MARTÍN OLMOS MEDINA

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Arrope amargo

In El cañí, Uncategorized on 25 de marzo de 2014 at 11:59

A Manuel Delgado Villegas le gustaban las películas de Cantinflas, la vida nómada y asesinar a los que le estorbaban el camino

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“El Arropiero era una farsa canalla y disfrutaba con la violencia”.
LUIS FRONTELA. Catedrático de Medicina Legal.

Le decían  arrope al dulce hecho con la pulpa del higo, que hervida con paciencia ligaba en consistencia de jalea y era industria de buhoneros, que lo mercaban gritándolo en las fiestas de la Virgen. Era condumio que dejó la morería, que le decía “ar-rurb” al jugo cocido de la fruta. Los arropieros vendían su género en las ferias, con las peladillas y la melcocha, que es la pasta de la miel, y dormían al sereno en las rutas transeúntes. La ganancia les dejaba escasa la chabola, el librillo y la hebra de fumar, que era de tabaco cuarterón y astilla, y en invierno a ponerse a la chatarra. Ya no se vende el arrope en las barracas de agosto como ya no se juega al güito ni al hinque ni al truquemé con una teja.

Manuel Delgado Villegas, el hijo del arropiero de Sevilla, no tuvo que vocear el género en los corros chiquillos pero heredó de su padre el apodo gremial. Vino al mundo el 25 de enero de 1943 saliendo de parto bronco que se llevó por delante a su madre y el viejo, por andar en la trashumancia, le dio en cría a una abuela que le sacó adelante como pudo, con más palos que devoción, hasta que le vio talla para echarlo al mundanal, a vérselas panza arriba, como los bichos de la selva. El chaval era lerdo de entendederas y llenó el pupitre sin consecuencias, porque no consiguió aprender ni a leer ni a escribir ni las cuentas elementales, con lo que sus aspiraciones en la vida se vieron menguadas y tuvo que desestimar un futuro de rapsoda, de notario o de lector de los contadores de la luz. Le quedó la Legión, en donde solo hace falta el valor, el lienzo virgen de la peladura para pintarla de amores y jesucristos crucificados y poco que dejar atrás. En el Tercio aprendió a fumar la grifa y a descoyuntar a un semejante con un golpe con el dorso de la mano pero también empezó a manifestar violentos ataques de epilepsia que hicieron que, por inútil, le licenciasen del cuartel. Ni para novio de la muerte sirvió el Arropiero sin arrope y se vio en el mundo sin más porvenir que correrlo a la buena de Dios. Villegas era pequeñajo pero fuerte como un toro joven, pudo pedir tajo en el andamio pero prefirió vagabundear el país poniendo la gorra en las catedrales y alquilándose de puto en los retretes que frecuentaban los homosexuales. Como padecía de anaspermatismo no culminaba, con lo que  podía repetir faenas sin arrugar y se hizo clientela en los meaderos, en los que sacaba para el vino y para ir a los programas dobles, con una bolsa de maní, a ver  las películas de Cantinflas, que le gustaban tanto que se dejó crecer el bigote peladito. También le copió el andar gañán y los parlamentos sin concierto que les peroraba a las chavalas, impostando el acento mejicano, para pasar por chistoso y llevárselas al huerto porque igual le daba la dieta de carne que la de escama. A veces los bofias le trincaban por “la gandula”, la ley de vagos y maleantes, pero no sufría trena común porque se arrancaba por convulsiones epilépticas que le conducían al psiquiátrico, de donde salía con facilidad saltando la verja después de guindar las pastillas de Rophinol.

En 1964 tenía veinte años y buscaba lecho en la playa de Llorach, en Tarragona, iba inspirado de grifa y vino peleón y vio a un hombre dormido que se protegía del viento de enero echado junto a un muro. Con una piedra le abrió la cabeza hasta matarlo y le robó cuarenta duros y un reloj de quincalla que al de dos días se le paró. Le daba mayor beneficio el apaño sórdido de la EL ARROPIEROletrina pero el Arropiero no eligió matar por oficio sino porque se lo mandaba el cuero. Tres años después una chica francesa que estaba viviendo su ración de la Era del Acuario en Ibiza se emborrachó de hachís y de paz y dejó la puerta abierta de su casa de Can Planas. Se llamaba Helene Boudrie, tenía veintiún años y no encontró la respuesta que estaba flotando en el viento. Villegas entró porque la andaba acechando para verla dormir en cueros y la mató de una cuchillada, la abusó mientras se enfriaba y le robó un colgante de plata con la medalla de un santo. Al año siguiente se cruzó en Chinchón con Venancio Hernández Carrasco y le pidió caridad. Carrasco tenía olivares, llamaba al pan por su nombre y al vino por el suyo y se había inventado el eslogan “Chinchón, anís, plaza y mesón” con el que quería atraer a la comarca a las suecas y sus parneses. Carrasco le dijo a Villegas que si quería duros se los ganase, que tenía dos brazos en ejercicio y correa para manejarlos y el Arropiero le descoyuntó con su golpe legionario, le robó los pantalones de faena y un par de calcetines y lo tiró al río Tajuña.

Siguió el Arropiero feroz alpargateando el país sin planear rumbo, recortándose el bigote con intermedio del Cantinflas y viviendo del pedir,  del choro magro y de la chapa vil del urinario. Dejó por el camino su rosario sangriento, dejó en Barcelona a Ramón Estrada con el cuello roto por negarle doscientos duros y a Anastasia Borella, que tenía setenta años, con la cabeza abierta de un ladrillazo por yacerla una vez muerta. La dejó en el túnel Riera Sirena, en Mataró, y durante cinco noches fue a buscarla para cubrirla como un animal. En 1970 regresó al arrope y fue a buscar a su padre al Puerto de Santa María, en Cádiz, para ayudarle en el tajo de las ferias. Aprendió a hervir sin prisa la pulpa del higo y se echó novio de contrabando con el que se iba a pasear en moto. Se llamaba Paco Marín y lo descoyuntó de un puñetazo en el cuello y lo echó al Guadalete. Después engatusó con sus gracias mejicanas a Antonia Rodríguez, que era obtusa de juicio e iba para vestir santos y la engañó con promesas. Una tarde que la fue a disfrutar a una campa la estranguló con sus leotardos y la dejó de festín de las alimañas cubriéndola apenas con una rama. Le cogieron al año siguiente y frente al foco se atribuyó cincuenta víctimas y se inventó una banda marsellesa y amores con millonarios de la Costa Azul. La policía investigó veinte muertos sin dueño a lo largo del país y le demostraron siete. Su abogado, Juan Antonio Roqueta, echó una tarde con él en la reja por sacar argumento para su defensa y cuando salió dijo que si le soltasen, alguien tendría que seguirle con una carretilla para recoger los fiambres.

Al Arropiero le metieron en el manicomio y tiraron la llave, primero en el de Carabanchel, donde huyó de las reyertas reclusas corriendo donde los guardias, y después en el de Fontcalent, en Alicante, donde se dejó barba ermitaña y manifestó autismo. Yo solo como y duermo, decía, que darle vueltas al tiesto te vuelve majareta. Se le olvidó decir que también fumaba hasta el centenar de pitillos diarios y murió en 1998 con los pulmones obstruidos. El arrope ya no se vende en las ferias de agosto, como ya no se juega al güito ni al hinque ni al truquemé con una teja pero matar se sigue matando con regularidad, y a veces con entusiasmo, porque siempre hay alguien furioso que cree disponer de motivo. En cuanto a fumar, lo justo, donde a uno le dejan y si le alcanzan los posibles, que se ha puesto el pito al precio del azafrán.
MARTÍN OLMOS

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La Magnani que no pudo ser

In El cañí on 15 de diciembre de 2013 at 21:03

Neus Soldevila pudo ser un personaje de dramón italiano y se quedó en secundaria de sobremesa

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Juan Vila había dicho a su esposa que después de comer quería follar”
JOSÉ MARTÍ GÓMEZ.

Neus la Dulce, con su apodo de pilingui de whiskería de carretera general, no fue capaz de sostener el personaje, qué pena, con lo bien que le hubiese quedado. Neus Soldevila intentó un autorretrato de esposa mártir y madre corajuda pero se le acabaron viendo las costuras y los queridos y se le acabaron viendo dos dedos de raíz negra debajo del rubio de bote y aquel ojo que tenía medio cabrón, el derecho, artero y berrueco, como de lumi que te echa el beleño en el gin-fizz para que amanezcas pelao. Neus, la Dulce Neus, siempre gastó gabardina de mujer con trastienda y se echó a los bolos de provincias cuando podía haber hecho una Anna Magnani de teleculebra sudaca, qué pena, qué pena.

A la Dulce Neus le sobraba el legítimo, que no era ni azul ni príncipe y era un tío flaco y pegón. Juan Vila Carbonell era catalán de Vic, de la añada del 34, rígido de brazo y militante de Fuerza Nueva, suertudo en el negocio, emprendedor, esquinao, medio ágrafo y jodedor capaz de simiente solvente que le hizo seis hijos a su mujer Neus Soldevila Bartrina, natural de Torelló, a la que le llevaba una ventaja de diez años y con la que casó en septiembre de 1962. Juan Vila Carbonell la diñó en calzoncillos de un tiro en la nuca después de consolarse un alivio frugal. No fue mala muerte, si te pones a pensarlo: Juan Vila almorzó dos platos, postre y café, le meneó un casquete a la parienta y se echó a dormir una siesta de señor, al fresquito y suelto de huevos, desahogados dentro de sus elásticos de Abanderado, y ni se enteró de que le volaron la cabeza. Peor es que te fusilen, que lo ves venir y te sale en las tripas una murria que no te deja estar. Juan Vila era magro de árbol y tenía cara de vinagre, no rindió el bachillerato y pensaba que ni falta que le hizo, abrió un restaurante y después medró en la construcción y juntó una fortuna de trescientos millones de pesetas. Juan Vila tenía amigos de la Falange y una pistola Star modelo 1922 del nueve corto sin legalizar, tenía el puño cerrado a la hora de rumbosear y la mano larga en el doméstico, en donde era partidario de dar la educación con una correa, de mandar a los niños a la cama sin cenar y de calentarle a la parienta para que no se le olvidase el escalafón. Juan Vila tragaba una mezcla de whisky y tranquilizantes y pensaba, como todos, que era la medida del universo. Mirándose a sí mismo comprendió que sus hijos lo que tenían que hacer era madrugar y ponerse al tajo, ducharse con agua fría y aprender menos latín. Juan Vila era desabrido como el invierno frío, brutal y zurrador, y aunque no lo sabía, era un poquito cabrón.

Neus, la Dulce Neus, gastó por lo menos tres queridos. Neus, la Dulce Neus, iba tiesa por la plaza pero en casa arrugaba para no recibir. Pasaba por bella a primera vista pero a la segunda enseñaba el tinte, la boca apenas dibujada y fría y el ojito cabrón. La Dulce Neus tenía que estirar las pesetas que le daba el marido con cuentagotas para el pan y la leche y al final se las fundía en caprichos de El Corte Inglés. Se puso a vender cosméticos por las NEUS SOLDEVILApuertas e inició negocios inmobiliarios que le rentaron un cañón de quince millones con los prestamistas. Se metió en el atolladero. Reunió a sus hijos en el bar El Cisne de Montmeló y les dijo: el problema es papá. 1981 fue el Año de la Colza, en el que se vendió aceite de batería para freír huevos y empezaron a diñarla los pobres. En 1981 Juan Vila sacó a su hija Nieves de la facultad de Empresariales conforme a su convicción de que se prosperaba hincándola y puso a sus hijos a doblar la espina en sus fincas en jornadas extenuantes. A uno que flaqueó le encerró en una casa de aperos y le metió una tunda con la hebilla del cinturón. Neus y su camada pactaron el concilio de apiolar a papá y le pusieron cerillas machacadas en el café, pero Juan Vila no murió. Compraron éter en una droguería de Granollers y pensaron en dormirle y matarle a palos y pensaron en manipularle los frenos del coche para que se estampase en una zanja.

Crimen en familia
El 28 de junio de 1981 salió canícula de tostar y después de comer Juan Vila demandó el uso de su legítima en un polvo sin boleros. La Dulce Neus le concedió el alivio y Juan Vila, bien comido, bien bebido y consolao, se quedó frito en gayumbos. La Dulce Neus se levantó y mandó a las dos hijas pequeñas a pasear con la sirvienta Inés Carazo, cogió la pistola Star del nueve y se la dio a su hija Marisol, de catorce años, para que llevara a cabo el oficio. Marisol le pegó un tiro a papá en la nuca a una distancia de veinticinco centímetros y Juan Vila la entregó sin darse cuenta, soñando lo que quiera que sueñen los hombres cafres. Neus llamó a la Guardia Civil de Binéfar y les dijo que unos encapuchados del GRAPO habían disparado a su marido. Fuerza Nueva montó una mesa de urgencia para investigar si el crimen había sido cosa del rojerío. La poli arrugó la napia y le siguió la pista a un seguro de vida. Neus se compró un descapotable y se mudó a un apartamento doble que adornó con ocho palmeras y una yuca y le regaló a su hija Nieves un Ford Fiesta y a los mayores una Derbi C-4 y una Vespa. La poli desconfió de su ojo chungo. Presionó a la criada Inés Carazo y la mujer cantó el parricidio y salió con una multa de veinte mil duros por encubrimiento. A Neus Soldevila la condenaron a veintiocho años de trullo por inducción al asesinato con alevosía y a sus hijos mayores les metieron la docena por complicidad. La niña Marisol se libró por menor. La prensa le puso a Neus la Dulce porque hablaba suavito y la mujer ensayó su papelón de Magnani desgarrada pero se puso en manos de una colección de abogados de disparate. La defendieron Emilio Rodríguez Menéndez y el Lute y entre todos y sin querer echaron abajo el trampantojo. Cuatro años después Neus salió en régimen abierto, se procuró un pasaporte ful, cobró tres entrevistas en Portugal y se fugó al Ecuador, donde le pegaron una cuchillada por traficar con esmeraldas falsas. La detuvieron en Quito y la extraditaron a España a donde llegó como una estrella del chungo a la que no se creía nadie.

Neus, la Dulce Neus, rindió condena y se puso en la farándula, se casó otra vez de blanco y con pamela y su boda salió en el “Hola”, enseñó las tetas en el Interviú, en el número 544, y su hija Dolores fue a “La Máquina de la Verdad” de Julián Lago. Dolores también salió en cueros en el Interviú, en el número 690, y dijo que su padre, al final, no era tan cabrón. Neus dejó de hablarse con los hijos y se quedó sin blanca, enviudó por lo natural en 2005 y demandó a los productores de la película “Crimen en Familia” (Santiago San Miguel, 1985), basada en su caso y en la que le puso cara Charo López, que solo por eso no debería quejarse. Escribió tres libros que vendió en los restaurantes por 900 pesetas, como quien vende mecheros. Uno era de poemas que decían:  “Esta pena que yo tengo/ la tengo porque yo quiero/ me la perfuman la luna/ y el romero”. Los cobraba en negro porque tenía deudas con el ayuntamiento de Granollers.

MARTÍN OLMOS

Tercio de varas

In El cañí on 1 de diciembre de 2013 at 18:09

La Guerra Civil y la tauromaquia se relacionaron no siempre metafóricamente

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS
“Pepe el Algabeño lideraba un grupo de toreros que se habían puesto a las órdenes de Queipo de Llano”
PAUL PRESTON

Al toro hay que arrimarse y ligarle la faena en una tarde de sol y claveles y lo demás son recortes portugueses, que confunden el rito serio de la muerte con una cosa como de volatineros de estadio. A los toros hay que ir en condiciones: las mujeres con mantilla y los hombres con un veguero torcido en Cuba. Hay que ir con seriedad solemne y la camisa planchada y no como quien va a ver disputar el balompié, con una bufanda de punto, media cogorza y un bombo. A Manolo Escobar, que en paz descanse, no le gustaba que a los toros se fuese con minifalda, pero se hace la excepción con los extranjeros para propiciar que se dejen las divisas y se les permite ir a la plaza en sandalias y guayabera. A los extranjeros les desvisten los reventas y en el segundo morlaco se aburren porque los pobres esperaban ver una cosa como de gladiadores de circo romano y se quedan un poco decepcionaditos de que no aparezca Victor Mature rompiéndole el cuello a un toro agarrándole por los cuernos. Al turista del norte hay que darle lo que viene a buscar, que es salvajismo mediterráneo, vino indecente y bandoleros y desde que se les armó de peto a los caballos ya no ve destripamientos y se desengaña. El gringo viene aquí a desmayarse y no a ver demócratas que toman el café con sacarina, que para eso se queda en Zúrich oyendo llover. El español, en cambio, va a los toros a comprender sus pretéritos y don José de Campillo, ministro de Felipe V, comprobó que los hombres de Zaragoza empeñaban sus camisas para ir a la plaza. Ortega dijo que no se puede comprender bien la historia de España sin construir la historia de las corridas de toros. Ortega el filósofo le hizo un epílogo a Domingo Ortega el matador para su libro “El arte del toreo”. Domingo Ortega tenía que haber lidiado al toro Granadino el 11 de agosto de 1934 en la plaza de Manzanares de Ciudad Real, pero en su lugar toreó Ignacio Sánchez Mejías, que cogió una cornada en el muslo derecho que le llevó a la tumba. Ignacio Sánchez Mejías era torero señorito, jugador de polo, aviador y presidente del Betis y García Lorca le hizo la esquela: “Dile a la luna que venga,/ que no quiero ver la sangre/ de Ignacio sobre la arena.” García Lorca dijo que el toreo era la mayor riqueza poética y vital de España. Lorca era zurdo de política y de tálamo porque salió trucha y librepensador y, sin embargo, a la tauromaquia le han querido ver querencia de derecha los que piensan que la izquierda es salir a la calle sin peinarse.

Alrededor del toro convive el malcomido que deja el vareo de la aceituna para irse de maletilla y el señorito de Sevilla. Lo que pasa es que los toros se los arrimó Franco como se arrimó el gol de Zarra y las lluvias de abril. El torerito con cara de peón fue El Cordobés, que venía de la carpanta y de robar melones, pero el Caudillo le birló el cartel de símbolo proletario llevándoselo a cazar a los montes de Jaén. El Cordobés acabó bailando flamenco delante de don Francisco y el rojerío se decepcionó. Años después los socialistas le quisieron expropiar una finca y El Cordobés se encerró con ellos y les amenazó con pegarles fuego.

Banderillas y esvásticas
Durante la Guerra Civil los toreros postineros se alinearon con los rebeldes y los matadores de segunda con los leales, como si se juntasen a bando según la salud de sus posibles. De los toros se hizo política y cuando Manolete tomó la alternativa en la Maestranza de Sevilla el 2 de julio de 1939 le cambiaron el nombre a un toro de la ganadería de Clemente Tassara y se le anunció como “Mirador” cuando en realidad se llamaba “Comunista”. Al Reichsführer Heinrich Himmler le invitó Franco a una corrida en las Ventas el 19 de octubre de 1940 en la que torearon Gallito, Marcial Lalanda y Pepe Luis Vázquez. Imprimieron la esvástica hitleriana en el cartel y Himmler vomitó, se conoce que porque no lidiaron a seis judíos. En el otro extremo cuenta Mijail Koltsov que presenció una corrida en la que se cambiaron los pasodobles por La Internacional, los matadores llevaban gorras milicianas en lugar de monteras y brindaron la faena a La Pasionaria. En la brega combatió por la República la 96 Brigada Mixta del Ejército Popular, que la dijeron la Brigada de los Toreros, y de la que formaron parte Litri II, que cuando acabó la guerra puso dos tascas en Madrid y ofició de banderillero en la cuadrilla de Antonio Bienvenida; Silvino Zafón “El Niño de la Estrella”; Juan Mazquiarán “Fortuna Chico” y “El León Navarro” Saturio Torón, que murió por la explosión de una granada en el frente de Somosaguas. Melchor Rodríguez García, que le dijeron el Ángel Rojo, dejó el ruedo por el sindicalismo y consiguió detener las ejecuciones sin juicio de los prisioneros fascistas en Madrid. Rodríguez fue hospiciano y calderero, debutó de novillero en Sanlúcar de Barrameda en 1915 y tres años después un toro de Montoya le pegó una cornada en el ano. Cuando se cortó la coleta se afilió a la C.N.T. y durante la guerra fue Delegado General de Prisiones del gobierno republicano y se enfrentó a una turba miliciana en Alcalá de Henares que pretendía linchar a los presos falangistas. Cuando cayó Madrid pudo cambiarse la chaqueta auspiciado por las referencias de Muñoz Grandes y Ramón Serrano Súñer, pero prefirió malvivir de vender seguros y escribir letras de cuplés.

Toreros de la Falange fueron Joaquín Miranda, novillero de Triana que aparece en el Cossío vestido de camisa azul, y Marcial Lalanda, al que los rojos mataron a dos hermanos en la finca de El Puncal, en Toledo. Victoriano Roger, Valencia II, fue célebre por arrimarse al morlaco y condecorarse de costuras y por dedicarles a los taxistas una faena en Las Ventas agarrándose, retador, los huevos. A Valencia II le cogió la guerra en Madrid y se escondió en la casa de su querida, que le vendió por un reloj y los milicianos le pasearon en Hortaleza. El torero fascistón fue José García el Algabeño, que practicó el señoritismo andaluz de zahón y latifundio, de casino y farra de jerez. El Algabeño tomó la PEPE EL ALGABEÑOalternativa en Valencia en 1923 de manos de Rafael Gómez el Gallo y cuando asentó cartel toreó cagón faenas de aliño. Hemingway dijo que era el peor embaucador de la historia del toreo y Cossío le apunta más hazañas en el colchón que en las tardes de agosto. Era hombrón y caballista, jinete de rejón y de rameras, era un matón de Sevilla que participó en el asesinato de cuatro obreros en 1931 en el Parque de María Luisa. Los anarquistas le tirotearon en Málaga y le hicieron cisco el hombro y le pegaron fuego a su finca de El Alamillo. Durante la guerra se hizo pretoriano de Queipo de Llano, que oraba trompa sus alocuciones radiofónicas llamando al moro a violar milicianas, y voló a unos mineros prendiéndoles cartuchos de dinamita atados al cinturón. Formó un grupo campero de rurales que perseguían a caballo a los braceros sospechados de rojos alanceándoles con las garrochas, como a las reses bravas, y murió de un balazo en la batalla de Lopera, en Jaén, durante la toma del Cerro de San Cristóbal. Se rumorearon corridas de comunistas con picadores en el bando nacional en las que se dijo que participó Manolete, lo que es poco probable porque el diestro se pasó la guerra de soldado raso en el frente de Córdoba. Sin embargo, Julián Marías cuenta que cuando entraron los rebeldes en Ronda se llevaron al monte a fusilar a tres presos. Les obligaron a cavar sus propias tumbas y uno de ellos, Emilio Mares, se negó y dijo: “Me podréis matar, pero a mí no me toreáis”. Uno de los valentones le tomó la palabra, seguramente torcido por el vino y la canalla, se fue a por los trastos y le lidiaron. Le picaron las varas en el morrillo desde el techo de una camioneta, le pusieron banderillas y le mataron de una estocada cruzada en el corazón. Después le cortaron una oreja y se garbearon un paseíllo obligando a los otros dos prisioneros a gritarles olés.

MARTÍN OLMOS

El párroco y el monaguillo

In El cañí, La cruz y la media luna on 26 de octubre de 2013 at 10:28

En 1971, en el Puerto de Sagunto, un cura asesinó a un monaguillo para abusarlo y después de unos años de retiro siguió diciendo misa

ILUSTRACION  DE MARTIN OLMOS

“Naturalmente, entonces no era fácil reseñar un suceso de tal naturaleza, y si se publicó fue porque se trató con mucha delicadeza”
MARGARITA LANDI

Como buen católico, el español, que siempre que puede quema un convento, practica solo en bautizos y funerales y le guarda recelo a la iglesia porque en los tiempos de la carpanta recuerda haber visto al obispo cebón. Los curas, que conocen la inclinación de su rebaño, instauraron por lo tanto el paseo publicitario del cepillo, contradiciendo al evangelista San Mateo (6, 3) que recomendaba que cuando hagas dádivas de misericordia, no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha. A un español con auditorio le sale la hidalguía vieja y entonces va y echa cien duros a la cesta para pasar por rumboso delante del vecino, que es un muerto de hambre, pero en su fuero interno no le convence ni Dios de que el óbolo no se lo va a gastar el cura en una capa en vez del negrito del Domund en unas alpargatas. El español alimenta una inmanente desconfianza hacia el incienso y en los tiempos en los que la iglesia disfrutaba de un respeto institucional hacía las gracias a costa del cura en el oscuro, debajo de una manta, como cuando escuchaba radios francesas. El cura de los chistes primigenios era gorrón de almuerzos, pedigüeño y a veces burdelario. La democracia y su laxitud llevó las chanzas al mosén a la taberna y a la sobremesa de las bodas, en donde las decía el padrino en alto cuando se entrompaba,  y la influencia irlandesa acuñó al cura menorero, que le dio mucho discurso anticlerical al pensador liberal.

A pesar de lo que dijo Jesucristo en Marcos X, 14 (consulten una Biblia, no se lo vamos a dar todo hecho), del binomio de un cura y un niño desconfían los papás, que prefieren que sus hijos salgan truchimanes y tiren piedras a los gorriones a que se metan monaguillos. Otros binomios de escaso crédito son el de un gitano y un melón y el de una bailarina y un caballero de mediana edad. Tradicionalmente el niño le ha huido al fraile por no saberse el catecismo y escapar del sopapo doctrinario y si en ocasiones se ha decidido a oficiar de acólito en la misa ha sido por meter la mano en el cepillo y soplarse el vino sacramental, que suele ser aterciopelado y medicinal, como el que ponen con un barquillo los baturros en las ferias. Los niños que frecuentan sacristías crían una reputación inquietante y los demás chavales les ignoran en el descampado, donde van echando la hombría a base de pedradas. Se dice que al papa Benedicto IX le gustaban los niños y también las cabras.  Un cura sale pederasta como puede salir del mismo pelaje un tranviario, porque la inclinación es una cosa de la índole de cada cual que no tiene relación comprobada con vestir sotana, pero el cura tocón forma escándalo y se le publicita para que escarmiente. En otros tiempos, en cambio, se tapaban los pecados del clero para no dar pienso a los iconoclastas que abundan en las gacetas.

El cura de Sagunto
Principiando los años setenta, al niño Francisco Calero Navalón, monaguillo de nueve años,  le mató el padre José Prat Balaguer, de la orden de los Paúles, párroco en funciones de Nuestra Señora de Begoña del Puerto de Sagunto, en la provincia de Valencia. El padre José Prat era mallorquín de Inca, nació en 1917, estudió farmacia y combatió en la guerra, de la que recordaba las mutilaciones de la morería y las jaranas con putas de la oficialidad, se ordenó sacerdote en 1951 y ejerció su ministerio en La Habana, en Tegucigalpa y en una parroquia del barrio de Brooklyn de Nueva York. Desde enero de  1971, a causa de la muerte del titular, oficiaba de párroco en funciones en Nuestra Señora de Begoña del Puerto de Sagunto, donde no manifestó inclinaciones lujuriosas y, más bien al contrario, guardaba la cautela con las niñas que cantaban en el coro, que le tenían por torvo. Sin embargo mostró querencia por el niño Paquito Calero, que era guapo como un sol, y le daba las propinas de los bautizos. Paquito Calero era guapo sin querer y huérfano de padre, que se había muerto de silicosis, y su madre, Isabel Navalón, sacaba adelante la casa como podía, vendiendo a la voz en la playa y limpiando en la compañía minera de Sierra Menera. Paquito era el mediano entre dos hermanas y su madre pensó que si demoraba en la iglesia no iba a aprender golferías en la plaza de la Alameda. El 2 de marzo de 1971, un poco antes de la misa de siete, el padre José Prat llamó a Paquito a la sacristía, le zurró en la cabeza con un cenicero de hierro, le abusó mientras intentó estrangularle y le pegó sesenta puñaladas con un abrecartas en forma de espadín con el que le seccionó la carótida. Después le tiró por las escaleras e intentó arrojar el cuerpo a un pozo ciego, pero fue interrumpido por otro sacerdote y se peinó a la raya, se cambió de ropa, se perfumó con loción de bálsamo  y se entregó a la Guardia Civil. El niño Paquito llegó desangrado al hospital de los Altos Hornos y le enterraron en una cajita blanca y a don José le juzgaron el 10 de noviembre en Valencia, a puerta cerrada y con poquita luz, y le condenaron a diecisiete años de prisión menor, con prohibición de volver al término municipal de Sagunto durante treinta años, inhabilitación absoluta durante el tiempo de la pena y el pago de las costas procesales y de una indemnización a la madre de la víctima. Durante la vista, el padre José dijo que el niño era demasiado guapo para estar en este mundo.

Al suceso le hizo el mutis la prensa por la categoría del asesino y solo apareció en el semanario El Caso, que mandó de corresponsal a Margarita Landi y al fotógrafo Enrique Guerrero. El capitán de la Guardia Civil de Sagunto les recibió en batín de estar y les invitó a un cafelito pero no les soltó prenda, pero la Landi consiguió el testimonio de un brigada, comandante de puesto en el Puerto, que por ser padre de familia se mostró más locuaz. Los vecinos del Puerto contestaron el crimen no dejando salir ninguna procesión de la iglesia de Nuestra Señora de Begoña pero a la familia del niño Paquito siempre le quedó la duda de que el padre José rindiese entera la pena (parece que pasó unos años preso en Zamora), aunque dio por sentada su excomunión. El padre José murió en Vallvidrera el primero de mayo de 2002 a los ochenta y cinco abriles y dos años después fue glosado con honores por el sacerdote Josep Barceló Morey, de la congregación de los Paúles, en su libro “121 mallorquines”, en el que recorría las biografías de misioneros ejemplares que fueron testimonio de la fe cristiana. Sobre su peripecia en el Puerto de Sagunto, el padre Morey recogió únicamente que don José Prat tuvo “un problema muy grave que asumió con fortaleza y humildad” y reconoció que acabó su ministerio en ejercicio como vicario de la parroquia de La Bordeta de Lérida. Parece que la iglesia juzgó con menos inquisición a su siervo, que se murió en la paz de Dios y en el anónimo, dando misas con comunión y vete a saber si escuchando confesión. En 2007 condenaron a una multa de 696 euros a una vecina de el Puerto por hacer una pintada en la iglesia recordando el asesinato del niño Paquito y en 2012 se recuperaron las procesiones y sacaron al Cristo Crucificado de la Hermandad del Santo Sepulcro de la parroquia de Nuestra Señora de Begoña. Hoy se pregona sin miramiento al cura lascivo para que se muera de la vergüenza y no pueda esconderse en las catacumbas y con el tiempo hasta nos atreveremos con el ayatolá, que tiene mal perder y como no encaje la gracia te quema una embajada.

MARTÍN OLMOS

Deprisa, deprisa

In El cañí on 10 de octubre de 2013 at 13:35

La vida corta de El Jaro se convirtió en leyenda quinqui

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Macarra de ceñido pantalón,/ pandillero tatuado y suburbial”
JOAQUÍN SABINA

Los quinquis de sirla y de recortá iban de jaco y por rumbas de Los Chunguitos y la épica sensacionalista de bugas trompeando se la hicieron las pelis de José Antonio de la Loma, que le salían por cuatro perras con la excusa del reparto naturalista de macarras de futbolín. El quinqui iba de tejano culiprieto y campanudo de bajos, ceñido para ir avisando el par, iba de sello de colorao, de espinilla de pus, de insolente juventud y de suelas de la Kelme para salir volao. El quinqui fue un fenómeno del final setentero  y cutre al que le sacaron la gracia después y le pusieron bulerías, pero cuando estuvo en ejercicio no se le vio el chiste por ninguna parte y fue la consecuencia del barraquismo vertical, de la falta de escolarización, del paro juvenil y de la pandemia del caballo. El quinqui no evolucionó más allá de ser un chorizo magro que perpetró una delincuencia raquítica e inmediata pero tremendamente violenta, no vio más lejos de la tarde siguiente y dispendiaba el consumao en chutarse la heroína pero tuvo, sin embargo, la intuición del salvajismo y a su alrededor se fomentaron las leyendas de los mordiscos de alicates y los navajazos repentinos. El quinqui inauguró el miedo a salir de noche por si te cosían a mojás  para mangarte la medalla de la comunión o te violaban a la novia y fue tertulia de los sociólogos que lo saben todo, pero también fue fácil cantarle por la tentación de emparentarle con el nihilismo, con la juventud con prisa por morir, con la anarquía de barrio y con la injusticia social. El quinqui fue en realidad un fenómeno de hambre, mono y chabola. El profesor Hobsbawm tenía escrito que el bandolerismo es una forma primitiva de protesta social, pero la inclusión del jaco en la ecuación quinqui desbarataba el razonamiento de Bakunin  sobre que el bandido “es siempre el héroe, el defensor, el vengador del pueblo, el enemigo inconciliable de toda forma de Estado y de régimen social o civil”. El quinqui perseguía nada más que el alivio del jamelgo y como mucho llevarle a la chavala al recreativo, a convidarle al Pac Man, y no demoraba por la sociológica. En cambio tuvo el adorno de la trova de la rumba merchera y del cantautor como tuvo el trabuquero de Ronda su copla de ciego. Lo mismo que cantó el romance antiguo andaluz al caballista de Utrera (“Ese tal Diego Corrientes robaba con fantasía: a los ricos les robaba y a los pobres socorría”) le rumbearon los Chichos al quinqui del Barrio de la Mina (“Tu eres el Vaquilla, alegre bandolero, porque lo que ganas repartes el dinero”).

El triunvirato quinqui de la leyenda lo formaron el Vaquilla, el Torete y el Jaro. A los dos primeros se los llevó el pico y su consecuencia y a uno le cantaron los Chichos y al otro los flamencos catalanes de Bordón 4. Al Jaro lo mataron a tiros durante un atraco en la calle de Toribio Pollán, que hoy se llama de la Veracruz, en Chamartín, cuando tenía dieciséis años. El Jaro valiente acometió a una escopeta de caza con una sirla de muelle y perdió. Iba con una gorra de cuadros, de majo de la Verbena de la Paloma, y con un raudal de coraje inverosímil pero sin el par, porque un año antes había perdido un testículo en un tiroteo con los picoletos en Somosaguas. La gorra de El Jaro la guardaron de trofeo una temporada en la comisaría de la calle Cartagena. Luego vino la canción de Sabina, qué demasiao, y la película de Eloy de la Iglesia con música de Burning: “La policía tiene su cara en un papel, porque roba farmacias y algún coche también”. Al Jaro y a los otros que palmaron chavales los filósofos de la culturilla pop les adjudicaron a la fuerza el camelo molón del vive deprisa, muere joven y deja un bonito cadáver, que es en realidad una frase de la película de Nicholas Ray “Llamad a cualquier puerta” (1949), en la que salía Humphrey Bogart. La frase chula tiene poco fundamento pero prendió entre los gurús idiotas que se conoce que no comprendieron que uno vive al ritmo que le tocan y a lo que le alcance el cuero, que morir joven es antinatural y que no hay cadáveres bellos porque se diña con la boca abierta y el intestino afloja y echa la herencia.

Carne de cañón
A José Joaquín Sánchez Frutos le dijeron el Jaro por rubión y retaco y nació en 1963 en Villatobas de Toledo, donde crece el cardo borriquero. Su padre jornaleaba el terrón sin fortuna y su madre se entrompaba diariamente bajándose dos litros de peleón. El Jaro y sus hermanos obedecían un régimen de correa en el lomo y encierro en la chabola y una dieta de un chusco de pan duro y una onza de chocolate y empezaron a robar leche en las escuelas por mandar callar al estómago. La familia se trasladó a Madrid con lo puesto y se instaló en una casa abandonada del Barrio de San Blas. El Jaro y su EL JAROhermana María del Pilar tuvieron que mendigar la esquina con el reclamo de sus caritas famélicas y la ganancia se la entregaban a la madre, que la invertía en zamparse ella sola una olla de patatas viudas y tres botellas de cuartillo de pitarra y a la camada le dejaba la gana sin remediar. El Jaro se fue pronto a buscarse las suyas y juntó una cuadrilla que se dedicó al choriceo magro de tiendas y a los atracos de sirla. Con trece años comandaba una banda de más de cuarenta bravos que le guardaban vasallaje por su carisma y por su observación de un desconocimiento absoluto de la vulnerabilidad de su peladura. Se hicieron ley en la barriada de Peña Grande, mangaron bugas de presumir, pegaron tirones y dieron el jaque a la pasma. El Jaro no levantaba un palmo del suelo pero ordenaba a mayores de edad porque comprendió que su rango de jerifalte no se lo daba su tamaño tapón sino que dependía de la exhibición de su coraje y de la publicidad de su violencia y hasta los polis duros le cogieron la prevención por su costumbre de embestir el 14.30 puenteao contra las barricadas. Acaso intuyó su inmortalidad, dejó preñada a la novia y se inauguró la vena. Conoció el reformatorio de Carabanchel, donde el padre Camilo Aristu le quiso poner enmienda pero concluyó que era un psicópata amoral, y el Jarito niño, que ostentaba un lunar en la mejilla derecha, volvió al juego del riesgo, a la gloria macarra y al cartel de matón. Hasta 1978, a la banda del Jaro le tenían inventariados cuarenta atracos a garajes, cien robos de coches, cuatro asaltos a gasolineras, dos a viviendas, dieciocho robos en tiendas, treinta y tres atracos a punta de navaja, cien tirones y un asalto a una sucursal del Banco Español de Crédito en Molina de Aragón, en Guadalajara.

Al Jaro legendario le dieron por domao cuando le volaron un huevo durante el asalto a un chalet en Somosaguas. El 30 de julio de 1978 les rodeó la Guardia Civil y el Jaro valiente ordenó a su hueste que najase por la perlacha mientras él afrontaba a tiros a los tricornios. Le acertaron dos balazos en el bajo vientre y perdió un testículo, que le condenó a la descompensación. Pasó una temporada en un penal de Zamora y cuando salió se encontró con su banda dispersada y se unió a otra a la que quiso demostrar que valía él más con un solo péndulo en ejercicio que los demás con el par. El 24 de febrero de 1979 asaltaron a navaja a un hombre en la calle de Toribio Pollán y un vecino le salió a defender con una escopeta de caza. El Jaro razonó con su único cojón y encaró el arma con el pincho, recibió dos tiros que lo finaron y le dejó de herencia al barrio versos de rumba calé, una balada de Sabina, qué demasiao, la conclusión del sociólogo, un monográfico en El Caso y diecisiete velas sin soplar.

MARTÍN OLMOS

La muerte vagabunda

In Caníbales, El cañí on 4 de octubre de 2013 at 23:41

Francisco García Escalero cortejaba novias muertas, oía voces y apiolaba mendigos

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“…en las noches sin luz cuando quema el rocío/ una estrella que pasa me llama mendigo”
VICTOR MANUEL

Al mendigo le hizo una canción Victor Manuel como de cantar en la catequesis que se venía abajo en la primera estrofa, que decía así (un, dos, tres, todos conmigo): “A mi puerta llamó sonriente un mendigo…” Los mendigos no sonríen porque no tienen motivo. El mendigo de Victor Manuel es un filósofo inverosímil que parece un abuelito que está pasando una mala racha y no se lo cree nadie, tiene a la luna de compañera de sus sueños, es libre como la flor del campo, ha aprendido a buscar los quejidos de una vieja guitarra que vive con él y se siente muy rico con los sueños más pequeños. El sueño del mendigo es que no le peguen fuego unos chavales que vienen curdas de la litrona y que no le birlen el abrigo.

El mendigo abunda y afea la calle con su carita sucia y su ambre sin hache escrita en un cartón. El hambre con hache y con caligrafía implicaría una formación en humanidades que si el mendigo no ha sabido aprovechar pues que se joda. Que hubiese ido por ciencias, que tienen más salida. El mendigo nos gusta en su sitio: en la puerta de la iglesia, analfabeto y nacional, o como mucho portugués. Al mendigo le sacamos el rendimiento poniéndoselo de ejemplo al niño para que nos estudie y echándole una peseta en el plato para mitigarnos la conciencia recién nos bajamos un vermú con gambas. Al mendigo se le ha tenido por aquí como mobiliario urbano inevitable que se desatornilla de la acera cuando nos dejan organizar un Mundial y entonces le metemos en un almacén del consistorio, con las serpentinas de navidad y los conos de las obras. Al mendigo le hacemos a veces adornos y nos sale la canción de Victor Manuel o una de Tom Waits. Le ponemos a quemar escoria en un bidón debajo del puente de Brooklyn o a caminar la vereda rural con un zurrón y un perro, curándose los dolores con cataplasmas de  romero. El mendigo sin adornar tiene, en cambio, una ictericia como una mano de pintura y a veces lleva navaja no para el sirle, sino para defender la manta, el hueco en la sucursal de la caja de ahorros y el cartón de vino del carrefour. Es el vestigio del paleolítico, el hombre que vive sin la protección de la cueva y duerme con un ojo abierto con el que vigila a los depredadores. Al mendigo lo vienen matando en la calle los hombrones de la ultra y los joveznos que salen de noche parda. El mendigo molesta la calle GARCIA ESCALEROcomercial y no ayuda al negocio con su lamento limosnero y en Brasil los tenderos arrimaban escote para subvencionar a los Escuadrones de la Muerte, formados por pasmas chungos y por la sicariada que cobraba 500 dólares por la cabeza de un pobre. En Recife mataron a más de mil indigentes en cinco años y en Goiania, a doscientos kilómetros de Brasilia, a veintisiete en ocho meses. Dos chicas rusas trompas de vodka decapitaron a un mendigo en Moscú y jugaron con su cabeza un partido de fútbol y en Barcelona tres chavales abrasaron con disolvente a una pordiosera de cincuenta años que se refugiaba de los cinco grados de noche negra y terrible dentro del cajero de un banco. El mendigo es inherente a la violencia porque sabe que no le suelen despertar el sueño para darle chocolate y las buenas noches y lleva la perica en la ropa por si tiene que pelear la vida.

Nacido para sufrir
El mendigo Escalero amaba a las muertas guapas y frías, se escribía la piel a falta de otras memorias, oía voces en su cabeza y asesinaba con agravantes de antropofagia a sus compañeros de intemperie. Al mendigo Escalero le zurró su padre brea de hebilla sin concesión porque pensó que así enderezaba al niño que le había salido tonto. Escalero humillaba el melón y exponía el pescuezo porque le gustaba que le solfearan  caponazos. Puede que tuviese algo de mártir. El niño Escalero se colaba en los velatorios y cuando la familia se retiraba se tumbaba al lado del muerto y le imitaba el gesto poniendo las manitas cruzadas sobre el pecho y los ojitos cerrados. Había días en los que quería ser él el difunto y se exponía en las autovías para ver si le llevaba por delante un coche. Francisco García Escalero nació el 24 de mayo de 1954 en Madrid, en una chabola de lata que levantó su padre, que había desertado del campo zamorano por hacer una peseta en la obra y se quedó a la par. Izó el chamizo torcido en la calle de Marcelino Roa, a doscientos metros del cementerio de la Almudena y el niño Escalero crió viendo cipreses y escuchando a las almas en pena. Le salieron aficiones lóbregas -hoy le dirían gótico- y algunas noches saltaba la tapia del cementerio para enamorarse de las fotos de las muertas que anunciaban los nichos. A veces rompía la pared de uno y sacaba a la difunta a bailar a la luz de la luna. Qué daño hacía el niño Escalero por rumbear valses con las muertitas despertándolas de la eternidad para besarles la mano a la sombra de los mausoleos. Con catorce años se bebía un litro de vino cada mañana, espiaba a las parejas en faena y se fue de casa para vivir en la selva. Con quince mangó una moto y le metieron en un reformatorio y cuando salió tenía diecinueve, violó a una chica y le dieron once años de presidio. Hizo turismo de talego y cumplió en El Dueso, en Ocaña, en Cáceres y en Alcalá-Meco, donde tuvo de mascota a un pájaro muerto metido en una jaula. Se escribió la piel de caprichos de tinta y se tatuó un tigre en la espalda, una cruz en el pecho, un Cristo en una pierna y en la otra una tumba con la inscripción “Naciste para sufrir”. Salió en 1984 con treinta años y se puso de limosnero en la iglesia del Cristo del Amparo, en la Ciudad Lineal, pero riñó con los feligreses, amenazó con matar al párroco José Paz y le pegó un bofetón a una mujer que le dio poca propina. Rendía sus jornadas yendo a tocar muertas al depósito del hospital Gregorio Marañón. Empezó a entrar y salir de los psiquiátricos, le diagnosticaron esquizofrenia y se metió cócteles de benzodiazepina y whisky, escuchó voces en su cabeza y se procuró un puñal. Se dejó barbas de profeta.

Escalero empezó a matar a sus compadres de banco e intemperie en verano de 1986 porque las voces le animaban. Se iba a beber con ellos de peleón y techo de luna y les bajaba a pedradas, les cosía a puñaladas y les prendía fuego. Asesinó a catorce compañeros de vía con adornos de verónicas: a Julio Santiesteban  le cortó un tercio del pene y se lo metió en la boca, a Ángel Heredero le arrancó los pulpejos de los dedos y a Mariano Torrecilla le serró un dedo para guindarle un anillo. A una prostituta de la calle Manuel Becerra la decapitó, metió su cabeza en una bolsa y amó al resto de su cuerpo frío y a un mendigo de nombre Juan le convidó a tres litros de vino y le abrió el pecho a machetazos, le sacó el corazón y lo mordió. A Escalero le trincaron en 1993 porque tertuliaba de sus andanzas en los psiquiátricos y una enfermera del Ramón y Cajal dio el recado a la poli. Le diagnosticaron las obras completas de la psicopatía y le encerraron en la loquera de Fontcalent, en Alicante, donde recibió la visita de Paul Naschy, que le quiso hacer una película. Hoy el mendigo se lleva de la Rumanía y trabaja con un encargado de obra que le mide la jornada laboral (puede que tenga convenio con pausa para el café) y Escalero pasea el manicomio vestidito con un chandal, pero no le dejan tener un pájaro muerto en una jaula ni salir a añorar a sus novias de la Almudena, que tenían poca charla pero se dejaban quitar sin reticencias el sudario con docilidad, como si estuvieran enamoradas.

MARTÍN OLMOS

Diez mil duros

In El cañí on 29 de septiembre de 2013 at 22:53

El célebre asesinato de la calle Fuencarral acarreó la dimisión de un ministro pero al garrote fue el servicio

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Los periódicos llenan las columnas con relatos del crimen de la calle de Fuencarral”
BENITO PÉREZ GALDÓS

Decía Cervantes que en el mundo hay dos linajes que son el del tener y el del no tener, con lo que no es de extrañar que por este andurrial de ventajistas crezcan en convivencia dos varas distintas de medir. Y mediando los parneses dos formas de cumplir presidio, que son la del pobre, que es entera y de pan y agua, y la del que puede, que ya veremos.

El Varelita
En julio de 1888 José Vázquez Varela, que le decían el Varelita, penaba condena en la cárcel Modelo de Madrid leyendo El Liberal con el cafelito y las porras y saliendo a bailar a las verbenas, por la puerta ful, con el traje planchado y el bigote tieso de fijador.  El Varelita estaba en el brete por haber afanado una capa en el Café Mazzantini, pero podía haber estado por cualquier otra causa, porque tenía la mano larga y poca vergüenza. En una ocasión le pegó un navajazo en una nalga a su propia madre porque le pareció que se quedó corta en dineros que le pidió para una zambra y en otra terminó un desacuerdo con su novia, Lola la Billetera, con el discurso incontestable de pintarle un ojo de luto riguroso de un revés con el bastón. El Varelita era mozo zangarrón y maula, de veintipocos, tendiendo a pelirrojo, timbeador de garito, generalmente de los que perdía y acarreaba deuda perrera, rumboso para el festejo de noche parda pero flojo para madrugar y escribirse un porvenir. Y como no era capaz de ganarse la vida pero le gustaba disfrutarla,  gastaba de la renta anual de 5.000 duros de su madre, doña Luciana Borcino, viuda de Vázquez Varela, que tenía malas pulgas, un perro bullgog y un piso de lujo en el 109 de la calle Fuencarral, segundo izquierda. También tenía la mano generalmente cerrada y el Varelita le había advertido que o relajaba la talega o la metía fuego.

La novia del cojo
La madrugada del 2 de julio de 1888 a doña Luciana Borcino la pusieron en las manos de Dios Todopoderoso cosiéndola a puñaladas y después la cubrieron de aceite y trapos y la pegaron fuego. Comparecieron los guardias cuando vieron salir el humo del piso de Fuencarral y se encontraron a la vieja asada y a la sirvienta, Higinia Balaguer Ostolé, desmayada en la cocina, en ropa de dormir, descalza y arremangada hasta donde empezaban las vergüenzas. La moza era bien hecha, de garbo silvestre y costura flamenca, maña del Campo de Borja y de las que tiran para delante, y solo llevaba cumplida la semana al servicio de la doña, a la que las domésticas le duraban un suspiro porque no le ponían a su gusto el café. Sin embargo, se daba la circunstancia de que Higinia había vivido de barragana con un menda, medio jaque, al que decían el Cojo Mayoral, porque arrastraba el andar, que atendía una casa de vinos en frente de la Modelo, donde el Varelita hacía la penitencia. Se supo también que había servido en la casa del director de la cárcel, don José Millán Astray (padre del futuro fundador de la Legión),  del que se murmuraba por las gateras que, mediando duros, dejaba salir a los reos a garbear los madriles igual que los hombres libres, que con reales uno cumplía la condena del señorito y sin ellos la moliente. José Millán Astray había querido abrazar el oficio de las armas pero por imperativo paterno había estudiado leyes, tenía ambiciones literarias (en 1918 el diario El Imparcial publicó un fragmento de sus memorias en las que contaba la historia del bandido Cucaracha) y arrastraba un expediente deshonroso por su gestión, por lo menos irregular, del penal de Valencia, que no le puso en la picota porque era protegido del ministro Eugenio Montero Ríos, consejero de la reina María Cristina y presidente del Tribunal Supremo.

Paga el pobre, que para eso está
Por ecuación simple, la muerte de la viuda beneficiaba al hijo maula, que era de los que salía del trullo a pasear y a tomarse los chatos en donde el Cojo Mayoral, pero como sus ausencias del cepo no pasaban por registro disponía de coartada incontestable y ya estaba la maña para pagar. De la caja de doña Luciana se echaron a faltar diez mil duros y joyerío y se conoció que Higinia andaba de comadre con Dolores Ávila, perista de alhajas y alcahueta, así que la policía concluyó que la sirvienta había acuchillado a la señora, le había entregado el botín a su amiga y había vuelto a la casa para prender la candela. Ya había pescuezo para el garrote y todos contentos, pero en la plaza decían que otra vez a los desgraciados les tocaba pasar por caja a pagar los rotos de los señoritos. Los periódicos celebraron el suceso con tinta generosa y triplicaron las tiradas, y los directores de El País, El Resumen y El Liberal formaron una comisión que se presentó como acción popular en la causa y sentaron en el banquillo a don José Millán, que negó dispensar trato de favor al Varelita. Millán presumió de avalista en los pasillos, dijo que el presidente del Tribunal Supremo bajaría de su silla si  a él le tocaran un pelo y Montero Ríos oyó su nombre rumoreado en el mentidero, entabló querellas y afirmó que la denuncia había sido acogida con desdén por los ciudadanos de ánimo recto, pero al final se vio obligado a dimitir en la mitad del proceso. Iba quedando la impresión de que el crimen tenía trastienda pero el cuello que estaba en vilo era el de Higinia, que esperaba a la sombra dando un día  una versión y a la mañana siguiente la contraria. El 29 de mayo de 1889 el tribunal la condenó a la pena de muerte por el delito de robo con homicidio y a 18 años de reclusión por incendiaria. El popular apedreó el juzgado y tuvieron que salir los guardias a convidar.

La ejecución
A Higinia Balaguer la sentaron en el garrote el sábado 19 de julio de 1890, en un tinglado que montaron sobre el muro de la cárcel Modelo. La puso en paz con Dios el padre Vicente Villa, párroco de San Ildefonso y pidió de última pitanza sopa de primero, merluza de segundo y de postre guindas en almíbar. Amagó siesta antes del trance pero no concilió el sueño, ustedes verán. El presidente Cánovas declinó una petición de indulto y la reina María Cristina no ejerció su derecho de gracia. La ejecución fue un circo con más de 20.000 espectadores, entre los que estaban Pío Baroja, Benito Pérez Galdós, que le hizo un dibujo a la plumilla, Emilia Pardo Bazán, el Duque de Alba y el doctor Luis Simarro, neurólogo e hipnotizador. Higinia murió a la cuarta vuelta del torniquete y su cuerpo permaneció expuesto en el cadalso durante nueve horas para dar ejemplo al respetable. Dolores Ávila pasó cuatro lustros a la sombra por encubrimiento, pero los diez mil duros nunca aparecieron. José Vázquez Varela, el Varelita, cumplió la pena escasa por el robo de la capa y salió libre pero no sentó la cabeza y años después descoyuntó a una puta tirándola por un balcón de la calle Montera. Esta vez penó catorce años en el presidio de Ceuta, desde el primero hasta el último, y no estuvo allí José Millán para dejarle salir los domingos a tomar el sol, a desayunar porras y a ver a las señoritas darse el paseo después de misa.

MARTÍN OLMOS

Madres e hijas

In El cañí, Los raros on 10 de septiembre de 2013 at 23:10

Aurora Rodríguez Carballeira rompió a tiros el sueño de crear a la mujer del futuro

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“No se hubiera dado la situación de Hildegart y de su madre si no hubiera habido el momento histórico social y político de la Segunda República”
CARMEN DOMINGO

Al contrario que el tigre blanco siberiano del Circo Americano, que acaba pasando por el aro en llamas, los hijos son los animales que peor responden a la doma. Basta que el padre quiera que su hijo estudie para médico internista, con la ilusión que le haría al abuelo,  para que el niño quiera ser pianista de cabaret. Los hijos, a cierta edad, siempre tienen razón pero luego se les pasa y vuelven a ser ignorantes y acaban arrepintiéndose de no haber acabado el bachillerato por irse a tocar la guitarra en el metro con una novia que se echaron que tenía el pelo corto y veía películas de Godard. Los hijos tienen que equivocarse por su cuenta como se equivocaron por la suya sus padres y luego tener toda la vida para lamentarlo. A veces, en cambio, los padres recogen la correa y atan corto y juegan a Dios, que dice el Génesis que creó al hombre a su imagen y semejanza (1, 27) y quieren que el hijo sea semejante a lo que ellos no lograron ser. Eso, según se mire, es vanidad o perfeccionismo. Eso también es tener un plan.

Preludio de piano
El plan de Aurora Rodríguez Carballeira era concebir a Juana de Arco. Aurora Rodríguez Carballeira nació en El Ferrol en 1890 y recibió la educación de las señoritas, que era un entrenamiento para hacer un buen casorio. Cartilla y catón, las cuentas de las cuatro reglas y el abecedario, doctrina cristiana, costura y un poco de piano. Aurora sin embargo demoró las tardes en la biblioteca de su padre y se dejó las pestañas interpretando los tomos de los socialistas utópicos Charles Fourier, Robert Owen y el conde de Saint Simon. De aquellas lecturas concluyó que no se casaría nunca, que su hermana era una fresca y su hermano un indolente y que había empresas de más edificio que buscarse a un señor al que bordarle los dobladillos. Para darle la razón, su hermana Pepina se dejó preñar a traición y al niño hubo que criarlo en la casa familiar mientras su madre se largó a Madrid para no ser comentada. Aurora se dedicó a educar a su sobrino y en vez de sacarle al parque a que persiguiese a los gorriones le puso a escuchar las sonatas de Beethoven. Con dos años el crío era capaz de tocar una jota al piano, con tres dio un concierto en el casino de Ferrol, con cuatro Pepina se lo llevó a Madrid, a sacarle un rendimiento, y con cinco dio un recital en el Palacio Real. El chico hizo carrera de niño prodigio con el nombre de Pepito Arriola, que era el apellido de su abuelo materno, y la reina María Cristina le costeó  los estudios en Alemania con Richard Strauss. Aurora pensó que la fresca Pepina se llevó al chaval por la prebenda después de que ella le alimentase la inquietud, pero no pudo hacer nada porque no era la madre que le parió. A Pepito Arriola le llamaron el Mozart español y llegó a ser el pianista del káiser Guillermo, tocó en el Carnegie Hall y en la Scala de Milán y acabó amenizándoles las veladas a Hitler, a  Goebbels y a  Goering, notables melómanos.

Jardín de sabiduría
Aurora comprendió que solo sería suyo lo que le saliese del vientre y concibió la idea de traer al mundo la mujer perfecta. No andaba manca de gracias pero no le interesaban los hombres, así que en vez de un padre, y un compadre, se puso a buscar un sembrador solvente que cumpliese el tajo y tomara el mutis. Lo encontró en un marinero, hermoso y rubio como la cerveza, igual que en la canción de Rafael de León, que se hacía pasar por sacerdote y gastaba el verbo ágil de los cantamañanas. Cerraron el negocio en el que quedó claro que el varón no acarrearía la carga de la paternidad y yacieron en veinte ocasiones con la pasión del que ficha en la oficina y cuando Aurora quedó encinta el marino volvió al mar. Parió en Madrid, en el tres de la calle Juanelo, en la parte alta de Lavapiés, lejos del Ferrol y su orvallo, el 9 de diciembre de 1914. Tuvo suerte y salió niña, y la puso Hildegart Leocadia Georgina Hermenegilda María del Pilar, ni más ni menos, pero la llamó siempre por su primer nombre, que decía, no se sabe a santo de que criterio, que quería decir Jardín de Sabiduría (en germánico Hildegarda significa la que ampara en la batalla, sin jardines ni sapiencias, y sin “t” final).

La niña sin juguetes
Aurora le dio a su hija una infancia sin peonzas ni osos de trapo con ojos de botón, sin juegos de cocinitas. Hildegart nunca tuvo una muñeca vestida de azul, con su camisita y su canesú, sea lo que sea un canesú. El jardín de su sabiduría, sin embargo, se lo abonó a paladas y por medio de juguetes especiales consiguió que aprendiese a leer con tres años. Con diez hablaba inglés, francés y alemán y con trece leía a Descartes, a Leibniz y a Spinoza y ningún cuento de princesas. Aurora le enseñó a desconfiar de los hombres como del agua mansa y como pensaba que la mujer tendía a la frivolidad por un defecto de educación y que razonaba con lo de Venus, la introdujo en el estudio de la fisiología de la sexualidad vedándole los experimentos de campo. La vistió de negro luto y le pisó la sombra. Más que su hija fue su tesis doctoral y se ignora si alguna vez la amó.

La Virgen Roja
A los trece años Hildegart acabó el bachillerato y a los diecisiete se licenció en Derecho y emprendió Medicina. Sus lecturas de Marx le condujeron a afiliarse en el PSOE y mantenía correspondencia con Sigmund Freud y con el sexólogo inglés Havelock Ellis, que se casó con una  lesbiana y padeció de impotencia hasta que a los sesenta años descubrió que podía mantener la guardia alta observando a una mujer meando.  En Madrid le empezaron a llamar la Virgen Roja y el doctor Gregorio Marañón la escogió para colaborar con la Liga Española por la Reforma Sexual. Escribió más de una docena de libros sobre marxismo, malthusianismo y profilaxis anticonceptiva, lideró la petición del voto para la mujer y se enconó en peleas sindicales. El escritor H.G. Wells, autor de “La Guerra de los Mundos” y miembro de la Sociedad Fabiana (el germen del laborismo británico) se interesó por sus trabajos y le sugirió que podía desarrollar su potencia intelectual sin la influencia atosigante de su madre, que siempre caminaba a un paso por detrás de ella. Le envió un billete para Inglaterra y Aurora Rodríguez Carballeira comprendió que su criatura, como la del doctor Frankenstein, tenía voluntad propia. Vio en un delirio a su hija manejada por el servicio secreto inglés, la vio sonriendo a un quinto de permiso y cambiando el  luto por el color de la primavera, la vio escuchando las promesas de un estudiante que le hacía reír. La vio  creyéndoselas. La madrugada del 9 de junio de 1933 fue a verla dormir por última vez. No le despertó. Hildegart tenía dieciocho años. Le buscó la sien con la boca de un revólver y disparó dos veces. Dijo más tarde que lo hizo con cuidado para no desfigurarla. Después le pegó otros dos tiros en el corazón. Dijo más tarde que intentó causar la menor cantidad de dolor.  Mató a la Virgen Roja con su sexo experto pero sin estrenar, mató a la Eva del futuro y la mató porque era suya. Nunca le regaló una muñeca vestida de azul.

Aurora Rodríguez Carballeira fue condenada a veintiséis años de reclusión en el manicomio de Cienpozuelos. Una vez mordió a una monja. El 18 de julio de 1936 los milicianos abrieron los sanatorios para hacer cuarteles y Aurora salió caminando a la calle, vestida de gris , y desapareció para siempre en mitad de un país que empezaba una guerra.

MARTÍN OLMOS

“En la calle de la Princesa…”

In El cañí on 15 de agosto de 2013 at 21:36

La marquesa de Villasante, íntima amiga de Franco, espía en el moro y quintacolumnista, mutiló el cadáver de su hija Margot

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Por todo el país corrieron los más delirantes rumores sobre el caso de la Mano Cortada”
EUGENIO SUÁREZ.

Por aquí sabemos hacer las cosas a la inglesa, yes of course, y por lo finolis, con marquesas, mayordomos y espías, con casas de  muchas habitaciones, lo que pasa es que nos sentimos más abrigados con el pelazo de la dehesa y acabamos sacando la tauromaquia y al gitano y abriendo la sirla de muelle, albaceteña y cañí de la morería y olé, y decimos el cagüen tus muertos y que por estas que te madrugo, que para macho aquí está un servidor. Como hay Dios. A los viajeros románticos, a los Gautiers y los Merimeés, les agrada nuestra agreste índole mazorral y nuestras patillas, les agrada la guitarra y el pellejo de vino de solera, la navaja de virola, la teja del cura y los ojos negros como a nosotros nos gusta que los franceses sean un poco mariquitas, oh la lá, y coman caracoles. Sin embargo por aquí sabemos hacer un misterio con una mano cortada, una marquesa y un sótano, con amantes moros, niñas santas y sociedades secretas, y nos queda una cosa entre el folletín de Eugène Sue y la novela de Agatha Christie a la que ponemos un final interpretativo y los niños una canción para la comba. La canción decía: “En la calle de la Princesa, vive una vieja marquesa/ con su hija Margot, a quien la mano cortó/. Moraleja, moraleja, esconde la mano que viene la vieja”. Por aquí le sacamos el sebo al vecino por la linde de un  melonar y nos limpiamos el honor hidalgo a puñaladas navajeras con el pecho al aire y la blasfemia, por aquí juramos la venganza y nos matamos al sol pero nos hacemos un misterio bonito, cuando queremos, con candelabros de plata y a lo fino y nos queda un cuento de fantasmas a lo Lord Dunsany que no huele al aceite hervido y ancestral del que decía Pla que nos había librado de la Reforma.

En la calle de la Princesa vivía una vieja marquesa con su hija Margot…

Margarita Ruíz de Lihory y Resino de la Bastida, marquesa de Villasante, baronesa de Alcahail, duquesa de Valdeáguilas y vizcondesa de la Mosquera nació en 1889 en Valencia y cuando moza fue, por guapa y por saber estar, reina de los juegos florares de la sociedad cultural del Murciélago y le ciñeron una banda en el palacio de los barones de Alaquás. A los diecisiete años se casó con Ricardo Shelly, valenciano con pretérito irlandés que le compró perlas, y al año siguiente se licenció en derecho convirtiéndose en una de las primeras mujeres abogado de España. Tuvo dos hijos varones y a la niña Margot, que al contrario que su madre, salió flaca de ancas, cuellilarga, picia, deslucida y medio beata. La marquesa, en cambio, de beata tenía poco y plantó al marido, se puso a fumar en público con insolencia y, a veces, con boquilla de vamp  y se corrió Europa y el colonial yaciéndose generales, oficiando de bailarina, escribiendo reportajes y pintando retratos al pastel. También tiraba al plato con notable puntería, parlaba el francés y tocaba el piano. Anduvo en romances con el presidente Gerardo Machado de Cuba y con el general Obregón, que era manco del brazo derecho por haberlo perdido en la batalla de Celaya, combatiendo a los Dorados de  Pancho Villa. Conoció al millonario  Henry Ford, le hizo un retrato a Calvin Coolidge, trigésimo presidente de los Estados Unidos, y en La Habana se hizo querida de don Manuel MARGARITA RUÍZ DE LIHORYAznar Zubigaray, abuelo del presidente José María Aznar, que dirigía en Cuba el diario El País. Manuel Aznar era navarro de Echalar, como el don José de Mérimée, y se afilió al Partido Nacionalista Vasco, estrenó en los Campos Elíseos de Bilbao una obra antiespañola y frecuentó a Miguel de Unamuno y a los bollos suizos en el café Lyon d’Or. Después, como es natural, se hizo falangista y le escribió la propaganda a la sublevación y acabó de embajador de Franco en la ONU. La marquesa de Villasante riñó con Aznar en Méjico y le rompió con las uñas un traje de chaqué.

La amiga de Franco
Durante la guerra de África ofició de enfermera de las tropas españolas y de espía para Primo de Rivera, con el que compartió algún desayuno. Dicen que fue amante del moro Abd el-Krim y que atendió al capitán Francisco Franco cuando fue herido en el vientre en El Biutz, en Ceuta, en 1916. En Marruecos frecuentó a las moras jerifas y a los echadores de cartas, a los magos negros y a los fanáticos Yezidi, adoradores del diablo. Le distinguieron por sus méritos nombrándola capitán honorario de las tropas de África. Durante la Guerra Civil hizo misteriosos viajes a Inglaterra y formó parte de la quinta columna fascista de Barcelona y Franco la recompensó permitiendo que le apeara el tratamiento. Las otras dos únicas personas que le tuteaban eran su primo Pacón y la Collares.

Con el tiempo, Margarita Ruíz de Lihory se puso en años y anchó de talle, le plateó la melena rubia y dejó de ser una aventurera mundanal para pasar a ejercer, sin quererlo, de marquesona chocha que asustaba a los niños. El tiempo puede hermosear un verso pero excava pies de gallo. Se emparentó con un abogado catalán que se llamaba José María Bassols y se retiró a su residencia en el 58 de la calle Mayor de Albacete, qué buenas navajas, en la que tenía un sótano que los chavales le decían la Habitación del Moro y en donde contaba el rumor que recibía a dos médicos alemanes huidos de los juicios de Nüremberg. Riñó con sus hijos varones, que querían vivir de las rentas y no hincarla, y prefirió la compañía de los bichos. Llegó a tener veinte perros, tres gatos, una docena de canarios y dos tórtolas. Una temporada también tuvo un burro. Una de sus perras parió sobre una cama con dosel y otra lucía un collar de oro puro. La niña Margot dejó de ser niña y creció con zancas de pava, tirando al susto, y se dio a la caridad atendiendo a los expósitos de Albacete y criando fama de santa. En enero de 1954 Margot enfermó de muerte, probablemente de leucemia, y su madre se la llevó a Madrid, a su residencia del número 72 de la calle Princesa, tercer piso, mano derecha. Murió el 19 de aquel mes, víspera del mártir San Sebastián, y su madre le hizo un velatorio con devoción en el que se encerró dos noches con el cadáver y le sacó los dos ojos, le cortó la mano derecha, un trozo de lengua y un mechón de su pelo íntimo, que era rizado, lo que no es poco común, pero dijeron también que pelirrojo. La mano apareció en su piso de la calle Princesa, metida en una cantinilla de leche, al lado de dos soperas que guardaban en alcohol los cráneos mondos de dos perros.

La Mata Hari tuvo de mayor mérito enseñar el parrús en los cabareses y como agente secreto espió poco y mal, y sin embargo le hizo una película Greta Garbo en la que se ponía coqueta con el pelotón de fusilamiento, que daba pena matarla. Margarita Ruíz de Lihory biografió con más solvencia y fue más guapa y más políglota y no tuvo que bailar la ventral en ningún rigodón, enseñando el cuero como una de tantas. Fue más de la estirpe de Rosita Forbes y de Catalina de Erauso que torció en un postre siniestro del que se especularon experimentos nazis y brujerías del Rif donde seguramente solo hubo vejez y chochería y perritos disecados. Margarita Ruíz de Lihory pasó diez años en el manicomio de Carabanchel y después se retiró a su casa de Albacete, la de la Habitación del Moro y los médicos nazis, se arruinó, vendió en rastrillo sus pertenencias entre las que había una bicha de Balazote de terracota, y murió en la indigencia el 15 de mayo de 1968 dejando un misterio bonito de folletín inglés y una canción para el truquemé que decía: “En la calle de la Princesa, vive una vieja marquesa…”

MARTÍN OLMOS

Venganza gitana

In Bichos, El cañí on 11 de agosto de 2013 at 22:28

Dos hermanos calés persiguieron durante dos años a un toro de capea para vengar la muerte de un hermano

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS
“Nadie va a ponerse delante del toro si no quiere; pero, desde luego, hay muchos que, sin desearlo demasiado, lo hacen para mostrar su arrojo”
ERNEST HEMINGWAY

Hay un toro bravo, viejo y malo que se llama Ratón y le dicen el Asesino, que lleva el cuerno vestido con tres muescas de muerte y los bacantes de agosto se lo disputan a talón de duros para que les corra a los mozos valientes en las fiestas del santo, en las capeas de pitarra y calor, en las tardes de hazaña. Es toro berrendo en negro, con manchas de bragao y lucero, hijo del semental Caracol y de la vaca Fusilera, de la ganadería de Gregorio de Jesús, lleva tres hembras de luto que despidieron a sus hombres cuando se fueron al festejo y se los devolvieron fríos. Dicen que ahora renquea porque le pesa la biografía, que hace tiempo que pasó de cuatreño, pero sabe más por viejo que por toro y derrota con escuela y hurga el ojal, hincando. Dicen que va a por el tardón, a por el torpe y a por el tomao, embiste sin mérito el toro Ratón.  El toro Ratón sale a quince mil machacantes el domingo, de los de la era de los cinturones de torniquete, y llena el coso con desahogo porque promete  tragedia. Poco ha cambiado el paisano, que sigue pidiendo pan y sigue pidiendo circo, lo decía Juvenal, y poco ha cambiado el patricio, que por no poder dar pan ofrece circo para tener al paisano conforme. El pueblo no siempre tiene la razón por ser pueblo como el borracho no siempre dice la verdad. El pueblo unas veces acierta y otras no, y hay trompas que mienten mejor que cuando ayunan. El pueblo pide tragedia, sobre todo si es la del otro, y se sienta a verla en el zaguán.

El espectáculo de la muerte
Esto lo sabían los príncipes romanos y les daban a sus súbditos luchas a muerte entre gladiadores con las que cultivaban el populismo en el que fundamentaban sus regímenes autoritarios. No se podía vestir la toga en el senado si antes no se pagaba al pueblo su peaje de sangre en el Coliseo, en cuyos arcos ponían las furcias su negocio. Cuando el emperador Honorio prohibió los juegos de muerte le quedó al popular el espectáculo de los escarmientos públicos y echaba la tarde acudiendo a los ahorcamientos para ver cómo la diñaba el reo, y llevaba a los mocosos al circo gratuito de la barbarie con reglas, tempranito para coger sitio y con la merienda en una cesta. Dulces de melcocha y agua del botijo. Cuando colgaron a los asesinos Holloway y Haggerty en la prisión de Newgate en 1807 se congregaron 50.000 mirones que cuando desalojaron formaron tumulto en el que murieron cien personas pisoteadas y cuando le dieron el garrote a Higinia Balaguer, la carnicera de Fuencarral, se contaron 20.000 espectadores en el patio de la cárcel Modelo de Madrid.

Las ejecuciones públicas se prohibieron entrado el siglo veinte y desde entonces se hicieron en el coso privado de la familia, el fiscal y el cura y se dejó al pueblo sin su recreo. Sin embargo, la morgue de París estuvo abierta al público hasta 1907 y los ciudadanos iban a pasar  la tarde mirando los niños muertos que se exponían vestiditos y sentados en una sillita, como si estuvieran dormidos. La tribu sigue exigiendo hoy sus pastorales dramáticas que son toros corridos o cuchilladas folclóricas entre esposas de toreros libradas en la arena global de la tele, y el maestro del guiñol las concede, haciendo la demagogia, amparándose en que si hay demanda hay que entrenar gladiadores. El pueblo no tiene la razón por ser pueblo y a veces prefiere a Barrabás que a Cristo y pide café gratis, colgar al patrón y mear en la vía pública. Pide toros licenciados en vez de vacas mansas pasando por alto que cuando uno se apuesta algo, sea la vida o una ronda de vermú con aceitunas, si pierde le toca pasar por caja.

Leones, toros y gitanos
Toros célebres ha habido como el toro Caramelo, de la ganadería de Manuel Suárez Jiménez,  de Coria del Río, en Sevilla. Caramelo era rojo colorao, de cinco hierbas y cuerna alta y descendiente de un semental que se llamaba “Mal Alma”. A Caramelo le metieron el 15 de agosto de 1849 en una jaula para que pelease a muerte contra un león africano que se llamaba Julio. Fue en el hipódromo de Madrid y asistió al espectáculo la reina Isabel II. Antes se celebró una lucha de seis perros contra una hiena y ganó la hiena, que rió. A la primera embestida Caramelo destripó a Julio, el león, y después no quiso salir de la jaula y lo tuvo que sacar el torero madrileño Ángel López, el Regatero, engañándole con la capa. A Caramelo le lidiaron al mes siguiente y tomó doce varas, mató a tres caballos y el público pidió su indulto y lo mandaron al corral. Fue el mismo maestro “Cuchares” el que le curó las mancas con una cataplasma de aceite hirviendo. Volvió a aparecer Caramelo en noviembre, para que lo toreara Julián Casas, el Salamanquino, y salió de toriles adornado con una guirnalda de flores, le lancearon los pases y volvió a ser indultado. Al toro Caramelo, el vencedor de leones africanos, lo mataron por fin en las ferias de agosto de Bilbao de 1850, en la antigua plaza de Abando, lo estoqueó el Regatero, el mismo que le sacó de la jaula de las fieras, y lo remató a rejonazos el alguacilillo.

Toros viejos de capea de pueblo, avisados de cien tientas, mirada de través y derrote doctorado los ha habido siempre. En el final del segundo capítulo del ensayo taurino “Muerte en la tarde”, Ernest Hemingway dio la noticia de uno valenciano (paisano de Ratón, que es de Sueca), que en los años veinte mató a dieciséis hombres e hirió gravemente a más de sesenta en un periodo de cinco años. Hemingway no retuvo su nombre pero recogió su final siniestro. A fuerza de ser corrido, el toro aprendió latín de seguido y a multiplicar con llevadas y le requerían en las ferias para tasar la raza brava de los mozos y, mientras tanto, el dueño engordaba la petaca. En una ocasión mató a cornadas a un gitano de catorce años y sus hermanos se hicieron una cruz con los dedos, la besaron, y prometieron venganza. Los dos hermanos calés le siguieron durante dos años buscando la ocasión de matarlo en la jaula pero el amo le tenía vigilado porque era un manantial de duros y no lo descuidaba en el prado, con el resto de las reses. El toro al fin se hizo viejo y el dueño lo entregó al matarife, para que le hicieran chuletas. Ya no servía para correr y le pesaba la testuz pero seguía teniendo pendiente la cuenta con los gitanos. Los dos hermanos fueron al matadero y  pidieron permiso para ser ellos los que le matasen. El matarife consintió, qué más le daba a él, y los hermanos le sacaron los dos ojos con una aguja de tejer y le escupieron en las cuencas vacías. Después le clavaron un cuchillo entre las vértebras del cuello, rompiéndole la espina dorsal, y cuando lo vieron muerto lo castraron. El matarife les regaló los testículos y los hermanos los asaron sobre una hoguera en una vuelta del camino y se los comieron. Habrá que suponer que el alma del gitano niño encontró la paz.

En 1567, el Papa Pío V promulgó la bula “De Salute gregis Dominici” en la que negó la cristiana sepultura a los que encontrasen la muerte en los juegos taurinos, “estos sangrientos espectáculos más dignos de los demonios que de los hombres”.

MARTÍN OLMOS

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