MARTÍN OLMOS MEDINA

Archive for the ‘La cruz y la media luna’ Category

El cura Galeote y su sobrina doña Tránsito

In La cruz y la media luna on 17 de octubre de 2015 at 13:01

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

Al obispo de Madrid le mató un cura por una misa de dieciocho reales.

 

“Galeote parece una fiera enjaulada, balanceándose con un movimiento semejante al de los cuadrúpedos aprisionados”

BENITO PÉREZ GALDÓS

El 18 de abril de 1886, cuando iba a decir la misa del Domingo de Ramos en la catedral de San Isidro, a monseñor Narciso Martínez Izquierdo, obispo de Madrid, le mató de tres tiros a bocajarro el cura Cayetano Galeote y Cotilla, que era malagueño, sordo y follador. Al cura Cayetano Galeote y Cotilla le venía la vesania de familia y estaba teniente porque de chaval le curó mal una otitis. El cura Cayetano Galeote y Cotilla tenía tres hermanos locos y uno en la Guardia Civil. El cura Cayetano Galeote y Cotilla tenía muy mala herencia, el pobre, e irritable cualidad. Llevaba revólver desde que estuvo en Puerto Rico, evangelizando a los taínos de Loíza, y era un poco tartamudo. Por lo demás, jodía con su gobernanta, doña Tránsito Durdal y Cortés, y era mirón con las pesetas, hambrón, malasombra, prognato y raquítico de cráneo. El cura Cayetano Galeote y Cotilla era clérigo de necesidad, de olla negra y poca, y lo que quería era ser portero de finca y dejarse de hostias, pero no le atendieron y acabó diciendo misas a medio duro en la iglesia de la Encarnación. Decía las homilías de aliño, por cumplir, tardándolas por tartaja, y los feligreses se iban a casa sin el Espíritu Santo. El cura Cayetano Galeote y Cotilla no podía confesar porque, como era sordo como una pared, no entendía las faltas y dictaba las penitencias a ojo, calibrándole la pinta al pecador. El cura Cayetano Galeote y Cotilla era lombrosiano sin saberlo y quería ser portero de finca, darse al alivio con doña Tránsito Durdal y Cortés y ponerle jamón al cocido viudo.

El cura Cayetano Galeote y Cotilla nació en Vélez Málaga alrededor de 1840, padeció una otitis bilateral que le dejó como una tapia y como no servía para la milicia, abrazó el hábito sin vocación. Culminó los estudios en Madrid y transitó por varias parroquias hasta que se fue a las colonias y pasó un tiempo de cura castrense en Fernando Poo y cinco años de misionero en Puerto Rico, donde le compró un revólver de seis tiros a un tropical. Regresó a Madrid en 1880 padeciendo derrames de sangre que le volvían peleador y en una barbería a poco que tiró a un tío por la ventana porque le porfió. Cambió de parroquia frecuentemente buscando la misa rentable y dijo el culto en la Encarnación por medio duro, en la capilla de los Irlandeses por tres pesetas y en el Cristo de la Salud de Atocha por dieciocho reales. Vivía mudando de una pensión a otra y en cuatro años estuvo en la calle de La Abada, en la del Reloj, en la Calle Mayor y en el Arco de Triunfo y se trajo para que le gobernase a doña Tránsito Durdal y Cortés, carnuda de hechura, en los treinta y pocos, hocicona de morro, morena y natural de Marbella, con la que postraba en amancebamiento y decía que era su sobrina. Doña Tránsito Durdal y Cortés decía que al cura Galeote le daban ratos de furia que se los calmaba jodiendo. El cura Cayetano Galeote y Cotilla miraba la peseta y puso un anuncio en “El Progreso” pretendiendo una portería, pero no le atendieron y le pegó un sablazo de cincuenta duros al padre Vizcaíno, capellán del Cristo de la Salud, para socorrer a su familia cuando el terremoto de Málaga de 1884. El cura Cayetano Galeote y Cotilla tenía en gran estima a su honor y lo cuidaba de los ultrajes contestando follón. El honor sin duros es difícil de guardar, comprendía, y comía cocido de asilo sin jamón y vivía de pensión. Doña Tránsito Durdal y Cortés, bendita sea, le sosegaba a jodiendas.

El cura Cayetano Galeote y Cotilla erró en desorden y se dejó crecer la barba y en cada esquina interpretaba una afrenta que respondía riñendo, hasta que el padre Vizcaíno recomendó al rectorado que le apartase de la parroquia del Cristo de la Salud. El cura Galeote se vio tocado de honor y de los dieciocho reales de cada misa y elevó una plegaria al obispo Narciso Martínez Izquierdo para que dispusiera la devolución de su ministerio amenazándole, de lo contrario, con celebrar de espontaneo y dar escándalo. Monseñor Martínez Izquierdo era doctor en teología y catedrático de griego, medio carlista, alcarreño y antiguo senador por Valladolid. Martínez Izquierdo era eclesiástico vocacional que socorrió con limosnas a los enfermos de cólera de la epidemia de 1885 y combatía al clero sopista de misa de medio duro y los frailes tumbaollas le miraban del revés. El obispo no contestó y el cura Galeote se vio agraviado y el Domingo de Ramos de 1886 le pegó tres tiros a bocajarro en las escaleras de la catedral de San Isidro. Se abrió paso entre la concurrencia y le metió tres balazos con su revólver tropical que le atravesaron el hígado, la médula y el muslo derecho. Después intentó volarse la cabeza pero los fieles le dieron una zurra de palos y le entregaron a los guardias, que le llevaron detenido a la comisaría de la calle de Juanelo primero y después a la cárcel Modelo porque se juntó feligresía que le quería linchar. El cura Galeote se negó a comer y se bebió una docena de tazas de café y pretendió una celda de pago a costa de empeñar la sotana, pero le metieron en una de oficio. A la mañana siguiente murió el obispo después de recibir la visita del presidente Cánovas y una bendición de León XIII.

Al cura Cayetano Galeote y Cotilla, presbítero sordo y jodedor, le dieron juicio con concurrencia en el que fue clamoreado por el popular el testimonio de doña Tránsito Durdal y Cortés, que dijo que sosegaba al señor a tumbadas. Doña Ana Galeote y Cotilla, hermana del reo, compareció vestida de luto y explicó que tenía tres hermanos epilépticos y dos locos de atar, pero que Cayetano era hombre desprendido que entregó a la familia cuarenta mil duros que se trajo de Puerto Rico. Benito Pérez Galdós visitó al cura Galeote en el brete y le escribió de soberbio y depravado y le pareció un cuadrúpedo encerrado. El cura Cayetano Galeote y Cotilla lloró insistentemente y dijo que Dios le había negado la virtud del mártir. Se libró del garrote porque el doctor Luis Simarro, frenólogo, valenciano y masón, le midió la cocorota y determinó que tenía el cráneo raquítico propio de los idiotas. Le vio también tenacidad en las minucias, memoria desmesurada, sordera, tartamudez, estrechura de pupilas y prognatismo. El doctor Escuder, por refrendar a su colega, efectuó un estudio genealógico de la estirpe de los Galeote y Cotilla en Vélez Málaga y concluyó que la mayor parte de la familia presentaba cuadros de histeria y apoplejía o eran sangrones y medio tuberculosos, además de fecundos jodedores que despachaban de quince a veinte hijos por cada consorcio. Descubrió, además, que el cura Galeote tenía una prima que creció en confusión y meando de pie contra la pared hasta que comprendió que era una mujer cuando le llamaron a quintas y no pudo demostrar prenda. A partir de la revelación, meó en cuclillas como es de Dios. Al cura Cayetano Galeote y Cotilla, mosén de revólver boricua, follador, tapia y malagueño, lombrosiano involuntario, trabuco y recitador de Dios por medio duro, le encerraron en el manicomio de Leganés en donde murió el tres de abril de 1922 de pura vejez y amén. Pueden ir en paz.

MARTÍN OLMOS

El párroco y el monaguillo

In El cañí, La cruz y la media luna on 26 de octubre de 2013 at 10:28

En 1971, en el Puerto de Sagunto, un cura asesinó a un monaguillo para abusarlo y después de unos años de retiro siguió diciendo misa

ILUSTRACION  DE MARTIN OLMOS

“Naturalmente, entonces no era fácil reseñar un suceso de tal naturaleza, y si se publicó fue porque se trató con mucha delicadeza”
MARGARITA LANDI

Como buen católico, el español, que siempre que puede quema un convento, practica solo en bautizos y funerales y le guarda recelo a la iglesia porque en los tiempos de la carpanta recuerda haber visto al obispo cebón. Los curas, que conocen la inclinación de su rebaño, instauraron por lo tanto el paseo publicitario del cepillo, contradiciendo al evangelista San Mateo (6, 3) que recomendaba que cuando hagas dádivas de misericordia, no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha. A un español con auditorio le sale la hidalguía vieja y entonces va y echa cien duros a la cesta para pasar por rumboso delante del vecino, que es un muerto de hambre, pero en su fuero interno no le convence ni Dios de que el óbolo no se lo va a gastar el cura en una capa en vez del negrito del Domund en unas alpargatas. El español alimenta una inmanente desconfianza hacia el incienso y en los tiempos en los que la iglesia disfrutaba de un respeto institucional hacía las gracias a costa del cura en el oscuro, debajo de una manta, como cuando escuchaba radios francesas. El cura de los chistes primigenios era gorrón de almuerzos, pedigüeño y a veces burdelario. La democracia y su laxitud llevó las chanzas al mosén a la taberna y a la sobremesa de las bodas, en donde las decía el padrino en alto cuando se entrompaba,  y la influencia irlandesa acuñó al cura menorero, que le dio mucho discurso anticlerical al pensador liberal.

A pesar de lo que dijo Jesucristo en Marcos X, 14 (consulten una Biblia, no se lo vamos a dar todo hecho), del binomio de un cura y un niño desconfían los papás, que prefieren que sus hijos salgan truchimanes y tiren piedras a los gorriones a que se metan monaguillos. Otros binomios de escaso crédito son el de un gitano y un melón y el de una bailarina y un caballero de mediana edad. Tradicionalmente el niño le ha huido al fraile por no saberse el catecismo y escapar del sopapo doctrinario y si en ocasiones se ha decidido a oficiar de acólito en la misa ha sido por meter la mano en el cepillo y soplarse el vino sacramental, que suele ser aterciopelado y medicinal, como el que ponen con un barquillo los baturros en las ferias. Los niños que frecuentan sacristías crían una reputación inquietante y los demás chavales les ignoran en el descampado, donde van echando la hombría a base de pedradas. Se dice que al papa Benedicto IX le gustaban los niños y también las cabras.  Un cura sale pederasta como puede salir del mismo pelaje un tranviario, porque la inclinación es una cosa de la índole de cada cual que no tiene relación comprobada con vestir sotana, pero el cura tocón forma escándalo y se le publicita para que escarmiente. En otros tiempos, en cambio, se tapaban los pecados del clero para no dar pienso a los iconoclastas que abundan en las gacetas.

El cura de Sagunto
Principiando los años setenta, al niño Francisco Calero Navalón, monaguillo de nueve años,  le mató el padre José Prat Balaguer, de la orden de los Paúles, párroco en funciones de Nuestra Señora de Begoña del Puerto de Sagunto, en la provincia de Valencia. El padre José Prat era mallorquín de Inca, nació en 1917, estudió farmacia y combatió en la guerra, de la que recordaba las mutilaciones de la morería y las jaranas con putas de la oficialidad, se ordenó sacerdote en 1951 y ejerció su ministerio en La Habana, en Tegucigalpa y en una parroquia del barrio de Brooklyn de Nueva York. Desde enero de  1971, a causa de la muerte del titular, oficiaba de párroco en funciones en Nuestra Señora de Begoña del Puerto de Sagunto, donde no manifestó inclinaciones lujuriosas y, más bien al contrario, guardaba la cautela con las niñas que cantaban en el coro, que le tenían por torvo. Sin embargo mostró querencia por el niño Paquito Calero, que era guapo como un sol, y le daba las propinas de los bautizos. Paquito Calero era guapo sin querer y huérfano de padre, que se había muerto de silicosis, y su madre, Isabel Navalón, sacaba adelante la casa como podía, vendiendo a la voz en la playa y limpiando en la compañía minera de Sierra Menera. Paquito era el mediano entre dos hermanas y su madre pensó que si demoraba en la iglesia no iba a aprender golferías en la plaza de la Alameda. El 2 de marzo de 1971, un poco antes de la misa de siete, el padre José Prat llamó a Paquito a la sacristía, le zurró en la cabeza con un cenicero de hierro, le abusó mientras intentó estrangularle y le pegó sesenta puñaladas con un abrecartas en forma de espadín con el que le seccionó la carótida. Después le tiró por las escaleras e intentó arrojar el cuerpo a un pozo ciego, pero fue interrumpido por otro sacerdote y se peinó a la raya, se cambió de ropa, se perfumó con loción de bálsamo  y se entregó a la Guardia Civil. El niño Paquito llegó desangrado al hospital de los Altos Hornos y le enterraron en una cajita blanca y a don José le juzgaron el 10 de noviembre en Valencia, a puerta cerrada y con poquita luz, y le condenaron a diecisiete años de prisión menor, con prohibición de volver al término municipal de Sagunto durante treinta años, inhabilitación absoluta durante el tiempo de la pena y el pago de las costas procesales y de una indemnización a la madre de la víctima. Durante la vista, el padre José dijo que el niño era demasiado guapo para estar en este mundo.

Al suceso le hizo el mutis la prensa por la categoría del asesino y solo apareció en el semanario El Caso, que mandó de corresponsal a Margarita Landi y al fotógrafo Enrique Guerrero. El capitán de la Guardia Civil de Sagunto les recibió en batín de estar y les invitó a un cafelito pero no les soltó prenda, pero la Landi consiguió el testimonio de un brigada, comandante de puesto en el Puerto, que por ser padre de familia se mostró más locuaz. Los vecinos del Puerto contestaron el crimen no dejando salir ninguna procesión de la iglesia de Nuestra Señora de Begoña pero a la familia del niño Paquito siempre le quedó la duda de que el padre José rindiese entera la pena (parece que pasó unos años preso en Zamora), aunque dio por sentada su excomunión. El padre José murió en Vallvidrera el primero de mayo de 2002 a los ochenta y cinco abriles y dos años después fue glosado con honores por el sacerdote Josep Barceló Morey, de la congregación de los Paúles, en su libro “121 mallorquines”, en el que recorría las biografías de misioneros ejemplares que fueron testimonio de la fe cristiana. Sobre su peripecia en el Puerto de Sagunto, el padre Morey recogió únicamente que don José Prat tuvo “un problema muy grave que asumió con fortaleza y humildad” y reconoció que acabó su ministerio en ejercicio como vicario de la parroquia de La Bordeta de Lérida. Parece que la iglesia juzgó con menos inquisición a su siervo, que se murió en la paz de Dios y en el anónimo, dando misas con comunión y vete a saber si escuchando confesión. En 2007 condenaron a una multa de 696 euros a una vecina de el Puerto por hacer una pintada en la iglesia recordando el asesinato del niño Paquito y en 2012 se recuperaron las procesiones y sacaron al Cristo Crucificado de la Hermandad del Santo Sepulcro de la parroquia de Nuestra Señora de Begoña. Hoy se pregona sin miramiento al cura lascivo para que se muera de la vergüenza y no pueda esconderse en las catacumbas y con el tiempo hasta nos atreveremos con el ayatolá, que tiene mal perder y como no encaje la gracia te quema una embajada.

MARTÍN OLMOS

El fusil y la sotana

In El cañí, La cruz y la media luna on 24 de marzo de 2013 at 22:46

España ha criado curas follones de mano larga y trabuco de gatillo fácil

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“El padre Juan Galán Bermejo, con su pelo engominado, su bastón y su pistola, empezaba a ser famoso por su crueldad”
PAUL PRESTON.

En Mateo 10, 34 Jesucristo dice: “no he venido a traer la paz, sino la espada”, y en Juan 2, 13 trenza con cuerdas un azote y larga a trallazos a los mercaderes del templo de Jerusalén. En Lucas 22, 36 ordena a sus discípulos que vendan sus túnicas para comprarse espadas y conocemos que San Pedro atendió a la recomendación y llevaba una en el Huerto de los Olivos con la que le cortó una oreja a Malco, el criado del sumo pontífice Caifás. Por acá, cuando a un tío le cae mal un traje, decimos que le sienta como a Cristo dos pistolas, pero también decimos que a Dios rogando y con el mazo dando y no hemos andado cortos de curas pendencieros que repartían  la comunión con las hostias de la germanía. Napoleón decía que España es una chusma de aldeanos guiados por una chusma de curas. Tradicionalmente, el clero español ha sido silvestre y poco leído, de sombrero de teja y sotana con lamparón, de liar pitillos de picadura, beber del porrón y comer de gorra y ha sacado una mano larga por lo docente y por lo castrense. Las zurras de los frailes son un clásico de los recuerdos de infancia que se dicen en el postre de una cena, con la copa, el puro y las historias de la mili (“me tocó un sargento que era de Logroño…”). Ahora ya no se llevan porque ya no hay mili ni se desasna a trompazos y los chavales se han puesto contestones, paganos y librepensadores. Y curas de reñir batallas los ha habido siempre desde el papa Julio II, las órdenes de los monjes guerreros del Temple, de Calatrava y de los Hospitalarios de San Juan y el fraile Tuck de las baladas de Robin Hood.

Curas de trabuco y navaja
Los curas del trabuco proliferaron en España peleándole al francés y como le cogieron oficio al monte continuaron su ministerio durante las Guerras Carlistas. El cura Jerónimo Merino, burgalés de Villoviado, en el municipio de Lerma, se saltó la parte del discurso de la Montaña en la que Jesucristo recomienda poner la otra mejilla y en cambio decía que Dios había creado al hombre derecho y, por lo tanto, no debía humillarse ante nadie. El cura Merino era flaco, nervioso y no dormía nunca, mandó degollar a ciento diez lanceros polacos al servicio de Napoleón en Hontoria de Valdearados, a un tiro de piedra de Aranda, y fundó el regimiento de infantería de Arlanza y el de los  húsares voluntarios de Burgos. Cuando los franceses se fueron a su casa, le alineó con el pretendiente don Carlos y combatió a los liberales del Empecinado, participó en los sitios de Bilbao y del castillo de Morella y en Cataluña mandó descuartizar a un pelotón de soldados vencidos después de hacerlos fusilar. El mosén Benet Tristany llegó a general del ejército carlista y en una sola tarde fusiló a trescientos liberales en La Pandella de Cervera, en la provincia de Lérida, y acabó ejecutado en Solsona. A Lucio Dueñas,  párroco de Torrijos, le llamaban el Cura Matón y se libró de tres penas de muerte y del padre Manuel Ignacio Santa Cruz Loidi escribió Baroja que era un pobre diablo histérico y sanguinario. El cura Santa Cruz combatió a los liberales capitaneando la partida de la Guardia Negra, que peleaba debajo de una bandera negra sobre la que las EL CURA SANTA CRUZmonjitas de   Elorrio habían bordado dos tibias y una calavera. El cura Santa Cruz fusilaba a sus enemigos negándoles la confesión. El 4 de junio de 1873, en el puente de Endarlaza, sobre el río Bidasoa, bombardeó con artillería un puesto de carabineros que se rindieron asomando una bandera blanca. El cura Santa Cruz dijo que solo vio un mantel manchado de vino y fusiló a los treinta y cinco supervivientes negándoles el sacramento de la absolución a pesar de los ruegos del párroco de Biriatou. El cura Santa Cruz alardeaba virtud y se vanagloriaba de no ultrajar a las mujeres durante los saqueos y se hacía acompañar por un lugarteniente para que atestiguase que observaba el voto de castidad. Al final le acabaron abandonando los suyos y murió en el exilio colombiano en 1926, oficiando de misionero por las mañanas y enseñando tácticas guerrilleras al ejército por las tardes. A la reina Isabel II, la que no querían los carlistas, le pegó una puñalada el cura Martín Merino el dos de febrero de 1852 con una navaja que se compró en el Rastro. Martín Merino era riojano de Arnedo y era franciscano y capellán de parroquia. A la reina Isabel II le atenuó la cuchillada la faja que llevaba por estar recién parida y salió viva y al cura Martín Merino le dieron el garrote una semana después en el penal de El Saladero, donde había estado preso Luis Candelas, después de despojarle del hábito y de que le rajasen las yemas de los dedos para que no pudiese bendecir.

La Guerra Civil Española fue otra carlistada pero con más follón y tuvo su cura bárbaro en el padre Juan Galán Bermejo, cacereño de Montánchez que nació en 1903, estudió en el Seminario de Astorga y dijo su primera misa a las once de la mañana del 9 de julio de 1928 en la parroquia de Santiago de Cáceres. Cuando en agosto de 1936 los legionarios de la columna del teniente coronel Castejón, a las órdenes de Yagüe, ocuparon Zafra, Juan Galán era coadjutor de la Iglesia de la Candelaria (de la que era titular el padre Daniel Gómez) y decidió unirse a los rebeldes en su marcha hacia Badajoz como capellán castrense. Juan Galán cambió la sotana por las cartucheras, se hizo con una pistola y un bastón y participó en las salvajes puniciones de la Columna de la Muerte. En la carretera de Azuaga obligó a cuatro hombres y a una mujer a cavar sus propias tumbas y los enterró vivos y en la toma de Badajoz no respetó el asilo en sagrado y mató de un tiro a un miliciano que se escondió en un confesionario de la catedral. Después de la guerra fue capellán del Cuerpo de Mutilados, maestro de los hijos de los ferroviarios de la RENFE  y párroco de la Asunción de Badajoz, donde murió en febrero de 1973 de un colapso circulatorio.

MARTÍN OLMOS

Papas, capones y mentiras

In La cruz y la media luna on 5 de marzo de 2013 at 13:35

 Por culpa de Dan Brown se ha generalizado la creencia de que el Papa Pío IX castró las estatuas del Vaticano

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“En 1857, Pio IX decidió que la representación de los atributos varoniles podía incitar a la lujuria en el interior del Vaticano. En consecuencia, agarro un escoplo y un mazo, y cortó los genitales de todas las estatuas masculinas del Vaticano”
DAN BROWN. “Ángeles y demonios”.

Cela sostenía que a la hora de capar a alguien, si no se tenía a mano una tajadera en condiciones, se podía apañar el oficio dándole vueltas a la bolsa. Se capa para el engorde o por lo musical -por eso al castrón se le dice soprano-, para colmar la barbarie, para celebrar la derrota del enemigo sin elegancia y para que el que te echa un ojo al harén no te lo fatigue. Se capa para amansar al lujurioso y que no cabalgue al galope y para controlar la demografía cuando ya no hay sitio para todos. El rey visigodo Chindasvinto ordenaba castrar a los que eran sorprendidos practicando la sodomía siempre que no perteneciesen al clero y el emperador Nerón mandó capar al joven Esporo porque le recordaba a su difunta esposa Popea, después se casó con él y le paseó en una litera para presumirlo por Roma. Esporo hizo del matrimonio un porvenir y lo practicó con desahogo y cuando enviudó de Nerón se casó primero con el prefecto de la guardia pretoriana Nifindio Sabino y después con el emperador Otón y vivió del oficio de mantenido hasta que acabó suicidándose después de la humillación que sufrió al ser violado en público durante una representación de Perséfone. El eunuco Tsai Lun inventó el papel y Narsés de Persamenia, que era capón por su oficio de guardián de harenes, fue un general de Justiniano I que se distinguió en la guerra demostrando que el valor en batalla no proviene de los pendientes.

La publicidad del terror
El rito bárbaro de mutilar los genitales de los soldados enemigos no tiene tanto de tauromaquia como de avisar  del barbero para quitar las ganas de reñir. Los moros de El Mizzian castraban a los milicianos durante la Guerra Civil Española alentados por las arengas borrachas de Queipo de Llano que respondían a la estrategia de Mola de “sembrar el terror”  y los reclutas americanos también dejaban sin bombillas a los guerrilleros del vietkong. Hoy la costumbre la alimentan los narcovillanos de Sinaloa, que han concluido que difundirse de atroces les merece el respeto de la competencia. El miedo es apaciguador, como la música que ponen en las salas de espera, y suele inclinar a la reflexión. La poda coercitiva tiene que publicitarse para que sea eficaz, para que ponga el vecino las barbas a remojar. Los barones del carbón de Butte, en Montana, acabaron con las huelgas mineras castrando al sindicalista Frank Little, al que exhibieron colgado de un árbol con un llamamiento para volver al tajo –que fue unánimemente atendido-  prendido con alfileres en sus calzoncillos ensangrentados.

El camino de la santidad
El capón puede ser voluntario si eligió perseguir la virtud. Cuando Hemingway era reportero de sucesos en Toronto conoció a un tipo que se cortó la industria con el cristal de una ventana para no pecar más. Plutarco ya hablaba de castraciones públicas entre los sacerdotes de Artemisa y Luciano de Samosata cuenta que los obispos de la diosa Cibeles se mutilaban en la calle y arrojaban los testículos contra la puerta de una casa, cuyo dueño adquiría la obligación de proporcionarle al oficiante ropas y adornos de mujer. Los monjes valesianos de Transjordania se emasculaban para alcanzar el Cielo y no duraron mucho porque no dejaron prole. Los Skoptsis rusos en cambio observaban la prudencia de castrarse después de dejar descendencia. Se hacían llamar los Hijos de Dios y se hicieron con el monopolio del negocio de los coches de caballos en Bucarest. El capitán Ionescu Dobrodgea presenció uno de sus rituales y observó que el neófito acudía al sacrificio completamente borracho y era mutilado de un navajazo, sobre un tocón de madera. San Epifamio de Salamina, obispo de Chipre, pensaba que la castración voluntaria imposibilitaba el camino natural de la santidad porque anulaba el principio del libre albedrío.

El capón de harén era discreto y el de iglesia cantarín. En el siglo XVI el papa Paulo IV dictó una bula que prohibió la participación de las mujeres en los coros de los templos católicos y la voz de falsete la pusieron los castrati, que sustituyeron a los niños que se les ponía voz de afilador cuando echaban el bozo. Les mutilaban antes de que tuvieran doce años y generalmente después de los siete, antes de que la función glandular de los testículos ocasionase el cambio de voz. Les tajaba un barbero, remojándoles las pelotas en agua caliente y durmiéndoles con opio. Los castrados cantaron en el Vaticano hasta que el papa León XIII los prohibió definitivamente en 1902. Los papas son hijos de Dios pero cada uno de su madre y los ha habido de todas las calañas: Sergio III tuvo un hijo con una prostituta llamada La Marozia y a Juan XII, que se acostaba con sus hermanas, le desnucó de un martillazo el marido de una de sus queridas. Sixto IV tuvo media docena de bastardos, uno de ellos con su hermana, y Julio II pescó la sífilis confesando putas francesas y se pasó la mayor parte de su pontificado riñendo guerras. Pío IX era epiléptico y se sentó en la silla de San Pedro durante más de treinta años, desde 1846 hasta 1878, repartió excomuniones con entusiasmo, proclamó el dogma de la Inmaculada Concepción y definió la infalibilidad papal. Condenó el comunismo, el socialismo y la libertad de prensa y, cuando murió,  los masones apedrearon el cortejo fúnebre y casi tiraron su féretro al río Tíber a la altura del puente de Sant´Angelo. Pío IX no anda escaso de mala reputación para que se la adornen aún más y, sin embargo, desde no hace mucho tiempo pasa también por el papa castrador porque le han hecho responsable erróneamente de la mutilación genital de las estatuas del Vaticano, que destrozó por indecentes a martillazos. La historia de la castración de Pío IX es un invento del novelista Dan Brown que pone en boca de su personaje Robert Langdon en “Ángeles y demonios”, la continuación de “El código Da Vinci”, y que los guías del PIO IX, EL FALSO CASTRADORVaticano se están hartando de desmentir. El superventas ha desplazado a la Guía del Trotamundos. Fue un Pío anterior el que no entendió lo que expresó San Clemente de Alejandría cuando afirmó que no es vergonzoso nombrar los órganos sexuales que Dios no se avergonzó en crear. En 1564 el papa Pío V, que fue comisario de la Inquisición en Roma, encargó a Daniele de Volterra que cubriese las desnudeces de las figuras del mural de El Juicio Final de Miguel Ángel. Pío V también prohibió la tauromaquia promulgando la bula “De salutis gregi Dominici” y a Daniele de Volterra le acabaron llamando el Braghettone, el pintor de calzones.

MARTÍN OLMOS

Faena de dos orejas

In Hazañas bélicas, La cruz y la media luna on 1 de noviembre de 2012 at 23:23

Mucho antes de que Hollywood rodara “Doce del Patíbulo”, el capitán Ariza movilizó a la “Guerrilla de la Muerte”, formada por presidiarios que lucharon en la Primera Guerra del Rif

“Marruecos es tierra española, porque ha sido adquirida al precio más alto y con la moneda más cara: con sangre española”
FRANCISCO FRANCO

Los buenos vecinos se hacen con tapias altas y así cada uno se queda en su casa y no se mete en la del prójimo a molestar, a ver si hay polvo debajo de la alfombra y a enterarse de si hay para cenar jamón del bueno o el caldo de la viuda. El vecino acomete sonriendo, como las hienas, dando cháchara en el ascensor, y empieza por pedirte perejil y acaba queriéndote disfrutar a la mujer, que tu la ves cotidiana pero para él es novedad. El clérigo George Herbert recomendaba amar a los vecinos pero no derribar la verja.

El español se ha llevado con el vecino regular, en el mejor de los casos, y a la greña por lo habitual. Al español lo que le gustaría es vivir todo el año en la casa del pueblo, que es unifamiliar, y puede alargar una juerga de guitarras hasta las deshoras y hacer una paella en el jardín. Sin embargo, tiene que pasar todo el año con un vecino en el piso de arriba, otro en el sótano y otro en el exterior izquierda. El español siempre ha tenido reojo al francés por listo y porque le gusta hacerse el finolis, con su parlevú y su foigrás, y porque cuando se deja el grifo abierto le inunda la cocina y luego no se hace cargo. Al portugués le saluda lo justo y le mira como a un tío que vende toallas y toca el acordeón en el metro, a veces se le olvida que existe y le parece un vecino de renta, que no cuenta en las reuniones de la comunidad. Con el moro se ha llevado a palos desde que Pelayo bajó del monte y hace poco, al alba y con viento duro de levante, le mandó cuatro helicópteros Cougar para recuperar el islote de Perejil, que le dicen los bereberes Tura, y del que escribió Unamuno que es un peñasco tan modesto y apocado que es difícil hallarlo hasta con tiempo claro. Hoy la piedra está desierta pero Hugo Pratt sostuvo que en su día vivió en ella la ninfa Calipso, la hija de Atlas el titán, que retuvo a Ulises durante siete años y le ofreció la inmortalidad.

La Guerrilla de la Muerte
A las riñas con el moro iban los militares que querían medallas coloniales y la tropa del hambre, que no tenía posibles para esquivar la milicia. Para la guerra y para el Rastro todo sirve y a la Primera Guerra del Rif mandaron a un escuadrón de presidiarios a los que prometieron, vagamente, la libertad. La Primera Guerra del Rif se desató en 1893 y la llamaron la de Margallo, haciéndole el honor al apellido del gobernador militar de Melilla, y no se libró contra el sultanato de Marruecos sino contra las tribus cabileñas del alrededor de Melilla. El general Juan García y Margallo (bisabuelo del actual ministro de exteriores) era cacereño y veterano de las Carlistas y durante su servicio como gobernador de Melilla propició el contrabando de rifles Remington con las tribus rifeñas. Para sostener el perímetro defensivo de la plaza de Melilla mandó construir un cinturón de fuertes que contuvieran las incursiones de las bandas indígenas. Uno de ellos, el de Sidi Guariach, lo emplazó sobre la tumba de un santón local y las tribus que lo veneraban llamaron a la Guerra Santa. La noche del 2 de octubre de 1893, una fuerza de 3.000 cabileños pusieron sitio al fortín, aislando a los cuarenta reclutas que lo velaban, y el general Margallo envió a una dotación de 400 hombres del Batallón Disciplinario y bombardeó desde Melilla los emplazamientos rebeldes destruyendo una mezquita. Aquello exacerbó la yihad y en poco tiempo los atacantes reunieron a más de 20.000 guerreros que llegaron a las puertas de Melilla. En la Guerra de Margallo, pequeña y pintoresca, vio oportunidad el capitán Francisco Ariza para distinguirse, que falta le hacía porque estaba relegado en la Caja de Reclutas de Barcelona por sus ideas republicanas. El capitán Ariza era veterano de Cuba y experto en la lucha de guerrillas, pero su solicitud de un puesto en el Ejército Expedicionario no fue atendida y pidió licencia por asuntos propios, se fue a Melilla por su cuenta y convenció al general Macías, sucesor de Margallo, para formar un escuadrón de presidiarios que combatiesen en unidades de búsqueda y destrucción del enemigo. Al general Margallo le volaron la cabeza cuando defendía el fuerte de Cabrerizas Bajas el 28 de octubre de 1893, le escribieron de héroe gallardo pero se corrió el rumor de que no le mató la cabila, sino Miguel Primo de Rivera, entonces teniente de infantería, que no aprobaba sus negocios del contrabando.

A los presos del capitán Ariza les llamaron la Guerrilla de la Muerte, y la formaron veintidós reclusos con delitos de sangre que pelearon con salvajismo por la promesa vaga de que revisarían sus causas. Ariza los encabezaba vestido de civil y con un sombrero hongo en la cabeza y los guerrilleros luchaban con el uniforme de presidiarios, con rifles no reglamentarios y con navajas de muelle de Albacete con las que ganaban trofeos anatómicos al enemigo y los engarzaban en collares de abalorios. Causaron bajas numerosas y extendieron el terror entre la morería, que era dada a creer en cuentos de demonios, y parecían una partida bandolera antes que un pelotón regular: en los periódicos de la península fueron la sensación. Los librepensadores de los casinos concluyeron que se ahorraba sangre jornalera mandando a reñir a la escoria, que no sirve para el campo.

Por los callejones de Melilla andaba poniendo atención Mohamed ben Ahmed, que le decían el Amadi, el Gato, y era morito bueno que contaba al español lo que oía en las medinas. A José Farreny Riera, sin embargo, todos los moros le parecían pardos. Farreny tenía treinta y nueve años, deudas de sangre con la ley y era leridano de Alguaire. Era uno de los veintidós de Ariza y como los otros veintiuno, hacía de su capa un sayo. En una patrulla callejera detuvo al Gato Amadi y le tomó por confidente de las cabilas. Amadi mantuvo que era precisamente lo contrario y era un chivato a sueldo del español, pero Farreny no le creyó, sacó su carraca de reñir y le cortó las dos orejas, que después se prendió en su camisa de presidiario. El pobre Gato perdió sangre a manantial y casi la diñó; suerte que le quedaban otras seis vidas. Cuando se enteró del suceso el general Martínez Campos, que había sido Ministro de la Guerra con Canovas, disolvió la Guerrilla de la Muerte y destituyó en el acto al general Macías, por propiciarla. Farreny no salió por la puerta grande por su faena de dos orejas, no le tiraron claveles las majas y olé, y fue sometido a un juicio sumarísimo y le condenaron a muerte. Le fusilaron el 1 de diciembre de 1893 en la explanada del fuerte Camellos, en la segunda línea del cinturón que guardaba Melilla.

La guerra de Margallo acabó en abril de 1894, cuando el sultán Muley Hassan firmó la paz de una guerra que no declaró. Se comprometió a castigar a los rebeldes y a pagar a España una indemnización de veinte millones de pesetas en ochavos morunos. Miguel Primo de Rivera fue distinguido con la Laureada de San Fernando por haber recuperado los cañones de Cabrerizas y al moro Amadi le compensaron sus orejas con la Cruz al Mérito Militar y, si alguna vez le recetaron antiparras, se las tuvo que clavar en el puente de la nariz.

MARTÍN OLMOS

El narcisismo del malvado

In La cruz y la media luna on 30 de septiembre de 2012 at 21:29

Hasta el horror necesita sus gestos en la época de la publicidad

“Por narcisismo o por culto al ego, a Osama bin Laden le gustaba que de su figura hicieran un mito”
PILAR URBANO

Si a Osama bin Laden le haces la lectura de villano de folletín se te sostiene igual que si le haces la sociopolítica o la religiosa. Además de serlo, la mujer del César tiene que parecerlo. A esta conclusión llegó Julio César cuando descubrió que su esposa Pompeya, nieta del dictador Lucio Cornelio Sila, pasó la tarde en una orgía. La mujer dijo que fue a la saturnal a echar un ojo, pero que no se puso a revolcar y a Julio César le dio lo mismo, entendió que había entredicho su virtud y la repudió por ponerse en duda. Osama Bin Laden fue consciente de que no podía presentarse en sociedad pretendiendo dominar el mundo con pinta de apacentador de cabras y se construyó una imagen de Fantomas del desierto, de Mesías de túnica blanca y de logo santo del califato que está por venir. Cada uno viste la peladura que le tocó en el reparto y tiene que acarrearla, no siempre a gusto, hasta que se le gasta y se la dan tierra. De tanto vestirla se le coge asiento, qué remedio, pero condiciona la existencia y siempre se echa en falta un palmo más de alzada que te hubiese hecho más cómoda la vida, aunque solo sea por ver mejor entre las muchedumbres. Franco fue profeta en su tierra, en donde se sabía que firmaba sentencias de muerte mientras desayunaba chocolate y soletillas, pero fuera siempre pareció un dictador de mesa camilla porque era pequeñito, medio calvo y panzudo. Y tenía voz de monaguillo intrínseco al sacristán. Franco hubiese preferido el tegumento de José Antonio, que era guapo y bien peinao, pero se tuvo que conformar con hacerse pintar de matamoros en el mural de Reque Meruvia y con subirse a un cajón para pasar la revista a la tropa, encima del Vítor, en el desfile de la victoria.

Osama bin Laden, sin embargo, nació con la gabardina hecha a la medida y con pinta de pirata de Mompracem. A Osama le iba bien la sutileza escasa de Salgari y cabía sin esfuerzo en el receptáculo que éste le escribió a Sandokán: “alto, esbelto, con rasgos enérgicos, varoniles, fieros y de una extraña belleza”. Cuando Osama miraba al oeste se hacía la propaganda de caíd de Rodolfo Valentino y de Raisuni de Sean Connery, de moro guapo y soñador, y cuando miraba a La Meca se la hacía de espada de Alá y de linaje de Saladino. Era exótico como Fu Manchú, alto como Moriarty y converso como San Pablo. Y como había vivido en Inglaterra, sacaba partido a cierto romanticismo byroniano: Lord Byron fue repudiado en su país como Osama en el suyo, Byron era cojito y Osama estaba malito del riñón y uno cambió las fiestas de los salones con jerez por la lucha por la liberación de los griegos en Missolonghi y el otro renunció a los banquetes en Riad, con chavalas batiendo el ombligo, por las cuevas paleolíticas de Afganistán.

El Napoleón del Crimen
El villano decepciona en la distancia corta, como el matrimonio, y el genio del mal es un invento del folletín. El malo suele ser un infeliz que no sirve para gran cosa y no se parece a Hannibal Lecter, que es melómano y encantador; al malo le huelen los pies y parece el tonto de la escalera, vive humildemente de alquiler, o como mucho de clase media, y se deja mangonear por la parienta o bien la atiza y no gasta los atardeceres escuchando a Mozart en un gramófono y bebiendo coñac. Ya le gustaría a él. Ed Gein, el Carnicero de Wisconsin, necesitaba los cinco sentidos para sumar dos más dos y tiró una década con los mismos calzoncillos, David Berkowitz, el Hijo de Sam, era el gordinflón de la clase y Josef Fritzl, el Monstruo de Amstetten, practicaba la audacia del viaje de jubilado a Tailandia para hacer vida social con chiquillas que eran demasiado jóvenes para ser sus nietas. El malo es cotidiano que apesta. Es prosaico, el pobre, y suele ir sin afeitar.

No se sabe si entre tanta sura a bin Laden le quedó tiempo para Oscar Wilde, pero entendió que la naturaleza acaba por imitar al arte y cultivó con cuidado su iconografía de guerrero santo y el chico lerdo de los Bush hizo el resto soflamando la retórica del Eje del Mal. Osama bin Laden nació en Riad en 1957 dentro de la camada extensa del multimillonario  Mohammad bin Awad bin Laden, formada por cincuenta y cuatro vástagos de ojos pardos. Osama estudió administración de empresas, ingeniería y teología islámica y vivió una temporada en Londres, en donde se hizo hincha del Arsenal. Iba para árabe molón que atraca el galeón en Puerto Banús y para moro guapo a lo Omar Shariff, podridamente rico,  y sin embargo prefirió restaurar la sharia, la recta senda del Islam, y se fue a pelear al ruso en Afganistán con la financiación de la CIA, que le enseñó a luchar en guerrilla y a esconder la pasta en las Islas Caimán. Más tarde concluyó que el pueblo americano era usurero, drogadicto, fornicador, homosexual y ladrón y empezó la guerra santa, que comprendió que se libraría sin frentes y con el apoyo de la televisión. Empeñó su fortuna petrodolariega en la fundación de Al-Qaeda, una organización descentralizada y sin cuarteles que recuerda a la sociedad Si-Fan de Fu Manchú y a la SPECTRA de James Bond. Osama manejó el espectáculo y la metáfora de las Mil y Una Noches y se envolvió en arquetipo. Practicó la mirada marrón intensa y el lenguaje gestual del dedo índice, su metro ochenta le confería autoridad, su túnica blanca pureza y el tres cuartos de camuflaje la ferocidad del guerrero. Como los profetas, se apoyaba en una vara para caminar, sus labios carnosos sugerían el extenso harén y la enfermedad renal el sacrificio. Quizás hubo algo de impostura y de atrezzo de Kalashnikov y yegua. No reparó en víctimas civiles cuando golpeó a Goliath.

Bush Junior no pudo jugar peor. Explicó a Osama de Encarnación del Mal y adoptó los modales rurales de los vaqueros de opereta. Bush Junior una vez casi se muere al atragantarse con una galletita. La democracia trae a veces disparates. Eligió el histrión de paleto de Texas (porque seguramente lo es), con sus botas rancheras y su planicie, pretendió encandilar a la sociedad dolorida: el buen chico campestre contra el Genio del Mal.  Dijo que su perro  Barney iba a morderle el trasero a Osama y bombardeó en balde las galerías de Tora Bora. Recuperó la guerra de papá sabiendo que los vínculos de Sadam y bin Laden eran mínimos: para Sadam, Osama era un fanático religioso incontrolable y para Osama, Sadam era una acémila irreligiosa.

A bin Laden le acribillaron los Navy SEAL el dos de mayo de 2011 durante el mandato del presidente Obama. Obama es como Sidney Poitier, el negro al que los blancos pueden tolerar, es urbanita, mastica las galletitas y tiene un algo de sofisticación. Aireó en el patio vecinal lo que antes se hacía en la penumbra y apareció contemplando la operación de comando  con una cazadora casual y Hillary Clinton poniendo gesto de Deborah Kerr en “Las Minas del Rey Salomón”. Después de matar al diablo se procedió a tumbarle la estatua y se sugirió que Osama se teñía las barbas proféticas con “Just for Men” y que veía porno por la tele para entretener las tardes escondidas. Se sugirió que le defendieron sus mujeres. Todo pareció una mezcla de la Biblia y Hollywood. Pronto saldrá la peli.

MARTÍN OLMOS

Aquellas guerras bonitas

In Hazañas bélicas, La cruz y la media luna on 1 de septiembre de 2012 at 20:22

Las guerras, como las mujeres que han perdido la gracia, necesitan el maquillaje para pasar por hermosas

“Aquella noche un caballero, Pérez del Pulgar, se mete en Granada, matando a los centinelas de un postigo de la muralla, llega hasta la mezquita y en su pared clava su puñal con un cartel que dice: Ave María”
JOSÉ MARÍA PEMÁN

Los irlandeses dicen que todas sus canciones son tristes y todas sus guerras hermosas. Las canciones de los irlandeses, como las de todos los pueblos que han sufrido hambruna, hablan de la emigración y por eso suenan a melancolía pero a las guerras, irlandesas o no, las va hermoseando el tiempo, que les inventa lances gallardos en donde seguramente solo hubo matanza. La culpa la tiene Homero, el romancero y Rudyard Kipling. De algo tienen que hablar los himnos, que generalmente los escriben mendas que no estuvieron fregando en la batalla.

Estatuas ecuestres
A ningún vasallo le gusta servir a un rey cagón y por eso les acaban levantando estatuas ecuestres a las que, inevitablemente, las palomas las pintan blancas de guano. Hay leyenda infundada sobre las estatuas ecuestres que dice que si el caballo tiene levantada una de las patas delanteras significa que el rey que lo monta sufrió heridas en combate, y si tiene las dos es que murió en la batalla. Eso es tan cierto como que existen los concejales honrados. La primera estatua de un rey montando un caballo puesto de manos es la de Felipe IV, que se erige en el centro de la Plaza de Oriente de Madrid, frente al Palacio Real. Es obra de Pietro Tacca, sobre diseño de Velázquez y el asesoramiento científico de Gaileo Galilei, que le dio la idea de hacer maciza la parte trasera y hueca la delantera para sostenerla sin usar truco y que la figura no acabase con el hocico clavado en la peana. Felipe IV murió de disentería y no en brega, y solo vio guerra pintada en los tapices del palacio, mientras intentaba no quedarse frito en las audiencias. Las historias guerreras de lances de valor y soldados caballeros tienen algo de estatua hueca pero se sostienen en el tiempo y adornan. Exactamente igual ocurre con las tánganas de tasca, que a la tercera vez que se cuentan se han multiplicado los bravos y resulta que aquella tarde todo el mundo se portó Cid debajo de la lluvia de botellazos y nadie se escondió debajo de la mesa.

Vírgenes y tierra
Las guerras moras se alargaron en España durante ocho siglos, desde que Pelayo empezó reyerta en Covadonga hasta la rendición del último reino nazarí de Granada. Cada gresca se contó al gusto, poniéndola detalles vigorosos y así resultó que en la batalla de Clavijo participó el Apóstol Santiago montado en un caballo blanco y en la de las Navas de Tolosa San Isidro Labrador, que se disfrazó del pastor Martín Halaja y les mostró atajo a los cristianos para disponer tropas en la llanura de la Mesa del Rey. A la morería que se distinguía en el combate le esperaba un harén de huríes sin estrenar en el “janah”, el jardín del paraíso del Islam, y a los caballeros cristianos que ponían tropa, hierro y yeguada les concedían bulas papales, tierras y prestigio en la existencia terrenal y la visión de la cara de Cristo el día del Juicio Final. La guerra de reconquista empezó a pedradas en los desfiladeros de Asturias y se desarrolló a caballo en Calatañazor, en Sagrajas y en la llanura de Alarcos, a puro mandoble de espadón y a criadilla. Los musulmanes formaban en media luna y montaban a la jineta sobre animal ligero, con el estribo corto y poca coraza y los cruzados atacaban de frente, sobre percherón alto y una tonelada de quincalla al hombro, a estribo largo para asentarse y zurrar desde arriba rejonazos de alabarda, dando tajo en lugar de estocada. Se dieron los héroes bravos en aquellas lizas y hasta el rey Fernando se dejó la espada dentro de un infiel, y no pudo sacarla de puro honda, en la toma de Vélez Málaga en 1487.

Duelos de honor
La hegemonía de la Cruz culminó en 1492 con la toma de Granada, el reino nazarí del sultán Boabdil el Desdichado, en la que, sin embargo, se libró guerra de sitio y artillería, que ya estaba lo suficientemente avanzada para lanzar proyectiles de cincuenta kilos a dos kilómetros de distancia. Las trombas de caballería que hacían temblar la tierra y las justas cuerpo a cuerpo quedaron para presumir, para poner leones en el escudo y para el intermedio. Quedaron para que las cantase el juglar al postre de un banquete de ciervo y vino. Y sin embargo se libraron con tanto fervor y derroche de pellejo valiente que el rey Fernando tuvo que prohibirlas para no quedarse sin prole brava. A los hombres de armas de ambos lados de la muralla se les hacía difícil comprender que la guerra se había convertido en mérito de puntería y pruebas de hambre y paciencia y para satisfacer la gana de pelea antigua salían los sarracenos del abrigo de la fortaleza y provocaban al cruzado con incursiones de exhibición. Los caballeros cristianos contestaban el desafío y se batían en torneo descalabrándose unos a otros en campo abierto sin consecuencias para el asedio. Fernando el Católico se hartó de perder hombres y prohibió que sus vasallos recogieran guantes y saliesen a medírsela con el moro en pendencias que no ponían ni quitaban otra cosa que las manchas del honor.

El caballero de las hazañas
Hernán Pérez del Pulgar era caballero de Ciudad Real, vasallo de Castilla y veterano en bregas. Rezaba en su escudo el lema “Quebrar y no doblar”, y le decían el Caballero de las Hazañas porque cuando el moro Boabdil le sitió en Salobreña y le quiso vencer por sed, Hernán salió a la almena y arrojó el último cántaro de agua. Por hacer honor a su nombre obvió la orden del rey y emprendió incursión temeraria en Granada, donde clavó un retrato de la Virgen María en la puerta de la mezquita y le pegó fuego a la alcaicería, la parte de la plaza en donde se hacía el comercio. A la mañana siguiente compareció en el campo el moro Tarif, guerrero gigantesco, galopando un caballo negro en cuya cola llevaba prendida la imagen de la Virgen y reclamó contienda. Recogió el reto el caballero Garcilaso, que era mozo, y le pidió licencia al rey. El moro Tarif reclamó un luchador más estimado porque dijo que no había mérito en destripar a un rapaz y que él estaba acostumbrado a hacer batalla campal con hombres más barbados. El joven Garcilaso le acometió montado en un caballo morcillo y le cortó la cabeza, que clavó en el arzón de su montura para luego rescatar la imagen santa, ante la que postró y besó con devoción. Si esta historia es cierta o no igual da porque se recogió en un romance fronterizo de versos de dieciséis sílabas y se cantó, que es lo que importa y lo que permanece, como los himnos de patria, los violentos tapices y las estatuas huecas sobre las que cabalgan heroicos los reyes.

MARTÍN OLMOS

Los mártires de Cristo

In La cruz y la media luna on 17 de agosto de 2012 at 19:57

La profesión de la fe exigía una muerte más bien barroca que los santos asumían con impavidez

“Convengamos en que una de las actitudes más hermosas del hombre es la actitud de San Sebastián”
FEDERICO GARCÍA LORCA

El escritor japonés Yukio Mishima ejecutó su primer solo de zambomba cuando contempló una lámina que reproducía el martirio de San Sebastián de Guido Reni. En la pintura aparece el santo maniatado a un tocón, lampiño de pecho y entre muscular y mullido, herido de dos flechazos en el costado derecho y debajo del sobaco esquilado, guardando el aire para disimular la cuba e insinuando la pudibundez, como Raquel Meller insinuaba la pulga, que apenas tapa con una gasa desmayada debajo de la que no se sabe si hay sombra o selva. Para andar padeciendo tortura su semblante, en cambio, es sereno y entreabre los labios profanos, mira al cielo con solaz y parece que aquello no le acaba de disgustar. Los mártires de Cristo cogen la del pulpo con morosa delectación, no se sabe si porque les aguarda el paraíso o porque les va la marcha. Además de Reni, a San Sebastián le ha pintado Tiziano, El Greco, van Dyck, Rafael Sanzio y Rubens, T.S. Eliot le escribió una canción de amor (“Me azotaría hasta hacerme sangrar,/ y después de horas y horas de plegarias/ y tortura y deleite…”) y con el tiempo se ha convertido en el santo patrón de la gayería, que también tiene derecho, sin el consentimiento de Roma. A pesar de la iconografía blandengue, San Sebastián era un tío de un par y sobrevivió a los flechazos, lo que pasa es que luego fue a por más y le acabaron matando a palos. Era francés de Narbona, de linaje noble y soldado de Roma, que llegó a ser capitán de la guardia pretoriana. Cuando el emperador Maximiano, que tenía ancestros en la barbarie goda y era un gigante de más de dos metros, descubrió que era seguidor de Jesucristo, le dio a elegir entre la milicia o la cruz y como San Sebastián optó por la segunda, le asaetaron amarrándole en cueros a un tronco de abedul, le dieron por muerto y lo abandonaron a las hienas. Sobrevivió, sin embargo, y fue recogido por Irene, la esposa de San Cástulo (que también sufrió martirio y fue enterrado vivo por el emperador Diocleciano), que le devolvió las condiciones que le duraron poco, porque en vez de coger las de Villadiego, se quedó en Roma para que le mataran a latigazos y echaran su cuerpo a una cloaca.

Elegir ser mártir de Cristo asegura una butaca de palco a la derecha de Dios, pero exige un peaje doloroso de tortura y una ejecución modernista que puede adornar, sin desmerecer, las páginas en color de una revista holandesa. Las muertes de los santos son lentas, como las películas suecas, y conforman una iconografía sadomasoquista de atrocidades que le hacen preguntarse a uno, que es más bien cagón, si merece la pena la eternidad. Queda el consuelo, no obstante, de que solo resucita el alma, porque el cuerpo no llega en condiciones.

Parrillas y cal viva
A Santa Eulalia de Mérida, que tenía doce años, el pretor Calpurniano la expuso en cueros delante del villanaje, al que siempre le viene bien un espectáculo, pero Dios la cubrió de niebla y escondió su desnudez. Como no se murió de la vergüenza le dieron tormento y la azotaron con un látigo con plomadas, le  arañaron la piel con un garfio hasta dejarle el hueso a la vista y le vertieron sobre los pechos una medida de aceite hirviendo. Después la regaron de cal viva, le cortaron con puntas de teja, la asaron en un horno, le arrancaron las uñas de las manos y de los pies y la clavaron a una cruz, que arrojaron a la plaza desde un campanario para que se descoyuntase y cuando murió de su boca salió una paloma. A San Zoilo de Córdoba le sacaron los riñones buscándoselos desde la espalda y le cortaron la cabeza, a Santa Engracia la arrastraron sobre una calle empedrada, le cortaron los dos pechos y con un clavo de puerta hincado en la frente la metieron en un corral lleno de pulgas y a Santa Aquilina le metieron en el oído un listón de hierro candente. A San Genaro de Nápoles, que era obispo de Benevento, le asaron en un horno pero salió de una pieza y como los leones del Coliseo no se lo quisieron comer le degollaron y a la mañana siguiente se le apareció a un pastor para regalarle un paño ensangrentado. A San Policarpo de Esmirna le quemaron en la hoguera, a San Quirino le tiraron al Danubio con una piedra atada al cuello y a San Lorenzo, que fue diácono de Roma y guardián del Santo Grial, le asaron a la parrilla como a un cuino en el Mesón Cándido, cuidando de buscarle el punto. Cuando ya iba pareciendo somarro le dijeron para apostatar y salir crudo pero San Lorenzo les contestó: “Assum est, inqüit, versa et manduca”, que más o menos quiere decir que ya tenía el lomo tostado, que le diesen la vuelta y se lo almorzasen. Una, dos y tres, a los niños Justo y Pastor se los comieron los judíos con hojitas de cilantro, decía una canción que se recitaba para saltar la comba.

Aunque son la infantería de Dios, a los mártires no les dan un pitillo y paredón sino que los matan cadenciosamente o por lo culinario, con adorno de verónicas, como hacen en el  narco de Sinaola y en la macumba del vudú. Para ser mártir hay que nacer y tener correa o una insensibilidad congénita al dolor, lo que no deja de ser una anormalidad del sistema nervioso. O hay que tener fe, que dicen que mueve montañas.

Cuando Yukio Mishima aprendió a tocar la zambomba era pequeñito y frágil, pero con el tiempo se construyó un cuerpo de Maciste y se sacó fotos posando como un San Sebastián de gimnasio de motoristas, sudoriento y enseñando los sobacazos peludos. Mishima fue un hombre de psicología complicada y fetichismos primarios y a los doce años se sintió atraído sexualmente por el vello axilar de un compañero de colegio que era mayor que él y ya estaba sembrado. Fisiológicamente era más bien atávico y consideraba el olor a sudor de los soldados como una brisa marina. Y como los mártires, sintió el placer de morir y en 1970 se vistió de Geyperman,  secuestró al general Kanetoshi Mashita, comandante en jefe del Ejército del Este, largó un discurso a la tropa, que le abucheó, y se abrió en canal solemnizando el ancestral rito del seppuku de los samurais.

MARTÍN OLMOS

A %d blogueros les gusta esto: