MARTÍN OLMOS MEDINA

Archive for the ‘Esto es Hollywood’ Category

Baretta a la sombra de O.J.

In Esto es Hollywood on 31 de julio de 2015 at 23:22

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

Mataron a la mujer del pasma que hablaba con una cacatúa.

“Es una historia de Hollywood”

JAMES ELLROY

Robert Blake: pequeño y duro como el filete de un pobre. Un metro sesenta de nervios a flor de piel y devaneos con el delirio. Un hombre sin protección en el predio de las hienas. Una vida entera en el negocio de los farsantes para conseguir: el reconocimiento de una estrella de medio pelo, mesas en los restaurantes de segunda, el cortejo de las putas de mediana edad. Una vida entera en el negocio de los farsantes para NO conseguir: una estrella en Sunset Boulevard. Un turista de Biloxi, Mississippi, con un mapa de las mansiones de los famosos y una camiseta del Planet Hollywood dice: eh, tronco, ese es Baretta, el menda que hacía del pasma del loro. El tronco dice: a mí me molaban Starsky y Hutch. Una pava dice: eh, tía, ese enano hijoputa le pegó un tiro a su mujer. La tía dice: el puto O.J. Simpson, que le den lo que se merece al cabrón. La pava dice: ¿O.J. no es negrata? Robert Blake: pequeño y duro como un perno de resistencia y toda su vida en el negocio de los farsantes para acabar en las revistas del súper en la sección de los crímenes reales. El perno se pasa de rosca. Robert Blake parece un elfo en mitad de un colocón. Le metió un revólver en la boca a su primera esposa. A la segunda la mataron de un tiro a bocajarro. El fiscal está convencido que fue él. Robert Blake siempre lleva pipa. Robert Blake es un buen padre. Robert Blake sale en el show de Piers Morgan en la CNN con un sombrero de chulo de putas y dice chorradas y dice que es inocente. Cruza los brazos para pasar aún por un tío cachas. Parece, sin embargo, un bujarrón viejo. Joder, el tío tiene un Emmy. Joder, el tío tiene un Globo de Oro. El tío conmovió a Truman Capote. Tuvo su temporada y la tiró por el sumidero. Pudo ser el ángel de la autopista. Ahora es un elfo en mitad de un colocón en el reino de las hadas. Antes de todo fue Michael Gubitosi.

 

1933-1948: la infancia de Michael Gubitosi es una pura mierda: su padre James Gubitosi es hojalatero y es un trompas. James Gubitosi se entrompa y le zurra la badana a su hijo. Le encierra en un armario y le pone a comer en el suelo. El chaval tiene broncas en la escuela y le ponen en la calle por darse de hostias a diario con resultado de: una formación académica irregular. Interioriza una incapacidad para llorar con convencimiento. Su madre Lizzy Cafone le lleva a las pruebas del cine y el chaval empieza a salir en las pelis. Sale en una peli del Gordo y el Flaco. Sale en una peli de Tyrone Power. Sale en “El tesoro de Sierra Madre” haciendo de peladito que le pule un billete de lotería a Humphrey Bogart. Consigue un papel en el serial “La Pandilla”. Se cambia el nombre por el de Bobby Blake. Que le den por saco a James Gubitosi. Consigue un papel en el serial de vaqueros de Red Ryder. La Fundación de Jóvenes Artistas le da un premio. Es un remilgado y llora sin convencimiento.

1956-1978: la juventud de Robert Blake se sustenta sobre la evolución de niño prodigio a la búsqueda de su parcela al sol. Intermedio en la Armada. Su padre se pega un tiro. Que le den por saco al viejo curdas. Robert Blake entierra definitivamente a Michael Gubitosi. Toma clases de interpretación en la escuela de Jeff Corey. Intenta llorar con convencimiento. Se cree que es el puñetero Marlon Brando. Le ofrecen el papel de Joe Cartwright en “Bonanza” y les manda a paseo. Michael Landon tiene más olfato y empieza su carrera que culminará de ángel de la autopista. Robert Blake hace el rodaje en los seriales de vaqueros y sale en “Cisco Kid” y en “Laramie”. Sale de segundón en pelis decentes con Robert Redford y Gregory Peck. Sale de principal en mierdas de serie B de carreras de coches y macarras. Tiene suerte y se parece a Perry Smith el Asesino. Perry Smith: medio indio cheroqui, cojitranco y asesino de la familia Clutter. Truman Capote le convirtió en un mártir literario. Colgaron a Perry Smith para que Capote culminase su obra. Capote se sintió culpable por desear la muerte de Perry Smith. Robert Blake hace de Perry Smith en la película de Richard Brooks porque se parece a él como una gota de agua a otra. Truman Capote alaba su interpretación. Sale en la tele diciendo chorradas. Se las da de listeras. Dice: “Un asesino se convierte en asesino después de matar a alguien. Pero ¿qué es antes de llegar al corredor de la muerte? Es como tú y como yo”. Robert Blake: un sociólogo. Qué cojonesROBERT BLAKE EN BARETTA. sabrá él. La crítica le alaba. Ya es Marlon Brando. Quiere papeles en dramones de Tennessee Williams. Le dan papeles de piel roja, de espagueti y de cholito. Recoge el rédito de la timba y le dan la serie del pasma del loro. Baretta es un poli que habla con una cacatúa. Baretta oscila a la sombra de Starsky y Hutch. Le dan un Emmy y un Globo de Oro. No le dan dramones de Tennesse Williams. Robert Blake gestiona su frustración con azumbres de priva, con pirulas y con heroína. No le aguanta ni Dios. Es un enano fatuo cuando la autodestrucción ya no se lleva. Se casa con Sondra Kerr. Es mal marido. Es buen padre. Se divorcia de Sondra Kerr y le mete una pipa en la boca para pedirle la custodia de los hijos.

 

1995- 3 de mayo de 2001: Robert Blake el viejales baila con las pechugonas de la mansión Playboy. Tiene pinta de elfo de colocón. Lleva desde los cinco años en el tinglado. Hace malos en pelis de Wesley Snipes. Nadie se acuerda de Baretta. Se enreda con Bonnie Lee Bakley en un club de jazz. Robert Blake tiene 65 años. Bonnie Lee Bakley tiene 42 años. Bonnie Lee Bakley: choriza, rubia de bote, un aire a Bonnie Tyler, una zorra de pies a cabeza. Bonnie Lee Bakley se ha casado diez veces. Se hace fotos enseñando las tetas y se las manda a los puretas. Tiene un negocio de chantaje a viejos cachondos. Toda su vida orbitando alrededor del negocio de los farsantes para pescar una ganga. Ha intentado ligarse a: Dean Martin, Jerry Lee Lewis, Gari Busey, Sugar Ray Leonard. Le echó un par de polvos al hijo de Marlon Brando. Bonnie Lee Bakley ha chupado trullo por: endosar cheques falsos, posesión de pirulas y robo de tarjetas de crédito. Bonnie Lee Bakley y Robert Blake: la zorra rubia y el enano que va de vieja gloria. Bonnie Lee se preña. Robert Blake le propone un raspado. Bonnie Lee pasa del raspado. Robert Blake se hace la prueba de paternidad. No se fía una mierda. Bonnie Lee no sabe si el pendejo es suyo o del hijo de Marlon Brando. Robert Blake es el sembrador. Robert Blake es un buen padre. Se casa con la zorra y le dice: deja el negocio del chantaje a los puretas cachondos. Bonnie Lee Bakley sigue con su industria. Tiene enemigos. Se ha puesto un poco gorda. Robert Blake le dice a un colega: estaría mejor sin la zorra.

 

4 de mayo de 2001: el elfo y la zorra van a cenar al Vitello´s, un restaurante italiano de segunda. El Vitello´s tiene aparcamiento para los clientes, pero el elfo deja el coche a tomar por saco. Regresan paseando. El elfo dice que se le ha olvidado la pipa en el restaurante y deja a la zorra en el coche. A la vuelta se encuentra a Bonnie con un tiro detrás de la oreja izquierda y otro en la espalda. La zorra está lista. Robert Blake llora sin convencimiento. La pasma encuentra una Walther PPK en un cubo de basura. Las pipas del elfo están limpias. La Corte Suprema de California le mete a juicio. El menda se arruina contratando al abogado de Mike Tysson. El caso oscila a la sombra del de O.J. Simpson. Robert Blake siempre a la sombra, pequeño y duro y desamparado en el predio de las hienas. Sin estrella en Hollywood Boulevard. El jurado le absuelve y el fiscal Steve Cooley dice que los miembros que lo conforman son una banda de gilipollas. Robert Blake dice: creo que soy una especie de mutación. Vive del mogollón de la prensa amarilla. Guarda la esperanza de un gran papel antes de diñarla. Robert Blake: el pobre perno sin rosca con un frágil asidero a la cordura. El calco de Perry Smith el asesino. El pasma del loro, ¿te acuerdas?, el Baretta.

MARTÍN OLMOS

 

 

 

 

 

Anuncios

El indio macho

In Esto es Hollywood on 17 de mayo de 2015 at 18:41

ILUSTRACION EL INDIO FERNANDEZ

El director de cine mejicano Emilio Fernández sembró bastardos en Coyoacán y mató a un mono, a una perra y dicen que a siete hombres.

