MARTÍN OLMOS MEDINA

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Lombroso, el anarquista Ravachol y un loro de Pontevedra

In Bichos, La revolución on 8 de diciembre de 2013 at 18:20

En esta historia singular se mezclan con alegría piratas del mar Caribe, tatuajes de instituto, un anarquista, un positivista y un loro

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“A Ravachol le echaron el guante porque siempre andaba enredando y tramando perrerías y cuando lo atraparon le juzgaron y le condenaron a muerte”
MIGUEL DELIBES

Francois Claudius Koënigstein, que le decían Ravachol, fue para algunos un mártir de la revolución libertaria, para otros un facineroso del común, asesino de ancianos y saqueador de tumbas, y en Pontevedra fue un loro de ultramar, mancebo de botica, que una vez, cuenta Manuel Jabois, insultó a la condesa Emilia Pardo Bazán llamándola puta.

Tener un loro es una cosa de señoras que se han quedado para vestir santos y de piratas del mar Caribe. Las señoras que visten santos asientan a sus loros sobre una percha y les dan de comer pipas de girasol. El loro del pirata lo divulgó Stevenson, que lo tomó de Defoe, pero se sabe por los diarios del capitán William Dampier, que convivió con los bucaneros de la bahía de Campeche en 1676, y del corsario Woodes Rogers, que fue nombrado gobernador de las Bahamas en 1718, que los marinos filibusteros capturaban loros porque eran más fáciles de cuidar a bordo que los monos y podían venderlos a muy buen precio en los mercados de aves exóticas de Londres. En el número de septiembre de 1717 del semanario The Post-Man, el caballero David Randall encargó un anuncio en el que declaraba vender en la Hospedería de Porter, en Charing Cross, “loros que hablan inglés, holandés, francés y español y silban cuando se les da una orden”. Los loros, como los niños pequeños, son capaces de repetir palabras sin conocerles el sentido y, por lo tanto, no pueden mantener conversaciones ni contestar réplicas ponderadas. Tampoco pueden aconsejar en época de tribulación. Una de las gratificaciones más apreciadas por los adultos que han echado su vida a perder es enseñarle a un niño o a un loro a decirle puta a una señora, que encima se ve en la obligación de aplaudirle la gracia en vez de romperle la cara. Los loros extienden la psitacosis y son alérgicos al chocolate. Cristobal Colón le regaló a la reina Isabel dos loros de Cuba y Winston Churchill tuvo uno que se llamaba Charlie, insultaba a Hitler y vivió más de ciento cuatro años. Los piratas del Caribe también eran dados a horadarse las orejas con aretes de plata y a pintarse la dermatológica con tatuajes que representaban sirenas. Antes los tatuajes refrendaban  una biografía canalla o el abrazo del  tercio pero ahora se los ponen las chiquillas de diecisiete en la escápula y molan los de letras chinas que están difundiendo una generación de chicas que no saben si anuncian el amor por el novio o el bazar de Li, en el que se liberan móviles.

Cesare Lombroso (1835-1909) asociaba los tatuajes a los delincuentes natos, que eran seres involucionados parientes cercanos del mandril y dueños de unas características físicas circenses que se manifestaban en una acusada prominencia de los arcos ciliares que recuerdan la cresta suborbital de los monos antropoides, rostro asimétrico, prognatismo, orejas desmesuradas, pilosidad y tendencia a la zurdera, a la bisoja, a la orgía y a la observación de religiones animistas. Lombroso estudió los tatuajes de los soldados cuando ofició de médico militar en el Ejército del Piamonte y fue director del manicomio de Passaro. Lombroso emparentó a los anarquistas con los criminales atávicos en su librito “Gli anarchici” (1894), que conoció una edición en español en la Biblioteca Júcar de Política en 1978. En su opúsculo sostiene que “los autores más activos de la idea anárquica (salvo poquísimas excepciones como Ibsen, Reclus y Kropotkin) son locos o criminales, y muchas veces ambas cosas a la vez”. Recogió la declaración del juez Spingardi, que aseguraba no haber conocido a ningún anarquista que no fuese imperfecto o jorobado o que tuviese la cara simétrica. Los anarquistas de Lombroso están a un minuto de la subnormalidad y largan en jerga, se tatúan anclas en el dorso de la mano y se manejan dentro de una absoluta ausencia de sentido ético. Del dinamitero Ravachol comenta que su psicología corresponde a sus lesiones anatómicas y que lo que más marcadamente se revela de su fisonomía es la brutalidad. Lombroso describe a Ravachol con la cara extraordinariamente irregular, la región temporal estrecha, los arcos supraciliares exagerados, la nariz desviada a la derecha, las orejas en forma de asa y colocadas a diferentes alturas y la mandíbula inferior  enormemente grande, cuadrada y saliente. Lombroso concede a Ravachol los caracteres típicos del delincuente nato y observa, además, que tenía un defecto de pronunciación “que muchos alienistas consideran como signo frecuente de degeneración”.

El petardista
Francois Claudius Koënigstein, conocido como Ravachol, nació en octubre de 1859 en el departamento del Loira y no disfrutó de su abuelito por la vía paterna pero oyó de sus hazañas y de su triste final en el cadalso, al que subió por incendiario y salteador de caminos. Hasta los quince años Ravachol perdió el tiempo en la escuela elemental, pero no consiguió aprenderse el alfabeto y empezó a trabajar de cartonero y acordeonista hasta que le vio más rentabilidad a RAVACHOLtraficar con moneda falsa. Intentó matar a su madre y abusar de su hermana, desenterró un cadáver para limpiarle de joyas y en 1891 asesinó a un hombre de 93 años para robarle 15.000 francos. Por esta hazaña conoció el blasón en las gacetillas de sucesos y por lustrarse de pensador se arrimó a la causa anarquista como quien se mezcla en una tángana y puso tres bombas en la casa de un juez, en la de un procurador y en un restaurante de clase media, que causaron destrozos pero ninguna víctima mortal. Los libertarios no le tomaron en serio porque pensaron que pretendía justificar sus felonías con una pátina ideológica que jamás llegó a entender y Ravachol volvía en ómnibus al lugar de los hechos para solazarse en la contemplación del caos. Le trincaron en marzo de 1892 porque le identificó un mesero de una casa de condumios y le guillotinaron el 11 de junio en la prisión de Montbrison. Se dijo que el piquete le despertó a las tres de la mañana y Ravachol se dio la media vuelta en el catre, se quejó del madrugón, hizo del cuerpo delante de los guardianes y le llamó cuervo a un cura. Compareció en el cadalso con buen estado de ánimo y recién peinado y gritó dos vivas a la república popular: una cuando bajó la cuchilla y otra cuando ya tenía la cabeza cortada en el cesto.

Los ancestros del loro Ravachol eran coloniales que sobrevivieron al hundimiento de la flota española en la batalla de Rande en 1702, ya dentro de la Ensenada de San Simón, en la Ría de Vigo. Los papagayos tuvieron descendencia y uno de ellos asentó en el cuartel del regimiento de infantería de Guillarei-Tui, en donde los quintos le enseñaron la procacidad y las marchas militares. El director de la banda del regimiento, don Martín Fayes, lo recogió en 1891 y se lo regaló al farmacéutico Perfecto Feijoo, que le decían en el gallufo Perfeuto, que le hizo un sitio en la rebotica de su negocio en la calle de la Oliva de Pontevedra. El loro hablaba gallego y era faltón y anticlerical y les buscaba la camorra a los curas de la Iglesia de la Peregrina chafándoles el sermón y haciendo la imitación de un cuervo. Como era un pájaro peleón, don Perfecto le puso Ravachol y el loro le hizo el honor al bautizo y una vez fue detenido por aterrorizar a un sereno. Ravachol llamaba putas a las señoras y, además de a Emilia Pardo Bazán, insultó a Emilio Castelar y a Eugenio Montero Ríos, al que llamó “larpeiro”, que es como le dicen en el celta al tragón de aldabas. También solía avisar a la concurrencia gritando que “¡aquí non se fía!” para que no albergasen esperanza de comprar boticas a cañón y le ahorraba a don Perfecto el azulejo.  El loro Ravachol murió el 26 de enero de 1913 por un empacho de bizcochos mojados en vino y fue enterrado en la finca de O Padronelo, una propiedad que tenía don Perfecto en Mourente. Cuenta Manuel Jabois que su cortejo fúnebre lo abrieron doce jinetes con faroles encendidos y fue acompañado por un regimiento de gaiteros, el orfeón de la Sociedad de Artistas de Pontevedra y la banda municipal.

MARTÍN OLMOS

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