MARTÍN OLMOS MEDINA

Archive for the ‘Destripadores y sacamantecas’ Category

El día en que los tíos empezaron a dormir con un ojo abierto

In Destripadores y sacamantecas, Los raros on 7 de febrero de 2015 at 12:06

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS
Cuando Lorena le cortó a Johnny el rabito o el circo americano

“Y las esposas dóciles palpan el filo del trinchante”
RAYMOND CHANDLER

Los tíos casados que vieron las noticias el 24 de junio de 1993 decidieron dormir con un ojo abierto. Se fueron a mear cuidando de no pillársela con la cremallera. Repasaron sus pecados y pensaron que no era la hora de tirar piedras. Los tíos solterones no lamentaron su lecho para uno. Se la machacaron felizmente y sin riesgo. Eclosionaron los símbolos. Se desarrolló en el macho el dolor por empatía y los tíos se la tocaron y musitaron: uy. Una peluquerita de metro y medio fue la nueva Simone de Beauvoir. Le taló la pija al vaquero y la tiró a un jardín que no prendió. La peluquerita era una medio chola cuencana de la provincia del Guayas del Ecuador y sabía poquito inglés. El tío al que iba prendido la picha era un protestante no mal parecido si te gustan los idiotas. La picha aquella se puso simbólica y fue antiimperialista y fue feminista. No fue, por un pelo, la merienda de un perro. La picha aquella fue la hostia. Fue una proeza médica. Fue una industria de la que vivir una temporada. Fue una manera de hablar. Fue una polla insolvente y totémica. En la Edad Media se creía que el semen y el pis que regaban los ahorcados alimentaba a la planta de la mandrágora, cuya raíz tenía la forma de un niño. La pichita cortada del protestante que más bien era idiota prendió en alegorías que cada cual interpretó según su estado de ánimo. Fue una polla de partidarios. Fue una polla sandinista para la América ingenua que dijo Rubén Darío que tenía sangre indígena, que aún rezaba a Jesucristo y aún hablaba en español. Fue la polla del talión para la feroz mensajera de las valquirias Camille Paglia, una tía que daba miedo. Fue al final una polla para hacer chistes malos en el cabaret. Fue la polla aquella polla. Dio bien de sí, como la de Jorge.

John Wayne Bobbit tenía los ojos verdes y era un imbécil de campeonato. Era moreno y galán y cuadraba su mandíbula entre dos ángulos rectos sin rumores de curvas. No servía para gran cosa. Sirvió para la milicia. Se alistó en los marines fieros. Cantó en la fila: “Aquí mi fusil, aquí mi pistola. La una pega tiros y la otra me consuela”. Era un guaperas de boliche con billar y birra floja. Era el resultado de mezclar la Biblia con las películas de Troy Donahue y la doctrina Monroe. Balbuceaba parlamentos elementales que no merecieron posteridad y contaba chistes de otros. Estaba en condiciones de ligarse a chicas sin expectativas.

Lorena Gallo era una pequeñaja de metro y medio, tenía expectativas pero no entendía bien el inglés. Era una chola católica del Ecuador en el estado baptista de Virginia. Les hacía los pies a las señoras en una pelu. No quería ser Emmeline Pankhurst. Quería un novio gringo y electrodomésticos. Quería comer pavo el Día de acción de Gracias y quería ser Pocahontas. Rezaba a la Virgen del Quinche. Se la ligó John Wayne Bobbit con su mandíbula de cartabón y sus chistes prestados. A Lorena le pareció guapo el chulo de ojos verdes como el verde limón. Le gustaron sus músculos acerados en la infantería y su pinta de macho ancestral y de grandullón con pocas luces. Pensó, quizás, que era la clase de tío que se quita el sombrero cuando entra en cerrado. Se casaron el 18 de junio de 1989 y los colegas de Bobbit les tiraron arroz.

Cortar por lo sano
La vida matrimonial se convirtió en zurras y en polvos de caballería. John Wayne Bobbit practicó la doctrina Monroe en el dormitorio y cuando se entrompaba sacaba un falo violento como un puñal. Lorena Gallo se preñó y su marido la obligó a abortar. La Virgen del Quinche lloró lágrimas amargas de madre seca. Lorena Gallo se confesó y Bobbit le dio una paliza y entró en su claustro al galope sin llamar a la puerta. John Wayne Bobbit se las enganchaba y ligaba con las camareras. Volvía a casa de balde y tomaba el premio de consolación para no irse a dormir con las pelotas llenas. Era un paleto animal. El papanatas le dio la última mano de leña a su mujer la noche del 23 de junio de 1993 y usó unilateralmente de su matrimonio a través de un polvo borrachuzo y trotón y después durmió la curda. Se le desmayó el chisme aturdido y en tregua no pareció ni violento ni puñal. Lorena se levantó, fue a la cocina, cogió un cuchillo, le apañó la polla y se la cortó. Luego salió a la noche y condujo sin concierto guiando el volante con una sola mano porque en la otra aún llevaba el saldo. Cuando se dio cuenta, lo tiró a un jardín baldío a través de la ventanilla. Después llamó a la pasma y les dijo que se la había cortado a su marido. A John Wayne Bobbit le llevó un colega al hospital y el médico dijo: atiza. Le hicieron un torniquete y los pasmas buscaron el saldo en un jardín en el que no había perros. Lo encontraron de chamba y lo guardaron en hielo que pidieron en un 7 Eleven. Los pasmas aquella noche les dijeron piropos a sus esposas. Tal vez las besaron en la frente. Buenas noches, cariño, hoy he tenido un día raro, pero fregaré los platos. Lorena Gallo tumbó de un tajo que duró un segundo el mito que le costó a Freud una vida levantar. Los doctores James T. Sehn y David E. Berman, del hospital de Manassas,  echaron sus buenas nueve horas en coserle el saldo a John Wayne Bobbit y el palurdo salió del quirófano  con un calibre corto como de santo del Greco y un cañón de un cuarto de millón de pavos con el sistema sanitario. El asunto Bobbit empezó de infierno doméstico, viró a la carnicería y acabó en disparate. Una semana después los dos tenían representante artístico.

Lorena se libró del trullo por trastorno psíquico transitorio y el juicio lo echaron por la tele con anuncios. Pasó cuarenta días en un sanatorio. En Ecuador salieron los cholos a la plaza a celebrarlo. El cuchillo de Lorena fue allá en el sur la espada de Bolívar y la pija demediada la estatua tumbada del tirano. El presidente de Ecuador Abdalá Bucaram la invitó a cenar al palacio de Carondelet. A Lorena, no a la pija. No trascendió el menú, pero mejor si fue consomé y platos de cuchara. La feminista Camille Paglia dijo: “Lorena Bobbit ha consumado el acto definitivo del feminismo moderno”. Camille Paglia es de esa clase de tías conciliadoras que van de buen rollo. Los casados empezaron a dormir con un ojo abierto. Los solterones durmieron de lujo en sus lechos monoplaza. Lorena Bobbit se tiñó de rubia del gringo y perfeccionó su inglés. John Wayne Bobbit fue a fiestas en la mansión de Playboy con su cara de idiota sin remedio. Hizo tres pelis porno de éxito notable. La última se tituló “Frankenpene”, haciendo la gracia con la criatura hecha de los despojos del cementerio. El tío que no servía para nada se lo pasó en grande haciendo la versión paleta del Imperio de los Sentidos. Durante el juicio demostró su talento y entendía las preguntas al revés. Su abogado dijo: “Mi cliente no es el tipo más listo del mundo”. Cuando se le acabó el porno quiso ser luchador de catch en Las Vegas, como Hulk Hogan. Era una monda de tío. Lorena Gallo se volvió a casar y montó una asociación para aconsejar a las mujeres maltratadas. Dijo que John Wayne Bobbit le mandaba rosas el día de San Valentín. Dijo que su segundo marido dormía de un tirón. Qué quieren que les diga. En el país se consolidó la expresión “hacer un Bobbit” como sinónimo de castración. El asunto Bobbit empezó de infierno doméstico, viró a la carnicería y acabó en etimología. John Wayne Bobbit trabajó un tiempo de reverendo de pega casando a los turistas de Las Vegas vestidos de Elvis Presley. Ambos, a su manera, arrimaron unos gramos de bosta al ventilador. Recogieron la siembra una temporada. John Wayne Bobbit, el tío que no era el más listo del mundo, acabó en la ruina y le detuvieron por mangar ropa en una tienda y por zurrar a su novia Kristina Elliot, artista del cine guarro. Le pidió a la corte de Manassas el cuchillo capador para venderlo en el internet. Su agente Jack Gordon dijo que era un pedazo de la historia del país. John Wayne Bobbit probó la suerte del samaritano y dijo que iba a donar la mitad de lo que apañase a los niños pobres.  La corte de Manassas le mandó a tomar por saco.