“Mi padre no era golpeador; él mataba”
ADELA FERNÁNDEZ

Don Luis Buñuel, ateo gracias a Dios, se quedó medio teniente por pegar tiros dentro de su despacho disparando sobre una caja metálica que colocaba sobre la biblioteca. Don Luis Buñuel llegó a poseer sesenta y cinco revólveres y fusiles y media docena de bastones con estoque, y en cambio, le sorprendió la frecuente presencia del chumbo del cuarenta y cinco entre los ajuares de los machos mejicanos. Don Luis contó en sus memorias que cuando rodaba en Méjico “La vida criminal de Archibaldo de la Cruz”, el sindicato le obligó a introducir una banda sonora que tocaron treinta músicos que se sacaron las chaquetas porque en el auditorio hacía calor y veinte de ellos enseñaron sus pistolones que cargaban en fundas de sobaco. En otra ocasión vio a Chano Urueta dirigir una película con un Colt pendiéndole del cinto porque “nunca se sabe lo que puede pasar”. Chano Urueta hizo la revolución cabalgando en un regimiento de Pancho Villa y pensaba que las monjas y los bizcos traían mala suerte. Buñuel les ponía barrunto, en cambio, a los ciegos. En Méjico se cultiva la afición a pegarle candela a la pólvora, la exhibición del coraje y el compadreo con la muerte, que la dicen la Chingada, la Calva y la Dientuda y la dicen la Pelona, la Tiznada y la Patas de Catre. A la Chingada la frecuentan los machos charros con familiaridad como quien merienda con un primo y contaba Buñuel que cuando tomaban los tequilas se apostaban el cuero jugando a la ruleta mejicana, que consistía en tirar un revólver amartillado al aire arriesgando que al caer se disparase a la buena de Dios y le acertase a alguien. John Huston, que en su temprana juventud corrió Méjico mientras decidía qué hacer con su vida, se enredó en timbas con los milicos que celebraban las buenas manos estampando los revólveres montados al pelo contra el techo con la luz apagada para ver a quién le tocaba el balazo. El pintor Diego Rivera le pegó un tiro una vez a un autobús.

El hombre mejicano es macho sin charco que cuelga huevazos sudones en exhibición, lo que a primera vista puede parecer una evidencia común con el resto del género, pero no se da, es un decir, en el monsieur francés, que desciende del rey Enrique III de la Casa de Valois, que le decían el Hermafrodita y puso de moda los pendientes de aro turcos. El macho mejicano viene del español y contaba una leyenda franquista que cuando el charro Jorge Negrete visitó España en 1948, las mujeres se le echaron encima en el aeropuerto de Barajas y Negrete preguntó si es que no había hombres en el país y un ministro del Régimen le acomodó una hostia para sacarle de la duda. Chano Urueta, que se precavía de las monjas y de los bizcos y dirigía películas con un Colt al cinto porque nunca se sabe lo que puede pasar, era ateo como Buñuel, aviador y catedrático de Filosofía, hablaba siete idiomas y su nieto fue el célebre luchador enmascarado Blue Demon Jr. El Chano Urueta formó parte del elenco mejicano de la película “Grupo Salvaje”, de Sam Peckimpah, interpretando a Don José. A Peckimpah le habló de Urueta el Indio Emilio Fernández, cineasta macho y mestizo del que cuentan que mató a siete hombres, a un mono y a una perra que le salió puta. El Indio hizo del general Mapache en “Grupo Salvaje” y le sugirió a Peckimpah la idea de empezar la película pegándole fuego a un escorpión.

Emilio Fernández Romo nació en 1904 en Mineral del Hondo, en el estado de Coahuila, que linda por el norte con Texas y el Río Bravo, y le dijeron el Indio porque era hijo de una indígena kikapú y de un general de Pancho Villa. Cuando tenía nueve años, su madre le apartó un hueco en la piltra a un terrateniente local mientras su padre andaba a caballo sirviendo a la Revolución. El Indito Emilio los descubrió y nomás limpió la traición matando a tiros al terrratenientito. Los carnales del difunto mataron después a la madre y el Indio tuvo que escapar y se alistó en el ejército, participó en la rebelión delahuertista contra el presidente Obregón y sufrió penal, del que se fugó para cruzar la frontera del norte y acabó ganándose la vida en Hollywood haciendo de bailarín de huapangos. En 1928 posó en cueros para Cedric Gibbons para ser el modelo de la estatuilla del Oscar, conoció a Eisenstein y a John Ford y cuando regresó a su país contribuyó a consolidar la edad de oro del cine mejicano, asociándose con los actores Pedro Armendariz y Dolores del Río y con el fotógrafo Gabriel Figueroa, que culminó cuando ganó la Palma de Oro de Cannes en 1946 con la película “María Candelaria”, cuyo guión escribió en una sola noche de tequila y farra sobre una resma de servilletas de papel.

El mono Macario y la perra golfa
El Indio calzaba espuelas nazarenas que le abrazaban el talón de sus botines, peinaba bigote e hizo un oficio de ser macho. Tomaba indistintamente mezcal y tequila y a veces brandy y dirimía a tiros cuando era menester. A un técnico le baleó porque le arruinó una toma tosiendo y le pegó un tiro a un periodista que le contradijo en el hotel Excelsior. Buñuel contó que zanjó una discrepancia con un crítico de cine a cuenta de la importancia de un premio pegándole un tiro en el pecho y con setenta años, rodando “Traedme la cabeza de Alfredo García”, de Sam Peckimpah, se enredó en una fiesta de barra libre en un changarro llamado el Tlaque-Paque, que era propiedad de un hombre al que decían el Macho, y a la salida le embistieron tres matones, le sacaron de la carretera tirándole a una zanja y rompiéndole dos costillas y el Indio les espantó a balazos con un chumbo que guardaba debajo del asiento. El Indio se hizo construir una casa fortaleza en Coyoacán a la que iban Juan Rulfo y el muralista Diego Rivera a tequilear. A Diego Rivera le llamaba su mujer Frida Kalho el Panzudito. Frida Kalho no pasaba más allá de la verja de la casaEMILIO EL INDIO FERNANDEZ de Coyoacán porque decía que era una cueva de machos y llamaba al Panzudito a gritos desde la calle para regresarlo a dormirla. En Coyoacán tenía el Indio una perrita que se escapó una noche a callear y volvió preñada y el Indio agarró el fierro y le pegó un tiro por puta. También mandó fusilar a un mono. Le dio dos mil pesos a su hija Adela para pagarle unas tortitas a una viejita y la señora dijo que ella no le cobraba al Indio porque le tenía veneración. Adela se compró un monito con el dinero y le puso de nombre Macario y cuando el Indio se enteró dijo que nomás era frivolidad cambiar el dinero del pobre por un capricho, sacó a Macario al patio y lo terminó a tiros contra un paredón. El Indio macho era también jodedor de afueras y calzó a tantas doñas que su hija Adela se prometió no echarse novio de Coyoacán por no arriesgar la posibilidad de que fuese su hermano. A la niña Adela la crió el Indio dándole trocitos de carne cruda mojados en tequila y chile. Le daba un trocito a ella y otro a su gallo de pelea. La niña Adela se hizo lesbiana con el tiempo y el Indio corrió su desgracia a la prensa diciendo que le había salido la hija machorra. A la hija del Indio la llamó García Márquez “la oscura y tristísima Adela Fernández” y ella, quizá por rencor, dijo que su padre pintaba de hombrón pero que ella le veía bien joto porque se perfumaba con colonia “Havanita”, que se hacía traer de Cuba y olía a gardenia y vainilla, y se untaba de cacao para que los piecitos le aromasen a chocolate. El Indio macho gastaba calcetines de seda. Joto o derecho, el Indio siguió dando pelea de pellejo y con setenta y dos años mató a tiros en Coahuila a un campesino de nombre Javier Aldecoa en medio de un pleito de cantina. Le dieron presidio en El Torreón y salió aflojando una fianza de 150.000 pesos. El Indio tenía cuatrocientos pares de zapatos que dejó sin estrenar cuando le cogió la muerte con ochenta años el seis de agosto de 1986.

MARTÍN OLMOS

Velada en el jardín: John Huston contra Errol Flynn

In Esto es Hollywood on 4 de octubre de 2014 at 19:05

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS
Hollywood le ha puesto ballet a las peleas de cartón, pero de las de verdad solo se sabe como empiezan

“Los chicos no lloran, tienen que pelear”
MIGUEL BOSÉ

Los tíos machos se quedan en las verbenas clavados al pesebre para que no les bauticen el bebercio y no se arrancan al bailable ni en el nombre del Dios Padre. Los tíos machos piensan, quizá con razón, que bailar es de zíngaros, de chicas y de mulatos del Copacabana. Los tíos machos guapean quietos, como recibiendo al toro, solidificados en una quietud sin fisuras ni adornitos y, como mucho, puntean el compás marcándolo con las uñas de los calcos de aligator que se han puesto para presumir. A los tíos machos les gustaría, en el fondo, arrancarse por tangos como el Cachafaz y llevarse de calle a Ginger Rogers como hacía Fred Astaire con sus pasos de claqué, a pesar de que era canijo y medio calvo, pero no se atreven a mostrarse para que no les digan maricas los amigachos. Los tíos machos, machos de la machería, cuando quieren mover el esqueleto en la verbena se engarzan a hostias de puñetazo limpio con los otros machos de la machería y se vuelven a casa a la hora del último agarrao, con un ojo en el bolsillo y la sonrisa con intermedio, pero con su estólida machez intacta. Norman Mailer escribió que los tipos duros no bailan y los machos han concluido que bailar es de derviches y de travoltas; que haciendo una excepción, se le puede disculpar a un maño una jota si son las fiestas del Pilar pero en general, bailar es una cosa de chicas, como tardar en el tocador y el color rosa. De hombres es el brandy Soberano, aguantarse la meada sin levantarse de la mesa y pelearse a hostia pura en las verbenas.

Lo de pelearse es un atavismo macho derivado de la berrea del ciervo rojo, que a finales de septiembre se mide a cornadas con los demás ciervos rojos para procurarse un harén. A esto de pelearse le ha puesto mucho folclore Hollywood con “El hombre tranquilo”, en donde John Wayne se partía la crisma abnegadamente con su cuñado y después se lo llevaba de cañas y a cenar y cantaban canciones por el camino. El cuñado era Víctor McLaglen, que estuvo de Guardia Real en el Castillo de Windsor y fue campeón de boxeo del Ejército Británico en 1918. McLaglen peleó seis asaltos con el negro Jack Johnson y trabajó en un circo de pueblo desafiando a puñetazos a los paletos por veinte pavos. John Wayne, por su parte, tumbó de un puñetazo a un guardaespaldas de Frank Sinatra. El cine de Hollywood lo gestionaban los judíos, pero lo hicieron muchos medio irlandeses chungos y por eso sacaban en las películas muchas peleas. Los irlandeses propenden, por naturaleza, a beber, a mentir, a cantar canciones que hablan de la emigración y a pelearse a puñetazos. En el condado de Kerry, en el sudoeste de Irlanda, eran tradicionales las peleas montoneras entre familias que se atizaban con palos hasta descalabrarse. En junio de 1834, dos mil hombres del clan de los Cooleens se enfrentaron con otros dos mil de la familia Mulvihills-Lawlors en la feria de Ballyeigh, en la frontera de los condados de Kerry y Tipperary, y la pelea acabó con más de veinte muertos. La feria de Ballyeigh siempre acabó en tángana hasta 1856, cuando la trasladaron a Listowel para poner distancia entre los Mulvihills-Lawlors y los Cooleens.

Los irlandeses de Hollywood le pusieron folclore a las peleas haciéndolas de ballet y de sillas con la consistencia de una barra de pan que no tenían nada que ver con las de verdad, que son más cortas y sin coreografía, sudorientas de babas y mocos colgando. Con camisas rotas y bajas laborales. Cuando en Hollywood los machos no eran evanescentes también se zurraban sin guión y una de las peleas más célebres la libraron Errol Flynn y John Huston, que eran irlandeses en estado de ánimo. Huston había boxeado en su juventud ganando veintitrés de los veinticinco combates profesionales que disputó en la categoría del peso ligero y ostentaba el vestigio de la nariz bidimensional. Errol Flynn también boxeó en el amateur y decían que a los veinte años mató a un hombre en Nueva Guinea y a los veintiuno tuvo gonorrea. Ambos hombres compartían la costumbre de entromparse en las fiestas porque eran tipos duros que no bailaban y en una que dio el productor David O. Selznick en su casa en 1943 discreparon sobre la reputación de una dama y salieron a dirimir al jardín, se quitaron las chaquetas y se calentaron durante casi una hora. Flynn le aventajaba a Huston por doce kilos y le derribó tres  veces seguidas a derechazos. La primera vez, Huston rodó sobre su cuerpo esperando las patadas, pero Flynn, caballerosamente, se retiró y esperó a que se levantase. Huston cayó sobre los codos en las tres ocasiones, sobre un piso de gravilla, y se le astilló el derecho. Flynn le rompió la nariz y le abrió una ceja, pero Huston se aprendió la secuencia invariable de sus combinaciones de directo y gancho y le bloqueó las acometidas respondiéndolas con golpes al cuerpo y le rompió dos costillas. Flynn, entonces, se enganchó en presas para recuperar la respiración tomando la ventaja de los doce kilos y de una mayor fuerza física. Andaban en tablas cuando les separaron los que salieron de la fiesta y acabaron los dos en el hospital. Se telefonearon al día siguiente preocupándose por sus respectivas saludes y echaron bromas de la machería sobre acabar la contienda en otra ocasión llegando a acariciar la idea de repetir el combate con fines benéficos. Concluyeron que fue pelea limpia y no tuvieron nada que reprocharse y, sin embargo, no se volvieron a ver hasta quince años después, cuando Huston dirigió a Flynn en “Las raíces del cielo” en África. Flynn era una sombra de lo que fue y ya no estaba para peleas y se pasó las noches en vela bebiendo vodka y cabalgando putas que le procuraba un médico militar francés, veterano de Dien Bien Phu,  que antes las trataba con bismuto para que no le pegasen la gonorrea.

Las peleas de Hollywood son de ballet y de sillas con la consistencia de una barra de pan y no se parecen a las de verdad, que son más cortas y sin coreografía, sudorientas de babas y mocos colgando. Las peleas de los mazorrales de las verbenas empiezan en berrea de ciervo rojo pero pueden acabar en árnica y dispensario y pueden desembocar en navaja y en luto generalmente por nada. El hombre, aunque macho, es un bicho más bien frágil y la naturaleza es cruelmente indiferente: un absceso en el dedo del pie puede derivar en osteomielitis y provocar la muerte. Iniciar gresca es como cabalgar sobre el tigre de Lao-Tsé, que no se puede desmontar cuando se quiere. Luego resulta que las sillas no tienen la consistencia de una barra de pan y luego vienen los disgustos, oh Señor. Pasó casi ayer, en las fiestas de San Fermín, que un yanqui en la corte del rey Ernesto le zumbó un puñetazo a un paisano que iba trompa y se confundió de novia y lo dejó en coma porque se dio en la cabeza contra el suelo cuando se desmoronó. Cuando el hombre comprende que es rompible se le atenúa el macho y casi baila en las verbenas, se convierte en el varón declinante que decía Umbral, que pasa de ser muy macho a ser muy dama de las camelias y deja las peleas para los chavales, que tienen más correa y menos conocimiento, los pobres, y para los del parlamento de Corea, que son dados a hostiarse en barullo y al montón como si fueran irlandeses de County Kerry.

MARTÍN OLMOS

La noche que mataron a Ben Hur

In Esto es Hollywood on 6 de mayo de 2014 at 10:01

A Ramón Novarro le mataron dos chaperos por 5.000 dólares improbables

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“La espantosa muerte de Ramón Novarro a causa de una paliza recordó los extraños crímenes del Hollywood de antaño”  
KENNETH ANGER

1862
Se riñó la sangrienta batalla de Shiloh de la Guerra de Secesión. Contendieron las fuerzas confederadas del general Albert S. Johnston y las del  Ejército de Tennessee de Ulysses S. Grant. En dos días de lucha murieron 25.000 hombres. Ulysses S. Grant empinaba el codo. Ocho años antes tuvo que dejar el ejército por borrachuzo. El primer día Johnston tomó la iniciativa. Hizo correr a las tropas bisoñas. Grant se perdió el comienzo del combate  porque se estaba reponiendo por haberse caído debajo de un caballo. El borrachuzo de Grant se entrompó y desmontó a la voltereta. Los unionistas se replegaron a lo largo de cinco kilómetros. No dejaron de retroceder.  Johnston se dejó alcanzar por una bala que le seccionó una arteria. Murió  desangrado. Murió sonriendo, al mediodía. Le envolvieron en una manta para que no le viese la tropa. El general Beauregard asumió el mando. Beauregard admiraba a Napoleón. Beauregard rió primero y no se acordó de que el que se ríe después se lo pasa mejor. Ordenó enviar un telegrama a Richmond anunciando la victoria del sur. Grant esperaba los refuerzos de los generales Wallace y Prentiss. Lewis Wallace era abogado. Su padre estuvo en West Point. Lewis Wallace tenía treinta y cinco años y no pensaba mucho en Jesucristo. Lewis Wallace condujo a su división a través de una de las dos rutas posibles. Grant no le había especificado cuál debía tomar. Grant ni siquiera reparó en que no hay un solo camino para llegar a cualquier parte. El segundo día se decidió la batalla de Shiloh a favor de la Unión gracias a la llegada de un refuerzo de 25.000 hombres al mando del general Carlos Buell. Grant celebró la victoria. Puede que con un trago. Grant perdió 13.000 hombres. Los confederados 11.000. El rey Pirro de Epiro contó sus bajas después de derrotar a Roma en la batalla de Heraclea y dijo: “Otra victoria como ésta y volveré solo a casa”. En el norte llamaron a Grant borrachuzo. Grant buscó a alguien que pagase la cuenta del bar. Dijo que el general Lewis Wallace perdió unas horas preciosas al equivocarse de ruta. Wallace aún no pensaba en Jesucristo. Se pasó la vida intentando quitarse el blasón de incompetente.

1878
El presidente Rutherford B. Hayes nombró a Lewis Wallace gobernador territorial de Nuevo México con un sueldo de 2.600 dólares al año. Le encomendó la misión de acabar con la guerra de pastos del Condado de Lincoln. En Lincoln había cholos, mestizos y arribistas. En la guerra del Condado de Lincoln destacaba por bravío un pistolero niño. Se llamaba Billy y no sabía que iba a  ser leyenda. Apenas barbaba derecho, apenas era un pendejo. Lewis Wallace hizo el viaje a Nuevo México en tren. Demoró las horas largas hablando con Robert Ingersoll, filósofo agnóstico. Lewis Wallace acabó el viaje pensando en Jesucristo. Lewis Wallace no entendió a Billy el Niño. Le prometió un indulto que se olvidó de cumplir. Billy le prometió la muerte. Lewis Wallace se entrenó disparando contra una silueta dibujada sobre una pared de adobe. Mientras tanto escribió una novela de romanos que se llamó  “Ben-Hur. Una Historia de Jesucristo” y ofreció una recompensa de 500 dólares a quien matase al Niño.

1880
El 12 de noviembre la editorial Harper y Hermanos publicó “Ben-Hur”. En cuarenta días vendió cinco mil ejemplares de la primera edición. A Lewis Wallace le gustaba fumar puros oyendo a las cigarras. A veces oía serenatas tapatías que le cantaban al Niño. Se las cantaban las Guadalupes. En los periódicos del norte hablaban de Billy el Niño. Billy acaso intuyó su leyenda. Billy acaso ni se la imaginó. Las circunstancias de Billy eran más grandes que Billy.

1881
Pat Garrett mató a Billy el Niño quizás a traición. Billy el Niño murió descalzo como Jesucristo y le siguieron cantando serenatas tapatías las Guadalupes.

1888
“Ben-Hur” fue el libro más vendido de los Estados Unidos después de la Biblia. En Broadway lo adaptaron al teatro y permaneció quince años en cartel. Recaudó veinte millones de dólares.

1905
Murió Lewis Wallace de cáncer. Durante cinco años fue embajador en Turquía. Vio crepúsculos de medias lunas en Estambul. Oyó las músicas que animaban a los derviches y quizás le recordaron a las serenatas de la raya que le cantaban al Niño las Guadalupes.

1925
Faltaban cuatro años para que el mundo se fuera al diablo. Se estrenó la película “Ben-Hur” de la Metro-Goldwyn-Mayer dirigida por Fred Niblo, la cinta de cine mudo más cara de todos los tiempos. El hijo de Wallace,  Henry Lane,  recogió los réditos. En el rodaje en Roma murieron ahogados varios extras al incendiarse un barco reproduciendo una  batalla naval. Ramón Novarro fue Juda Ben-Hur. Ramón Novarro era mejicano como una serenata tapatía. Era el rival de Valentino. RAMON NOVARROValentino y Novarro se iban de juerga juntos. Valentino se casó con dos lesbianas. A Valentino le dijeron de sarasa. Valentino se partió la cara con los que le dijeron de sarasa. Valentino se murió un año después preguntándole a su médico: ¿de verdad tengo pinta de maricón? Ramón Novarro era sarasa. La Metro le intentó un matrimonio de conveniencia. Ramón Novarro frecuentaba putos. Valentino le regaló a Novarro un consolador de grafito art decó autografiado. El grafito es una forma de carbono. El art decó es la decoración poco funcional de las entreguerras. Ya saben lo que es un consolador.

1959
Se estrenó la película “Ben-Hur” de la Metro-Goldwyn-Mayer dirigida por William Wyler. Charlton Heston fue Juda Ben-Hur. Bette Davis dijo que llamaban actor a cualquiera que se untase de aceite los musculitos. Charlton Heston partía nueces con la quijada y era progresista. Charlton Heston tuvo un primo en el Renacimiento que posó para Miguel Ángel. Acabó besando a una mona debajo de la Estatua de la Libertad y derivó a estribor.

1968
No era mayo ni era París. Era 31 de octubre y era “Halloween”, la fiesta de las calaveras. Ramón Novarro frecuentaba putos. Dejó atrás los buenos tiempos. Le acabó el cine sonoro. Le acabó que le dijeran de comunista. Apareció en capítulos de “Bonanza” y de “El Gran Chaparral”. Ramón Novarro frecuentaba putos. A veces se entrompaba. Ramón Novarro se entrompó y le dijo a un chapero que se iba a gastar cinco mil machacantes en hacer obras en su casa de Lauren Canyon. Iba a cumplir setenta años. Tom y Paul Ferguson eran dos chulos de tercera. Creían que Novarro tenía los cinco mil en su casa. Le cortejaron para una juerga griega. Le ataron con un cable, le violaron y le torturaron a hostias. Luego le ahogaron metiéndole en la boca el consolador de granito art decó que le regaló Valentino. Mataron a Ben-Hur.

1999
Dos estudiantes tarados mataron a trece personas en el Instituto de Columbine, en Colorado. Llevaban en las mochilas los donuts, una escopeta Sprinfield, una carabina del nueve, una Stevens de dos cañones, una semiautomática de mano y cien bombas de propano.

2002
Michael Moore presentó su documental “Bowling for Columbine” en Cannes. Si quiere usted alternar en sociedad con los tíos finolis tenga la precaución de no pronunciar la s final, que es muda. Michael Moore era el gordo del instituto que quiso ser guay. Charlton Heston ya no besaba monas ni era progresista y animaba los cotarros de la Asociación del Rifle levantando un Kentucky de chispa como antaño levantó las Tablas de la Ley. Al final de “Bowling for Columbine”, Michael Moore se la pegó. Le pidió una entrevista. Heston se sentó en una silla de tijera con su nombre. Moore le preguntó por la libre circulación de armas en los estados de la Unión. Le responsabilizó de que los tarados disparasen en los institutos. Heston huyó. A pasitos de viejales. Dobladito. Ya no estaba para cuadrigas ni para besar monas. Si quiere usted alternar en los juegos florales con los poetisos tenga la precaución de no acentuar la primera a de cuadriga. Michael Moore pensó que era guay perseguir a un viejo. Michael Moore era un tío super guay. Gastaba sudaderas, gorras y doble papada. El machote le hizo correr a un Ben-Hur con peluquín medio inválido. Salió en “South Park”.

2014
Paul Ferguson sigue en la trena. Su hermano Tom murió en 2005 después de que le soltaran y volviese al trullo por violación y sodomía. En Semana Santa pondrán en la tele “Ben-Hur”. Pero es mejor verla en el cine con cinco duros de maní.

MARTÍN OLMOS

La sonrisa de la Dalia Negra

In Destripadores y sacamantecas, Esto es Hollywood on 29 de marzo de 2014 at 12:50

 ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Elizabeth Short pidió bailar y tenía que acabar pagándole a la orquesta. Nada es gratis en esta vida”.
JAMES ELLROY.

No había ninguna necesidad de asesinar a Elizabeth Short porque ya le habían matado sus sueños. En Hollywood, una chica sin sueños es como un hombre que ha perdido la esperanza y solo le queda regresar a la granja y envejecer en delantal o el arroyo que discurre paralelo a Sunset Boulevard, que aunque no se ve, porque lo tapan las palmeras, es negro como el alma de un pecador. En Hollywood se fabrican ilusiones que se pagan a plazos, como en Detroit fabrican coches, en Hollywood las pirámides son de cartón y solo son bonitas por la parte que se ven y por detrás son de quincalla, los besos son de mentira, las caras de cemento y los corazones de pedernal. Elizabeth Short quería ser actriz, como las demás, besar a Robert Mitchum y ser la novia de América. En su pueblo de Hyde Park, en Massachussetts, era el bombón local, pero allí un golfo que mangase tapacubos obtenía el cartel de enemigo público, y en Hollywood Elizabeth Short era del montón. Cuando no le quedaron sueños a los que recurrir eligió el arroyo negro, los asuntos de una noche con mendas que no eran de fiar, el bebercio  y el carmín desdibujado, y disfrazar las cartas a mamá, impostando una caligrafía firme, he conseguido un papel en una de Victor Mature, tengo una frase corta, las chicas no me reconocerán con una túnica y en el pelo una tiara de plata, ¿sabes lo que es una tiara, mamá?,  estoy deseando que la veas, con Victor Mature, es de romanos. O de griegos. Besos, mamá. Y que las lágrimas, si le quedaba alguna por derramar, no corriesen la tinta. Un curda ayer le dejó en el muslamen un cardenal, se pensó que todo era orégano, apestaba a tragos de garrafón, a unos cuantos, y se puso tocón en el drive-inn, cuando le sirvió el café. Y no dejó propina. No había ninguna necesidad de asesinar a Elizabeth Short, no de aquella manera, porque ya tenía los sueños muertos y enterrados.

Betty Bersinger no fue la única persona que la vio tirada en el baldío de Leimert Park, un solar en demolición al sur de Los Ángeles, la mañana del 15 de agosto de 1947, pero fue la primera que no la tomó por un maniquí roto. Elizabeth Short había llegado al final del camino, que no fue largo. Ya no era hermosa, ni para Hollywood ni para Hyde Park, Massachussetts. La habían cortado en dos a la altura del ombligo y habían dejado las dos secciones colocadas teatralmente a medio metro la una de la otra, parecía la faena truncada de un mago malo que se había cargado a su ayudante. Tenía marcas de ligaduras en las muñecas y los tobillos y los pechos quemados con cigarrillos, el derecho casi totalmente amputado del tórax. Le habían ELIZABETH SHORT, LA DALIA NEGRAextraído el mesenterio, el útero, los ovarios y el recto y desde el ombligo hasta la sínfisis pubiana se observaba una incisión longitudinal. Tenía las rodillas quebradas a estacazos, la nariz rota y una “B” grabada a cuchillo en la frente. No había ni una gota de sangre y el cuerpo desnudo, convertido en un guiñapo roto, estaba limpio como si estuviera preparado para que lo exhibiesen en un velatorio al aire libre, esperando la radiante mañana de California, donde siempre brilla el sol. Y como en Hollywood las sonrisas marcan el paso y, aparte de Buster Keaton, los tristes no caben, Elizabeth Short sonreía a su muerte porque no le quedaba más remedio: le habían cortado ambas comisuras de la boca atravesándole los músculos maseteros, extendiéndose por las articulaciones de la  mandíbula hasta llegar a los lóbulos de las orejas, le habían dejado riendo, como si encontrase divertido el martirio, como si su vida hubiese tenido gracia. Una gracia de morirse.

El Departamento de Policía de Los Ángeles (LAPD) la identificó como Elizabeth Ann Short, de 24 años, 48 kilos y 1´65 metros de altura, blanca blanquísima, guapa al estilo del medio oeste, pelo negro y ojos azules como el cielo de Rodeo Drive. Hasta aparecer en dos partes llevó una biografía previsible, sueños de cine, el pueblo se le quedó pequeño, la ciudad le venía grande, se hacía la viva pero se chupaba el dedo, se casó con un soldado y el soldado se estrelló en Filipinas, frecuentaba los cuarteles, se tatuó una rosa en el muslo izquierdo, se vestía de negro, el cine era en colorines y el mundo era gris, mezclaba el whisky con la benzedrina, una vez la trincaron por soplar sin tener la edad y otra vez un militar le dio una paliza en Camp Cooke, le infló un ojo azul y le dejó partida la boquita de carmín rojo. A Elizabeth Short le gustaban los soldados y aprendió que en Hollywood los contratos se firman en postura de derribo, que todo lo que brilla no es oro y que en una ciudad donde hay muchas gacelas abundan los tigres. No aprendió el camino de vuelta a casa, ni a quitar el hambre, y no aprendió a mantenerse de una pieza. Últimamente había derivado hacia la prostitución de subsistencia y se dejaba pegar un recorrido por una cena y una entrada en el Trocadero, no tenía domicilio fijo y se metió en un atolladero. Dicen los trileros que las ratoneras funcionan porque a los ratones les gusta el queso. Igual a Elizabeth Short le quedaba un jirón de sueño y pensó que aún existía el polvo de estrellas. Igual era una gacela coja y negra en un campo de tigres feroces. Igual le gustaba el queso, aunque oliese mal.

La metieron en hielo en un cajón de la morgue y se quedó sonriendo su rictus de cuchillo para la eternidad, como un bufón dormido. El forense determinó que no estaba embarazada y que cuando murió no estaba ni drogada ni bebida, que había sido violada post-mortem y que le habían mutilado en vida. Calculó que la habían torturado durante 72 horas y que cada minuto se le hizo eterno. El forense rezó por todas las chicas del mundo. Después la habían desangrado como a una res, la habían lavado y la habían dejado en Leimert Park en dos trozos, como un serial de dos capítulos, unas seis horas después de matarla. Doscientos policías interrogaron a los chulos y a los tarados, a los novios, a los soldados y a los que una vez le convidaron una copa, en el cine ponían “La Dalia Azul”, con Verónica Lake y Alan Ladd. Una revista se inventó lo de la Dalia Negra y el nombre cuajó, la mitad de los chalados de Hollywood llamaron confesando el crimen, que hablen de uno, aunque sea mal. Es difícil encontrar a un loco en la ciudad de los chiflados y el asesino nunca apareció. Victor Hugo escribió en 1869 “El hombre que ríe”, la historia de Gwynplaine, un niño al que le desfiguraban la cara para que siempre sonriese, aunque tuviera ganas de llorar. Elizabeth Short, que Dios la bendiga, se llevó a la tumba sus secretos y su sufrimiento, y sus sueños naufragados, y su sonrisa de Gwynplaine, la sonrisa que se pone a la fuerza cuando te cuentan un chiste malo.

MARTÍN OLMOS

La bella y salvaje Dominó

In Esto es Hollywood on 19 de septiembre de 2013 at 12:57

Su padre casi ganó un Oscar y su madre fue portada de Vogue, pero ella se hizo cazadora de recompensas.

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Dominó era muy inteligente y muy guapa, pero escondía todos sus buenos atributos bajo una fachada de tía dura”
MICKEY ROURKE

Dicen que Hollywood es una golfa que cuando se quita el maquillaje enseña la lepra. No será para tanto. Hollywood es un lugar donde se fabrican sueños como en Detroit se fabrican bugas y en Estepa de Sevilla polvorones de almendra. Ilia Ehrenburg decía que los aparatos se hacen con metal y cristal y las películas con celuloide y gelatina, pero se preguntaba si los sueños se hacían con dólares, con sonrisas o con la abismática sima de la noche. Los sueños son la materia de la que estamos hechos los hombres, escribió Shakespeare, pero estamos construidos, en rigor, de sangre, vísceras y huesos que se ponen de cristal cuando llegamos a cierta edad. Flaubert decía que los sueños son las sirenas de las almas, y que si seguimos sus cantos no podremos retornar. El comediante Menandro pensaba que los sueños alimentan al que no tiene otra cosa para comer. Los sueños, como los huesos viejos, son de un cristal tan frágil que si los pronuncias en  alto se rompen en mil pedazos. En Hollywood se construyen sueños y se fabrican dioses guapos, guapísimos, con pies de cristal. Hollywood quiere decir bosque de acebo y parece que el nombre se lo puso en 1880 la parienta de un promotor inmobiliario que amaneció lánguida y no se dio cuenta de que lo que crecía por allí eran naranjos.  Cuando Julio César se bañaba en la multitud se hacía acompañar por un esclavo que le sujetaba el laurel y le iba repitiendo: recuerda que eres humano. Los dioses guapos de Hollywood, como Julio César, están expuestos al puñal del amigo y a veces necesitan que alguien les recuerde su mortalidad. Su olimpo es pagano y de decorados de trampantojo y como ya dijo San Agustín que las representaciones teatrales son maquinaciones del demonio, los Papas Inocencio XIII y Benedicto XIV lanzaron anatemas contra los histriones. Sin embargo a veces, para parecerse al Dios de los cristianos, envían a sus hijos al sacrificio.

Hijos de Dios
Hollywood nunca ha demostrado mucha clemencia con la infancia tierna. Le ha hecho creer que los animales hablan y que los zapatos de cristal encajan en los pies de las fregonas, lo que no es el mejor punto de vista para empezar a caminar por la vida.  El actor infantil Jackie Coogan recordaba que cuando Charles Chaplin necesitaba que pusiese pucheros le amenazaba con matar a su perro y cuando los directores querían que Shirley Temple llorase le decían que su madre había muerto. Hollywood no es una buena guardería, aunque los hijos de las estrellas tengan un pony de las Shetland en el jardín en vez de un chucho de la perrera meándose en un cajón en la cocina. Así van asumiendo evidencias que para el resto de la mortalidad son extraordinarias y se creen que el oficio de sus padres es matar indios y que de los grifos del lavabo sale batido de fresa. Los hijos de Dios pierden tan pronto la inocencia que a veces parece que se la olvidaron en la placenta. El hijo del galán Charles Boyer jugó a la ruleta rusa con un revólver del 38 y perdió y la hija de Lana Turner le metió dos cuchilladas al novio gangster de mamá, que se llamaba Johnny Stompanato y era el matón de Mickey Cohen, el hombre fuerte de Bugsy Siegel en la costa del Oeste. El hijo de Gregory Peck se pegó un tiro en la cabeza con un cañón del 44 y el de Marlon Brando mató al novio de su hermanastra Cheyenne, que acabó ahorcándose a los veinticinco años en su casa de la Polinesia; el de Paul Newman murió de mezclar valium, ron y cocaína y la del productor David O. Selznick crió fobia a las puertas giratorias y a los ascensores y decidió tomar el camino más corto saltando desde el piso veintidós de la torre de Wilshire Boulevard. Lo que recogieron de ella cabía en una caja de cerillas.  Los hijos de Apolo buscan su lugar bajo el sol y a veces no lo encuentran, como les pasa a los hijos de los tenderos y de los porteros de finca, pero aquellos no tienen la cintura diseñada para la frustración.

Bella y bestia
Dominó Harvey nació en 1969 en el barrio de Belgravia, en Londres, donde se tiene que vender el hígado en el mercado negro para pagar el alquiler. Su padre era Lawrence Harvey, un actor inglés de origen lituano que fue nominado al Oscar por su interpretación en “Un lugar en la cumbre” (Jack Clayton, 1959). Lawrence Harvey practicó la cara guijarreña de los DOMINO HARVEYcomediantes de una sola pieza (decían que trabajar con él era como trabajar solo, pero peor), pero hizo su carrera y fue el heroico coronel Travis en “El Álamo”, de John Wayne, y el rey Arturo en el musical “Camelot”, de Lerner y Loewe. Su madre era Paulene Stone, una modelo que fue la musa de Carnaby Street en los sesenta y que frecuentaba las portadas de Voghe. Dominó fue hija única y creció con los ponies de las Shetland y los grifos de batidos de fresa, su mamá era bella y su papá salía en las películas. Dominó decapitaba a sus muñecas y jugaba con cuchillos. Lawrence Harvey murió con 45 años de un cáncer de estómago y Paulene se casó con el fundador de la cadena de restaurantes Hard Rock Café y se fue a vivir a Hollywood. Dominó se quedó en Inglaterra, interna en los mejores colegios de los que le echaban porque les rebajaba la chulería a los golfos de su clase a puro puñetazo. En vez de pintarse las uñas de los pies se dedicaba a practicar artes marciales y a ensayar movimientos envolventes con una navaja de mariposa. Con quince años era una chica guapa con pinta de no encajar bromas a la que se le daban de miedo los puñales y las camorras a cabezazos en el puente de la nariz. Ganaba las broncas, escupía por un lado de la boca y se enganchó a la cocaína. Como era la hija de Paulene Stone y tenía las curvas la agencia Ford le firmó un contrato de modelo, pero duró poco en la pasarela porque le dobló la nariz a una divina de un derechazo de revés. Prefirió pinchar discos en un tugurio y vender camisetas en el mercadillo de Nothing Hill.

Su madre se la llevó a Hollywood y le metió en una clínica de rehabilitación. Dominó observó que en el valle donde su padre se ganó la gloria no había bosques de acebo. Había camareras con sueños de cristal y palmeras, había lepra detrás del maquillaje. Dominó tenía acento inglés y al diablo en persona en el alma. Tenía veintidós años cuando se presentó en la agencia de cazadores de recompensas de Ed Martínez pidiendo un empleo. Iba camuflada de combate y le sonreía con dientes de sierra el cuchillo de su cinturón. Ed Martínez era veterano de Vietnam y se dedicaba a recuperar las fianzas de los acusados que no comparecían en el juicio. Dominó tenía dinero para comprar buenas armas y se hizo con una automática Browning de nueve milímetros y una escopeta corredera del calibre doce. Dominó Harvey encontró su lugar bajo el sol, tirando puertas abajo y zurrando estopa a la carne dura del penal, bebiendo a gollete tequila con sus compadres Zeke Unger y Celes King, birlándoles speed a los listeras de los campos de caravanas y ayudando a capturar a medio centenar de convictos. En 2005 los estupas de la pasma la arrestaron por correr metanfetaminas de cristal, le confiscaron el pasaporte y le abrazaron el tobillo con una pulsera electrónica. Se rapó el pelo al cero y adoptó un perro pitbull de malas pulgas, vendió su vida al cine, al hermano de Ridley Scott, se encerró en casa a esperar la sentencia y se metió un atracón de Fentanyl, un analgésico narcótico cien veces más fuerte que la morfina. Tenía treinta y cinco años y amaneció muerta en la bañera.

MARTÍN OLMOS

Réquiem por Peter Pan

In Esto es Hollywood on 24 de agosto de 2013 at 12:18

El niño prodigio Bobby Driscoll no asumió una adolescencia granuda y se echó a la jeringuilla

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Dejé de creer en Santa Claus el día que mi madre me llevó a verle a unos grandes almacenes y él me pidió un autógrafo”
SHIRLEY TEMPLE

El cine es un montón de fotos puestas en fila que si se proyectan muy deprisa hacen la ilusión del movimiento y la sangre es de tomate, los besos de mentira y las lágrimas de colirio y, sin embargo, es mágico. Los tres cubos del trilero también son mágicos y nada es lo que parece y un lampiño puede hacer un bigotudo con una mano de betún en el hocico y un capón puede pasar por bravo si sabe poner en posición las cejas. Si sabe inflar el pecho que guarda el corazón en un puño. En el cine como en la vida, todo es mentira y pocas cosas son verdad y un jardín de Pasadena es la selva de Tarzán y un rubiales de la California te hace de Pancho Villa si le tiznas de bruno el flequillo y le pones a tomar el sol y, sin embargo, de un niño tiene que hacer otro niño porque si se usa a un enano se nota. En el teatro del kabuki japonés estaba prohibida la presencia de los niños en escena y los papeles femeninos los interpretaban los onnagata, actores masculinos especializados en encarnar a jóvenes mujeres que disimulaban sus facciones con maquillaje de polvo de arroz. El cine tiene la ventaja de poder enmendar una escena que ha salido morcilla pero el inconveniente del primer plano, que enseña los años de un enano por mucho polvo de arroz que le pongas encima. El cine requiere caballos, besos de tornillo bajo la lluvia y niños, cuando hacen falta.

El fenómeno de los niños actores está entre la tradición de los castrati, que cantaban con voz querubina en las misas, la prostitución infantil, la explotación de menores y la costumbre de sacar al crío a tocar el violín a las visitas, que ponen cara de que les está conmoviendo la serenata pero están deseando que se acabe. Los niños son divertidos de hacer, caros de criar y difíciles de aguantar y para trabajar con ellos hay que dominar la ley del reflejo condicional de Pavlov y disimular las flaquezas para que no te huelan el miedo, como los doberman. Jackie Cooper fue nominado al Oscar con nueve años por la película “Skippy” (1931), en la que el director Norman Taurog consiguió que llorase con sentimiento amenazándole con matar a su perro, y a Shirley Temple le estimulaban los pucheritos diciéndole que se imaginase que su madre había muerto.

El niño como explotación económica tiene un límite, que es cuando gallea de voz y le crece el bozo, así que hay que sacarle el rendimiento mientras sirva, como a las tierras en barbecho. Hay que trabajarlo rápido y sin miramientos antes de que pegue el estirón, entre en abriles y se ponga mancebote. A Judy Garland le sacaban la ganancia haciendo que trabajase setenta y dos horas seguidas manteniéndola de pie con meriendas de pastillas y cuando acababa el tajo la mandaban al hospital del estudio y la forraban de sedantes. Le ponían un puente de látex en las napias porque era medio chata y le chutaban adelgazantes. Pero los niños faranduleros estiran como cualquier hijo de vecino y un buen día se despiertan y se dan cuenta de que los pies les sobresalen de la cama. Joselito creció descompensado de cabeza y no sirvió para galán y Marisol se hizo roja de tabardo de botón de cuerno y se le puso cara de antipática. Perdió el acento de Málaga. Fernando Savater concluyó que una infancia feliz es una desventaja porque después de ella la vida se pone cuesta abajo. Los niños del cinema viven una infancia de ponis en el jardín y fuentes de pepsicola que no es infancia y cuando tallan se convierten en hombres sin protección, como cables pelados. El actor prodigio Scotty Beckett, que debutó con tres años y trabajó con Errol Flynn y con Tyrone Power, no asumió ser un adulto sin papeles y se suicidó en Hollywood después de que le trincaran pasando drogas por la frontera mejicana y le condenaran por darle una paliza a su hija con una muleta ortopédica. El actor mejicano Cesáreo Quezadas, que le decían Pulgarcito, tenía once años cuando le hizo el contrapunto gracioso a Marisol en “Ha llegado un ángel”, de Luis Lucia, y veintiuno cuando asaltó a punta de pistola la zapatería “El Taconazo” y casi mata a una vieja de un susto. Hoy toma la sombra en el penal del Cereso de Yucatán por violar a su hija y hace tiempo que se dejó la gracia en una vuelta del camino.

El chaval de la Disney
A los padres de Bobby Driscoll les dijo un peluquero que su hijo era un chaval listo y guapetón que podía hacer una carrera en el cine. Le llevaron a una prueba en la Metro-Goldwyn-Mayer del león y el niño salió con un papel en “Lost Angel” (1943). Tenía cinco años y superó a cincuenta aspirantes. Driscoll era capaz de aprenderse los diálogos a la primera y no tenía el inconveniente de la repelencia de la que abusan los críos artistas que ponen ojitos de gato llorón. Se convirtió en el niño bonito de Walt Disney, trabajó con Alan Ladd y con Mirna Loy, ganó 50.000 pavos en un año, fue Jim Hawkins en la versión de “La Isla del Tesoro” de Byron Haskin, ganó un Oscar juvenil con trece años y le pusieron una estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood Boulevard. En 1951 le puso la voz al Peter Pan de Walt Disney y al año siguiente cumplió quince años, le creció la cabeza, le salió un arrozal de granazos en la jeta y se puso zagalón. Echó vocejón de antro y pinta de matón de instituto con dos cursos repetidos y le echaron del País de Nunca Jamás. Se empezó a chutar heroína a los dieciséis, cuando todavía le quedaba dinero. Cuando se lo gastó robó en una clínica de animales, le ficharon por BOBBY DRISCOLLtrapichear, endosó cheques falsos y le detuvieron por atizar a un tipo en la cabeza con una pistola. Perdió los dientes y le falló la memoria. Cumplió veintitrés años en el Centro de Rehabilitación del penal de Chino, en el condado de San Bernardino. Cuando salió se fue a Nueva York, orbitó alrededor de Andy Warhol firmando de estrella caída y desapareció entre los drogotas del East Village que dormían el sueño del opio en las lonjas baldías. El 30 de marzo de 1968 dos chavales le encontraron muerto en un piso en ruinas de la Avenida A rodeado de basura y de crucifijos. El forense descubrió metedrina en su sangre y determinó que la había diñado de un ataque al corazón provocado por una arteriosclerosis derivada de los chutes. Como no tenía documentación le tomaron las huellas dactilares (por las que se descubrió veinte meses después su identidad)  y le enterraron en una fosa común en el cementerio de Potter´s Field, en Hart Island, donde acaba el Bronx, con el resto de los Niños Perdidos, en el cubo de los desechos.

En 1983, el psicólogo Dan Kiley llamó Síndrome de Peter Pan a la propensión de ciertos hombres a no madurar. Madurar es cosa de manzanas y a los tíos de verdad lo que nos gusta es levantarnos tarde, medirnos la meada con los amigos y tirarle piedras al sereno y maduramos poquito y a la fuerza cuando dejamos preñada a la novia o nos vemos en la desagradable circunstancia de tener que ganarnos la vida. Dan Kiley tuvo su predicamento, sin embargo, y para estirar la racha describió el Síndrome de Wendy, en el que explicó que algunas mujeres protegen a los hombres como si fuesen sus madres. Esta vez no tuvo tanto éxito y nos ahorró, gracias a Dios, el Síndrome del Capitán Garfio: inclinación al destemple de los individuos a los que un cocodrilo les ha comido una mano.

MARTÍN OLMOS

Algo personal

In Esto es Hollywood, La Cosa Nostra on 14 de abril de 2013 at 14:58

A pesar de lo que sale en el cine, la mafia italiana practica la violencia por lo empresarial y por lo doméstico

ILUSTRACION de martin olmos

“Lo más gracioso es que la mafia nunca me ha interesado mucho”
FRANCIS FORD COPPOLA.

Tenía escrito Oscar Wilde que la naturaleza imita al arte y la mafia italiana de Nueva York hizo de la película “El Padrino” (Francis Ford Coppola, 1972) su catecismo cultural. A partir de ella, los gángsteres del macarrón empezaron a besarle el anillo al Don, a cortar las cabezas de los caballos y a pedir la música de Nino Rota en la boda de la hija. Los mafiosos italianos son propensos a la obesidad, a la ronquera y a la mixtificación de su industria y acaban organizando sus partidas de matones como si fueran legiones romanas, escuchando la misa en latín y gesticulando como las estrellas de Hollywood. El Loco Joey Gallo, pistolero de la familia Profaci, imitaba a Richard Widmark en la película “El Beso de la Muerte” (Henry Hathaway, 1947) y era capaz de  recitar sus diálogos de memoria. En “El Beso de la Muerte” Richard Widmark interpretaba a Tommy Udo, un asesino por encargo que amaba su trabajo y se partía de risa cuando tiraba a una vieja inválida por unas escaleras atada a una silla de ruedas. El Loco Joey Gallo fue a su manera un reformador y pretendió que los negros de Harlem que oficiaban de camellos entrasen en la mafia como si fueran sicilianos. También copiaba la mímica de James Cagney y de Edward G. Robinson. Con el tiempo, Joey Gallo se hizo ambicioso y quiso zamparse la tajada del clan de los Colombo y en 1972 le mataron en la marisquería Umberto de la calle Mulberry, en la Pequeña Italia de Manhattan. Cuatro torpedos le pegaron un tiro en la rodilla, otro en el estómago y le remataron disparándole en la nuca a quemarropa.

El evangelio
Mario Puzo escribió “El Padrino” porque le debía once de los grandes a un corredor de apuestas. Era un gordo que fumaba puros, jugaba al tenis y no tenía talento para las apuestas. Durante un tiempo pretendió ser un escritor artístico pero se le acabaron las ganas de esquivar los pleonasmos cuando los usureros de Las Vegas le amenazaron con romperle los brazos. Puzo acabó “El Padrino” casi por encargo del productor Robert Evans y a los mafiosos les gustó tanto que le perdonaron los cañones del tapete. El género de gángsteres le interesaba lo justo y a Francis Ford Coppola aún menos, porque quería hacer películas de la “nouvelle vague”, como los franchutes. Sin embargo convirtió “El Padrino” en “El Rey Lear” con macarrones y los rufianes que planeaban sus infamias en las pizzerías adoptaron la película como su evangelio de conducta y llenaron sus discursos con las frases de Marlon Brando. En la época del estreno, el célebre alcalde de Nueva York Rudolph Giuliani era fiscal federal del estado y comprobó la diferencia verbal que se apreciaba en las cintas de vigilancia grabadas antes y después de que saliera la película. Los mafiosos empezaron a llamar Padrino a su jefe de clan, cuando este término nunca lo habían utilizado, recuperaron la ancestral costumbre de besar el anillo del Don y un hijo de Joe Adonis, que fue pistolero de Lucky Luciano, exigió al dueño de su restaurante favorito que pusiese la banda sonora de Nino Rota cada vez que iba a almorzar. En el coche de un contratista de Palermo se encontró la cabeza cortada de un caballo. “El Padrino” idealizó la mafia como Kipling idealizó al inglés de las colonias y James Barrie la infancia y consolidó las leyendas arteras de que no se mezclaban con las drogas y que sus acciones respondían a un propósito empresarial sin implicaciones sentimentales. “No es nada personal, son solo negocios”, dice Michael Corleone (Al Pacino) al consiglieri Tom Hagen, pero los mafiosos se acaban llevando el trabajo a casa y contradicen el axioma cada vez que tienen una riña en la cocina.

A Albert Anastasia le llamaban “El Sombrerero Loco” y fue el gestor de prejubilaciones de la familia Gambino, fue responsable de más de un centenar de asesinatos y estaba considerado un tipo violento incluso dentro de los parámetros comparativos de sus colegas de profesión. “El Sombrerero Loco” odiaba a los soplones y una vez vio en la tele una entrevista con Arnold Schuster, el dependiente de una sastrería de Brooklyn que denunció al atracador de bancos Willie Sutton porque le reconoció por la calle. Schuster tuvo su blasón en los informativos, como el tío que saca a un gato de una acequia, fue famoso cinco minutos y firmó su sentencia de muerte. Ni Sutton ni Schuster tenían nada que ver con los negocios de la Cosa Nostra, pero Anastasia ordenó la ejecución del delator simplemente porque le cayó mal y una semana después el pistolero Fred “Chappy” Tenuto le apioló de un tiro en la nuca. En 1937 Vito Genovese, el sucesor de Lucky Luciano, tuvo que poner el Atlántico entre su trasero y el F.B.I. y se tomó unas vacaciones en Italia dejando a sus lugartenientes echando un ojo a sus negocios y a un alcahuete poniéndole otro a su parienta, que era propensa a hacer vida social. Cuando regresó a los Estados Unidos tuvo que mandar su sombrero a la horma y concluyó que o bien le había crecido la cabeza o le habían salido un par de percheros en la frente. Durante su ausencia, a Anna Genovese le había hecho el rodaje Steve Franse, un matón de zapatos lustrosos y poco sentido común. Genovese encargó a Tony Bender y a los ejecutores Pat Pagano y Fiore Sano que le hicieran a Franse un trabajo de “trigo negro”, un recado feo. Le rompieron las costillas a patadas, le sacaron los ojos con un estilete y le estrangularon con un cable de acero. A John Gotti le llamaban el Don de Teflón porque las causas por las que le juzgaban le resbalaban coincidiendo con súbitas epidemias de amnesia de los testigos principales. Gotti fue el último capo a la clásica y con lo que se gastaba en una corbata comía un mes una familia de tres hijos y aún le quedaba dinero para el cine. A mediados de los ochenta asumió la jefatura del clan de los Gambino después de ordenar el asesinato de Big Paul Castellano. Gotti era un gorila aunque se vistiese de seda y en marzo de 1980 su hijo Frank, de doce años, hizo un giro brusco con su bici saliendo del jardín de su casa de Howard Beach, en el barrio de Queens, y murió al ser atropellado involuntariamente por su vecino Charles Favara. Los peritos del seguro y la justicia de los hombres exoneraron a Favara al considerar, después de la investigación, que el accidente lo provocó la imprudencia del chaval. Favara se puso un traje negro y fue a presentarle sus condolencias a la madre, que le contestó intentándole abrir la cabeza con un bate metálico. Cinco meses después desapareció. Charlie Carneglia y un escuadrón de la infantería de Gotti le secuestraron, le frieron a tiros y disolvieron su cuerpo en un barril de ácido.

A Anastasia le asesinó el Loco Joey Gallo, el matón que quería ser Richard Widmark, en la barbería del Hotel Sheraton de Nueva York en octubre de 1957. Se fue a ver a San Pedro recién afeitado, que ya se sabe que como te ven te tratan. Genovese murió en la cárcel de Springfield, en Missouri, en 1969, cumpliendo una sentencia por tráfico de heroína. A John Gotti le vendió su lugarteniente Sam Gravano el Toro y la diñó en el trullo en junio de 2002, de cáncer de pulmón. Descubrió que en el talego había tíos más duros que él y se guardó las espaldas financiando los porros a la Hermandad Aria, la mafia carcelaria de los cabezas rapadas.

MARTÍN OLMOS

Blanco y negro (y una gama de grises)

In Esto es Hollywood, La Cosa Nostra on 20 de febrero de 2013 at 22:00

El bailarín Sammy Davis Jr. tuvo que casarse por la vía rápida con una chica de color para que la mafia no le sacase el único ojo que le quedaba

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Harry Cohn le ordenó a un matón que le dijera a Davis: “Oye negro, por el momento ya te falta un ojo. ¿Te apetece perder el otro?”
TRUMAN CAPOTE

Una buena razón para casarse es que tu suegro tenga una escopeta. Otra es la ampliación de fincas y otra una falta dentro del área y se conocen casos de matrimonios por amor. Monsieur Landrú hizo del matrimonio un oficio, Enrique VIII un deporte y Porfirio Rubirosa, del que decía Truman Capote que tenía un talento de treinta centímetros, un negocio rentable. Una boda es el preámbulo de la intimidad y a uno casi le entran ganas de arrimarse a alguien de la familia, del que por lo menos sabes a qué huele, pero decía Cervantes que los casamientos de parientes tienen mil inconvenientes. Sammy Davis Jr. se casó por primera vez porque no quería estrenar unos zapatos de cemento, que no son buenos para bailar. Dos gorilas de Mickey Cohen, el hombre fuerte de Frank Costello en Los Ángeles, le dijeron que si no se casaba en veinticuatro horas con una chica de su mismo color le sacarían un ojo con un punzón, un problema en absoluto insignificante teniendo en cuenta que a Sammy ya le faltaba el otro. Mickey Cohen era judío, medio ucraniano y fue un peso pluma mediocre en Cleveland, participó en la guerra de los embotelladores de Chicago durante la Ley Seca y se hizo un sitio en la familia Genovese abriéndose paso a codazos. En 1937 Meyer Lansky, el socio de Lucky Luciano y el arquitecto de la mafia moderna, le envió a California para vigilar a Bugsy Siegel, que tenía la bragueta igual de madrugadora que el cuchillo y acabó con una bala en el ojo por dilapidar el capital de la familia en la construcción del casino Flamingo de Las Vegas. Cohen se hizo con el control del negocio en la costa oeste y se infiltró en los estudios de cine dominando el sindicato de extras y prestando pasta en términos de usura pero nunca le abandonó su aire de matón de billar y desentonaba en los restaurantes de Hollywood por su propensión a abrir la cabeza de los comensales con la culata de su revólver.

El negro
Sammy Davis Jr. nació en Harlem en 1925 en una familia de comediantes de segunda: su madre era una bailarina puertorriqueña y su padre cantaba en la legua con su socio Will Mastin. Con cuatro años debutó en el escenario, aprendió a bailar claqué y a tocar el xilófono, la trompeta y la batería y aprendió a la fuerza que los negros entraban por la puerta de atrás. Cumplió el servicio militar obligatorio durante la Segunda Guerra Mundial en la base del Fuerte Francis E. Warren de Cheyenne, en Wyoming, y los soldados blancos le obligaron a hacer la instrucción en cueros, le rompieron la nariz a puñetazos y le hicieron beber pis en un botellín de cerveza. Cuando se licenció siguió en el cabaret  y la fortuna le miró a los ojos en 1951 cuando Humphrey Bogart y Clark Gable le vieron actuar en el club Ciro´s de Los Ángeles. Davis cultivó las amistades y Frank Sinatra le ascendió a miembro de su incipiente Banda de las Ratas (The Rat Pack). La vida le empezó a ir de maravilla pero en noviembre de 1954, después de cantar en el casino New Frontier de Las Vegas, se subió a su Cadillac, tomó la autopista de Los Ángeles y se estampó contra el Chrysler de un borracho. Atravesó con la cara el parabrisas y se dejó el ojo izquierdo por el camino. En el hospital de San Bernardino casi le amputaron las piernas y durante la convalecencia se convirtió al judaísmo.

La rubia
En los años cincuenta Marilyn Monroe puso de moda a las rubias de platino y la factoría de Hollywood se puso a producirlas en serie propiciando la cuadra de las curvas sinuosas de Jayne Mansfield y Mamie Van Doren. La potranca rubia de la Columbia fue Kim Novak, a la que le decían la Señorita Témpano porque había sido la imagen de una marca de neveras. Harry Cohn, el magnate de la Columbia, era, según Truman Capote, un “gorrino criminal” que se debatía entre querer beneficiarse a Novak y sacarle un rendimiento en taquilla, pero en la intimidad la llamaba la Gorda Polaca. Kim Novak no daba un chavo por su propio talento interpretativo y se hizo amiga de Sammy Davis Jr., que pensaba que no era más que la mascota chillona del Rat Pack de Sinatra. Se dejaron ver juntos copeando en los clubes y Cohn llegó a la conclusión de que su estrella se “estaba follando al cíclope”. Harry Cohn llamó a Mickey Cohen y le pidió que matase a Davis antes de que echase a perder la carrera de la actriz. Sinatra le aconsejó a su amigo que se apartase de la rubia y dos gorilas de Cohen le hicieron una visita al padre de Sammy Davis y le dijeron que estaban pensando seriamente en hacerle daño a su hijo. Davis acudió al mafioso Sam Giancana pero éste le dijo que podría defenderle en Nueva York o en Chicago pero que su ámbito de influencia no llegaba al territorio de Cohen. Un par de tíos con traje oscuro le metieron en un coche en enero de 1958 y le dijeron que lo mejor que podía hacer era casarse con una negra en menos de veinticuatro horas a no ser que quisiese perder el ojo que le quedaba. Sammy Davis echó mano de una chica del coro y se casó con ella a la mañana siguiente. Se llamaba Loray White, había hecho de figurante en “Los Diez Mandamientos” y sacó una dote de 25.000 dólares en efectivo y 10.000 en vestidos. Pasaron la luna de miel en el hotel Sands de Las Vegas, ella en la suite nupcial mirando la tele y él en el bar, contándole a Jack Daniel que la boda le había salido por un ojo de la cara.

