MARTÍN OLMOS MEDINA

Archive for the ‘Hazañas bélicas’ Category

Otra historia de una guerra de chusqueros

In Hazañas bélicas, La política, Matanzas on 10 de agosto de 2015 at 18:14

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

A un carlista gaditano le cortaron las orejas porque no blasfemó.

“Aunque superada por la violencia franquista, la represión en la zona republicana antes de que el gobierno del Frente Popular la pusiera coto alcanzó también una magnitud espantosa”

PAUL PRESTON

 

Antonio Molle Lazo fue un san Tarsicio de boina roja y Cruz de Borgoña, terciario carmelita y gaditano sin chirigota, por cuya intercesión se le pueden pedir mercedes a Cristo recitando su oración que dice: “¡Oh Jesús amabilísimo! que habéis dicho: Aquel que me confesare en la tierra yo lo confesaré delante de Mi Padre Celestial; glorificad pues, el alma bendita de Antonio, que no se avergonzó de confesar vuestro Santo Nombre en medio de los más atroces tormentos y concedednos a nosotros, por sus méritos e intercesión, la gracia que ahora necesitamos. Os lo pedimos para la mayor honra y gloria de la Santísima Trinidad y extensión de vuestro reino aquí en la tierra. Amén”. Después han de rezarse tres padrenuestros y tres avemarías. A Antonio Molle Lazo le cogieron los milicianos en la toma de Peñaflor, en Sevilla, en donde andaba defendiendo a las monjitas del convento de las Hermanas de la Cruz, y le cortaron las dos orejas y la nariz, le sacaron un ojo, le hundieron el otro y le remataron a tiros porque no renegó de Cristo ni dijo vivas a Rusia. A Antonio Molle Lazo le dieron tormento y muerte por no blasfemar, pero también vivió sin decir ni un jolín y una vez denunció a un carretero por echarle juramentos a las mulas y le explicó, por si el hombre no lo entendía (eran tiempos anteriores a la etología), que sus caballerías no atendían a aquel lenguaje y por eso no tiraban del paquete. Los santos son admirables, qué duda cabe, pero intransigentes a veces, con perdón, porque es folclore del oficio de carretero jurar y fumar y es folclore de las mulas no atender y no fue cosa de menguarle las pesetas de la multa a aquel acemilero, que buena falta le harían, por echar un reniego de consuelo, ustedes verán, que a la mejor puta se le escapa un pedo. Incluso en la virtud hay que manejarse con cierta flexibilidad y contaba Luis Carandell que una vez vio un cartel que decía: “Prohibido blasfemar, excepto en las cuestas arriba”.

Antonio Molle Lazo nació el Viernes Santo de 1915 en Arcos de la Frontera, donde nació también el bandido Tragabuches, salteador gitano de la cuadrilla de los Siete Niños de Écija, pero se crió en Jerez obligado por un traslado laboral que tuvo que atender su padre, Carlos Molle Gutiérrez, representante de comercio. Su madre, María Josefa Lazo, estiraba el condumio porque lo tenía que repartir entre siete hijos a los que educó entre la austeridad y el rosario, amén. Antoñito Molle Lazo estudió con los hermanos de La Salle y leyó las vidas de los santos, recibió el escapulario del Carmen y proponía a sus compañeros ir a comulgar a la iglesia de san Mateo en vez de ir a bañarse en cueros al Guadalete, pero sus planes no concertaban adhesiones y, al contrario, los chavales le acababan tirando piedras. Antoñito Molle Lazo las cogía con la cabeza por Cristo y sin protestar y tuvo la intuición de que el Empíreo se ganabaANTONIO MOLLE LAZO aguantando. Como había que llevar posibles a casa, entró de joven a trabajar de meritorio en la estación de Jerez pero no congenió con los ferroviarios por juradores y medio socialistas y no afianzó el puesto. Tuvo la intuición, no obstante, de los cuernos de los marxistas. Después trabajó un tiempo de escribiente en las bodegas de Pedro Simó, en la calle de Paul, y luego de taquillero en un teatro en el que no demoró en mirar de reojo los tobillos de las cómicas porque tuvo la intuición de que el Empíreo se ganaba guardando y porque solo observaba devoción a Nuestra Señora del Carmen Coronada y a Cristo Rey.

El martirio

Recién se proclamó la República, Antonio Molle Lazo se unió a los carlistas de la Juventud Tradicionalista y se ofreció voluntario para infiltrarse en los cabildos de los socialistas y para formar parte de las brigadas de defensa de los conventos. Siguió teniendo en alto concepto a las mulas y no tanto a los ferroviarios y siguió sin blasfemar ni siquiera en los repechos. Se dio al rosario y al proselitismo, a la boina roja y a la Cruz de Borgoña y en 1936 le metieron en la cárcel por llamar al levantamiento de los militares en la estación de Jerez. Se fue contento al brete como los santos del catecismo y tuvo la intuición del martirio. En la celda cantó “Corazón Santo, Tú reinarás” y la Salve de san Jeroteo y cuando los carceleros le ordenaron silencio siguió en sordina y escribió con una tiza las estrofas de los himnos en la pared. Penó mes y medio de catre sin colchón y le negaron las misas pero a sus conmilitones que le fueron a consolar no les pidió una lima y ni siquiera una muda limpia y les dijo que le trajeran las vidas de los mártires. Le dieron la libertad unos días antes de la rebelión y se alistó en una columna de requetés que fue crisálida del Tercio de Nuestra Señora de la Merced. Contribuyó al triunfo del alzamiento en Jerez y marchó con su división a apoyar a Queipo de Llano en Sevilla pasando por Ubrique y por Sanlúcar. El 8 de agosto le enviaron a guarnecer Peñaflor de Sevilla con un contingente de quince requetés y catorce guardias civiles, dos días después comulgó en el convento de las Hermanas de la Cruz y vio desde el campanario venir a las columnas de los milicianos. Antonio Molle Lazo se quedó a defender a las monjas del ultraje. El honor se respetaba según el barrio. Queipo llamaba por la radio al moro Mizzian a violar rojas. Aquella guerra la hicieron los chusqueros y los violadores. Antonio Molle sostuvo tiroteo con la milicia y le alcanzaron en el brazo derecho dejándoselo yerto. El jefe de la estación de Peñaflor vio como le llevaron a estacazos al lado de la vía. Le dijeron que apostatase de Cristo y diese un viva a Rusia y le cortaron una oreja con una bayoneta. Le dijeron que blasfemase y se negó porque no juraba ni en las cuestas arriba y le cortaron la otra. Después le vaciaron un ojo con un machete y le hundieron a puñetazos el otro y como seguía sin renegar le rebanaron la nariz. No hay consenso de si después le terminaron a palos o a tiros, pero sus hagiógrafos sostienen que cuando recibió la última descarga puso postura de Jesús en la cruz y gritó que viva Cristo Rey. Sostienen también que murió serenamente y sonriendo y guardando en su mano izquierda un crucifijo. Las hagiografías de los mártires las adornan los amanuenses con delectación que no se sabe si es misticismo o una revista holandesa. A Antonio Molle Lazo le enterraron en una capilla presidida por Nuestra Señora de las Tres Avemarías en la iglesia de los padres Carmelitas Calzados de Jerez y le hicieron escapularios con trozos de su camisa. Como todos los que murieron en la guerra de los chusqueros y los violadores, Antonio Molle Lazo es para unos un beatón que no se bañó en cueros en el Guadalete por exigencias de la juventud ni se cagó en lo barrido cuando trepaba una cuesta y para otros es un ejemplo de virtud. Decía san Agustín que en el jardín de la iglesia se cultivan las rosas de los mártires, pero no sabemos si a Dios le agrada que a sus hijos los vapuleen o es todo cosa de san Pablo, que era un poco torcido. Para el martirio se necesita un alto grado de tolerancia del dolor y un estado de ánimo adecuado o se necesita estar donde no se debe con una mano que no se puede jugar. Churchill decía que estaba preparado para asumirlo pero que no era una de sus prioridades y Voltaire, que era medio cagón, no le tenía afición. Bernard Shaw, en cambio, sostenía que era la única manera que tenía un hombre sin habilidades demostradas para convertirse en alguien célebre, pero es que igual no estaba familiarizado con la televisión, que sostiene el razonamiento pero no duele ni la mitad.

MARTÍN OLMOS

 

Luis Ciges, veterano de Rusia

In Hazañas bélicas on 8 de marzo de 2015 at 23:23

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS
El actor fetiche de Berlanga se alistó en la División Azul para mitigar el historial republicano de su familia.

“Luis Ciges arrastraba una depresión desde 1936”
LUIS GARCÍA BERLANGA

A la División Azul fueron los voluntarios falangistas a devolverle la visita a Stalin y a cagar burrajos en carámbano en Krasny Bor y en Novgorod y fueron con una manta y en alpargatas, les despiojaron en Hendaya y recién llegaron a hacer la instrucción al  campo de Grafenwöhr se pusieron a tocarles el culo a las parientas de los coroneles nazis por cachondas y por nibelungas. Los culos teutónicos y rosas de las fraus, culos expansivos hambrientos de hectáreas de Polonia para poder sentarse en acomodo, llamaron mucho la atención de los españoles, que pensaron que sabían a margarina y los comparaban con los cueros paisanos que se habían puesto rocinantes por el pan negro y cuadriculados de posarlos sobre sillas de asiento de cuerda de esparto. La División Azul fue la aportación a la gallega del emperador Paco a la guerra de Hitler para compensarle los Heinkel de la Legión Cóndor mientras que por detrás hablaba con los diplomáticos ingleses. El emperador Paco en mitad de una escalera no se sabía si subía o si bajaba. Los burrajos de mierda helada se clavaban en el culo de los que iban a zullarse en las letrinas a cuarenta grados bajo cero como le pasó a Luis García Berlanga, veterano divisionario, que contaba que los cagones que no madrugaban se pinchaban el asiento con un accidente en forma de estalagmita erigido a base de los alivios congelados de los más tempraneros. Luis García Berlanga fue el primero de su batería que crió piojos y el teniente Roque Pro Alonso, que más tarde fue jefe del Sindicato del Espectáculo, ordenó que le tirasen al río.

