a los adultos. La poli buscó a un cholo con rasgos de rubio y el asesino salió impune. James se fue a vivir con papá.

Whisky, bragas y Listerine
Recibió una extraña educación paterna basada en odiar a los maricas y en el sudor macho del nervio pudendo. El perro cagaba en la moqueta. Comían pizzas congeladas y andaban en calzoncillos. Compartían revistas de jamonas en cueros. James creció y se convirtió en el paria del instituto. Guardaba toneladas de pus dentro de sus granazos de acné. La orografía de su jeta era montañosa. Era grandón, escuchaba a Beethoven, leía revistas de casos criminales, quería restaurar la esclavitud en América y clamaba por la libertad de Rudolph Hess. Tenía diecisiete años cuando el viejo Armand murió. Estaba hecho cisco y hablaba solo. James ya no se creía el revolcón con Rita Hayworth. Estiró la pata echo una mierda, le cogió a su hijo de la mano y le dijo: “Tírate a todas las camareras que te sirvan”. Con imponderables de menos valor se han levantado imperios. James se quedó solo en la vida, subsistiendo de una póliza, se puso hasta arriba de Dexedrina y de Dexanoyl, de Seconal, de Nembutal y de whishy de cuatro perras mezclado con colutorio Listerine. Dormía en los parques, mangaba comida y se colaba en las casas de las chicas para robarles las bragas. Las olía y se masturbaba durante doce horas seguidas. Se obsesionó con el asesinato de la Dalia Negra, una meretriz de cuarta que quería ser actriz y a la que partieron por la mitad después de torturarla. Nunca encontraron al asesino. Las mujeres muertas le agarraron las pelotas. Le detuvieron en una excursión de braguitas y le dieron trullo con los malos de oficio. Un poli le dijo: eres grande, pero no eres duro. Durmió sentado. Soldó las posaderas al banco. Entró en pánico. Se asomó al abismo. Tuvo vértigo. Cuando salió se apuntó a Alcohólicos Anónimos y descubrió su narcisismo contando historias a los borrachos. Encontró trabajo de caddy en un campo de golf, acarreaba los palos para los puretas con pantalones de cuadros, se apartó de las timbas de dados, dejó la priva y le dio descanso a su nariz. Dejó las bragas en sus cajones. Tomó notas para un libro. Rezó a Dios y le dijo: convierte esto en una novela. Dios le complació. Hoy le falta un paso para ser un clásico.

MARTÍN OLMOS

Un fallo lo tiene cualquiera

In Con buena letra on 11 de julio de 2012 at 22:05

William Burroughs, el autor de “El almuerzo desnudo” y gurú de la Generación Beat, le voló la cabeza a su mujer para animar una fiesta

“Quizá lo que más me atrae de Burroughs es su falta de compasión, hacia sí mismo y hacia los demás”.
JOSÉ OVEJERO. Escritor.

El oficio de escribir está sobrevalorado y lo acaban abrazando las gentes del desarraigo después de ensayar sin éxito una vida de cierta utilidad. Se amanceban con las letras porque no dan la talla para la milicia ni tienen temple para robar y con algo tienen que llenar el plato. Josep Pla tenía dicho que un tipo que a partir de los cuarenta sigue leyendo novelas no anda muy bien de la cabeza, con que imagínense a un hombre hecho y derecho que se dedica a escribirlas. El escritor profesional se apresura a dejarse crecer la barba cuando nota que se le encanece, se pone bufanda en invierno y en verano (a la que llama foulard) y está genéticamente incapacitado para ahorrarse una opinión, pero en rigor no es más que un menda que se pasa las tardes inventándose cuentos. Generalmente prefiere la pipa al pitillo soez del obrero, que lo fuma cualquiera, y le agradan los largos paseos en soledad. El escritor, en general, no ha tenido una idea original desde Homero. Propende a la miopía. Y al adverbio. Si tiene suerte y termina por dominar cierta carpintería se pone insoportable porque se cree dueño de un estilo cuando estilo, lo que se dice estilo, el que lo tenía era Cary Grant. Tener habilidad para ligar un par de frases legibles no garantiza el equilibrio mental (a veces al contrario) y cada uno es hijo de su madre. Arthur Conan Doyle acabó creyendo en Campanilla y Salinger bebía pis, a Joyce le encantaba olerle los pedos a su parienta y Thoreau no se bañaba nunca. Norman Mailer le pegó una cuchillada a su segunda mujer con una navaja de siete centímetros que le perforó el pericardio y la dejó viva de milagro y William Burroughs se cargó a la suya haciendo el numerito de Guillermo Tell.

Marcianos y alucinaciones
Burroughs formó parte de la cuadrilla germinal de la Generación Beat, junto con Ginsberg, Neal Cassady y Jack Kerouac. La primera vez que se colocó fue con hidrato de cloral cuando estaba en el instituto y desde entonces no se apeó del lomo del dragón. Fue adicto a la cocaína, al cactus del peyote, a la heroína, al opio y a las anfetas, a la mandanga mejicana, a la priva, a la grifa de Tánger, al hash y a la planta de la ayahuasca, que la dicen los indios andinos la Soga del Muerto porque a través de ella hablan con sus difuntos. Tenía alucinaciones, creía en los marcianos y en la fuerza vital de la energía orgónica (que fue un camelo que se inventó el psicoanalista austrohúngaro Wilhelm Reich, esquizofrénico y charlatán que acabó sus días entre rejas) y durante un tiempo frecuentó la iglesia de la cienciología de Ron Hubbard. Se pasó un año entero sin cambiarse de calzoncillos, que se le pusieron fósiles y berrenchines y atenuaron su vida social, y solía disparar a las gallinas desde la ventanilla de su coche en marcha con un rifle del veintidós. A veces les daba. Y a veces no. A Burroughs le gustaba pasar por drogota de infantería y por yonqueras de callejón pero se ponía trajes de picapleitos y era rentista, con lo que jamás se tuvo que someter a la ordalía del madrugón y vivió de la mensualidad que le pasaba su familia ricachona con la que iba tirando para viajar por el mundo, pagar el alquiler y pasar por la droguería. En la alcoba le gustaban más los marineros que las enfermeras y exhibía sus querencias sin eufemismos y con alegre romanticismo: una vez se cortó la falange del dedo gordo del pie izquierdo para impresionar a un soldado, cuando lo normal es regalar gladiolos, y le metieron en un asilo para lunáticos del que salió en menos de una semana porque mostró un comportamiento ejemplar. Y sin embargo se casó con dos mujeres. A la primera la salvó de acabar sobre la pila del lavabo, sobre un platito, al lado del grifo, y a la segunda le voló la cabeza.

Que no decaiga la fiesta
El joven Burroughs aprovechó los posibles de su familia para vestirse de ancho mundo y adquirir una educación. Después de graduarse en literatura inglesa en Harvard se matriculó en la facultad de medicina de Viena, en donde se aplicó en el estudio de campo de las anatomías austriacas en las saunas homosexuales y en analizar empíricamente la morfina local. Allí conoció a Ilse Klapper, una chica judía que no cabía en la camisa cada vez que escuchaba música de Wagner. Burroughs se casó con ella sin amor pero desinteresadamente, con la intención de proporcionarle un visado de entrada en los Estados Unidos que la salvó de que los nazis la convirtieran en una pastilla de jabón de tocador. Más tarde conoció a Joan Vollmer, la musa loca de la Generación Beat, que entraba y salía de los psiquiátricos por su adicción a la bencedrina inhalada y a la dramaturgia doméstica. Burroughs y Vollmer se casaron en 1946, tuvieron un hijo al que dejaron suelto en el jardín y les detuvieron en una ocasión, una tarde soleada, por echar un polvo de intemperie en una cuneta de Texas con gran éxito de público, que pidió un bis. Se fueron a vivir a México, trapichearon droguería, él jugaba con pistolas y ella desayunaba tequila con galletas. Joan perdió el pelo y el temple, se puso tiritona y decía que no podía vivir sin Burroughs, que se entretenía persiguiendo a los mejicanitos. Le gustaban aquellos machotes bigotudos con sus ojazos negros.

En septiembre de 1951 dieron una fiesta para el vecindario que duró dos días y cuando se acabaron los ganchitos
Burroughs anunció que iba a ejecutar para el respetable el número de Guillermo Tell, que consistía en acertar de un tiro de revólver a un vaso de whisky colocado sobre la cabeza de su mujer. Joan temblaba de la curda que llevaba y Burroughs se apostó a una distancia de dos metros. Estaba hasta arriba de heroína. Llevaba pegando tiros desde los ocho años y dormía con una pistola debajo de la almohada, creía que era el Salvaje Bill Hickok. A ninguno de los bacantes le pareció que la función podía torcerse. Joan cerró los ojos y dijo que no quería ver la sangre, y se partió de risa, observaba la misma estabilidad que una hoja de álamo al lado de un ventilador. Burroughs manejó su tembleque. Era un mono con una motosierra. Apuntó cuidadosamente y disparó y el tiro se le desvió un palmo hacia el sur y le voló la cabeza a su mujer, que murió en el acto. En todas las fiestas se rompen cosas. Los invitados no se quedaron a vaciar los ceniceros. Nunca se quedan, por eso es mejor celebrar los cumpleaños en la casa del vecino. En depende qué circunstancias, un palmo arriba o uno abajo es determinante, pasa también en el tenis, donde hay que andar con mil ojos. La policía mejicana le detuvo y le encerró en el Palacio Negro de Lecumberri, en donde estaba preso Ramón Mercader, el asesino de Trotsky, pero su familia repartió ungüento a los funcionarios y salió en libertad condicional en una docena de días, cruzó la frontera y le cogió prevención al sur del Río Grande. Ocho años después escribió “El almuerzo desnudo” y dejó las editoriales residuales. Se inventó el punk y se hizo fotos con pistolas, convirtió su cuerpo en un herbolario y salió en la portada del disco del Club de los Corazones Solitarios del Sargento Pepper de los Beatles, al lado de Marilyn. Adoptó una serpiente, escribió otras quince novelas, le trasplantaron un hígado nuevo para maltratar y salió en un anuncio de zapatillas Nike, pero teniendo en cuenta que murió con 83 años de almuerzos en farmacias, mejor hubiese hecho propaganda de las ventajas de la automedicación. Píldoras de la risa, el desayuno de los campeones, se lo dice Bill Burroughs, que sigue de una pieza. Estaba en la onda. Había dicho: “Un paranoico es alguien que sabe de qué va el rollo”.

MARTÍN OLMOS

El detective tísico

In Con buena letra on 26 de junio de 2012 at 22:08

“Dashiell Hammett devolvió el asesinato al tipo de personas que lo cometen por algún motivo, y no por el solo hecho de proporcionar un cadáver a la trama”. 

RAYMOND CHANDLER. Escritor.

El escritor Dashiell Hammett fue detective de la agencia Pinkerton en los años veinte. Recibió una pedrada, disparó un tiro y se negó a matar a un hombre.

Los detectives de las novelas de Dashiell Hammett suelen cruzarse por el ojo izquierdo de la pasma y sus clientes nunca les cuentan la verdad. Tienen la mandíbula de granito, la réplica del puñal y no han visto a un hombre honrado ni representado en la vidriera de una catedral, con lo que han deducido la despoblación del Paraíso. A parte de esa, se manejan con muy pocas certidumbres y van tirando como pueden. Sus carteras han conocido tiempos mejores (y las de quién no) y se mezclan con gente a la que no le dejan entrar en el Club de Campo y con chavalas que dibujan anillos con el humo de sus pitillos y quieren un visón. Los detectives de Hammett saben que esas chicas no tienen percha para el visón porque debajo del tinte de platino hay pueblerinas sin suerte que se juntan con el que no deben; lo saben porque ellos mismos son gañanes de cuarta que están muy lejos del maizal donde crecieron, ganapanes con trajes de cuatro perras haciéndose los listos en una cuidad que es más lista que ellos. Hammett conocía bien el paño porque había sido uno de ellos y le había tocado bailar la música que tocaba otro en los pueblos mineros de Montana, en Baltimore y en la Costa Bárbara de San Francisco. Solo que a Hammett aquella vida le gustó y cuando se hizo rico escribiéndola no le puso música de circunstancias. Le agradó la compañía de los tipos duros y de las chicas de dos caras y el ambiente de los tugurios en los que se escanciaban pistrajes de garrafón y se murmuraban soplos del hipódromo dignos de tanto crédito como una promesa de Pinocho.

Rufianes y esquiroles
Dashiell Hammett nació en 1894 en una granja de Maryland que se llamaba “Esperanza y Buenos Propósitos” pero su familia dejó el campo buscando las oportunidades de la ciudad y se instaló en Baltimore. Hammett dejó los estudios con catorce años y se puso a trabajar de recadista para el ferrocarril, en donde sentó prestigio de no llegar jamás a su hora. La observación de la puntualidad era la clase de obligación que le costaba cumplir debido a su costumbre de acostarse borracho la noche anterior y cuando su jefe le dijo que no le despediría si prometía no volver a llegar al tajo casi a la hora del cierre, el joven Hammett le contestó que, para ser honesto, no podía comprometerse a satisfacer aquel extremo con razonable solvencia. El jefe vio que tenía delante a un zángano con principios, de los que no hacían una promesa a la ligera, y no le puso de patitas en la calle. Hammett frecuentó los hangares de la estación donde industriaban las pendangas y a los veinte pescó gonorrea y deudas de dados, dejó el empleo y entró en la Agencia de Detectives Pinkerton, cuya imagen corporativa era un ojo bien abierto y su lema “Nunca descansamos”. Alan Pinkerton fue un tonelero escocés que un buen día descubrió una conjura para matar a Lincoln y que murió por morderse la lengua, sin que esta circunstancia sea metáfora de su discreción. En realidad tenía la boca hecha un asco y a su mujer le besaba en la frente, un día se cayó, se mordió la lengua y la herida se le infectó, derivó en gangrena y le llevó a la tumba. En los tiempos de Hammett, la agencia estaba formada por la peor caterva de matones que eran capaces de sostener una estaca para reventar una huelga y su especialidad era comandar a los esquiroles para que la gran América siguiese funcionando. En América llaman Ratas a los esquiroles, en Francia Zorros y en Argentina Carneros, en todos los sitios les ponen nombres de bichos a los que quieren trabajar. Esquirol en catalán es ardilla, y el término empezó a aplicarse en 1852 cuando los vecinos de Santa María de Corcó, que se reunían en la Posada de la Ardilla, decidieron sustituir a los trabajadores de las fábricas textiles de Manlleu, que estaban en la huelga. Poco antes de llegar Hammett a la agencia, el multimillonario Henry C. Frick, que coleccionaba cuadros de Vermeer, quiso despedir a todos los obreros de sus fábricas de coque para después recontratarlos por un salario menor. La gestión de bajas voluntarias la llevó a cabo una compañía de Pinkertons a tiros de escopeta y dejaron docenas de trabajadores muertos. Prejubilaciones por imperativo de plomo.

Los buenos tiempos
Hammett fue detective hasta 1922, hasta que la tisis le dejó en 60 kilos repartidos en un metro ochenta y cinco de alzada y le empezaron a pesar los zapatos. Durante sus años de ejercicio cobraba 21 dólares a la semana y viajaba en vagones de tercera. Reincidió en la gonorrea y no veía a tres en un burro si se quitaba las gafas. En una ocasión le atizaron un ladrillazo durante una huelga y en otra se le cayó el porche de un motel encima y le abrió la cabeza. Solía llevar una porra de mano que se la alquilaba por diez dólares a su amigo Whitey Kaiser, un atracador de callejón al que había conocido en un sanatorio para tuberculosos. En Spokane, en una fábrica de pólvora, disparó contra un chorizo y le dejó cojitranco, pero se le escapó, y en Montana le ofrecieron 5.000 machacantes por apiolar a Frank Little, un agitador sindical de una mina de Butte. Hammett, que no había sido capaz de prometer puntualidad con los dedos cruzados a su antiguo patrón del ferrocarril, dijo que no, pero sus compañeros de la agencia, que gastaban menos remilgo, colgaron a Little en un baldío, le castraron y le prendieron con alfileres en los calzoncillos una advertencia a los huelguistas, a los que les entraron unas ganas locas de volver al tajo. Descubrió que los desfalcadores no fumaban ni bebían y le perdió la pista a un tipo porque un poli paleto del sur le proporcionó una descripción en la que le detallaba hasta un lunar en la nuca pero olvidó mencionar que era manco del brazo derecho. Por tres veces le confundieron con un abstemio, y por tres veces demostró sin problemas que se equivocaban, leía a Aristóteles y estaba convencido que los griegos eran los maleantes más difíciles de condenar. Una vez conoció a un tipo que robó una noria.

Hammett siempre consideró aquellos tiempos sus buenos tiempos, incluso por encima de los que vinieron después en los que cambió las ponzoñas de alambique por whisky escocés del bueno en las juergas de Hollywood, cuando se hizo rico escribiendo historias de detectives para las revistas. Cuando sacó al crimen del jardín del vicario y lo devolvió al callejón, su selva natural, en donde se movía como un cerdo en un fangal. Melville fue ballenero, Jack London argonauta y a él le tocó ser sabueso, y no le avergonzó reconocerlo ni le puso excusas de proletario, le tocó pegarle un tiro a un mangante y despedir a una empleada del hogar. Intentó mantenerse dentro de sus parámetros de decencia y terminó arruinado por el fisco, por los falsos padres de la patria, por la tuberculosis y por sus principios que le impidieron prometer puntualidad a su jefe del ferrocarril sabiendo que no tenía la menor intención de levantarse temprano. Hace cincuenta años que murió.

MARTÍN OLMOS

PUBLICADO EN HOY.ES (18 DE SEPTIEMBRE DE 2011)

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