EL RAT PACK

Un mes escaso después, Harry Cohn murió de un ataque al corazón, que parece ser que tenía. A Harry Cohn le acabaron llamando King Cohn y no hizo muchos amigos. Cuando le preguntaron al guionista Jerry Wald por qué había asistido a su funeral respondió: “Solo para asegurarme de que ese hijo de puta está muerto”. Mickey Cohen dejó tranquilo al negro. Sammy Davis siguió en la Banda de las Ratas, se divorció de Loray White y dos años después mezcló la nata y el chocolate y se casó con la actriz sueca May Britt, que había salido en “El baile de los malditos” con Marlon Brando. En 31 estados estaban prohibidos los matrimonios interraciales y los paletos de Alabama le llamaron chimpancé. Una vez que estaba jugando al golf le preguntaron que cuál era su handicap y Sammy contestó: “Soy un negro judío y tuerto, ¿te parece poco?”. Su mujer rubia le pescó en un lío con Lola Falana y se divorciaron y, años después, le invitó a merendar a la actriz porno Linda Lovelace, la protagonista de “Garganta Profunda”, la peli verde más taquillera de la historia, que fue producida por la mafia y contaba la historia de una chica que tenía el clítoris en el gaznate por causa de una mutación genética. Con el tiempo pasó de los pitillos de marihuana a los viajes de ácido y se hizo seguidor de Anton LaVey, el Papa Oscuro de la Iglesia de Satán, y murió en 1990 de un cáncer de garganta. A la mañana siguiente Las Vegas le hizo un homenaje apagando durante diez minutos los neones del Strip. Una vez dijo: “Ser una estrella me ha dado la oportunidad de que me insulten en sitios donde los negros corrientes ni siquiera sueñan con ser insultados”.

MARTÍN OLMOS

El príncipe de las ballenas

In Esto es Hollywood on 12 de octubre de 2012 at 11:34

Una farra, la botella y una chica muerta acabaron con la carrera del cómico “Fatty” Arbuckle

“Los ojos de Arbuckle eran los de un hombre que espera ser mirado como un monstruo pero que todavía no se ha acostumbrado”.
DASHIELL HAMMETT.

Eran los tiempos de la risa sin retórica, la que se afloja loca y sin complejo con la gracia del payaso triste y el beso afilado de la mujer barbuda. Eran los tiempos de los zapatos grandes y el resbalón con trompada. La gente, tan mezquina, se troncha cuando se cae un señor en la calle. Cuando me caiga y nadie se ría es cuando empezaré a preocuparme, decía Jardiel Poncela. Eran los tiempos en los que el cine no era un arte sino un milagro en el que se veía la vida en una sábana por cinco céntimos acuñados en níquel y, como la magia,  no necesitaba las palabras. El cine era la electricidad, decía Ilia Ehrenburg. Era oficio, en arte lo convirtieron las revistas franchutes y entonces hubo que explicarlo, como hubo que explicar la pintura, que sirvió al principio para enseñarle al hombre rudo del campo la cara de Dios y un bodegón con perdices y luego vino el cubismo para confundirle. Con el tiempo, y con las revistas franchutes, todo termina por necesitar explicación, hasta el vino, que antes sabía a vino y había del bueno, del regular y la pitarra peleona y ahora sabe a almendra tostada y tonos de canela. El cine era feria y como en el tinglado de la antigua farsa los comediantes ejecutaban su máscara en blanco, negro y gris y acompañamiento de pianola. El hábito hacía al monje y el zapato hambriento construía a Charlot, las gafas de carey y la acrobacia a Harold Lloyd y el gesto tacaño a Buster Keaton, que le decían Pamplinas en España y Malec en Francia y murió loco de no sonreír. Antes que Oliver Hardy el gordo de la función fue Roscoe Arbuckle, que tenía cara de plenilunio, flequillo chiquillo y labios de Nerón. El gordo es comedia porque provoca la risa al que se abrocha sin dificultad el pantalón, como el señor que se cae se la arranca al que se mantiene en la vertical, esto es un hecho, hasta que las revistas francesas digan lo contrario.

Arbuckle nació en Kansas en 1887 y crió el bigote en los “medicine shows”, los espectáculos de las medicinas itinerantes del Medio Oeste, que eran vodeviles que se celebraban sobre un carromato armado con una lona en cuyos intermedios se vendían elixires curativos y ponzoñas crecepelo como el linimento de serpiente del doctor Stanley o el vigorizante “Hadacol”, que llevaba quince partes de alcohol, patentado por el honrado senador Dudley LeBlanc. Aquellas caravanas eran una buena escuela  porque los pueblerinos eran dados a tirar al río a los cómicos a los que no les veían la gracia, los arrojaban al agua untados de brea y cubiertos de plumas, con lo que Arbuckle llegó a Hollywood con el rodaje cumplido en condiciones. Allí le contrató Mack Sennett, el inventor del “slapstick”, la comedia física de persecuciones y trompazos, le dio tres dólares diarios y le metió en sus películas de peleas de tartas. Arbuckle pesaba 130 kilos pero era capaz de dar volatines de saltimbanqui, trabajó con Chaplin, con Mabel Normand y con Buster Keaton y en 1917 la Paramount le contrató por cinco mil semanales y le puso en la puerta de su camerino el título de “Prince of Whales” (el Príncipe de las Ballenas), que sonaba igual que “Prince of Wales” (el Príncipe de Gales). Para celebrarlo, Arbuckle se encerró en la posada Brownie Kennedy de Boston con doce rameras de mil pavos el consuelo y ninguna se fue sin cumplir. Decían en los mentideros que gastaba sable garañón y celo permanente, se compró un descapotable Pierce-Arrow y se convirtió en el rey de la comedia. Pronto iba a ganar un millón anual, el mayor sueldo pagado hasta entonces por un estudio, y pronto iba a resbalar cayendo de bruces con mucho ruido y pocas risas, porque solo se troncharon las hienas.

Virginia Rappe quería ser estrella, como todas, era guapa y morena y tenía los ojos gitanos, y era flexible de moral por parte de madre, que había golfeado en Chicago, y lo suficientemente despierta para comprender que los hombres son agradecidos cuando están colmados. Virginia Rappe colmaba por doquier y esperaba los réditos y a veces se descuidaba y se iba a las matronas clandestinas para que le practicasen abortos  a la luz de un quinqué. Entró en el estudio de Mack Sennett y empezó a interpretar pequeños papeles, salió en la portada de un disco que reproducía la canción “Deja que te llame corazón” y difundió las ladillas. Mack Sennett tuvo que cerrar el estudio y fumigarlo porque por los decorados andaban rascándose los ejecutivos, los actores y el chaval que vaciaba los ceniceros. Sin embargo no la despidió y se la presentó a “Fatty” Arbuckle, que nunca decía que no a un revolcón. En 1921 el cómico tenía tres Cadillacs, uno de ellos modificado para no tocar el claxon con la  barriga, y una mansión de cien mil dólares en la calle West Adam, tenía la risa del público y el control absoluto de sus películas por medio de su productora, la Comique Film Corporation. Tenía también el corazón alegre, ascuas en el bolsillo y ganas de juerga.

El 5 de septiembre de 1921, Arbuckle alquiló tres suites colindantes en el piso doce del Hotel St. Francis de San Francisco, llamó a su proveedor de bebercios, el botones Tom-Tom (era la temporada seca de la Prohibición), y se compró un sombrero Panamá. Se juntaron cincuenta gorrones en una fiesta que tenía que durar todo el fin de semana, se bailó el “Shimmy” y el Charlestón y se trasegaron cócteles de Orange Blossom con gin de contrabando, se llenó una bañera con champán y las chicas fueron descaradas, pagaba el gordo la barra libre y los muebles rotos, corría a su cuenta el carnaval, y entonces Virginia Rappe, trompa y chistosa, se llevó a Arbuckle al dormitorio de la suite 1221. Cabalgaron al galope y rompieron la cama y Virginia Rappe gritó, pero los bacantes dedujeron que era el pertrecho legendario de Arbuckle y la pasión. Como los gritos siguieron dos chicas llamaron a la puerta y compareció el cómico, que estaba furioso y vestido con informalidad: solo llevaba puestos los calcetines y el sombrero Panamá. Virginia sangraba el mar por el sumidero, el gordo amenazó con tirarla por la ventana, y al final la llevaron envuelta en una sábana al hospital de Pine Street, en donde murió de peritonitis.

Esta vez ni los dólares de Hollywood consiguieron atenuar el escándalo y la prensa sanguinaria del magnate William Hearst –el Ciudadano Kane de Orson Welles- preñó de miserias sus hojas amarillas. No me escriban bonito, les decía Hearst a sus plumíferos, y si no encuentran noticias publiquen los rumores. Publicaron que Arbuckle, borrachuzo, no había conseguido izar la bandera y terminó el partido anotando con una botella de Coca-Cola. Eludieron el pasado de amores mercantiles de Virginia Rappe y pasaron por alto las ladillas. Olvidaron decir que una semana antes le habían practicado otro aborto para no afrontar la prole del actor Henry Lehrman y que no estaba en condiciones de recibir. A Arbuckle le sentaron en el banquillo y le acusaron de violación y asesinato y los papás dejaron de llevar a los niños a reírle los volatines. Salió absuelto pero el negocio ingrato de los sueños le negó las candilejas y retiraron sus películas. Arbuckle no volvió a salir en la sábana y tuvo que vender los Cadillacs, se dio al trago y en una ocasión fue detenido por lanzar una botella a la poli gritando: “¡Ahí va la evidencia!”  Murió olvidado en 1933, con 46 años, de un infarto, murió el gordinflón que había perdido la gracia y Buster Keaton, con su cara impasible del que se sabe todos los chistes, dijo que hacía tiempo que le habían roto el corazón.

MARTÍN OLMOS

A %d blogueros les gusta esto: