MARTÍN OLMOS MEDINA

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El soplón

In Espías y traidores, La Cosa Nostra on 9 de marzo de 2013 at 10:08

 Joe Valachi, alias la Rata, fue el primer mafioso que rompió el código de la Omertá

ILUSTRACION de martin olmos

“El testimonio de Valachi abre un nuevo camino de investigación sobre la Cosa Nostra”
ROBERT KENNEDY

El fiscal general de los Estados Unidos Robert Kennedy quería hincarle el diente a la Mafia. En el campo dicen que a un perro no hay que temerle cuando abre la boca, sino cuando la cierra. El director del F.B.I. John Edgar Hoover dijo que el crimen organizado no existía, aunque admitía la proliferación de bandas que controlaban predios de putas, timbas amañadas y préstamos con usura, pero no concluía ninguna relación entre ellas y cada una se rascaba sus tiñas en autonomía. Robert Kennedy podía haber mirado debajo de la alfombra de su padre Joe P., que estuvo asociado con Capone, con Frank Costello y con Owney Madden el Asesino en el negocio de la importación de whisky escocés durante la Prohibición. Joe P. le pidió a Sam Giancana que le echase una mano a su hijo John F. para ser presidente de los Estados Unidos. JFK llegó a la Casa Blanca y Joe P. dejó de coger el teléfono a Giancana. Joe P. iba a misa todos los domingos; Joe P. practicaba la moral poliédrica. JFK cambiaba de colchón cada semana. John Edgar Hoover hacía manitas con su secretario Clyde Tolson. Era un marica monógamo y JFK un promiscuo babilónico.  Sam Giancana tenía referencias de Hoover con medias de encaje y zapatos de tacón. Hoover tenía la nariz chata y pinta de ser el tío que echa a los borrachos en un burdel. A su devoción por los canesús no le acompañaba el físico. Las referencias de Giancana podían ser gráficas. Robert Kennedy quería hincarle el diente al crimen organizado. John Edgar Hoover dijo que el crimen organizado no existía.

El beso de Judas
Dicen que a un siciliano le cuesta una pasta sacarse una muela porque, como no abre la boca, el dentista tiene que hacer la operación desde abajo. A Joe Valachi no le apetecía que le entrasen por el sur. Valachi había conocido mejores tiempos, pero en junio de 1962 era el preso número 82811 de la penitenciaría de Atlanta, en la que abonaba a la sociedad dos dolorosas de quince y veinte años por tráfico de heroína. En la prisión de Atlanta también veraneaba Vito Genovese, don Vitone, uno de los jefes de las Cinco Familias del crimen organizado de Nueva York. Genovese se había hecho con el control de la familia de Luciano liquidando al violento Albert Anastasia, que le llamaban el Sombrerero Loco, y rematando a Willie Moretti, que ya estaba medio muerto por la sífilis. Genovese tenía alergia a los barítonos y las convicciones incontestables. Seguía repartiendo las cartas desde el trullo. Vito Agueci y Joe di Palermo, dos purrias sicilianas, le llamaron soplón a Valachi en el patio. Valachi era bajo y duro como un riel de vía pero rehuyó la pelea y pidió el arbitrio de Genovese. A Genovese le gustaban las metáforas jesuíticas y las mímicas bíblicas. Genovese le endosó a Valachi la parábola ignaciana de la manzana podrida que corrompe el cesto y le besó en la mejilla (Mateo 26, 48). Valachi supo que era hombre muerto. Perdió el privilegio del sueño. Se convirtió en un cable pelado, le salieron ojos en la nuca, le retiraron el saludo, fue un hombre sin protección. Valachi no era un soplón. Genovese manejaba igual los rumores y las certezas. El 22 de junio de 1962 Valachi paseó por el patio pegado a la pared para tener protegido un flanco. El patio estaba en obras. Se le acercó otro preso. Valachi pensó que era Joe di Palermo, una de las ratas de Genovese. Valachi pensó que en la selva el que pega primero pega dos veces. Cogió una tubería y lo mató a palos. Le reventó la cabeza. Valachi se equivocó. Se cargó a un desgraciado llamado Joseph Straupp, condenado por mangar correspondencia. A Straupp le mató la filantropía. Se acercó al preso pestilente. Entró en su radio territorial sin avisar. Pisó el cable pelado. Le arruinó la vida social.  Valachi tenía tres hermanos locos y dos suicidas. Estaba a punto de ebullición. El asesinato de Straupp era su pasaporte para la silla eléctrica. Hizo una llamada. No fue a mamá. Habló con el fiscal federal del distrito sur de Nueva York, Robert Morgenthau, y firmó el contrato del soplón: se declararía culpable de homicidio no premeditado, asumiría la cadena perpetua en régimen de reclusión solitaria, fuera del ámbito de la embajada siciliana, se libraría de los calambrazos y cantaría la serenata de la Cosa Nostra.

El concierto
A Valachi le trasladaron a la prisión de Westchester, en Nueva York, con el nombre de Joseph di Marco y durante tres meses se sometió a cuatro sesiones semanales de tres horas con el interrogador del F.B.I. John Flynn. A cambio pidió raciones de prosciutto y queso de Gorgonzola. Le prepararon para la función y en 1963 compareció ante el Congreso y estuvo un año entero largando. Echaron sus declaraciones por la tele, después de El Virginiano. Valachi era un asesino y a Robert Kennedy le preocupaba su JOE VALACHIcredibilidad, pero entendió su carisma mediático de mafioso ronco. Había nacido en 1903 en Harlem, su padre era un ferroviario napolitano, cuatro hermanos suyos estaban locos y a los dieciocho años era el conductor de la Banda del Minuto, que desvalijaba joyerías en sesenta segundos. Le trincaron y pasó cuatro años en Sing Sing, donde conoció a Alessandro Bolero, que le introdujo en la familia de Salvatore Maranzano. Valachi participó en la Guerra de los Castellamarenses, fue apadrinado por Joe Bonano cuando se convirtió en un Hombre de Honor y sirvió sucesivamente a las familias de Luciano y de Genovese. En 1932 se casó con la hija de Gaetano Reina, el capo de la familia Luchese, pero nunca pasó de ser un matón de la trinchera, generalmente un chofer que oía, veía y callaba, explotaba máquinas tragaperras y dirigía el restaurante “Lido”, que a veces servía de matadero. Valachi ofreció al Comité de Actividades Delictivas la clase de historias de macarrones y vendettas que los congresistas querían oír, identificó a más de trescientos miembros importantes de la Mafia y dibujó el esquema jerárquico de las Cinco Familias. Dijo que la Cosa Nostra era un segundo gobierno. Vito Genovese ofreció cien mil dólares por su cabeza. Hoover tuvo que cambiar sus prioridades: antes de las declaraciones de Valachi tenía a cuatrocientos agentes de la oficina de Nueva York buscando comunistas y solo a cuatro trabajando en el crimen organizado. A partir de 1963 empleó a 140 hombres en la lucha contra las bandas. Robert Kennedy estaba tan contento que pretendió mandar a Valachi a una isla desierta con un  taparrabos de hojas de palma, a vivir de los cocoteros. Valachi escribió sus memorias en cuadernos escolares y gramática parda. Era casi un analfabeto y masacró la sintaxis. Kennedy contrató al periodista Peter Maas (que más tarde escribió la biografía del policía Frank Serpico) para que las convirtiese en un libro legible. El manuscrito cayó en las manos del periódico Il Progresso, que consiguió que no se publicase por entender que denigraba a la población italoamericana y Valachi se convirtió en un estorbo. Se le acabaron las raciones de prosciutto, el queso de Gorgonzola y las islas de Robinson. Le sacaron de su celda con ventana y le metieron en un agujero federal en Michigan, en régimen de aislamiento. El Estado es ingrato. Le dieron una manta y una ducha a la semana. Los inviernos fueron fríos. Valachi se colgó con el cable de una bombilla pero se rompió y no la diñó. Más adelante le abonaron los servicios y le mandaron a la prisión de La Tuna, en Texas, a una celda con cocina americana. Una vez le dijo al agente John Flynn: “Yo ya soy un hombre muerto, pero cuanto más viva, mayor será la vergüenza para Vito Genovese”. Genovese murió en prisión, en 1969. Valachi dos años después, de cáncer de pulmón.

MARTÍN OLMOS

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La Pupila de la Aurora

In Espías y traidores on 8 de noviembre de 2012 at 13:10

Mata-Hari dijo al tribunal que la juzgaba: “He sido una cortesana, pero no una espía de Alemania”

“Mata-Hari apenas bailaba pero sabía desvestirse progresivamente moviendo un cuerpo largo y orgulloso”
SIDONIE GABRIELLE COLETTE.

Como la Mata-Hari no sabía bailar enseñaba el género y movía el cuero exuberante para el alborozo de los concurrentes, que después se iban a casa a hacer la comparación. Generalmente las legítimas salían perdiendo y los concurrentes le dejaban al hijo sin Reyes para regalarle diamantes de presumir a la Mata-Hari, que como no sabía bailar, enseñaba el género y movía el asiento, que lo tenía cobrizo como el fondo de una olla y terso como la piel de un tambor. La Mata-Hari observaba el lecho acomodaticio y la biografía variable, como el tiempo en primavera, y cuando se le gastaba una vida, se inventaba otra sin calibrar si tenía talento para llevarla a cabo. Dejó fama de danzarina y de espía de dos barajas pero tenía dos pies izquierdos, Sergei Diáguilev no le admitió en el ballet ruso, Richard Strauss le negó un papel en el estreno de su ópera “Salomé” y a la hora de averiguar secretos no pasó de recoger algún cotilleo de cuartel que se le escapó a un oficial con el pitillo de después del consuelo, que es propenso al desahogo. A Mata-Hari la fusilaron los franceses porque había que fusilar a alguien para mantener la moral alta y lo que mataron fue a una profesional solvente del oficio horizontal, a una ramera babilónica que trabajó las sábanas de seda porque no raspan y son más rentables que tumbarse a la marinería por tres chavos, una copa de ajenjo y un cuento de la mar. Mata-Hari ni siquiera se llamaba Mata-Hari y se llamaba Gertrudis.

La esposa
Margarita Gertrudis Zelle nació el 7 de agosto de 1876 en Leeuwarden, en la provincia holandesa que contribuyó al mundo con las vacas frisonas. Su padre era sombrerero, con lo que aprendió a calcular la circunferencia del talento de los demás pero, en cambio, estimó el tamaño del suyo por lo alto y se arruinó especulando en negocios fantasiosos. Margarita Gertrudis creció amulatada de piel, huérfana de madre e intuyó su belleza cuando tenía quince años y el director de la Escuela de Lyden, el señor Wibrandus Haanstra, se arrodilló a sus pies suplicándole que se quedase un rato más en clase, a repasar los deberes. A los dieciocho años tenía sueños de grandeza e inclinación hacia los uniformes, y empezó un noviazgo epistolar con el  capitán Rudolf  McLeod, un oficial que le doblaba la edad y estaba destinado en las Indias Orientales. McLeod la preñó y tuvieron que casarse por la presurosa, pasaron la luna de miel tomando los baños en Wiesbaden y al año se trasladaron a la isla de Java, donde el capitán fue ascendido a comandante y asumió el mando de la guarnición de Malang. La pobre Gertrudis había soñado un trópico de esposa colonial y lujo asiático y recibió vara de teca en el lomo, que le administraba su marido, que además le salió borrachuzo y putero. Ambos cónyuges se compenetraron con la cultura local, cada uno a su manera: el comandante McLeod violó a la hija de un sirviente javanés, que para empatar envenenó al hijo de la pareja, y Gertrudis aprendió el apareamiento oriental, que se hacía de preámbulos. Ambos tenían el lecho social. Licenciaron a McLeod en 1902, volvieron a Holanda y rindieron el matrimonio, que ya estaba deshecho de correazos y cuernos. Cada uno tomó su camino.

La bailarina
Gertrudis enterró en Amsterdam a la hija del sombrerero y se fue a París a intentar ser modelo de costureros, pero acabó en un burdel de segunda y pescó la gonorrea. Si había que ser puta, decidió no ser barata. Aprovechando que tenía la piel del matiz de la herrumbre se inventó a la Mata-Hari, bailarina india de la ciudad santa de Jaffuapatan, en la costa Malabar, hija del rajá Assirvadam, de la casta de los brahamanes, y de una bayadera del templo de Kanda Swany. Cuando quedó huérfana, la adoptaron los sacerdotes de la pagoda de Shiva, que la llamaron Mata-Hari, la Pupila de la Aurora, y la enseñaron los ritos de las danzas mágicas que volvían locos a los hombres. Un capitán de barco holandés la raptó y se la llevó a Europa, la obligó a bailar para él hasta que el hombre perdió la razón y Mata-Hari escapó. Según a quién se la contase, Gertrudis le ponía a la historia detalles de abusos y tigres. Mata-Hari debutó en el Museo de Arte Oriental de París en 1905, con los francos generosos que puso a su disposición su amante, el millonario Émile Guimet. Bailaba regular, confirmándole al auditorio la noción que se traía de casa de lo que era el Oriente, y al final del número se había despojado de los velos y tenía el temperamento al aire a excepción de los pechos, que escondía dentro de dos cazos de bronce, al parecer porque le faltaba un pezón, que le arrancó el comandante McLeod de un mordisco. Mata-Hari actuó en el Follies, en el Olympia y en la Scala de Milán, llegó a cobrar 10.000 francos por tarde más las propinas de los epílogos de alcoba y en Madrid bailó en el Central Kursaal y en el Alhambra, se alojó en el Ritz, frecuentó el Llardhy y el café Gijón, fue amante del senador catalán Emilio Junoy y le puso los cuernos a Raquel Meller gozándole al marido, el escritor Enrique Gómez Carrillo. Dato, Cambó y Romanones la quisieron conocer, pero Mata-Hari no les encontró una tarde.

La espía
La naturaleza inexorable siguió su curso y con el tiempo Mata-Hari fue perdiendo gracias y abandonó el baile por el meretricio de lujo. Cuando la guerra se desató en Europa, el jefe de los servicios secretos del Káiser, el embajador Kraemer, decidió que podía sacar provecho de la propensión de la bailarina a despertarse al lado de un militar. Mata-Hari inició su carrera de espía pensando que era un juego de sociedad para después del té. Espió poco y mal, para un bando y para el otro, y los informes que enviaba no tenían ni interés político ni militar. Francia había calculado una guerra corta y victoriosa y, sin embargo,  las bajas de las trincheras se empezaron a contar como escabechinas. Le vino muy bien una culpable célebre que además tenía cartel de golfanta. El contraespionaje francés la detuvo en París el 13 de febrero de 1917, la encerraron en la prisión de San Lázaro y la juzgó, sin prensa, un tribunal militar que tardó diez minutos en condenarla por alta traición. Tenía 41 años cuando la fusilaron en el campo de Vincennes, a las seis de la mañana del 15 de julio de 1917. No quiso que le vendaran los ojos y saludó con coquetería al pelotón de fusileros, que le correspondió acertando solo tres de los doce disparos. Dicen, pero no es cierto, que un piloto que había sido su amante bombardeó el campo. La remató de un tiro en la sien un sargento de caballería. El resto es mito y en el cine la hizo Greta Garbo, la Divina, y en España Gracita Morales (Uy, el señoriiiito), Blasco Ibañez la usó de modelo para la Freya de su “Mare Nostrum” y Hemingway impresionó a los paletos de Oak Park contando que se la tumbó, aunque la encontró un poco cargada de caderas. Hemingway fue a la Primera Guerra Mundial cuando Mata-Hari llevaba un año difunta, así que más bien la debió encontrar fría. Fue muy poco francés fusilar a una ramera para dar un escarmiento cuando ellos inventaron la Maison Tellier, la casa del 24 de la Rue des Moulins, que frecuentaba Toulouse-Lautrec, las camas Versalles y la sífilis.

MARTÍN OLMOS

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