MARTÍN OLMOS

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El destripador de Vitoria

In Destripadores y sacamantecas, El cañí on 2 de agosto de 2014 at 0:15

El Zurrumbón era macho difícil de colmar y se apañaba en las veredas

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“La maldad física se pretende asociar a la maldad moral”
JULIO CARO BAROJA

Los niños exhiben con su inconsciente atrevimiento una sinceridad descarnada que  sus papás  celebran con regocijo y al prójimo que la sufre le sienta como una coz en el vientre y se ríen de los cojos y de los calvos, de los más feos que Picio y de las señoras gordas. A los niños hay que podarles las ocurrencias desde meones y no aplaudirles el chiste para que comprendan que la franqueza sin tamiz no es una virtud cristiana, por mucho que lo parezca, y que la educación y las mentiras, piadosas o no, se inventaron para algo. La hija de un labriego de Alegría, a trece kilómetros de Vitoria, decía al paisanaje que su padre había contratado de gañán para la tarea de la huerta al tío más feo del mundo. El hombre se llamaba Juan Díaz de Garayo y Ruiz de Argandoña, había nacido en 1821 cerca del dolmen de las brujas de Eguílaz y era horrible hasta para el circo de la mujer barbuda, alto como un campanario, bracilargo, ojijunto y con la cabeza tan difícil que había que hacerle la boina con ángulos rectos y aún así no le calzaba porque tenía hundido el occipital y un bulto en el parietal derecho. De remate era analfabeto, mordía con la irregularidad de los que han ido perdiendo el nácar  y olía mal. El alguacil del Ayuntamiento de Vitoria Pío Fernández de Pinedo andaba buscando a un feo del que sospechaba que había apuñalado a María Dolores Cortázar en las carboneras de Ordumbre, a treinta kilómetros de la ciudad por el camino de Amurrio. La muchacha lucía el relieve espontáneo, la promesa del tacto del melocotón y el rubor a punto y el feo se la encontró en la vereda, la puso en charlas de viajero, que suelen estar plagadas de mentiras, y la JUAN DÍAZ DE GARAYOconvidó a almorzar en la venta de El Grillo, donde ofrecían intermedio de judías a los caminantes. Al postre el feo se puso cortejón y como andaba escaso de gracias le ofreció un real de plata por yacerla en un atajo de la senda y que rindiesen ambos el viaje con el relajo cumplido pero la muchacha fingió un novio quinto que la esperaba y se acordó que llevaba prisa. La asimetría del par proporcionó a la parroquia del Grillo hablilla para el naipe, la moza bella y  en recelo y el hombre alimañado, hecho, de prisa y corriendo, por un dios que se levantó con un mal día. El feo alcanzó a la chica más tarde en el camino y como no la pudo tener por la moneda la tomó por el puñal, la acuchilló quince veces y la cubrió mientras agonizaba, como un animal de la selva, sobre un lecho de acebos y ortigas. Pero el feo no tenía colmo y a la mañana siguiente, el 8 de septiembre de 1879, el cuero le volvió a pedir desahogo y se echó a la carretera para satisfacerlo con el jamonero presillado al cinto, aún pringón de sangre sin secar. Manuela Audícana volvía de Vitoria, de poner puesto en la feria, camino de Nafarrete, tenía cincuenta años y llevaba en la cesta pan francés y atún en escabeche y envueltos en un paño de queso los duros de la ganancia. El feo la cruzó a la altura de Gamarra y le propuso lujuriar debajo de un árbol y como recibió el desaire la dejó inconsciente sofocándole con el delantal, la violó y la mató de cuatro cuchilladas. Después la abrió en canal con su machete montañero, le sacó las entrañas y un riñón y se comió el pan francés. El periódico “El Pensamiento Alavés” empezó a llamar al asesino el “Sacamantecas”, aunque técnicamente no lo era,  porque más bien se trataba de un violador de camino con final de cuchillo, como mucho un destripador, pero no un mercader de untos como lo fue Francisco Leona o los hermanos Carricedo, que vendían la grasa de sus víctimas como remedio para la tuberculosis o, se decía, para lubricar los cojinetes del ferrocarril. En las piedras de lavar las viejas hicieron lo suyo y sacaron cuento de que el criminal era el mismo diablo Belcebú con sus patas de chivo y el rabo.

El alguacil Pío Fernández  de Pinedo no se demoró en buscar a un demonio sino en abrir pesquisas en la venta del Grillo, de donde sacó en limpio que la joven María Dolores Cortázar había parado con un hombre alto, de boina azul y con pinta de estar más cerca de un cavernario a medio erguir que de un ser humano en condiciones de razonar. Los feos abundan, aunque descartase a los chaparros, pero oyó de uno que se llevaba el premio y que le hacía la labor a un aldeano de Alegría cuya hija pequeña le hacía el chiste de que parecía el Sacamantecas. El alguacil le identificó como Juan Díaz de Garayo, que le decían el “Zurrumbón”,  agrario de Eguílaz con casa en Vitoria, tres veces viudo y con mancha en la ley porque había estado tres meses en la cadena por agredir a la dueña de un molino. El Zurrumbón tenía un historial de  grescas con fulanas a las que solía escatimar el salario y hacía poco que había tenido que callar con veinte pesetas a una mendiga vieja a la que desordenó las enaguas. Fernández de Pinedo le echó el guante en Vitoria, cuando iba a su casa para recoger un hato de ropa, y Garayo aflojó en el repaso y dijo que el Diablo se le aparecía a los pies de su cama y por eso se echaba al camino a matar. Una vez comido y bebido, Juan Díaz de Garayo solo vivía para satisfacer sus necesidades de macho, para las que siempre tenía ganas y vigor para cumplirlas. Con su primera mujer todo fue bien porque le concedía alivio diario pero cuando murió, es de suponer que de agotamiento, no encontró pareja adecuada y el resto de sus esposas le salieron zánganas, con lo que tuvo que buscarse los jolgorios fuera de casa. Desde 1870, con cincuenta años cumplidos, empezó a acechar las veredas y asesinó a tres prostitutas –la Riojana, la Morena y la Valdegoviesa-, a una chiquilla que repartía por los portales las cantinillas de leche, a la muchacha del Grillo y a la ferianta de Nafarrete, a la que también robó media libra de atún escabechado y un panecillo francés. De Alicante llegó el doctor José María Esquerdo, seguidor de la doctrina alienista de Philippe Pinel, para medirle las protuberancias de la cocorota y la extremada longitud de sus brazos pero un equipo de once médicos vitorianos concluyeron que Garayo era imbécil, pero no tanto como para tener la conciencia inhibida y que los asesinatos posteriores a las violaciones respondían al deseo de no dejar las lenguas desatadas. El diablo al pie de su cama no tuvo nada que ver. A Garayo le dieron garrote en el Polvorín Viejo de Vitoria el 11 de mayo de 1881. Pío Baroja se equivocó y escribió que ofició el verdugo Gregorio Mayoral, pero el trance lo ejecutó el maestro Lorenzo Huertas, que cobró 700 pesetas.

MARTÍN OLMOS

La sonrisa de la Dalia Negra

In Destripadores y sacamantecas, Esto es Hollywood on 29 de marzo de 2014 at 12:50

 ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Elizabeth Short pidió bailar y tenía que acabar pagándole a la orquesta. Nada es gratis en esta vida”.
JAMES ELLROY.

No había ninguna necesidad de asesinar a Elizabeth Short porque ya le habían matado sus sueños. En Hollywood, una chica sin sueños es como un hombre que ha perdido la esperanza y solo le queda regresar a la granja y envejecer en delantal o el arroyo que discurre paralelo a Sunset Boulevard, que aunque no se ve, porque lo tapan las palmeras, es negro como el alma de un pecador. En Hollywood se fabrican ilusiones que se pagan a plazos, como en Detroit fabrican coches, en Hollywood las pirámides son de cartón y solo son bonitas por la parte que se ven y por detrás son de quincalla, los besos son de mentira, las caras de cemento y los corazones de pedernal. Elizabeth Short quería ser actriz, como las demás, besar a Robert Mitchum y ser la novia de América. En su pueblo de Hyde Park, en Massachussetts, era el bombón local, pero allí un golfo que mangase tapacubos obtenía el cartel de enemigo público, y en Hollywood Elizabeth Short era del montón. Cuando no le quedaron sueños a los que recurrir eligió el arroyo negro, los asuntos de una noche con mendas que no eran de fiar, el bebercio  y el carmín desdibujado, y disfrazar las cartas a mamá, impostando una caligrafía firme, he conseguido un papel en una de Victor Mature, tengo una frase corta, las chicas no me reconocerán con una túnica y en el pelo una tiara de plata, ¿sabes lo que es una tiara, mamá?,  estoy deseando que la veas, con Victor Mature, es de romanos. O de griegos. Besos, mamá. Y que las lágrimas, si le quedaba alguna por derramar, no corriesen la tinta. Un curda ayer le dejó en el muslamen un cardenal, se pensó que todo era orégano, apestaba a tragos de garrafón, a unos cuantos, y se puso tocón en el drive-inn, cuando le sirvió el café. Y no dejó propina. No había ninguna necesidad de asesinar a Elizabeth Short, no de aquella manera, porque ya tenía los sueños muertos y enterrados.

Betty Bersinger no fue la única persona que la vio tirada en el baldío de Leimert Park, un solar en demolición al sur de Los Ángeles, la mañana del 15 de agosto de 1947, pero fue la primera que no la tomó por un maniquí roto. Elizabeth Short había llegado al final del camino, que no fue largo. Ya no era hermosa, ni para Hollywood ni para Hyde Park, Massachussetts. La habían cortado en dos a la altura del ombligo y habían dejado las dos secciones colocadas teatralmente a medio metro la una de la otra, parecía la faena truncada de un mago malo que se había cargado a su ayudante. Tenía marcas de ligaduras en las muñecas y los tobillos y los pechos quemados con cigarrillos, el derecho casi totalmente amputado del tórax. Le habían ELIZABETH SHORT, LA DALIA NEGRAextraído el mesenterio, el útero, los ovarios y el recto y desde el ombligo hasta la sínfisis pubiana se observaba una incisión longitudinal. Tenía las rodillas quebradas a estacazos, la nariz rota y una “B” grabada a cuchillo en la frente. No había ni una gota de sangre y el cuerpo desnudo, convertido en un guiñapo roto, estaba limpio como si estuviera preparado para que lo exhibiesen en un velatorio al aire libre, esperando la radiante mañana de California, donde siempre brilla el sol. Y como en Hollywood las sonrisas marcan el paso y, aparte de Buster Keaton, los tristes no caben, Elizabeth Short sonreía a su muerte porque no le quedaba más remedio: le habían cortado ambas comisuras de la boca atravesándole los músculos maseteros, extendiéndose por las articulaciones de la  mandíbula hasta llegar a los lóbulos de las orejas, le habían dejado riendo, como si encontrase divertido el martirio, como si su vida hubiese tenido gracia. Una gracia de morirse.

El Departamento de Policía de Los Ángeles (LAPD) la identificó como Elizabeth Ann Short, de 24 años, 48 kilos y 1´65 metros de altura, blanca blanquísima, guapa al estilo del medio oeste, pelo negro y ojos azules como el cielo de Rodeo Drive. Hasta aparecer en dos partes llevó una biografía previsible, sueños de cine, el pueblo se le quedó pequeño, la ciudad le venía grande, se hacía la viva pero se chupaba el dedo, se casó con un soldado y el soldado se estrelló en Filipinas, frecuentaba los cuarteles, se tatuó una rosa en el muslo izquierdo, se vestía de negro, el cine era en colorines y el mundo era gris, mezclaba el whisky con la benzedrina, una vez la trincaron por soplar sin tener la edad y otra vez un militar le dio una paliza en Camp Cooke, le infló un ojo azul y le dejó partida la boquita de carmín rojo. A Elizabeth Short le gustaban los soldados y aprendió que en Hollywood los contratos se firman en postura de derribo, que todo lo que brilla no es oro y que en una ciudad donde hay muchas gacelas abundan los tigres. No aprendió el camino de vuelta a casa, ni a quitar el hambre, y no aprendió a mantenerse de una pieza. Últimamente había derivado hacia la prostitución de subsistencia y se dejaba pegar un recorrido por una cena y una entrada en el Trocadero, no tenía domicilio fijo y se metió en un atolladero. Dicen los trileros que las ratoneras funcionan porque a los ratones les gusta el queso. Igual a Elizabeth Short le quedaba un jirón de sueño y pensó que aún existía el polvo de estrellas. Igual era una gacela coja y negra en un campo de tigres feroces. Igual le gustaba el queso, aunque oliese mal.

La metieron en hielo en un cajón de la morgue y se quedó sonriendo su rictus de cuchillo para la eternidad, como un bufón dormido. El forense determinó que no estaba embarazada y que cuando murió no estaba ni drogada ni bebida, que había sido violada post-mortem y que le habían mutilado en vida. Calculó que la habían torturado durante 72 horas y que cada minuto se le hizo eterno. El forense rezó por todas las chicas del mundo. Después la habían desangrado como a una res, la habían lavado y la habían dejado en Leimert Park en dos trozos, como un serial de dos capítulos, unas seis horas después de matarla. Doscientos policías interrogaron a los chulos y a los tarados, a los novios, a los soldados y a los que una vez le convidaron una copa, en el cine ponían “La Dalia Azul”, con Verónica Lake y Alan Ladd. Una revista se inventó lo de la Dalia Negra y el nombre cuajó, la mitad de los chalados de Hollywood llamaron confesando el crimen, que hablen de uno, aunque sea mal. Es difícil encontrar a un loco en la ciudad de los chiflados y el asesino nunca apareció. Victor Hugo escribió en 1869 “El hombre que ríe”, la historia de Gwynplaine, un niño al que le desfiguraban la cara para que siempre sonriese, aunque tuviera ganas de llorar. Elizabeth Short, que Dios la bendiga, se llevó a la tumba sus secretos y su sufrimiento, y sus sueños naufragados, y su sonrisa de Gwynplaine, la sonrisa que se pone a la fuerza cuando te cuentan un chiste malo.

MARTÍN OLMOS

La triste historia de la ramera Polly Nichols

In Destripadores y sacamantecas on 25 de septiembre de 2013 at 13:18

La prostituta Mary Ann Nichols inauguró el cuchillo terrible de Jack el Destripador

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“La esperanza no estaba al alcance de una perdida como Mary Ann Nichols”
PATRICIA CORNWELL

Mary Ann Nichols fue puta de chaflán y aliviaba de pie, apoyada en una persiana, levantándose la cubierta a dos chelines la salva marinera sin besos ni champán. Mary Ann Nichols, que le decían Polly, era mostrenca de talle y nalguda, de poco más de metro y medio y pelo de castaño ratón y matices de cano. Tenía cuarenta y tres años pero se quitaba dos por presumir, ajaba diez por arriba y llevaba ocho en la tapia, alquilando el género por una gorda. Mary Ann Nichols tenía una sonrisa con ventanales de cinco dientes que le faltaban de una somanta que le dieron por hacerle a un cliente la chamba del cepo, que era un truco que gastaban las furcias con vía que consistía en trabarle al caballero el negocio entre los muslos y ahorrarse una vuelta. Si el caballero oficiaba cogorza no se enteraba y se iba a casa pensando que se había lucido, pero si se daba cuenta la metía una zurra que la baldaba. Mary Ann Nichols se ponía en renta por dormir en seco y por beber gin y había conocido tiempos mejores. Nació el 26 de agosto de 1845 en la calle Dean del Soho de Londres, su padre se llamaba Edward Walker y era cerrajero y su madre trabajaba la casa. A los diecinueve años se casó con William Nichols, maquinista de una imprenta, puso casa en la ronda del Old Kent y trajo al mundo cinco hijos, tres varones y dos hembras. En 1881 el matrimonio se fue al garete porque ella se entrompaba en vez de arreglar a la camada y de él se murmuró que se enredó con la portera de una fonda.  Durante un tiempo William Nichols le pasó una pensión de cinco chelines semanales que ella completó bordando en un taller de costura, pero dejó de mantenerla cuando se enteró de que se ponía debajo de las farolas. A partir de 1882 Polly Nichols se entregó a la ginebra y frecuentó los bebederos de rufianas, estuvo un tiempo con un herrero llamado Drew compartiendo un cuarto en el distrito de Walworth, perdió la custodia de sus hijos por vivir de barragana y acabó alquilándose en Whitechapel por un jergón y un trago. En 1886 murió uno de sus hijos abrasado cuando se le explotó una lámpara de parafina. Polly Nichols acabó durmiendo en los bancos del que llamaban el Parque de la Sarna y en los asilos para pobres de Spitalfields, una extensión de unos cuatrocientos metros cuadrados entre Brick Lane y Commercial Street de la que el reformador Henry Mayhew, editor de la revista Punch, dijo que era “uno de los barrios más notables donde cohabitaban los personajes más inmundos de la metropoli”.

A los huéspedes de los albergues de Spitalfields les registraban y si les encontraban un penique miserable les devolvían a la calle. Se les confiscaba el tabaco, las cerillas y los cuchillos y después les dejaban en cueros, les obligaban a lavarse en una tinaja comunitaria que a la tercera ablución se ponía como la pez y les secaban con trapos sucios. Les proporcionaban ropa del asilo y les ponían a dormir en un barracón lleno de ratas sobre chinchorros colgaderos. A las seis de la mañana les tocaban la diana y les daban un desayuno de sopa de sebo y carne rancia y les ponían a trabajar abriendo estopa, que es como llamaban a destrenzar las sogas que se habían quedado viejas para aprovecharlas el cáñamo. A veces también bañaban a los muertos de la morgue y fregaban el suelo. A las ocho les daban una cena de sopa de avena si había suerte y si se negaban a hincarla les echaban a patadas. Polly Nichols aguantaba poco en los asilos porque le apretaba la sed y las ganas de litigio y solía enredarse en tánganas de taberna con otras del oficio, que eran tan bravas como ella. El profesor de Cambridge Thomas Okey describió a las rameras de Whitechapel como “maldicientes, bravías, amigas de clavar las uñas en los ojos, siempre con las caras y los pechos señalados”. Polly Nichols solía llevar los estigmas violentos de sus reyertas y las uñas rotas. En abril de 1888 salió del asilo de Lambeth y pensó en dejar los consuelos de persiana y la botella y encontró un empleo de sirvienta con cofia en Ingleside, en Wandsworth Common. Sus señores eran abstemios y religiosos y Polly intentó mantenerse alejada del brandy de las visitas. En julio la despidieron por robar ropa por un valor de tres libras y diez chelines.

La última noche
Mary Ann Nichols, la pobre Polly Nichols con su sonrisa ventilada de cinco piños difuntos, volvió al callejón sórdido de Whitechapel, a la tapia y al marinero, a la faena de dos chelines y a la chamba del cepo, al gin de garrafa y a las riñas de gatas. En agosto compartió una habitación en el número 18 de la calle Thrawl, entre la Commercial y Brick Lane, con otra prostituta llamada Nelly Holland hasta que rindiendo el mes la desalojaron cuando se quedó sin blanca. La noche del 31 de agosto de 1888 la paseó al sereno llevando encima todo lo que tenía en esta vida, que era: un abrigo marrón con botones metálicos grabados con las figuras de unos jinetes, un vestido de retal de color piedra, dos enaguas del asilo Lambeth de lana gris puestas una sobre la otra, dos corsés rígidos con cierres de ballena, un par de medias negras de punto, ropa íntima de sarga, un par de botas de hombre cortadas por la caña, un pañuelo blanco, un peine de caparazón de tortuga, un trozo de espejo y un sombrero de paja negro adornado con una banda de terciopelo. El sombrero era POLLY NICHOLS EN LA MORGUEnuevo y lo presumió y se pescó una trompa en la taberna de La Sartén, en Whitechapel Road. A la una de la madrugada se acercó al Thrawl y pidió que le reservasen una cama de cuatro peniques y se fue a su negocio a buscárselos y dos veces los consiguió y dos veces se los bebió. A las dos se encontró con Nelly Holland en la calle Osborne y le dijo que tenía un sombrero nuevo, estaba borracha y jamás volvió a tener tan buen aspecto. Hora y media después se la encontró el carretero Charles Cross tirada en un callejón de Buck´s Row con un tajo en la traquea que iba desde una oreja a la otra y un corte que empezaba en la parte inferior del abdomen, acababa en el diafragma y dejaba los intestinos a la intemperie. Pobre Polly Nichols, que aquella noche estrenó un sombrero de paja negra y banda de terciopelo, que en vez de descansar el lomo tuvo que salir al callejón terrible por beberse la ganancia, que le faltaban cinco dientes y sonreía en blanco y negro. En la tabla de la morgue la identificó su antiguo marido William Nichols, que al verla allí retajada, dijo: “Habiéndote encontrado así, mujer, te perdono todo el daño que me hiciste”. A Polly Nichols la mató un hombre malo de los que abundan las noches y que todavía nadie sabía que le iban a llamar Jack el Destripador, que en aquel callejón de Buck´s Row debutó su cuchillo. En el otoño que vino le siguió dando gusto y mató también a Annie Chapman, a Liz Stride, a Catherine Eddowes y a Mary Jane Kelly, que le decían la Negra, todas hembras del farol y que por ellas vaya la historia verdadera de la puta Polly Nichols para que no sean las rameras el atrezzo de los cuentos sanguinarios.

MARTÍN OLMOS

El nombre de los monstruos

In Destripadores y sacamantecas, Lunáticos on 2 de agosto de 2013 at 12:02

Bautizamos con imaginación a los asesinos y les concedemos un grado de prestancia, cuando generalmente no pasan de ser unos pobres diablos

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“El nombre que tenemos sustituye lo que somos”
JOSÉ SARAMAGO

No es lo mismo que te digan Pepe que don José. Pepe cuenta chistes en la tasca, imitando a Chiquito, pero es soso, el pobre, aunque él no lo sabe y se pone un poco plomo. Pepe es de un pueblo pequeño cerca de Murcia del que salió para medrar, pero es sueco a la hora de convidar y siempre le acabas pagando el vermú y a tu mujer no le gusta que le lleves a casa porque les enseña palabrotas a los niños y no encuentra la hora de irse. A Pepe se le quiere, coño, como se quiere a un hijo tonto, pero a veces le pegas el esquinazo si andas con prisa o no tienes tarde de verbena. Le dices que ya le llamarás. Otra cosa es don José, que tampoco abona el vermú, que lo toma con Campari y algo para picar, pero no porque se haga el sueco, sino porque no suele llevar moneda fraccionaria y además invitarle es un honor. Deje, deje, faltaría más. Don José no cuenta chistes; hace frases, que es distinto. A tu mujer no le importa que invites a cenar a casa a don José (y a su señora), pero se pone nerviosííííísima y te hace buscar las copas de tintinear y esconder los vasazos de Duralex de cristal caramelo, que no se rompen nunca. Don José dice que el vino se tiene que orear, veranea en La Toja, no ha ido nunca a Benidorm y a ver si puede hablar por el chaval mayor para que entre de botones en una sucursal, que sabe escribir a máquina y es despierto para los mandaos. Es distinto llamarse Pepe que don José y uno se da cuenta de la importancia de llevar un nombre campanudo cuando va a pedir un crédito y si tiene suerte le regalan un calendario.

A los asesinos que les falta un tornillo les bautizan con nombres toreros para darles un andamiaje cuando, en realidad, suelen ser una banda de retrasados mentales que se meaban en la cama con veinte años. No tienen una vuelta, pero con un nombre chulo los arreglas. Para que uno gane su blasón molón de asesino legendario tiene que matar por lo menos a dos personas en dos jornadas laborales distintas y sin mediar un motivo razonable. Si tiene suerte, la prensa le inventa una razón social y le comentan en la peluquería. En cambio, al bravo de baile que le pega dos mojadas a otro en las fiestas del patrón, bien bebido de pitarra, como mucho le ponen sus iniciales en los sucesos y se come un trullo pringao, de chándal y economato. Los nombres que les ponemos a los asesinos les otorgan una renta de leyenda que no se merecen y son como los menús de los merenderos con pretensiones, que te pasan una vuelta a una cebolla y te la venden por un lecho de chalota confitada. A Ed Gein le pusieron “El Carnicero de Plainfield”, pero era el tonto del pueblo y a David Berkowitz le llamaron “El Hijo de Sam” y le asociaron con el diablo, cuando nunca pasó de ser un gordinflón que se hartaba de hamburguesas y era incapaz de comerse una rosca. A Ed Kemper le dijeron “El Cortacabezas” y fue un borrachuzo gigantesco con problemas con mamá que estaba orgulloso de tener los pies más grandes que los de John Wayne (se los comparó en el Paseo de la Fama y se puso la mar de contento) y a Richard Chase le llamaron “El Vampiro de Sacramento” cuando su mayor mérito fue el de romper la marca mundial de no cambiarse de calzoncillos. Cuando a Richard Ramírez le empezaron a llamar “El Merodeador Nocturno” se grabó un pentagrama en la palma de la mano y se vendió de discípulo de Satán, cuando no fue más que un violador y un chorizo de segunda del que sus víctimas recordaban su halitosis.

La marca comercial
Los asesinos psicópatas nos han acabado por fascinar porque les ponemos novela y el nombre pero a poco que se les rasque la monda enseñan una carpintería más bien previsible y resulta que casi todos torturaban gatitos cuando eran pequeños, jugaban con cerillas, mojaban la cama y levantaron su primera bandera mirando la faja ortopédica de su abuelita. Son prosaicos a su manera tarada y les cortan con el mismo patrón. El primer asesino loco que registró su marca comercial fue Jack el Destripador y los periódicos le dedicaron un serial, y como nunca le pescaron le hemos ido poniendo camelos de folletín y ahora resulta que tenía sangre azul y la carrera de medicina. Que era elegante y señor y desparecía entre la niebla. La niebla de Londres se la inventó Whistler y a Jack le hemos inventado entre todos, cuando seguramente fue solo un paria del West End con un mes de buena suerte, probablemente alcohólico, corto de chavos y con las uñas sucias. A los asesinos en serie les vamos inventando entre todos poniéndoles el título y camelos de lechos de chalotas confitadas donde solo hay una cebolla pasada por la sartén porque preferimos escribirlos villanos de novelón para no reconocer la verdad en cueros, que es que cualquier imbécil con un cuchillo, una manía y la noche nos puede dar un otoño de terror.

Jack el Destripador desapareció un día entre la niebla que se inventó Whistler y desde entonces le hemos ido poniendo maquillaje para hacerle pasar por el Duque de Clarence, el médico de la Reina Victoria y una conspiración de masones, cuando si le quitas el tono sepia de las fotos victorianas se queda en un matón de cinco putas que quizás se apellidaba Smith y que se ahogó en el Támesis después de una trompa, le mató la viruela o le madrugaron de un estacazo a la salida de un mesón de jarras empringadas. Un tío que destacaba tanto como una meada en una cuadra y que, sin embargo, ha quedado de ruta turística con parada en el Pub de las Diez Campanas (84 de Commercial Street) con su nombre pinturero que le hace parecer alguien.

Cuando le pones un nombre a un perro le acabas contando tus cosas y que tu mujer no te entiende. Le acabas dando importancia a su vida de chucho y cuando la diña le haces un funeral con gaiteros y guardas sus cenizas al lado de las del abuelo, encima del piano. Cuando le ponemos marca al monstruo le despojamos de la vulgaridad de su índole y le terminamos por hacer una película para la sobremesa en la que sale con voz ronca y privilegiado de diabólico (también suele salir vestido de negro) y nos olvidamos de que cuando le pescaron y salió en el telediario tenía carita de tonto y una camiseta del mercadillo. Y el monstruo, con su nombre, se convierte en un género sobre el que acabo escribiendo yo.

MARTÍN OLMOS

El hombre gris

In Caníbales, Destripadores y sacamantecas on 6 de diciembre de 2012 at 21:40

Albert Fish, uno de los hombres más perversos del mundo, gastaba la pinta de un vendedor de enciclopedias en horas bajas

EL HOMBRE GRIS POR MARTIN OLMOS

“En medio de sus éxtasis masoquistas, en los que se clavaba agujas en los testículos, Albert Fish gritaba: “¡Soy Cristo, soy Cristo!”.
JESÚS PALACIOS.

Tres de las más notables aportaciones de Satanás a este mundo pícaro han sido las resacas, los contratos de aprendizaje, que son un disfraz de las galeras, y el despreciable Albert Fish, que fue, y no por este orden, castrador de negritos del arrabal, ladrón y estafador, devoto del dolor -tanto de otorgarlo con sadismo como  de sufrirlo  con delectación-, violador y mentiroso compulsivo, comedor de carne humana, precursor del piercing genital, escritor de correspondencia lasciva con faltas de ortografía, polígamo y asesino de niños. Aparte de esto y sin embargo, salió de un vientre humano. Albert Fish nació en 1870 en Washington D.C. dentro de una familia que frecuentaba la demencia: dos de sus tíos murieron en habitaciones acolchadas, uno de ellos perseguido por una manía religiosa, su madre oía voces y tenía alucinaciones, uno de sus hermanos murió de hidrocefalia y otro era un borracho sin remedio y un  incansable cuentista al que le encantaba presumir de haber vivido con una tribu de caníbales en las islas de Java con los que compartió la gastronomía de la región. Su padre, el señor Randall Fish, había sido piloto de un barco de palas en el río Potomac y tenía cuarenta años más que su mujer, así que el matrimonio nunca compartió temas comunes de conversación y practicó una convivencia fundamentada en el ayuntamiento desordenado y los monosílabos. El viejo murió cuando se le rompió el corazón en la estación de Pensilvania y dejó a la familia sin un centavo, Albert tenía cinco años y su madre le envió a un orfanato para que pudiese disfrutar de una escudilla de sopa de tropiezos escasos y una manta limpia.

La juventud excéntrica de Albert Fish
En el Refugio de San Juan las monjitas eran partidarias del concepto educacional de la vara de eucalipto sobre las nalgas de los revoltosos, a los que antes dejaban en cueros para que a la paliza se le uniese la humillación pública delante de sus compañeros. Albert Fish era meón nocturno, ladrón de comida y escapista de cierta eficacia, con lo que tomó lo suyo con frecuencia y descubrió que el dolor le producía satisfacción. Las monjas observaron con turbación que el trasto del muchacho se ponía belicoso con cada flagelación y decidieron que era un ser sin posibilidades de redención. En una ocasión, impregnó de queroseno la cola de una mula y la prendió fuego y las largas noches huérfanas las gastó perfeccionando el ejercicio sedante de la masturbación. Cuando su madre encontró un trabajo decente le reclamó y el chico volvió al hogar humilde y al baldío y un día se cayó de un árbol y el golpe le dejó de por vida vértigos, jaquecas y tartamudez. A los doce años se echó un novio telegrafista que le introdujo en la práctica de la coprofagia, que es la merienda de heces humanas para la obtención de satisfacción sexual. Su romance fue bonito mientras duró, y la parejita frecuentaba a las lumias de pago para pedirles jarras de sangre del menstruo y salía a cazar a los niños negros del gueto para castrarles con una navaja de afeitar. Cuando Albert talló, inevitablemente derivó a la prostitución homosexual en los meaderos de Washington y Nueva York. En 1890 violó a su primer niño y en 1910 asesinó a un amante ocasional.

Poe y el Antiguo Testamento
Al contrario que los librepensadores, que se entregan con fruición a la lectura desordenada de cualquier agrupación encuadernada de frases impresas en letras de molde, Fish únicamente frecuentó la parte del Génesis en la que se relata el sacrificio de Isaac y el relato de Poe “El pozo y el péndulo”, que es la larga descripción de una tortura. Además, coleccionaba semanarios de sucesos, ALBERT FISHespecialmente los que contaban los crímenes del asesino caníbal Fritz Haarmann, el Carnicero de Hannover. Se instaló en Nueva York y encontró trabajo de pintor de brocha gorda, se casó con una mujer diez años más joven que él y la concedió seis hijos y una vida desgraciada. De vez en cuando pasó por el trullo por endosar cheques falsos y en el penal de Sing Sing se convirtió en el preso más popular de los retretes. Para entonces ya estaba más loco que una cabra. A veces se introducía en el ano una bola de algodón impregnada de gasolina y se la prendía fuego y se pasaba días envuelto en una alfombra porque decía que así se lo había ordenado el arcángel San Gabriel. También le gustaba clavarse agujas de tejer en el escroto y en la base del pene y las tardes del domingo se ponía en cueros y  obligaba a sus hijos a azotarle en el salón. Su mujer le abandonó por considerar sus costumbres excéntricas cuando menos y Fish empezó a escuchar en su cabeza la voz del Apóstol Juan, multiplicó los merodeos alrededor de los patios donde jugaban los niños y en Georgetown asesinó a un muchacho corto de entendimiento al que atrajo a un erial para abusarlo. En las noches de luna llena sentía apetito de carne cruda.

Cortocircuito
En 1928 al mundo le quedaba un año para declararse en bancarrota, Albert Fish tenía 58 primaveras, se había vuelto a casar tres veces sin pasar por el registro y había asesinado a cinco niñas en Brooklyn por las que había pagado con su pellejo un vagabundo negro que tenía la cara pasmada de los que siempre han sido sospechosos de algo. La familia Budd, pobre pero honrada (una combinación que recomienda la iglesia pero a la que todavía no se ha encontrado rendimiento en el terrenal), andaba escasa de liquidez y el hermano mayor Edward puso un anuncio en el New York World en el que se ofrecía para el tajo del campo. Contestó Albert Fish, que se hizo pasar por el hacendado Frank Howard, granjero de Farmingdale, y se presentó en el hogar de los Budd con una tarta de queso y fresas. Prometió contratar al joven y sentó en sus rodillas a la pequeña Grace, de diez años; dijo que le encantaban los niños, escondió al diablo detrás de un traje gris. El encantador señor Howard le adelantó al muchacho una semana de sueldo y consiguió que le dejasen llevarse de paseo a la niña Grace, que no tenía muchas oportunidades de que la invitasen a regaliz. La metió en un tren y se la llevó al condado de Westchester, a una casa vieja que se sostenía de milagro, no la invitó a regaliz ni a bastones de caramelo. Se desnudó delante de ella y cuando la chiquilla lloró la estranguló, la descuartizó y se la comió. A lo largo de nueve días se zampó su antebrazo cocido con cebollas y zanahorias y las nalgas cortadas en juliana, asadas al horno con láminas de panceta. La madre de Grace Budd padeció durante seis años el martirio de no saber que fue de su hija, hasta que en 1934 recibió una carta del señor Howard en la que le detallaba sin ahorrarse truculencias el último día de la pequeña. El matasellos del sobre condujo al jefe de detectives William King al cuarto de alquiler de  Albert Fish, que le recibió blandiendo una cuchilla de afeitar de cinco céntimos la media docena. El vejestorio que se sentó ante el tribunal no tenía cuernos ni rabo, así que no podía ser el diablo, el traje le quedaba grande, era llorón y tartamudo y parecía el dependiente jubilado del ultramarinos. Los periódicos le llamaron el Hombre Gris. Le condenaron a morir en la silla eléctrica y Fish reconoció sentirse excitado ante el último chispazo. Le ejecutaron el 16 de enero de 1936 al segundo intento. El primero marró porque llevaba incrustadas en el escroto veintisiete agujas de marinero que provocaron un cortocircuito. Estaban infectadas y herrumbrosas, algunas cerca del colon. Llevaban allí veinte años.

MARTÍN OLMOS

El Hombre del Saco ha perdido autoridad

In Destripadores y sacamantecas, El cañí on 7 de octubre de 2012 at 19:24

El tiempo convirtió el  sanguinario crimen de Gádor en un cuento de asustar que los niños ya no se creen

“Casi todos los hombres mueren de sus remedios, no de sus enfermedades”
MOLIÉRE

Cada vez dura menos la edad de la inocencia y los niños de ahora, recién cumplen el año, dejan de creerse a los Reyes Magos. Lo que no les viene mal a los abuelos, que son los que aflojan la mosca para que el prestigio de rumbosos se lo apunten tres mendas vestidos de triunfos de la baraja. Suele cantar Sabina que las niñas ya no quieren ser princesas y es verdad, ahora quieren una cuenta de internet  y un tatuaje motero y molón para enseñar cuando van en camiseta. Parece que los niños de ahora nacen aprendidos y salen al mundo como los toros de las capeas de agosto: contestones, con poca paciencia y en condiciones de darle lo suyo al más despierto del festejo. A poco de dejar la ubre ya son escépticos, generalmente ateos, preguntones y territoriales y se ponen más difíciles cuando llegan al periodo de doma. A un chaval de los de por aquí es complicado meterle en cintura mentándole al Hombre del Saco, porque no le guarda respeto ni a la policía municipal, y si se levanta con un mal día se zampa al Coco, al Tío Camuñas y al Lobo Feroz a la hora de la merienda. En otros tiempos, hijo mío, la palabra del cura iba a misa y andábamos tiesos como los cirios de Pascua, con la camisa metida por dentro del pantalón, los mocos en la manga y dejando el asiento a las señoras. Y un cuento era un cuento, aunque lo contase una vieja, y había uno que decía que un hombre raptó a una niña cojita y la metió en un saco para pasearla por las aldeas y sacarse unas propinas obligándola a cantar: “Por un anillo de oro, que en la fuente me dejé, estoy metida en el saco y en el saco moriré”. Pero en realidad el Hombre del Saco no fue un titiritero de poco repertorio sino un viejo malo natural de Gádor de Almería, a quince kilómetros de la capital, que tenía el oficio de barbero y de mancebo de la bruja Agustina Rodríguez, curandera de destemples y sierva de Satanás, verrugosa por más señas, que una noche sin luna se llevó a un niño en un costal, lo destripó como a un gurriato de San Martín y vendió sus adentros para untos de sanar con los que ganó tres mil viles talegas de a real y una butaca de preferencia en el infierno de Belcebú.

La Peste Blanca
Fue hace cien años, que no son tantos, que vivía en Gádor un rústico con posibles que se llamaba Francisco Ortega y le decían, por pardo,  el  Moruno. Tenía hacienda y gañanes para trabajarla, despensa y reales en el colchón, pero le fallaba la salud, que dicen que no se compra con dinero pero había que intentarlo. Padecía de romántica tisis, que es el mal de la Dama de las Camelias y le decían la Peste Blanca, y según Camille Mauclair, es enfermedad que aristocratiza los sentidos poniéndolos a las puertas de la lírica. El Moruno, sin embargo, andaba escaso de versos, la poca gramática que gastaba era de color pardo y lo que quería eran pulmones en condiciones para no andar cuidando de no toser las asaduras. Tenía cincuenta y cinco años, escrúpulos los justos y, como todos los hombres que la sienten rondar, miedo a la guadañera. Gastó en boticas que no le dieron remedio y cuando perdió la fe en las licenciaturas se fue a los sanadores serranos que guisaban sopas de enamorar y curaban los reojos. Le dijeron del cortijo de San Patricio, en donde obraba Agustina Rodríguez causas de celestina y cocía la raíz de la mandrágora. Agustina era bruja con necesidad de duros porque parió camada numerosa y de poco rendimiento, su marido era flojo para el campo y la prole le creció medio lerda, con lo que le tocaba a ella echar el condumio a la mesa. La vieja le dijo al Moruno que la enmienda de su mal la sabía Paco Leona, que le llamaban por su oficio el Barbero, pero que afeitaba poco y era, en cambio, sanador de prestigio por haber aprendido las artes de un célebre curandero alpujarreño que le  decían, mejor no  preguntarse por qué, el Doctor Salivilla.  Leona además era reñidor de taberna y malacara, medio furtivo de lazo, un poco contrabandista, saltador de matorrales y tío carnal  del alcalde de Gádor, que era la principal razón de que no estuviese guardando la sombra. Tenía setenta y cinco años y pocos amigos, menos virtud y poca vergüenza y decían que de joven había matado a un hombre. Leona le dijo al Moruno que si quería vivir tenía que beber la sangre caliente de un chaval recién muerto y aplicarse una cataplasma con sus mantecas y el Moruno se hizo las cruces al principio pero después concluyó que antes que Dios estaba su salud en la tierra, y en el eterno ya se verá. En el oscuro cerraron el negocio el barbero, la vieja y el penante y lo firmaron con tres mil reales.

Cuentos de viejas
El 28 de junio de 1910 salió el Barbero al campo a buscar un niño. Iba con Julio Hernández, hijo de la bruja Agustina, de veintisiete años, que le decían el Tonto por la sencilla razón de que lo era y que pactó su participación por cincuenta reales que tenía empeñados en comprarse una escopeta porque le gustaba tumbar pájaros para comérselos crudos. Vieron en la orilla del río Andarax, a su paso por el pueblo de Rioja, lindante con Gádor, a Bernardo González, de siete años sin cumplir, que andaba recogiendo brevas y lo raptaron aplicándole un pañuelo de dormidera, lo metieron en un saco y lo llevaron al cortijo de San Patricio, donde llegaron en noche cerrada. Allí Paco Leona le hizo un tajo en el sobaco con una navaja barbera y Agustina recogió la sangre caliente en un vaso sucio, la mezcló con azúcar y se la dio a beber al Moruno. Después Julio el Tonto remató al chaval de una pedrada y Leona le extrajo las tripas y el mesenterio, las envolvió en un trapo y las posó de cataplasma sobre el pecho tosedor del invitado. Creyó sentir el Moruno el vigor de tres mil reales y se le escapó la enmienda de su alma y todo eso ocurrió a luz de un candil que estaba a medio morir. Echaron después el cuerpo del niño a un barranco de jaras en un andurrial que le decían Las Pocicas y lo cubrieron con piedras. Al amanecer le sacaron los ojos las urracas. No había rendido la siguiente jornada cuando la bruja Agustina y el Leona riñeron por decidir de qué parte iban a salir los cincuenta reales del Tonto y ninguno torció el brazo. El Tonto se vio sin escopeta y cazando los pajaritos a liga, como los chiquillos sin medrar, y por cobrarse la satisfacción se fue a la Guardia Civil y largó dónde paraba el muerto. Comparecieron los actuantes ante el tribunal y se echaron las culpas los unos a los otros, la vieja y el barbero se fueron a guantazos delante del juez y les condenaron a morir en el garrote. El Moruno compró una vida para entregarla en el palo y al Tonto le indultaron por su consideración de idiota, Paco Leona el Barbero no se enfrentó al verdugo porque murió en prisión, descalzo sobre un jergón, probablemente de pulmonía, y los niños se fueron pronto a dormir para que no les cogiera el Hombre del Saco. Con el tiempo el suceso mudó a cuento de la vieja y los niños le quitaron el respeto -“por un anillo de oro, que en la fuente me dejé, estoy metida en el saco y en el saco moriré”- y hoy definitivamente no se lo tragan y se van a la cama cuando les da la gana, pero tampoco se creen que hasta hace más bien poco no se podía sacar un teléfono fuera de casa, se escribían cartas de amor en papeles que olían a jazmín y las pieles dibujadas eran cosa de legionarios, marineros de los siete mares y guerreros de Nueva Zelanda. Y los aros en el hocico de la res.

MARTÍN OLMOS

Corrido del Chalequero

In Destripadores y sacamantecas on 27 de julio de 2012 at 19:28

Francisco Guerrero, proxeneta, zapatero y tahúr, se esmeraba en vestir con exuberancia y en degollar prostitutas en el México del porfiriato

“México es un país más surrealista que mis pinturas”
SALVADOR DALÍ.

No se vio macho más dominguero en el barrio de Peralvillo, a la vera del río Consulado, en la Ciudad de Méjico, que el mero Francisco Guerrero, que por pintón le decían el Chalequero. Peinaba bigote carbón, ungüentado de pez y jazmín, y guardaba el cuchillo fiero bajo una faja de brocatel de damasco y oro. Ceñía estrechos los pantalones de casimir negro con galones de pesos de plata en el pernil, camisas de seda blanca, chaquetas charras con vivos de cuero y chalecos cerrados con herretes de agujetas y botones de hueso. Rompía el mano de purito chulo y llevaba en el sombrero de ala ancha guarnición de alhaja y cordel de lazo. Fumaba bueno y tomaba aguamiel de pulque y tequila, quizá sin moderación, era de oficio zapatero remendón y pendejaba putas en la Cantina de los Coyotes, en la Calle del Padre Lecuona, para que le costearan las galas, los ocios y el limpiabotas. El mero Francisco Guerrero, que le decían el Chalequero por bien vestido, era también bailarín fino de huapango, peleador de cuchillo cuando se le torcía la mamancia y celebrado en las alcobas por gastar bien tallada la barrena. Conocía dos hijas que tuvo con Mucia Gallardo, que le decían la Burra Panda, pero tenía más prole que no atendía diseminada por la comarca. Se lo rifaban las doñas por guapo pero él las daba mal pago y cuando no le dejaban pleno las degollaba con su cuchillo de pelar borregos y las tiraba al río Consulado. Después no se escondía y se iba a la pulquería, a convidar tequilitas y a jactar el crimen, y el compadraje callaba por no andarle en pleitos porque le tenían por bravo del barrio de Peralvillo, por hombrón con par, por tahúr y por cuchillero.

El matón de Peralvillo
Entre 1880 y 1888 el Chalequero asesinó a veinte mujeres, todas ellas putas de cantón y por lo tanto nadie demoró en hacerlas justicia. Otra cosa hubiese sido matar a damas de formalidad, de rosario y misa, pero no abundaban las piadosas en el arrabal. El Chalequero rondaba las cantinas de puerta de jarapa y requería a las furcias para serviciarle, se las llevaba al yermo y las tomaba por la brava, las cosía a puñaladas y las degollaba con tanta violencia que a alguna de ellas la decapitó. Después se las echaba al hombro y las tiraba al río Consulado. En el barrio de Peralvillo le sabían las hazañas pero la policía no le tenía localizado porque con frecuencia Francisco Guerrero el Chalequero se hacía llamar Antonio Prida para obviar deudas de naipe. Era gallardo para tomar mujeres sin tarifa y toro para colmarlas, se tenía por bien macho y no cargaba introspecciones de diván, con lo que hay que pensar que mataba por las puras ganas de hacerlo, aunque después le buscaron pretéritos infundados de una mala madre y un padre pegón. El Chalequero, en cambio, no largó de su familia cuando estuvo en el penal, probablemente porque a la madre la conoció poco y al padre nada y ni siquiera sabía el año en el que nació. Le cogieron en julio de 1888 cuando le señaló Lorenza Urrutia, una pendanga joven del barrio de La Villa a la que dobló a palos y no la remató porque se le acabó el pulque y se fue a buscarlo a un changarro. Compareció el Chalequero ante el tribunal con su porte elegantón y lloró con mucho sentimiento pero le condenaron a morir sin miramiento. Fue la vista de mucho entretenimiento para el popular y el impresor de gacetas callejeras Antonio Vanegas Arroyo le escribió corridos que ilustró el grabador José Guadalupe Posada, dibujante de calaveras. Se vendieron a la salida del juzgado con tamalitos de carne de guarro adobada en achiote. Unos meses después llegaron de ultramar noticias de un destripador de golfas que oficiaba en Londres y al que llamaron Jack y los diarios mejicanos escribieron: “En Inglaterra les salió un Chalequero”.

Preso político
El presidente Porfirio Díaz, quizá por desmerecer al victimario, le indultó de muerte a cambio de encierro en el penal de San Juan de Ulúa, que construyó Hernán Cortés en 1535 en el puerto de Veracruz con piedras de coral. San Juan de Ulúa era prisión dura y húmeda, golpeada por el mar, que administraba con mano de hierro el coronel Federico Hinojosa, partidario del látigo, y en ella vivía la tisis. De San Juan de Ulúa cuentan que escapó una bruja que le decían la Mulata de Córdoba a bordo de un barco que dibujó en la pared de su celda con una piedra de cal, pero el Chalequero no sabía pintar. Sin embargo hizo amigos en el penal a los que entretenía con la narración de sus crímenes y escribió al administrador de la prisión requiriéndole un par de pantalones nuevos para vestirlos “como mi educación me lo demanda”. En 1904 el presidente Porfirio Díaz consintió un indulto de presos políticos y un funcionario incapaz escribió su nombre en la lista porque entendió que destripar pendonas era política (acaso demográfica) y el Chalequero volvió al Peralvillo, viejo y tuberculoso. Le recogieron sus hijas, que eran putas, y encontró trabajo de tapicero, pero a veces hablaba con los pájaros y no encontraba el camino de vuelta a casa. En 1908 buscó alivio con una ramera vieja, ochentona y reñidora, la requirió de amores y discutieron la minuta y como ella le arañó la cara, la finó de dos puñaladas y la serró el pescuezo. Apareció la vieja en la vera del Consulado y al Chalequero le encontraron en el quicio de una cantina, vestido de príncipe gitano, borracho de pulque y hablando solo, todavía con el cuchillo en la faja de brocatel de damasco y oro. Le encerraron en la cárcel de Lecumberri, que la llamaban el Palacio Negro, y le sentenciaron a muerte. Fue preso de gran prestigio y casi una celebridad nacional y el fervor popular le tuvo por más notorio que Jack el Destripador, al que le sacaba una ventaja de quince difuntas. Esperando la horca se fue apagando de puro viejito y en noviembre de 1910, después de cenar camarones, se murió de una embolia ahorrándose el trance de subir al cadalso, para lo que ya andaba flojón de piernas y apuradito de ánimo.

MARTÍN OLMOS

El Pisthaco y el impostor

In Destripadores y sacamantecas on 20 de julio de 2012 at 18:56

En la fantasía de un policía se mezcló una riña de narcos con las antiguas leyendas quechuas de los sacamantecas

“Soy pisthaco y qué. Terminaré rebanándoles el sebo y chupándoles la sangre a todos”.

MARIO VARGAS LLOSA. “Lituma en los Andes”

La grasa la acabarán prohibiendo, si no al tiempo, como el fumeque y el fulaneo, y los que echan la sobremesa larga con un postre en condiciones se tendrán que ocultar en el oscuro clandestino para comer panceta y mojar el pan. En otros tiempos, en cambio, el español sacaba la parrilla al ágora para que los vecinos le viesen comiéndose al cochino y demostrar de paso que por sus venas no discurría sangre de la morería. Así se daba una fiesta, exhibía posibles si el guarro era merecido y se mantenía alejado de las fogatas de la Inquisición. De aquellas ordalías nos ha quedado la capa del cerdo y la matanza, que junta a la familia. Hoy el morcón, que decía Cela que es mejor en tripa que en condón, hay que correr a despistarlo sobre una bici que no lleva a ninguna parte. La grasa, sin embargo, conforta porque es más maleable que el esqueleto rígido y se adapta como un buen abrigo al que le toca arrimarla. Otra cosa es que la tasen al precio del azafrán y la cuelguen el cartel de 15.000 dólares el litro. Entonces retrocede la conciencia y se despierta la selva, se desenvaina la flamenca y se echan las cuentas.

La noticia se difundió al final de noviembre de 2009, una banda siniestra de tocineros se había dedicado durante los últimos treinta años a rebanar el pescuezo a los que andaban la selva del Valle de Huánuco, en los Andes peruanos, para extraerles el sebo con el que comerciaban con traficantes europeos dedicados a la fabricación de cosméticos. Pagaban a tocateja quince mil machacantes por litro para que las señoras de París fuesen a la ópera con el cuello firme como una columna de alabastro. Los asesinos sangraban a las víctimas colgándolas cabeza abajo, como a los cochinos de San Martín, les cortaban la cabeza y los brazos con una hoz llamada “wincha” y después les sudaban la grasa al calor de unos cirios, que caía a través de un embudo dentro de unas botellas de cierre hermético iguales que los antiguos cascos de la gaseosa. Como la selva ofrece pista de sobra para preñarla de restos, se habló de entre sesenta y doscientos difuntos de la clase de los de siempre, indios y campesinos que solo tenían lo puesto. Un misionero español que ofició su ministerio en tierras parecidas ya observó que la víbora siempre muerde al que va descalzo.

Por las pistas de aquel pago, por la sierra y por el chaco, caminó la vizcacha y el guanaco, el tigre jaguar y el ratón cuyé (que también le dicen cuis, que es vocablo que trajeron los indianos y hoy lo usan en algunas tierras para llamar al hombre tímido) y caminó también el Sendero Luminoso, que dejó luto numeroso con su revolución a la fuerza. En otros tiempos ya lejanos caminó también la selva el pisthaco, que según la tradición oral andina es un asesino legendario que asaltaba a los viajeros para comerse su carne y vender al mejor postor su grasa. También se le llamaba nakaq. La voz pisthaco desciende del quechua “pisthai”, que quiere decir rebanar y la tradición le dibuja con atributos arios, alto y rubión de barba, y de mirada azul –al contrario que los indios de cobre, con su pelo de carbón y los ojos negros-, por lo que puede que el mito no sea prehispánico. Cristóbal de Molina, párroco de Cuzco en 1574, describió en sus diarios, que se conservan en el Archivo de Indias, el terror que le guardaban los indios al español de la coraza, del que decían que perseguía sus grasas que usaba para hacer cataplasmas con las que aliviar las articulaciones de sus monturas. Y a los frailes de la orden de los Hermanos de Nuestra Señora de Bethlehem (fundada por Pedro de San José Betancur) les pasaron a cuchillo los cuzqueños porque decían que les quitaban los sebos a los indígenas para elaborar los untos curativos que usaban en el hospital del Carmen. El pisthaco sanguinario, el rebanador, que además de robar la sobra también enterraba a los hombres vivos para fecundar la tierra, puede que viniese del mar, con la gente que trajo el caballo y la cruz, y según parece la homeopatía, pero se perdió en los cuentos quechuas. Hasta que la arruga dejó de ser bella.

En agosto de 2009 la policía detuvo a un par de tipos que recogieron una frasca de manteca humana en una agencia de transportes de Lima. El envío venía del Valle de Huánuco, a donde fue la ley para tirar de la manta. A principios de noviembre, en una siniestra factoría en la aldea de Taso Grande, dieron con lo que quedaba, que era poco, del joven Abel Matos Aranda, al que le habían quitado el pringue. Al final del mes la noticia la dieron los periódicos y salió en la tele, con el resto de la exhibición de atrocidades. Al principio de la trama estaban los asesinos Hilario Cudeña y Serapio Marcos Varamendi y al final dos traficantes italianos a los que nadie pudo encontrar que eran los que mercadeaban el gordo con las casas de presumir. La historia tenía sangre, jungla y la conciencia herida de la niña que se pone los potingues en el tocador, que se unta de indio para ir guapa a bailar, pero tenía también grietas en la argumentación. Se anunciaron por lo menos sesenta cadáveres que no acababan de aparecer y las asociaciones de perfumería y cosmética aseguraron que para dar consistencia a sus productos se usaban ingredientes de origen vegetal o mineral altamente purificados y no tejidos de origen humano de inocuidad dudosa. En Europa, además, la grasa ya nadie la paga porque la regalan las presumidas que se quieren quitar costal y la dejan abandonada en las clínicas de liposucción. La banda de pisthacos se desinfló en cuestión de una semana, al final no había italianos y el único muerto andaba en el andurrial de la cocaína, le apiolaron por alguna faena de narcos y los dos matones le adelgazaron por avisar a la competencia de que en su pago no andaban en chicas. Cuando la imaginación coge la vía es difícil de frenar, y un buen cuento es un buen cuento. Todo el sainete se lo inventó el Jefe de la Dirección de Criminalística Eusebio Félix, no se sabe si por los quince minutos de Warhol o porque una mañana amaneció soñador. Le destituyeron fulminantemente y al general Miguel Hidalgo, jefe de la policía de Perú, le tocó el mal trago de pedir las disculpas. El perfil del Bombero Pirómano describe a alguien con ganas de prestigiarse que provoca un fuego y luego corre a apagarlo para salir a hombros pero lo que nadie sabe es de dónde iba a sacar Eusebio Félix los otros cincuenta y nueve flacos, los dos italianos y el bote de las pomadas.

MARTÍN OLMOS

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