Xavier Moreno Juliá sostiene que la División Azul se la inventaron entre Ramón Serrano Suñer y Dionisio Ridruejo. Serrano Suñer largó un discurso encendido desde el balcón de la secretaría general del Movimiento de la calle Alcalá 44 en el que dijo que Rusia era la culpable de la muerte de José Antonio: “¡El exterminio de la Rusia soviética es exigencia de la Historia y del porvenir de Europa!” Serrano Suñer mantenía que la tropa debía formarse por voluntariado falangista con derecho a la germanofilia en contra del deseo del general Varela, que pretendía que fuese una división del ejército español, lo que hubiese significado la entrada directa del país en la guerra. Sin embargo, cuando más tarde se desclasificaron ciertos documentos del Archivo Nacional Británico, salió a la luz que Churchill pagó, a través de Juan March, dos millones de dólares al general Varela para que influyera sobre Franco y evitar que entrara en la Segunda Guerra Mundial. El general Varela se casó con una chavala de posibles de Neguri de toda la vida y tuvo una hija que se escapó a Amsterdam con Paco de Lucía. Dionisio Ridruejo era tísico y tosía esputos de sangre. Umbral sostuvo que pretendió que la División Azul llenase el hueco épico que guardaba su biografía porque durante la Guerra Civil apenas pisó el frente, pero en Rusia solo vio nieve, panienkas y la sangre de otros. El grueso de voluntarios lo formaron los falangistas, las milicias paramilitares y los estudiantes del SEU y se alistaron también miembros de la Acción Católica, monárquicos de la Casa Borbón, carlistas, militares profesionales y setenta y seis portugueses, casi todos ellos antiguos “viriatos” que pelearon la guerra de España en el bando de la rebelión. Pero también se alistaron los buscavidas por el premio de la soldada, que triplicaba el salario de un trabajador español medio, o por la posibilidad de recibir a la vuelta la licencia de un estanco o un puesto de portero de finca, y los que quisieron lavar con la nieve rusa el cartel político de la familia y traerse de la tundra un sello de adhesión al Régimen porque había que sobrevivir.

Divisionarios por conveniencia
Luis García Berlanga se alistó para impresionar a una novia que pretendía que se llamaba Rosario Mendoza y para intentar salvar a su padre del paredón, que estaba preso por haber sido diputado republicano del partido de Alejandro Lerroux. Berlanga estuvo en el frente de Kritivishchi, cerca de Novgorod, pescó piojos y le tiraron al río, no disparó a nadie, se clavó en el bullarengue las puntas de las estalagmitas de mierda porque no era un cagón madrugador y un oficial alemán le recomendó que se pedorrease a gusto y con sonoridad para no criar gases en el estómago y que le tuviesen que licenciar. Rosario Mendoza se casó con un listillo que no fue a pelear con Iván y la invitaba a churros y el padre de Berlanga eludió la pared pagando a costa del patrimonio familiar (una fábrica de electricidad y una finca) una multa de un millón de pesetas a cuenta de lo que se llamaban “responsabilidades políticas” y untando a los intermediarios del estraperlo.

En la saga de Berlanga de “La escopeta nacional”, Luis Ciges hacía de Segundo, el criado de confianza de Luis José, el heredero pajillero del marqués de Leguineche, que parecía tonto pero ponía un negocio de chavalas limpiabotas en topless que movían las domingas como un metrónomo al compás del trapo. Luis Ciges casi siempre hizo de pobre desde que el propio Berlanga le sacó en “Plácido”. Ciges, en aquella época, no dio la talla de mísero porque andaba en un gimnasio y estaba más bien maciste (“me llamaban maricón de playa, me llevaba a las chicas de calle y daba unas hostias…”), pero se compró una gabardina vieja y se esquiló el flequillo y se especializó en interpretar a una trilogía de sopistas que eran el que engañaba, el que se guardaba la comida y el vago. Sin embargo fue un ácrata lector de Georg Lukács, fundador de la Escuela de Cine de Barcelona y compadre de romerías de Luis Goytisolo. Luis Ciges era hijo de Manuel Ciges Aparicio, periodista republicano de la infantería de la generación del 98 y mano derecha de Manuel Azaña, y de Consuelo Martínez Ruiz, hermana de Azorín, que se dedicaba a guisar para Valle Inclán y a tocar el piano. Manuel Ciges Aparicio fue sargento en Cuba y le metieron en la cárcel del Castillo de la Cabaña en La Habana por escribir contra el general Valeriano Weyler, dirigió periódicos y la guerra le cogió de gobernador civil de Ávila y los rebeldes le pasearon a tiros sobre la pared de un cementerio. A la madre y a la hermana de Luis Ciges las metieron a la fuerza en un convento de clausura y Luis y sus hermanos pasaron por uno de frailes castigados en donde pasaron hambre hasta que les propusieron entrar en el Tercio de Orden Público, una fuerza policial de retaguardia, y le destinaron a Elizondo con los requetés, en donde se dedicó a pasear las vías buscando bombas y a cerrar casas de putas. Después se alistó en el Grupo de Asalto y Caza de Tanques de la División Azul y combatió en Leningrado y en Polonia para que su madre cobrase su soldada en marcos alemanes. Caminó mil kilómetros en un mes a cincuenta y seis grados bajo cero y no se llevó a nadie por delante (“no, no maté a nadie, no jodamos”) porque fue un soldado desastroso al que una vez le ordenaron cruzar el campo de batalla empujando una carretilla. Allá se aficionó a fumar como los machos pitillos bolcheviques sin filtro que había que cortar por la mitad. Cuando regresó a España sorteó la mata haciéndose pasar por espía alemán en Orense, pescó una bronquitis, estudió un par de años de medicina y trabajó en un sanatorio de tuberculosos. En el cine empezó haciendo de leproso en “Molokay”, de Luis Lucía, el director de la cuadra de Cifesa que descubrió a Marisol y del que Ciges dijo que distinguía dos modalidades de actrices diferenciadas entre las que tragaban y las que no. Después llegó “Plácido” y los papeles de pasmón y de medio tonto en los que se asentó con comodidad porque le permitían ocultar un bagaje de retaguardia de hijo republicano y veterano por conveniencia en el frente ruso, al que marchó para que su madre comiese de los marcos de Hitler como otros se alistaron para pelear al bolchevique, para cagar burrajos picudos de mierda helada, para que les diesen un estanco o para tocarles a las fraus el culo rosa y nibelungo con tendencia a expandirse hacia Polonia.

MARTÍN OLMOS

Un hombre tocando la gaita en una playa de Normandía

In Hazañas bélicas on 1 de junio de 2014 at 18:21

Bill Millin, gaitero personal de Lord Lovat, vigésimo cuarto jefe del clan Fraser, desembarcó en Sword Beach en el Día D tocando “The road to the isles”

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Con el agua hasta la cintura, Millin se llevó el soplete a los labios, y mientras chapoteaba en el oleaje se oyó el plañidero sonido de la gaita”  
CORNELIUS RYAN

Después de perder la batalla de Bannockburn contra los escoceses de Robert Bruce (1314), los ingleses de la Pérfida Albión tomaron la costumbre de salir a reñir detrás de un regimiento de gaiteros de las Highlands para que les quedasen guerras vistosas con lores, casacas rojas y vigorosos poemas de Kipling. “Cuando te hieran y te abandonen en las llanuras de Afganistán,/ y las mujeres vengan a cortar en pedazos lo que queda de ti,/ solo toma el fusil y vuélate los sesos/ para ir donde tu dios como un soldado,/ ir, ir, ir como un soldado/ como un soldado de la Reina” (El joven soldado británico). La gaita bélica es una excentricidad tan inglesa como llevar sombreros raros al hipódromo,  porque no se toca como el tambor, para marcar el paso, ni como la trompeta, para emitir órdenes, y además los gaiteros se presentan a reñir sueltos de huevada debajo de sus faldas de cuadros y vestidos de montañeros aunque combatan en el valle. Cuando en 1809 el legendario Regimiento nº 71 de Highlanders fue incorporado como primer batallón de la Infantería Ligera del ejército británico, el general William Wynyard autorizó a la tropa a conservar sus gaitas, “así como la indumentaria de las Tierras Altas para los gaiteros y, por supuesto, les será permitido usar capas”. En 1840 la reina Victoria influyó en la decisión del Ministerio de la Guerra de que cada batallón escocés tuviera un gaitero mayor y cinco gaiteros más, que podían ampliarse fuera del presupuesto sostenidos por el fondo del comedor de oficiales.  En los tiempos de la artillería, en cambio, un hombre abriendo el frente de batalla sujetando debajo del sobaco una tripa de piel de oveja sobre la que crecen  tres roncones de hueso, que además hacía ruido para delatar su posición, enseñaba las rodillas y generalmente era pelirrojo, por lo menos ofrecía un blanco vistoso y le acababan acertando, si no era a la primera, seguro que a la segunda. Durante la Primera Guerra Mundial cayeron tantos gaiteros bajo el fuego enemigo que el alto mando inglés abandonó en 1915 la costumbre de conducirse detrás de ellos. Sin embargo, durante la batalla de Somme, un año después, James Richardson, un escocés de veinte años enrolado en un batallón de infantería de la 16ª Fuerza Expedicionaria del ejército canadiense guió el asalto a un foso erizado de alambre de espino tocando la gaita. El batallón ocupó la posición y Richardson perdió la gaita, pidió permiso a su sargento mayor para recuperarla y fue abatido por el enemigo para que le condecoraran póstumamente con la Cruz de la Victoria.

En la Segunda Guerra Mundial hubo gaiteros con Montgomery en El Alemein y en el desembarco de Dieppe. El Loco Jack Churchill, que combatía al alemán con un arco de madera de tejo español y una espada escocesa “claymore” de doble filo, dos kilos de peso y metro y medio de longitud, tocó con su gaita “La marcha de los hombres de Cameron” antes de asaltar la fortaleza de la isla de Maaloy, en Noruega, y fue hecho prisionero en Yugoslavia cuando le tiraron una granada mientras tocaba “No volverás otra vez”. Jack Churchill nació en Surrey en 1906, sirvió en Birmania en la Primera Guerra Mundial, salió haciendo de arquero en la película “El ladrón de Bagdad” con Douglas Fairbanks y representó a Inglaterra en el Campeonato Mundial de Tiro con Arco en Oslo, en 1939. Inmediatamente después de la invasión de Polonia se alistó en el regimiento Manchester de la Armada Británica y en mayo de 1940 fue el único combatiente de la Segunda Guerra Mundial que abatió a un enemigo de un flechazo. Fue en L´Epinette, en Francia, y le atravesó a un sargento alemán el cuello con una flecha disparada a treinta metros. A Churchill le dijeron el Loco y el Peleón, participó en la evacuación de Dunkerque y en operaciones de comando en Noruega, se escapó dos veces del campo de concentración de Sachsenhausen, ganó dos cruces militares, capturó a ciento treinta prisioneros en Piegoletti armado solo con su espada “claymore” y le pareció que la guerra acabó demasiado pronto. Se lo estaba pasando en grande y dijo: “Si esos malditos yanquis no se hubieran metido en la guerra, podríamos haberla alargado unos diez años más”. Después sirvió en Palestina en una unidad de paracaidistas de la Seaforth Highlanders y participó en la evacuación de ochocientos judíos después de la masacre de Hadassah. Se licenció del ejército en 1959 con el grado de teniente coronel, se hizo surfista y sus vecinos de Surrey le denunciaron por tocar la gaita a las tres de la mañana la víspera de una jornada de labor.

El gaitero Bill Millin
Es tradición del british tomarse la guerra como sport en vez de vivirla en tragedia y los que se van a reñir como quien se va a cazar al zorro tienden al anacronismo y a la laxitud en la uniformidad y se marchan de campaña en mocasines y pantalones de golf como quien va a volver a cenar a casa. Es incómodo, pero adorna las biografías. Simon Fraser, decimoséptimo lord Lovat y vigésimo cuarto jefe del clan Fraser, empezó la Segunda Guerra Mundial de capitán de un regimiento de su propiedad, los Lovat Scouts, creado por su padre a principios de siglo para combatir al boer y formado por paisanos de las Scottish Lowlands acostumbrados a la caza. Después se incorporó a una unidad de comandos y desembarcó en las playas de Normandía como general de brigada al mando de 2.000 efectivos llevando consigo a su gaitero personal Billy Millin, de los Cameron Highlanders, y despreciando el casco reglamentario y el fusil de campaña por una boina escocesa y un rifle Winchester 45-70 de caza mayor. El gaitero Billy Mullin, escocés nacido en Canadá e hijo de un poli,  encaró Sword Beach, entre Ouistreham y Saint-Aubin-sur-Mer,  en la proa del buque de desembarco que transportaba a la 1ª Brigada de Servicio Especial tocando “The road to the isles”. Las tripulaciones de los destructores que les acompañaban se contagiaron y emprendieron por los altavoces ESTATUA DE BILLY MILLIN“A-hunting we will go” y “La Marsellesa”. Billy Mullin desembarcó vestido con su falda “kilt” y armado únicamente con su cuchillo de caza escocés sgian dubh de mango de roble negro metido en el calcetín y, mientras avanzaba esforzadamente a través de las olas rompiendo, tocó con su gaita “Highland Laddie”, la canción tradicional de la Guardia Escocesa. Cuando ganó la playa, Lord Lovat le ordenó que la recorriese de arriba abajo tocando “The road of the isles” para acompañar el desembarco del resto de las unidades. Millin le recordó que era contrario a las ordenanzas tocar la gaita en combate y Lovat le respondió que podía ignorar las leyes inglesas por ser escocés. Billy Millin y su gaita desfilaron varias veces a través de los ocho kilómetros de Sword Beach y los francotiradores alemanes no le dispararon porque le tomaron por un loco. Anthony Beevor reconoce que elevó la moral de la tropa, si bien desquició a un par o tres de soldados heridos que esperaban a un médico en lugar de a un gaitero. Billy Millin siguió a Lord Lovat en su avance hacia los puentes de Bénouville tocando “Blue bonnets over the border” mientras su jefe ordenaba recuperar los cuerpos de los nazis que abatía con su Winchester 45-70 como si fueran trofeos de caza. Un tercio de la brigada de Lord Lovat cayó en combate y él mismo fue herido de gravedad quince días después del desembarco quedando inútil para el servicio. Después de la guerra, el gaitero Billy Millin trabajó en las fincas de su señor y después se ganó la vida de enfermero en un psiquiátrico. Una de sus gaitas se exhibe en el Museo Conmemorativo del Puente Pegasus en Ranville, Francia, y en el año 2013 más de quinientos gaiteros tocaron en la inauguración de una estatua en su honor esculpida por Gaetan Ader que se levantó en Coleville, al lado de Sword Beach. Billy Millin no la llegó a ver porque murió diez años antes de un derrame cerebral en el hospital de Torbay a los 88 años.

MARTÍN OLMOS

El ejército de la señorita Pepis y el general Sangre y Pelotas

In Hazañas bélicas on 16 de mayo de 2014 at 22:08

Entre los brutales discursos de Patton y los paños calientes debe existir una forma intermedia de referirse al Ejército

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“No hay cincuenta maneras de combatir; solo hay una, vencer”
ANDRÉ MALRAUX

El fraile Juan Pérez de Pineda utilizó con precisión 16.000 palabras distintas en un solo libro y, sin embargo, escribió en sus “Diálogos familiares de la agricultura cristiana” (Salamanca, 1589): “Agora puedes decir lo que quieres, que no uso de circunferencia, antes hablo pan por pan y vino por vino, al uso de mi tierra”. Es difícil determinar cuándo empezamos por acá a hablar circunferencialmente, primero por no molestar y después para atar los perros con longaniza. Seguramente fue cuando principiaron los noventa y cayó el Telón de Acero, cuando empezó la era Clinton, que pretendió ser el nuevo Kennedy y se quedó en una felación para subir nota en el despacho del rector que no le hizo media sombra al lecho numeroso de JFK. Cuenta José María Iribarren que a los perros con longanizas los empezaron a atar las obreras del taller del choricero Constantino Rico, de Candelario, Salamanca, cuyos embutidos le gustaban tanto a Carlos IV que le encargó al maestro Ramón Bayeu, cuñado de Goya, un retrato del morcillero para colgarlo en la Sala de Embajadores de El Escorial. Hay que suponer, sin ser demasiado lince, que los perros del taller de Constantino Rico duraron más bien poco atados a la pata del tajo y se fueron a mear en los portales y a preñar de camadas a las podencas de la vecindad en vez de quedarse a vigilar la industria. Hablar en circunferencia tiene más de atar perros con longanizas que de amabilidad y no querer faltar y hasta tiene un poquito de paternalismo jesuítico que al final no trae más que disgustos. Construir un circunloquio para llamar a un cojo ya empieza por dar por supuesto el desmerecimiento del cojo, al que se le quiere proteger de la asunción natural de su pata corta y se le acaba haciendo creer que es Emil Zátopek. El cojo, y también el galgo, de lo que se tiene que proteger es de los imbéciles, que abundan y se apuntan a cualquier maña, confunden la ofensa con el adjetivo y le acaban diciendo al pan de otra forma para evitarle el monosílabo ramplón y ponerlo importante. Para que parezca otra cosa como si no fuera digno ser un pan.

Se puede disfrazar cualquier cosa, como a una mona con un vestido de seda, pero se le va a acabar viendo la goma de la careta como en la resaca de un carnaval. A la guerra la han intentado disfrazar de honorable con convenciones de Ginebra y poemas de Tennyson pero no han conseguido que sea otra cosa que la manera que tiene el hombre de invertir el curso de la naturaleza haciendo que los padres entierren a sus hijos. Una guerra es tan agradable como pisar una boñiga el día que vas a conocer a tus suegros y apareja un rabo de violaciones y hambrunas que le hacen los coros a las bajas por metralla de las granadas de fragmentación. En tiempos de paz los soldados visten los parques paseando las pecheras puntuadas de botones dorados y empujan los carritos de las criaditas para dar argumentos a las zarzuelas (a veces se dejan bigotes de puntas prusianas). En las trincheras se deja la moda en el perchero y se visten los quintos de hiedra para que les confundan con el paisaje y no los tumben a balazos. El ejército francés tuvo que prescindir al comienzo de la Primera Guerra Mundial del quepis rojo y azul y de los pantalones encarnados de su uniforme y los cambió por un paño gris para no divulgarse delante de los francotiradores. El ejército más que chulo tiene que ser fiero, por si hay que reñir, como el garrote con nudos que enseñan los tasqueros encima de la coñá para prevenir al gorrón, que hay que pensar que no están locos por irse a estacazos pero por si acaso. Pintarlo de lo contrario es atarle con longanizas y timarle al presupuesto. Ojalá se queden los soldados para vestir los parques y para dar argumentos a las zarzuelas, pero si un día hay que ponerlos a lo suyo mejor que los comande alguien al que no le dé vergüenza y piense que la Legión está para rescatar gatitos de un parterre y adornar las Semanas Santas.

El ejército de Rousseau
Cuando José Bono era ministro de Defensa dijo en el Centro Woodrow Wilson de Washington que prefería que le matasen a matar como convicción moral personal. Su inclinación al martirio no era la actitud más apropiada para un tío que gestiona tres ejércitos y es posible que dos chusqueros o tres pensaran que también quería que les matasen a ellos, lo que es más bien un argumento descorazonador para la tropa. Cuenta Joaquín Leguina que la elección de Carmen Chacón como ministra de Defensa se decidió en una reunión de tíos molones para ver quién la decía más gorda. José Blanco anunció que Zapatero quería a una mujer para dar “un pelotazo mediático” en un ejercicio de carpintería política más bien poco funcional y Miguel Barroso propuso nombrar a su mujer, que además era catalana y estaba embarazada. Carmen Chacón acabó ordenando firmes a la infantería, queriendo quitarles el chapiri a los legionarios y diciendo que el Ejército Español era pacifista, como si le diese vergüenza mandar un estamento en el que se presentan armas, ar. Carmen Chacón terminó queriéndole circunferenciar el vocabulario al mando de la base Miguel de Cervantes de Marjayún, en El Líbano, recomendándole que no usase la palabra “combate” porque el ejército estaba movilizado en una misión de paz. Los anuncios de alistamiento parecieron ofertas de empleo para chavales con dominio del “office” que bailaban entre las buenas intenciones y el cinismo. El ejército de las chacones y los bonos pretendió pasar por algo entre Rousseau y la señorita Pepis -que fue la marca de botiquines de mentira de la juguetería Graines S.A. con la que jugaban a ser mayores las niñas de los setenta que querían ser polifacéticas- en vez de ser el perrazo del granjero que tiene que vigilar la huerta y, por lo menos, ladrar amenazadoramente.

Los discursos a la manera de la tierra de Juan Pérez de Pineda, que era Madrigal de las Altas Torres, la misma que la de Isabel la Católica, no llevan a engaño de lo que uno se va a encontrar y si son de leva ya lleva el quinto aprendido lo que le va a tocar y se deja la esponja en casa. Al general George S. Patton le llamaba la tropa el Viejo Sangre y Pelotas (Old Blood and Guts) y se conducía con la delicadeza de un pedo después de la comunión en la misa de doce. A Patton le gustaba una guerra como a un tonto pulsar los porteros automáticos y tuvo un perro que se llamaba “Tanque” y otro que se llamaba “Willie” en honor a Guillermo el Conquistador, y a ninguno de los dos los amarró con longaniza. En 1944 le dieron el mando del Tercer Ejército con la misión de tomar Bretaña y proteger el flanco aliado. El Tercer Ejército estaba formado por el VIII Cuerpo al mando de Troy Middleton, el XII de Gilbert Cook, el XV a las órdenes de Wade Haislip y el XX de Walton Walker, todos nutridos GEORGE S. PATTONfundamentalmente de reclutas que habían sido entrenados durante dos años por el general Walter Krueger pero que carecían de experiencia en combate. El 5 de junio de 1944 el Viejo Sangre y Pelotas les largó un discurso de pan por pan, a la manera del Madrigal,  que le salió entre  la épica y las instrucciones de uso. Patton les dijo, descriptivo: “No solo vamos a dispararles a los hijos de puta, vamos a destriparlos y a utilizar sus tripas para engrasar las cadenas de nuestros tanques”. Patton les dijo, adjetival: “Vamos a matar a esos hunos piojosos y engreídos”. Patton les dijo, aconsejador: “Rajadles la barriga, disparadles en las tripas”. Patton les dijo, aritmético: “Cuantos más alemanes matemos, menos de los nuestros morirán”. Y Patton les dijo, soñador: “Y cuando dentro de veinte años vuestro nieto os pregunte qué hicisteis en la gran Segunda Guerra Mundial, no tengáis que toser y decir: tu abuelito paleaba mierda en Louisiana. No señor. Podréis mirarle a los ojos y decirle: tu abuelo avanzó con el gran Tercer Ejército y un maldito hijo de puta llamado Georgie Patton”.

MARTÍN OLMOS

Los guerrilleros de Quantrill

In El Far West, Hazañas bélicas on 19 de marzo de 2014 at 22:35

Dedicado a Jon Lantaron

En la frontera de Kansas y Missouri se libró una guerra de tropas irregulares que no se sometían a las leyes marciales

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“A las cinco en punto de la mañana fuimos atacados por Quantrill y su banda”

ROBERT G. ELLIOTT. Editor del “Kansas Free State”

Al amanecer del 21 de agosto de 1863 la horda del infame William Quantrill descendió del Monte Oread y entró en la ciudad de Lawrence, en la sangrienta Kansas,  enarbolando la bandera negra. Como en el Libro de los Jueces (capítulo 5, versículo 22), “entonces resonaron los cascos de los caballos martilleando la tierra”. Antes de afrontar la calle principal al galope tendido vieron a un clérigo ordeñando una vaca y lo mataron de un tiro en la cabeza. Quantrill ordenó quemar todos los edificios que encontraran a su paso y matar a todo aquel hombre, viejo o muchacho que estuviese en condiciones de levantar un rifle, lo tuviera en la mano o no en ese momento. Los cuatrocientos de Quantrill llevaban cinco revólveres cada uno (en su mayoría Colt Navies) distribuidos en los cintos y colgados de los pomos de las sillas de montar, plumas en el sombrero, camisas con bordados de imaginería y botas altas de piel de ciervo hasta el muslo en las que escondían cuchillos de monte con empuñaduras de asta de gamo. Como eran guerrilleros tenían proscrito el uniforme gris de la Confederación. Como la mayor parte de ellos eran adolescentes no conocían la piedad. El más joven de la horda era Riley Crawford, que tenía trece años y había visto como los partisanos “jayhawkers” (los Cazadores de Urracas), partidarios de la Unión, fusilaron a su padre en Blue Springs. Otros que cabalgaron en garulla aquella mañana salvaje fueron los hermanos Jim y Cole Younger, Clark Hockensmith, el negro John Noland y Frank James, cuyo hermano pequeño Jesse se unió a la partida de Quantrill un año después. Cuando los cuatrocientos dejaron al rabo al clérigo muerto, y a la vaca también, entraron en Lawrence por el este y se separaron en tres patrullas comandadas por el propio Quantrill, por George M. Todd y por Bill Anderson el Sanguinario, que llevaba prendidas en la silla las cabelleras de los hombres que había matado. Durante las cuatro horas que duró la invasión quemaron 185 edificios, asaltaron el banco, saquearon de vino y cubiertos de plata las viviendas y asesinaron a veinte reclutas y a casi doscientos civiles a los que sacaron de sus casas y les dispararon en el medio de la calle delante de sus mujeres. A dos hombres les quemaron vivos y a otro le volaron la cabeza mientras sostenía a su hijo en los brazos. La víctima más joven fue Bobby Martin, que tenía doce años y se cubrió con un capote azul, y la más vieja noventa, que es una edad en la que el retroceso de una carabina Sharps te WILLIAM QUANTRILLdesclava la clavícula de la escápula (las carabinas Sharps del calibre 52 las llevó a Kansas el reverendo Beecher, el hermano clérigo de la autora de “La Cabaña del Tío Tom”, dentro de cajas de Biblias). El senador Jim Lane, notorio asesino y antiguo capitán de los Cazadores de Urracas que dos años antes había matado a sangre fría a diez partidarios sureños en Osceola, huyó corriendo a través de un maizal en camisón de dormir y la familia Simpson se ocultó en un sembrado y para evitar que su hijo recién nacido les traicionase con su llanto le metieron en la boca una mazorca de maíz verde que le engañó el hambre. La horda de Quantrill solo se anotó una baja que fue la de Larkin Skaggs, un borracho indecente que entró en Lawrence completamente trompa, mató al ciudadano George Burt para robarle el monedero y se quedó rezagado cuando la partida se retiró a las nueve de la mañana. Aislado de la legión, Skaggs arrió una bandera de la Unión, la ató a la cola de su caballo y la arrastró por la calle principal de Lawrenece hasta que un mestizo llamado Pavo Blanco le derribó de un flechazo y los vecinos le desnudaron y le despedazaron a cuchilladas.

Los guerrilleros
En la sangrienta frontera de Kansas con Missouri se libró una guerra particular dentro de la Guerra de Secesión en la que pelearon grupos de partisanos irregulares que no se sometían a las leyes marciales. La vecindad de los enemigos hizo que se vendimiasen venganzas. Por un lado estaban los “jayhawkers”, los Cazadores de Urracas partidarios de la abolición, y por otro los “bushwhackers”, los Luchadores de los Matorrales a los que perteneció Quantrill, que eran esclavistas de Missouri. Ambos grupos (y otros parejos en indignidad como los Botas Rojas del coronel Jennison) eran chusma forajida que luchaba en guerrilla y derivaba en acciones de saqueo y terrorismo. Desembocaron inexorablemente en la delincuencia pedestre cuando acabó la guerra pero mantuvieron la excusa de la causa para lustrarse la biografía, como fue el caso de los hermanos Younger, de Sam Bass y de Frank y Jesse James (que fue enterrado con el uniforme confederado). El mundo ha ido dando tumbos a su antojo y cumpliendo años que parecieron esperanzadores pero las cosas siguen igual y los partisanos de las guerras de ahora encuentran su porvenir en el crimen cuando se acaba la barra libre: Luka Bojovic, antiguo voluntario de los paramilitares serbios de los Tigres de Arkan durante la Guerra de los Balcanes, derivó en organizador del clan mafioso Zemun, que se dio al atraco de joyerías, al tráfico de cocaína y a los asaltos homicidas y en 2009, en un piso de la calle Lago Salado de Madrid, se comió a Milan Jurisic, que le disputaba la jefatura de la banda, después de matarlo a martillazos y trocearlo en una picadora de carne.

Después de la masacre de Lawrence, el general nordista Thomas Ewing ordenó la deportación de todos los habitantes de los tres condados de Missouri fronterizos con Kansas y dejó el campo libre para que los “jayhawkers” mataran a los rebaños y quemaran las plantaciones. El presidente Harry S. Truman, que creció en Independence, Missouri, recordaba que su familia le contaba cómo los Cazadores de Urracas les mataron a los cerdos y les quemaron el granero. La horda de Quantrill huyó a Texas y se disgregó en unidades confederadas regulares. Por el camino mató a ochenta soldados de escolta del general James G. Blunt. Más tarde se reagrupó y continuó sus acosos en Kentucky. Bill Anderson el Sanguinario se separó de la banda y formó su propia partida. Cuando le mataron llevaba una cadena con 53 nudos que representaban a cada hombre que asesinó. Quantrill había sido maestro de escuela pero abandonó la catequesis cuando descubrió una mayor rentabilidad en la industria del robo de caballos. Cuando comenzó la guerra se alistó en el ejército regular confederado pero era refractario a la disciplina y formó su propio escuadrón de partisanos. Cuando era niño se entretenía disparando a las orejas de los cerdos y atando a dos gatos por las colas para ver como se despedazaban a arañazos. Al final incluso la Confederación le negó y le persiguió hasta los territorios indios de Oklahoma. En 1865 regresó a Kentucky con treinta hombres y en junio, cerca de Taylorsville, fue emboscado por la patrulla del capitán Edward Terrell y abatido de su montura de dos disparos que le acertaron en el codo y en la columna vertebral. Inválido para montar, su lugarteniente Clark Hockensmith intentó izarlo en la grupa de su caballo pero fue derribado a balazos y Quantrill murió unos días después en el hospital de Louisville. Le enterraron en el cementerio católico de Portland y al año siguiente su madre reclamó sus huesos para darles tierra en Ohio, donde había nacido. El tipo que le desenterró despistó partes de su esqueleto y las vendió a los coleccionistas de Kansas hasta que en 1993 fueron recuperadas y enterradas en el cementerio confederado de Higginsville, en Missouri. Los 75.000 dólares que la horda de Quantrill recolectó en Lawrence fueron puestos al recaudo de las nerviosas alforjas del guerrillero Charlie Higbee, que se despistó de la ruta y acabó en Canadá. Después de la guerra se instaló en Texas, fundó un banco y murió en 1908.

MARTÍN OLMOS

El tango del generalón y la mujer de las bragas de hierro

In Hazañas bélicas on 15 de febrero de 2014 at 13:50

Las Malvinas fueron un ejemplo de cómo una guerrita en las afueras distrae el hambre de casa

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Al alba, y con viento duro de levante…”  
FEDERICO TRILLO

De pura percha de guapo que engalanaba, el generalón Leopoldo Galtieri parecía un bacán de milonga, pero le calculó mal la meada a Margaret Thatcher y no descubrió a tiempo que se quitaba las bragas a pedos. Las bragas de Margaret Thatcher eran de nudo gordo de esparto, raspudas y fajeras hasta el riñón, unas buenas bragazas follosas de calzón a las que había que gastarles redaño de buena mata para bajárselas a vientos. Los vientos de Margaret Thatcher olían a imperio, a lavanda inglesa y a la carga de la brigada ligera y los cadenciaba melodiosamente sonando la música de Rule Britannia, “Britannia rule the waaaaves!” El generalón Leopoldo Galtieri  soltaba cuesquitos fulleros de bandoneón que se quedaban en la mera salva y le apuró a Margaret Thatcher empezándola por tangos a cuenta de un terrón de focas y acabó bailando una milonga con la más fea. El generalón Galtieri era el dictador favorito de Ronald Reagan y le pegaba al frasco, que acabó matándole, pero en esencia era un matón orillero que cuando era comandante del II Cuerpo del Ejército voló a unos cuantos subversivos de la guerrilla montonera que ya estaban detenidos tirándoles un cartucho de dinamita en el coche. Margaret Thatcher se soplaba la buena botella de whisky Bell´s en una noche y seguía un régimen de inyecciones de vitamina B-12 y cuarenta huevos a la semana, que le provocaban halitosis y estreñimiento, con lo que sus pedos zullones, además de a imperio, olían a hienda de boñigo. De tanto huevo puro, Margaret Thatcher dejó morir a Bobby Sands de hambre en la prisión de Long Kesh y se quedó sorda durante las huelgas mineras. Margaret Thatcher hizo una democracia para propietarios y se empezó a peinar con una tonelada de laca recién la parieron en Lincolnshire y el generalón Leopoldo Galtieri llegó al poder de golpe, escondió las urnas y acabó con la disidencia desapareciéndola en el sótano de la Quinta de Funes, en el municipio de Rosario, donde no había vecinos para quejarse de los gritos, y tirándola desde una avioneta al Río de la Plata para que se la comiesen las pirañas. El generalón y la señora de las bragas rudas tenían en común el whisky, a Reagan y  la alergia por el comunismo y pudieron bailar un candombe a media luz pero tenían, ay, un poquito a medias las islas Malvinas y allá torcieron el compadreo. El generalón Galtieri pudo decir lo del tango de Celedonio Flores y Carlitos Gardel: “ya no sos mi Margarita, ahora te llaman Margot”. El tango también decía: “Se te embroca desde lejos, pelandruna abacanada”. Le dicen los lunfardos embrocar a percibir y a Margot Thatcher, como a la del tango, se le percibía desde lejos que era mejor no andarle en bromas porque gastaba cojones de señor a pesar de ser una dama. La Guerra de las Malvinas le vino bien al principio al generalón y a la larga a la señora y a los que les vino fatal fue a los que la diñaron en una tundra de focas porque les enredaron en una riña de patio de colegio.

El capitán Cook no demoró diez minutos en las Malvinas por considerarlas una tierra de espesas nieblas, tormentas de nieve y frío intenso y sin embargo se las acabaron disputando los franceses, los ingleses y los españoles. En las Malvinas medran las focas y apenas el musgo para que lo pasten las ovejas y durante un tiempo abundó el zorro guará, que fue cazado hasta su extinción por los pastores ingleses. Las islas quedaron prácticamente desiertas durante una década desde que los españoles las abandonaron en 1811 hasta que los argentinos las ocuparon en 1820 y pusieron de gobernador a Luis María Vernet, descendiente de hugonotes y comerciante de pieles. En 1833 la fragata inglesa HMS Clio, artillada con dieciocho cañones, recuperó la posesión en nombre del rey Guillermo y ciento cincuenta años después al generalón Leopoldo Galtieri se le engordó la deuda externa a 36.000 millones de dólares y se le sublevó la muchachada pidiéndole pan y trabajo y el dictador entendió que lo mejor era mandar a los protestones a reñir una guerra en el culo de Dios que les diese la ilusión de quitarse el hambre a base de comer patria.

El conflicto de las Malvinas empezó el 19 de marzo de 1982 cuando los argentinos desembarcaron en Georgia del Sur y se convirtió en una mezcla de guerra de Charlot y de concurso de meadas. El generalón Galtieri reconoció más tarde que nunca imaginó que Thatcher iba a dar pelea y la señora de las bragas de hierro aceptó en sus memorias que las Malvinas eran “una causa de guerra improbable en el siglo veinte”.  Oriana Fallaci le preguntó al generalón si el interés por aquellos yermos era el oro, el petróleo o la posición estratégica en caso de que se cerrase el Canal de Panamá y el generalón le dijo que la causa era el sentimiento argentino. También le dijo que en su dictadura se GENERAL GALTIERIhablaba más que en muchas democracias, lo que viniendo de un argentino no era decir nada. Margaret Thatcher envió el rompehielos HMS Endurance y anunció que le estaba sacando brillo al portaviones “Invencible”. El generalón Galtieri largó un discurso en la Plaza de Mayo, se llenó la boca de Malvinas y dijo: “Si quieren venir que vengan, les daremos batalla”. La barra del Boca sacó pancartas patrioteras y se olvidó de los parientes que recibieron descargas eléctricas en los huevos en la Quinta de Funes. El generalón Galtieri mandó a defender las islas de Georgia del Sur al comandante Alfredo Astiz, al que le decían el Ángel Rubio de la Muerte. Alfredo Astiz era un veterano de la Escuela de Mecánica de la Armada, el siniestro centro clandestino de detención, tortura y exterminio dirigido por el capitán Jorge Acosta el Tigre. Alfredo Astiz presumía hazañas notables como hacer desaparecer a dos monjas francesas vinculadas a las Madres de la Plaza de Mayo y tirar al mar a la adolescente sueca Dagmar Hagelin, que tenía tratos montoneros. A Alfredo Astiz, en cambio, no se le dio tan bien pelear a soldados con las dos manos sin atar. Resistió un par de bombardeos al frente de su grupo de comandos Los Lagartos y se rindió con ferocidad sin disparar un solo tiro. Margaret Thatcher mandó todo lo gordo al asador. Mandó treinta mil hombres, veinticinco naves de combate, cinco submarinos y veinte aviones. Mandó al príncipe Andrés vestidito con un casco de Top Gun y mandó a los feroces gurkas nepaleses. Los caseros de Leeds se quedaron encantados de perderles de vista porque cocinaban sobre el piso haciendo hogueras de campamento. Los gurkas desollaron vivos a los quintos de reemplazo argentinos con sus cuchillos kukris y se llevaron a casa sus orejas de trofeo. La mitad de las bombas argentinas no explotaron porque las dejaban caer desde una altura demasiado baja y no les daba tiempo de armarse en el aire. Los argentinos hundieron los buques ingleses Ardent, Antelope y el Atlantic Conveyor, que transportaba casi todos los helicópteros Chinook de la Armada Británica. Los ingleses hundieron el crucero General Belgrano, en el que murieron la mitad de las bajas argentinas de la guerra. El General Belgrano era una reliquia de Pearl Harbour que los americanos habían vendido a la armada argentina en 1951 a precio de saldo. Las únicas víctimas civiles fueron un puñado de isleños de origen británico de Port Stanley a los que habían recomendado permanecer en los sótanos de sus viviendas pero salieron en manifestación contra el estado de sitio impuesto por la autoridad militar argentina y les cayó encima el fuego amigo de la Armada Real. La guerra se zanjó en setenta días y la ganó Margot al enseñar la picha más larga. Sus compatriotas la vitorearon como si fuese el almirante Nelson. A los ingleses, después de una pinta de birra tibia y un juego de tacitas horteras con la cara de Lady Di, lo que más les gusta es una guerra en las colonias, aunque en ésta hubo muy poco Kipling. Tres días después de la rendición el generalón Galtieri renunció a su cargo y se dedicó a pelearse con su páncreas metiéndole una paliza sin objeciones a base de alcoholismo crónico. Cuatro años después Argentina eliminó a Inglaterra en los cuartos de final de la Copa del Mundo con un gol que metió Maradona con la mano. Jorge Valdano dijo: “Aquel triunfo atenuó el dolor por el tema de las Malvinas”.

MARTÍN OLMOS

Bombas y tiburones

In Hazañas bélicas on 29 de agosto de 2013 at 22:09

A la mitad de la tripulación del Indianapolis, que llevó al Pacífico la bomba atómica, se la comieron los tiburones

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“El tiburón oceánico de puntas blancas es el más peligroso de todos los tiburones”
JACQUES COUSTEAU

Tiraron la bomba. Buuuuuuuum. Y se acabó la guerra. Como para seguirla. Los metafóricos vieron un hongo. Los japoneses las orejas al lobo. Auuuuuu. Stalin comprendió quién era el nuevo jefe del patio. El dueño del balón. El tío que dice quien juega y quien no. Los vencedores hicieron el inventario. La prueba del nueve. Los 150.000 muertos de Hiroshima y los 80.000 de Nagasaki no eran una matanza sino un ahorro de bajas potenciales. Seis por cinco sale menos tres y me llevo una. Las cuentas del tahúr. El emperador Hirohito se rindió sin condiciones. El ministro de la guerra japonés Korechika Anami se hizo el seppuku ritual pero se quedó en media estocada y le dio el descabello su cuñado de un tiro en la nuca. Su uniforme ensangrentado y su espada samurai se enseñan hoy en el santuario Yasukuni de Tokio. El general Eisenhower le dijo al Secretario de la Guerra Henry Lewis Stimson que creía que Japón ya estaba derrotado y que el lanzamiento de la bomba fue completamente innecesario. El presidente Truman también sabía que a Japón le quedaba una tarde, pero era el concejal de festejos y había pagado a una pirotecnia valenciana, así que tenía que haber una traca al final de la verbena. Pim, pam, pum. Anthony Burgess, el autor de “La naranja mecánica”, dijo que la bomba fue un lujo mortal. Dijo que se invirtieron cantidades tan ingentes en su desarrollo que había que utilizarla. Fue como cuando amanece una farra y hay ganas de piltra y de leche templada pero alguien dice que la juerga no se acaba hasta que se gaste el bote, que para algo lo hemos puesto. La bomba fue la meada del gorila de lomo plateado. Pssssssss. Fue la doctrina Monroe en forma de champiñón. La política del palo en alto. A los supervivientes de la bomba les llamaron los hibakusha y se convirtieron en una comunidad maldita. Se cumplió el principio elemental de la exclusión de los pueblos. A los agotes del Baztán les ponían a oír misa escondidos debajo del coro porque se pensaba que transmitían la lepra. Niños, no juguéis con Akira, que tiene la radiación y si te toca te crece un bulto en la cabeza. Se te cae la cosita. Julius Oppenheimer, el papá del petardo, dijo que los físicos habían conocido el pecado. Dijo que los científicos solo eran responsables ante la ciencia. Dijo: “Me he convertido en la muerte, en el destructor de mundos”. La bomba, ha escrito Leguineche, fue el presagio de un mundo terrible.

El mundo terrible no llegó solo al Pacífico. El uranio-235 con el que se armaron las bombas atómicas salió de la base de Álamo Gordo, en Nuevo México, con destino al muelle de San Francisco y fue embarcado en contenedores de plomo en el USS Indianapolis, un crucero pesado botado en 1931 artillado con diecisiete cañones y ocho ametralladoras Browning M2 del calibre 50. Se cursaron órdenes siniestras. No se admitieron preguntas. Nadie a bordo sabía el contenido del hangar, ni siquiera el contralmirante Charles Butler McVay III, veterano de la inteligencia naval y dueño de la Estrella de Plata por su valor en Iwo Jima. El ejército no se fía ni de sí mismo. Se clarificaron los imperativos: el barco zarparía el 16 de julio de 1945 con destino al atolón de Tinian, en el Pacífico, a doscientos kilómetros al norte de Guam. La carga tenía prioridad sobre la tripulación y debía salvaguardarse o destruirse, en caso de contingencia, antes de preocuparse por el pellejo de la CONTRALMIRANTE CHARLES McVAYmarinería. El Indianapolis rompió la marca como una bala. En diez días rindió el periplo. Se zampó 5.300 millas marinas con solo una paradita de seis horas en Pearl Harbor para poner gasolina y echar una meadita. Hubo propina para el taxista. Se entregó la carga. Se hizo el recado. Se armó la gorda y la colocaron al pelo a bordo del bombardero B-29 Enola Gay. El piloto Paul Tibbets bautizó el avión en honor a su mamá Enola Gay Haggard. Madre no hay más que una y a ti te encontré en la calle. “¿Está orgullosa mamá de su pequeño?”, cantaron en los ochenta las Maniobras Orquestales en la Oscuridad. Enola Gay, is mother proud of Little Boy today?. La New Wave. Aha, Enola Gay. Tiraron la bomba. Buuuuuum. Minimizaron víctimas potenciales asando a cien mil japoneses. Nadie volvió a jugar con Akira el hibakusha. A Stalin se le pusieron las puntas de su bigote de morsa en formación de defensa. ¡Fiiiirmes! Gastaron el bote.

Pasto de tiburones
El 29 de julio el USS Indianapolis recibió la orden de unirse a la flota que se preparaba para invadir Japón en el Golfo de Leyte, en las Filipinas. El contralmirante McVay pidió una escolta. Se la negaron. Le aseguraron que en el Guam no había submarinos enemigos. Le ordenaron navegar en zig-zag para esquivarlos. El Indianapolis no tenía un sistema de navegación por sonido y no podía detectar submarinos. Navegar en zig-zag para evitar submarinos que no había. Pura inteligencia militar. Sonó a: no hace calor pero llévate el botijo. Pero sí había submarinos. Por lo menos cuatro. El 30 de julio amaneció con calima y el contralmirante McVay abandonó la navegación en zig-zag y puso la proa rumbo al este. Al amanecer, un submarino tipo B3 al mando del capitán Mochistura Hashimoto le acertó con dos torpedos que le destrozaron la proa, la sala de máquinas y la santabárbara. En diez minutos el Indianapolis se fue a pique. El capitán Hashimoto se hizo monje sintoísta después de la guerra. Ooooom. Trescientos marineros murieron en los impactos. Los otros novecientos se dieron al mar con sus chalecos salvavidas. No hubo tiempo de arriar los botes. Casi mil almas se quedaron flotando como sargazos de frío y miedo. Se agruparon en ramilletes. Formaron islotes humanos.  Al amanecer aparecieron los tiburones. Eran oceánicos de puntas blancas, que les dicen jaquetones, que les dicen tiburones locos. Tres metros de longitud. Ciento ochenta kilos de pura gazuza de mar. Cuando suena el triángulo del rancho se les ha visto comer hasta las heces de las ballenas. Llegaron en horda, no en banco, negros como la muerte, silenciosos como un secreto, hambrientos como la avidez. Noticias de la mar: bautizo con barra libre entre Guam y el Golfo de Leyte. En cinco días se comieron a trescientos marineros. Otros se volvieron locos por beber agua salada. Rescataron a trescientos dieciséis  supervivientes por pura casualidad, cuando fueron avistados por un avión de patrulla. Le pasaron la minuta al contralmirante McVay. Le acusaron de incumplir la orden de navegar en zig-zag, le degradaron a capitán y le pusieron a chupar tintas en un pupitre. Perdió la gracia del mar. En 1968, en noviembre, salió al jardín de su casa de Litchfield, en Connecticut, y se pegó un tiro en la cabeza. En 2001 el presidente Clinton revisó su sentencia y ordenó su rehabilitación. El Secretario de la Armada Gordon Richard England le devolvió el rango de contralmirante. Los laureles póstumos dejan la sensación del estómago vacío. En 1990 la BBC llevó a los tripulantes del Enola Gay a Hiroshima. Manuel Leguineche cuenta que uno lloró y otro dijo tonterías. Hiroshima exporta ostras y si te las comes no se te cae la cosita. Los hibakusha parieron niños robustos. A los tiburones les hizo la mala prensa Spielberg y hubo bañistas que dejaron de nadar hasta la boya. ¡Jefe Brody, jefe Brody, hay que cerrar la playa! El capitán Hashimoto viajó a Hawai en el cincuenta aniversario de Pearl Harbor y pidió perdón a los familiares de los tripulantes del Indianapolis. Paul Tibbets dijo que dormía como un tronco. “Enola Gay, is mother proud of Little Boy today?” Al presidente Truman le preguntaron una vez si se arrepentía de algo y dijo que sí, que de no haberse casado antes. Su mujer debía cocinar de miedo. Su mujer era la boooomba.

MARTÍN OLMOS

La estatua de Cascorro

In Hazañas bélicas on 16 de julio de 2013 at 23:12


Eloy Gonzalo, el héroe del Rastro, fue inclusero, analfabeto y soldado a la fuerza

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Cascorro agarra con fuerza/su lata de gasolina/ la guarda pues tiene miedo/ de aquel par de chatarreros/ que le miran y le remiran”
JUAN ANTONIO MARRERO CABRERA

Ernest Hemingway decía que la patria está donde hay dinero, sangre y tierra. La canción dice que está donde cuelgas el sombrero. Lo que pasa es que ya no se llevan los sombreros para quitárselos cuando pasa un funeral porque los sacó de la moda Kennedy, que fue el primer presidente norteamericano que lució destocado y cundió el ejemplo. Para Rilke su  patria era la infancia, para el pirata de Espronceda la mar y para Zapatero, en su periodo naif en el que pensó que ser presidente de un país era lo mismo que ser un jipi con sandalias que toca la flauta en el metro, era la libertad. Luego espabiló a pura leña y tuvo que hacer lo que le mandaron y su patria se quedó en un estado de ánimo. Para el común del censo moliente la patria es una porción de tierra firme con impuestos y una verja y, sin embargo, también está hecha de gestos para diferenciarla de una comunidad de vecinos en la que se paga a escote la luz del portal. Tradicionalmente, los gestos que más agradecía la patria eran los que llevaban aparejado el derroche de la vida después de una exhibición de lo que hay que tener, que generalmente se producían en las épocas en las que se estaba riñendo con el vecino, pero hoy en día ya no se llevan (lo mismo que los sombreros) porque desde que el hombre se ha puesto sutil se tapa las canas con alumbre, se cambia de muda a diario y le da vergüenza reconocer las asaduras paisanas. Las patrias celebraban antes aquellos gestos con una estatua, pero ahora despachan las medallas en el cuarto de las escobas y no sacan a la banda al patio a tocar. El coraje se ha puesto sospechoso de haber llevado las cosas demasiado lejos, cuando igual se podían haber arreglado hablando, como le dijo Chamberlain a Hitler. De cualquier manera, ya ni las estatuas son lo que eran y uno se lo piensa dos veces antes de jugarse la monda si a cambio le van a levantar un cisco en forma de hexaedro hecho por un tío con un soplete  en vez de una figura ecuestre hecha con bronce de cañones por un discípulo de Vitruvio.

El héroe expósito
Los que somos más elementales que otros y solo nos reímos con los chistes de pedos preferimos las estatuas de antaño, como la que le hizo Aniceto Marinas al soldado Eloy Gonzalo y que está plantada a la entrada de la Ribera de Curtidores, en el Rastro de Madrid. La ubicación le va fetén al héroe, que se pasa las mañanas domingueras junando a los avisaos, a los chamarileros y a los turistas, a los manguis al descuido, a los gitanos y a los comerciantes de vírgenes de ermita. La dicen los paisanos la estatua de Cascorro y a Eloy Gonzalo no le importa que le hayan cambiado el nombre porque era expósito y los linajes como que le daban igual. A Eloy Gonzalo lo dejaron de mamón envuelto en una manta a la puerta del hospicio, como en los cuentos con moraleja, el primer día de diciembre de 1868, con una nota que decía: “Se llama Eloy Gonzalo, está sin bautizar y es hijo de Luisa García, natural de Peñafiel”. Vete a saber si la razón del abandono fue el hambre o la mala prez. El caso es que el chaval salió pronto de la inclusa porque fue adoptado por el matrimonio formado por Francisco Díaz Reyes, que era guardia benemérito, y Braulia Miguel, que recién había perdido un hijo y estaba de lactar. Hay que decir que la pareja cobraba una mensualidad del hospicio ESTATUA DE ELOY GONZALOpara la manutención del chiquillo y cuando dejó de recibirla dejó también de verle la gracia al niño y le señalaron la puerta. Con trece años Eloy Gonzalo se tuvo que buscar los desayunos y trabajó de aprendiz de albañil, limpiando una carpintería y de mancebo de un barbero, pero como en ninguno de los oficios hizo industria, cuando tuvo talla se alistó en la milicia y le destinaron al Regimiento de Dragones de Lusitania, en donde llegó a cabo, se echó novia y puso fecha de casorio. Pero su prometida le salió fresca y le hacía los recados a un teniente; Eloy Gonzalo les descubrió y le apoyó una pistola en el hocico al oficial y, como en todos los pueblos con campanario vale más el galón que la honra, le abrieron un consejo de guerra y le metieron doce años en el presidio militar de Valladolid. Sin embargo no rindió la condena porque se benefició de un Real Decreto por el que se permitía el alistamiento de presos para ir a pelear a Cuba y en abril de 1896 llegó a Camagüey formando parte del 63º Regimiento de Infantería María Cristina.

En septiembre de 1896 los rebeldes del mambí sitiaron el cantón de Cascorro, una población a sesenta kilómetros de Camagüey, y bombardearon la plaza con dos piezas de artillería posicionadas en los bohíos que se levantaban en los campos de azúcar. A las dos semanas de cerco, el capitán Francisco Neila pidió un voluntario para incendiar las cabañas desde las que les disparaban y dio un paso al frente el soldado forzoso Eloy Gonzalo. Dijo que era inclusero, cornudo y analfabeto, y que no tenía quien le llorase. Pidió una lata de petróleo y una tea y dijo que le atasen una cuerda a la cintura para que si le mataban, sus camaradas tirasen de su cuerpo para enterrarlo entre paisanos y que no lo ultrajasen los mambises. Eloy Gonzalo corrió debajo del fuego enemigo, que le cortejó, se llegó a los bohíos, los regó de combustible y les metió candela. Regresó a sus líneas a la carrera, esquivando las balas de milagro y su acción corajuda animó a la tropa, que empeñó un contraataque y resistió la posición hasta que la liberó unos días después el general Adolfo Jiménez Castellanos al mando de una columna que llegó de Camagüey.

Valió de poco la hazaña de Cascorro pero pensionaron a Eloy Gonzalo con la Cruz de Plata al Mérito Militar, con sueldo de siete pesetas al mes, y un año después murió de disentería en el hospital de Matanzas, con lo que no le dio tiempo de temblar el erario. En España, en cambio, se celebró con entusiasmo al héroe expósito y le pusieron su nombre a una calle y le levantaron una estatua en la plaza de Nicolás Salmerón. La inauguró el rey Alfonso XIII el 5 de junio de 1902 en una ceremonia en la que habló Mariano de Cavia. La estatua la hizo Aniceto Marinas con el bronce que donó el Ministerio de la Guerra y la pusieron a presidir los tinglados del Rastro de Lavapiés con el uniforme colonial, el Máuser al hombro y la lata de petróleo. Aniceto Marinas esculpía con evidencia y dos años antes le había hecho a Velázquez con pinceles y paleta para recibir en el Museo del Prado. Con el tiempo los madrileños llamaron a la Plaza de Nicolás Salmerón la de Cascorro y el Ayuntamiento le cambió el nombre en 1913. Mandó el popular, que alguna vez le tiene que tocar. Eloy se quedó en Cascorro y ahí anda agarrando con fuerza la lata para que no se la birlen los gitanos y la pongan precio sobre una manta, al lado de un peluco de colorao y unos candelabros. Al Rastro lo adecentaron con el tiempo, para el turismo, y debajo de la estatua de Cascorro le dijo Eduardo Zamacois a Umbral que aquello ya no le interesaba porque era “un Rastro sin cochambre”.

MARTÍN OLMOS

Negros zulúes y sangre azul

In Hazañas bélicas, Reyes y caudillos on 19 de junio de 2013 at 23:13

Las excursiones de la nobleza a zonas en conflicto persiguen la publicidad y huyen del riesgo pero, a veces, se complican

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“¿Quién es ese pueblo extraordinario que vence a nuestros generales, convence a nuestros obispos y acaba en un día con una gran dinastía?”.
BENJAMÍN DISRAELI.

Resulta que por ir un molón a un festejo, el príncipe Harry, que es pecoso y zanahorio, y tercero en la línea de sucesión al trono de Inglaterra, se vistió de oficial nazi, se pescó una trompa y salió en la portada de “The Sun”. Cuando vieron la foto, los polacos acopiaron latas de conserva y se metieron debajo de la cama. Decían en Roma que la mujer del césar, además de serlo, tiene que parecerlo y el príncipe Harry aquella noche pareció gañán, curdela de guateque y poco sensible con la parte de sus paisanos que aún recordaban el Blitz. Cuando le leyeron la cartilla en Clarence House, la casa del Príncipe de Gales, el chaval se quiso ir a las Cruzadas, como Ricardo Corazón de León, porque en las biografías reales adorna más una guerra que en las de las bailarinas un amante tísico. Su tío Andrés ya frecuentó Las Malvinas, leyendo revistas de polo en el camarote mientras los gurkas tibetanos barrían el patio trasero  de mamá. A pesar de la oposición del Jefe del Estado Mayor del Ejército de Tierra sir Richard Dannant, Harry de Afganistán fue destacado en la región de Helmand, en el suroeste de Kabul, para que combatiese al  barbudo talibán y se hiciese postales pintureras debajo de un sol de Lawrence de Arabia. Sir Richard Dannant, que es Caballero Comandante de la Orden del Baño, seguramente sabía que el ilustrerío en el frente complica y que las balas, como las flechas de Cupido, son ciegas y no miran si en el que se meten es huérfano y sustento de la familia, rey, santo o uno que pasaba por allí. Al general que le toca un célebre en la tropa se le levanta una jaqueca y si se descuida le pasan la cuenta del funeral; en el ejército inglés, que es dado a reñir en las colonias, lo saben muy bien desde que los negros cafres le matasen al último de los Bonaparte, que pretendió recuperar el trono de Francia jugando a ser Gordon de Jartum.

Fue durante el levantamiento zulú contra la ocupación inglesa del Transvaal sudafricano en 1879. Los casacas rojas de la reina Victoria  se fueron a dar un paseo, con los galgos y el servicio de té, pensando que le iban a pegar un repaso a un hatajo de negros en taparrabos hasta que, recién empezada la campaña, los zulúes les dieron una paliza bajo las colinas de Isandlwana y aniquilaron a media docena de compañías de infantería. “¡Ahí llegan, señor, espesos como la hierba y negros como el infierno!”, avisó el soldado Hitch, del 2º Batallón del 24º Regimiento, cuando unos días después atacaron el puesto de Rorke´s Drift. Zulú significa cielo y sus guerreros cruzaban los ríos cantando un sonido onomatopéyico que simulaba el zumbido de las moscas para espantar a los cocodrilos, podían recorrer sesenta kilómetros en una jornada a paso de carrera y atendían la lucha cuerpo a cuerpo deteniendo las bayonetas con el “isihlangu”, el escudo de piel de toro curtida en estiércol, y atacando con el “assegai”, la tradicional lanza corta cuyo temple guardaban en secreto los herreros de la tribu. Cuando se enteró del desastre, Luis Enrique Juan José Napoleón Bonaparte solicitó al duque de Cambridge, comandante en jefe del Ejército Británico, alistarse en el NAPOLEON IVcontingente de refuerzo que la metrópoli se disponía a enviar a Ciudad del Cabo. Luis Enrique era el último de la casa de los Bonaparte, sobrino nieto del corso e hijo de Napoleón III y de Eugenia de Montijo, Grande de España y condesa de Teba. Eugenia de Montijo era granadina y nació durante un terremoto, Rubén Darío le escribió un poema y practicó una alcoba hospitalaria, restauró el castillo de Arteaga y puso de moda los veraneos en Biarritz. Napoleón III fue el último soberano de París y había muerto en 1873 en el exilio en Inglaterra, después de la derrota francesa en la guerra franco prusiana. Estaba enterrado en la cripta imperial de la Abadía de Saint Michael. Luis Enrique era mozo guapetón, buen jinete y rumoreado de novio de la princesa Beatriz, hija de la reina Victoria, y los franceses que albergaban la esperanza de restituir la casa bonapartista le rendían el tratamiento de Su Alteza Imperial. El primer ministro Benjamín Disraeli consideró que la alternativa encerraba riesgos que no estaba dispuesto a correr pero la reina Victoria ejerció su influencia y consiguió que el príncipe, que se había graduado con el número 7 de una promoción de 34 en la Academia Militar de Woolwich, pudiese desplazarse a la campaña como observador civil, sin mando militar ni opción de entrar en combate.

El 28 de febrero de 1879 Luis Enrique zarpó desde Southampton con destino a Ciudad del Cabo. En el puerto le despidió su madre, la prensa y la comunidad francesa en el exilio. Luis Enrique tenía 23 años y ganas de engordar méritos, tenía un ojo en París y se llevó el sable de su tío abuelo Napoleón y dos de sus caballos preferidos, un par de pura sangres de silla alta. Le duraron lo justo, uno se rompió una pata al desembarcar y hubo que sacrificarlo y el otro se murió por fino, porque no se acostumbró al pasto africano. El periódico Le Figaro envió al corresponsal Paul Deléage para seguir las andanzas del príncipe y Luis Enrique comprendió las ventajas de una publicidad brava, desenvainó el sable del abuelo y sacó a relucir el armiño. El 1 de junio de 1879 se obstinó en efectuar un reconocimiento topográfico en las orillas de Blood River, en la zona de Natal, para buscar un lugar idóneo para acampar. Le obligaron escolta de seis hombres y la sumisión a las órdenes del teniente Brenton Carey, que estaba propuesto para capitán y lo último que deseaba era complicarse la vida. Cuando llevaban cabalgadas cinco horas era Luis Enrique el que dictaba el paso y decidió desmontar para descansar. Aunque la zona estaba considerada segura la rebanada, como casi siempre, cayó por el lado de la mantequilla y una patrulla de treinta guerreros zulúes les atacaron abatiendo a tiros a dos hombres de la expedición. En inferioridad, el teniente Carey mandó retirarse al galope pero la brida de Luis Enrique se rompió y le dio en tierra dejándole solo y a pie ante el enemigo. Le mataron de frente, a lanzazos de “assegai”, y en señal de respeto no le mutilaron. Encontraron su cuerpo desnudo a la mañana siguiente, con más de diez heridas frontales y ninguna en la espalda, que parece que no ofreció, con lo que murió valiente pero llevándose por delante el ascenso del teniente Carey, al que el teniente coronel Redvers Buller le recomendó que se pegase un tiro, y la carrera política de Disraeli. La sangre azul no es refractaria al cuchillo y el turismo de guerra tiene su riesgo, como el esquí, el polo y otros pasatiempos nobles. El príncipe Harry volvió de Afganistán de una pieza y con la imagen repasada,  puso las fotos de la mili encima de la tele pero no pudo evitar que, poco después,  el Channel 4 emitiese la agonía de su madre en el túnel de l´Alma. Eso no le mató, pero seguro que tampoco le engordó. Y sir Richard Dannant volvió a dormir de un tirón.

MARTÍN OLMOS

El ejército sin ojos

In Hazañas bélicas, Vilezas on 17 de junio de 2013 at 22:58

El emperador bizantino Basilio II ordenó cegar a 15.000 prisioneros búlgaros pero permitió a uno de cada cien conservar un ojo

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“En el país de los ciegos el tuerto es rey”
ERASMO DE ROTTERDAM

Cuando el emperador Samuil, zar del Primer Imperio Búlgaro -al que sus vasallos consideraban “invencible en poder e insuperable en fuerza”, al que el poeta Juan Geometres comparó con un soberbio cometa-  vio regresar a su ejército de la batalla de Kleidion, se sumió en un silencio que no interrumpió en dos meses. Sus hombres que partieron orgullosos volvieron ciegos, guiados por pastores tuertos y apoyados sobre sus espadas rotas que ahora eran bastones de tientas. Al empezar el tercer mes pareció que iba a hablar y sin embargo murió porque tenía el corazón roto.

La ley del miedo
Decía Voltaire que quien se venga después de la victoria es indigno de vencer. Los antiguos reyes guerreros celebraban sus victorias exhibiendo carnicerías que por una parte satisfacían sus desquites y por otra les otorgaban la propaganda sanguinaria que quitaba las ganas de reñir al vecindario, al que es bien sabido que si le ofrece la  mano se cree con el derecho de coger el brazo. Dicen las viejas que saben por viejas y no por sabias que de la mano de la misericordia entra en el hogar el hambre.  Cuando se va a una pelea hay que dejar las buenas intenciones en casa y llevarse a los arqueros, hay que manejar adecuadamente el miedo, que siempre comparece, pero dejar que el pánico lo tenga que administrar el enemigo. Es malo luchar contra lo desconocido, pero es peor hacerlo contra lo que ya se ha oído decir, si lo que se dijo no es bueno. Una fama de salvajismo convenientemente construida ejerce la misma función que las antiguas galas guerreras de yelmos en forma de dragón y pinturas de guerra dibujando colmillos en la faz. Lo decía Lucio Accio: que me odien con tal de que me teman. En los tiempos de la barbarie, que nadie sabe cuándo terminarán, no se respeta tanto al compasivo como al implacable y el código artúrico es una ilusión de los poetas. Cuando se tiene en frente a un matón de laurel el brazo de pelear se pone temblón y el cuerpo pide dejar la discrepancia para otra ocasión. Contaba Borges que dos peleadores de cuchillo de bravura cantada, don Nicolás Paredes y don Juan Muraña, disolvieron ellos solos una manifestación del Partido Radical que pretendía cruzar la calle Canning de Buenos Aires. Los dos machos ni lucieron el puñal y esperaron la comitiva, formada por un centenar de hombres con palos. Cuando los tuvieron en cara don Nicolás Paredes se dirigió a ellos con suavidad y les dijo: “Mejor que se vuelvan ustedes a casa” y el desfile se suspendió porque no quisieron cien probarse contra dos y sus prestigios.

Alguna razón tendrá la fama cuando  la comentan, y más vale el por si acaso que lamentarlo. El emperador Vlad III de Valaquia ordenó dejar una copa de oro junto a la fuente de la plaza de Târgoviste para que sus súbditos bebieran de ella. El emperador Vlad III, que le decían el Dragón, tenía la costumbre de ejecutar a sus enemigos empalándolos con una tranca que les introducía por la retaguardia y que iba abriéndose paso por los adentros hasta que les salía por la boca. Durante los años que duró su reinado no solo nadie osó robar la copa de oro de Târgoviste, sino que los sedientos preferían hacer cuenco con las manos y beber de la fuente por sus medios. Al enemigo solo se le respeta en los libros de la caballería andante y en las intenciones de la Convención de Ginebra y en realidad lo que se hace con él cuando sucumbe es darle el escarmiento, para que el vecino ponga sus barbas a remojar. Durante la revuelta de los gladiadores, el imperio de Roma tuvo que sacar de sus cantones a las tropas bregadas en Hispania para contener a los esclavos y en la batalla del Río Silario Espartaco peleó de rodillas porque tenía las piernas rotas, pero no rindió su espada. El reconocimiento que brindó el general Craso a los derrotados que quedaron con vida, que fueron unos 6.000 y riñeron con bravura, fue crucificarlos a lo largo del tramo de la Vía Apia que iba desde Capua hasta Roma. Los dejó de carroña para la cuervería y de paisaje educativo para que no cundiese el ejemplo.

En el reino de los ciegos…
Los emperadores bizantinos eran dados a grabar la letra con sangre. Miguel III, que le decían el Beodo por borrachuzo, mutilaba a sus enemigos y les cauterizaba los muñones con azufre para que conservasen la vida y la dedicasen a mendigar por las calles de Constantinopla. Basilio I el Grande dejaba a los reos tuertos y mancos y su hijo León VI, que le dijeron el Sabio, asaba a familias enteras empaladas en una parrilla. Al emperador Basilio II le terminaron llamando el Asesino de Búlgaros y con razón. Basilio, cuando joven, prefirió la guerra a caballo y el mujereo al gobierno de su imperio, que dejó en manos del eunuco Basilio Lecapeno, que era, a la sazón, hijo de trastienda del emperador Romano I. Lecapeno era envenenador de discrepantes, intrigante y ambicioso de tierras. Cuando Basilio II decidió administrar su predio le desterró, firmó una alianza con Rusia que le proporcionó una guardia personal de 6.000 mercenarios vikingos a los que llamaron “los portadores del hacha” y extendió la influencia de Bizancio entregándose a la guerra contra el Imperio Búlgaro. En 986 asedió Sofía durante veinte días con un ejército de 30.000 hombres pero tuvo que retirarse y de regreso a Constantinopla fue derrotado en la batalla de las Puertas Trajanas, de la que escapó con vida de milagro. La guerra duró tres décadas y el declive del imperio del zar Samuil comenzó después de la batalla de Kleidion, el 29 de julio de 1014. Basilio II sitió la fortaleza de Baba Vida, en Vidin, en las orillas del Danubio, y obligó al ejército búlgaro a pelear en el valle entre las montañas de Belasica y Ograzhden, cerca de la aldea de Kleidion. El general Nicéforo Xifias se infiltró en la retaguardia de las posiciones búlgaras mientras Basilio rompía las líneas frontales. Aquella jornada el emperador de Bizancio capturó 15.000 prisioneros a los que sometió a una modalidad perversa de los diezmos del emperador romano Macrino, que cuando consideraba que sus tropas no se habían conducido con valor ordenaba una zurra de latigazos a uno de cada diez soldados (con lo que es de suponer que a veces cobraba el bravo y se libraba el cagón, dependiendo de donde le cogiese la cuenta). Dividió a los prisioneros en grupos de cien y mandó que a noventa y nueve les vaciasen los dos ojos y al que hacía el ciento solo uno, para que sirviese de lazarillo a sus compañeros en el camino de regreso. Le devolvió Basilio II al zar Samuil su ejército inútil, casi quince mil soldados ciegos guiados por ciento cincuenta hombres tuertos. Sus mujeres no quedaron viudas, pero dejaron de afeitarse.  El emperador de Bulgaria sufrió un ataque de apoplejía cuando presenció el siniestro espectáculo de sus regimientos tullidos y murió tres meses después sin que nadie le volviese a oír pronunciar una palabra. Cuatro años después, los búlgaros prefirieron ver las caras de sus hijos que defender su reino.

MARTÍN OLMOS

A %d blogueros les gusta esto: